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Resumen: Debido a la construcción de un canal artificial en el centro de la ciudad de Monterrey, Nuevo León, entre los años de 2006 y 2007, se llevó a cabo un proyecto de salvamento arqueológico, mismo que arrojó importante evidencia arqueológica que comprende desde algunos materiales coloniales hasta desechos y objetos de las postrimerías del mismo siglo XX. Sin embargo, la mayor cantidad de materiales corresponden a un momento clave de Monterrey. Por un lado, se trata de la intervención norteamericana, evento que, además de haber dejado evidencia material en el centro de la ciudad de Monterrey, comenzó a prefigurar una nueva geografía política, pues además de acercar a la ciudad de Monterrey con la frontera norteamericana, de manera paralela, también impulsó el desarrollo económico de la ciudad, al grado de que a partir de la segunda mitad del siglo XIX, comenzaría la aparición de un nuevo motor de desarrollo que iba a caracterizar a Monterrey en el siglo XX: la Industria. Así, en un – relativamente – corto lapso, el trabajo manual y los artesanos en diversas áreas fueron desplazados y/o sustituidos por las máquinas y los empleados fabriles. Fábricas de acero, cerveza, bebidas gaseosas, cementeras, vidrieras y demás industrias convirtieron la ciudad en un polo de desarrollo. Lo que, ya en el siglo XX, quedó evidenciado de manera nítida en 1943, pues, con la visita que hizo el presidente norteamericano Franklin D. Roosevelt a Manuel Ávila Camacho, “simbólicamente” se consolidó la imagen de Monterrey como una industriosa e importante ciudad. Por ello, utilizando la evidencia material recuperada en el centro de la ciudad y las mismas fuentes escritas, es posible no sólo identificar esta transformación, sino inferir y conocer las consecuencias políticas, económicas y sociales que trajo consigo esto, y que fue conformando al Monterrey contemporáneo.
Palabras clave: arqueología urbana, Monterrey, geografía política, industrialización, desarrollo económico.
Abstract: Due to the construction of an artificial canal in the center of the city of Monterrey, Nuevo León, between the years of 2006 and 2007, an archaeological salvage project was carried out, which yielded important archaeological evidence that comprises from some colonial materials until waste and objects of the last years of the same 20th century. However, the most materials correspond to a key moment in Monterrey. On the one hand, it is the North American intervention, an event that - in addition to having left material evidence in the center of the city of Monterrey -, began to prefigure a new political geography, because in addition to bringing the city of Monterrey closer to the border North American, in parallel, also boosted the economic development of the city, to the extent that from the second half of the nineteenth century, the appearance of a new development engine that would characterize Monterrey in the twentieth century would begin: the Industry. Thus, in a relatively short time, manual labor and artisans in various areas were displaced and / or replaced by machines and factory employees. Steel factories, beer, soft drinks, cement, stained glass and other industries turned the city into a development hub. What, already in the twentieth century, was clearly evidenced in 1943, then, with the visit made by US President Franklin D. Roosevelt to Manuel Ávila Camacho, “symbolically” the image of Monterrey was consolidated as an industrious and important city. Therefore, using the material evidence recovered in the center of the city and the same written sources, it is possible not only to identify this transformation, but to infer and know the political, economic and social consequences that this brought, and that was shaping Monterrey contemporary.
Keywords: urban archeology, Monterrey, political geography, industrialization, economic development.
Introducción
En nuestro país, es común escuchar una vieja anécdota donde se menciona a un político que, ante la necesidad de quedar bien con las masas, pronunció un discurso de campaña en el que prometía construir un puente en la ciudad. Sin embargo, cuando la gente cuestionó sobre que, dicha obra no sólo era innecesaria, sino absurda, porque en esa población no había afluentes que cruzar. Entonces el político de inmediato respondió, “pues además de construir el puente, construiremos un río.”
Iniciamos con esta narración, para recordar la desfachatez, poco tacto y nulo sentido común que suele caracterizar a nuestra clase política, porque aun tratándose de un vetusto chiste, bien puede aplicarse a lo que ocurrió en Monterrey.
Sí, por difícil que parezca, hasta hace poco y a excepción del río Santa Catarina, más allá de charcos causados por las lluvias, no había corrientes de agua que cruzar en el primer cuadro de la ciudad. En ese sentido, si hoy en día algún regiomontano o turista recorre este sector de la población, se puede preguntar: ¿Por qué existen varios puentes peatonales y para automóviles que cruzan un cauce de agua?, ¿quién construyó el llamado Canal de Santa Lucía y por qué?
Para responder dichos cuestionamientos y en defensa de la obra de infraestructura, por el contrario de la anécdota de inicio, el Canal de Santa Lucía no fue la falsa promesa de un político, pues hasta cierto punto, poseía un sustento histórico, porque hace varios siglos existía un importante cauce de agua casi en ese mismo lugar.
En efecto, durante el siglo XVII, en el sector norte de la entonces pequeña Ciudad de Monterrey, las tierras eran regadas por varios ojos de agua, cuyos afluentes confluían hacia el Río Santa Catarina (Figura 1). Posteriormente, los cauces fueron regulados y desde finales del siglo XVIII, a lo largo del siglo XIX y aún a principios del siglo XX, distintas represas y acequias superficiales o subterráneas cruzaban el área (Figura 1).
Finalmente, la ciudad crecía y para la mitad del siglo anterior, sólo quedaba un canal que drenaba los residuos pluviales del centro de la ciudad (Figura 1).
Es por ello que, la creación de un canal en la primera década del siglo XXI no era una idea improvisada, pues existían antecedentes de construir un paseo familiar compuesto de corredores peatonales y recorridos en pequeñas embarcaciones al menos desde el año de 1930,1 cuando se presentó un proyecto que, por diferentes circunstancias, no logró llevarse a cabo.2
La idea pasó al olvidó hasta que, de manera parcial en 1996 y como una realidad en 2005, el Gobierno de Nuevo León, consolidó la propuesta que fructificó en 2007 (Figura 2). Dicho plan, formó parte del llamado rescate de la zona centro de nuestra Ciudad de Monterrey, proyectada en el Plan Estatal de Desarrollo 2004-2009, donde a través de la Secretaría de Obras Públicas, se planteó la ejecución de la obra denominada Integración Urbanística: Macroplaza-Parque Fundidora – Extensión del río Santa Lucía. Dicha obra, de gran envergadura, comprendió la construcción de infraestructura vial, centros comerciales, áreas verdes, museos y auditorios.
