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Dimensión conversacional de las cartas de Jorge Guillén a su hija, Teresa[1]
Conversational dimension of Jorge Guillén's letters to his daughter, Teresa
Dimensión conversationnelle des lettres de Jorge Guillen a sa filie, Teresa
Boletín de la Academia Peruana de la Lengua, vol. 76, núm. 76, pp. 73-107, 2024
Academia Peruana de la Lengua

Artículos

Boletín de la Academia Peruana de la Lengua
Academia Peruana de la Lengua, Perú
ISSN: 0567-6002
ISSN-e: 2708-2644
Periodicidad: Semestral
vol. 76, núm. 76, 2024

Recepción: 08 febrero 2024

Aprobación: 14 septiembre 2024

Publicación: 28 diciembre 2024


Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución 4.0 Internacional.

Resumen: El poeta Jorge Guillén y su hija, Teresa, mantuvieron durante décadas una correspondencia caracterizada por un singular pacto epistolar en el que la dimensión conversacional se erige como una de sus característi­cas principales. Esta dimensión, donde lo dialogal y lo dialógico se imbrican constantemente, marca el dinamismo, el tono, el ritmo y el fondo de las cartas, que se convierten en auténticas conversaciones de manifestaciones muy diversas. En este epistolario de estructura monofónica se estudian tales manifestaciones, que revelan la presencia constante de Teresa, de su voz, la cual, como en eco y como un reflejo luminoso, llega irradiando y estructurando la escritura epistolar del padre. A través de las palabras de Guillén en el diálogo epistolar y en un doble juego especular, se va perfilando la identidad narrativa, el ethos de la hija. Lejos de convertirse en una imagen idealizada, es asumida y convertida en un proyecto vital, real y actual para Teresa.

Palabras clave: Jorge Guillén, Teresa Guillén, epistolario, identidad narrativa, diálogo epistolar.

Abstract: The poet Jorge Guillén and his daughter, Teresa, for decades maintained correspondence with each other which was characterized by a unique epistolary pact where the conversational dimension was one of its main characteristics. This dimension, where the dialogical and the dialogic are constantly intertwined, marks the dynamism, the tone, the rhythm and the content of the letters, which become authentic conversations of very diverse manifestations. In this epistolary of monophonic structure we study those manifestations, which reveal the constant presence of Teresa, of her voice, which, as in echo and as a luminous reflection, comes radiating and structuring her father's epistolary writing. By means of Guillén's words in the epistolary dialogue and in a double specular game, the narrative identity, the daughter's ethos, takes shape. Far from becoming an idealized image, it is assumed and converted into a vital, real and current project for Teresa.

Keywords: Jorge Guillén, Teresa Guillén, epistolary, epistolary iden- tity, epistolary dialogue.

Résumé: Le poete Jorge Guillén et sa filie, Teresa, ont entretenu pendant des décennies une correspondance caractérisée par un pacte épistolaire singulier dont la dimension conversationnelle est un des principaux traits. Cette dimensión, ou dialogal et dialogique sont constamment imbriqués, marque le dynamisme, le ton, le rythme et le fond des lettres, qui deviennent d'authentiques conversations aux manifestations tres diverses. Dans cet épistolaire a la structure monophonique, nous étudions ces manifestations, qui dévoilent la présence constante de Teresa, de sa voix, qui, comme un écho et un reflet lumineux, surgit en irradiant et en structurant l'écriture épistolaire du pere. A travers les mots de Guillén, dans le dialogue épistolaire et dans un double jeu spéculaire, nous voyons s'esquisser l'identité narrative, l'ethos de sa fille. Loin de devenir une image idéalisée, elle est assumée et transformée en un projet vital, réel et actuel pour Teresa.

Mots clés: Jorge Guillén, Teresa Guillén, épistolaire, identité narrative, dialogue épistolaire.

1. Introducción

Durante muchas décadas, el poeta Jorge Guillén (1893-1984) mantuvo una correspondencia muy especial con su hija, Teresa, fruto de su matri­monio con su primera esposa, Germaine Cahen, de origen francés. Esta correspondencia inédita, que se inicia en 1948 tras haber enviudado, y no se interrumpe hasta la muerte del poeta en 1984, consta de más de un millar de cartas, que se pueden agrupar en tres grandes bloques, correspondientes a los lugares principales en los que vivió Guillén: 1948-1957, Estados Unidos —donde se exilió—; 1958-1976, Italia, y 1977-1984, España. Asimismo, se caracteriza por un singular pacto epistolar que suscriben tanto padre como hija y que contribuye a enten­der la particular relación que los unía, al tiempo que manifiesta la iden­tidad narrativa de los dos corresponsales[2].

Si bien es cierto que esta correspondencia es de estructura monofó- nica y solo parece oírse la voz de Jorge Guillén en ella, un análisis dete­nido de las cartas nos hace descubrir la presencia constante de otra voz en todo momento: la voz de Teresa. Esta otra voz llega en eco, como un reflejo que irradia y estructura la escritura epistolar de Jorge Guillén, y va adquiriendo un ritmo, un tono y un dinamismo propios que provo­can que se convierta en un manantial y una fuente de dicha escritura. Es la voz de la ausencia con la que entra en diálogo y con la que entabla conversación, de tal manera que esta correspondencia se convierte en un auténtico diálogo epistolar.

En este articulo explicamos cómo la presencia de Teresa es la cons­tante que determina, en lo esencial, el pacto epistolar propio de estas cartas, cuya dimensión conversacional se erige en una de sus caracterís­ticas fundamentales. Precisamente, esta dimensión permite ver y rastrear las huellas de la personalidad de Teresa, y se convierte así no solo en un elemento configurador de la escritura epistolar de Jorge Guillén, sino también en un elemento revelador del ethos personal de Teresa, que reivindica su espacio propio.

Por tanto, para desvelar el ethos de Teresa que se va perfilando a lo largo de toda la correspondencia, definimos los elementos propios de este pacto concreto que suscriben padre e hija y que contribuyen a crear su diálogo. Solo así se comprenderán los mecanismos por los que progresivamente se revelan la personalidad de Teresa y la importancia de su figura.

2. El pacto epistolar entre Jorge y Teresa: las cartas, un diá­logo ininterrumpido

Una gran parte de los estudiosos de lo epistolar coinciden en que las correspondencias se caracterizan por la presencia de un pacto que se establece entre autor y destinatario[3]. Cada epistolario se reviste de carac­terísticas propias, aunque suelen coincidir en muchos aspectos. Dicho pacto es un «contrato de identidad que es sellado por el nombre propio» (Lejeune, 1994, p. 72), y, en el campo de lo epistolar, se trata de un pacto en movimiento, ya que la carta va siempre dirigida. La existencia del pacto constituye, según Lejeune, una «promesa mínima de unidad» (2005, p. 75)[4]. En cuanto contrato, implica que hay dos personas que lo suscriben, lo cual pone de manifiesto la relevancia de sus protagonis­tas: el autor y el destinatario —o, en otras palabras, los dos correspon­sales—, en este caso, Guillén y Teresa, cuyos nombres se convierten en garantes de una identidad. Ahora bien, esa identidad no queda sola­mente delimitada al nombre, sino que se va a ir configurando a partir de rastros y huellas perceptibles en cada una de las partes de las cartas y en todos los niveles discursivos. Esta configuración reenvía «a un continuum implícito» (Lejeune, 2005, p. 83) que subyace bajo la fragmentariedad propia de la escritura epistolar y que pretende «integrar en la unidad de una línea de vida todo el desorden de una existencia originariamente confusa y distendida» (Carron, 2002, p. 137), lo cual refleja cada carta de manera individual. El contrato, por tanto, apunta a una identidad que emerge a partir del desorden propio de las cartas, de la palabra escrita por el yo-autor, el «hombre-relato» (Lejeune, 2005, p. 38) que cuenta y expone vivencias y sentimientos. Es, en consecuencia, una «identidad narrativa» (Ricoeur, 2006) y permite mostrar «de manera concordante los acontecimientos heterogéneos de la existencia» (Compagnon, 2008, pp. 61-62), por la cual se va trazando el ethos singular de los corresponsales. Esto implica que, desde los numerosos aspectos formales —incluidos aquellos elementos que enfatizan el papel comunicativo de la carta— hasta los propios contenidos y trasuntos de cada carta —que nos introducen en su realidad ontoló- gica—, todo ello posibilita ir vislumbrando las características propias de este pacto entre Jorge Guillén y Teresa, entre las cuales sobresalen las que permiten concebir esta correspondencia como una continua conversación en ausencia.

