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Espacialidades recurrentes: usos y representaciones del espacio en el movimiento estudiantil uruguayo en la segunda mitad del siglo XX
Recurrent spatialities: uses and representations of space in the Uruguayan student movement in the second half of the 20th century
Contenciosa, vol. 1, núm. 16, e0067, 2025
Universidad Nacional del Litoral

Artículos

Contenciosa
Universidad Nacional del Litoral, Argentina
ISSN-e: 2347-0011
Periodicidad: Anual
vol. 1, núm. 16, e0067, 2025

Recepción: 04 junio 2025

Aprobación: 10 octubre 2025

Resumen: Este artículo analiza la protesta estudiantil en Uruguay en la segunda mitad del siglo XX, enfocándose en su dimensión espacial. A partir de una base de datos de eventos de protesta que abarca los ciclos de protesta de 1958, 1968, 1983 y 1996, busca comprender las lógicas del despliegue territorial de la protesta estudiantil según algunas variables claves tales como los actores o las demandas. Se pueden así observar en la larga duración tanto constantes como innovaciones, fenómenos relacionados con cada coyuntura histórica, construcciones de simbologías y de memoria colectiva. Además del abordaje cuantitativo, se propone un estudio pormenorizado del caso de la explanada de la Universidad, espacio central de la protesta estudiantil, pero con funciones y significados cambiantes.

Palabras clave: Uruguay, estudiantes, protesta, espacialidad, territorio.

Abstract: This article analyzes student protest in Uruguay in the second half of the twentieth century, focusing on its spatial dimension. Using a database of protest events covering the cycles of 1958, 1968, 1983, and 1996, it seeks to understand the logic of the territorial deployment of student protest according to key variables such as actors and demands. This allows the observation of both constants and innovations, as well as phenomena related to each historical moment and the construction of symbolism and collective memory over the long term. In addition to a quantitative approach, it proposes a detailed study of the case of the University Esplanade —a central space of student protest— with changing functions and meanings

Keywords: Uruguay, students, protest, space, territory.

El evento de protesta como objeto de estudio: la espacialidad como problema[1]

El estudio de los movimientos sociales ha implicado siempre una mirada detenida sobre las temporalidades y las espacialidades, aunque muchas veces estas dimensiones no son un objeto de análisis en sí mismas. Los actores colectivos tienen cierta permanencia en el tiempo, construyen sus agendas e identidades sobre un pasado compartido y las proyectan a su vez hacia un futuro, tanto cercano como lejano. Los procesos de movilización colectiva implican, por otro lado, cierta copresencia en lo que se va definiendo como un espacio compartido, sea presencial, virtual o remoto. El presente trabajo analiza cómo los estudiantes movilizados durante la segunda mitad del siglo XX en Uruguay se vincularon con lo espacial–territorial a lo largo del tiempo. Se pone el foco en cuatro ciclos de protesta particularmente relevantes para la historia reciente en dicho país: la lucha por la Ley Orgánica de la Universidad en 1958, las protestas en torno al 68, que estallaron simultáneamente en Uruguay y en muchos países del mundo; la lucha por el fin de la intervención de la Universidad y el retorno de la democracia en 1983 y, finalmente, el amplio movimiento que estalló en 1996 en contra de una reforma integral de la enseñanza secundaria.

El espacio se analiza aquí tanto como estructurante de los movimientos estudiantiles bajo estudio, como estructurado por sus relaciones y acciones en momentos dados. Desde la ya clásica visión lefebvriana (1974) es posible concebir al espacio social como algo en producción a través de múltiples relaciones que convergen, se tensionan y cambian a lo largo del tiempo, alejándose de algo natural o inerte. Varios trabajos clásicos dentro del campo de los estudios sobre movimientos sociales han colocado las dimensiones espacio–temporales en el centro del análisis de los procesos de movilización colectiva (Routledge, 1993; Pile y Keith, 1997; Miller, 2000; Tilly, 2000; Sewell, 2001). En Spaces of Contention, Tilly (2000) propone un estudio sobre las relaciones entre configuraciones espaciales y movilización social, en el que define cuatro tipos de interacciones que, a su entender, son relevantes para comprender los procesos de movilización colectiva y que aquí retomamos como categorías de análisis. En primer lugar, evoca las «geografías del control y la supervisión» de la protesta, en el sentido de que esta siempre disrumpe la jurisdicción de los gobiernos, por definición espacialmente organizada, generando procesos de negociación, tensión y confrontación entre los usos socialmente legitimados y legalmente permitidos. En segundo lugar, distingue los «espacios seguros» para los activistas, es decir, aquellos lugares que ofrecen resguardo o confieren cierta protección de la vigilancia y el control estatal. En tercer lugar, destaca las «demandas asociadas a la espacialidad» y sus significados, en particular memoriales o lo que otros autores han denominado sitios de memoria. Finalmente, identifica lo espacial y territorial como «objeto de disputa» y foco de la política beligerante.

En este sentido, la relación espacio–tiempo se ha visto sacudida por la modernidad tardía, adquiriendo en nuestra región latinoamericana características bien distintivas. El Oxford Handbook of Latin American Social Movements (Davis y Davey, 2023) dedica un capítulo a problematizar el rol de las lógicas espaciales y los cambios en las «geografías del activismo» en América Latina. Sugiere que las transformaciones estructurales que han atravesado los países del continente impactaron los vínculos entre los movimientos sociales y el Estado en clave espacial, generando procesos de descentralización de los reclamos y la emergencia de «microgeografías» de disrupción a lo largo y ancho de los territorios, que contrastan fuertemente con los procesos de movilización masivos que caracterizaron la década de los setenta y ochenta. Según afirman los autores, los procesos de democratización y el avance del neoliberalismo en la región a menudo han puesto a las luchas por el territorio y la autonomía en el centro mismo de las demandas (Davis y Davey, 2023). De esta forma, se retoma la idea de que los procesos de reestructuración del capitalismo han llevado a nuevas lógicas espaciales que atraviesan varios ámbitos de la vida social (Agnew, 1987; Oslender, 2002), impactando el tipo y las formas de la protesta (sobre los movimientos de ocupación de tierras en Montevideo, ver Álvarez Rivadulla, 2017). Los momentos de crisis son, a menudo, momentos de resignificación de las geografías de la protesta latinoamericana que han llevado a estallidos sociales con componentes espontáneos tanto en los recorridos como en los blancos de la protesta. El espacio no es un mero telón de fondo de la protesta, sino que también la condiciona. Como afirma Auyero, «debemos prestar atención a las dimensiones espaciales —estructuradas y estructurantes— de la protesta, esto es, a las maneras convergentes y divergentes que la beligerancia popular tiene lugar en la geografía, pero también crea geografía» (2002, p. 12). La espacialidad constituye entonces un elemento consustancial de los repertorios de protesta (Martin y Miller, 2003) y es fundamental impulsar miradas que pongan el foco en esta dimensión (Tamayo, 2016).