Derivado de lo anterior y con objeto de prevenir posibles afectaciones a bienes patrimoniales, desarrollamos de 2005 a 2007, el proyecto Salvamento Arqueológico INAH – Integración Urbanística: Macroplaza – Parque Fundidora – Extensión del río Santa Lucía, el cual arrojó importante inventario de evidencia material que comprendió desde algunos materiales virreinales hasta desechos y objetos de las postrimerías del mismo siglo XX. Teniendo la mayor frecuencia los restos arqueológicos de mediados del siglo XIX hasta las dos primeras décadas del siglo anterior, es decir, un período clave en el desarrollo de la ciudad de Monterrey, asociado al surgimiento y consolidación de la industria en el noreste de México.
Si bien es cierto, el título de este trabajo remite a dicho lapso de tiempo, que en particular se relacionan con dos acontecimientos específicos, que en realidad, sólo se incluyen para contextualizar y delimitar el tema de trabajo en el tiempo, además de que dichos hechos marcaron el devenir histórico de la ciudad de Monterrey.
Por un lado, la intervención estadounidense que inicia en 1846, evento no sólo trascendente para esta ciudad, sino para el resto del país, el cual configuró una nueva geografía política, que además de acercar a Monterrey con la frontera norteamericana, paralelamente impulsó su desarrollo económico.
De hecho, desde mediados del siglo XIX, Monterrey era considerada con la denominación de “Ciudad”, aun cuando se trataba de un asentamiento de reducidas dimensiones, con traza urbana de unas cuantas calles hacia los cuatro puntos cardinales, y con campos de cultivo y viviendas muy aisladas en sus alrededores.
Si bien, ya se contaban con algunos obrajes y pequeños talleres de curtiduría, además de ciertos establecimientos para la manufactura de diversos objetos y casas comerciales, su economía se basaba principalmente en la agricultura y ganadería. Y no fue sino a partir de la segunda mitad del siglo XIX, que comenzaría la aparición de un nuevo motor de desarrollo que iba a caracterizar a Monterrey en el siglo XX: “La Industria”.
Relativamente, en un corto lapso de tiempo, el trabajo manual y los artesanos de diversas áreas fueron desplazados y sustituidos por las máquinas y los empleados fabriles, donde fábricas de acero, cerveza, bebidas gaseosas, cementeras, vidrieras y demás industrias convirtieron la ciudad en un polo de desarrollo. Fenómeno que quedó verazmente evidenciado en 1943, durante la visita del presidente norteamericano Franklin D. Roosevelt a Manuel Ávila Camacho, cuando “simbólicamente” se consolidó la imagen de Monterrey como una industriosa e importante Ciudad.
Por ello, echando mano de la evidencia material que hemos recuperado en el centro de la ciudad, junto con las fuentes escritas, hemos reconocido aspectos de dicha transformación, además de inferir y conocer parte de las consecuencias políticas, económicas y sociales que trajo consigo, las cuales fueron conformando al Monterrey contemporáneo.
Por ello, para reconstruir la historia del canal de Santa Lucía, además de enriquecer nuestro conocimiento sobre el pasado de la ciudad, es indispensable no sólo el uso de diversos recursos documentales y materiales, sino analizarlos y contrastarlos entre sí. Es también fundamental, no considerar los documentos como fuentes de información para corroborar o confrontar la evidencia material, sino como herramientas metodológicas que deben de ser utilizadas al hacer inferencias de la evidencia arqueológica.3
En otras palabras, es necesario ir del artefacto al documento y del documento al artefacto, en una relación dialéctica y bidireccional, que beneficia a aquellos arqueólogos que trabajamos en contextos posteriores al siglo XVI, ya que, los restos materiales, aún de manera indirecta, contarán con referencias y fuentes escritas de la época que incluyen también gráficos como mapas, planos, litografías, dibujos o hasta fotografías.
Por último, un complementario recurso de acopio de datos se obtiene de los trabajos etnoarqueológicos y de la historia oral, que proporcionan distintas líneas de contrastación con la evidencia material y documental, con objeto de obtener en conjunto, una visión más completa y menos subjetiva del pasado y los procesos sociales.4
Así, el presente escrito en cierto modo es también un ejercicio para vincular el contexto nacional e internacional, una explicación interpretativa de nuestros propios hallazgos. Para ello, hemos reducido el objeto de estudio concentrándonos en algunos contextos y artefactos recuperados durante la construcción del canal de Santa Lucía y el salvamento que llevamos a cabo para salvaguardar los bienes patrimoniales escondidos en el subsuelo durante décadas.
El barrio de Tenerías en Monterrey antes de 1846
Aunque hay algunas descripciones del área en cuestión, en su mayoría fueron escritas antes del siglo XIX, por lo que consideramos un tanto innecesario detenernos en ellas, pues, se trata de evidencia de presencia de pretéritas fuentes de agua en el centro de la Ciudad de Monterrey y coinciden de manera espacial con el área bajo estudio, difieren en gran medida en la contemporaneidad de lo que aquí hacemos referencia de acuerdo a la evidencia arqueológica recuperada5. En otras palabras, no están directamente asociadas con el fenómeno industrial que ahora analizamos.
Por ello, como punto de partida de este análisis, parece conveniente mencionar la referencia a un documento del gobierno de Nuevo León fechado en 1840, donde se dice:
…por esta circunstancia se ha adoptado para adornar el único paseo que tiene la ciudad en la calle que corre de Oriente a Poniente y une los dos puentes por donde atraviesan las abundantes, frescas y cristalinas aguas del famoso ojo peregne (sic) en todas las estaciones del año que ocupa el centro de la ciudad y sirve para regar las tierras y ejidos de esta población que son el cuidado del Ayuntamiento y le producen alguna renta para sus gastos públicos.6
Es decir, aparece una primera referencia a la construcción o adecuación de un área aledaña a los ojos de agua como paseo familiar, lo cual, años más tarde se constata de manera fehaciente, en una alusión que se acerca a la fecha de 1846, cuando aparece en la extensa descripción de los Ojos de Agua de Santa Lucía que hizo el escritor costumbrista y político mexicano Manuel Payno, quien, entre 1842 y 1844, hizo un largo recorrido por nuestro país, en el que visitó varias ciudades del noreste. En su ruta, fue en el año de 1844 cuando visitó Monterrey, narrando después de su recorrido, su impresión de la zona que hoy ocupa parte del Paseo de Santa Lucía:
El puente de la Purísima está construido en el río que se forma, según creo, en las vertientes del Ojo de Agua, para comunicar una parte de la ciudad con otra donde se están edificando muchas casas, y se comenzó a levantar una nueva catedral. A la izquierda del puente hay una calle formada de preciosas casitas y de huertas, sombreadas por unos álamos, y ese punto es el del paseo en los días festivos. Acaso se figurarán los que lean esto que ninguna belleza debe tener un paseo semejante; por el contrario, la vista de la campiña verde y frondosa terminada por el cerro de la silla, y la dulzura que se experimenta al ver deslizarse las aguas del río, diáfanas y cristalinas, por entre multitud de árboles y de plantas silvestres, y el ambiente tan puro que se respira, hacen que este paseo formado más por la mano de la naturaleza que por la del hombre, sea uno de los más gratos que puedan concebirse.7
Más de 175 años después que esto fuera escrito, los viajeros contemporáneos podrían coincidir con Payno al visitar el paseo de Santa Lucía, el puente de la Purísima y sus alrededores, pues, por el contrario de lo dicho por el escritor, es innegable que este paseo hecho de acero y concreto es obra de la mano del hombre, más que de la naturaleza.