En efecto, la lectura de estas cartas inéditas de Jorge Guillén posibi­lita descubrir un rasgo revelador de su personalidad, de su propia iden­tidad narrativa; resulta una manifestación fundamental de su esencia: aquello que le da vida y por lo que vive es ser padre y poeta, en perfecta unión y armonía. Él mismo hace una explícita declaración en este sentido en una carta escrita el 15 de marzo de 1982, ya en el período final de su vida. Como si quisiera hacer un balance de lo realmente importante para él, transcribe un verso de su poema «Segunda carta urgente», perteneciente a Final (2008a, p. 1256), en simbiosis perfecta de vida y obra, y sentencia de forma rotunda: «Hijos, Teresa, Claudie[5], me son siempre esenciales. ¿Y por qué me emociono? Porque es verdad y no solo verso». Precisamente, la relación paternofilial es lo vital para él, hasta el punto de que, sin sus hijos —sin Teresa, en concreto—, la vida desaparece y su esencia se diluye en la nada. Su consciencia de ser padre y poeta le capacita para «gozar con plenitud de esos instantes que elevan a la eternidad desde el presente vivido» (Pedraza Rodríguez, 2008, p. 173); de ahí que el contacto con su hija sea una absoluta nece­sidad, que la correspondencia con Teresa sea totalmente irremplazable para mantenerse viviendo y seguir siendo él. No hay dudas al respecto: «Vivir le maravilla. Y vivir, en los parámetros de su metafísica poética, es estar en diálogo permanente con la realidad» (Fernández González, 1994, p. 42), una realidad en la que su hija es la figura destacada, por lo que vivir es estar en diálogo con ella.

Comprendemos, entonces, que Jorge Guillén quiera sentir la presencia de Teresa en todo momento y que, ante su ausencia por la distancia geográfica que los separa, la carta se convierta en el único modo de conseguirlo[6]. Por eso, entre ambos se fija desde el inicio un pacto singular, revestido de sus propias características. La correspon­dencia es, ante todo y sobre todo, un espacio donde padre e hija pueden hablar, conversar. Y, si bien la asimilación de la correspondencia a una conversación o a un diálogo procede de los tiempos antiguos y se ha convertido en un auténtico lugar común del género epistolar, en cada correspondencia ese diálogo adquiere matizaciones y tintes propios. En este sentido, las cartas entre Guillén y Teresa no constituyen una excep­ción; sin embargo, resultan significativas la persistencia y la insistencia con que Guillén remacha esta cualidad de ellas. De hecho, son muy numerosas las alusiones a todo ello. El 19 de agosto de 1949, haciendo referencia a su actividad epistolar y lo que significa, escribe a Teresa: «Y ahora voy a charlar un rato con mi hija». Esta metáfora que asimila e identifica la conversación con la escritura epistolar no desaparecerá nunca en la correspondencia.

Evidentemente, para que la correspondencia se transforme en esa metáfora de la conversación, padre e hija establecen unas cláusulas o condiciones que perduran a lo largo del decurso temporal del epistola­rio. En efecto, ni Guillén ni Teresa contemplan en ningún momento que la actividad epistolar entre ellos quede suspendida por largos o cortos silencios. Si así fuera, no podrían continuar con sus «charlas». Por eso, en la carta que escribe a todos los Gilman (Teresa adopta el apellido de su marido, Stephen Gilman), Guillén deja bien claro desde el inicio la importancia de escribirse con una regularidad constante y sin pausa, en especial con su hija, Teresa: «No me gusta que Teresa no encuentre con la frecuencia debida la voz que espera de Wellesley» (carta del 5 de noviembre de 1949), lugar en el que vivía Jorge por entonces[7]. No especifica el intervalo temporal necesario, pero es lo de menos. Dado que el afecto y el cariño urgen e impelen a la escritura por encima de rigideces y normas demasiado fijas y estáticas, le recuerda a su hija que también ella debe corresponder con la misma urgencia con que él escribe. El reproche queda suavizado por la ternura de sus palabras: «Haz el favor, rica, de escribirme, aunque sea brevemente, pero con frecuencia. ¡Si la carta deseada no llena más de media hoja!» (carta del 29 de abril de 1950). No se trata de extenderse en líneas, sino de unas pocas palabras que ayuden a sentir la presencia del otro. La correspon­dencia entre ambos adquiere de esta forma una estructura circular por la cual la dimensión dialogística alcanza un primer plano.

Ahora bien, las cláusulas del pacto entre los dos no se limitan a la cuestión temporal, sino que actúan también sobre los propios conteni­dos de los textos epistolares. Jorge Guillén se muestra muy rotundo al respecto. «¡Cuéntamelo todo!», le escribe a Teresa el 29 de abril de 1950. Y se manifestará en diferentes cartas con expresiones casi idénticas e igualmente categóricas. La fuerza del imperativo manifiesta la relevancia de esta cláusula epistolar, que es importante que ambas partes cumplan. De hecho, ante el reproche de la hija, Guillén reacciona subrayando lo que siempre realiza al momento de escribirle: «¡Te lo cuento todo!» (carta del 24 de octubre de 1959). Y el objeto de ese «todo» sin definir será la vida misma de ambos: un sinfín de temas y motivos que constituyen el entramado de sus existencias. Así pues, para padre e hija, el hecho de contarse todo con tanta frecuencia de la que son capaces constituye la piedra angular sobre la cual se va a construir el gran edificio epistolar de su correspondencia.

3. Diálogos epistolares entre Jorge y Teresa: la creación de una identidad narrativa

A lo largo de esta larga conversación que Jorge Guillén mantiene con Teresa, el ethos de esta se va dibujando y construyendo de dos formas que se imbrican e interrelacionan, teniendo en cuenta que se trata de una correspondencia unidireccional de padre a hija, ya que no dispone­mos de las cartas de Teresa (lo cual no significa que no existan)[8]. La primera y más evidente se observa a través de la escritura del padre, desde su perspectiva personal; es decir, todo lo que él deja entrever de manera más o menos explícita sobre su hija, sobre quién es para él. La segunda forma, que es menos evidente pero igualmente real, procede de la propia voz de Teresa, una voz que se proyecta en la escritura del padre y permite retroalimentarla; una voz que llega a través de las propias palabras de Teresa en sus cartas, de las que se hace eco el padre y que sirven para relanzar la escritura y continuar el diálogo.

Gracias a las aportaciones de la lingüística y del análisis del discurso, en especial al desarrollo de las nociones de dialogismo y polifonía —que, desde Bajtín hasta nuestros días, siguen siendo una fuente de inspiración para el análisis de las correspondencias—, podemos llegar a desentrañar y comprender con mayor profundidad los mecanismos y el alcance de los diálogos epistolares. Sin embargo, conviene tener en cuenta algunas precisiones terminológicas: en primer lugar, no hemos establecido diferencias entre diálogo y conversación, sino que hemos utilizado ambos términos como sinónimos en cuanto metá­foras del proceso comunicativo que se desencadena con el intercam­bio epistolar y que busca la continuidad en el tiempo; en segundo lugar, como bien explica Jacques Bres (2005), no es lo mismo hablar del aspecto dialogal del discurso que del aspecto dialógico, el cual se relaciona con el dialogismo.

