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El retorno de las historias exiliadas. Talleres de memoria histórica en Chalatenango y Cuscatlán
The Return of exiled stories: historical memory workshops in Chalatenango and Cuscatlán
Realidad, Revista de Ciencias Sociales y Humanidades, núm. 153, pp. 93-121, 2019
Universidad Centroamericana José Simeón Cañas

Ensayos

Realidad, Revista de Ciencias Sociales y Humanidades
Universidad Centroamericana José Simeón Cañas, El Salvador
ISSN: 1991-3516
ISSN-e: 2520-0526
Periodicidad: Semestral
núm. 153, 2019


Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial 4.0 Internacional.

Resumen: Desde 2017, se ha llevado a cabo una serie de talleres en comunidades repobladas de Cuscatlán y Chalatenango. Coordinados por líderes locales y equipos de investigadores extranjeros, estos talleres han utilizado materias históricas recuperadas de su exilio norteño para despertar los recuerdos de los exdesplazados salvadoreños. El ensayo dibuja algunas conclusiones preliminares sobre los talleres; comienza con una exploración de una memoria emblemática del desplazamiento, luego sigue con una explicación de cómo, por medio de los talleres, se construyeron una memoria alternativa o paralela. Finalmente, saca a la luz algunas de las historias aún desplazadas.

Palabras clave: Memoria histórica, Chalatenango, Cuscatlán, Mesa grande, Conflicto político, Refugiados, Desplazamiento, Repoblación, Mujeres, Jóvenes.

Abstract: Since 2017, a number of workshops have taken place in repopulated communities of Cuscatlán and Chalatenango. Coordinated by local leaders and teams of foreign researchers, these workshops have utilized historic materials rescued from their northern exile to prompt the recollections of formerly displaced Salvadorans. This essay outlines some preliminary conclusions from these workshops. It begins with an exploration of an emblematic memory of displacement, then continues with an explanation of how workshop participants constructed an alternative of parallel memory. Third, it brings to light some histories that remain displaced to this day.

Keywords: Historic memory, Chalatenango, Cuscatlán, Mesa grande, Political conflict, Refugees, Displacement, Repopulation, Women, Young people.

Comenzando en la década de los 60, las fuerzas de seguridad de El Salvador, con el apoyo del Gobierno de los Estados Unidos de América, lucharon contra la disidencia y la insurgencia en zonas rurales con tácticas de terror y de tierra arrasada. Los sobrevivientes fueron obligados a abandonar sus hogares y sus comunidades. De esta manera, hacia el año 1984, más de un cuarto de la población de El Salvador se encontraba desplazada, dentro o fuera del país. Muchas personas permanecieron desplazadas, refugiadas y exiliadas por la duración del conflicto armado, pero en 1986 y 1987 se inició un movimiento extraordinario cuando grupos de campesinos organizados, residentes en los refugios de San Salvador y Mesa Grande en Honduras, comenzaron a retornar en masa a las zonas rurales del noreste de El Salvador, con el propósito de repoblar las comunidades que se habían quedado abandonadas desde hacía años.2 Estos retornos inspiraron a otros refugiados y cuando el Gobierno salvadoreño y las fuerzas del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) finalizaron los Acuerdos de Paz, en 1992, los campamentos de refugiados en El Salvador, Honduras, Costa Rica, Nicaragua y Panamá ya se encontraban casi vacíos.

Este movimiento de retorno y repoblación también dio luz a un nuevo modelo de activismo transnacional de derechos humanos, cuando grupos de gente común en los Estados Unidos “adoptaron” a las repoblaciones. Al final del conflicto salvadoreño, más de 50 ciudades estadounidenses se habían “hermanado” con las contrapartes en El Salvador, formando la red de Ciudades Hermanas.3 Las y los activistas que construyeron esta red transnacional se comprometieron a fomentar la democracia radical y participativa, la libertad y la justicia, y los derechos humanos y civiles. Primero, ellos trabajaron juntos para desafiar a las políticas del Gobierno que tenían que ver con el desplazamiento y, segundo, para configurar alternativas justas y sostenibles frente al militarismo, a la marginación política y social, y a la explotación económica.

En la actualidad, la gran mayoría de las historias de los exrefugiados y de la red solidaria transnacional que ellos construyeron siguen en silencio y, desafortunadamente, están en riesgo de perderse. A pesar del paralelismo inquietante entre las migraciones humanas masivas de las últimas décadas del siglo XX y del momento actual, las narrativas oficiales aún no incluyen las voces y experiencias de los refugiadosrepobladores y de sus aliados internacionales, ¿por qué? una razón de que no se cuenten estas historias en El Salvador es porque hay falta de documentación. Por supuesto, los refugiados nunca se encuentran en una posición favorable para poder producir numerosos materiales que puedan superar la prueba del tiempo y acabar en el archivo histórico. Aun así, los refugiados salvadoreños en Honduras sí documentaron sus experiencias y, aunque se destruyeron muchos documentos durante el conflicto armado, también sobrevivieron muchos otros; sin embargo, documentación vigente no está accesible al público. Otra razón de por qué aún no se cuentan estas historias es que los movimientos sociales de base reciben menos atención que los comandantes revolucionarios, los oficiales del Gobierno y las agencias internacionales como las Naciones Unidas, la Cruz Roja y la Amnistía Internacional. Asimismo, otra razón radica en que muchos de los exdesplazados guardan dentro de sí sus historias, quizá sólo las comparten en susurro con sus familiares más cercanos. Debido a que hay una variedad de experiencias de desplazamiento y muchas personas diferentes llegaron a convivir en las comunidades rurales en los años de posguerra, existe una reticencia de compartir, de confiar. Esto está basado en el trauma vivido durante el conflicto, en los desórdenes como el trastorno de estrés postraumático (TEPT) y en la falta de atención a la salud psicológica a niveles individuales, comunitarios y de nación. Todo contribuye al silencio. También se ve que en las comunidades organizadas y movilizadas, existen tensiones dentro de ellas y entre familias y comunidades. En muchas comunidades donde se vive una fuerte mística revolucionaria, los que se refugiaron en Honduras u otros países se consideran desconectados de la lucha salvadoreña y, en casos más extremos, traidores. Este patrón conecta con la tendencia global de representar a los refugiados y los desplazados en general como víctimas o apolíticas, o instrumentos de un partido u otro del conflicto. En cualquier caso, son desestimados y clasificados como no-agentes. Esta tendencia se presenta de distintas maneras en El Salvador.

Tampoco se cuentan estas historias en los Estados Unidos pero por distintas razones. De hecho, en la cultura popular estadounidense sigue de rigor la narrativa tradicional de la Guerra fría como una contienda muy reñida entre los Estados Unidos y la Unión Soviética, con todos los movimientos progresistas y revolucionarios que se dieron en la región latinoamericana en la segunda mitad del siglo XX, formando parte de un proyecto global soviético para expandir el comunismo. Dentro de este marco hay poco espacio para narrativas alternativas, particularmente las que ponen en duda la victoria heroica de los EE. UU, contra el monstruo del comunismo. Como explicaron las historiadoras Margaret Power y Julie Charlip hace una década: “La historia del movimiento de solidaridad es virtualmente desconocido en parte porque presenta un desafío radical a la brutal e hipócrita realidad del imperialismo de los EE. UU, en la América Latina” (Power y Charlip, noviembre 2009, p. 6).

Más recientemente, el sociólogo Mike Anastario nos ofreció el concepto del estado de fuga estadounidense, lo que él define como: “un sistema transnacional del olvido compuesto por silencios colectivos, marcos estratégicos actuales, y la implementación desmembrada de políticas externa y de inmigración”. El estado de fuga, continúa Anastario:

Permite los daños repetitivos mientras simultáneamente desatiende las consecuencias imprevistas de sus prácticas, lo que produce la ignorancia del Estado (a diferencia de la inteligencia del Estado). Se reproduce por las prácticas cotidianas del olvido, el decir y digerir de la retórica, y las ineficacias burocráticas que ocultan la complejidad.

En pocas palabras, el estado de fuga estadounidense “genera la ignorancia colectiva” (Anastario, 2019, pp. 232-233). Pero Anastario también plantea que el trabajo de la memoria sirve como una anécdota a ese estado de fuga. Como explica él, podemos “participar en los estudios de memoria no sólo para adquirir conocimientos” sino también porque tratan la “necesidad de comprender las consecuencias imprevistas y de larga duración” de las políticas del Gobierno; hacer esto es ayudar a “educar las próximas generaciones de empleados del Gobierno y de ciudadanos estadounidenses para que ellos nos guíen fuera de estas fugas en las que colectivamente participamos” (Anastario, 2019, pp. 268-270).

En El Salvador, donde no ha habido un verdadero proceso de reconciliación nacional y donde también existe un estado de fuga, varios comités de exdesplazados-repobladores están haciendo precisamente este tipo de trabajo de memoria. En muchas repoblaciones se encuentran líderes y activistas que organizan conmemoraciones de las guindas y de las repoblaciones, así como jornadas al sitio en las afueras de San Marcos de Ocotepeque, Honduras, donde estaba el campamento de refugiados de Mesa Grande; exhumaciones de fosas ocultas y el re-entierro cristiano de los restos humanos; obras dramatizadas; documentales; exhibiciones de museos y otros proyectos para compartir las historias de desplazamientos, luchas y supervivencias. De esta forma, los repobladores salvadoreños están exhumando, literal y figuradamente, la historia.