En lo que atañe a los movimientos estudiantiles, cabe mencionar que algunos estudios en América Latina han retomado conceptos asociados a la dimensión espacial y han recuperado la importancia de la locación, especialmente en aquellos movimientos donde los espacios públicos adquirieron una dimensión relevante, como Tlatelolco para el movimiento estudiantil mexicano de 1968 y sus resignificaciones posteriores (Allier Montaño, 2018). Por un lado, la ciudad es a menudo un escenario privilegiado para los movimientos estudiantiles. Desde la historia, se ha podido mostrar que la intensa presencia callejera urbana fue una impronta característica de la protesta estudiantil en los sesenta —muy a menudo fuertemente reprimida (Markarian, 2012; Gapenne, 2021)— siendo durante la década siguiente el foco de persecuciones y de una «espacialidad vigilada» (Millán, 2018). Las innovaciones en sus repertorios implican muchas veces formas de (re)significación, (re)apropiación o disputas por sobre ciertos espacios (Sempol, 2006), en ciertas ocasiones convertidos en sitios de memoria, vinculados al pasado reciente de autoritarismo y de violación de los derechos humanos (Jelin, 2003). Por otro lado, la situacionalidad de los movimientos estudiantiles (en clave centro–periferia, por ejemplo) importa para entender cómo se vinculan con otros movimientos y actores locales y globales, pero también cómo son interpretados e (in)visibilizados (Markarian, 2019). En este sentido existe una corriente importante de estudios que procura recuperar miradas sobre el movimiento estudiantil latinoamericano articulando una pluralidad de escalas: local, regional, global y transnacional (ver, por ejemplo, Palacios-Valladares, 2016a; Bidegain y von Bülow, 2020; Pis Diez y Seia, 2022; Gapenne, 2025; Dip, 2023).

La dimensión espacial de la protesta estudiantil en Uruguay: antecedentes

En el caso uruguayo, muchos años separan al movimiento estudiantil que abre el período analizado en este artículo, que estalló en 1958 para la defensa de la Ley Orgánica de la Universidad y al que lo cierra, que hizo de la ocupación de los centros liceales su táctica por excelencia, con el objetivo de oponerse a una reforma de la educación secundaria impulsada en 1996. Hay varios antecedentes que permiten pensar en el vínculo entre estudiantes y el espacio en los cuatro ciclos aquí estudiados.

En el caso del movimiento estudiantil de 1958, retomando la noción de Fillieule de manifestación, Lacruz (2021, p. 35) ofrece una descripción densa de los últimos días de protesta que desembocaron en la aprobación de la Ley Orgánica y del «reloj propio y singular tictac» que adquirió la lucha callejera durante esos días. La ciudad se volvió la escenificación de un conflicto masivo y edificios, como el Palacio Legislativo y la explanada de la Universidad, adquirieron una dimensión simbólica y estratégica clave, que terminaron de consolidar durante estos años, su centralidad en las luchas estudiantiles. En el caso del movimiento estudiantil del 68, Markarian (2012) analiza la selección de ciertos espacios públicos y momentos para el desarrollo de la protesta, objetos de debates y disputas con la policía y con las autoridades universitarias. A su vez, resalta la significativa importancia y visibilidad que fue adquiriendo la protesta al desplazarse de los barrios periféricos hacia el centro de la capital. La intensidad de la protesta y de la represión llevaron a una búsqueda creativa de repertorios de acción colectiva, que combinaron técnicas más disruptivas con otras más institucionales (Gapenne, 2021). Los años ochenta encontraron a un movimiento estudiantil desarticulado debiendo reorganizarse y repensarse a la luz de los traumas de años de dictadura y prohibición, con muchos miedos vinculados a duros años de represión y persecución, y también de la emergencia de nuevas identidades, formas de relacionarse con el espacio público y de hacer política. Entre los intentos agónicos de control por parte de un régimen dictatorial en crisis, hubo un fuerte proceso de negociación (interna y externa) sobre los límites de la protesta (lo deseable versus lo posible) en relación a la política estudiantil y cómo ir ganando espacios de legalidad que permitan canalizar la creciente participación juvenil (González Vaillant, 2021). Esta búsqueda por nuevas formas de expresión de alguna forma se cristalizó en los años noventa con la lucha por la autonomía y la reterritorialización de la protesta (Venosa, 2021) a partir de nuevos «espacios de disidencia» (Reguillo, 2012). Al decir de Zibechi, en los años noventa en Montevideo «los espacios públicos se redujeron y privatizaron, y su utilización quedó segmentada entre clases y sectores de clase». En dicho sentido, la ola de ocupaciones que se generaron en el 96 como respuesta a una reforma integral del sistema educativo uruguayo permitieron a los estudiantes reapropiarse del espacio público y resignificar a los centros de estudio como un lugar para establecer lazos de solidaridad y desarrollar su plataforma de reivindicaciones (Zibechi, 1997; Graña, 1996).

El presente trabajo retoma la base de datos de eventos de protesta elaborada en el marco del proyecto antecedente que dio lugar a la publicación El Río y las Olas. El análisis de eventos de protesta se ha empleado en varios países para estudiar los procesos de movilización colectiva a partir de noticias de periódicos (ver, por ejemplo, Koopmans y Rucht, 2002; Kriesi et al., 1995). En la región, el Observatorio Social de América latina (CLACSO) fue un precursor en la sistematización del relevamiento a partir de material de prensa de procesos de movilización que luego dieron lugar a estudios con esta metodología —ver Somma[2], a partir de dichos registros para el caso chileno y, más recientemente, el trabajo de Aguiar et al. (2023) que analiza conflictos urbanos en Montevideo durante el período 2000–2018 utilizando una base de eventos de protesta similar—. Como antecedente importante en América Latina cabe también referir a los trabajos pioneros del Instituto de Investigaciones Grupo Gino Germani en la UBA (Schuster et al., 2005), del Área de Conflicto Social con trabajos referidos específicamente al movimiento estudiantil (Bonavena et al., 2018) y, más recientemente, al esfuerzo de Carvalho et al. (2024) por impulsar miradas comparativas sobre la protesta en el Cono Sur a partir del análisis de eventos de protesta.

En el caso del presente proyecto, se construyó una base de datos de eventos de protesta estudiantil mediante el relevamiento de la prensa. Basándonos en la definición de Tilly (1986), se consideraron los eventos que: 1) reporten a estudiantes de secundaria y/o universitarios como uno de los actores movilizados; 2) sean colectivos; 3) posean una demanda o reivindicación; 4) afecten los intereses de otros grupos. El foco está puesto entonces en la acción más que en la organización (Pereyra et al., 2017). En todos los casos consideramos el año anterior y el posterior al de referencia, llegando a un conjunto de doce años de prensa relevados. En el proyecto original se relevaron 33 variables para 396 eventos de protesta. Cabe destacar la gran desigualdad entre la cantidad de eventos en cada ciclo: 31 en 1958, 165 en 1968, 72 en 1983 y 128 en 1996. Se eligieron dos semanarios de cobertura nacional, Marcha para los ciclos de 1958 y 1968, y Búsqueda para los ciclos de 1983 y 1996. Esta decisión fue motivada por el afán de cubrir exhaustivamente los períodos bajo estudio, a pesar del sesgo de selección y reportaje que implica. Señalemos en particular la sobrerrepresentación de la capital (y su centro), de los estudiantes universitarios, y de los eventos más violentos o espectaculares (Oliver y Meyer, 1999; Fillieule y Jiménez, 2003; Koopmans y Rucht, 2002). Si bien estos sesgos son en sí de interés para el análisis, sería importante en futuras investigaciones poder complementar la base con artículos de otros medios de prensa y así poder profundizar la comprensión tanto de la protesta estudiantil como de su tratamiento mediático.