Brevemente, y siguiendo las observaciones de Bres, lo dialogal hace referencia a «lo que está relacionado con el diálogo en tanto alternancia de turnos de palabra, pongamos diálogo externo para hablar como Bajtín; dialogal se opone a monologal» (2005, p. 49). Dicho de otro modo, lo dialogal se relaciona con la estructura o forma externa, que trata de imitar el intercambio de palabras entre emisor y receptor recreando una situación de comunicación. En cambio, el dialogismo «consiste en referir directamente, tal como se supone que salen de la boca, discursos que se atribuyen a personajes, o que se atribuyen a uno mismo en tal o cual circunstancia» (2005, p. 49). Es decir, este aspecto se centra en todo lo que implica la reproducción de diálogos —o partes de diálogos— en la escritura. Por tanto, lo dialógico haría referencia a «la problemática de la orientación del enunciado hacia otros enuncia­dos, lo que se podría llamar de forma rápida el diálogo interno: lo dialó­gico se opone a monológico» (2005, p. 49). En consecuencia, las cartas se encontrarían en una posición intermedia, ya que se sustentan de lo dialogal y lo dialógico, con unas características singulares, debido a la situación de enunciación (esto es, en ausencia).

Anna Jaubert (2005) estudia en profundidad, desde una perspec­tiva lingüística, la interrelación en un texto epistolar entre lo dialogal y lo dialógico. Para ella, no hay duda de que en toda carta se produce una combinación «entre los géneros de discurso dialogales, interactivos direc­tos, y el diálogo interno, también llamado dialogismo o intertextualidad de un discurso interactivo en espera» (2005, pp. 228-229). En la carta se trata de imitar un diálogo —en diferido, ciertamente— cuando se plan­tean preguntas de las que se espera respuesta, y también se refieren pala­bras del otro (o de los otros). Por esta razón, la definición de carta en cuanto metáfora de la conversación o el diálogo con el ausente pone al descubierto unas perspectivas investigadoras muy sugerentes.

Pero, además, profundizando en las propias características de estas cartas, lo dialogal y lo dialógico interactúan entre sí y actúan sobre el destinatario, lo que produce una serie de efectos sobre él. Entramos, entonces, en lo que María del Pilar Saiz-Cerreda denomina «formas de la conversación por carta» (2007, pp. 111-115), que pueden ser de distintos tipos y variedades, según resalte más lo dialogal o lo dialógico. Así lo vemos, en efecto, ante la formulación de preguntas directas que necesitan ser respondidas por el otro en la carta de vuelta: lo dialogal se pondría en primer término en este caso. Otras veces, lo dialogal y lo dialógico están más imbricados y resulta difícil determinar qué aspecto prevalece; en otras ocasiones, lo dialógico resaltará.

Centrándose en estos últimos casos, Janet Gurkin Altman (1982) plantea tres tipos de diálogos posibles: los concise analyses (p. 113), los interior dialogues (p. 139) y los fantasy dialogues (p. 139). Los primeros, concise analyses, se presentan cuando en la carta se intentan reproducir, de la manera más literal posible, diálogos que han sido escuchados por alguno de los corresponsales, ya que han intervenido en ellos o han sido testigos de ellos. En los segundos, interior dialogues, la voz del destina­tario ausente se deja sentir de una forma más clara porque el autor de la carta retoma, parafraseando o no, palabras, frases o párrafos de cartas recibidas para comentarlas, responderlas. Por último, con los fantasy dialogues, Altman se refiere a aquellos diálogos en las cartas que son imaginarios o que van dirigidos a un destinatario imaginario, lo cual no es inusual en los epistolarios.

En la correspondencia entre Jorge Guillén y Teresa podemos encon­trar ejemplos de todos estos tipos de diálogos epistolares. Bien es cierto que ambos prefieren los diálogos presenciales a los escritos y saben que la carta actúa como sustituta, tal como reflejan los constantes deseos de reencontrarse para poder hablar sin mediación de la escritura. Pero, a falta de presencialidad, quieren recrear y construir las condiciones imprescindibles y apropiadas para que se mantenga la conversación.

3.1. Voz y ethos de Teresa: dimensión dialogal de la correspondencia

En primer lugar, el aspecto dialogal, a través de preguntas directas que formula Jorge Guillén, se observa constantemente en estas cartas. No solo se asegura de mantener el contacto, sino que incita a una respuesta inmediata por parte de Teresa. Es, además, un poderoso recurso por el que se preserva la regularidad y la frecuencia de la escritura. Estas preguntas versan sobre asuntos muy diversos, entre los que destacan aspectos de la vida familiar, la salud, los viajes, las amistades, el mundo literario. En ocasiones, Jorge Guillén solo pide información sobre asun­tos familiares, como en la carta que escribe a Teresa el 19 de abril de 1950, con ocasión del viaje que ha emprendido ella a la tierra natal de su padre, Valladolid, donde reside gran parte de su familia: «¿Cómo está el abuelito? ¿Cómo están Esperanza y los demás?». Otras veces, esos asuntos familiares tienen que ver con los viajes que realizan Teresa; su marido, Steve Gilman, y los hijos de ambos. El padre no puede conte­ner sus ansias por recibir noticias y que le cuenten detalles. Las pregun­tas se acumulan en una sucesión que traduce bien los deseos de obtener una respuesta rápida en una carta inminente: «¿Os habéis detenido algún tiempo en Madrid? ¿A quién habéis visto? [...] ¿Y cómo se porta Isabelita? [...] ¿Has visto a José Antonio? [...] ¿Habéis leído el Correo literario de Madrid del 15 de junio? [.] ¿Y Dámaso?» (carta del 30 de junio de 1950). Aunque la carta va dirigida a Teresa, la hace extensiva al resto de la familia. Ante las cosas fundamentales de la vida, urge respon­der. Tampoco hay dilación posible cuando se trata de cuestiones de salud: «¿Se te pasó el lumbago?», le escribe a su hija el 10 de abril de 1962. Y, dado que no puede mantener en vilo a su padre debido a esta preocupación, la respuesta debe ser inmediata.

Muchas veces, mediante esas preguntas directas pide consejo a su hija sobre asuntos de la vida cotidiana. Habiéndose quedado viudo pocos años atrás, Teresa ocupa un papel protagonista y fundamental en su vida. Sin ella, está perdido: «¿Qué hago, Teresa? ¿Me voy a Europa sin el baúl?» (carta del 10 de junio de 1951). La confianza depositada en Teresa es total y absoluta; para Jorge, es quien mejor encarna el espíritu de su difunta esposa, Germaine. Evidentemente nunca la podrá susti­tuir, pero sí podrá ocupar en parte el vacío que provocó su muerte. Ante la inminente boda de su hijo, Claudie, le dirige unas palabras a Teresa, que no dejan lugar a dudas sobre lo que ella representa para él: «Y me digo: en cuanto a regalos y ayuda, ¿qué debo hacer? Aconséjame; no soy bastante imaginativo en esta ocasión. ¿Qué haría mamá? [.] ¡once años ya! ¿Y cómo quieres que no me sienta melancólico?» (carta del 27 de octubre de 1958). No solo muestran la unidad existente entre padre, madre e hija, sino también que la ausencia de la madre ha intensificado mucho más los lazos paternofiliales. El aniversario de la muerte de Germaine, acaecida en octubre de 1947, no ha hecho más que revivir el dolor provocado por la separación, la soledad y la ausencia. Si a ello se une la distancia geográfica con su hija, que amplifica estos sentimientos, solo hay un remedio posible para paliar este dolor: el diálogo por carta.

