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Infancias resilientes en el desastre: video participativo en albergues comunitarios
post(s), vol. 11, pp. 58-81, 2025
Universidad San Francisco de Quito

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post(s)
Universidad San Francisco de Quito, Ecuador
ISSN: 1390-9797
ISSN-e: 2631-2670
Periodicidad: Anual
vol. 11, 2025

Recepción: 05 agosto 2024

Aprobación: 08 octubre 2024


Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional.

Cómo citar: Schvarzberg, N. (2025). Infancias resilientes en el desastre: Video participativo en albergues comunitarios. En post(s), volumen 11 (pp. 58-81). USFQ PRESS.

Resumen: Los albergues comunitarios se consolidan como espacios clave de cuidado y resiliencia infantil tras desastres naturales, como lo demuestra el caso del terremoto de 2016 en Bahía de Caráquez, Ecuador. En estos entornos, niñas y niños desarrollaron resiliencia y agencia mediante el cuidado mutuo, el juego y la participación comunitaria, acciones que resignificaron el espacio público frente a la ausencia estatal. A través del video participativo, se registraron sus perspectivas y experiencias, destacando su rol activo en la construcción de nuevas dinámicas sociales. Este análisis subraya la importancia de reconocer la acción comunitaria y de fortalecer políticas públicas participativas que promuevan la resiliencia colectiva, respondiendo ante las necesidades de las infancias en contextos de crisis.

Palabras clave: infancias, desastres, resiliencia, vulnerabilidad, albergues comunitarios, video participativo.

Abstract: Community shelters have emerged as key spaces for care and resilience for children after natural disasters, as evidenced by the 2016 earthquake in Bahía de Caráquez, Ecuador. In these environments, children developed resilience and agency through mutual care, play, and community participation—actions that redefined public spaces in the absence of state support. Through participatory video, their perspectives and experiences were recorded, highlighting their active role in shaping new social dynamics. This analysis underscores the importance of recognizing community action and strengthening participatory public policies that foster collective resilience and address the needs of children in crisis contexts.

Keywords: children, disasters, resilience, vulnerability, community shelters, participatory video.

Introducción

Cuando en abril de 2016 un terremoto sacudió las costas de Ecuador, no solo dejó casas, edificios y construcciones destruidas, sino que también puso a prueba la capacidad de protección y cuidado con que contaban las infancias. Con esto en mente, comencé a registrar un documental participativo en Bahía de Caráquez, ciudad costera en la que desarrollaba talleres de cine desde hacía algunos años. Llevaba un año grabando el desastre cuando le propuse a un grupo de niños y niñas visitar el terreno baldío donde solía estar su escuela, destruida durante el temblor. Aunque vivían a una cuadra en un albergue improvisado, tenían prohibido ir por su cuenta debido a que el lugar era considerado peligroso. El sitio contaba con dos niveles de altura y carecía de muros perimetrales, por lo que accedimos a la parte superior fácilmente. Al llegar, el terreno vacío se transformó en un espacio de juego. Algunos niños y niñas arrancaron a correr entre los escombros, mientras varios varones comenzaron a lanzar piedras hacia un gran charco en el nivel inferior. Muy pronto se les unieron las niñas y el resto de los niños. Reían y gritaban mientras exploraban su entorno desde una perspectiva renovada: realmente lo estaban gozando.

La actitud efervescente de estas infancias puede ser entendida como un acto simbólico de dominación del riesgo: arrojar objetos «peligrosos» al vacío expresa un mensaje de resiliencia. Es una forma de decir: «Sobreviví a un terremoto, perdí mi casa y llevo un año viviendo en la calle. ¿Qué peligro puede haber aquí?». Este momento capturó no solo su sentido de control, sino también la capacidad de agencia y resiliencia que había desarrollado este grupo de niños y niñas albergadas, reconfigurando su relación con el entorno devastado. A su vez, evidencia cómo la cámara, más allá de ser un instrumento de documentación, puede incitar situaciones extraordinarias que revelan la fortaleza emocional y social de quienes viven en contextos catastróficos.