La red de Ciudades Hermanas está acompañando este proceso. Desde la década de los 80, muchas solidaristas (activistas de solidaridad) han guardado documentos y otros materiales históricos que documentan perspectivas básicas del momento de la Guerra fría; esos tesoros han estado languideciendo en los sótanos, áticos y garajes de los activistas, mientras que ellos envejecen. Estos archivos privados contienen fotografías, cartas, grabaciones, dibujos, informes, afiches y otros materiales que llevan en sí muchas historias que vale la pena saber y preservar. De hecho, estos archivos ofrecen un cristal a través del cual podremos entender mejor las experiencias de los campesinos salvadoreños en tiempos del conflicto y también las experiencias de sus aliados solidaristas en los Estados Unidos. Como dijeron Power y Charlip, la historia de la solidaridad debe ser compartida “porque ayuda a complicar el panorama de las relaciones exteriores que tiene los EE. UU, con América Latina y porque ofrece un modelo político alternativo para la gente en este país” (Power y Charlip, noviembre de 2009, p. 6).

Este ensayo exploratorio examina varios procesos recientes de hacer Historia. Desde 2014, se ha llevado a cabo una serie de eventos de memoria histórica en ciertas comunidades repobladas de Cuscatlán y Chalatenango, asimismo en ciertas ciudades hermanas de los Estados Unidos. Coordinados por líderes locales y equipos de investigadores extranjeros (incluyendo las autoras de este ensayo), estos eventos han utilizado materiales históricos recuperados de su exilio norteño para despertar los recuerdos de los ex-desplazados y sus aliados solidarios. Mediante talleres de historia oral y exposiciones públicas de fotografías y documentos históricos, hemos facilitado conversatorios creativos, procesos de construcción de distintas historias colectivas, selección y edición de exhibiciones y publicaciones locales, por y para las comunidades participantes.4

Desde luego, se dieron diferentes procesos y resultados en cada taller, región y país. Por medio del presente ensayo, sin embargo, nosotros queremos dibujar algunas conclusiones generales y muy preliminares sobre los talleres en El Salvador. Comenzamos primero con una exploración de una memoria emblemática del desplazamiento. En segundo lugar, seguimos con una explicación de cómo, por medio de los talleres, se construyó otra memoria alternativa o paralela. En tercer lugar, nosotros sacamos a la luz algunas de las historias aún desplazadas. En términos generales, ofrecemos algunas observaciones sobre la complejidad de la construcción de historias y memorias colectivas y cómo el marco de referencia del presente y la mentalidad actual influyen en nuestras comprensiones y representaciones del pasado.

La violencia y el desplazamiento

En todos los talleres de memoria histórica, los participantes enfatizaron la violencia como raíz del desplazamiento. Todos los adultos compartieron historias de sus seres queridos que perdieron sus vidas en circunstancias violentas; sobre la violencia contaban que ellos mismos habían presenciado y sobrevivido, incluyendo bombardeos, torturas, masacres y mucho más. Fue en gran parte por esa violencia física que ellos se desplazaron en las décadas de los 70 y 80. Pero también se desplazaron por culpa de la violencia estructural: “los altos hombres... querían valer más que el pobrecito,” explicó un tallerista. “Estaban enzacatando todos los terrenos y ¿adónde iba a trabajar usted?”. Todo se fue al rico y él “solo quería tener ganado, enzacatando todas las tierras para que el pobre no trabajara, se muriera de hambre” (Taller organización 1, 3:58, Cuscatlán, enero de 2017). Esta situación de “esclavitud” (Taller organización 2, 31:44, Cuscatlán, enero de 2017) contribuyó a que los campesinos se organizaran “por defender nuestros derechos, algún día pudiéramos tener nuestra casita, tierra donde trabajar” (Taller retorno 1, 01:30:36, Cuscatlán, enero de 2017). Fue cuando la violencia estructural se combinó con la violencia física que la gente tuvo que desplazarse. Como explicó un participante: “El luchar porque se nos diera un pedazo de tierra aquí en nuestro país, es lo que nos llevó, pues, hasta allá [a Mesa Grande], verdad, porque era difícil cuando el ejército comienza a implementar estos planes de tierra arrasada” (Taller vida cotidiana 1, 01:13:21, Cuscatlán, enero de 2017). Desde este punto de vista, la violencia estructural llega a tener consecuencias equivalentes a la violencia física y directa; la marginación total resulta también en una cuestión de vida o muerte.

Podemos entender estas historias como memoria emblemática, definido por el historiador Steve J. Stern como un marco que “imparte un amplio significado interpretativo y criterios de selección a la memoria personal”. La memoria emblemática se construye por medio de un proceso social y selectivo, explica Stern, y “pretende captar una verdad esencial sobre la experiencia colectiva de la sociedad” (Stern, 2004, 105-106 y 113).

Las narraciones de violencia del Estado salvadoreño de la segunda mitad del siglo XX han sido compartidas con tanta frecuencia que han llegado a ser ampliamente aceptadas como un aspecto fundamental de la época del conflicto armado salvadoreño. En 2010, de hecho, el presidente de El Salvador, Mauricio Funes, pidió perdón en nombre del Estado por las “graves violaciones a los derechos humanos y abusos de poder” que cometieron los “organismos del Estado, entre ellos las Fuerzas Armadas y los cuerpos de seguridad pública, así como otras organizaciones paraestatales”.5 Tal reconocimiento llegó a nivel internacional muchos años antes, a través del informe de la Comisión de la Verdad de las Naciones Unidas (Naciones Unidas-Comisión de la Verdad para El Salvador, 1993).6 Desde entonces, varios procedimientos en Salas de Justicia en diferentes partes del mundo han apoyado estas determinaciones.7

Esta narrativa de violencia se ha repetido tanto que ha llegado ser una especie de tropo; cuando uno habla del conflicto armado de El Salvador, no tiene que hacer referencia directa a los organismos del Estado para saber que esos mismos fueron los violentadores en la gran mayoría de los casos. Pero existe un problema fundamental con esta versión de la historia: presenta a los ciudadanos salvadoreños —los campesinos en particular— exclusivamente como víctimas de la violencia. Esta estimación pasa por alto las complejidades del carácter del ser humano y de las experiencias vividas. Los talleres de memoria histórica en Chalatenango y Cuscatlán revelaron otras narrativas en las cuales los campesinos aparecen no sólo como víctimas de violencia, sino también como actores en el escenario de la historia.

Desplazamiento: la base de una memoria colectiva alternativa

Las narrativas de víctima han sido una base para la lucha y resistencia, pero los participantes de los talleres de memoria histórica en Cuscatlán, quienes en su mayoría vivieron años en el campamento de refugiados de Mesa Grande en Honduras, demostraron que también hay aspectos positivos de la experiencia del desplazamiento. En Mesa Grande, según ellos, había desarrollo comunitario, un sentimiento de unidad sociopolítica y un sentido de valor en sus contribuciones no sólo para la comunidad refugiada sino también para su patria, El Salvador. Sus narrativas muestran que los refugiados también participaban en la lucha para transformar el país, pero en contraste a la lucha militar de las fuerzas del FMLN, la suya era una lucha pacífica enfocada en la organización, el desarrollo de la comunidad y el valor del campesino. A través de la organización en el campamento comenzaron a construir modelos del nuevo El Salvador que ellos querían ver cuando terminara el conflicto. Si la narrativa emblemática representa a los refugiados como personas apolíticas o distanciadas de la lucha, esta narrativa alternativa revela otra realidad.

En Mesa Grande se encontraban casi 12 mil salvadoreños. Vivieron todos amontonados, a veces varias familias compartían una sola carpa. Ese fue un cambio tremendo, ya que antes vivían dispersos en el campo. Además, Mesa Grande, como todos los campamentos de refugiados en Honduras, estaba siempre cercado por militares hondureños. No se podía salir del campamento, ni viajar desde un subcampamento a otro sin permiso oficial. Por eso, muchos dibujos de niños y canciones compuestas por los refugiados representaron a Mesa Grande como una prisión.

Esta realidad peculiar facilitó un desarrollo más profundo de la organización y movilización de la comunidad refugiada. Como explicó un participante, “existía la organización siempre” (Taller retorno 2, 1:10, Cuscatlán, enero de 2017). Muchas personas describieron la organización de los campamentos: había un comité central y en cada subcampamento “había un comité que organizaba a todos”. Cada subcampamento también “estaba sectorizado” (Taller vida cotidiana 1, 01:19:53-01:21:00), “pongamos nosotros allá en el Campamento 5, estaba sector 1, sector 2, sector 3,” explicó una persona. Para cualquiera tarea como recoger raciones, medirse para nueva ropa, u otra cosa “se decía, hoy le toca sector 1, mañana al sector 2, y así para hacerse montón ahí” (Taller vida cotidiana 1, 49:35). Una participante describió: “como eran diferentes campamentos, cada campamento tenía su reglamento, pero... así nos poníamos en grupo. Unas lavaban primero... Terminaban a la una. Todo era reglamentos así” (Taller vida cotidiana 1, 45:05). Además de los sectores, había comités que se centraban en trabajos específicos, o áreas de trabajo como la construcción, alimentación y salud, educación, seguridad, limpieza, religión y otras.

