Reflexiones

1. La desobediencia lingüística como desobediencia civil: estrategias semióticas de transgresión
Voy a lo primero. Debo recordar que si bien la migración es un fenómeno que para El Salvador ha sido central, la producción discursiva del mismo ha tenido momentos de gran discusión, así como otros en donde desaparece de la agenda pública. La llegada de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos en enero de 2017 colocó de nuevo el tema en el debate central. Ya me ocuparé de la retórica utilizada por Trump. Pero podemos avanzar un detalle, el investigador de lingüística cognitiva de Berkeley, George Lakoff, señaló en 2016 que Trump habla desde la causalidad directa, que es “fácil de entender y parece estar representada en la gramática de todas las lenguas del mundo (...) los inmigrantes entran en masa desde México: hay que construir un muro para frenarlos. En el caso de todos los inmigrantes que han entrado sin documentos, simplemente hay que deportarlos, aun si hay 11 millones de ellos trabajando en toda la economía y viviendo en todo Estados Unidos” (Lakoff, 2016). Para un problema complejo, la causalidad directa presenta una única causa que hay que atacar.
Frente a esta causalidad directa, las voces de otros actores irrumpen para mostrar una “causalidad sistémica” (Lakoff, 2016), es decir, el encadenamiento de causas directas y causas probables que se combinan para dar paso a la complejidad.
La primera de estas irrupciones se construye desde la música y se encadena con el lenguaje. Un lenguaje que se encuentra en la frontera, a medio camino de lo que nace y lo que se termina. Este nuevo idioma que se revisó por primera vez en 1948 y que el diccionario de la Academia reconoció en su edición vigésimo tercera es el espanglish, la “mezcla de elementos gramaticales entre el inglés y el español”. La música que me interesa está habitada de muchas músicas. Es la Bamba Rebelde del grupo “Las cafeteras”, integrado por jóvenes que se conocieron en sus clases de música del centro cultural Eastside Café de Los Ángeles, y que ahora responden con su canto a la solicitud de “no hay que migrar, quédese en su país”, diciendo: “Es La Bamba Rebelde que cantaré/ porque somos chicanos de East L.A./ Ay, arriba y arriba y arriba iré/ Yo no creo en fronteras, yo cruzaré, yo cruzaré, yo cruzaré…”.
La música son muchas voces, es Ana Tijoux y Lila Downs, son los siempre famosos Tigres del Norte o Los Jornaleros del Norte, menos conocidos, pero que han construido un repertorio que se basa en un principio: la pedagogía de Paulo Freire. Me detengo en ellos. Los Jornaleros son parte de la lucha sindical por los derechos de los trabajadores y para educar a los inmigrantes latinoamericanos ponen música a la crisis migratoria y escenifican con sus canciones qué es lo que hay que hacer. ‘Liberen a la abuela Xóchitl’, ‘Ese güey no paga’ y ‘Serenata a un indocumentado’ son algunas de sus tonadas más famosas. Sus conciertos son en la calle, en los centros de detención, en juzgados de California, en distintos sitios los jornaleros han acompañado la lucha de muchos indocumentados contra el sistema migratorio. Pablo Alvarado, salvadoreño originario del cantón El Níspero es uno de sus fundadores. Él señala que “el objetivo de Los Jornaleros del Norte es contar las vivencias de la gente, traerle alegría al movimiento, traerle un espíritu de fiesta porque la lucha no solo es de pelea”.