Este artículo explora cómo las comunidades en contextos de desastre desarrollan sistemas de cuidado que no solo protegen, sino también fortalecen la resiliencia de las infancias, tomando como caso de estudio el albergue comunitario San Roque en Bahía de Caráquez, Ecuador, tras el terremoto de abril de 2016. Partiendo por comprender los desastres como fenómenos sociales resultado de vulnerabilidades históricas y estructurales (Lavell, 1996; Wilches-Chaux, 1993), el estudio analiza cómo la vulnerabilidad de las personas afectadas por el desastre sirvió como un catalizador de la organización y agencia colectiva (Butler, 2017), desatando dinámicas de solidaridad y cooperación que permitieron resignificar el espacio público y responder a la ausencia estatal (Solnit, 2020; Berroeta et al., 2016). Estos albergues, que surgen improvisadamente y evolucionan en complejos campamentos autogestionados, pueden llegar a constituirse en los primeros espacios de cuidado efectivo de las infancias.

A través de una metodología que incluye video participativo y talleres con niñas, niños y jóvenes, se evidencia cómo las infancias, lejos de ser pasivas, actúan como agentes activos en la reconstrucción social, desafiando las narrativas dominantes de vulnerabilidad infantil (Spencer y Thompson, 2024; Cadamuro et al., 2021). Este enfoque interdisciplinario destaca el papel del cuidado comunitario como un proceso ético y político (Torres, 2002) que impulsa la agencia y la resiliencia en condiciones adversas (Masten, 2020).

1. Organización comunitaria para el cuidado de las infancias

Los desastres no son naturales

Los terremotos, aunque inevitables y sorpresivos, no garantizan por sí mismos la existencia de un desastre. La extendida perspectiva «fisicalista» (Hewitt, 1983), predominante en las ciencias naturales y las ingenierías, asocia los desastres a fenómenos naturales, cuantificando sus consecuencias en pérdidas materiales y humanas. Estos factores han generado que se los perciba comúnmente como desastres naturales, implicando una clara tendencia a equiparar, «implícita o explícitamente, los desastres a los eventos físicos “naturales”» (Lavell, 1996, p. 8). Sin embargo, la catástrofe surge cuando una población es altamente vulnerable ante fenómenos geofísicos, resultando incapaz de asimilar y superar su impacto (Lavell, 1993). Esta vulnerabilidad, materializada en construcciones débiles, carencias organizativas y acceso limitado a recursos, convierte un fenómeno natural en una catástrofe. Posee orígenes en procesos históricos, políticos y sociales que han derivado en un estado de fragilidad, incapaz de soportar un terremoto. Esto significa que las personas viven y transcurren su día a día expuestas al peligro, en condiciones de inseguridad permanente. En lugares como Bahía de Caráquez, donde hubo cuatro poderosos terremotos en 74 años (1942, 1964, 1998 y 2016), las condiciones históricas y sociales perpetúan la exposición al riesgo, evidenciando así que los desastres surgen de la poca armonía que las poblaciones mantienen con sus hábitats naturales.



Figura 1. Restos de edificio, 2016.



Figura 2. Casa destruida en San Roquel, 2016.

Con el propósito de comprender cómo se relacionan el factor social y el factor natural en la construcción de un desastre, el investigador colombiano Wilches-Chaux (1993) propuso la fórmula: Riesgo x Vulnerabilidad = Desastre. Por una parte, el riesgo, entendido como la posibilidad de que ocurra determinado evento geofísico en un lugar específico, es un factor biofísico ante el que se puede hacer muy poco para desescalar su intensidad (Cardona, 1993; Macías, 1992). Por otro lado, la vulnerabilidad, factor netamente social, incide en la forma en que una población es capaz de desarrollar redes de contención, apoyo y solidaridad. Tras el impacto de un terremoto, la crisis que se desata «es la actualización del grado de riesgo existente en la sociedad, producido por una inadecuada relación entre el ser humano y el medio físico natural y construido que lo rodea» (Lavell, 1996, p. 14). La vulnerabilidad no solo define la capacidad de respuesta ante un desastre, sino que también refleja las fallas profundas en la relación entre las personas y sus entornos. Lo que la perspectiva «fisicalista» no ayuda a dimensionar es que las víctimas no son consecuencia del desastre, sino que son el desastre en sí mismo: son el resultado de las desigualdades históricas que se convierten en condiciones estructurales de riesgo.