Una primera base recogió textualmente la información relevada en la prensa, además de conservar el artículo original referido a cada evento de protesta. Esta primera fase permitió un análisis cualitativo de la protesta estudiantil y su representación mediática. Por un lado, fue posible indagar cómo se describe y narra la protesta estudiantil y realizar un análisis pormenorizado de los conceptos y términos que aparecen en cada medio para categorizar y describir los eventos de protesta y movilización estudiantil, especialmente en lo que refiere a su anclaje en el territorio (Tarrow, 1989). La base de datos fue luego codificada para ofrecer un acercamiento desde una perspectiva cuantitativa. Este abordaje permite acceder a las características más «duras» y cuantificables de los eventos de protesta, evaluar sus evoluciones en el tiempo, así como mapearlos en el territorio (Tilly, 2008; Hunter en Della Porta, 2014).

Ya en El Río y las Olas: Cuatro ciclos de protesta estudiantil en la segunda mitad del siglo XX (2021), que se publicó como resultado del ya mencionado proyecto, se afirma que la espacialidad jugó un rol central a lo largo de cada uno de los ciclos bajo estudio, con tires y aflojes sobre lo que se consideraba un lugar permitido para la movilización, y con despliegues diferentes en el territorio según el ciclo y el sistema de alianzas de cada período. El proyecto sistematizó el relevamiento de eventos de protesta que dan cuenta de usos diferentes de la ciudad de Montevideo por parte de los estudiantes y que implican innovaciones y transformaciones en el vínculo entre el estudiantado y el espacio público. Por un lado, fue posible observar cómo, en las marchas, se articulan recorridos organizados en espacios tradicionalmente importantes, con desbordes que muchas veces fueron reprimidos o conllevaron procesos de negociación con las autoridades. Por otro lado, observamos cómo los significados en torno a un mismo lugar cambiaron radicalmente según el contexto, como, por ejemplo, el centro educativo como lugar de protesta, que en algunas coyunturas se volvió un lugar seguro e incluso un refugio respecto al espacio público asociado a una mayor vulnerabilidad, violencia y toma de riesgo y, en otras coyunturas, se volvió objeto privilegiado de persecución y represión. Esta relación cambiante y dinámica entre «el adentro» y «el afuera» se puede relacionar con el costo de la protesta y la demanda, pero también con la necesaria visibilización de las acciones y los reclamos en contextos sociohistóricos concretos.

Si bien la dimensión espacial ha estado presente en los estudios sobre protesta estudiantil en Uruguay, muchas veces implícitamente y otras más explícitamente, aquí buscamos profundizar en el análisis de las variables de la base relacionadas con la espacialidad de la protesta y su relación con otras dimensiones clave tales como el actor que protesta o la táctica empleada, con una mirada comparada que permita esbozar algunas reflexiones más allá de los ciclos particulares. ¿Dónde tiene lugar la protesta estudiantil en Uruguay? ¿Qué espacios han permanecido en el tiempo? ¿Cuáles han cambiado? ¿Qué dimensiones ayudan a explicar la elección de los estudiantes? ¿Cómo se entremezcla la memoria y la carga simbólica asociada a ciertos espacios? ¿Cómo se vincula el espacio con la opinión pública y la represión?

La mayor originalidad de este trabajo reside probablemente en la mirada de largo alcance, que permite comparar los distintos ciclos, detectar permanencias y transformaciones, articular las estructuras sociales y políticas con la contingencia histórica, es decir, determinar patrones sin perder la unicidad de cada ciclo de protesta. Este trabajo procura analizar esta relación tensionada entre el peso de la tradición y la memoria, por un lado, y el peso de lo coyuntural y la experiencia, por el otro. El trabajo pretende también, a partir del estudio de este caso nacional, aportar hacia una tipología más comprensiva de la dimensión espacial de los movimientos estudiantiles en la región.

En las secciones que siguen nos adentramos en la intersección entre las geografías y las temporalidades para analizar continuidades y rupturas en los usos y los significados de los espacios en los cuatro ciclos de movilización estudiantil mencionados. Para ello tomamos como punto de partida una tipología clásica desarrollada por Tilly (2000), sobre movimientos sociales y espacialidad, en pos de evaluar en qué medida es apropiada para caracterizar los tipos de vínculos que los estudiantes uruguayos realizaron del espacio y territorio. A través de una mirada sobre los eventos de protesta se busca, en primer lugar, ofrecer una caracterización y cartografía de los lugares de la protesta estudiantil, reconstruyendo sus recorridos y lugares privilegiados de movilización. Luego, se propone un estudio cualitativo del caso de la explanada de la Universidad, sitio emblemático de la protesta estudiantil uruguaya a lo largo del período, para profundizar la reflexión sobre la evolución de los usos y significados del espacio.

Continuidades y rupturas en el uso del espacio en la protesta estudiantil

A los efectos de cartografiar los territorios y espacios prevalentes de la protesta estudiantil en Uruguay durante la segunda mitad del siglo XX, comenzamos por considerar la ubicación de la protesta en clave territorial que, en el caso de Uruguay, se divide en departamentos. El reporte de la protesta en el territorio da cuenta del grado de difusión de ciertos ciclos y también, en otros, de la capacidad de los estudiantes de forjar alianzas y enmarcar sus demandas para trascender particularidades de conflictos locales.

Los eventos recabados dan cuenta de que la gran mayoría de los eventos reportados en Marcha y Búsqueda tuvieron lugar en la capital, Montevideo (68 %), seguido por Canelones (departamento lindante), aunque con un número muy reducido (2 %). Es posible hablar de una clara prevalencia de Montevideo como escenario de la protesta, ya sea por el gran número de estudiantes que se concentra ahí (por la naturaleza centralizada de la enseñanza terciaria en la capital del país), por la carga simbólica y la mayor visibilidad que en general se confiere a los eventos capitalinos en la prensa, o debido a la prevalencia de una mirada que tiende a equiparar lo que ocurre en la capital con lo que ocurre en el país. Un 25 % de los eventos, sin embargo, fueron eventos «nacionales» (por ejemplo, paros generales, comunicados de prensa, declaraciones de repudio). Si uno observa al interior de cada ciclo, es posible ver algunas diferencias importantes. Si incluimos los comunicados de prensa, las declaraciones y las cartas de lectores dentro de los eventos de protesta, podemos decir que mientras el ciclo de 1996 fue fuertemente capitalino (91 % de los eventos en la capital), ese énfasis se debilitó en los otros ciclos: 78 % de los eventos de 1983 se localizó en Montevideo, 52 % del ciclo de 1958 y 48 % del ciclo de 1968 (también el ciclo más descentralizado). Es decir que, a partir de la sistematización del relevamiento de la prensa, es posible conjeturar que atestiguamos en el caso uruguayo a una centralización de la protesta estudiantil a lo largo de las décadas, o a un creciente sesgo de la prensa estudiada.

