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Recepción: 15 diciembre 2025
Aprobación: 10 febrero 2026
Resumen: Serie de cartas ficcionales que rastrean la piña desde la imaginación colonial europea hasta su cultivo en Inglaterra, entrelazando historia, archivo y fantasía. A través de voces animales y personajes históricos, el texto expone cómo el deseo extractivo, el comercio esclavista y la ciencia botánica configuran un imaginario imperial que persiste hasta hoy.
Palabras clave: piña, colonialidad, escritura ficcional, archivo histórico, monocultivo.
Abstract: A series of fictional letters tracing pineapple from European colonial imagination to its cultivation in England, intertwining history, archives, and fantasy. Through non-human voices and historical figures, the text exposes how extractive desire, the slave trade, and botanical science shape an imperial imaginary that persists today.
Keywords: pineapple, coloniality, fictional writing, historical archive, monoculture.
Reflexiones sobre mi diario de campo.
Día 1
Debido a la insistencia por parte de mi amiga Chrysoula, viajé a una antigua villa propiedad de un pariente lejano suyo. El objetivo consistía en inspeccionar un conjunto de cartas antiguas encontradas en la ostentosa biblioteca de su tío, el magnate Giorgos Angelicoussis, fallecido recientemente a causa de una anomalía cerebral. Mi amiga debía custodiar y vender la villa y los objetos dentro de ella, tal como estipulaba el testamento, con la promesa de posteriormente adquirir un veinte por ciento de las ganancias. Al remover y catalogar los innumerables objetos de esa mansión, encontró, resguardado con sumo cuidado, un conjunto de cartas muy particulares, las cuales, me insistió, debía ir a examinar.
Chrysoula es consciente de mi entusiasmo por la historia y mi afición por coleccionar objetos antiguos, por lo que de inmediato me emocioné con la posibilidad de viajar a Corinto para poder observar con mis propios ojos las susodichas cartas. Al llegar al lugar, estas se encontraban en una habitación especial, con temperatura estable, luz tenue y libre de humedad. Estaban guardadas en una de muchas estanterías metálicas, cuyos contenidos eran inciertos para mi y que, confieso, me daba inmensa curiosidad manipular. Visiblemente, el señor Angelicoussis era un conocedor de los métodos de conservación de documentos. Chrysoula me indicó el cajón y procedí a abrirlo. Dentro, en una carpeta acartonada, estaban los escritos.
Las misivas eran verdaderamente antiguas. Datan del siglo XVI y XVIII. La letra con la que están escritas es sumamente pequeña y los caracteres están muy juntos entre sí. Noté unos extraños, minúsculos orificios en los pliegues de las letras, por donde la tinta se cruza entre una línea y otra, como si hubieran sido hechos con pequeñas y afiladas agujas. Esto me pareció muy extraño porque nunca había apreciado algo así en ningu-na carta u otro documento que yo hubiese visto.
Al verlos con calma, me llamó la atención que entre las misivas hay una diferencia de casi 200 años y, sin embargo, su letra es prácticamente la misma. Parecen escritas por la misma persona, aunque esto sea claramente imposible. Pensé en la posibilidad de un copista trans-cribiendo juntos los textos, sin embargo las cualidades del papel y de la tinta denotan su diferencia histórica: el color, la textura y materia prima del papel, la tinta y el grosor de las letras muestran algunas diferencias. La conclusión momentánea es que quizás el individuo que escribió las últimas cartas intentó copiar fielmente el estilo y la letra de la anterior.
Por la manera en la que se expresa el remitente es claro que le habla a la nobleza. Palabras como “majestades” o “poderosos señores” denotan claridad respecto a esto. No obstante, no encuentro en ninguna base de datos históricos o anaquel mención alguna sobre estos reinos o nombres.
En cuanto al contenido, la primera carta narra una tarea muy propia de la época: la búsqueda de financiamiento para emprender la ocupación y apropiación de territorios y recursos en América. Una típica petición de dinero para viajar al “Nuevo Mundo” y des-cubrir los posibles tesoros que ahí aguardan. Hay una indudable fijación por el fruto de la piña, lo cual, aunque jocoso, no dista mucho de los intereses de la época. Esta fruta se volvió una obsesión durante ese período. Las monarquías buscaban adquirirla para sus banquetes y eventos por el estatus que otorgaba. Sin embargo, en las siguientes cartas, doscientos años después, aún parecen seguir buscándola, esta vez en otros territorios. No comprendo por qué esa obsesión por el fruto parece estar vinculada con la creación de un nuevo reino.