En otro orden de cosas, también es habitual que las preguntas de Jorge tengan como objeto las amistades del mundo literario e intelec­tual, y se puede inferir el gran protagonismo de Teresa en ello. Es ella quien le puede aportar información: «¿Dónde está ahora Don Américo [Castro]?», le pregunta su padre el 26 de marzo de 1961. No es momento de silencio. Muchos amigos y conocidos se nombran en las cartas. Cuando se trata de velar por ellos, de asegurarse de la realidad de sus situaciones personales, más allá de lo académico y profesional, es Teresa la interpelada, la única que puede suministrarle ese otro tipo de infor­mación. Tras una serie de preguntas a cada uno de los Gilman sobre distintos asuntos, vuelve a Teresa: «Unas preguntas y que me responda Teresa: ¿cómo se encuentra Steiner? ¿Le has visto?» (carta del 27 de octubre de 1964).

Incluso va más lejos con las preguntas directas. Aunque todo lo anterior sea importante, pasa a un segundo plano cuando surge la verda­dera cuestión vital, fundamento de todo lo demás: «¿Me quieres?», interpela a su hija en la despedida de una carta el 5 de agosto de 1951. Obtener la respuesta —más aún, la respuesta deseada, afirmativa— a través de la carta se convierte en una acción performativa, tal como demuestran las palabras eufóricas y emocionadas de Guillén en la siguiente carta, del 10 de agosto del mismo año: «Recibí la carta de mi hija. ¡Mi hija, la mejor del mundo!». La carta de respuesta es en sí misma la prueba de su cariño; se convierte en el símbolo mismo de Teresa y de los vínculos tan fuertes que la unen a su padre. Así pues, la presencia de este tipo de preguntas en las cartas demuestra, como explica Catherine Kerbrat-Orecchioni (1998), que, aunque «la carta sea un texto mono- logal [...], este texto está concebido normalmente para insertarse en una serie, es decir, en un auténtico intercambio dialogal» (p. 30).

3.2. Voz y ethos de Teresa: dimensión dialógica de la correspondencia

La dimensión dialogística se enriquece y refuerza en la medida en que, además de lo dialogal, lo dialógico se hace presente. Este aspecto se observa, en primer lugar, cuando Guillén incluye en el propio discurso epistolar algunos diálogos escuchados o en los que ha sido uno de los interlocutores; es decir, los concise analyses. Si bien no tienen una repre­sentación importante en esta correspondencia, algunos destacan porque Teresa es el objeto de estos. Sirva como muestra una carta del 9 de febrero de 1967, en la que Guillén, estando en Florencia, reproduce la conversación que ha mantenido con Julián Calvo y su esposa, Eliana. Para que su hija, su yerno y sus nietos no pierdan detalle, recrea las condiciones y el contexto comunicativo:

Eliana, su mujer, seria, culta (profesora de inglés), muy tranquila, habla en voz muy baja. Es ella quien lo decide todo. Parece una pareja muy feliz. Claro que hablamos mucho de vosotros. «Teresa es estupenda», decía Julián. «De acuerdo», decía yo. Y no nos olvidábamos de los otros Gilman.

En su concisión, nada más dos frases muy breves, este diálogo consigue unos efectos muy reveladores. En primer lugar, de forma indi­recta, lleva a cabo un elogio a su corresponsal, a Teresa. El elogio es el exponente máximo de la captatio benevolentiae, un apartado que debe figurar siempre en toda carta, y mucho más en aquella que aspira a convertirse en eslabón de una cadena de diálogo. Es la manera más habitual de atraerse al destinatario, a Teresa en este caso, ya que la alabanza del otro crea en este una disposición natural, tanto a la aper­tura y recepción del mensaje como a la respuesta. En segundo lugar, el elogio indirecto refuerza la estima y consideración que el autor tiene hacia su destinatario, lo que estrecha más aún, si cabe, los lazos entre ambos. Ya no se trata exclusivamente de lo que piensa el padre sobre las cualidades de su hija, sino de que todas ellas son apreciadas de igual manera por terceras personas. A través de ello, consigue, en alguna medida, dar cierto grado de objetividad a lo que aparecía como más personal y subjetivo, mediado por el amor de padre.

Mucho más abundante resulta la presencia del interior dialogue en esta correspondencia. De hecho, prácticamente no hay carta en la cual esté exenta: la voz de Teresa se deja sentir a lo largo de todo el discurso epistolar de Jorge Guillén. Se podría hablar, más bien, de que la escri­tura de las cartas de Guillén relanza el eco de la voz de Teresa. Esto es, en efecto, lo que va buscando siempre: la voz de su hija, una metáfora —o prosopopeya, que es realmente la figura retórica utilizada, en la medida en que trata de poner rostro y cara a las palabras escritas— de la presencia que se repite, que rompe las distancias y que derriba los grandes escollos de los muros de silencio. «¿Y mi hija?», pregunta Jorge en la carta del 24 de marzo de 1952; «La Voz de Mi Hija: esa es la que yo quisiera oír», suplica por que le lleguen esas palabras tan deseadas que le acerquen a ella.

Ahora bien, la voz de Teresa, en forma de interior dialogue, puede adoptar distintas modalidades en las cartas de Jorge Guillén, tres de ellas más frecuentes: la reproducción directa de algunas de sus palabras retomadas por Guillén; la respuesta a un tema concreto que ella ha planteado en una carta anterior y que se infiere de la propia escritura del padre, y los comentarios más generales sobre asuntos planteados por ella. Se podría decir que estas modalidades de diálogo, en las que prima lo dialógico, son las propias de la intertextualidad epistolar.

En efecto, no es infrecuente encontrar cartas en las que Guillén reproduce literalmente palabras de su hija para retomar la conversación que se ha quedado en suspenso con la carta precedente que le ha enviado ella. El hilo de esas conversaciones abarca asuntos muy variados, desde los aspectos más propios de la existencia cotidiana, pasando por conse­jos de índole profesional de la hija al padre, hasta los asuntos literarios, un tema que les ocupa habitualmente. Así, los viajes, que forman parte de la vida de ambos, vuelven a tener un papel destacado. En la carta del 9 de noviembre de 1951, con motivo de un largo periplo que inicia Jorge Guillén por Italia y España, el padre recalca los efectos que esto ha tenido en la hija. «Me dices, Teresa, en tu carta recibida ayer, que has sentido “envidia”», le escribe, lo cual pone de relieve, de forma subya­cente, que la hija tiene deseos de estar con su padre en esa situación. En la carta del 4 de febrero de 1965, las palabras en diferido de Teresa dan a entender la preocupación por su padre, por su bienestar, por su salud: «Me dices, Teresa, que podríamos pasar “lo peor del invierno” en La Jolla, puesto que no iremos a Puerto Rico. Sí, sería agradable».

Ahora bien, los consejos de Teresa se extienden a otros ámbitos, como los profesionales. El 16 de diciembre de 1954, Guillén escribe una carta a todos los suyos, en la que plantea su dilema ante una oferta que le han hecho para pronunciar una serie de conferencias en inglés. No se siente seguro y escribir en otro idioma le supone un enorme esfuerzo. Ante el temor de no poder culminarlo con éxito y desistir en su empeño, la voz de Teresa se eleva, segura y firme, infundiendo los ánimos que necesita su padre: «Teresa me dice en su carta: “Tú te escri­bes unas conferencias maravillosas...”. ¡Qué rica! Eso demuestra la confianza que en mí tienen mis hijos». El efecto de esas palabras tan positivas se mantiene vivo en el espíritu de Jorge Guillén: aunque lleguen los zarpazos de la vida, siempre hay un motivo para seguir adelante. Las palabras de Teresa siempre están escritas desde la más absoluta confianza y confidencia, en un tono íntimo en el que todo rezuma ternura y cariño, como demuestra la expresión, completamente personal y familiar, con que se dirige a su padre: «Querido papaín» —palabras que retoma y reproduce Guillén en la carta del 7 de febrero de 1970—. El diminutivo no hace sino reforzar el vínculo que los une en un amor que sigue expandiéndose con el paso de los años y que insu­fla su aliento vital al padre y a la hija.