Segunda irrupción: Alfredo LIBRE Gutiérrez nació en Tijuana, en 1982. Es arquitecto y artista plástico. Empezó como graffittero, ese oficio a medio camino entre el arte de protesta y la transgresión, para luego llegar a proyectos de arte urbano y exhibiciones en galerías de México, Estados Unidos, Cuba, Colombia, Francia, Alemania, y muchos más. Uno de sus más recientes trabajos fue elaborado en colaboración con migrantes de Nicaragua, Honduras, El Salvador, Guatemala y mexicanos de la frontera sur. Para hacerlo inventó una nueva palabra: los transporta-pueblos. La transportapueblos es una escultura en madera que representa a una coyote y su cría. Por un lado, la escultura tiene el listado de los 84 albergues que hay en México y por el otro el mapa con la rutas migratorias. El desplazamiento es semántico y político. Durante varios años el discurso oficial ha insistido en criminalizar el oficio del Coyote. Conocido hoy día en las comunidades como el guía, este oficio aprendido por años por otro guía previo que te muestra caminos y contactos, los coyotes, en efecto, para decirlo con Alfredo LIBRE Gutiérrez han “transportado pueblos” enteros y se han convertido en mediadores fundamentales de los riesgos de migrar. Son ellos quienes dan la información y por supuesto hacen negocio con ella. Se les ha llamado traficantes, desalmados, contrabandistas, embaucadores. La palabra transportapueblos y su escultura es desobediente a lo políticamente correcto y a lo lexicográficamente establecido. Habla del derecho a la movilidad, del derecho a tener información sobre el camino, del derecho a dejar atrás una vida de violencias. Esta es la segunda irrupción lingüística.
La tercera tiene como protagonista a un salvadoreño de 28 años: Diego Argueta. Elogiado por académicos como el filólogo Alberto Gómez Font, y los lingüistas y filósofos Francisco Domínguez y Matías Romero, Argueta es un diseñador gráfico que se ha lanzado a la difusión del caliche salvadoreño a través de su proyecto Guanaco to english. El proyecto lo ha llevado ya a publicar un libro y a tener una multitud de seguidores en redes sociales no consiste solo en documentar, ni mucho menos pretende ser un proyecto lingüístico. Es ante todo un proyecto en donde la risa permite recuperar la dignidad del habla local. Permite construir raíces que se extienden a cada lugar en donde un salvadoreño explica a un extranjero qué quiere decir de choto y por qué entonces “pizza came de choto, because the biker took longer than 30 minutes”. Esa posibilidad de visibilizar un espanglish salvadoreño actual, ese que, de acuerdo a varias investigaciones, utilizan de manera diaria muchas familias en este país, lo cual entusiasma a muchos seguidores que buscan cada día el vocabulario que nos caracteriza y con el que nos nombramos. Se trata de ampliar, documentar, cartografiar y, sobre todo, reír. Que sea esa risa la que recupere la dignidad a través de la palabra popular que se coloca al centro.
Tres propuestas entonces: la música, el arte y la lexicografía, como posibilidades de respuesta frente a un discurso mainstream que se ha construido de manera sistemática en los últimos 25 años. ¿Cuál ha sido este discurso?
2. La mirada diacrónica: ¿Cómo llegamos hasta acá?
Existe algo que llamaré las narrativas ya establecidas sobre la migración. Cuando se habla de migración en el contexto de El Salvador, algunos elementos se dan por sentado. Por ejemplo, que la migración es una movilidad internacional hacia Estados Unidos. O que la migración suele suceder por causas que escapan del control de las personas: la violencia, la pobreza, las catástrofes climáticas o la soledad. Los objetivos son comunes: se busca el reencuentro, el trabajo, la seguridad y los derechos básicos. Estos elementos son parte central de la narrativa salvadoreña. Quiero señalar otros dos elementos.