Sin embargo, como hemos señalado, aunque es cierto que en la actualidad una corriente de agua corre como aquel que vio Payno en 1844, en realidad, no siempre fue así, porque a través del tiempo la Ciudad y sus habitantes tuvieron cambios drásticos: por un lado, el crecimiento de la población, la transformación tecnológica y las relaciones laborales, sociales y procesos económicos; y por otro, la pavimentación y las construcciones, que borraron cualquier presencia de agua superficial por mucho tiempo – literalmente –, fragmentos de su historia permanecieron sepultados.
De hecho, el puente de la Purísima, desaparecido durante décadas, fue construido nuevamente como parte de los trabajos realizados en el canal de Santa Lucía en 1996 y reconstruido en 2006 al hacer la continuación del canal con el mismo nombre.
Ahora bien, de acuerdo a la tradición oral, la gente más longeva8 de las calles vecinas al Puente de la Purísima, en el aún llamado Barrio de las Tenerías, señalaban a su vez, que la gente mayor decía que dichas calles habían sido un panteón. Sin embargo, al no estar documentado en esta parte de la ciudad de Monterrey ningún cementerio de carácter oficial, era necesario primero hacer una crítica de fuentes y preguntarse en todo caso, que tan fundamentada era esa creencia. Y es que, aunque en ocasiones puede tratarse de un discurso subjetivo, poco sustentado y alejado de la realidad, otras veces, la información trasmitida por generaciones tiene también un fehaciente origen, pues posee una fuerte carga empírica, de ahí que lo oral y escrito no son fuentes excluyentes, sino al contrario, pueden ser complementarias.9
Sin embargo, antes de concebir de manera apresurada un dato como cierto, o descartarlo a priori como falso, creemos que toda fuente de información requiere un análisis serio y detenido.
Por lo anterior, hay que iniciar por conjuntar y contrastar las distintas fuentes que poseemos. En este caso, había que echar mano de la valiosa información documental, misma que podía ser de gran ayuda para conocer el pasado del área.
Por ejemplo, a nuestro entender, lo que en 1844 era un bello paseo compuesto de flores y agua cristalina descrito por Manuel Payno, se tornaría en septiembre de 1846, no sólo en un escenario de guerra producto de la intervención norteamericana, sino para muchos de los participantes, en una de las más sangrientas batallas en la que habían participado. Durante la defensa, se crearon pequeños fuertes y parapetos en el área, como los llamados de “La Purísima” y el “Fortín del Diablo”, además del más conocido, el “Fortín de Tenerías”, llamado así por los establecimientos que trabajaban la piel y que predominaban en sus alrededores.
Por ejemplo, resulta interesante y sugerente recordar las multicitadas10 palabras de José Sotero Noriega, un testigo de los hechos desde la perspectiva mexicana, quien señaló que:
Monterrey quedó convertido en un gran cementerio. Los cadáveres sepultados, los animales muertos y corrompidos, la soledad de las calles, todo daba un aspecto pavoroso a aquella ciudad.11
De igual modo, del otro frente militar tuvieron una perspectiva semejante, Wyn Koop, un soldado del regimiento de Ohio, así describió el escenario de Monterrey en aquel trágico mes de septiembre de1846:
Durante la batalla del segundo día, una bandera de parlamento fue enviada a los mexicanos, pidiendo unas horas para enterrar a los cadáveres que sembraban el campo en espantosos montones. Se rehusó la petición y los muertos y heridos quedaron donde cayeron, bajo los rayos de un sol quemante hasta que terminó la batalla. Era casi imposible para nuestros hombres soportar el hedor, mientras hacinaban en sucios montones a los pobres compañeros caídos. Los cadáveres estaban tan negros como carbones. Durante la noche, muchos habían sido despojados de sus ropas por los mexicanos. Varios de los heridos el primer día se arrastraban en las acequias y en los agujeros para evitar las balas que como granizo llovían sobre el campo, hasta que, exhaustos por la pérdida de sangre, quedaban incapacitados para seguir arrastrándose o para hacer señales de socorro.12
Ahora bien, si tomamos en cuenta la información anterior, entonces los comentarios hechos en la actualidad en alusión al “panteón”, comienzan a cobrar sentido. Pues, aunque no están documentados los hallazgos, es posible suponer que, durante la segunda mitad del siglo XIX y gran parte del siglo XX, la gente debió encontrar accidentalmente restos humanos, mismos que debieron pertenecer a los caídos – de ambos bandos –, durante la invasión y ocupación norteamericana de septiembre de 1846 a julio de 1848.
Es decir, a través de los años, la experiencia cotidiana de hacer pozos y excavaciones para levantar construcciones o instalar diversa infraestructura como la introducción de agua potable, alcantarillado, drenaje o líneas de gas, hizo que con seguridad toparan en más de una ocasión con restos humanos, lo que con el tiempo formó la idea del panteón. Sin embargo, lo cierto es que no fue sino hasta 1996, cuando unos trabajadores que colocaban cableado subterráneo hicieron un hallazgo que, en cierto modo, confirmaría la tradición oral, al aparecer de manera circunstancial, restos óseos humanos, a unos 300 metros del cruce de las actuales calles de Washington y Héroes del 47, en el centro de la ciudad.