Sin embargo, los interior dialogues más numerosos en este episto­lario son aquellos en los que las palabras de Teresa no son referidas en su literalidad, sino inferidas de las propias palabras de su padre, que las ha asumido y recreado en sí mismo previamente. Además, pueden adoptar múltiples formas: agradecimiento, comentario y opinión sobre los más variados asuntos de la vida, objeción, respuesta a pregun­tas planteadas, y tantas otras que dan cuenta de la heterogeneidad y riqueza del ámbito conversacional entre los corresponsales. En esta línea, los asuntos ordinarios de la vida constituyen uno de los motivos con mayor presencia en las cartas. Dado que el viaje es un evento que ocupa mucho a toda la familia, en la carta del 15 de octubre de 1952, la respuesta a una pregunta de Teresa, cuya voz sentimos de forma indirecta, no se hace esperar: «Pienso en la carta tuya, Teresa, que me encontré al volver de cenar con los Lapesa el domingo. ¡Qué carta tan rica! Sí, claro, iré a Columbus en el verano». Y otra vez el viaje es el mayor motivo de la carta del 30 de enero de 1955, en la cual Jorge manifiesta su conformidad con un consejo o una sugerencia de su hija. Si bien no se pueden leer las palabras directas de Teresa, sí están presentes en las de su padre: «De acuerdo: Iré por de pronto a un hotel que me ha indicado Claudie». En otras ocasiones, se revierte la situa­ción y es el padre el que aconseja a Teresa sobre una situación particu­lar que están viviendo los Gilman. En la carta del 20 de diciembre de 1955, les brinda un consejo asumiendo previamente las propias pala­bras de Teresa y reenviándolas bajo la forma de una pregunta: «¿No os gusta la casa? Arregladla y vividla, acabará por gustaros». Aunque en este epistolario no se pueda disfrutar de la escritura directa de Teresa, su presencia y su rastro son claros e indiscutibles en el discurso de Guillén, discurso que actúa como un espejo en el cual progresiva­mente se dibuja una imagen y se recrea un perfil de Teresa que va adquiriendo consistencia y vigor en el epistolario.

En efecto, Teresa es, por encima de todo, una hija preocupada por el bienestar, la salud, los trabajos y las actividades de su padre; en general, por este mismo. Es una hija que no deja de compartir intere­ses y pasiones con él, sobre todo la familia en cuanto «símbolo de la preocupación, del amparo, de la comunión espiritual, de las alegrías y esperanzas» (Cabel, 2009, p. 166). Como la distancia geográfica los mantiene en ausencia durante largos períodos, conviene actualizar constantemente la información sobre temas familiares en un diálogo fluido. Así ocurre con el nacimiento de Anita, la hija pequeña de Teresa, de la que no pueden dejar de hablar, como demuestra la carta del 6 de marzo de 1959:

Teresa, hija [...] ¡Cuánto me has escrito en estos meses! [...] ¡Ese bebé! Siento infinito perderme todos estos meses, los de Anita: y como me hablas mucho de ella me la represento muy bien, parlanchina y muy inteligente, conforme a la tradición de esta casa. Cuéntame, cuéntame cosas de esa niña.

La llegada de un nuevo miembro a la familia es motivo de alegría y ocupa las mentes y los corazones de padre e hija. Aun con todo, si bien Guillén reconoce y agradece los esfuerzos de su hija por mante­ner y continuar una conversación epistolar sobre su nieta, no parece ser suficiente y pide intensificarla más si cabe. La repetición del impe­rativo constituye un potente aliciente para que Teresa no decaiga y siga siendo una interlocutora sumamente activa, en especial cuando se trata de un motivo tan grato como referir las noticias sobre su hija, nieta de Jorge Guillén. Sin dudas, cuando se trata de la familia, no puede haber una tregua de silencio; por eso, Teresa no ceja en su esfuerzo de enviar noticias familiares con todo lujo de detalles, aunque ambos son conscientes de los límites de esas «conversaciones» por escrito. El efecto saludable y vital que producen en Guillén se trans­forma en un agradecimiento tan profundo que no hay palabras que puedan expresarlo, por lo cual recurre a uno de los grandes poetas clásicos españoles, tal como escribe el 17 de marzo de 1963, al recibir nuevamente noticias y fotos enviadas por Teresa en su última carta: «El agradecimiento, esta vez, es como el amor en San Juan de la Cruz: inefable». Hasta el final de la correspondencia con su padre, no decaerá en su empeño por transmitir las noticias familiares.

Ahora bien, los asuntos familiares no se terminan o se agotan en los Gilman. Guillermo Carnero, en «El arte de amar de un elegido» (2010), comenta que, cuando se habla de Guillén, «asociamos su nombre, primordial e instintivamente, a la vivencia y a la escritura gozosa del amor. [...] Ese amor era por él concebido como una pasión universal rectora de la vida y del conocimiento» (p. 7). En efecto, toda la escritura de Jorge Guillén, incluidas sus cartas, es un canto al amor, al goce del amor, a un amor que tiene a la familia como uno de sus pilares. Pero, para llegar a este gozo y a esa esencia vitalista, el papel de Teresa es clave en cuanto parte activa para lograr construir una completa armonía y unidad familiar.

Si la familia representa una pasión que une a Teresa con su padre, otra pasión dominante es la literatura y todo lo relacionado con ella. Al igual que ocurre con su padre, para Teresa la literatura no se limita simplemente a una cuestión de recepción, lectura y crítica de textos, sino que además debe ser contemplada desde su faceta más social; es decir, abarca todo el campo de las relaciones con aquellas personas unidas de una u otra forma al mundo literario y, de una manera muy especial, al hispanismo. Como sostienen José Manuel Mora Fandos y Guadalupe Arbona Abascal (2023), «Teresa Guillén se convirtió en una verdadera promotora del hispanismo hospedando y reuniendo a profesores, escritores y artistas» (p. 498). En las cartas, la voz de Teresa se deja sentir sobre estos asuntos que comparte con su padre y en el que se muestran cómplices. El diálogo epistolar entre ambos tiene este objeto desde el inicio con mucha frecuencia; debido a ello, es muy habi­tual encontrar cartas en las que Jorge Guillén y Teresa contrastan sus pareceres sobre autores o temas específicos. Por ejemplo, en la carta del 2 de febrero de 1949, en clara alusión a una carta precedente de Teresa y comentando y completando las opiniones de esta, escribe Guillén:

Te refieres, Teresa, a Pío Baroja. A mí se me ha pasado ya hasta la crisis anti-barojiana (favorecida por tu madre), crisis que culminó en un curso de Santander. Sin embargo, Baroja es un escritor curioso, a veces, un tipo pintoresco como los que a él le interesan. Y entre muchas novelas flojas, hay alguna que se sostiene [...]. Claro que Baroja no es mi tipo de escritor ni mi tipo de hombre. Y en cuanto a las objeciones. de acuerdo contigo.