Lo primero es que la narrativa migratoria hegemónica es dicotmica, escindida, opuesta. Para el Informe de Desarrollo Humano de 2005, tomamos una muestra de noticias y descubrimos que desde 1985, y durante los siguientes veinte años, es posible encontrar una poética de la migración. Esta poética tiene dos rasgos. El primero se instaló desde la década de 1980. Consiste en una narrativa en donde “migrar es exitoso”. Con el clásico titular que reza: “De mojado a empresario, conozca la historia del salvadoreño que triunfó en Los Ángeles”, repetido una y otra vez con distintos matices, los medios salvadoreños instalaron, como un acto perlocutivo una verdad incuestionable: Si existía en la sociedad salvadoreña una posibilidad de movilidad social segura, esta se anclaba en el proyecto migrante. De esta manera una adjetivación posicionó a los migrantes como heroicos, valientes, esforzados, honrados y triunfadores. He revisado esta narrativa como algo que se elabora y se reelabora al menos desde hace 35 años en los medios de comunicación.
Frente a ella, a partir de la década del 2000 (y muy en especial desde el 11 de septiembre de 2001), la migración se desplazó hacia la discusión de seguridad nacional y se convirtió en una amenaza para los países receptores (el equivalente jurídico es que la migración indocumentada deja de ser una falta administrativa y se trasladó a ser una falta penal). El discurso de los medios salvadoreños presentó una segunda narrativa: migrar es peligroso, de hecho, es casi imposible. Si migras, vas a morir en el camino, sufrirás vejaciones, el coyote te perderá. Este discurso tiene al menos veinte años de repetirse de manera sistemática. Es un discurso que habla de los peligros de la ruta y que utiliza las imágenes religiosas para afianzarlo: “Salvadoreños no llegaron a la tierra prometida”, o: “El éxodo no fue como se esperaba,” son dos de los titulares que, con variaciones, se repite de forma constante: la promesa de Dios, el éxodo, la traición, la tierra prometida son algunas de las imágenes que fortalecen esta narrativa.
Esta narrativa binaria, entre el bien y el mal, el éxito y el fracaso (si migras vas a triunfar/ si migras vas a morir) alcanzó una representación preocupante a partir del año 2010. Entre el 22 y el 23 de agosto, hace nueve años, 72 migrantes fueron asesinados en la región de San Fernando, en Tamaulipas. Las narrativas sobre el hecho señalaron que los migrantes habían sido asesinados por no colaborar con los Zetas. Encontramos ahí con el elemento maniqueo, e incluso perverso: el buen migrante es el que está muerto.
Si vive, es porque colaboró, porque cedió, porque terminó andando por los caminos del mal antes de arribar a la tierra prometida. Este discurso, sobre todo en México, ha permitido que ciertos sentidos sobre la migración se difundan y lleguen incluso hasta nuestro país, en donde, en el momento de mayor visibilidad de las caravanas, no era extraño escuchar y leer cuestionamientos de “buenos salvadoreños” que señalaban cómo los migrantes “iban por ahí a ponernos en mal”, porque muchos eran delincuentes que huían o, cuando menos, “personas con valores morales cuestionables”. La primera narrativa es entonces esta dicotomía: migra porque serás exitoso /no migres porque el camino te hará mal, si no mueres, te irás de todas formas: Terminarás en un lugar oscuro y sin salida.
Pero esta primera narrativa, que podríamos denominar, con Greimas, un elemento de la estructura superficial, se vuelve definitorio si ponemos el acento en el análisis de la estructura profunda del discurso, el lugar en donde la palabra es mediación de la vida. El análisis nos muestra que los medios construyeron “el viaje del héroe”. “Antes escondidas bajo las figuras de la religión y la mitología” –diría (Campbell 2014) ¿Quién no quiere vivir su vida de forma heroica? En este viaje, las y los salvadoreños salen del mundo ordinario, se encuentran con una llamada a la aventura que viene de muchos lugares y deciden partir, junto a un mentor (claro, como otros migrantes u oscuro, como el coyote) atraviesan el umbral para entrar en el mundo especial, viene la iniciación, el camino de las pruebas, quizá el encuentro de la mujer o el hombre que son la tentación, la reconciliación con sus orígenes, el descenso a la cueva profunda, el enfrentamiento al desierto, a la muerte, a los Zetas, al peor de sus temores para después resurgir, ser héroe y regresar al mundo ordinario con el mágico elíxir de la remesa, por fin poseyendo dos mundos, completo, afrontando la libertad de vivir y devolviendo a su comunidad las llaves de la sabiduría adquirida, el progreso, la puerta de acceso a otras posibilidades y otros sueños (Marroquín, 2008). ¿Quién no quiere ser héroe? ¿Cómo luchar contra este mito construido a golpe de palabras por más de cuarenta años? ¿Qué decreto presidencial disuadirá de emprender el viaje que promete ese elíxir de sabiduría?