En respuesta, recibimos la llamada del entonces director del Centro INAH Nuevo León, para atender la denuncia, pero como en ese momento nos encontrábamos en trabajo de campo en el norponiente de la entidad, dimos la tarea al pasante Evaristo Reyes Gómez, quien en compañía de la arqueóloga Araceli Rivera Estrada y el pasante Agustín Carbajal Solís, realizaron el rescate, concluyendo que se trataba de los restos de dos soldados norteamericanos, en virtud que encontraron, entre otras cosas, un par de monedas norteamericanas con denominación de $1.00 dólar, manufacturadas en plata, así como restos de cerámica y clavos.
De manera similar, los días 19 y 20 de septiembre de 2006, “justo en las mismas fechas de la Batalla de Monterrey”, pero 160 años después, se recuperaron los restos óseos de al menos tres individuos (Figura 3), lo cual permite enriquecer los datos sobre lo ocurrido en esa misma área, denominada Fortín de las Tenerías y la lucha acaecida en sus alrededores.
Al respecto, se puede señalar que, tanto la misma disposición de los restos óseos, como la estratigrafía, sugieren que, no sólo se trataba de una fosa común, sino al parecer, fue una improvisada y superficial sepultura para los caídos en la batalla, dado que los restos óseos aparecieron disgregados, pero aunque no se descarta que distintas causas naturales y humanas posteriores al entierro hayan sido parte del proceso de formación del contexto arqueológico, parece más factible el hecho de que se trata de un amontonamiento de cuerpos y/o miembros aislados, tal y como lo describen las fuentes documentales.
Por supuesto, este hallazgo no sólo arrojó información que coincide con los datos escritos de la terrible batalla, sino que, los restos permitieron corroborar la idea contemporánea del “panteón”; además de identificar su temporalidad y, dicho sea de paso, refutar por medio de la evidencia material, la positivista y dogmática idea de la historiografía tradicional que, al no tener referencias al respecto, asumieron que no hubo cuerpos enterrados en el lugar.
Durante las excavaciones del Canal de Santa Lucía hechas en 2005, ya se habían recuperado otros artefactos de cronología similar, pues de manera aislada se hizo el hallazgo de una bala de mosquete, misma que fue localizada unos 200 metros al suroeste de los entierros. En cuanto a la bala, es necesario señalar que, debido a sus condiciones de conservación y a su morfología – que es casi completamente esférica –, se puede inferir que fue de un tiro errado o una bala perdida.
Sin embargo, en asociación directa a los restos mortales de uno de los individuos, se detectó dos balas de mosquete, mismas que no sólo reflejan el hecho de que el individuo fue sepultado en la fosa aún con las balas alojadas en el cuerpo, sino que, debido a la notable deformación de uno de los proyectiles, sugiere que el final de su trayectoria fue el impactó con un hueso de sólida resistencia, por ejemplo el fémur u otro hueso largo.
De acuerdo con la prolífica evidencia documental y el irrefutable contexto arqueológico, sabemos con certeza que hubo una batalla contra el ejército norteamericano en la ciudad de Monterrey. Sin embargo, aunque hay algunos documentos y mapas de la época que, dentro de toda su subjetividad, parecen dar una imagen más apegada a la realidad, otras fuentes contemporáneas, no sólo parecen ser tan fehacientes y exactas, sino por demás resultan falsas y erróneas, por lo que dan una imagen deformada del Monterrey decimonónico.
En este caso, se refiere a los dibujos e ilustraciones de la misma época, donde grandes y elegantes edificaciones sirven de telón de fondo para la batalla mencionada y sus características arquitectónicas y materiales de construcción parecen dar una información falsa de la verdadera fisonomía de la ciudad, así como de su economía.
Antecedentes y surgimiento de la industrialización
Recapitulando, al principio se mencionó que dos siglos atrás, ya se consideraba “Ciudad” a Monterrey, no obstante que su tamaño no había cambiado mucho a lo largo del período virreinal, con una traza urbana, con algunas manzanas y, como se puede ver en los mismos planos hechos por los norteamericanos, la inmediaciones estaban cubiertas de campos de cultivo y si bien ya existían tenerías y oficios comerciales a nivel familiar, al igual que en el resto del estado,13 el principal motor de la economía lo integraban la agricultura y la ganadería.
No obstante, el trabajo de las pieles que se hacía en las tenerías comenzó a tomar fuerza, dada la proliferación de casas dedicadas a este ramo en el sector oriente de la ciudad, precisamente en el lugar en que fue construido el Fortín para tratar de contener la irrupción de los estadounidenses.
Cabe mencionar que, con el auge y consolidación de las tenerías, al parecer hubo repercusiones en distintos ámbitos de manera muy positiva, pero contraproducente a la vez, porque trajo grandes beneficios para los nuevos pequeños empresarios, pero redundó negativamente en aspectos relacionados a la salubridad y la higiene. Debido a que ayudó, por un lado, al desarrollo de la ciudad y sus habitantes, dando pie que incluso algunos de los dueños, como fue el caso de los comerciantes Hernández, hermanos sucesores, llegaron a exportar pieles de cabrito hasta Francia.14 Permitiendo con transacciones de tal naturaleza, que, para la segunda mitad del siglo XIX, las tenerías fueran soporte importante de la economía de la ciudad, y de acuerdo a distintos autores, se constituyeron como los antecedentes de la industria mecanizada de esta región.15
Sin embargo, también iniciaron graves consecuencias de deterioro ecológico, pues en la limpieza y destazamiento de las pieles, se utilizó gran parte de agua de los veneros naturales, además que el disecado y procesamiento acarreó nauseabundos olores hacia las áreas habitacionales, como bien lo señalan distintos autores, quienes resaltan la mala ubicación de los obrajes, debido a la dirección de los vientos predominantes en la región.16
En cuanto a la evidencia material y gracias a la humedad constante en que permanecieron los restos, en algunos casos a más de dos metros de profundidad, se recuperaron fragmentos de piel en un excelente estado de conservación. Además de gran cantidad de retazos curtidos, en los que aún se observaba el pelo de res y cabrito, cuyos desechos seguramente fueron arrojarlos al lecho de las acequias y del canal principal sobreviviendo hasta nuestros días.
También, como parte de los restos, se recuperaron restos óseos de jóvenes caprinos, particularmente los huesos metatarsianos, es decir, las partes óseas correspondientes a la parte final de las patas, que son aquellos huesos unidos a la pezuña y que, por sus características, continúan pegadas a la piel al descarnarlos. (Figura 4).