Leyendo estas epístolas me quedan más preguntas que respuestas. Si el objetivo de la fundación de su reino no se logró cumplir en el siglo XVIII, ¿qué pasó con esos des-cendientes? ¿Por qué desaparece la familia noble a la que le habla el relator? Todos los personajes con los que el escritor Dimini interactúa en el siglo XVII existen y son fáciles de rastrear, a excepción de su persona y los destinatarios. ¿Qué ocurrió con ellxs? O ¿se trata acaso del fragmento de una novela epistolar inconclusa? Pero la pregunta más impor-tante: ¿dónde están las otras cartas? Notoriamente hay un vacío, un corte entre estas dos épocas que debería completarse con otros escritos. En los próximos días me dedicaré a investigar más al respecto, quizás mi estancia aquí me permita encontrar pistas sobre las otras misivas o sobre lo que ha sucedido en esos años de aparente silencio.
Sin tener aún estas preguntas resueltas he decidido transcribir los textos para facilitar su lectura y, a su vez, poder compartirlas con colegas que quizás pueden dar luz sobre detalles que, en mi conmoción por tan bello hallazgo, podría yo haber pasado por alto.
Carta 1:
Excelentísimos señores Probóscides y Curculión, reyes de Platípode y Scolipede, Excelentísima señora Escotilinia, poderosa monarca del reino de Colepterón,
Esperando que sus majestades se encuentren maravillosamente halladas entre los verdes campos de sus exuberantes reinos, les escribo esta carta para glosarles sobre una extraordinaria noticia que ha llegado a mí. Pido con todo respeto su atención ante tan grandiosa oportunidad de aumentar las riquezas de nuestros reinos, para bonanza de ustedes, los suyos y los míos. Esta novedad llega con una dorada promesa de abundancia y la fantástica misión del encuentro de un nuevo hogar a ser conquistado y repartido para gracia de nuestros pueblos. Para no dejar en ascuas mis palabras, entraré en materia.
Todo lo que hablo y recito no es de una escuela aprendida de París, ni de las universi-dades de Europa, sino de la cátedra de un barco, de los que se someten a la lección de los vientos. En mis viajes a lo largo de Génova, Nápoles y Venecia, así como también en las costas de Gibraltar en España, he escuchado grandes historias de hombres valerosos que cruzan el océano para adentrarse en las Indias Occidentales. Ellas hablan de una opulen-ta naturaleza, llena de criaturas místicas y plantas inéditas. Las brisas traen historias de hombres vigorosos, de semblante sonriente y buena figura que habitan en los confines de la tierra. Dicen que sus cabezas son cuadradas y su tez de color azulada; su persona-lidad jovial y aquiescente. Otros afirman que su piel es más bien roja, como los taninos del zumaque. Estos hombres, habitantes del fin del mundo, luchan entre ellos sin arte ni regla y se devoran los unos a los otros, pues tienen una afinidad por la alimentación de sus hermanos y hermanas, ya sean vivos o muertos. Voces comentan que son seres venidos del Cuarto mundo, predicho por San Isidoro de Sevilla. Otros hablan que en realidad se trata de habitantes del Jardín del Edén, paraíso sobre la Tierra. Sea como fuese, este lugar llamado por algunos el Nuevo Mundo acarrea promesas de riquezas inimaginables para los valientes que se atrevan a pisarla y poseerla. Entre los múltiples relatos traídos por manos de exploradores, que con tinta y sudor han plasmado las maravillas de estas tierras, ha sobresalido para mí, con espeluznante exaltación, una descripción de un espléndido fruto amarillo, de penetrante aroma y curiosa figura. Su fruto nace cual hijo del rey, se yer-gue solitario y orgulloso en la parte superior de la apabullante planta. Posee hojas filosas como espadas y puntas lacerantes como el huso de una rueca. Su tamaño puede llegar a superar a un hombre adulto. A lo largo y ancho del mundo, incontables exploradores y botánicos han laureado sus beneficios y escrito poemas en su nombre. Incluso los indios la veneran por sus cualidades curativas al estimular el apetito, desinflamar y apaciguar el temible escorbuto.1 Su relato llegó a mí primeramente mediante un libro llamado Historia general y natural de las Indias, islas y tierra firme del mar océano, donde se narran