Como la pasión por la literatura no conoce fronteras, límites ni tiempos en ellos dos, abordan cualquier tema o autor literario que les parezca relevante, ya sea de una época pretérita o de la más absoluta contemporaneidad; ya sea del mundo hispánico o de otras tradiciones literarias. En la carta del 12 de octubre de 1958, Guillén y Teresa se hacen eco de un escándalo que sacudió el mundo literario de la época: la publicación por parte de Nabokov de su novela Lolita (1958) en los Estados Unidos. Por el comentario de Jorge y su contundencia en la respuesta, podemos suponer que Teresa ya había expuesto en su carta lo que había ocurrido con esta obra: «“L'affaire Lolita.” Lo celebro. ¡Qué asquito, que un escritor de talento tenga que acudir a este tipo de narra­ción para llegar al best-seller[9]. Hablar de literatura es, sin duda, algo connatural en ellos: es una forma de vida y, más aún, forma parte de sus vidas, con mayor motivo si amistad y literatura caminan de la mano. Así se evidencia en la carta del 21 de enero de 1954, cuando Guillén responde a un comentario y observación de Teresa sobre un estudio que él está realizando acerca de la poesía de su gran amigo Pedro Salinas: «Dices bien, Teresa. El pequeño estudio mío sobre la poesía de Pedro es insuficiente. Pero ya sabes —¿no me lo copiaste tú? Que lo considero como un punto de partida para ulteriores desarrollos».

Precisamente, durante toda su correspondencia, Guillén habla de su círculo de amistades, muchas de las cuales se fueron forjando en tanto el poeta e hispanista se hallaba en el exilio. Se trata de amistades que cultivó a lo largo de su vida no solo a través de la correspondencia —muy abundante, es cierto—, sino de forma especial a través de vela­das que organizaba en su casa (ya fuera en los Estados Unidos, en Italia, en España) y a las que asistían muchos intelectuales del momento, entre los que figuraban personas destacadas del ámbito literario: Jorge Luis Borges, Ivar Ivask, Dionisia García, Concha Zardoya, Juan Marichal, Paul Bénichou, Joaquín Casalduero, Rafael Alberti, Alberto de Lacerda y un largo etcétera. Tanto Teresa como su familia participaban en esas reuniones en las temporadas que pasaban juntos con Guillén. Esta costumbre prevaleció durante toda su vida y, con el tiempo, Teresa la asumió como propia y la siguió cultivando, aunque su padre estuviera ausente. De hecho, Antonio Gilman —en las cartas, Antó—, hijo de Teresa, hace referencia a esto en una entre­vista que se publicó en 2020:

PDR [Pedro Díaz-del-Río]: Imagino que también forma parte de tu memoria la activa vida cultural que rodeaba el día a día de tu familia; la presencia de tu padre y abuelo, su relación con el mundo literario, el papel clave de tu madre a la hora de organizar reuniones en vuestra casa por las que pasaban renombrados académicos.

AG [Antonio Gilman]: Bueno, la fase del salón hispánico de mi madre empieza más bien después de mudarnos a Cambridge en 1960 (Rose 1988). Pero antes mis padres estaban en contacto frecuente con varias figuras tanto del exilio (Américo Castro, Francisco García Lorca, Max Aub, etc.) como de personas que habían hecho sus carreras en las Américas antes de la guerra (Joaquín Casalduero, Amado Alonso, etc.). Me acuerdo muy bien de ellos. Una vez instalados todos en la casa de Cambridge, mi abuelo atraía muchas visitas.

Pasaban por casa arquitectos (p. ej., José Luis Sert), artistas (p. ej., Eduardo Chillida) y muchas figuras literarias (Jorge Luis Borges, Octavio Paz.). Mi madre organizó una especie de salón al que invitaba a aquellos intelectuales y artistas del mundo hispánico que pasaban por Harvard. (Vicent García et al., 2020, p. 11)

Sobre esta faceta social de la literatura hay referencias en las cartas, como cuando Teresa parece no especificar demasiado sobre los asisten­tes a esas veladas. Ante la duda, Guillén pregunta: «Pasan ilustres confe­renciantes por ahí. ¿Borges también? No habrá ido a Gray Gardens, supongo» (carta del 10 de abril de 1980). Teresa continúa estas reunio­nes y veladas con intelectuales que había empezado con su padre, ahora como una actividad habitual en su casa. Guillén muestra un gran inte­rés por ello, sumado a la admiración y el orgullo que siente por todo lo que hace su hija. No importa tanto quiénes asistan a esas cenas y vela­das, sino la capacidad, la idoneidad, la aptitud y el talento de Teresa. La alegría de ella ante el éxito de estas veladas es perceptible a través de la reacción fascinada de su padre, sobre todo en exclamaciones en las que su emoción se desborda: «Vengamos a Cambridge. Tu cena, Teresa, de 23 personas nos ha dejado estupefactos. ¡Qué organización y qué gene­rosidad!» (carta del 10 de junio de 1979).

Ciertamente, la temática y el objeto de estos diálogos son muy amplios y nunca parecen agotarse. Pero la realidad epistolar termina devolviéndolos a la situación de enunciación en ausencia, la cual pone de manifiesto con insistencia la distancia que los separa. Por muy apasionantes que sean los asuntos que traten, la evidencia de la separa­ción aflora. La nostalgia y el anhelo se hacen palpables y la fuerza del sentimiento pretende suplir lo que la realidad les niega: estar juntos. Se entienden muy bien las palabras de Guillén, con toda su potencia excla­mativa, haciéndose eco, afirmando y consolidando el propio sentir de Teresa: «¡Claro que os echo de menos! [.] Mi hija es la criatura más rica del mundo —y esto es una verdad como un templo» (carta del 6 de octubre de 1952). No se puede mostrar más categórico. El padre apunta a la esencia del sentimiento por su hija, un sentimiento recíproco que quiere transmitir con palabras. No hay espacio para la duda ni para la negación, todo es afirmación. La carta constituye el medio para exorci­zar la ausencia, la distancia y la separación, como recalca el padre a Teresa: «Tu sentimiento es exactamente el mío» (carta del 8 de junio de 1954). No cabe mayor afinidad afectiva ni mayor armonía. Su capaci­dad de compenetración es total y absoluta.

Por último, hay que hacer referencia a lo que Altman (1982) deno­mina los fantasy dialogues, aquellos dirigidos a un destinatario imagina­rio o que tratan de recrear una situación de diálogo imaginario. No podemos afirmar que en este epistolario exista este tipo de diálogo en sí, pero hay evidencias de que está presente de alguna manera la dimensión imaginaria del destinatario —llamada «dimensión fantasmática» entre algunos críticos— para enfatizar la evanescencia, la imaginación y la idealización del destinatario. De hecho, el propio Kafka, en sus Cartas a Milena, habla de la dificultad que le supone escribir cartas, hasta el punto de que se convierte en un arduo trabajo porque la ausencia del destinatario implica tratar de establecer una suerte de comunicación con un fantasma, con el fantasma del destinatario (1955, p. 199). La clave de todo reside, una vez más, como todo el proceso conversacional de la carta, en la situación de enunciación en ausencia. Bien es cierto que, aunque Kafka manifieste una visión negativa de la escritura episto­lar, ha conseguido fijar la atención en el aspecto de lo fantasmático, de lo evanescente y etéreo que puede resultar el destinatario.