Dicho corte para desechar la parte en cuestión, puede apreciarse en el conocido platillo regional de Monterrey, conocido como cabrito al pastor, mismo que se cocina abierto en canal atravesado por una varilla, por lo que sólo muestra la parte correspondiente al húmero y fémur. En ese sentido, los huesos arqueológicos de cabrito que encontramos, indirectamente dan cuenta de otras actividades económicas que, hasta hace poco, fue una de las opciones de empleo en la parte rural de la región, “el pastoreo de cabras”.
De hecho, la proliferación de estas partes óseas, aunada a las fuentes históricas, permite evaluar patrones de consumo del conocido platillo regional y su transformación, porque otros aspectos, responde del paso del Monterrey rural al urbano, ya que, a diferencia del elevado precio que posee en la actualidad, desde el siglo XIX y hasta gran parte del siglo XX, el cabrito estaba al alcance del bolsillo de una gran parte de la población regiomontana y parte de la dieta semanal o quincenal.17
En cuanto a las condiciones propias del canal, podemos mencionar que cambiaron en poco tiempo, porque aún en 1857 se describe al ojo de agua como “hermoso”,18 pero independientemente del punto de vista de los cronistas de la época, lo cierto es que la búsqueda del progreso asociada a la industrialización y producción en masa, tuvo prontas consecuencias que se reflejaron en el destino tanto del ojo de agua, como de la fisonomía de la ciudad.
De hecho, para la década de los sesentas del siglo XIX, las antiguas “diáfanas aguas” mencionadas por Payno comenzaron a convertirse en turbios y malolientes pantanos, los árboles y flores de su alrededor serían sustituidas por basura, animales muertos y rellenos de escombros. El añejo lugar de paseo, se convirtió en un área asociada a la pobreza, marginación e insalubridad.19
En sí, desde mediados del siglo XIX y parte del siglo XX, serán constantes las menciones de las Tenerías como foco de infecciones, por lo que se emprenderían constantes campañas contra el cólera, entre otras calamidades, motivando a las autoridades a exigir el aseo de las áreas de trabajo, de ahí que frecuentemente se inspeccionaban los charcos y basura que éstas generaban20 (Figura 4).
Asimismo, hay documentos en los que se mencionan trabajos de relleno para disecar los pantanos y charcos, así como para nivelar el terreno. Ejemplo de ello, es una descripción donde los vecinos se dedican, por cuenta propia, a realizar dicha labor en la llamada “Acequia de los Indios”, con el fin de que se les cediera el terreno que se iba ganar al agua, por lo que, la gente llevó “tierra y cascajo” para contribuir en el relleno.21
Lo mismo ocurrió con charcos y pantanos que según las autoridades sanitarias, era necesario limpiar y cubrir.22 Dicha información es valiosa porque permite identificar los procesos de la formación estratigráfica de gran parte del canal, dado que, durante nuestro salvamento, en distintas áreas se identifica las distintas etapas de rellenos, con evidentes toneladas de escombro conformadas por desechos de construcciones y de materiales diversos, incluyendo basura doméstica.
Pero regresando al desarrollo de la incipiente industria manufacturera del siglo XIX, nuevamente sobre el tema de las tenerías, tenemos un nítido ejemplo que muestra como las fuentes documentales y arqueológicas son complementarias, pues, a veces, es difícil o casi imposible encontrar evidencia escrita de algunos aspectos de la vida cotidiana.
Se trata de restos malacológicos que recuperamos en ese sector, los cuales se utilizaban en la manufactura de botones (Figura 5), muy probablemente como parte de los trabajos que se realizaban en los talleres de las tenerías, en conjunto con el proceso tecnológico, se trata evidentemente de un trabajo a mano, hecho pieza por pieza, que da cuenta todavía de un Monterrey artesanal.
Como parte del proceso de trabajo de los botones, es necesario considerar la recolección de las conchas dulceacuícolas en los ríos de la región e implicaba su traslado a la ciudad. Lo mismo debió ocurrir con los botones de hueso, de los cuales también encontramos algunos ejemplares arqueológicos.
Antes de continuar, es necesario contextualizar este período preindustrial de la ciudad desde una perspectiva más amplia. Es decir, hay que señalar que después de la capitulación de Monterrey, el ejército americano continúo su camino que desembocaría en el Castillo de Chapultepec en 1847, siendo hasta 1848 cuando los norteamericanos saldrían de Monterrey tras dos años de ocupación. Así, a partir de la firma del tratado Guadalupe Hidalgo en 1848, la historia de México sería distinta, como lo fue también para la ciudad de Monterrey.
Sin embargo, irónicamente no todas las poblaciones de México tendrían las mismas consecuencias, como bien lo señala el historiador Mario Cerutti: Lo que para México representó una imborrable tragedia – la pérdida de la mitad de los territorios heredados de España – gestó inéditas posibilidades para la capital de Nuevo León que, durante las décadas previas al fin del siglo, trazó con plasticidad su camino hacia un brote industrial poco frecuente en Latinoamérica.23
En efecto, si bien desde la ocupación norteamericana se había iniciado una estrecha relación entre Nuevo León y el sur de Texas, en lo que se puede considerar como una economía de guerra, donde algunos grupos comenzaron a sacar provecho.24
Lo cierto es que, una vez concluida la guerra, Monterrey comenzó a despuntar como un polo de desarrollo regional, porque en sí, dicho auge y relaciones comerciales se daban con el país que se perfilaba como una potencia mundial.
Otro evento externo que beneficiaría indirectamente a Monterrey y la región noreste se dio pocos años después, en este caso, la guerra de secesión norteamericana de 1861 a 1865, cuando los puertos norteamericanos estaban en poder de los estados de la Unión, de ahí que los plantadores sureños tuvieron problemas para procesar y/o exportar el algodón, pues, cercados por otras partes, los plantadores norteamericanos se vieron obligados a buscar su salida por el noreste de México.25
Dicha situación, fue aprovechada por personajes como Santiago Vidaurri, el entonces gobernador de Coahuila y Nuevo León, quien decidió fusionar ambas entidades para quedarse con los impuestos de la importación del algodón.
Valiéndose de esta y de maniobras similares, Vidaurri se iba a consolidar como uno de los hombres más poderosos del norte de México, por lo que puede considerarse una casualidad, que precisamente las textileras de Nuevo León fueran las primeras del ramo en despuntar hacia 1854, logrando su consolidación al fundarse las fábricas: “La Fama”, en 1872, seguida de “El Porvenir” y “La Leona” en 1874.