las vas-tas aventuras y descubrimientos acontecidos por un ilustre caballero oriundo de Madrid. Su nombre es Gonzalo Fernández de Oviedo, un hidalgo de ascendencia asturiana, de sagaz inteligencia, poseedor de diferentes virtudes como la botánica, la etnografía, las artes militares y la escritura; su tenacidad le permitió convertirse en el primer cronista de las recién descubiertas Antillas. La descripción del fruto en cuestión provocó en mí un inesperado temblor, un espasmo en mis patas y una salivación inusitada. Decidí plasmar las palabras exactas del Hidalgo en esta carta, para compartir y provocar este sentimiento en ustedes:
Hay una fruta que llaman piña, que nace en unas plantas como cardos a manera de las zaviras, de muchas pencas, pero más delgadas que las de la zavira, y mayores y espinosas; y de en medio de la mata nace un tallo tan alto como medio estado, poco más o menos, y grueso como dos dedos, y encima de él una piña gruesa poco menos que la cabeza de un niño algunas; pero por la mayor parte menores, y llena de escamas por encima, más altas unas que otras, como las tienen las de los piñones; pero no se dividen ni abren, sino estánse enteras estas escamas en una corteza del grosor de la del melón; y cuando están amarillas, que es dende a un año que se sembraron, están maduras y para comer, y algunas antes; y en el pezón de ellas algunas veces les nacen a estas piñas uno o dos cogollos, y continuamente uno encima en la cabeza de la dicha piña; el cual cogollo no hacen sino ponerle debajo de tierra, y luego prende, y en el espacio de otro año hácese de aquel cogollo otra piña, así como es dicho, y aquel cardo en que la piña nace, después que es cogido, no vale nada ni da más fruto; y estas piñas ponen los indios y los cristianos cuando las siembran, a carreras y en orden como cepas de viñas, y huele esta fruta mejor que melocotones, y toda la casa huele por una o dos de ellas, y es tan suave fruta, que creo que es una de las mejores del mundo, y de más lindo y suave sabor y vista, y parecen en el gusto como melocotones, que mucho sabor tengan de duraznos, y es carnosa como el durazno, salvo que tiene briznas como el cardo, pero muy sutiles, mas es dañosa cuando se continúa a comer para los dientes, y es muy zumosa, y en algunas partes los indios hacen vino de ellas, y es bueno; y son tan sanas, que se dan a dolientes, y les abre mucho el apetito a los que tienen hastío y perdida la gana de comer.
Algunas se han llevado a España y muy pocas llegan allá. Y ya que lleguen no pueden ser perfectas ni buenas, porque las han de cortar verdes y sazonarse en la mar, y desa forma pierden el crédito.
Yo las he probado a llevar, y por no se haber acertado la navegación, y tardar muchos días, se me perdieron y pudrieron todas y probé a llevar los cogollos y también se perdieron. Los ojos son mucha parte de la información destas cosas, y ya que las mismas no se pueden ver ni palpar, mucha ayuda es a la pluma la imagen dellas.
Ante tan notable hallazgo, y considerando las vastas oportunidades de obtener cuantiosos beneficios de estos nuevos territorios, les imploro con el mayor respeto que se digne contemplar la posibilidad de sufragar una serie de exploraciones, tanto en el llamado Nuevo Mundo como en otras regiones donde tan espléndido fruto pros-pere. Si está en su haber financiar esta campaña prometo, a partir de corresponden-cias, nombrar la más veraz y exacta descripción de este preciado alimento. A su vez, procuraré variadas historias de hombres que se han deleitado con sus placeres. Mis exploraciones, les juro, traerán grandes beneficios para vosotros y vuestras familias. Por este motivo, les pido vehementemente financiar esta digna campaña y así muy pronto podremos conquistar los sueños dorados de nuestros antepasados, tan espera-dos por nuestro reino, bajo este inmenso cielo azul. Al encontrar esta preciada joya, les prometo dedicaré gran parte de mi tiempo a degustarla, sentirla y tocarla con pausa y devoción, para así testimoniar con mi propio cuerpo la envergadura de tan codiciada fruta. Quedo a la espera de sus pensamientos y opiniones, deseando encuentren estas historias tan apasionantes como para mi persona resultan.