Muchos autores han escrito sobre ello y, sin caer en la radicalidad de las opiniones expresadas por Kafka, han explorado y profundizado las consecuencias y repercusiones que puede tener en la escritura la ausencia de los corresponsales. En efecto, Salinas, gran amigo de Guillén y, al mismo tiempo, escritor incansable de cartas, publicó un ensayo titulado El defensor (1948/1981), en el que una parte está dedicada a la carta. Allí, al analizar la figura del destinatario, afirma: «A cada corres­ponsal tengo que figurármelo, que representármelo, antes de trazar su nombre en la salutación» (p. 230). Es decir, en el proceso epistolar, antes de que el autor de la carta comience a escribir, su mente ha de representar una imagen del corresponsal al que se dirigirá. Según Haroche-Bouzinac (1995), el «principio de adaptación a la persona» —como lo denomina— implica que el autor de la carta «se adapta, pero también absorbe, incorpora al otro» (p. 93). Este principio determina desde dentro todo el proceso de escritura. El autor de la carta siempre va a tener presente al destinatario, «fuera del cual el pensamiento no puede concebirse» (p. 280). El pensamiento precede a la escritura, por tanto, pensar el destinatario constituye la etapa previa al acto de enun­ciación epistolar. Cuando el autor piensa en las reacciones que el desti­natario pueda tener ante lo que va a escribir; en las propias característi­cas, valores, virtudes, defectos, rasgos, etc., que lo definen, construye y crea una imagen de él y, con ello, inicia una fase en la cual lo idealiza. Desde esta perspectiva, se puede decir que «el yo se constituye a partir de un tú lejano» (Carreño, 2022, p. 10).

Además, hay que tener en cuenta que, debido al movimiento circu­lar de la correspondencia, por el cual el autor pasa a ser destinatario y el destinatario, autor —en un doble juego de roles continuo—, este breve proceso de idealización actúa, asimismo, en una doble dirección. Al decidir escribir una carta, el autor empieza a pensar en el destinatario, imaginarlo, interiorizarlo y, en consecuencia, idealizarlo. Y el destinata­rio, convertido a su vez en autor, procede de la misma manera con su corresponsal. En esta correspondencia, en que solo disponemos de las cartas de Guillén y la voz de Teresa nos llega a través de la voz del padre, hay que tener presente este doble juego especular, como bien ha detec­tado Michele Ramon:

La carta es un espacio especular fantasmático, un espejo donde quien escribe genera detrás del reflejo de su rostro, el reflejo del rostro del Otro y donde el lector, posteriormente, descubre la superposición de estos dos reflejos. Escribir una carta es hundir su yo en el espejo para convocar la imagen del Otro, convocarla para que llegue a nosotros. (1982, citada en Grassi, 1998, p. 172)

En efecto, tanto para Jorge Guillén como para su hija, la acción epistolar conlleva representar una imagen del otro y reconocerse en ella. Con gran fuerza se lo manifiesta así a su hija en la carta fechada el 6 de enero de 1949: «¡Si precisamente eso es lo que me importa!: ser digno de la idea que mi hija tiene de mí». Se trata de un deseo que constituye el fundamento en que se sustentan los diálogos epistolares entre padre e hija y, también, sus propias vidas. Para ellos, estar ausentes, iniciar una conversación epistolar y hablar con su corresponsal acarrean un proceso paralelo vital: tratar de alcanzar en la realidad una imagen ideal. La perspectiva da un giro y esta idealización se transforma en un valor sumamente positivo, en la medida en que puede servir de estímulo y de empuje para que el elemento real, anclado en la realidad, se supere a sí mismo y se esfuerce por convertirse en alguien mucho mejor. Es posible que nunca llegue a alcanzar esa imagen ideal proyectada, pero tal ideal entra ya a formar parte de su propia personalidad.

En Teresa, el proceso es similar. Si ella ha proyectado una imagen de su padre con la que este busca la identificación o la mayor semejanza posible, progresivamente manifiesta su personalidad y su ethos narrativo en concordancia con esa imagen positiva con la cual él la representa. En el fondo así lo expresan estas palabras de agradecimiento del padre a su hija: «[Por el] favor continuo que es tu existencia: que tú seas tú» (carta del 7 de febrero de 1970). Para Teresa, se trata de estar a la altura de esa imagen, de acercarse lo más posible a ella y de actuar conforme a lo que le exige, tal como va mostrando a lo largo de todo el epistolario, en ese juego especular en el que su reflejo llega a través del espejo de su padre.

Tanto el padre como la hija han hecho de ello el principio fundante de su relación, en este caso, epistolar. La carta es espejo del padre, o para ser más precisos, espejo del padre en el que se mira Teresa y viceversa. Más aún, el doble juego especular de la correspondencia no consiste en una mera proyección de imágenes. La carta se convierte en un verda­dero espacio o «ámbito de realidad» (López Quintás, 1998, p. 376) donde Guillén y Teresa se encuentran, y provoca que el juego especular se transforme en un «juego coparticipativo» (Casas, 2014, p. 14), un juego cocreativo donde ambos interactúan y colaboran en la creación de una imagen del otro. Pero esta imagen no se queda en el plano de la posibilidad, de la expresión de un deseo inalcanzable, sino que se tras­lada al plano de la realidad, del devenir actual, del presente. Para ellos, se trata de convertir esa imagen más o menos idealizada, que adquiere su pleno sentido en el marco de la relación entre los dos (Meizoz, 2007, p. 26), en un principio vital de actuación. El «llegar a ser» ya forma parte del ser aquí y ahora. Por tanto, la creación de esa imagen revelará también el ethos de los corresponsales, que, en el caso de Teresa, es perceptible a través de las cartas del padre.

Teresa es, ante todo y sobre todo, hija, y se presenta como una buena hija. Así trata de ser, y se puede inferir del epistolario. De hecho, reúne una serie de cualidades, de rasgos del comportamiento, que su padre tiene en muy alta estima, entre las que cabe destacar la capacidad de comprensión y de dar cariño. Teresa se muestra en todo momento cariñosa con su padre y sabe penetrar en su alma hasta lo más hondo al comprender sus estados de ánimo, lo que le hace tener el don de la palabra oportuna: «Siempre te las arreglas, hija, para decir las cosas más tiernas y más verdaderamente sentidas» (carta del 9 de junio de 1950). Guillén no puede evitar quedarse impresionado ante esta capacidad, lo que le lleva a romper en elogios hacia ella y a expresar su emoción por ser padre de una hija así: «Terminaste tu narración con una frase que me conmovió [...]. Eres extraordinaria. De nada estoy más orgulloso que de mis hijos (aunque ese Claudie no me escriba.)» (carta del 13 de noviembre de 1959). Teresa va a mantener siempre esta actitud.

Guillén reconoce que su hija es la persona adecuada para confiarle asuntos personales importantes, de forma que la convierte también en su confidente. Por ejemplo, cuando la relación con Irene Mochi- Sismondi —con quien se casará en octubre de 1961, tratándose de sus segundas nupcias— parece consolidarse, escribe a Teresa: «Todo esto te lo digo a ti, si no en secreto, con la discreción que exige la posible, la probable, la cada vez más probable relación de Irene con América» (carta del 13 de noviembre de 1959). El efecto de destacar el pronom­bre personal que hace alusión a Teresa es evidente. Muestra la exclusivi­dad de la confidencia. Solo se lo podría confesar a alguien digno de merecerlo y de recibirlo, y él confía en su prudencia. Esa confianza, prudencia, discreción la convierten en un pilar vital para su padre, lo cual no hace más que incrementar el cariño y admiración de Teresa hacia él y de Guillén hacia su hija. La gran acogida de Teresa a Irene impresiona a su padre y, cuando Teresa le envía una carta a Irene, es Guillén quien le escribe en estos términos: «Ha recibido tu carta, Teresa, y está conmovida. [.] Y yo también» (carta del 22 de mayo de 1960).

La imagen de buena hija que se dibuja de Teresa no es un ideal inalcanzable, sino que se manifiesta a lo largo de la vida y se integra en su propia persona. Ella es el apoyo incondicional de Guillén y, ante esto, solo cabe sentir un gran orgullo de padre. De ahí que se sucedan las expresiones de emoción de Guillén a lo largo de todo el epistolario por ser «el más feliz de los padres habidos y por haber» (carta del 6 de enero de 1949). No las puede reprimir y necesita decirle que es ella quien le «ha colmado de felicidad» (carta del 5 de noviembre de 1960). Las acciones, el comportamiento y la actitud de Teresa a lo largo del tiempo tienen como consecuencia este resultado en su padre, y la hacen más presente. En efecto, Teresa siempre está junto a su padre y, si la distancia geográfica no lo permite, la carta sí; por eso, se siente «un poco perdido» cuando no puede sentir su cercanía. En «¡MI HIJA!» (carta del 8 de enero de 1955), las mayúsculas, el determinante posesivo y los signos exclamativos actúan como intensificadores de ese hondo senti­miento paterno que, por contraste, realza la relación filial. Su hija queda ensalzada y elevada a un nivel superior.