Estas han sido narrativas fuertes sobre la migración, me interesa avanzar hacia el tercer momento de reflexión que enuncié, las narrativas del poder. El poder no son los medios de comunicación, aunque estos a veces, como nos señaló Gramsci, contribuyen a reforzar la hegemonía cultural. Aun así, al menos en el caso de la migración, los medios no son el poder. El poder teórico y epistemológico se construye desde los países receptores y, en estos últimos años, hemos visto con particular preocupación cómo ha anclado su fuerza en un lenguaje populista y totalitario. Esto es lo que explicaré a continuación.
3. El lenguaje del populismo totalitario o la nueva pedagogía
El lenguaje construye una tradición y una cultura. Se encuentra al centro de los procesos con los que construimos sentido. Por eso las teorías feministas desde las que nos habla Rita Segato insistirán en la existencia de unas ciertas pedagogías, esto es como “los actos y prácticas que enseñan, habitúan y programan a los sujetos”; también por ello Hannah Arendt nos insistirá que en el lenguaje vive el origen (Uña Juárez, 2014, p. 15), es decir, sin él, el pensamiento no se constituye como tal. No podemos entender El Salvador sin detenernos en las formas lingüísticas que nos son propias. Acá está el bien y acá el mal. Esto es ser hombre y esto es ser mujer. Estos son los adjetivos que contienen el significado profundo de la palabra negro, indígena, turco, blanco.
Aunque el totalitarismo parecería superado, el reciente movimiento judío que desde Nueva York inició las protestas contra Donald Trump, insistiendo que los niños migrantes están detenidos en nuevos campos de concentración nos alerta de una construcción totalitaria que escenifica su batalla en el lenguaje. Con su discurso y en “dosis ínfimas”, el poder construye una pedagogía que, me parece, se resume en la siguiente afirmación: “la migración es un peligro que debemos evitar, no un derecho que debemos defender”. El día 11 de octubre de 2019 revisé las primeras veinte publicaciones de la Embajada de Estados Unidos en El Salvador, varias publicaciones revisadas hacía alusión a ello: “El camino hacia la frontera de Estados Unidos está plagado de delincuentes, no pongas a tus hijos en riesgo, no vale la pena” señalan. “Llegar a Estados Unidos de manera ilegal es cada vez más difícil, no inicie un #ViajeEnVano”, insistirán. En los últimos años, la pedagogía de la migración como problema ha utilizado diversas figuras estilísticas y literarias para situarse. Señalo cuatro que destacan entre las demás.
La primera figura estilística de esta pedagogía es la hiperbolización, es decir la exageración y sobredimensión de la realidad migrante. Se insiste que cada vez la migración crece más. “Mi nombre es legión”, podría decir, como los demonios del evangelio: Es un grupo amenazante. Los datos, en cambio, indican que por ahora el porcentaje de población que no vive en su país de origen es del 4% a nivel mundial, este porcentaje no ha aumentado desde hace un siglo. Sin embargo, dirán algunos, la caravana muestra una cantidad de personas que nunca había salido. Los datos nos señalan que la cantidad de salvadoreños que se unieron en la caravana son básicamente la cantidad de personas que salen del país en una semana cualquiera. Pero incluso más allá de estos datos, hay que insistir en que los números en temas migratorios son muy frágiles. La estrategia es entonces hacer sentir que sabemos que son muchos… aunque, en realidad, debería enunciarse esto apenas como una hipótesis.