Infancias en los desastres

Al alterar profundamente las rutinas y los espacios, los terremotos fuerzan a niños y niñas a enfrentar cambios emocionales abruptos y sobrellevar la escasez de recursos, desarrollando una gran dependencia de sus familias y personas cercanas (Cadamuro et al., 2021). Los estudios sobre los impactos de los desastres en las infancias destacan una predominancia de trastornos como el estrés postraumático (TEPT) y la depresión, así como problemas relacionados con la ansiedad, alteraciones del sueño, dificultades cognitivas y percepción distorsionada del tiempo (Jumilia y Kanathasan, 2024; Lai et al., 2018; Kar, 2009; Special Education Service, 1995). Una mayor intensidad y/o duración de la exposición al desastre influyen directamente en la probabilidad de desarrollar TEPT o depresión (Schwind et al., 2018). Entre más se altera la rutina, mayor será el trauma. Por ejemplo, un estudio sobre un terremoto en Turquía evidenció que la incidencia de síntomas en infancias que vivieron el terremoto de cerca fue seis veces mayor en comparación con aquellas que lo experimentaron de forma indirecta (Bulut, 2006). En otro análisis, basado en el terremoto de Wenchuan, China, se observó que las manifestaciones psicológicas en las infancias evolucionan a lo largo del tiempo (Cheng et al., 2018), encontrando que los síntomas de TEPT surgen rápidamente tras el evento y disminuyen con el tiempo, mientras que los síntomas depresivos adquieren mayor relevancia a medida que pasa el tiempo.

Esto sugiere que una exposición prolongada a la catástrofe está asociada al incremento y la persistencia de los efectos negativos en la salud mental infantil. Las catástrofes son tan impactantes que incluso la exposición a imágenes televisivas de víctimas puede tener efectos prolongados en la salud mental infantil (Asami Ohnuma et al., 2023).

Reforzando la interpretación de los desastres como fenómenos sociales, se ha demostrado que afectan especialmente a las infancias pertenecientes a grupos con vulnerabilidades estructurales, como las minorías étnicas, de clase social, de género y con discapacidades (Cadamuro et al., 2021). Algunos estudios han encontrado diferencias en la respuesta de niños y niñas (Special Education Service, 1995), reportando tendencia en los varones a externalizar su comportamiento mientras que las mujeres suelen tener conductas más interiorizadas (Raccanello et al., 2017). Estas reacciones, que estarían asociadas a los roles sociales construidos para estos géneros (Masten, 2020), indican que las catástrofes pueden afectar de forma particular a cada persona. Como muestra, una de las investigaciones concluyó que ser niña, carecer de buenos cuidados parentales y tener una amplia exposición al trauma son factores que aumentan considerablemente el riesgo de padecer TEPT o depresión (Cheng , 2018).

Aunque existe una extensa documentación sobre las afectaciones a la salud mental infantil, las formas en que las infancias resisten y desarrollan resiliencia han sido poco exploradas (Spencer y Thompson, 2024). La mayoría de los estudios se enfocan en los efectos negativos e individuales, retratando a niños y niñas como sujetos vulnerables, sin considerar sus capacidades de agenciamiento ni sus estrategias de acción. En contextos catastróficos, cuando un niño o niña pierde su hogar y debe vivir en condiciones precarias junto a su familia, la resiliencia emerge como un concepto clave para comprender cómo las infancias pueden adaptarse y recuperarse frente a la adversidad.[1] Esta capacidad, entendida como la habilidad de superar situaciones difíciles y reconstruir el bienestar, no es innata ni automática, sino que depende de la capacidad de respuesta de sus entornos de promover seguridad, apoyo emocional y acceso a recursos esenciales (Cadamuro et al., 2021). En tal proceso, los niños y las niñas no solo reciben cuidado, sino que también aportan a la resiliencia colectiva a través de sus acciones, como colaborar en la organización del espacio, proponer soluciones creativas y fortalecer los vínculos sociales en el albergue.