Además, las cartas ayudan a ver la personalidad de Teresa «en rela­ción con los otros, a descubrirla o afirmarla en confrontación con el mundo» (Alberca, 2017, p. 337). Es decir, las cualidades de Teresa no se quedan en ella misma, sino que tienen repercusiones en su entorno, en las personas que conforman su espacio vital y existencial, su familia. De nuevo a través de las palabras de Guillén, se insinúa la presencia de Teresa como artífice y exponente de la felicidad y unidad familiares; queda sugerido su rol de buena madre y buena esposa. Entonces, cobra todo su sentido la expresión metafórica que utiliza Guillén para referirse al hogar de Teresa: «Arcadia feliz», o sencillamente «Arcadia». Sin duda, incide en el papel primordial y protagonista de Teresa, en su empeño y su quehacer para conseguirlo. Es ella quien irradia, transmite y contagia esa felicidad y, con ella, la armonía y la paz que no se pueden encontrar en ninguna otra parte. Por eso, arde en deseos de reunirse con los suyos:

Por otra parte, — así es la vida — siento una impaciencia enorme, por llegar, es decir, por estar en esa Arcadia, para veros — a ti, a Steve, a Antó, a Isabel — ¡qué alegría teneros ahí, al alcance de lo que va a ser mi vida cotidiana! Vosotros y Claudie, en abril, dice él... (Carta del 26 de diciembre de 1951)

Pero, mientras tanto, la carta es el único medio en que él puede disfrutar de esa Arcadia tan deseada y añorada, a la cual se acerca o en la que se hace presente a través del papel, intensificando las muestras de cariño: «Abrazos y besos a los cuatro habitantes de Arcadia» (carta del 19 de diciembre de 1951).

Siguiendo a Vincent Colonna y aplicando sus palabras a Teresa, Alberca señala que no «se transfigura su [la] existencia real en una vida imaginaria, indiferente a la verdad autobiográfica» (2017, p. 314); por el contrario, existe un «compromiso» (p. 315) con la realidad, con la vida real. Por eso, estas palabras del padre son muy significativas, pues, si bien apuntan a una imagen en cierto modo idealizada, sabe que su hija responde y se ajusta a ella. Lo afirma contundentemente con unas palabras que habría que hacer extensivas a toda la vida de Teresa: «Tú realizas, tú cristalizas en este viaje como la imagen de lo que se llama una “familia unida”» (carta del 26 de septiembre de 1960). De ahí que su padre no pueda sino exclamar con júbilo «Tu carta, hoy, Teresa, nos ha traído la luz de Puerto Rico» (carta del 19 de enero de 1965) no solo porque ella escribiera desde allí en un viaje que había realizado, sino porque Teresa se ha convertido en la luz para Jorge Guillén y la luz para el resto de la familia. Por eso, mantener los diálogos epistolares con Teresa es permitir que la vida sea plenamente iluminada.

4. Conclusiones

En definitiva, esta correspondencia mantenida a lo largo de muchas décadas entre Guillén y su hija revela la existencia de un particular pacto epistolar, en el que la dimensión dialogística se erige en una de sus características más sobresalientes. Esta dimensión, donde lo dialogal y lo dialógico se imbrican y se entremezclan constantemente, sin solución de continuidad, estructura la forma de las cartas y marca su dinamismo, su tono, su ritmo y su fondo, que se convierten en auténticas conversa­ciones y adoptan manifestaciones muy diversas. A través de ellas, la voz de Teresa llega hasta nosotros; una voz que nunca oímos de forma directa, sino por medio de la voz de su padre, como corresponde a un epistolario de estructura monofónica. Esta voz que descubre la presen­cia de Teresa, una presencia real y constante, se va revelando en un doble juego especular. Así, las palabras del padre reflejan y proyectan una imagen de la hija, y las palabras de la hija, que llegan asumidas y asimiladas como en eco a través de las palabras del padre, reflejan, a su vez, una imagen de este. Pero esta superposición de imágenes y reflejos, en la que se desarrolla el diálogo epistolar entre Guillén y Teresa, no es un diálogo entre fantasmas, sino un «juego coparticipativo» (Casas, 2014, p. 14) en el que la proyección del deseo de ser se convierte en un proyecto vital en marcha. A través de este juego, se va perfilando el ethos de Teresa entre el devenir (ideal proyectado) y el presente (real actual), como en una filigrana que confluye en el espacio de la carta.

Teresa es, ante todo y sobre todo, una buena hija, siempre fiel a su padre; una hija atenta y cariñosa, confidente del padre, vínculo de unidad familiar, de armonía y de serenidad; una hija con quien comparte intereses y pasiones; una hija que sabe deslizar la palabra oportuna cuando conviene; una hija que sabe aconsejar a su padre en todas las facetas de la vida, y una hija, marcada profundamente por la literatura, que sabe estar a la altura de las circunstancias. Teresa es, en fin, luz para su padre; la luz que irradia a la familia de los Guillén y de los Gilman; la luz que inspira al poeta:

No, no vale ese llanto. / La Creación a dar su poesía empieza. / ¡Tú creces! Y con tanto / Paraíso en tu estrépito que la naturaleza / Sola es jardín: tu encanto.

Gracia tan inmediata / De manantial, de luz con arranque de aurora, / De alborada invasora, / De ramo con rocío — ¡tú creces! — no enamora. / Más, más, más: arrebata. (Guillén, 2008b, p. 262)

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Notas

[1] La realización de este artículo se inscribe dentro del proyecto de investigación «Cartas a Teresa. Digitalización, contextualización y análisis de redes de las cartas de Jorge Guillén a su hija (1948-1984)» (PID2019-105015RB-I00), concedido por el Ministe­rio de Ciencia e Innovación de España.
[2] Se pueden consultar y leer una selección de estas cartas en https://guillen.linhd.uned. es/. Está en marcha una publicación del epistolario completo.
[3] Mireille Bossis (1982), Janet Gurkin Altman (1982), Jean-Louis Cornille (1982), Vin- cent Kaufmann (1990), Genevieve Haroche-Bouzinac (1995), por mencionar a algu­nos de los más destacados.
[4] Todos los textos en francés han sido traducidos por la autora del artículo, con excep­ción de los que ya se encontraban publicados en español.
[5] Claudio Guillén.
[6] En 1943, Teresa se había casado con el hispanista Stephen Gilman. El matrimonio va cambiando de domicilio en función del trabajo de S. Gilman en distintas universida­des. Así, residirán primero en Nueva Jersey (Universidad de Princeton); a partir de 1948, en Columbus (Universidad de Ohio); en 1955, al ser contratado S. Gilman por la Universidad de Harvard, en Arlington, y, en 1960, en Cambridge (Massachusetts), donde establecen su residencia definitiva.
[7] Jorge Guillén fue profesor en el Wellesley College.
[8] Las cartas se conservan, pero en el proceso de elaboración del artículo no hubo autori­zación para consultarlas por parte de los herederos de Jorge Guillén, quienes poseen los derechos de ellas.
[9] La publicación de esta novela había suscitado una gran polémica debido a su carácter escandaloso. Por lo que se deduce de las cartas, tanto el padre como la hija habrían estado de acuerdo en que la novela estaba planteada de una manera muy superficial y burda.


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