La segunda es una figura literaria: La animalización, esto es la operación de dotar de características propias de los animales a los seres humanos. Yo la acotaría señalando que es una despersonalización. La consecuencia de la despersonalización es lo que Agamben señaló al recuperar el concepto de homo sacer del antiguo derecho romano, la vida de alguien prescindible, que se puede quitar y sacrificar sin ninguna consecuencia. Lo explico a través de dos ejemplos. En mayo de 2018, la página oficial de la Casa Blanca publicó un artículo titulado What You Need To Know About The Violent Animals Of MS-13[1], lo que este recurso estilístico consigue es quitar los rasgos humanos a ciertos migrantes (en este caso salvadoreños de pandilla, pero que gracias a la sinécdoque que suelen hacer los medios de comunicación en Estados Unidos se vuelven la totalidad de salvadoreños, e incluso de hispanos). En abril de 2019, el presidente Trump señaló en relación con esto: “No estamos expulsando personas, estamos expulsando animales”. Estas declaraciones recurrentes siguen despojando a las personas de su realidad humana, para colocarlas en un nivel inferior. Si se piensa que esta despersonalización no necesariamente llevará a la violencia, ahí está la masacre de El Paso, Texas, de agosto de 2019.
En tercer lugar señalaré ya no una figura retórica, sino más bien un dispositivo semántico: el desplazamiento del sentido de la migración como derecho a la migración como problema. Es la nueva definición instalada por el pensamiento occidental y europeo más totalitario en estos años recientes. Muchos estudiosos han señalado en sus textos que la migración no fue un problema mientras los españoles se instalaban en México durante su Guerra Civil, o cuando los alemanes llegaron a América, huyendo de las grandes guerras. En realidad, parece ser que el problema es que el sentido de las rutas se invirtió. La migración dejó de ser una posibilidad de vida, un proyecto posible, un derecho humano, como señala el artículo 13 en la declaración universal de Naciones Unidas para volverse un problema que se debe combatir. Una promesa que muchos políticos buscan avivar: construir muros, instalar ejércitos en las fronteras, arrestar a quienes apoyen a los migrantes. De Carola Rackete a los judíos arrestados el discurso hegemónico nos sigue insistiendo: debemos parar la migración, es un problema, es un peligro, no debe continuar. Lo que no se dice es que si la migración es un peligro es justamente por estos procesos de securitización, por las decisiones políticas que inauguraron este siglo.
Finalmente, quiero añadir una cuarta estrategia semántica similar a la anterior, pero esta vez del lado de acá. La he denominado el cristianísimo lugar de la culpa y ha tenido distintos gestos a lo largo de los años. Se trata de responder al discurso de la migración como problema, con una declaración de culpas, una veneración extrema de la nación hegemónica y una solicitud de perdón. Desde el gesto del Presidente Duarte en octubre de 1987 al besar la bandera de Estados Unidos, pasando por el envío de tropas a Iraq del presidente Flores, hasta la solicitud de perdón del Presidente Nayib Bukele, el lugar de la culpa está ahí. “La culpa es nuestra”, dijo Bukele en julio de 2019, cuando Óscar y Valeria murieron en Río Bravo. La culpa no es de las políticas del presidente Trump que ha obligado a militarizar las fronteras y que ha cerrado todos los pasos y las rutas seguras hasta conseguir que la ruta del crimen organizado sea la única posible, y fragilizando aún más la condición de los migrantes, la culpa no es del gobierno mexicano que envía helicópteros que distraen a los migrantes de la concentración necesaria que los ríos exigen, la culpa no es de la border patrol que persigue, ni de los crímenes racistas que les disparan. La operación semántica del lado de acá señala no, la culpa es nuestra. Nos comprometemos a hacer un país sin migración.