Para el desarrollo de resiliencia en niños y niñas resulta esencial el papel que ocupan diferentes niveles de estructuras sociales involucradas en su bienestar. En esta línea, Ann Masten (2020) destaca cuatro sistemas en particular que, idealmente, deben coaccionar y complementarse para brindar atención integral. En primer lugar, la familia es el núcleo principal de apoyo al ser el sistema más cercano e íntimo, desempeñando un rol crítico al proporcionar estabilidad y cuidado (Félix et al., 2012). Por otro lado, las escuelas pueden ofrecer un entorno seguro, así como rutinas y continuidad en la educación. El tercer nivel corresponde a la comunidad, que fomenta redes de solidaridad y recursos compartidos, y el cuarto es la sociedad en general, cuya capacidad para implementar políticas efectivas y brindar apoyo estructural es crucial. Fortalecer estos cuatro niveles de cuidado resulta esencial para que niños y niñas puedan enfrentar sus propios procesos de recuperación. En consecuencia, esta investigación presta especial atención a dichos ámbitos de cuidado, tratando de comprender cómo cada uno de ellos pudo impactar en las infancias del albergue San Roque en Bahía de Caráquez.



Figura 3. Restos de una casa en una loma de San Roque, 2016.

Protección de las infancias en albergues comunitarios

Para poder identificar cuáles son los espacios de cuidado efectivo de las infancias que surgen en el desastre, es crucial analizar la capacidad de respuesta de estos cuatro niveles de protección y la forma en que pueden interactuar entre sí. Si bien los sistemas familiares, comunitarios y escolares son vitales en los desastres, la protección integral y estructural de las infancias debería garantizarse por medio del desarrollo de políticas públicas y de mecanismos diseñados para salvaguardar sus derechos y salud. En tal sentido, en las últimas décadas en Latinoamérica se han creado diversas instituciones responsables de la gestión de riesgos, que han establecido planes de respuesta ante emergencias definiendo criterios para la instalación de albergues temporales que brinden condiciones adecuadas en términos de capacidad, seguridad, higiene y alimentación (Secretaría Nacional de Gestión de Riesgos-Ecuador, 2011; SINAE-Uruguay, 2009; Dirección de Gestión del RiesgoColombia, 2011; Protección Civil-El Salvador, s.f.). Estas estrategias regulan aspectos como horarios, seguridad, protocolos, responsabilidades y criterios de admisión. Incluso, algunas contienen medidas especiales para niños y niñas, como mantener a las familias unidas y designar espacios de juego y de estudio. De cumplirse las condiciones establecidas, estos albergues temporales podrían convertirse en el principal espacio de cuidado y resguardo de las infancias en los desastres, especialmente de aquellas que han perdido sus hogares.

Sin embargo, en la práctica, el panorama es desalentador. Un estudio que analizó 25 años de gestión de riesgos en el país, realizado poco antes del sismo, concluyó que Ecuador carecía de un plan nacional de gestión de riesgos que estableciera directrices claras, prioridades políticas concretas y enfoques metodológicos específicos (Rebotier, 2016); lo que indica que no estaban dadas las condiciones necesarias para garantizar la protección integral de las infancias. A esto se suma que las acciones de los albergues temporales tienen un alcance bastante limitado, cuya duración recomendada no excede los 90 días y cuya ocupación no debiera superar las 300 personas. Aunque los albergues temporales tienen el potencial de ser espacios clave de cuidado infantil en desastres, su alcance limitado y la falta de políticas públicas efectivas dificultan su funcionamiento en la práctica. Frente a estas carencias, ¿qué sucede con las infancias que han perdido sus hogares y carecen de un lugar donde habitar? En situaciones similares de desamparo han emergido otras alternativas de resguardo y habitabilidad, nombradas como «autoalbergues» o albergues «autogestionados» en algunos documentos oficiales (SINAE-Uruguay, 2009; SOSEP, s.f.). Estas iniciativas se traducen en espacios donde las personas afectadas desarrollan estrategias propias para afrontar la crisis, organizándose y apoyándose mutuamente. Sin embargo, estas denominaciones no alcanzan a contener todas las dinámicas sociales, emocionales y materiales que emergen en dichos contextos.