Toda esa organización ayudó a que los salvadoreños, mientras estuvieran refugiados, pudieran atender sus necesidades básicas. Así que por una parte, su organización fue impulsada por cuestión de supervivencia, pero por otra parte, la organización ayudó a que ellos desarrollaran una filosofía de bienestar común. Es cierto que muchos campesinos habían colaborado con varias organizaciones antes de desplazarse como la UTC, FECCAS, el BPR y otras, entonces “llevamos esos... conocimientos desde aquí, verdad, esa visión”. Con estas experiencias, “desde un principio” en Honduras, “la gente se organizó” (Taller vida cotidiana 1, 01:19:53). Pero como explicaron los participantes en los talleres, la organización y el trabajo que hicieron en Mesa Grande fue para el beneficio de la comunidad entera. Mientras unas personas “hacíamos vigilancia para cuidarnos entre unos a los otros,” otras personas “hacíamos ropita para niños” (Taller vida cotidiana 1, 45:05 y Taller salida, 30:10). Mientras unas personas se quedaban “pendientes de la gente que iba llegando” de El Salvador y que necesitaba ayuda para acomodarse en el refugio, otras personas daban clases (Taller vida cotidiana 1, 45:05). Según los talleristas: “se estableció un nivel de organización comunitario” en Mesa Grande, y “hacíamos todo esto para trabajar para la población” (Taller vida cotidiana 1, 01:19:53 y Taller salida, 30:10).

Un aspecto crítico del desarrollo de esa economía moral colectiva fue la educación (Thompson, febrero de 1971, pp. 76-136).8 Las circunstancias especiales de la vida en el refugio cercado le dieron a la gente más tiempo para aprender aptitudes nuevas, así las oportunidades para aprender se hicieron disponibles para personas que antes no las habían tenidos, se organizaron talleres, por ejemplo. Como explicó un participante de los talleres de Cuscatlán:

Los niños no tenían como jugar... entonces la misma gente empezó a llevar talleres... de bordado, de coser en máquina, de hamacas, de hacer hortalizas, como se construía haciendo hortalizas, y todo eso. Entonces así fue que fuimos aprendiendo muchas cosas. Sí, aprendimos bastantes cosas (Taller vida cotidiana 1, 32:12).

También organizaron un sistema de educación tradicional para dar clases a los niños, con maestros de la misma comunidad salvadoreña refugiada. Según varias personas, ese trabajo no fue siempre fácil porque “había muchos rebeldes”. Un participante recordó: “ese grado que yo tenía, el tercer grado. ¡Ay Dios! Nadie lo quería, nadie. Todos llegaban un día y ya no volvían porque ahí quienes mandaban eran los alumnos”. Pero llegó esa persona y “cuando ellos comenzaron a darme lata, yo los comencé a poner quietos, verdad. Les dije: ‘No. Vamos a aprender porque esto les va a servir a ustedes para que sepan defenderse y todo.’ Pues les explicaba”. Después de un tiempo, la situación en su aula “cambió ya, porque yo sí les enseñé para que aprendieran a respetar y a aprender también” (Taller vida cotidiana 1, 01:43:00). Así que en la escuela enseñaban a los niños no sólo sobre las letras, matemática, e historia salvadoreña, sino también como comportarse bien y como valorar la educación como una herramienta con la cual defenderse.

Compartieron esa herramienta también con los adultos. Para algunas personas, el refugio de Mesa Grande les dio la oportunidad de continuar sus estudios, como un tallerista que “acaso tenía el sexto grado” cuando llegó, pero sacó hasta su noveno grado en el refugio (Taller vida cotidiana 1, 01:45:00). A muchos adultos, Mesa Grande les ofreció su primera oportunidad para aprender a leer y escribir: “había mucha gente adulta que no podía nada, y allá aprendió”, dijo un participante (Taller vida cotidiana 1, 01:46:22). Otro que daba clases para adultos explicó: “Les agarraba la mano para que aprendieran a hacer su nombre, aprender cómo hacían las vocales y todo eso... lo que uno podía se lo enseñaba a otras personas para que todos supieran igual” (Taller vida cotidiana 1, 01:45:18).

Por medio de las oportunidades educativas (los talleres, la escuela y clases de alfabetización para adultos), los salvadoreños en Mesa Grande establecieron estructuras alternativas. Antes del conflicto armado “el tema educativo siempre fue algo exclusivo de gente de dinero,” dijo un participante y continuó: “Si tenía dinero, podía ir a la escuela, si no, pues, olvídese” (Taller vida cotidiana 1, 01:47:46). Pero con el conflicto todo cambió, las personas desplazadas en Mesa Grande crearon una sociedad donde todos los miembros tenían acceso a la educación. Muchos consideraban que eso fue una gran contribución a la lucha nacional porque tiraba al suelo los sistemas opresivos. Como explicó un participante, fue un cambio muy importante que todos los campesinos “pudieran por lo menos, el nombre”, ¿por qué? “Para que nadie los engañara,” dijo. “Porque muchas personas nos engañaban cuando no podíamos ni siquiera el nombre de nosotros ni nada. Entonces por eso nos enseñaban que les diéramos a dar a conocer a las personas que el nombre de uno, por lo menos, la firma y todo eso” (Taller vida cotidiana 1, 01:45:57). Siguiendo esta perspectiva, sin el trabajo de los salvadoreños en los campamentos de refugiados, el país de El Salvador no tuviera el nivel de alfabetización que tiene hoy en día, y los campesinos estuvieran en una situación peor.

Las oportunidades para desarrollarse a través de la participación en los talleres y en las clases contribuyeron al fortalecimiento de un fuerte sentimiento de comunidad entre los salvadoreños en Mesa Grande. Así explicó un participante: “Teníamos un amor por los demás compañeros, así fue, y la verdad es que se recuerda mucho” (Taller retorno 1, parte A, 16:55, Cuscatlán, enero de 2017). Hay que notar que estos sentimientos también fueron resultado del sufrimiento compartido: “Fue difícil para nosotros”, dijo una persona y continuó: “Nosotros tenemos mucho que contar porque hemos sufrido. Empezamos a sufrir desde niños, pues” (Taller vida cotidiana 1, 38:26). Todos los que se encontraron en el refugio de Mesa Grande compartían experiencias de pobreza, falta de acceso a muchos servicios y falta de oportunidades educativas, económicas y mucho más. Con base en estas experiencias de marginalización, compartían quejas en contra de las estructuras injustas que perpetuaban la exclusión y el sufrimiento. Según un participante, la pobreza histórica de los campesinos salvadoreños fue un total sistema de esclavitud con los ricos terratenientes (las 14 familias) en la cima (Taller organización 2, 31:44, Cuscatlán, enero de 2017) y con el conflicto de los años 70 y 80, se llegó a otro nivel de sufrimiento, ya con las Fuerzas Armadas de El Salvador y sus patrocinadores estadounidenses en la cima. “En esa época”, recordó un participante, los campesinos “ya no contábamos con vida porque todo el que hablaba en contra, le daban” (Taller vida cotidiana 1, 01:05:45). Según otro participante: “los militares no andaban preguntando qué sos vos ni que nada; ellos mataban a gente indefensa” (Taller vida cotidiana 1, 01:03:02).

Los campesinos sufrían mucho, desde luego, pero estas experiencias compartidas también funcionaron para movilizar a la gente y para reivindicar sus derechos: “así fue como se fue organizando el pueblo”, dijo un tallerista, “para formar la organización y poder defender” (Taller vida cotidiana 1, 01:05:45). Esto también produjo sentimientos fuertes de conexión entre ellos, además de valorar la lucha nacional. La organización campesina representó una especie de crítica del capitalismo, una confrontación directa con el status quo; el valor de las acciones de los campesinos organizados se notó en las reacciones de los más poderosos. “Cuando vieron que la gente iba organizándose – describió un participante-, ya dijeron que eran comunistas que estaban organizándose. Comunista llaman a eso los ricos, eso es que la comunidad se organice” (Taller organización 2, 31:44). Otro participante explicó que “la esencia del cristianismo es la esencia de la defensa de los derechos de los pobres”, pero “eso reñía con los intereses de las clases pudientes. Por eso, quien practicaba esas tesis era tomado como comunista” (Taller vida cotidiana 1, 01:13:21). En suma, los que tienen el poder “le temen a la organización del pobre, porque el pobre se organiza para salir de esa esclavitud a la que ellos les tienen sometidos” (Taller organización 2, 31:44), con justa razón. Según los talleristas, la organización de los campesinos en El Salvador y en los campamentos de refugiados como Mesa Grande había traído resultados. Como dijo una persona: “Gracias a eso se cambió y está un poco, más o menos, un poco bien, se puede decir, la situación, ¿verdad?” (Taller vida cotidiana 1, 01:05:45).