Es contra estos discursos, contra estas operaciones que instalan una poética del migrante que se llevan a cabo las manifestaciones lingüísticas de resistencia o esos gestos colectivos de desobediencia civil (Rocha, 2017). Es desde el arte, desde la música, desde la visibilización de la identidad a partir de la palabra que construimos un proyecto distinto.
Ojalá que desde esta institución con tanta historia seamos capaces también de ser memoria, pensamiento crítico, denuncia y espacio para seguir reflexionando sobre lo que el lenguaje nos permite, lo que se juega en el lenguaje que nos nombra y con el que nombramos el mundo.
Gracias de nuevo.
Agradecimientos
Agradezco por la invitación a formar parte de la Academia Salvadoreña de la Lengua. Aunque desde el campo de la comunicación y la reflexión semiótica me coloco por fuera de la normatividad y me interesan mucho más los usos, me siento honrada de formar parte, a partir de hoy, de una institución central en la reflexión de un dispositivo esencial de la cultura, en general y de la cultura salvadoreña en particular. Decir que el lenguaje es dispositivo de la cultura es una obviedad, pero me interesa señalarlo como el punto de partida de las reflexiones que voy a compartir.
Quiero recalcar, en este inicio, que no vengo de una formación lingüística o filológica, sino de un campo que, si bien es cercano, los estudios culturales, la semiótica y la comunicación que se preocupa más por la interpretación y los sentidos, por las posibilidades de un texto, que por la corrección misma de su estructura. Roland Barthes señaló en su lección inaugural que la semiótica es, en realidad, la deconstrucción de la lingüística y que por tanto se ocupa de recoger (cito): “la impureza de la lengua, el desecho de la lingüística, la corrupción inmediata del mensaje: nada menos que los deseos, los temores, las muecas, las intimidaciones, los adelantos, las ternuras, las protestas, las excusas, las agresiones, las músicas de las que está hecha la lengua activa” (Barthes, 2000, p. 137). Lo que presento ahora entonces en esta reflexión es un ejercicio de deconstrucción de la lingüística que distintos actores han ejercido desde la lengua activa, para ello me fijo en la migración como un espacio en donde la lengua escenifica las disputas entre un discurso establecido desde el poder, y la transgresión de actores sociales que jalonean el sentido hacia unos lugares-otros.
Mi reflexión tiene tres momentos. El primero revisa tres estrategias lingüísticas de transgresión que pelean contra la semántica establecida sobre la migración en los últimos 18 años. En un segundo momento, reviso el estado de la cuestión, es decir, desde una mirada diacrónica, repaso de manera rápida las agendas que nos llevaron a entender sobre la migración lo que ahora, la gran mayoría entendemos. Finalmente, señalo los elementos que me resultan más problemáticos del discurso predominante sobre la migración.
Referencias bibliográficas:
Campbell, J. (2014). El héroe de las mil caras. Psicoanálisis del mito, Fondo de Cultura Económica.
Lakoff, G. (Abril de 2016). El secreto del éxito de Donald Trump. Nueva Sociedad. Recuperado de https://nuso.org/articulo/el-secreto-del-exito-de-donald-trump/
Marroquín, A. (Mayo-agosto de 2008). El salvadoreño en el espejo. Relatos de héroes y villanos desde la migración. Revista Cultura. (99), pp. 11-25.
Rocha, J. L. (2017). La desobediencia de las masas. La migración no autorizada de centroamericanos a Estados Unidos como desobediencia civil, UCA Editores.
Uña Juárez, O. (2014). Acción, discurso y metáfora. Sobre el lenguaje en Hannah Arendt. Barataria. Revista Castellano-Manchega De Ciencias Sociales, (18), pp. 15-27. Recuperdo de https://doi.org/10.20932/barataria.v0i18.40
Notas
Enlace alternativo
https://revistas.uca.edu.sv/index.php/realidad/article/view/6432/6428 (pdf)