Propongo el concepto de albergues comunitarios para describir las redes solidarias que emergen en situaciones extremas y se materializan en espacios de protección y cuidado, donde las personas afectadas, a diferencia de los campamentos oficiales, colaboran activamente para satisfacer sus propias necesidades inmediatas, fortaleciendo vínculos sociales y promoviendo el bienestar colectivo, especialmente el de niñas y niños. Este concepto amplía las definiciones tradicionales de los refugios, al enfatizar su carácter activo y transformador, impulsado por la diversidad de personas que los integran y que participan en su creación. Estos albergues se gestan desde los niveles de cuidado familiar y comunitario, implicando dos de los cuatro niveles mencionados por Masten (2020). Ambos emergen y se despliegan como interdependientes: el albergue depende de la participación activa de los grupos familiares, mientras que esta estrategia colectiva crea las condiciones necesarias para que las familias puedan sostenerse mutuamente. Estas redes de solidaridad y acción colectiva involucran a todas las personas, desde abuela y abuelo hasta niños y niñas, quienes también asumen roles activos. Las infancias contribuyen organizando actividades recreativas, ofreciendo apoyo emocional a sus pares y participando en tareas comunitarias que refuerzan el sentido de colaboración y pertenencia. Estas dinámicas promueven una fuerte interdependencia entre los integrantes, e impulsan la resistencia colectiva frente a la adversidad.



Figura 4. Albergue comunitario San Roque, 2016.



Figura 5. Interior de carpa en San Roque, 2016.



Figura 6. Albergue comunitario Montúfar, 2016.



Figura 7. Albergue comunitario P. F. Cevallos, 2016.

El término se fundamenta en la idea de que estas redes solidarias actúan bajo lógicas de comunidad, tal como lo describe Alfonso Torres (2002), quien destaca que las redes comunitarias movilizan un repertorio de acciones para enfrentar la adversidad, basándose en la subjetividad, los vínculos emocionales y un profundo sentido de pertenencia. En tal contexto, los albergues comunitarios no son simples refugios temporales, sino espacios organizados y gestionados por las propias personas afectadas, quienes los adaptan según sus posibilidades y necesidades específicas. Estas iniciativas priorizan el bienestar colectivo sobre el individual, fomentando un compromiso ético entre sus integrantes y apoyando especialmente a las personas más dependientes. Su funcionamiento puede incluir estructuras organizativas informales, como juntas vecinales o la elección de representantes, para coordinar recursos y responsabilidades. Además, suelen vincularse a territorios específicos, transformando el espacio público en entornos habitables y significativos para la comunidad. Por ejemplo, en el caso estudiado, tras el terremoto de 2016 múltiples familias del barrio San Roque de Bahía de Caráquez ocuparon una plaza pública durante dos años, adaptándola para satisfacer sus necesidades de seguridad y convivencia. Este caso ilustra cómo el tiempo y la persistencia pueden reforzar el carácter comunitario de estos espacios, consolidándolos como lugares de resistencia y reconstrucción social.

Esta capacidad de las comunidades para generar espacios de cuidado colectivo no surge de manera aislada, sino que responde a contextos catastróficos marcados por la destrucción del orden cotidiano y, frecuentemente, agravados por la ausencia del Estado. En escenarios así, pueden emerger redes de apoyo mutuo que buscan satisfacer no solo necesidades inmediatas sino también un profundo anhelo de conexión y sentido compartido. Así lo ha documentado Rebecca Solnit (2020) en diversos desastres, demostrando cómo situaciones extremas despiertan deseos de solidaridad y participación comunitaria, pudiendo generar incluso una sensación de gozo colectivo al experimentar una sociedad más cohesionada y empática. Aunque caóticos, los desastres también pueden evidenciar la capacidad de las personas para transformar la adversidad en un motor de organización colectiva, al adaptarse creativamente a condiciones adversas. Los niños y niñas que pierden sus hogares y deben compartir espacios con otras personas pueden encontrarse con pares que atraviesan las mismas condiciones, alcanzando una oportunidad para generar cercanía y acompañarse mutuamente. En este proceso, se construyen redes de apoyo que no solo son prácticas, sino también profundamente reconfortantes en lo emocional y social. De estas formas podría comenzar a gestarse un albergue agenciado por las propias personas afectadas, quienes aprovechan al máximo los recursos disponibles para mejorar las condiciones de dignidad y habitabilidad.