Hablando de la organización y de las contribuciones a la lucha nacional, varios talleristas comentaban sobre el papel del FMLN. Una persona concluyó, por ejemplo, que “la guerrilla fue una gran fuerza que ayudó a salvar las necesidades de la gente pobre” (Taller vida cotidiana 1, 1:05:45). Otras personas contaron de los intercambios entre el refugio y el Frente. El grado de relaciones entre el Frente y los refugios es un componente importante de la historia que aún no ha sido detallado, pero este ensayo no es el lugar apto para hacerlo porque los exrefugiados, participantes en los talleres de memoria histórica en Cuscatlán, no se enfocaban en la historia del Frente, más bien, se situaban a sí mismos como desplazados en el centro de la narrativa y, al hacerlo, se reemplazaron en la historia nacional. Desde esta perspectiva, guindear y refugiarse son acciones no sólo de supervivencia sino de resistencia. La lucha pacífica que llevaron a cabo en Mesa Grande y en otros refugios funcionó como un paralelo a la lucha políticomilitar del FMLN.

En fin, a través de los talleres de memoria histórica en Cuscatlán se hizo evidente que hay otra gran narrativa, una que cuenta una historia de lucha pacífica y de organización estratégica. En Mesa Grande, los salvadoreños refugiados construían la comunidad que querían tener en su patria, El Salvador. Se enfocaban en el desarrollo de los individuos y del pueblo entero. En el campamento, las personas podían obtener aptitudes nuevas para sentir valor en sí mismos, para contribuir a su comunidad y para mejorar a su país. Trabajaban para cambiar los valores nacionales recalcando la importancia de la clase campesina. La vida de los salvadoreños refugiados en Mesa Grande, entonces, fue una vida de lucha y organización para crear una sociedad mejor.

Vale la pena hacer una pausa para contemplar cómo el contexto actual al momento de realizar los talleres de memoria histórica influyó el proceso de hacer Historia. Como ya hemos destacado, los participantes en los talleres de Cuscatlán describieron la vida en los campamentos como una especie de época dorada de la organización. Algunos comentarios como “fue bonito allá. Todo bien, todo” fueron frecuentes; algunos expresaron hasta “ganas de ir otra vez” (Taller vida cotidiana 1, 38:26 y Taller retorno 2, 01:52:11). Este método de heroizar el pasado se puede interpretar como una crítica al presente. Muchos participantes dijeron que, aunque las repoblaciones de Cuscatlán siguen siendo comunidades organizadas, la situación ha cambiado bastante. Como explicó un tallerista, muchos de los extranjeros que tuvieron solidaridad con los refugiados en tiempos del conflicto regresan a El Salvador hoy en día y “ellos quisieran ver los niveles organizativos que habían antes y ese nivel de sensibilidad. Pero bueno, los tiempos son diferentes, verdad, y hoy los nuevos tiempos han cambiado bastante el pensamiento” (Taller vida cotidiana 1, 01:28:19). Otra persona dio su opinión asegurando que “ya la gente, nosotros ya nos acomodamos. Pues ya la mayoría de la gente ya está muy acomodada; ya no quiere salir a muchas cosas” (Taller vida cotidiana, 49:35).

Esa falta de compromiso a salir, a organizarse y a contribuir a la lucha para la justicia social se ha dado como resultado de la atomización social a causa del neoliberalismo. Es una ironía triste que muchos participantes señalaran como un detrimento las nuevas formas de conexión de esta era digital, refiriéndose a los teléfonos celulares. “Cuando vienen [los jóvenes] en camino, ya no saludan por estar así”, dijo un participante con la mirada hacia abajo, como si estuviera enfocado en la pantalla del móvil (Taller vida cotidiana 1, 1:55:49). “Pero no son sólo los jóvenes”, dijeron otros participantes, pues las madres y los padres de familia también son así. “Ni a los hijos les ponen atención porque están con el teléfono así”, en frente de la cara, explicó un tallerista y continuó: “el hijo como que vale un comino, pues ya uno con el teléfono ya está más pendiente del teléfono que de su hijo, pues” (Taller vida cotidiana 1, 1:55:49). Aunque es cierto que cada quien decide cómo comportarse, esa tendencia de enfocarse en una pantalla (de celular, computadora o televisión) en lugar del mundo actual a su alrededor, conlleva a una lección más amplia que el individuo. Como concluyó un participante de los talleres de Cuscatlán: “esos son los problemas de la globalización que se visualizaron poco y que hoy los estamos viviendo muchos, verdad. No se previó esa parte” (Taller vida cotidiana 1, 1:58:24).

Igual que sus compatriotas en Cuscatlán, los talleristas de Chalatenango representaron el pasado a una luz halagüeña. En estos talleres hicieron el trabajo difícil de crear un afiche con fotos históricas que representaban la fortaleza y resiliencia de su comunidad en los momentos más difíciles. Los títulos que pusieron a estos carteles ofrecen una mirada a esas representaciones: “Comunidad organizada consolidada para el bienestar común”, “La lucha con angustia para alcanzar la esperanza y justicia” y “Con la unidad, la fuerza y el valor alcanzamos las metas que soñamos en familia y comunidad”.

Estos talleres de Chalatenango se llevaron a cabo a la sombra anticipadora de las elecciones presidenciales de febrero 2019. Igual que en otras partes del país, los talleristas de esta comunidad repoblada discutieron sobre cuál era el mejor camino hacia adelante. En este contexto, la fortaleza y belleza del pasado (la organización y promoción del bien común en la época del conflicto) contrastó fuertemente con las divisiones políticas del presente.

Las historias aún desplazadas: memorias sueltas

Como se destacó en la sección anterior, las personas que se desplazaron durante el conflicto armado siguen construyendo una narrativa que va más allá de la victimización para presentar otro nivel de su experiencia. En esta memoria alternativa llaman la atención las capacidades de las personas para unirse y trabajar colectivamente hacia el bienestar común, aún en condiciones tan difíciles como en un campamento de refugiados cercado por soldados y padeciendo de recursos. De hecho, podemos decir que las condiciones especiales de la vida como refugiados en Mesa Grande les dieron fuerza para la construcción de esta memoria alternativa. Pero esta memoria (y todas las memorias colectivas) son resultado del surgimiento de determinadas memorias sueltas y, al mismo tiempo, del ocultamiento de otras memorias sueltas (Stern, 2004). En otras palabras, paradójicamente, la memoria colectiva tiene un carácter selectivo y excluyente; otorga a ciertos individuos el derecho de identificarse con las narrativas históricas dominantes mientras que excluye a otros individuos.

Si entendemos a la memoria emblemática como una moneda con dos caras, podemos buscar las oportunidades para descubrir y dar espacio a las voces y narrativas aún marginadas, siempre y cuando estas voces estén dispuestas a ser descubiertas y compartidas. En nuestro trabajo de memoria histórica, de hecho, hemos querido hacer justamente eso: dar espacio a las personas que se desplazaron durante el conflicto, ya que aún no se han visto reflejadas en toda su complejidad en las narrativas emblemáticas nacionales. En este sentido, los talleres de memoria histórica funcionan como una red para captar ciertas memorias sueltas y facilitar conexiones entre ellas, así ayudan a identificar ciertas memorias alternativas. Pero aun esas memorias tienen otra cara: las narrativas y voces que no son incluidas en las versiones colectivas. En los talleres de memoria histórica, nosotros encontramos momentos sobresalientes del proceso paradójico de la construcción de las memorias alternativas. Aquí presentamos dos ejemplos: las mujeres y las personas que se aliaron con las fuerzas del Gobierno en los tiempos del conflicto.

Si las narrativas de los refugiados se quedan marginadas de la historia oficial del conflicto de El Salvador, se puede decir que el mismo proceso de construcción de narrativas colectivas contrahegemónicas del desplazamiento también margina a las mujeres. En los talleres mixtos que llevamos a cabo en Cuscatlán y Chalatenango, las mujeres se quedaron al margen con frecuencia. Aunque las mujeres ocuparon una posición física muy importante dentro del círculo de narradoresparticipantes, las voces masculinas dominaron el proceso de narración. Fue una pauta tan evidente para los facilitadores de un taller en Cuscatlán que ellos se interpusieron y pidieron a los hombres que dieran espacio para que las mujeres también compartieran sus recuerdos del exilio. Poco después, los facilitadores se interpusieron de nuevo diciendo: “Hasta ahora sólo hemos escuchado a hombres... Cedamos el derecho de voz a las mujeres” (Taller retorno 2, 01:12:31).

En Cuscatlán llevamos a cabo dos talleres con el título: “Experiencias de las mujeres”. Estos talleres se impartieron por sugerencia de las lideresas locales, quienes preveían los beneficios de tener un espacio especial donde las conversaciones se centraran en las experiencias del desplazamiento y exilio de las mujeres. Cuando se encontraron en su propio espacio, las narrativas de las mujeres, en cierto modo, desafiaron la memoria colectiva.

