Reseñas

El terreno intermedio entre la ficción y formas de narrar con pretensión de verdad –como la historia, el periodismo o las memorias– ha constituido uno de los filones más ricos de la literatura desde la segunda mitad del siglo XX. Desafortunadamente, en Latinoamérica su exploración ha estado dominada por la categoría de “testimonio”. El problema del testimonio no es tanto su dimensión práctica (a veces justificable por la urgencia de denuncia), sino la implícita suposición de muchos de sus promotores, para quienes existiría un acceso directo a los hechos reales sin la distracción del juego con las palabras. Nada más equivocado, pues siempre habrá que pasar por el lenguaje. Pero también porque en las formas de referir los hechos, de relacionarlos o, incluso, de rescatarlos del silencio y el olvido al nombrarlos, se está pensando el problema. Por eso, me parece más feliz la fórmula que usa Alexander Solzhenitsyn para caracterizar su monumental Archipiélago Gulag: la investigación literaria. En el momento en que el acceso al archivo era casi imposible, en que sólo se dispone de la memoria propia o de los relatos contados en voz baja, la operación su composición, de su combinación imaginativa, es las que nos hace visible una verdad negada: El gulag, no como aberración estalinista, sino como el lado oscuro de la experiencia soviética.
No es de extrañar, entonces, que Jacques Rancière se niegue a reducir la ficción a lo imaginario que se opone a lo verdadero. La ficción es una forma de racionalidad, que consiste en presentar nuevos arreglos de lo que se entrega a nuestros sentidos, de arrancarlo del orden de lo evidente y, con ello, volver visible lo invisible; pensable, lo impensado. Por esta razón, el ejercicio de contar de nuevo hechos históricos verificables que realiza el escritor francés Éric Vuillard en sus obras cabe perfectamente dentro de lo novelístico. Tristeza de la tierra: una historia de Buffallo Bill (2014) es la coincidencia poco explorada entre la destrucción de los pueblos indígenas de los Estados Unidos con el nacimiento de la sociedad del espectáculo. 14 de julio (2016), por su parte nos entrega una crónica de la toma de la Bastilla, que restituye a sus verdaderos protagonistas, no la burguesía como entelequia, sino el pueblo anónimo de París. Vuillard redescubre la historia en su estilo elegante, sintético, lapidario, a través de pinceladas en que no recurre ni a personajes tipos ni a tramas complicadas. Compone sus cuadros a partir de huellas y sombras que nos deja el pasado.
La edición de Tusquets de El orden del día, que le valió a Éric Vuillard el premio Goncourt de 2017, trae en la esquina inferior derecha de la portada un círculo dorado que promete “la agenda oculta del ascenso de Hitler al poder”. De eso es precisamente de lo que no trata el libro. No devela escondidos complots en que inteligencias malignas deciden los hilos de la historia. Si la novela refiere sucesos que la historia ha ignorado o dejado de lado, estos nos hablan de una banalidad que habría horrorizado a la misma Hannah Arendt.
En la fotografía de portada de Tusquets y también en la edición francesa, se nos presenta al señor Gustav Krupp von Bohlen und Halbach, uno de los barones de los grandes conglomerados industriales alemanes. Quizá la foto tomada el día en que junto sus pares, los grandes magnates de la industria alemana, se dirigía a una reunión convocada por Hermann Göring, el flamante jefe del Reichstag (parlamento alemán), luego del reciente triunfo electoral de los Nacionalsocialistas de Hitler. Nos describe así la llegada de estos elegantes caballeros: “Eran veinticuatro, junto a los árboles muertes de la orilla, veinticuatro gabanes de color negro, marrón, o coñac, veinticuatro pares de hombres rellenos de lana, veinticuatro trajes de tres piezas y mismo número de pantalones de pinzas con un amplio dobladilo” (Vuillard, 2018, p. 14). Y luego de personificar sus trajes como un solo cuerpo colectivo, caracteriza su ethos: “Eran duchos en reuniones, todo acumulaban consejos de administración o de suspensión, todos pertenecían a alguna asociación patronal. Por no hablar de las siniestras reuniones familiares de aquel patriarcado austero y tedioso” (Vuillard, 2018, p. 23).
Göring les hace una oferta que ninguno podría rechazar: “había que acabar con un régimen débil, alejar la amenaza comunista, suprimir los sindicatos y permitir a cada patrono ser un Führer en su empresa” (Vuillard, 2018, pp. 22-26). A cambio de ello, estos poderosos señores, que parecen ser descendientes en línea directa de Los Buddenbrook de Thomas Mann o personajes de La caída de los dioses de Luchino Visconti, permiten a Hitler convertirse en el patrono indiscutible de Alemania y arrastrarla a la vorágine de destrucción y maldad de todos conocida.