Sobre este mismo tema, el doctor José Eleuterio González, historiador y gobernador de Nuevo León en la segunda mitad del siglo XIX, apunta el surgimiento de grandes capitales por esos años, resultado del comercio de algodón y otros productos.
No obstante, el común de la población seguía dependiendo de la agricultura y ganadería y aunque Monterrey no era una ciudad industrial como tal, estaban en gestación élites familiares que concentraban la riqueza.
La mayoría de los estudiosos coinciden en que existe un gran salto cualitativo a partir del año 1890, pues se plantea que la industrialización y la producción capitalista de Nuevo León inicia propiamente en la última década del siglo XIX,26 alcanzando su madurez en 1910, cuando Monterrey logra un verdadero y sólido arranque industrial.27
Tal situación se debe en gran parte por la iniciativa de Bernardo Reyes, gobernador de Nuevo León en 1890, quién en plena época porfirista, permite exenciones de impuestos a muchas industrias,28 como fue el caso de la Fundidora Monterrey, la cual obtendría el privilegio de no pagar impuestos durante 20 años.29
De igual forma, la Cervecería Cuauhtémoc, gozó en sus inicios de 12 años de privilegios fiscales.30 Tal y como había ocurrido a mediados del siglo XIX, los beneficios fueron sólo para algunos, resultando que a través de privilegios, se conformó la oligarquía regional, que toda proporción guardada, en muchos sentidos fue una práctica que persistió hasta nuestros días, beneficiando a unos cuantos empresarios que en teoría perderán dichos con el actual gobierno de Andrés Manuel López Obrador.
En sí, el período de 1890 a 1910 posee, como otros pasajes de la historia de México, situaciones que nos permiten identificar un alejamiento hacia la política social,31 y un acercamiento hacia las élites, bajo el polémico concepto de “fomento industrial”.32 De ahí que, cuando Porfirio Díaz llegó a la Ciudad de Monterrey en 1898, su fiel seguidor, el general Bernardo Reyes y la cúpula empresarial, lo recibieron con una suntuosa fiesta en su honor, agradeciéndole su benevolencia. Reflejando a todas luces “La vinculación entre el poder público y el empresariado industrial”.33
También sobre la llegada de Porfirio Díaz, el historiador Andrés Montemayor apunta que los silbatos de las fábricas sonaban y las campanas de las iglesias tañían a su paso, además que su recorrido por las calles de la ciudad, estaba lleno de arcos con flores y lluvias de confetis y serpentinas que le daban la bienvenida.34
Es en esa época, cuando muchas industrias y la sociedad regiomontana estaban en pleno tránsito hacia lo que se concebía como “progreso”, que cambió la fisonomía de la ciudad. El servicio de tranvías que eran movidos por mulas en el último tercio del siglo XIX, es reemplazado por vehículos eléctricos.35
Eran tiempos híbridos, donde lo rural y campirano comenzó a coexistir con lo urbano y citadino. Los caballos convivían con los primeros automóviles, las herraduras hechas a mano por herreros, rivalizaban con los primeros neumáticos de caucho. Las calles empedradas o de tierra, fueron poco a poco sustituidas por caminos y avenidas asfaltadas. De hecho, en el registro arqueológico y dentro los mismos estratos, se dieron cuenta de herraduras, restos de llantas de caucho y un barril con restos de chapopote.
Respecto a las condiciones económicas de la población, es cierto que hubo un mayor poder adquisitivo para gran parte de la población, mismo que se vio reflejado en el poder de compra. Los obreros y trabajadores de las nacientes industrias, tenían buenos ingresos al compararlos con los de otras partes del país.
Además, al parecer surge una clase media que tenía acceso a distintos bienes y servicios, que, si bien no costosos, tampoco estaban al alcance de todos. Ejemplo de ellos fue el ingreso de loza extranjera y particularmente inglesa, la cual parece multiplicarse para finales del siglo XIX e inicios del XX, de lo cual tenemos evidencia, en contextos de basureros de tipo doméstico y rellenos del canal (Figura 6).
Por supuesto, durante el porfiriato y el arranque del Monterrey industrial persistieron las clases marginadas que ocupaban la parte oriente de la ciudad y en las cercanías del canal. Por ello, también entre el material cerámico que se recolectó, destaca la loza simple y doméstica, con fragmentos de comales, cajetes y ollas de uso cotidiano. Además, aparecen de manera constante fragmentos de vasijas de la Ánfora, compañía de loza que inicia alrededor de 1919 y que incluso subsiste hasta la actualidad.36
Este tipo de loza, era de menor costo que la norteamericana, inglesa o francesa, recuperando de esta última, algunos ejemplares en la parte poniente del canal, que está asociado a un sector de mayor poder adquisitivo en comparación con el oriental barrio de las Tenerías, donde seguramente residía las clases de menores recursos.
Producción, distribución, circulación y consumo capitalista. Un ejemplo: El vidrio
A continuación, a manera de ejercicio y como estrategia de investigación, se abordarán diferentes aspectos que involucran un solo material: el vidrio, aunque en otra oportunidad nos concentraremos en el estudio en detalle de los otros materiales que también recuperamos en el salvamento arqueológico elaborados en cerámica, hueso, madera, metal, concha, cuerpo y textiles.
Se esta seguro de que el registro arqueológico aunado a la información documental, permite enriquecer la visión del pasado y los procesos ocurridos, en este caso, el tránsito de Monterrey de asentamiento de características rurales a una metrópoli industrial. Porque como ocurrió en México y otras partes del mundo, durante mucho tiempo, la historiografía tradicional de Nuevo León, se ha enfocado particularmente en destacar la vida y obra de los personajes “ilustres” o “importantes”, utilizando narraciones apologéticas, que identificaban con nombre y apellido a un puñado de individuos, a quienes se les atribuye haber forjado el Monterrey industrial.
En ese sentido, la Arqueología, en conjunto la historiografía crítica del siglo XXI, y los enfoques de historia social e historia desde abajo, permiten cuestionar dicha postura, además de encontrar y mostrar la vida cotidiana de las anónimas masas trabajadoras. Mostrando a su vez, las dolencias propias de faenas y horarios físicamente agotadores.