Siempre a sus órdenes, se despide el día 10 de abril del año 1538
Dimini Matepetis Siudantimas
Carta 2: (¡casi 200 años después de la anterior!)
Mis excelentísimos y poderosos señores, dando continuidad al empeño de nues-tros antepasados en su tenaz tarea por poseer el anhelado fruto, les escribo esta carta con mis hallazgos. En esta ocasión me complace informarles sobre los jardines de Sir Matthew Decker, cultivados por meticulosas manos y gestados por una mente visionaria.
Como quizás ya algunos saben, el señor Decker es afanador de los negocios y del libre mercado. Hombre de familia holandesa, se asentó en Gran Bretaña como un destacado negociante, especializado en el comercio de lino. Sus célebres textos: Consideraciones serias sobre los elevados aranceles que gravan a la nación en general, y al comercio en particular, con una propuesta para impedir la retirada de mercancías, y otro, Cómo generar riquezas con la compañía de comerciantes de Gran Bretaña, que comercian con los mares del sur y otras partes de América, para el fomento de la pesca y el asiento de negrosle valieron admiración en las diecisiete provincias de los Países Bajos. Sus acciones en la Compañía de los Mares del Sur y en la Compañía de las Indias del Este han multiplicado su patrimonio y, con ello, colmado de abundancia no solo sus bolsillos, sino también las incontables riquezas de su jardín.
Su morada en Richmond Green, a escasos pasos del espléndido Palacio de Richmond —conocido por ser el favorito del príncipe de Gales—, se compone de cinco villas rodeadas de exuberantes flores y exclusivas áreas de juego de cricket para el goce de la nobleza. La húmeda niebla y la luz otoñal otorgan aires nostálgicos a la Pembroke Villa, ubicada en el poderoso reino de Gran Bretaña. En esta expedición he podido constatar que los jardines del barón M. Decker son los más extensos que se hayan visto jamás en estos rincones del mundo. Poseen amplios setos que llegan más allá de donde se posa la mirada, así como también un bosque atravesado por veredas y grutas, con fuentes que culminan en un plácido río. Es aquí donde el juicioso Henry Telende pasa la mayor parte de sus días, rasgando los suelos y preparando excremento de caballo para alimentar los invernaderos o estufas. Estas estufas, nuevos hogares de plantas extravagantes traídas de recónditas tierras, emulan rasgos climatológicos de los trópicos, utilizando estiércol de caballo y corteza de roble para curtir.2 Allí, ante el asombro de todos, el señor Telende es capaz de hacer brotar las más valiosísimas plan-tas, utilizando solamente el calor y la humedad emanante de estas fétidas mezclas, para complacencia de su señor. De las frutas más valiosas y esperadas por los más ilus-tres hombres que visitan el jardín, se destaca por sobre todas nuestra codiciada piña o ananá. Con el anhelo de esta fruta en mente, debo decirles que el jardín y las estufas del barón M. Decker merecen toda nuestra atención. Durante mi viaje, y gracias a la infinita hospitalidad del barón, fui convidado a hospedarme durante una temporada en su hermosa villa, desde donde escribo esta carta.
Durante mi estancia aquí he cultivado una férrea amistad con Henry, el jardinero. En mis paseos diarios he utilizado mi tiempo para aprender sobre las habilidades de mi amigo y descubrir los secretos detrás del éxito en el cultivo de ananá. Su cuidado-so diseño de las estufas, construidas con cristales transparentes inclinados con el fin de mejorar la captación de luz y calor, son impresionantes. De ellas sale aire caliente por conductos especialmente elaborados. El aire es producto de la corteza de roble fermentada, utilizada también para la extracción del tanino en procesos de elabora-ción de cuero. El melcochoso fermento, que el señor Telende produce constantemente, se avinagra en forma lenta, permitiendo obtener una temperatura cálida durante tres meses, necesaria para el bienestar de nuestras preciadas reinas. En tiempos de frío o de extenuante calor, Henry coloca sacos de arpillera para proteger a las niñas piñas de golpes de calor o de las heladas que pudieran lastimarlas. Su trabajo es perseverante durante todo el año. Sumerge los brotes en macetas —las coronas, las plantas de un año y las frutales— en hondas fosas de corteza de tanino que prepara desde marzo hasta octubre. Luego las traslada al invernadero, en busca de calor adicional. Cada marzo se reanuda el ciclo: Henry toma nuevas coronas de los frutos o de los brotes y vuelve a hundirlas en macetas frescas.