Por otro lado, un análisis de los datos da cuenta de la importancia de lo espacial para designar, relatar un evento de protesta: en la totalidad de la base (396 eventos), únicamente 4 % (17 eventos) no reportan el lugar de la protesta, siendo una de las variables con el número menor de no respuesta. Un 30 % de los eventos acontecieron en más de un lugar y un 15 % de los eventos acontecieron en tres o más lugares.

De la totalidad de lugares reportados, un poco más de la mitad (54 %) fueron centros educativos específicos (liceos, facultades), mientras un 24 % de los lugares mencionados fueron calles o intersecciones de calles y un 11 % se desarrollaron en lugares públicos significativos (como puede ser un monumento específico, un sitio de la memoria, una casa gubernamental o ministerial). La tabla que sigue a continuación reporta la frecuencia de lugares reportados, considerando las tres variables de locación de la protesta (lugar 1, lugar 2 y lugar 3). Esto permite dar cuenta de los lugares más frecuentemente empleados en el curso de la protesta estudiantil a lo largo de los cuatro ciclos de protesta bajo estudio en tres o más lugares.


Tabla 1
Lugares reportados en los eventos de protesta[3]

La gran prevalencia de protestas estudiantiles circunscritas a los centros de estudio a lo largo de estos años contradice la imagen de los estudiantes como fuertemente movilizados en el ámbito público. Sin embargo, existieron también diferencias importantes en relación con la elección de los centros educativos como lugar de protesta entre los ciclos bajo estudio. La tabla que sigue muestra la distribución de los eventos de protesta según el lugar, desagregados según el ciclo, tomando el primer lugar mencionado como referencia para el análisis. Mientras los eventos circunscritos a los centros de estudio —que constituyen por lo general un lugar seguro para los estudiantes— fueron menos frecuentes durante el ciclo de la lucha por la Ley Orgánica, muy caracterizado por multitudinarias marchas por las avenidas principales, cobraron más relevancia en los noventa, cuando las ocupaciones de liceos se convirtieron en una táctica predominante de los estudiantes de secundaria para protestar por la reforma educativa impulsada durante esos años (80 %). Durante este ciclo, fue común que se desarrollaran ocupaciones de centros de formas relativamente autónomas, que recogían tanto demandas específicas de los centros, así como su repudio a la reforma impulsada por Rama.[4] Cabe mencionar que los centros educativos albergaron también un 47 % de los eventos en los tardíos sesenta y 44 % durante el ciclo de la transición a la democracia, algo que relativiza la idea de un movimiento estudiantil unitario con una fuerte impronta de movilización callejera y pone de manifiesto la existencia de una multiplicidad de conflictos que acontecen en centros educativos específicos. Estos eventos de protesta anclados en centros educativos específicos, aunque parecieran revelar disputas fragmentarias, muchas veces generaron los andamiajes necesarios para futuras movilizaciones o cristalizaron alianzas entre varios centros educativos en momentos posteriores de conflicto. Del total de eventos que acontecieron dentro de los centros educativos, uno de cada tres tuvo entre sus demandas aspectos que trascendieron lo meramente educativo o que, habiéndose originado en demandas de tipo educativo, se ampliaron hacia generar demandas contra el gobierno o los políticos nacionales/departamentales.[5] Por otro lado, el ciclo de 1996 —y en menor medida de 1968— fue protagonizado por los estudiantes de educación secundaria, sector que cuenta con menos recursos y capital social para organizar protestas en la esfera pública, explicando en parte su preferencia por la disrupción interna como forma de ejercer presión sobre las autoridades educativas. Las ocupaciones liceales en general se desarrollan con relativa autonomía y sin una organización gremial central (como ocurre en la universidad), traduciéndose en una gran dispersión geográfica. Muchas veces, sin embargo, los contactos entre estudiantes y el acceso a la información producen un efecto «contagio» entre un centro y el otro.


Tabla 2
Primer lugar reportado para el evento (por ciclo)

Lógicamente, la táctica más frecuente en los eventos dentro de los centros educativos es la ocupación o el paro. Como ha sido señalado por estudios antecedentes sobre las ocupaciones, aunque sumamente eficaces como tácticas de disrupción interna, estas pueden terminar por encapsularse y así perder visibilidad y capacidad de incidencia en la agenda pública (Palacios-Valladares, 2016b). Aunque la mayoría de los eventos desarrollados dentro de centros educativos no se articularon con acciones de disrupción externa, en muchos casos se realizaron esfuerzos por generar visibilidad hacia afuera, colocando pasacalles, realizando pintadas, volanteando en la calle, transmitiendo por parlantes o bloqueando la entrada de la institución en espacios liminales entre adentro y afuera. Muy a menudo estos repertorios vienen acompañados por una proactiva presencia mediática, sea a través de cartas, comunidades de prensa o declaraciones públicas. Este amplio abanico de prácticas da cuenta de la importancia de la comunicación para el movimiento estudiantil y de su espacialidad particular, que convierte los medios y las fachadas y paredes en una interfaz entre los estudiantes en su centro educativo y la opinión pública.

Los testimonios estudiantiles de los ciclos del 68 y 96 dan cuenta de la importancia que cobra el centro educativo como anclaje territorial durante estos ciclos, generando al interior de sus puertas una serie de actividades complementarias y necesarias para mantener las ocupaciones: las asambleas, instancias de formación, socialización y recreación. En el 68, las manifestaciones «relámpago», tan características de ese período, tenían por lo general al centro educativo como punto de partida y refugio ante la posibilidad de represión policial (Varela Petito, 2002). Una táctica de fuerte disrupción externa se articulaba entonces estrechamente con el espacio cerrado del centro de estudio. La ocupación de los centros universitarios fue en los ciclos con fuerte presencia de estudiantes de secundaria el punto de partida desde donde procesar la conflictividad, algo que debió complementarse con otras tácticas en casos en que los conflictos se fueron radicalizando. En el caso del ciclo del 58, la ocupación del edificio central de la Universidad (y luego de Medicina, Odontología y Química) se dio, vía una dinámica contraria, como consecuencia de la fuerte represión desatada y como una forma de reafirmar el reclamo por la autonomía. Al decir de Oddone y París (2010), citando a los estudiantes, «Los jóvenes universitarios habían resuelto que “la Universidad naturalmente nuestra, lo sea también de hecho por la fuerza; porque es la única posibilidad de conservarla limpia, alta, heroica, apta para sus trascendentes fines”» (2010, p. 22). Interesantemente, la ocupación no era hasta ese momento una táctica frecuente. Otra variable interesante para ver cómo se configuró la protesta estudiantil a lo largo de los ciclos es si el evento de protesta implicó o no un recorrido en el territorio. La gran mayoría de los eventos relevados en la base (80 %) no implicaron un recorrido por más de un punto de la ciudad, siendo los ciclos de 1958 y 1983 los que presentaron una proporción más alta de eventos que implican recorridos y despliegues territoriales (casi uno de cada cinco).