En efecto, con la naciente industria regiomontana, surgen nuevos horarios, nuevas relaciones laborales, nuevas necesidades y nuevos padecimientos, que se reflejan en los depósitos estratigráficos. Por ejemplo, durante el salvamento encontramos múltiples botellas de diferentes linimentos que, en la publicidad en la prensa de la época, prometían quitar el dolor y reumatismo.38
Así, con los trabajos industriales de la primera mitad del siglo XX, se multiplican los lineamientos y otros productos para contrarrestar los dolores musculares y demás dolencias características de la actividad fabril (Figura 7).
Obviamente, estas botellas no son las únicas encontradas en lo que ahora es el Paseo de Santa Lucía, donde rescatamos gran cantidad de artefactos vítreos, tanto de los elaborados en vidrio plano para las ventanas, como canicas, pendientes, cuentas de collar, vasos, copas, platos y veladoras. Del inventario total, la mayor frecuencia de la muestra la ocupan las botellas y recipientes de diversos productos como vino, cerveza, refrescos, medicinas, perfumes y cosméticos.
En cuanto a las técnicas de manufactura, se encontraron ejemplares de vidrio soplado, que obviamente era producido de manera artesanal, haciendo de cada artefacto un ejemplar único. Y aunque para ciertas piezas de este tipo se utilizan aún en la actualidad; en cuestión de producción en masa, la situación cambió con la llegada de la “Máquina Owens”, la cual revolucionó la manera de producir vidrio en Monterrey, como lo señaló uno de sus propietarios de nombre G. Sada: esta máquina “sustituyó las manos, la boca y los pulmones de los trabajadores”.39
Así, la producción creció de manera exponencial, al grado que para 1923, tenía la capacidad de manufacturar 150 mil piezas diarias.40 Por lo tanto, aunque en Santa Lucía encontramos botellas hechas a mano junto con botellas manufacturadas en industrias de Europa y Estados Unidos, como era de esperarse, el mayor porcentaje lo ocuparon las botellas hechas en nuestro país, destacando, de gran manera las fabricadas por la Vidriera Monterrey.
Ahora bien, al pensar en el vidrio, resulta evidente que tomar en cuenta su fragilidad, en contraste con su amplio uso, pues las encontramos para diversos rubros como: bebidas, medicamentos, tintas, pinturas entre otros. Es decir, el auge de la industria vidriera se refleja en ciertas botellas que contenían productos que también se reconocieron entre los restos de Santa Lucía.
Probablemente, hoy en día nos sorprendería la versatilidad y usos que tenía el vidrio en el pasado, sin embargo, hay que concebirlo y contextualizarlo en la época del boom del vidrio. Por ejemplo, resulta complicado imaginar en un baño de la época, a un individuo en su ducha con sus jabonosas manos tratando a tientas de buscar y sujetar la frágil – y ahí peligrosa –, botella de champú de vidrio. Igual de extraño nos parecería manejar envases de vidrio de blanqueadores (cloro) para ropa en los resbaladizos contextos de una lavandería doméstica.
Dichos envases y otras botellas similares, no se pueden entender si no las analizamos desde una perspectiva más amplia. Para ello, hay que señalar que, así como crecía la Vidriera Monterrey, la industria en general continuaba también en constante crecimiento, multiplicándose en las décadas de los veinte y treinta, junto con el número y giro productivo de las mismas. En ese sentido, para 1940 y de acuerdo con distintos autores, Monterrey era ya considerada la capital industrial de México.41 De ahí que, además del impulso y crecimiento económico que se identifica en la época porfirista,42 se considera precisamente a la década de los cuarenta como el segundo y definitivo momento de bonanza industrial.43
Aquí, es necesario de nueva cuenta ampliar nuestra perspectiva y concebir el papel Monterrey en el contexto mundial, cuando en Europa se desarrollaba la Segunda Guerra Mundial, y la gestante urbe regiomontana cobraba relevancia como polo de desarrollo nacional. Es por ello que, no fue casualidad que en 1943 se eligiera a esta Ciudad para llevar a cabo una reunión binacional de gran trascendencia. Precisamente, cuando uno de los presidentes estadounidenses de mayor peso del siglo XX, Franklin D. Roosvelt, fue recibido por su contraparte mexicano Manuel Ávila Camacho en la Sultana del Norte.
Resulta interesante analizar una lámina, la cual se recuperó en las excavaciones, aunque oxidada y parcialmente mutilada, permite identificar el acabado de peltre pintado con los colores patrios, donde apenas se distingue la leyenda: Bienvenido Sr. Presidente (Figura 8). En el fondo de la pieza, el Cerro de la Silla custodia unas chimeneas humeantes que en conjunto sirven como icono de la ciudad.
No podemos establecer a ciencia cierta la fecha de manufactura de la lámina, pero suponemos que debió ser de 1943,44 debido a que Ávila Camacho llegó en abril de ese año a Monterrey, y de acuerdo con algunos historiadores, el arribo de un presidente no había generado tanta atención desde que lo hiciera Porfirio Díaz en 1898.45
Pero, ¿cómo puede entenderse dicha reunión y qué implicaciones tiene la visita del presidente norteamericano con Ávila Camacho en Monterrey? De acuerdo con el historiador y escritor Abraham Nuncio, todo este jolgorio y exageración no era algo desinteresado, sino que ese entusiasmo tenía su origen en el pacto que había hecho con Ávila Camacho, la colectividad que – posteriormente – sería conocida como “Grupo Monterrey”, y particularmente la Cervecería y Vitro.46
En otras palabras, tal parece que, como había sucedido durante el porfiriato, la oligarquía regional se vería beneficiada con la política económica de Ávila Camacho, pues de nueva cuenta, en la década de los cuarentas, habría una política de “fomento industrial”,47 donde la cúpula empresarial no tuvo reparos en mostrar su gratitud y lisonjearía hacia el presidente en turno.
Ahora bien, aunque la derecha mexicana y entre ella la oligarquía regiomontana, en fechas recientes habían fundado el Partido Acción Nacional, como contrapeso de la política de tintes izquierdistas de Lázaro Cárdenas, sabemos también que, con el pragmatismo que les caracteriza hasta la fecha, supieron sacar partido de aquello que cuestionaban.
Si bien es cierto, aunque la expropiación petrolera de 1938 y toda la política de Lázaro Cárdenas no era del agrado de la hegemonía regiomontana, lo cierto es que, de cualquier modo, sabían que era necesario que PEMEX utilizara recipientes para envasar los aceites, lubricantes y demás productos. Por lo tanto, el material de esos recipientes iba a ser, efectivamente: de vidrio.