La novela no nos deja olvidar que quien se entroniza lejos de ser un genio maligno es un payaso furioso, rodeado por una camarilla criminal de pacotilla que impone en su país y en el mundo a través de su juego de mentiras y matonería. Narra para dejarlo claro una sucesión de ejemplos en que vemos el lado miserable y tragicómico tras esta historia. Vemos así el despliegue de las recién inauguradas divisiones Panzer en la anexión de Austria (der Anschluss), despliegue que resulta ser, desde el punto de vista militar, un vergonzoso fracaso. Los temidos tanques del nuevo renacer de Alemania como potencia mundial son, en ese año de 1938, poco más que armatostes, a los que se les funde el motor a medio camino y siembran de obstáculos la ruta del Führer a su aclamación apoteósica en Viena. Sin embargo, el hábil manejo propagandístico de Goebbels y la complicidad cobarde de las potencias occidentales no sólo les permite a los nazis salirse con la suya sino plantar los cimientos del mito de su invencibilidad de los tanques.
Asistimos también a la humillación del canciller austríaco, Kurt von Schuschnigg, arrogante aristócrata que confía que su alcurnia será suficiente para manipular a su favor a los plebeyos nazis. Pero no cuenta con que estos maestros del engaño y la intimidación incumplen sistemáticamente todos los acuerdos y arrebatan despiadadamente lo que les intersa. Para coronar esta matonería elevada a estrategia diplomática, nos trasladamos a Londres. Allí somos testigos de las jugarretas casi infantiles de von Ribbentrop, entonces embajador de Alemania ante la corona británica pero futuro ministro de Relaciones Exteriores del Reich. Su ardid durante la anexión es digno de una comedia de Ernst Lubitsch. Consiste en retrasar en salir de una cena de gala que se ofrece en su honor y a la que asisten el primer ministro británico, Neville Chamberlain, y sus colaboradores. Con ello pretende retrasar su intervención en la crisis que se ha desatado esa noche por la ocupación sorpresiva de Austria. Cuenta la novela que, años después, los responsables de esta maniobra ridícula, von Ribbentrop y Göring, intercambiaron miradas y risas de adolescentes traviesos cuando se hizo referencia a este incidente durante los juicios de Nürenberg, en el que ambos serían condenados a muerte.
La historia nos enseña que el recibimiento que recibió Hitler cuando arribó a Viena convocó multitudes como ningún otro suceso de su carrera política. Se dice que gozaba de un apoyo casi unánime de la población local. La simpatía era real, pero no hay que olvidar que también era posible porque el aparato de propaganda nazi lo había hecho posible. Cabe preguntarse entonces qué mueve realmente a la gente que aclama en un momento de especial confusión a quienes habrán de llevarlos por la senda de la desgracia. Cabe preguntarse cuál es la verdad de una esperanza que se deposita en un maestro prestidigitador que es, al fin y al cabo, un farsante. La novela lo resume así: “ofuscada por una idea de nación mezquina y peligrosa, sin futuro, esa multitud inmensa, frustrada por una anterior derrota, tiende el brazo al aire” (Vuillard, 2018, p.121).
Como contrapunto al espectáculo triunfal de los invasores, la novela pasa a enumerar casos con nombre y apellido de personas que se suicidaron en Viena en los días inmediatamente posteriores a la anexión. No eran perseguidos políticos o detractores de los nazis, eran personas comunes, a los que la aclamación del Führer por su pueblo no salvó de la desesperación:
“Y no se puede hablar ya de suicidio. Alma Bino no se suicidó. Karl Schlesinger no se suicidó. Leopold Bien no se suicidó. Tampoco Helene Kuhner. Ninguno de ellos. La muerte no puede identificarse con el relato misterioso de sus desdichas. Ni siquiera puede decirse que eligieron morir dignamente. No. No fue una desesperación íntima lo que desagarró sus vidas. Su dolor es algo colectivo. Y su suicidio es el crimen de otro" (Vuillard, 2018, p. 133)
En el último capítulo, nos enteramos de que, ya anciano y senil, sufría don Gustav Krupp von Bohlen und Halbach alucinaciones terroríficas en las que se le aparecían fantasmas en sus aposentos. Cabe imaginarse que podrían haber sido los espectros de quienes habían muerto como mano de obra esclava en sus bien montadas factorías, para sostener el esfuerzo bélico del Reich. Von Krupp había perdido la cordura, pero no su fortuna ni mucho menos su ascendiente social, al igual que muchos de los otros barones, a los que la reconstrucción ofreció nuevas oportunidades de enriquecerse. Pues, “las empresas no mueren como los hombres. Son cuerpos místicos que no perecen jamás” (Vuillard, 2018, p.18).
Al final, la novela nos advierte: “Nunca se cae dos veces en el mismo abismo. Pero siempre se cae del a misma manera, con una mezcla de ridículo y de pavor” (Vuillard, 2018, p.141). Pero son caídas, nos recuerda, en que el sufrimiento lo acumulan los más débiles y se muestra más bien indulgente con la estupidez y cobardía de los poderosos. Debemos de preguntarnos si estamos condenados a repetir esta historia.
Referencias bibliográficas:
Rancière, J. (2001). La fábula cinematográfica. Reflexiones sobre la ficción en el cine, Paidós.
Vuillard, E. (2018). El orden del día, Tusquets.
Enlace alternativo
https://revistas.uca.edu.sv/index.php/realidad/article/view/6434/6430 (pdf)