Por un lado, las narrativas de las mujeres revelaron una agencia y creatividad para responder a las necesidades diarias de sus familias y de sus propias personas. Por ejemplo, tal como explicaron las mujeres participantes en los talleres: la ayuda internacional proveyó todo tipo de recursos a los refugiados (comida, ropa, pañales para bebés, muchos materiales para construir las carpas, asistencia médica, entre otros), pero hubo cosas que no se pudieron encontrar sino a través del intercambio con los hondureños en los alrededores de los campamentos. Aunque se prohibió que los salvadoreños refugiados en Honduras entraran en la esfera económica de ese país, las mujeres participaron en el mercado negro para adquirir materiales y comidas especiales para sus familias. Otro ejemplo que ofrecieron las mujeres participantes en los talleres fue que – considerando que ninguna organización internacional dio atención a las necesidades específicas de las mujeres refugiadas (en particular a la menstruación) – ellas diseñaron productos higiénicos utilizando pañales de bebé, telas desechadas de los talleres de sastrería y otras cosas.

Las narrativas de las mujeres también revelaron un tremendo empoderamiento en el proceso de cara a los desafíos del exilio. Casi todas las mujeres comentaron que pudieron tomar ventaja de nuevas oportunidades en los refugios. Así participaron en las clases de alfabetización, donde aprendieron a leer y escribir, y en los talleres de sastrería, bordado y otros, donde aprendieron nuevas aptitudes. Muchas señalaron con orgullo que continúan bordando hasta el día de hoy, y algunas donan sus trabajos completos al servicio de la Iglesia o los venden para apoyar a la economía familiar. También notaron que se desarrolló un nuevo acercamiento, un nuevo sentimiento de unidad entre mujeres en el refugio, por ejemplo, hubo mujeres que trabajaban con la misma matrona (la señora Juana) para asistir a las mujeres embarazadas cuando ellas iban a dar luz (Taller experiencias de mujeres 2, 03:41). Otro ejemplo contado por varias mujeres fue la formación de un grupo de vigilancia que le decían “Batallón Pacho.” Según una participante, unos hombres tomaban ventaja personal de sus puestos de autoridad en las bodegas de construcción, alimentación, medicina y otras donde “en la noche tal vez sacaban cositas y las vendían” a los hondureños. “Bueno”, algunas mujeres se preguntaban: “si los hombres vigilan, ¿por qué es que salen las cosas?, ¿por qué se salen las cosas de lugar?”. Para poner fin al problema, ella continuó: “hicimos grupos de mujeres para hacer guardia” (Taller experiencias de mujeres 2, parte B, 14:19). Ayudaban a cuidar a la comunidad refugiada de la guerra, pero también se cuidaban entre sí. Cuando los hombres maltrataban a sus compañeras, por ejemplo, las mujeres del Batallón Pacho iban donde ellos “y el hombre que hallaban, que no se portaba bien, le daban duro” (Taller vida cotidiana 1, 46:12). “Había una casita como cárcel, ahí los echaban” y se quedaban por un tiempo “dependiendo de lo que habían hecho” (Taller experiencias de mujeres 2, parte B, 14:19-16:00). Las participantes contaron sobre tales intervenciones del Batallón Pacho con mucho orgullo: “Mire”, dijo una mujer: “tenía que tener valor también porque [una vez] un hombre se abalanzó, se tiró con el cuchillo en la mano” (Taller experiencias de mujeres 2, parte B, 14:19), y otra veces, “ahí viene el Batallón Pacho, decían. Los hombres le tenían miedo a las mujeres, porque la mujer los penqueaba” (Taller vida cotidiana 1, 46:33).

Aunque para varias mujeres, el Batallón Pacho simboliza la unificación y fuerza en momentos difíciles, también da a conocer un poco los conflictos internos. Muchas veces, en las narrativas heroicas que surgieron en los talleres mixtos (pero no siempre) se omitieron los conflictos políticos o interpersonales, y nunca tocaron las disputas domésticas ni la violencia de género. Es importante señalar que los talleres para las mujeres abrieron espacio para que surgieran estas narrativas de división y conflicto, al hacerlo se problematizó la memoria colectiva de Mesa Grande como un lugar donde reinaban los sentimientos de unidad e igualdad.

En todos los talleres enfocados a las experiencias de las mujeres, las participantes compartieron sus historias sobre el pasado, rastreando el papel tradicional de la mujer campesina salvadoreña y las consecuencias negativas de las normas de género. De este modo, describieron los trabajos que se esperaban de las mujeres y sus limitaciones. Algunas participantes dijeron que se enseñaba a las niñas desde muy joven que el propósito de la vida de la mujer era “tener todos los hijos que Dios nos diera... que las mujeres éramos nada más para parir hijos y para estar en la casa”, que no había otros espacios para ellas (Taller experiencias de mujeres 2, parte B, 10:42). Otra participante expresó frustración con su papel designado porque inhibió su educación; no tenía mucha oportunidad para aprender a leer y escribir. Describió que no podía salir hacia la escuela hasta no hacer el desayuno para su padre, quien hizo todo lo posible para alejarla de sus estudios diciendo: “que si uno iba a estudiar, se criaba haragana” (Taller experiencias de mujeres 2, parte B, 4:36). Luego al salir de las manos de los padres, “quienes eran los dueños de nuestras vidas eran los hombres”, explicó una participante de Cuscatlán, y continuó: “Para ese entonces, decíamos nosotras que la cultura que nos habían enseñado nuestros padres, abuelos, antepasados, pues era que la mujer que se casaba, casa quería y en quien se casaba que nadie metiera su cuchara” (Taller experiencias de mujeres 2, parte B, 33:51). Y si una mujer salía de esa esfera doméstica o si no hacía lo que su esposo quería, arriesgaba la seguridad y el bienestar propio.

Lo anterior también era parte de las expectativas de las mujeres casadas, tenían que “aguantarles a los esposos los castigos, los maltratos, porque esa era la ley, verdad”, explicó una mujer, “o sea, quien le pegara, pues que aguantara porque era su cruz... Según nuestros abuelos era la cruz que teníamos que llevar” (Taller de experiencias de mujeres 2, parte B, 33:51). De hecho, muchas talleristas describieron la violencia física que ellas habían presenciado o sufrido personalmente en El Salvador o en los refugios. Una mujer contó que estando en Mesa Grande se acompañó con un hombre que abusó de ella física y psicológicamente, así como negándole el permiso para participar en los talleres, insultándola, golpeándola y “un sinfín de cosas”. Después de estar con él cinco años, ella dijo: “yo tomé una decisión grandísima”, que fue anotarse para el primer retorno de Mesa Grande. Aunque El Salvador seguía “en plena guerra [se dijo ella], hoy es cuando yo me puedo separar, si no, este hombre me va a matar”. Así es que ella se vino en el primer retorno y “él se quedó” (Taller de experiencias de mujeres 2, parte B, 17:49-20:31), pero no todas podían salir de sus relaciones abusivas. Como todavía no existían organizaciones para “la defensa y derechos de las mujeres” y “por la misma cultura que venía desde antes”, muchas mujeres sufrían en relaciones violentas. Así que “el miedo de las mujeres era ese que de igual forma amenaza de guerra, la amenaza de los hombres” (Taller de experiencias de mujeres 2, parte B, 33:51).

En otra sección de este ensayo, nosotras postulamos que las preocupaciones actuales que tenían los participantes en los talleres de Cuscatlán influyeron en la representación del refugio de Mesa Grande como una época dorada. De igual manera, la realidad actual de las mujeres influyó en su proceso de hacer Historia en los talleres para mujeres. Cuando realizamos estos talleres, según varias comentaristas, se vivía en El Salvador una verdadera crisis en términos de la violencia de género. Según la “carga global de la violencia armada”, un informe publicado por la Secretaría de la Declaración de Ginebra y el Small Arms Survey, la tasa del femicidio (asesinato motivado por género) en El Salvador es más del doble de la tasa básica de la región de Centro América y “sobrepasa la tasa total de homicidios de hombres y mujeres en los 40 países con las tasas más altas del mundo” (Geneva Declaration Secretariat and Small Arms Survey, 2015). El Comité para la Eliminación de la Discriminación contra la Mujer (CEDAW) ha encendido una alarma sobre la “alta incidencia de violencia contra las mujeres” en El Salvador, notando en particular “la violencia intrafamiliar, la violencia y el abuso sexual, las violaciones y el acoso sexual”; además, “el asesinato de mujeres motivado por causas específicas de género”.9 Varias organizaciones salvadoreñas han caracterizado la violencia feminicida como “una epidemia” y, además, concluyen que las altas incidencias de la violencia física, sexual y psicológica, que ocurren tanto en los espacios públicos como en los espacios privados, conforman un proceso sistemático de amenaza constante por la vida entera de la mujer.10

Aunque se han establecido varias leyes para contrarrestar la epidemia de la violencia de género y proteger a las mujeres y niñas —incluyendo la Ley Especial Integral para una Vida Libre de Violencia para las Mujeres de 2012— varios estudios demuestran que las autoridades públicas de El Salvador se resisten aplicar estas leyes y sus estipulaciones. Según un informe, de cada 10 casos que entran al proceso legal, 8 nunca se resuelven (Las Dignas, 2010),11 mientras que otro estudio presenta una tasa de convicción de sólo 1.5 por ciento en casos de violencia doméstica o intrafamiliar.12 Hasta las Naciones Unidas han llamado la atención sobre “la escasa aplicación” de leyes vigentes y “la investigación insuficiente” en casos de la violencia contra las mujeres en El Salvador.13 En otras palabras, el alto nivel de la impunidad en El Salvador en la época de posguerra sólo agrava el problema. Además, la poca atención a la salud mental y problemas psicosociales contribuye a que los excombatientes de ambos bandos presenten niveles muy altos de agresión, actos violentos y femicidios.14