Sobre este proceso, el botánico Richard Bradley, encomiable amigo del barón, hace más honor que mis palabras; él nos cuenta:
No hace mucho tiempo que fui testigo presencial de varias piñas fructificadas en casa de Sir Matthew Decker, en Richmond, alrededor de cuarenta en número; algunas maduran-do y otras en una condición prometedora. La más pequeña de las cuales tenía más de cuatro pulgadas de largo, y algunas eran tan grandes como cualquiera que haya visto traída de las Indias Occidentales: medí una de cerca de siete pulgadas de largo en fruta pura, y cerca de trece pulgadas aproximadamente... Procedo a dar cuenta del método que ahora se practica en casa de Sir Matthew Decker, para la producción de esta excelente fruta, que el Sr. Henry Telende, su habilidoso jardinero, ha hecho tan fácil e inteligible, que espero ver las piñas florecer en el futuro en muchos de nuestros jardines ingleses, para ver el honor del artista y la satisfacción y el placer de quienes pueden permitirse comerlas.
Además de informarme sobre los pormenores del cuidado de las piñas, pude advertir que el camino de la fortuna del barón Decker no ha estado exento de vicisitudes. Una de esas tardes soleadas y frías, mientras mi apreciado Telende polinizaba con sus gruesos dedos las más minúsculas flores, me confesó detalles sobre un período particularmente difícil para nuestro estimable señor. Había un contraste entre el movimiento brusco de sus manos, la minuciosidad de la polinización y su tono de voz angustioso. Durante una época al barón lo aquejaba una serie de infortunios. El primero, probablemente por todos conocido, consistió en el fracaso de la extin-ta compañía Mareas del Sur, donde el señor Matthew fue cómplice en la venta de acciones cuyo objetivo era el monopolio de comercio de negros en América; gestión imposible debido a la guerra de sucesión española. Esto llevó a múltiples inversores a caer en la ruina, destruyendo familias, dejando la economía imperial por los suelos y, en consecuencia, también la reputación de nuestro querido caballero. Sin embar-go, este fiero hombre no se dejó abrumar y redobló esfuerzos para proseguir con sus negocios bajo La Real Compañía Africana de Inglaterra, con aplastante éxito. Con ella logró comerciar no solo oro y plata, sino también cantidades inconmensurables de negros esclavos hacia las Indias Occidentales. La compañía primó en el envío de la mayor cantidad jamás alcanzada de hombres, mujeres y niños esclavos, generando una vasta opulencia para el reino y para nuestro señor. Sin embargo, ese aparente éxito público en lo privado resultó ser una maldición.
Henry profirió que, posteriormente a su éxito financiero, el señor Decker comenzó a mostrarse contrariado, con algún mal que lo aquejaba o quizás un espanto. Su piel se tornó púrpura y verde, y tenía una inmensa dificultad para respirar. Al comienzo, nadie sabía lo que le sucedía, temían una enfermedad, un mal de ojo ocasionado por un envidioso o enemigo de la compañía. Después comenzaron a suceder una serie de situaciones muy extrañas en su hogar. De la noche a la mañana aparecieron debajo de su cama patatas putrefactas con formas de bebés y animales, con olores tan rancios que hacían vomitar a quien las descubriese; de las esquinas de la casa brotaron motas de cabello humano, tornando fracciones de las paredes en pieles sudorosas y húme-das. En una tarde calurosa de verano aconteció que la señora Henrietta Watkins, mujer del barón, quedó aprisionada en su recámara por cuatro horas sin conseguir salir. Ante los gritos de auxilio de la mujer, y con ayuda del mismísimo Telende, consiguieron forzar la puerta y abrir la habitación. Al hacerlo sintieron un aire glacial penetrar sus cuerpos y encontraron a la baronesa al borde del desmayo, con su cuerpo gélido, su cabello congelado y sus labios violáceos, como si hubiese estado durante horas en una de las peores nevadas de los territorios del norte.