En este caso es interesante que los ciclos que exhibieron mayor movilización por el territorio, con presencia masiva en la vía pública y con desplazamientos de un lugar a otros, fueron aquellos con demandas que traían consigo aparejadas en las reglas de juego de la política nacional, con una fuerte impronta universitaria, pero con el afán de generar alianzas con otros sectores y movimientos sociales. Es posible destacar ciertas similitudes entre estos dos ciclos, que permiten entender sus características. En primer lugar, contrastando con la movilización en los liceos ya evocada, los estudiantes universitarios tienen mayor nivel organizativo, mayor capacidad de movilización, y mayor acceso a espacios de expresión donde sus reclamos pueden ser formulados y percibidos como legítimos. También son dos momentos en que los estudiantes quieren expresar su descontento dentro de lo autorizado y sin provocar desbordes. En 1958, después de una marcha fuertemente reprimida, los estudiantes desfilan masivamente con un estrecho mantenimiento del orden. En 1983, la marcha que cierra la semana del estudiante está sometida a numerosas reglas de comportamiento negociadas de antemano con las autoridades. En ambos casos, se busca al mismo tiempo dar prueba de la masividad del reclamo, mostrar al estudiantado como un actor responsable que respeta las reglas del juego político, y evitar cualquier pretexto a la represión. A su vez, la marcha multitudinaria —evento con una fuerte carga simbólica y emocional— permite visibilizar el apoyo popular (personas que se unen a la marcha, aplauden, etc.). Este apoyo, de hecho, también explica que las fuerzas del orden tampoco tengan interés en que se registraran desbordes y violencias. El contraste con el 68 es aquí muy esclarecedor. Señalemos primero que, si bien hubo una muy intensa actividad callejera, esta se dio de forma menos centralizada y organizada. Todos los días se registraban varias manifestaciones «relámpago» y enfrentamientos puntuales. Estos eventos, relevantes por su repetición sistemática, están registrados en la prensa como «choques» o «disturbios». Por lo tanto, no indican su cantidad ni ubicación exacta y no pueden integrar nuestra base de datos de eventos de protesta. La coyuntura arroja luz sobre la adopción de esta estrategia por los estudiantes. En aquellos años de creciente autoritarismo y de posibilidades revolucionarias, la protesta por vías legales y la búsqueda de diálogo parecía una opción cada vez menos relevante. Es más, la marcha organizada previamente llegó a ser considerada por ciertos sectores del estudiantado como una acción que antes que nada facilitaba el trabajo de represión de las fuerzas del orden. Así, las «relámpago» buscaban justamente el enfrentamiento con la policía y apuntaba a dispersar, debilitar y desgastar a sus fuerzas. El espacio público ya no era escenario de demostración de unidad y legitimidad, sino un terreno de batalla.


Tabla 3
Evento implicó recorrido por ciclo

Como forma de analizar más claramente los factores que explican la propensión de los estudiantes a elegir unos lugares para expresar sus demandas por sobre otros, consideramos a continuación si las protestas tuvieron lugar en el espacio público físico (como ser en la calle, en avenidas o lugares físicos simbólicos, como sitios de memoria o monumentos) o no en función de algunas variables claves. Las tácticas de disrupción externa implican, por definición interrumpir el desarrollo del normal funcionamiento de las actividades cotidianas fuera de los muros de los centros educativos y es por ello que, como es de esperar, estos eventos estudiantiles acontecen en el espacio público (González Vaillant y Schwartz, 2019). En relación con las demandas, en la medida que el evento de protesta posee demandas que trascienden lo educativo, hay una propensión a movilizarse en la esfera pública física, en concordancia con la necesidad de obtener amplias adhesiones y afectar el blanco de la protesta directamente (Gapenne et al., 2022). Una hipótesis plausible también podría ser que es más probable que los estudiantes se movilicen fuera de las paredes de sus instituciones educativas al generar alianzas con otros actores. Sin embargo, en principio, no parecería haber una diferencia significativa entre los lugares de los eventos de protesta en función de si los estudiantes están acompañados o no por otros actores.


Tabla 4
Evento aconteció en espacio público, únicamente según táctica, demanda y actor

Aunque esta aproximación nos permita detectar ciertas dinámicas relativas a lo espacial, identificar algunas tendencias recurrentes y establecer algunas diferencias entre ciclos, poco nos dice sobre los lugares específicos que fueron el escenario privilegiado de las protestas estudiantiles a lo largo de estos años. A partir de una mirada pormenorizada de los espacios mencionados en los artículos sistematizados sobre la protesta estudiantil para todo el período es posible identificar algunas cartografías que se volvieron especialmente relevantes en cada ciclo. Es interesante constatar el bajo número de lugares para el ciclo del 58, vinculado al número reducido de eventos, con un fuerte protagonismo de ciertas facultades y de la principal avenida como escenario de protesta. El ciclo de 1968 muestra un crecimiento exponencial en la cantidad de lugares y aparece el rol central de la Universidad de la República, una preponderancia en la vida nacional que se vio incrementada como resultado de la Ley Orgánica aprobada en 1958 y que vuelve a ser el foco de los reclamos con la restauración democrática en el ciclo de 1983. El último ciclo no contó con una participación activa del actor universitario y da cuenta del gran protagonismo que tuvieron los liceos en el ciclo de protesta, con la participación de liceos tradicionalmente activos en la contienda política, que aparecen incluso en varios de los ciclos anteriores. Si miramos conjuntamente los cuatro ciclos, aparecen como especialmente importantes la Facultad de Derecho (con 21 menciones) y la Universidad de la República (con 17 referencias). Ambos lugares remiten en los hechos, a un mismo edificio, que alberga tanto la Facultad de Derecho como a las Oficinas Centrales. Si se suman estas dos referencias (que son, en efecto, a un mismo lugar) y si agregamos los eventos que tuvieron lugar en su explanada (un total de 12), estaríamos frente al lugar de protesta más recurrente a lo largo del ciclo en cuestión con 50 referencias. La principal avenida del país, 18 de julio, por la que acontecen la mayoría de las marchas a lo largo de todos los años, tiene 13 menciones. Esto da cuenta del valor emblemático, simbólico, y estratégico que tiene el recinto universitario en la vida estudiantil uruguaya y amerita una mirada en mayor detalle.