Este problema nacional también se ve en los niveles municipales. Cuando se dieron los talleres de la memoria histórica en 2017, 2018 y 2019, había una serie de murales, afiches y otras presentaciones en las paredes de las municipalidades haciendo referencia a temas de la violencia contra la mujer, los derechos de la mujer y el machismo. Un mural patrocinado por la CCR en Chalatenango, por ejemplo, con el título: “MUJER: HAZ UN GIRO EN LA VIDA. ¡DI NO A LA VIOLENCIA!”, tenía la representación de una mujer con las dos manos en un volante grande. En el centro del volante se veían los números de teléfono de cinco oficinas gubernamentales en donde se podría buscar apoyo, incluyendo la Policía Nacional Civil. Al lado izquierdo había una lista de los diferentes tipos de violencia – feminicida, patrimonial, simbólica, económica, psicológica, sexual y física-, al lado derecho estaba el siguiente texto: “MUJER SON TUS DERECHOS ¡DEFIÉNDELOS!”. Al fondo del mural se concluía: “TU DIGNIDAD, TU RESPETO, TU VIDA, TUS DERECHOS POR UNA VIDA DIGNA ¡NO A LA VIOLENCIA CONTRA LA MUJER!”. En varias comunidades de Chalatenango y Cuscatlán se encontraron murales más pequeños que aparecían en casi todas las calles; llevaban un torogoz al lado de una flor, con el mensaje: “En esta casa queremos una vida libre de violencia hacia las mujeres”. No obstante, los miembros del equipo de facilitadores en Cuscatlán no sólo escuchamos sobre instancias de violencia, también observamos evidencia de esta violencia, por ejemplo, unas contusiones en los cuerpos de unas participantes. Ciertamente, esta realidad contemporánea influyó en las conversaciones que se dieron en los talleres. Dicho de otra manera, las narrativas de violencia y de marginación respondieron a la crisis que experimentaron las participantes, no sólo en el pasado sino también en el presente.

Si los talleres en general aportan valiosos conocimientos sobre la memoria alternativa colectiva de los campesinos desplazados-repobladores, las narrativas de las mujeres exdesplazadas ayudan a que entendamos mejor algunas de las limitaciones de esa narrativa colectiva. Ellas revelaron que la situación de las mujeres no ha avanzado al igual que otras situaciones, sumado a que las mujeres expresaron fuertes sentimientos de frustración, desencanto y hasta decepción con la denominada democratización.15 De cara a la relativa inmutabilidad del papel de la mujer y las relaciones de género, las mujeres participantes en los talleres de la memoria histórica utilizaron las narrativas históricas como método para darle sentido al presente. En un nivel más teórico, este caso presenta evidencia que el derecho de hacer Historia llega a unas personas y no a otras; en El Salvador, como en otros lugares del mundo, se han excluido las experiencias de las mujeres de las narrativas colectivas. Pero las mujeres no son las únicas personas excluidas de este proceso, también se han quedado marginados los campesinos que se aliaron con el Gobierno salvadoreño durante la época del conflicto armado. Notamos que la comunidad académica aún no ha dado la atención adecuada a este fenómeno, pero no es el propósito de este ensayo analizarlo con profundidad, aunque sí vale la pena reconocer que muchos campesinos se encontraron apoyando – de un modo u otro – a las Fuerzas Armadas de El Salvador. En esta categoría se pueden incluir, por ejemplo, los comandantes y las patrullas cantonales y los miembros de la ORDEN (Organización Democrática Nacionalista).

En los talleres de memoria histórica de Cuscatlán hubo varias personas de esta categoría que se acercaron al espacio comunal, pero permanecieron literalmente marginados del proceso comunal, particularmente notamos el caso de dos hombres mayores. Cada uno de ellos, en diferentes momentos, sucedió que andaban rondando en los márgenes de la plaza, observando desde lejos; no se atrevieron a acercarse, ni los miembros de la comunidad les acogieron ni los participantes que habían venido de otras comunidades les invitaron acercarse o a participar de alguna manera en el proceso. Algunos miembros del equipo internacional notamos sus presencias, por lo que alguien, siempre hombre, se acercó para saludar. Después de un momento prolongado de platicar en las orillas de la plaza, el investigador internacional invitó a uno de esos hombres a sentarse; entonces sucedió que ambos, caminando despacio y platicando siempre, pasaron por la plaza abierta para sentarse en unas sillas ubicadas bajo una sombra en las afueras de la casa comunal. Más tarde, se había formado un pequeño círculo de tres o cuatro hombres. Luego, muy lentamente y con una mezcla posible de inquietud y curiosidad, el hombre se atrevió a entrar a la casa comunal para dar una vuelta por la exposición histórica. Mientras veía las fotografías, dibujos y otras materias históricas incluidas en la exposición, él contaba pedazos de su propia historia con el compañero extranjero.

Los detalles de las historias de estos dos hombres quedaron como secretos compartidos a pedazos con un Otro —una persona que no era de la comunidad y ni vivía en El Salvador—, aunque sí sabemos un poco de ellos en términos generales. Lo poco que sabemos es que uno de ellos fue un comandante cantonal durante la guerra, trabajaba con ORDEN. Se sentía mal por lo que había hecho en ese entonces, pero sintió temor por su vida y por la vida de su familia. Él tenía familiares incorporados a la guerrilla, andaba siempre desconfiado de la gente, incluso había sido torturado por las fuerzas gubernamentales (Notas de campo, octubre de 2017, Cuscatlán). Es importante preguntarnos por qué estos dos señores no pudieron acercarse a platicar con sus compatriotas a fin de participar en los eventos. Igualmente, es importante preguntarse por qué la gente que ya se encontraba ahí no sintió la necesidad de saludarlos e invitarlos a la convivencia. Aquí encontramos una brecha profunda entre la gente de estas comunidades; los legados del conflicto siguen dividiendo a la población. Igual que las mujeres, la complejidad de las experiencias de estas dos personas desafía la memoria alternativa colectiva del desplazamiento y, además, indica que hay una necesidad de crear otros espacios especiales y únicos donde se pueda comenzar a captar las memorias sueltas y hacer conexiones entre ellas, para producir otras memorias colectivas y así llegar a un entendimiento más profundo de la complejidad del conflicto y sus legajos.

La memoria emblemática nacional y la memoria alternativa de los desplazados son excluyentes. Como destaca Stern y como observamos en estos talleres de memoria histórica en Chalatenango y Cuscatlán, las memorias sueltas siguen flotando en el espacio. En ciertos momentos y dado el contexto apropiado, estas memorias sueltas podrían juntarse y converger de cierto modo que añadan niveles a la memoria histórica existente, pero mientras estas memorias continúen sueltas, seguirán siendo historias desplazadas. Desde esta perspectiva, los dos hombres que se aliaron con las fuerzas armadas también fueron desplazados por el conflicto.Además, se puede considerar que muchas personas desplazadas en las décadas del 70 y 80 siguen siendo desplazadas hasta hoy en día, a pesar de que ha terminado el conflicto. Muchas mujeres (las que se aliaron con las fuerzas armadas) y otras personas siguen siendo desplazadas y desarraigadas no sólo en términos de la geografía, sino también de sus propias familias, comunidades y de la nación.

Fronteras borrosas entre el tiempo y la memoria

Los talleres de memoria histórica que se han llevado a cabo en Chalatenango y Cuscatlán desde 2017 nos revelan lecciones importantes sobre el pasado y el presente en El Salvador. Primero, aún en las comunidades repobladas con una larga historia de organización, existe una variedad de experiencias y memorias históricas que a veces bailan juntas, mientras que en otras ocasiones pelean entre sí. Desafortunadamente, el equipo de investigación no había considerado esto con suficiente seriedad. La realidad política de las municipalidades y de las comunidades participantes, los personajes políticos de nuestros colaboradores locales y los intereses de los investigadores integrados en los equipos internacionales se combinaron para enfatizar ciertas historias, ya que debido al enfoque oficial de los talleres de Cuscatlán en las experiencias de los refugiados en Mesa Grande y el proceso de repoblación, por ejemplo, los participantes se auto-seleccionaron.16 Aunque la gran mayoría había pasado años en el campamento de Mesa Grande, no todos se refugiaron ahí; muchos habían estuvieron en los refugios para los desplazados internos, otros vivían de guinda en guinda y otros pocos se integraban a las milicias civiles o las fuerzas armadas del FMLN. Se dio una mezcla igual en los talleres de Chalatenango, aunque no les habíamos designado un enfoque especial.

Los equipos de investigación no esperaban una participación tan abierta en estos procesos de la memoria histórica, pero una variedad de participantes se interpusieron en el espacio comunal de tal manera que los facilitadores se vieron obligados a darles atención como pudieran. Desafortunadamente, el espacio ofrecido a los aliados del Gobierno fue particularmente limitado, ya que su audiencia fue restringida a extranjeros, aunque es cierto que estos señores también querían —necesitaban— compartir sus historias.