Por último, sucedió la peor desgracia para el señor Decker y su familia: la pérdida del único varón que consiguió procrear con la señora Watkins. Los detalles de esa his-toria eran desconocidos por Henry, pero en el pueblo se hablaba que el niño no nacido poseía deformidades insólitas e inhumanas. La tristeza de la familia fue inmensa y los servicios fúnebres, sobrios y privados. De manera extraña, la muerte súbita del no-nato marcó el fin de la cadena de sucesos malditos. Los siguientes años de la familia, y hasta el día de hoy, han sido plácidos y leves. Irónicamente sus negocios nunca fueron afec-tados por ninguna vicisitud; al contrario, siempre gozaron, y aún al día de hoy, de una salud y robustez maravillosa.
Sin más que informar en este apesadumbrado fin del verano del 17 de septiembre del año 1725, se despide,
Dimini Matepetis Siudantimas III
Carta 3:
Estimadísima Escotilinia III,
Esperando que su esposo Curculión III y su persona estén disfrutando los aromas que esta temporada trae en los bellos campos de nuestro hogar, quisiera comentarles un nuevo encuentro hallado en la villa del señor Decker. Me he cau-tivado mirando una pintura realizada por el señor Theodorus Netscher (figura 1), obra al óleo sobre tela de lino, pintada con dedicación al querido barón. Es una obra que hace honor a nuestra preciadísima piña. En la pieza podemos leer la siguiente inscripción, pintada emulando una lápida de piedra en la parte central inferior del cuadro:
A la memoria perpetua de Matthew Decker, baronet, y Theodore Netscher, caba-llero. Esta piña, considerada digna de la mesa real, creció en Richmond a expensas del primero, y aún parece crecer gracias al arte del segundo. H. Watkins (cuñado de Decker), 1720 d. C.
La inscripción parece ser pintada tiempo después de la elaboración propia del cuadro y, tal como se menciona en su epígrafe, fue encargada por H. Watkins, cuñado del barón. Esta pintura es testimonio de la hábil mano del jardinero Henry Telende y la clarividencia de Matthew Decker, al ser pioneros en sembrar piñas en este gran reino de Gran Bretaña en el año de 1720 de nuestro señor Jesucristo. El cuadro nos presenta un paisaje atmosférico y sutil, elaborado con verdes y pastoriles montañas de fondo, cuyas siluetas se aprecian bajo la luz de la penumbra, reflejando las primeras luces del amanecer. Las montañas están entrecortadas por árboles de abetos y cipreses, que parecen moverse levemente con el rocío que aflora en el amanecer. En el plano frontal, triunfante y sublime, de color amarillo y naranja vibrante, se yergue nuestra reina piña, sobresaliente entre tres racimos de grandes hojas espinosas y rodeada de minúsculas flores rosas y plantas bicolor. Al verla, casi puedo degustar su sabor y espléndido olor. Su imagen me hace recordar esa piel, dulce y fibrosa; sus adentros líquidos y jugosos, y sus pequeñas espinas que incitan un juego perverso entre el rechazo y la invitación a poseerla por completo y succionar sus adentros. Disculpe mis palabras. Como podrá comprobar mi señora, pierdo un poco la cabeza con solo mirar la belleza plasmada en tan virtuosas manos. Por pudor y respeto hacia usted, no me referiré a la sensación que recorrió mi cuerpo al ver las vivas frutas meneándose dentro de las estufas del jardín de Telende.
Excuse mi divagación, estimable señora. Aunque no es justificante, he de escudarme en mi tozudez por el ananá, causa justa que guía mis pasos. Gracias a sus benevolentes contribuciones a esta causa, les seguiré informando de mis exploraciones, para así encontrar el lugar ideal donde tan espléndida fruta surgirá y se reproducirá para nosotros, descubriendo así nuestra nueva y futura tierra prometida.
Respetuosamente, se despide el 28 de octubre del año 1725,
Su Dimini M.
*Nota a estas cartas encontradas:
Aunque el barón M. Decker cultivó a lo largo de su vida múltiples virtudes y una abun-dante descendencia femenina, con cinco agraciadas doncellas, no consiguió, cual piña preciada, engendrar un hijo varón descendiente de su linaje; siendo así que a la fecha del 18 de marzo de 1749, tras su muerte, su apellido y legado se esfumaron eterna-mente. Pronosticaron correctamente las monjas videntes del convento de San Toribio El Humo, al decir que en un futuro su descendencia sin apellido fundaría el Museo de Cambridge, llamado también Fitzwilliam Museum, y que allí resguardarían tesoros usurpados de las lejanas tierras de nuestro oriente y occidente (Almeroth-Williams, 2020). Así fue.