Ahora bien, aunque aún no se ha podido precisar la fecha de manufactura de las botellas de Pemex Penn que recuperamos en Santa Lucía, evidentemente se trata de contextos posteriores a 1940 (Figura 9), además de ser parte de los recipientes creados durante el sexenio de Ávila Camacho y posteriores.
En sí, nos resulta sorprendente imaginar estas frágiles botellas que requieren un trato rudo y en contextos peligrosos como cajuelas y talleres mecánicos, pero, como hemos señalado, era el boom del vidrio y éste se encontraba inmerso en prácticas monopólicas, incluyendo otras botellas del mismo material, la mayoría hechas en Vitro.
Colofón: pasado, presente y futuro de Santa Lucía y Monterrey
Con ejemplos del Monterrey en el pasado, se ha revisado de manera rápida algunos hallazgos que se descubrieron durante la construcción del Paseo Santa Lucía, pero, más que concebirlos como hechos específicos y particulares, al limitarlos a “hechos históricos”, se ha tratado de insertarlos en procesos económicos de carácter regional, nacional e incluso global. Sin duda, su presencia no explica mucho de manera aislada, pero como se ha visto, explorado algunas estrategias explicativas para entender la naturaleza y la ubicación de determinados artefactos o materiales de acuerdo con la época.
En el presente, sólo resta invitar a nuevos investigadores para abordar un fenómeno como la industrialización de Monterrey, pero de forma distinta a la que por mucho tiempo se realizó y que ha tendido sólo a la apología y el elogio de los grandes empresarios, dejando a un lado a los miles de trabajadores que hicieron esto posible.
En otras palabras, es necesario acercarse al enfoque teórico de la historiografía que se le ha dado en llamar “historia social” o “historia cultural”,48 y de manera más específica, aquellos modelos considerados como “historia desde abajo”. Hay que recordar que los documentos escritos no son las únicas fuentes, sino que, como señala Eric Hobsbawm, aquellos investigadores que abordan un tópico desde la perspectiva de la historia desde abajo, no pueden ser positivistas que se encierren en modelos añejos al circunscribirse al documento, sino que, por el contrario, deben de reunir la información que está fragmentada y dispersa en fuentes distintas.49
Regularmente, obreros y clases marginadas poco aparecen en la información documental, salvo quizá, como cifras o números en los documentos e informes generados en las industrias. Por ello, recurrir a su huella dejada de manera tangible en el registro arqueológico permitirá tener una visión más completa del pasado y escribir un discurso histórico incluyente. Tal y como lo considera el historiador español Joseph Fontana, hay que escribir una “Historia de Todos”50 y así acercarse más a una explicación de la realidad.
Por último, no nos queda sino esperar en el futuro una visión apegada a la realidad de lo que fue Santa Lucía y Monterrey en las primeras décadas del siglo XXI, pues, aunque en los folletos turísticos, notas periodísticas y la documentación oficial generada por el estado aparece el nombre del Gobernador de Nuevo León y su equipo como los “constructores” del Paseo de Santa Lucía, lo cierto es que intervinieron muchas personas más.
Porque la historia oficial nunca hablará de nosotros, los contribuyentes, que pagamos los impuestos con los que se ejecutaron las obras, pero desde esa perspectiva indirectamente son cientos de hombres y mujeres los que participaron de manera literal en la construcción.
Por ello, la historiografía y la arqueología que se realice en el futuro deberán dar una versión distinta de los verdaderos constructores de Santa Lucía. Y es que, durante los trabajos de salvamento en las obras de Santa Lucía, se podían escuchar conversaciones en lenguas indígenas o diferentes acentos del castellano que denotaban la migración que la ciudad y el estado de Nuevo León ha tenido desde finales del siglo XX e inicios del XXI, lo cual, evidentemente se reflejará en el futuro.
Asimismo, durante los recorridos que se hicieron, era común encontrar restos de empaques de comida rápida y distintos productos de las numerosas cadenas de tiendas de conveniencia desechados por los albañiles y demás personal de la obra.
Todo ello, nos sirve para percatarnos que no sólo la historia sigue en marcha, sino que la formación de contextos arqueológicos en este mismo lugar de Santa Lucía, también sigue su curso, y, seguramente los futuros arqueólogos encontrarán y clasificarán los materiales que dan cuenta del Monterrey en este convulsionado inicio del siglo XXI.
Lista de figuras

La ciudad de Monterrey fue fundada junto a la presencia de varios ojos de agua, mismos que sirvieron como canales de regadío durante el siglo XVII y XV

El escritor Manuel Payno describió en 1844 un bello paseo donde los habitantes de Monterrey recorrían en familia, tal y como se puede apreciar en el Monterrey del siglo XXI en el paseo de Santa Lucía. Sin embargo, no siempre fue así, pues el área tuvo grandes y graves cambios. Imagen tomada de, www.nl.gob.mx

Aunado a la nutrida información documental con la que se cuenta, la intervención norteamericana en Monterrey dejó un saldo terrible. Como se puede inferir ante al hallazgo de individuos que aún llevaban alojadas dos balas de mosquete en su cuerpo al momento del entierro.

Durante gran parte del siglo XIX y XX, el área ocupada por el canal de Santa Lucía mantenía condiciones insalubres observables en el registro arqueológico: Pantanos, basura diversa, así como restos de cuero de las tenerías y animales muertos.

Asociado a los talleres de las Tenerías, y denotando evidentemente una producción artesanal, se recuperaron restos malacológicos en distintas fases del proceso de manufactura de botones.

A finales del siglo XIX e inicios del XX el poder adquisitivo de un gran sector aumentó, así como la disponibilidad de obtener productos importados legalmente (o de contrabando) como la loza europea y norteamericana.

Con los horarios de trabajo propios de la industrialización y las arduas tareas fabriles, las dolencias y fatigas musculares se reflejan en la evidencia documental y el registro arqueológico de la primera mitad del siglo XX, como el Linimento Sloan.

Una hoja de lámina con acabado de peltre tricolor y la leyenda Bienvenido Sr. Presidente, parece hacer alusión a la presencia del presidente norteamericano F. D. Roosevelt y su contraparte mexicana M. Ávila Camacho quien benefició al empresariado.

Aunque reacios a la política estatista, la oligarquía regiomontana no ha vacilado en hacer negocios con el gobierno. Tras la expropiación petrolera y en pleno boom del vidrio, Vidriera Monterrey fabricó botellas para los productos de PEMEX.
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Notas