Existe una manera de aplicar las enseñanzas adquiridas en los talleres con las mujeres; en otras iteraciones de talleres de memoria histórica se pueden organizar talleres para grupos específicos, donde los y las participantes puedan dar forma a sus propias narrativas y encontrar conexiones entre sus narrativas personales y las de otras personas. Todas las personas merecen un lugar propio para comenzar el arduo proceso de abrirse e identificarse con otros, aunque es un paso crítico en la sanación del trauma no sólo a nivel individual sino también comunal.17

Lo anterior nos lleva a una segunda enseñanza de los talleres, aunque los facilitadores no lo habían planeado, resulta que cada taller funcionó como un puente entre las experiencias diversas de los participantes. El eje central entre todos fue el desplazamiento. Al contraste de convenios, gobiernos y grupos internacionales, los y las participantes no distinguieron entre refugiarse, exiliarse y desplazarse. Sus narrativas no se centraban en los detalles de dónde estuvieron, por cuánto tiempo se quedaron ahí y cuáles documentos tenían, más bien, se centraban en el hecho de la violencia del Estado, la violencia que se les había impuesto física y sociológicamente. Como un eje central de las narrativas, esto es muy importante, se apreció un punto de conexión entre distintas experiencias que ofreció la posibilidad de cerrar —aunque sea un poco—algunas de las brechas profundas entre las personas. Aquí notamos que pudo ser la participación de extranjeros lo que ayudó a crear un espacio semiseguro para compartir. Aunque algunos extranjeros tenían décadas de solidaridad y colaboración con salvadoreños, en el contexto de los talleres funcionaron como observadores imparciales, animando a los participantes a que exploraran las diferentes experiencias sin juzgar, sino para establecer puntos comunes; subrayando las conexiones se ayudó a que todos llegaran a un nuevo nivel de entendimiento. Aunque es cierto que no se puede borrar de un día al otro todas las tensiones y conflictos existentes, esas nuevas conexiones pueden contribuir con un granito de arena a favor los procesos de la reconciliación local y nacional.

La tercera lección de los talleres de memoria histórica se encuentra en las íntimas conexiones entre pasado, presente, y futuro. Anteriormente, sugerimos que el contexto presente ayuda a dar forma a las memorias históricas; de esta forma presentamos un ejemplo de la crisis nacional de violencia de género que, sin duda, influyó la reconstrucción del pasado de las mujeres. Aquí ampliamos la tesis un poco con una exploración del tema de la violencia e inseguridad.

Pocos días antes de que se dieran los talleres en Cuscatlán, un joven de la comunidad había sido asesinado. Aunque se desconocían los detalles en ese entonces, se rumoraba que su muerte estaba relacionada con las maras. De esta forma, no es sorprendente, entonces, que el tema de las maras haya surgido en varias conversaciones. “Hoy estamos en un tiempo malo”, explicó un participante: “que hay maras y... no se puede vivir ya a gusto” (Taller retorno 1, parte A, 31:17). Otro participante lo describió como estar “en otra guerra, otra guerra peor”. En contraste a la época del conflicto, cuando se podía identificar al enemigo como el otro, siguió diciendo el participante: “ahora el que anda haciendo el mal está integrado con nosotros. Incluso, hay veces que son hijos de los mismos compañeros y ellos están integrados en esas cosas de que andan haciendo el mal” (Taller retorno 1, 9:54).

Mientras los adultos participantes en los talleres describían con palabras las conexiones entre pasado y presente, un niño de más o menos cinco años la dibujó con crayones: dos hombres, vestidos de azul, con las caras enmascaradas, agarrando a pistolazos a otro hombre.18 Este dibujo reflejó, de una manera extraordinaria, los dibujos de niños refugiados de Mesa Grande. Si aquellos presentaron lo que habían vivido – soldados vestidos de camuflaje ametrallando a la gente en guinda-, la obra de este niño de Cuscatlán ofreció una ojeada a la realidad contemporánea; igual que los dibujos de los refugiados, el suyo reflejaba una vida de inseguridad y de violencia.

En Chalatenango también surgieron conexiones entre el pasado y el presente. Como notamos en una sección anterior, los talleres ahí se llevaron a cabo en enero 2019, unas pocas semanas antes de las elecciones; este contexto dio lugar a las divisiones políticas internas. Por un lado, muchas personas expresaron frustración con el Frente, ya que criticaban a los líderes del partido por haberse distanciado demasiado de su base y por colaborar con el proyecto neoliberal. Las personas buscaban un cambio, por eso decidieron apoyar la candidatura presidencial de Nayib Bukele (GANA) en vez de Hugo Martínez (FMLN). Por otro lado, la gente que seguía apoyando al Frente criticaba a sus compatriotas que “iban con las golondrinas” de abandonar o hasta traicionar la lucha. Según ese punto de vista, Bukele no ofrecía un programa tangible; como alcalde de San Salvador había remodelado parques y como candidato presidencial proponía crear un polo de desarrollo con un aeropuerto en el oriente del país. Tales proyectos no ofrecían nada de sustancia para la mayoría de la población del país y, aún peor, no pretendían solucionar los problemas estructurales que perpetúan la pobreza y la marginación. A pesar de esas diferencias políticas, todos coincidieron en sus sentimientos de aprensión. El país estaba en una encrucijada, y todos temían un retroceso a una situación igual o peor que la que reinaba antes del conflicto armado. En esta línea, los talleristas en Chalatenango y Cuscatlán se preocupaban mucho por los jóvenes. Según muchos participantes, los jóvenes ya no se involucraban en las organizaciones de la comunidad porque “se les olvidó lo que pasó” (Taller vida cotidiana 1, 49:35). En Cuscatlán, una participante dijo sobre su hijo que iba a cumplir 12 años: “cuando yo le cuento, ‘¡Usted está loca!’ me dice... ‘¿Cuál guerra, usted?’ me dice. Él como vivió otro mundo ya, verdad” (Taller salida, 01:16:49). Lo peor para los participantes eran los jóvenes que rechazaban la historia: “que no quieren escuchar nada de lo que se sufrió la guerra” (Taller salida, 53:31; Notas de campo, Taller 2, 8 de enero de 2019, Chalatenango). “Yo le cuento las historias a mis hijos,” dijo un participante, “ellos solo risa les da” (Taller vida cotidiana 1, 01:54:47).

Aunque muchos echan la culpa a los jóvenes, unos chalatecos ofrecieron una observación astuta. Explicaron que los jóvenes se desconectan de la historia porque, como ellos nacieron después del conflicto, no encuentran un sentimiento de conexión con las narrativas históricas populares. Se dan cuenta de esta realidad cuando dicen que quieren vivir la guerra; ellos entienden que a través de una situación de emergencia se puede obtener un sentimiento de pertenencia y un sentido de propósito (Taller 2, Chalatenango, 8 de enero de 2019 y N. R. Comunicación personal, 8 de enero de 2019, Chalatenango).

Para muchas personas en estas comunidades repobladas de Chalatenango y Cuscatlán, el trabajo de memoria histórica es crítico y es un deber socio-político de los adultos pasar las historias a las siguientes generaciones. Algunos participantes lamentaron que eso no se ha hecho: “no se trasladó la memoria histórica en tiempo y en la relación a lo que necesitábamos”, explicó un participante de Cuscatlán y continuó: “En eso hemos fallado. Reconocemos que hemos fallado” (Taller vida cotidiana, 01:28:19). Pero esta persona y muchas otras eligieron participar en los talleres de memoria histórica precisamente porque quieren preservar estas historias y trasladarlas a las futuras generaciones. Al inicio del taller sobre la niñez y juventud en Mesa Grande, un participante en Cuscatlán se presentó y dijo:

En mi punto de vista, sí quiero contar toda mi historia. ¿Sabe por qué la quiero contar? Porque dice que van a hacer un libro. Entonces yo lo que quiero es que quede en ese libro, por eso quiero dejar fotos, que yo no sé si ahora estoy y mañana no. Yo lo que quiero, van los nietos para arriba creciendo, algún día van a ver ese libro; lo que no les he dicho en vida, tal vez ahí, qué sé yo, se van a enterar de lo que viví. Porque yo tengo mi historia, cada quien tenemos nuestra historia que no la hemos contado. Yo lo he contado a mis hijos tal como lo he vivido, pero los nietos... Van los nietos creciendo. Entonces para que le quede un recuerdo, que sea mi punto de vista (Taller niñez y juventud, 01:26:22).

Un participante en otro taller lo expresó así: “es bueno rescatar esa historia para que nuestros hijos sepan lo que vivió nuestra gente y todo el territorio salvadoreño y en otro país también que no era nuestro, ahí vimos pasar toda la situación de la guerra que sufrimos” (Taller salida, 30:10).