Anexos

Figura 1. Pineapple grown in Sir Matthew Decker’s garden at Richmond, Surrey. Theodorus Netscher (1661-1728). Londres, Inglaterra, óleo sobre tela, 1720. Copyright © The Fitzwilliam Museum, Cambridge. La imagen está disponible para descarga en la página de la colección de The Fitzwilliam Museum de Cambridge bajo la licencia Creative Commons Attribution. https://data.fitzmuseum.cam.ac.uk/id/object/1712
Epílogo
Retirando el velo
Estas cartas surgen de un proceso experimental de escritura que forma parte de mi doctorado en investigación artística en la Universidad Nacional Autónoma de México. La pesquisa comprende un estudio desde las artes visuales sobre el monocultivo de piña en Costa Rica y la violencia que ejerce sobre el suelo, los seres vivos y las comunidades. La génesis del monocultivo neoliberal se inscribe en el sistema de plantación colonial, del cual hereda violencias simbólicas, sociales y territoriales, a las que se suman, en el presente, nuevas formas de violencia química y ambiental, articuladas mediante divisiones necropolíticas del territorio (Davies, 2018). El imaginario europeo sobre las tierras autodenominadas americanas y antillanas forma parte de esta apropiación extractiva que históricamente han hecho en y sobre nuestros territorios. Siendo así, me interesa perseguir discursos e imágenes de estas representaciones para develar cómo esta percepción sobre América sigue vigente de diferentes maneras. Por tal razón, una parte de este proyecto ahonda en la mirada de otredad que permea la construcción del paisaje y lxs habitantes americanxs. Con este propósito en mente, y movida por el deseo de construir un archivo sobre las imágenes imperiales de la piña, surgió en mí la necesidad de hallar un formato que me permitiera abordar este interés desde una perspectiva lúdica. La carta ficcional se reveló como el medio idóneo para imaginar una voz que, al tiempo que observa ese «Nuevo Mundo», evoca personajes, historias y pasajes de textos históricos vinculados a su representación. Este formato posibilita, además, mezclar ficción e historia para enlazar lo humano y animal en relación con el fruto de la piña, tornando archivos históricos en ecotonos entre temporalidades y relaciones multiespecies. La especulación y la imaginación con el archivo histórico me permite no solo hablar sobre el pasado, sino re-elaborarlo para crear otras enunciaciones a partir del mismo.
Aspiro a conseguir una voz que simula ser colonial pero que se despliega hacia otros lugares de enunciación, agrietando poco a poco los discursos de poder que rigen ese momento histórico. Esto, no solo con el fin de evocar pasados, sino también transitar el presente del monocultivo atravesando la imaginación y el archivo. Como bien menciona Saidiya Hartman en su texto Venus en dos actos: «¿Es posible sobrepasar o negociar los límites constitutivos del archivo? Mediante una serie de argumentos especulativos y aprovechando las capacidades del subjuntivo (un modo gramatical que expresa dudas, deseos y posibilidades), al crear una narrativa basada en la investigación archivística, (...) mi intención era tanto contar una historia imposible como amplificar la imposibilidad de contarla» (2008, p. 14).
En sintonía con esto, Dimini —voz principal de esta historia con el archivo— no corresponde a humano alguno sino al insecto Metamasius dimidiatipennis, coloquialmente llamado «picudo». El picudo es una de las plagas principales en el monocultivo de la piña. En esta ficción, el picudo se convierte en el ser que busca su paraíso terrenal, el que solo puede existir entre inmensas cantidades de piña, engendradas en nuestro sistema neoliberal. En su búsqueda histórica por encontrar este paraíso, atraviesa diferentes momentos en que la piña se erige como objeto de deseo tanto para europeos colonizadores como para este insecto-plaga. Los picudos, como exploradores y reyes, existen solamente en un mundo que posibilita estas dinámicas de expansión y ocupación, tal como sucede en la América colonial y en su versión contemporánea.
Es importante subrayar que estas cartas se encuentran en proceso de elaboración y forman parte de un conjunto mayor cuya finalidad es narrar los viajes de Dimini y sus descendientes hasta el momento cúspide de su hazaña: su llegada a tierras costarricenses durante el auge de la expansión piñera en la década de 2000; cartas aún por ser escritas.