Usos y representaciones del espacio: el caso de la explanada de la Universidad

Como hemos señalado, el edificio central de la Universidad y su explanada aparecen de manera recurrente en todos los ciclos bajo estudio, caracterizándose por su ubicación estratégica y su permanencia a lo largo del tiempo. Por lo tanto, su análisis pormenorizado permite observar distintos aspectos relativos a los usos y representaciones del espacio por los estudiantes, así como reflexionar acerca de su historicidad muchas veces naturalizada. Al decir de Markarian (2024) en una reflexión titulada Montevideo, ciudad universitaria: «Creo que ninguna o ningún montevideano, nativo o adoptado, duda cuando se lo convoca a la explanada de la universidad un 20 de mayo, un 14 de agosto o cualquier día que marche por presupuesto». Además, los eventos de protesta que se despliegan en este espacio revelan dinámicas y disputas en las cuales coexisten el edificio, el espacio callejero y la explanada, que funciona entonces como interfaz entre «el adentro» y «el afuera», tal como vimos en el análisis más general de la protesta estudiantil.

Con significados cambiantes según las coyunturas, proponemos una distinción entre una función simbólica y conmemorativa, una función de espacio seguro y de orden (con reglas y normas que difieren del resto del espacio callejero) y una función práctica, al ser un espacio de gran visibilidad donde se pueden reunir grandes multitudes y organizar eventos oratorios. Vemos entonces aquí que la tipología de Tilly, si bien permite pensar nuestro objeto de estudio, no agota las relaciones de la protesta con la espacialidad. Presentaremos a continuación estas tres funciones principales, cuya importancia e interrelación estuvieron evolucionando durante el medio siglo de protesta estudiantil, pero también marcaron permanencias que abonarían la idea de un largo ciclo de protesta.

La explanada de la Universidad (Imagen 1) es el espacio ubicado frente al edificio principal de la Universidad de la República, única institución universitaria pública del país y detentora hasta 1984 del monopolio de la enseñanza superior. Desde la inauguración del edificio en 1911 –que se enmarca en un período de renovación edilicia de la Universidad y de modernización urbana de la capital– alberga la Facultad de Derecho y las oficinas centrales de la Universidad. El edificio, así como la explanada, ocupan el equivalente de una cuadra de largo, es decir unos cien metros. Su imponente fachada, de inspiración renacentista, da directamente sobre la explanada, ella misma lindante con la avenida 18 de Julio, uno de los principales ejes de la capital que atraviesa todo el centro, desde la plaza Independencia (abriendo sobre la Ciudad Vieja) hasta el Obelisco. Podemos también señalar que en los alrededores de la Facultad, en dicha avenida se encuentran otros edificios destacados vinculados a la vida cultural y educativa del país: la Biblioteca Nacional y el antiguo Liceo francés, donde está actualmente radicado el Instituto Escuela Nacional de Bellas Artes, también dependiente de la Udelar. Atrás de la Facultad se encuentra el Instituto Alfredo Vázquez Acevedo, principal liceo y preparatorio público de la ciudad, con un rol central en la vida estudiantil de Secundaria hasta el día de hoy. Esta zona cuenta también con numerosas librerías y varios teatros.


Imagen 1
Concentración del Frente Amplio antes de las elecciones nacionales de noviembre de 1971. Avenida 18 de Julio esquina Tristán Narvaja. 4-24 de noviembre de 1971. (Autor: s.d. Fotógrafos de El Popular).

El edificio universitario funcionó en varias ocasiones como espacio seguro y refugio para los estudiantes. Esta función es más visible en los dos primeros ciclos, que enmarcan un período caracterizado por una fuerte afirmación de la autonomía universitaria (consagrada en la Ley Orgánica de 1958) y una creciente conflictividad social y política. Los locales educativos se convirtieron incluso en lugares para defender, materialización de la pugna entre Universidad y gobierno.[6] El ejemplo que mejor ilustra este aspecto es quizás la protesta estudiantil desatada en abril de 1967 con motivo de la Conferencia de Presidentes organizada en Punta del Este. En esos días se multiplicaron las manifestaciones «relámpago» y «actos improvisados» en el centro de la capital. El 11, en palabras de Marcha, «un choque entre policía y manifestantes [...] obligó a estos últimos a buscar refugio en el local universitario», intercambiando «piedras» contra «balazos».[7] Diez días después, los estudiantes seguían resistiendo al fichaje solicitado por la policía y permanecían en el edificio, impidiendo su normal funcionamiento. Solamente después de largos debates internos y de arduas negociaciones con el ministerio del Interior se pudo resolver la situación, acordando una identificación de los estudiantes realizada por las propias autoridades universitarias. Conviene señalar que el valor y la legitimidad del edificio universitario está asociado al lugar de privilegio relativo de los estudiantes universitarios en Uruguay hasta mediados de los años sesenta. Un privilegio que el sociólogo Aldo Solari (1967, p. 860), al analizar este episodio, no dudó en reconocer:

Allí aparece muy clara la convicción de que constituye un grupo con privilegios propios, que jamás reclamaron los sindicatos obreros, por ejemplo, que no puede admitir el ser tratado como cualquier otro, sino al que se debe respetar en su posición social.

Sin embargo, a lo largo del 68 y en particular después del allanamiento a locales universitarios en agosto, los centros de estudio dejaron de aparecer como lugares seguros, impactando las estrategias de protesta de los estudiantes, foco del control y la represión. Durante la dictadura militar los edificios universitarios pasaron a ser un lugar estrechamente vigilado (Markarian, 2015), perdiendo su cualidad de refugio para los estudiantes hasta la transición a la democracia donde las disputas por su significado comenzaron a manifestarse nuevamente.

En lo que atañe a la explanada, espacio ubicado en la vía pública pero indisociable del edificio universitario, es llamativa la ausencia de intervención policial en los eventos reportados, especialmente durante los actos que ahí se desarrollaron. El uso de este espacio tampoco parece ser objeto de negociaciones con la Intendencia o la policía. Esto probablemente se debe a su función simbólica, que evocaremos a continuación, pero también al hecho de que la explanada integra jurídicamente el predio universitario, hasta la vereda que marca el límite con el espacio público, confiriéndole de este modo una función de espacio seguro, amparado por la Ley Orgánica a partir de 1958.[8]

Esto resulta aún más destacable si se compara con el espacio callejero, este sí objeto de tensas negociaciones y disputas con autoridades, y muchas veces escenario de la represión policial. Así, por ejemplo, se organizó el 1° de octubre de 1958 un acto en la explanada, seguido por una marcha por 18 de Julio hacia el centro. Según se afirma en Marcha, «tenían autorización policial para llegar sólo hasta la plaza Cagancha».[9] Al ir en contra de la orden y seguir su marcha más allá de los límites concedidos, los estudiantes enfrentaron una fuerte represión policial, evidenciando entonces su traslado desde un lugar seguro hacia un espacio con gran visibilidad pública y objeto de pugna con las fuerzas del orden. En 1968, a su vez, varios eventos dan cuenta de actos en la explanada (por ejemplo, el 3 de mayo y el 12 de junio), continuados luego por manifestaciones estudiantiles espontáneas en las calles adyacentes, dando lugar a desórdenes y represión policial.