Muchos subrayaron la importancia de compartir no sólo las memorias del sufrimiento, sino también de la resiliencia. Como dijo un participante en Cuscatlán, es necesario “llevar a los jóvenes esta relación de cómo habíamos sobrevivido... cómo habíamos estado allá [en Mesa Grande], por qué hicimos una lucha” (Taller vida cotidiana 1, 01:28:19). Por medio de la memoria histórica de resiliencia, se ven mejor las ganancias que trae la lucha organizada y se entendería mejor “ese paraíso que hoy tienen los jóvenes” (Taller vida cotidiana 1, 01:58:24); ellos se involucrarían más en la organización para proteger los derechos que se han conquistado hasta hoy y los ampliarían aún más.

En fin, compartidas en el contexto particular del presente, las narrativas históricas de estas comunidades repobladas tienen el objetivo de inspirar un futuro mejor. En este sentido, siguiendo al antropólogo Carlos Benjamín Lara Martínez, su historia no es tradicional, sino utilitarista: “El discurso de la memoria histórica” en Guarjila y San Antonio Los Ranchos, Chalatenango, escribió Lara Martínez, “constituye un medio para construir una cultura nueva” (Lara Martínez, 2018, p. 27).19 Podemos concluir lo mismo del discurso de los campesinos participantes en los talleres de memoria histórica de Chalatenango y Cuscatlán. En el contexto actual, considerado por muchas personas como un momento de crisis, los participantes construyen la memoria histórica de una manera especial: comparten los sufrimientos, pero hacen énfasis en las lecciones positivas y esperanzadoras del pasado. Un tallerista de Cuscatlán explicó que hacer Historia es asegurar “que nuestros hijos vean y digan: ¡Púchica, valió la pena!, y que piensen y reflexionen, que vayan con otros pensamientos de ir más allá. Pero si le toma importancia y conciencia, sigue la historia, porque esta organización... no se termina. Tiene que continuar” (Taller retorno 1, parte A, 37:32). En palabras de un organizador de Chalatenango: “Recordando lo pasado, se hace el futuro” (Notas de campo, 13 de octubre de 2017, San Salvador).

Referencias bibliográficas

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Notas

1. Todd es Profesora Asociada de Historia en la Universidad del Estado de Montana. Anderson es estudiante de doctorado en la misma institución. Las dos autoras agradecen el apoyo infatigable de Rachel Dunlap, colega y estudiante de pregrado
2. Aunque en términos legales hay diferencias importantes entre los refugiados, exiliados y desplazados, en este ensayo nosotras utilizamos las tres palabras de manera intercambiable para significar cualquier persona que abandonó su hogar durante el conflicto armado para buscar refugio en otra parte, dentro o fuera de El Salvador. Hacemos notar que cuando utilizamos el término refugiado no es por la definición de las Naciones Unidas ni por las normas internacionales, sino porque (a) así se auto-refieren muchos de los campesinos que vivieron el ciclo de desplazamiento y emplazamiento, sin distinción de dónde encontraron refugio; y (b) con base en la palabra refugio, que es la búsqueda de la supervivencia y de “una nueva normatividad”.
3. CORDES, listado de hermanamientos. Carpeta CORDES. Caja 3. Papeles de Pat Arvidson. Archivo El Salvador-EEUU. Ciudades Hermanas, en posesión de las autoras. También existían hermanamientos entre parroquias, sindicatos y gremios, escuelas y otros grupos de los Estados Unidos, Canadá y algunos países europeos.
4. Comenzando en el 2018, las dos autoras principales colaboramos con un equipo de la Universidad de Wisconsin y la Junta Directiva de una comunidad repoblada de Chalatenango en un programa piloto centrado en la salud mental. Como parte de este programa, nosotras, junto a Bárbara Alvarado, llevamos a cabo talleres de memoria histórica. También en el 2018, el Laboratorio de Historia Pública de la Universidad del Estado de Montana, en colaboración con la red de Ciudades Hermanas, montamos una exposición histórica en la ciudad de Filadelfia, EE. UU. la cual estuvo acompañada de varios conversatorios. Estos trabajos han sido financiados en parte por la Fundación “Whiting” para las Ciencias Humanas y la Universidad del Estado de Montana. Entre 2015 y 2018, la autora principal y los pasantes del Laboratorio de Historia Pública colaboramos con trabajadores de memoria en Cuscatlán y un equipo de Amanda Grzyb de la Universidad de Ontario Occidental en Canadá en un proyecto financiado en parte por nuestras universidades respectivas y por el Consejo de Investigación de Ciencias Sociales y Humanidades de Canadá.
5. “Funes pide perdón a víctimas 18 años después del fin de guerra en El Salvador,” El Mundo (España), 16 de enero de 2010; y Daniel Valencia Caravantes: “Funes pide perdón por abusos durante la guerra,” El Faro, 16 de enero de 2010. Dos años después, en el XX aniversario de la firma de los Acuerdos de Paz, Funes pidió perdón en nombre del Estado por la masacre de El Mozote (Wilson, L. & Stoumbelis, A. (17 de enero de 2012).
6. Es importante notar aquí que la memoria emblemática también reconoce la responsabilidad del Gobierno de los Estados Unidos, hecho que el informe de la Comisión de la Verdad de la ONU subrayó. A pesar de que en 1999, el presidente Bill Clinton reconoció públicamente el papel de los Estados Unidos en Guatemala y el presidente Barak Obama hizo lo mismo con Argentina en 2016, hasta la fecha no se ha dado una declaración análoga hacia El Salvador. Este hecho es parte del estado de fuga destacado por Anastario. John M. Broder. (11 de marzo de 199). Clinton Offers His Apologies to Guatemala. New York Times; y Raymond Bonner. (15 de abril de 2016). Time for a US Apology to El Salvador. The Nation.
7. En el archivo digital de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, por ejemplo, se pueden ver decenas de casos que se refieren a la responsabilidad del Estado de El Salvador por las desapariciones forzadas, asesinatos, masacres y otros delitos.
8. Para una exploración de la economía moral en torno a los desplazados de El Salvador, véase Todd, M. (2010). Beyond Displacement: Campesinos, Refugees and Citizen Action in the Salvadoran Civil War. Madison: University of Wisconsin Press.
9. “Submission by the United Nations High Commissioner for Refugees for the Office of the High Commissioner for Human Rights. (7 de noviembre de 2008, p. 16). Compilation Report, Universal Periodic Review: El Salvador”, CEDAW/C/SLV/CO/7, 42° sesión.
10. Véase, por ejemplo, Mesa de Salud Sexual y Reproductiva del Foro Nacional de Salud y otros. Comunicado del 26 enero 2018, San Salvador; y la Red Feminista Frente a la Violencia Contra Las Mujeres. (Abril 2014). “Informe: Situación de violencia contra las mujeres y seguridad ciudadana en El Salvador”, San Salvador.
11. El informe también nota que de cada 10 agresores ni siquiera uno es condenado.
12. Estadística de 2010, del Departamento del Estado de los EE. UU. Citado en Shannon Drysdale Walsh and Cecilia Menjívar. (2016). Impunity and Multisided Violence in the Lives of Latin American Women: El Salvador in Comparative Perspective. Current Sociology 64 (N°. 4), p. 592.
13. “Submission by the United Nations High Commissioner for Refugees for the Office of the High Commissioner for Human Rights. (7 de noviembre de 2008, p. 16). Compilation Report, Universal Periodic Review: El Salvador”, CEDAW/C/SLV/CO/7, 42° sesión. Para estadísticas más recientes ver: Red Feminista Frente a la Violencia Contra las Mujeres. (Abril de 2014). “Informe: Situación de violencia contra las mujeres y seguridad ciudadana en El Salvador”, San Salvador.
14. Rosy Manzano, comunicación personal, 9 de enero de 2019, Chalatenango.
15. Véase también Silber I. C. (2004). Everyday Revolutionaries: Gender, Violence and Disillusionment in Post-War El Salvador. New Brunswick: Rutgers University Press.
16. Las comunidades participantes habían tomado parte en el movimiento de retorno y repoblación, varias de ellas fueron de las primeras comunidades en repoblar en 1987. La alcaldesa, quien promovía el evento en su municipalidad, era del FMLN. La región en general llevaba una larga historia de organización y movilización campesina. Esta realidad, ciertamente, redujo el campo de participantes.
17. La psicóloga Rosy Marrano confirma la necesidad de tener espacios especiales para mujeres y hombres, para excombatientes de las fuerzas del Frente, para excombatientes con las fuerzas gubernamentales y otros grupos así. Agrega que también es importante que la gente tenga oportunidad de compartir con otras personas de su misma edad. Comunicación personal, 9 de enero de 2019, Chalatenango.
18. El dibujo fue presentado a una colega de la Universidad del Estado de Montana. Ese dibujo está en posesión de las autoras.
19. Según las teóricas literarias Sidonie Smith y Julia Watson, la autobiografía o la narración de vida es un proceso de memoria: “una manera de transmitir, de compartir un pasado social que tal vez ha sido velado, y así activar su potencial para reconfigurar un futuro de y con otros sujetos” (Smith & Watson, 2010, p. 26).

Notas de autor

1 Todd es Profesora Asociada de Historia en la Universidad del Estado de Montana. Anderson es estudiante de doctorado en la misma institución. Las dos autoras agradecen el apoyo infatigable de Rachel Dunlap, colega y estudiante de pregrado

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