Ante este juego, considero oportuno hacer algunas salvedades sobre el texto, su ficción y los datos reales que forman parte del entramado literario.
Aclaraciones
Sobre la carta 1
La primera carta nos muestra la búsqueda del explorador Dimini por conseguir financiamiento para encontrar la fruta narrada por el conquistador Gonzalo Fernández de Oviedo. En esta carta la descripción de la piña es una transcripción del libro Historia general y natural de las Indias, islas y tierra firme del mar océano (1535), donde él habla sobre el ananá. Sobre los personajes y sus reinos me referiré más adelante. Las historias que Dimini menciona sobre los hombres de los confines del mundo provienen del libro de Jorge Rojas Mix, América Imaginaria (2015). Hay en esta carta dos citas ocultas, la primera es: «luchan entre ellos sin arte ni regla, y se devoran los unos a los otros» (Rojas Mix, 2015); y la otra proviene de André Thevet, botánico y explorador francés que viaja brevemente a América y escribe: «todo lo que hablo y recito no es de una escuela aprendida de París, ni de las universidades de Europa, sino de la cátedra de un barco, que se someten a la lección de los vientos» (Thevet, 1878), perteneciente a su texto Singularités de la France Antarctique.
Sobre las cartas 2 y 3
El barón Matthew Decker, presente en las primeras cartas, es un personaje histórico: fue un comerciante de lino que formó parte de La Real Compañía Africana de Inglaterra, haciendo su fortuna mediante la comercialización de esclavos y de lino. De los textos escritos por él, el primero: Consideraciones serias sobre los elevados aranceles que gravan a la nación en general, y al comercio en particular, con una propuesta para impedir la retirada de mercancías, eximiendo al comerciante de cualquier registro, es real; mientras que el segundo fue agregado para remarcar la comicidad de los largos títulos. El señor Telende y la señora Watkins son también personajes históricos que cumplieron los roles que son asignados en la carta. Por otro lado, la pérdida del bebé varón es una ficción, así como la enfermedad de Decker y los extraños sucesos en su hogar. Con estos sucesos busqué generar una suerte de justicia poética: una venganza imaginaria en relación con los daños y violencias cometidas por parte del barón a múltiples personas esclavizadas, puesto que de esa crueldad surgió su riqueza.
Sobre los nombres Probóscides, Curculión, Escotilinia y Dimini
Los señores a los que Dimini escribe son ficcionales, ávidos por consumir y poseer la preciada fruta. Sus nombres son pistas para entender que estas aparentes personas no son realmente humanos sino insectos que desean habitar y devorar el fruto. La probóscide es un apéndice animal, que consiste en un «aparato bucal en forma de trompa o pico, dispuesto para la succión, que es propio de los insectos dípteros» (RAE, s.f ). Mientras que Curculión proviene de la palabra Curculionidade, nombre latín para la familia de los curculiónidos o gorgojos. Esta gran familia con más de 5000 géneros y 80.000 especies es de donde proviene el picudo (Morrone, 2014). Con respecto al nombre de la señora Escotilinia, es también perteneciente a una subfamilia de los curculiónidos llamada escolítidos, la cual incluye aproximadamente 200 géneros y 6000 especies (I-naturalist, s.f). Por último, el nombre Dimini Matepetis Siudantimas es un anagrama del nombre científico del picudo (Metamasius dimidiatipennis), plaga por excelencia del monocultivo de la piña y con el cual estoy trabajando en diferentes formatos, incluida la escritura. post(s)
Referencias
Almeroth-Williams, T. (2020). A Feast for the Senses. Cambridge University. https://www.cam.ac.uk/stories/feast-for-the-senses
Davies, T. (2018). Toxic Space and Time: Slow Violence, Necropolitics, and Petrochemical Pollution, Annals of the American Association of Geographers,108:6, pp.1537-1553
East India Company. (2025). En Wikipedia. https://en.m.wikipedia.org/wiki/East_India_Company
Fernández de Oviedo y Valdés, G. (1535). Historia general y natural de las Indias, islas y tierra firme del mar océano. Libro vii. Imprenta de la Real Academia de la Historia (ed. 1855).
Hartman, S. (2008). Venus in Two Acts. Small Axe 12(2), 1-14. Indiana University Press. https://muse.jhu.edu/article/241115.
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