La explanada es también un espacio simbólico, dimensión que se puede relacionar con su función de interfaz entre la Universidad y el espacio público, pero también a su historicidad. Constituye así un lugar privilegiado para expresar reivindicaciones en carteles y para la organización de actos, los cuales aparecen sobre todo para los primeros ciclos de protesta estudiados. Los actos simbolizan la voz legítima de la institución, enfatizando el consenso entre estudiantes y autoridades universitarias, y su expresión hacia el espacio público. En este sentido conviene señalar que los actos son asociados a reclamos que rebasan el ámbito exclusivamente gremial y apuntan por lo general a una crítica de la política nacional (por ejemplo, falta de presupuesto, reformas, represión). La organización de dichos eventos en la explanada responde a reglas propias y compartidas por el colectivo universitario. Son eventos que a menudo implican la presencia de autoridades universitarias o gremiales, así como una organización jerarquizada (clara presencia de oradores y oyentes).

En 1983, en su lucha contra la intervención universitaria, la explanada fue en varias ocasiones un espacio de concentración donde se cantaron «estribillos antigubernamentales» y el himno nacional (por ejemplo, el 2 de septiembre y el 27 de octubre), con presencia de un público no estudiantil, oyente o apoyando con «caceroleo». El edificio de la universidad y la explanada simbolizaron entonces no solo la lucha por el retorno de la autonomía y el cogobierno, sino también por la democracia. Vemos entonces que, si bien las prácticas y los reclamos evolucionan según las coyunturas, perdura la función simbólica del espacio. En dicho sentido, el edificio de la Universidad de la República y su explanada han adquirido una impronta propia que le ha dotado de centralidad y recursividad en la mayoría de las tradicionales manifestaciones estudiantiles, pero también en las manifestaciones de otros colectivos.

El mejor ejemplo es aquí probablemente la conmemoración de la muerte de Líber Arce, ocurrida el 14 de agosto 1968 por un disparo policial. Ese mismo año, se organizó una guardia del féretro en el hall de la Universidad, mientras se habían colgado cárteles en la fachada, y multitudes se reunieron en la explanada para rendir homenaje. Al día siguiente se empezó desde ahí una larga marcha multitudinaria hasta el cementerio del Buceo. El registro fotográfico fijó ciertas representaciones de este acontecimiento que, al convertirse en íconos, le otorgan una carga simbólica particular (Imagen 2). La memoria de la muerte de Líber Arce atravesó el pasado reciente uruguayo y es hasta el día de hoy objeto de una conmemoración anual. Esta tuvo, por ejemplo, un rol importante en la década de los noventa. En 1996 y 1997 hemos registrado un acto en la explanada con motivo del aniversario de la muerte de Líber Arce, seguido por una marcha en demanda de mayor presupuesto para la educación y en contra de la reforma de la enseñanza secundaria (Sempol, 2006). El semanario Búsqueda reportaba entonces:

En la explanada universitaria fue leída una proclama que recordó un nuevo aniversario de la muerte en 1968 a manos de un policía del estudiante Líber Arce .... Los manifestantes quemaron un muñeco que representaba al presidente Julio María Sanguinetti, marcharon bajo la consigna «ocupar! ocupar!, es la forma de luchar» y estribillos con insultos para el Consejo Directivo Central de la ANEP.[10]

Es llamativa aquí la diferenciación de la táctica y del espacio según la demanda, así como el hecho de que las conmemoraciones de esos dos años son los únicos actos en la explanada relevados para este ciclo de protesta. La centralidad de la explanada, constante en el medio siglo estudiado, se explica de maneras diferentes según los momentos: voz oficial de la Universidad en los cincuenta y sesenta, reconquista del espacio y la palabra en los ochenta, reactivación de la memoria colectiva en los noventa.


Imagen 2
Sepelio de Líber Arce en la explanada. Ramón Peré. Sepelio de Líber Arce. Explanada de la Universidad de la República. 15 de agosto de 1968. Autor: s.d. (fotógrafos de El Popular, Centro de Fotografía de Montevideo)

Conclusión

En el presente trabajo nos hemos propuesto un doble objetivo. En primer lugar, explorar el potencial analítico de la mirada sobre los movimientos estudiantiles en su dimensión espacial, retomando las cuatro dimensiones sugeridas por Tilly para analizar el caso uruguayo de la segunda mitad del siglo XX. Hemos mostrado cómo el espacio es foco de conflicto y disputa, pero también una fuente de sentido y significación cambiantes para los estudiantes —y el resto de la población, por lo menos capitalina— a lo largo del tiempo. En segundo lugar, nos propusimos identificar los lugares, recorridos y espacialidades característicos de cada uno de los ciclos bajo estudio, identificando continuidades y rupturas en los significados que se le atribuyen a ciertos lugares (como ser la explanada de la Universidad de la República).

A través de los datos y los ejemplos presentados, el trabajo da cuenta del impacto de la espacialidad en la forma de la protesta. En el caso uruguayo, es clave tener en cuenta la centralidad capitalina y la dispersión de los centros de estudio (entre los cuales los más antiguos y prestigiosos fueron construidos a principio del siglo XX con el objetivo de visibilizar la modernidad del país). Diferencias en la naturaleza de la protesta de estudiantes de secundaria y de educación terciaria pueden ser atribuidas a distintos arraigos territoriales, con los eventos universitarios mucho más anclados y rutinarios en su despliegue territorial, y los eventos de estudiantes de secundaria con el uso privilegiado de tácticas como la ocupación. Los eventos en la explanada de la Udelar gozan, en general y fuera del período autoritario, de cierta institucionalización que los dota del respaldo de las autoridades universitarias. El alto número de ocupaciones, por otro lado, da cuenta de la importancia de los centros educativos en la protesta y su despliegue en el espacio. Aunque estos eventos acontecen al interior de los locales educativos, siempre implican una búsqueda de contacto con el afuera, ya sea a través de la combinación con otras tácticas que se desarrollen extramuros o sea a través de carteles, volantes o peajes que permiten visibilizar sus reclamos.

El espacio no es un territorio estático, sino que es foco de varias interacciones, acciones, apropiaciones y prácticas, de una pluralidad de actores que coexisten —aunque no necesariamente en copresencia,— en él. Estudiantes universitarios, estudiantes de secundaria, autoridades educativas, fuerzas de seguridad, militantes, otros movimientos sociales, del pasado y presente. Si bien hemos constatado que el espacio tiene un fuerte componente emocional, muy vinculado a huellas mnémicas, es posible constatar cierto uso racional del espacio por parte de los estudiantes, en el sentido que la elección del lugar de la protesta se realiza en función de las demandas, cometidos y blancos que la subyacen. El uso simbólico e histórico de ciertos lugares, que los dota con un manto de legitimidad, historicidad y recursividad, los vuelve lugares recurrentes y naturalizados, que, en su uso, a su vez, van adquiriendo nuevos sentidos que trascienden la protesta estudiantil en un tiempo y espacio determinado.

Más allá de las continuidades en el uso del espacio, visible a través de la base de eventos de protesta, esto no debe obstruir los procesos de resignificación, la emergencia de nuevas prácticas y discursividades. Así, por ejemplo, el uso simbólico de la explanada de la Universidad se vincula por momentos a una voz legítima y, por otros, se vuelve un recurso naturalizado y rutinizado muy asociado a su lugar como memorial. Un mismo espacio puede, según el contexto, pasar de ser un lugar seguro, a convertirse en un espacio a defender. Por otro lado, en el caso de Uruguay, por su escala pequeña, la relativa cercanía y la alta concentración de la población, hay espacios, como el edificio de la Universidad y su explanada, que también tienen una dimensión práctica que confiere a determinados lugares de una visibilidad privilegiada por parte de los movimientos sociales, educativos y no educativos. Coexiste entonces una racionalidad estratégica en relación al uso del espacio con cierta predictibilidad y rutinización de la protesta en relación a su dimensión territorial.

Esto permite reflexionar sobre las categorías de centro y periferia, una categorización cambiante y que cubre realidades distintas según la escala que observamos. Si 18 de Julio y Universidad aparecen desde Marcha o Búsqueda como el centro, para un militante liceal sería su centro de estudio. La definición de «centro» y «periferia» también se vincula con el relato sesgado de los medios, que visibiliza más ciertos espacios por sobre otros. Un abordaje a través de otras fuentes permitirá, a su vez, complementar esta foto cartográfica con miradas más profundas en los procesos de toma de decisión y las tensiones emergentes al habitar el espacio urbano (ver, por ejemplo, Rivero y Benítez, 2023). Sería interesante poder complementar este análisis con una mirada de otros espacios que muy a menudo quedan invisibilizados en los reportes de prensa como los que hemos utilizado aquí, a la vez que profundizar en la pluralidad de las experiencias estudiantiles a lo largo del tiempo y el espacio.

Al mirar estos cuatro ciclos de protesta en su conjunto, más que ciclos aislados pareceríamos estar en muchos sentidos frente a un movimiento estudiantil con continuidades marcadas, iniciado a mediados de siglo con La Ley Orgánica en Uruguay. A pesar del largo paréntesis dictatorial, los cuatro ciclos estudiados muestran continuidades y se conectan en los discursos y la memoria (los estudiantes de 1983 en relación a los estudiantes de 1958, los estudiantes de 1996 en relación a los de 1968). Sin embargo, las formas de la protesta cambiaron profundamente de un ciclo al otro, en relación con la transformación de lo que es ser estudiante, de la legitimidad de la voz estudiantil, de la definición de lo que es disruptivo, de las alternativas políticas de izquierda y de sus proyectos de cambio. Para cada ciclo, entonces, el mapa, a pesar de conservar contornos y lugares emblemáticos a lo largo del tiempo, se transforma y va adquiriendo características propias.

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Notas

Declaración de autoría Gabriela González Vaillant y Camille Gapenne contribuyeron conjuntamente a la escritura del presente artículo.
1. Este artículo se enmarca en una investigación desarrollada por un equipo interdisciplinario conformado por Valentina García, Camille Gapenne, Noelia Torres y Paolo Venosa, y coordinado por Gabriela González Vaillant y Vania Markarian, que fue seleccionado para su financiación en la convocatoria a Proyectos IM–Udelar «Ing. Oscar Maggiolo» (2023).

Agradecemos los comentarios a una versión inicial de este trabajo, así como las numerosas discusiones e intercambios que nutrieron su desarrollo. Los borradores fueron presentados en el seminario permanente sobre movimientos sociales de la Facultad de Ciencias Sociales (Udelar), en la Universidad Nacional de San Martín (UNSAM) y en las Jornadas de Estudios sobre Movimiento Estudiantil realizadas en Argentina en 2023. La retroalimentación recibida en estos espacios, sin duda, nos ayudó a fortalecer los argumentos del texto.

2. Somma, N. «Base de eventos de protesta». Proyecto Fondo Nacional de Desarrollo Científico y Tecnológico (Fondecyt) de la Agencia Nacional de Investigación y Desarrollo, Ministerio de Ciencia, Tecnología, Conocimiento e Innovación, Chile, 2012. Desarrollado a partir de fichas del Observatorio Social de América Latina (OSAL).
3. Aclaración: aquí solo se reportan los eventos que indicaron algún lugar de protesta. Un evento puede tener más de un lugar. Se recoge información de hasta tres lugares en la base de eventos de protesta.
4. En este caso cada ocupación de centro es contabilizada como un evento, a no ser que hayan sido coordinadas o desarrolladas en un marco común de actividades.
5. De los 173 eventos en el total del período que tuvieron lugar dentro de centros educativos, 56 de ellos tuvieron entre sus demandas alguna no particularista o de corte gremial.
6. En el contexto del final de la dictadura y de la lucha para levantar la intervención de la Universidad, el espacio se convierte más en objeto del reclamo que en espacio seguro, con una nueva generación de estudiantes, nuevas inquietudes y canales de expresión.
7. Quijano, J. M. (1967). «Universidad», Marcha, 14 de abril, p.20. El artículo menciona un evento similar, unos años antes, en ocasión de la ruptura de las relaciones entre Uruguay y Cuba.
8. La posibilidad de organizar eventos en la explanada se encontraba limitada cuando estaban implementadas las Medidas Prontas de Seguridad, frecuentemente a fines de los sesenta. Se requería entonces una autorización de las autoridades y ciertos asuntos no podían ser evocados.
9. «La bárbara represión». Marcha, Montevideo, 3 de octubre de 1958.
10. «Agitación estudiantil en Secundaria inquieta a las autoridades». Búsqueda, Montevideo, 15 de agosto de 1996.

Notas de autor

* Camille Gapenne es Licenciada y Magíster en Historia por la Université Paris 1 Panthéon-Sorbonne y Doctora en Historia por la Université Lyon 2 Lumière y la Universidad de la República. Se desempeña como docente en el Liceo Francés de Montevideo e investigadora en el Centro de Estudios Interdisciplinarios Uruguayos de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación (Udelar), e integra el Sistema Nacional de Investigación. Es autora del libro La fabrique del Mayo francés. 1968–1974: la construcción de un evento internacional en Uruguay, resultado de su tesis doctoral.
* Gabriela González Vaillant es Doctora en Sociología por la Universidad Estatal de Nueva York (SUNY, Stony Brook). Obtuvo su Maestría en Sociología y un Diploma en Estudios de Género en la misma institución. Es profesora de Inglés y Licenciada en Sociología por la Universidad de la República (Udelar). Ha desarrollado investigaciones en el campo de la sociología política e histórica, los movimientos sociales, la protesta y la participación cívica, así como en la sociología de la educación. Es docente universitaria e investigadora en la Facultad de Ciencias Sociales (Udelar) e integrante del Sistema Nacional de Investigación en Uruguay.


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