Para comprender el carácter político de la acción colectiva en los albergues comunitarios, resulta relevante la propuesta de Judith Butler (2017). La autora sostiene que la vulnerabilidad, lejos de ser solo una manifestación de la precariedad, puede convertirse en un catalizador de relaciones sociales solidarias. Cuando las personas que enfrentan injusticias se reúnen en espacios públicos, ya sea de forma voluntaria, como en una protesta, o forzadas por circunstancias como un terremoto, se reconocen mutuamente en su situación, y generan sensaciones de unidad e identidad colectiva. Desde esta perspectiva, los albergues comunitarios trascienden su función de ofrecer protección física y se convierten en sitios donde la vulnerabilidad impulsa la agencia colectiva, promoviendo nuevas formas de sociabilidad, solidaridad, acción política y resiliencia. Contraria a la idea de autosuficiencia individual, la vulnerabilidad es intrínseca a la sociabilidad, pues fomenta redes de colaboración, ayuda mutua y tejido social que actúan como mecanismos esenciales para enfrentar la precariedad.

En el contexto de los albergues comunitarios, el planteamiento de Butler cobra especial relevancia al destacar cómo la vulnerabilidad se centra en la corporalidad. Los cuerpos humanos se convierten en el espacio biológico y material donde la precariedad se evidencia, adquiriendo una dimensión tangible y profundamente significativa. Factores como la falta de acceso a salud, vivienda, educación o trabajo repercuten directamente en el debilitamiento físico de poblaciones enteras. Las personas no son vulnerables per se, sino que la vulnerabilidad se expresa en cómo logran, o no, cubrir sus necesidades básicas. Son condicionamientos externos al cuerpo, pero que lo atraviesan permanentemente. En tal sentido, los colectivos que protestan ocupando plazas y calles de forma prolongada no solo demandan respuestas de manera inmediata y directa, sino que también manifiestan la negación histórica de acceso a derechos básicos y fundamentales. Por medio de la presencia en espacios públicos, sus cuerpos actúan como catalizadores de denuncia y esperanza: interpelan tanto a las autoridades como a la sociedad acerca de la urgente necesidad de justicia social, a la vez que se organizan para resistir colectivamente con dignidad. Son una clara manifestación de que «las reivindicaciones relativas al cuerpo (su protección, alojamiento, alimentación, movilidad, expresión) a veces tienen que plantearse con el cuerpo y sus dimensiones técnicas e infraestructurales, y a través de él» (Butler, 2017, pp. 130-131).

En los albergues comunitarios, la permanencia de los cuerpos en el espacio público revela, por un lado, cómo las condiciones de desigualdad y exclusión histórica han limitado el acceso a viviendas dignas capaces de resistir desastres. Por otro lado, esta presencia se convierte en una forma de resistencia activa que demanda soluciones reales y adaptadas a los territorios afectados. Antes de entender la resistencia en términos políticos, es necesario abordarla de manera amplia, ya que en contextos de catástrofe las personas deben organizarse para enfrentar el clima, los robos, la falta de intimidad, las réplicas y, sobre todo, para satisfacer sus necesidades básicas. En el caso de las infancias, resulta crucial atender requerimientos específicos como la protección, el juego y la educación. Estas acciones buscan asegurar la subsistencia y preservar un cuerpo que, además de vulnerable, se convierte en un agente de lucha y transformación.

Las comunidades de cuidado no solo deben ser capaces de organizarse, sino que también requieren de espacios que puedan ocupar y transformar. En tal sentido, los albergues comunitarios suponen una modificación del espacio público según sus necesidades. Como se ha evidenciado en otros casos (Berroeta et al., 2016), los desastres se presentan como oportunidades donde lo público entra en disputa y pueden generarse resignificaciones según las necesidades locales específicas. Cuando las calles y plazas son ocupadas por quienes históricamente han vivido en zonas de no-aparición, tanto los espacios como las personas se ven transformados por medio de la acción colectiva (Butler, 2017). La conversión del espacio público en un lugar de habitabilidad y resistencia comunitaria no solo redefine su uso, sino que también resignifica las relaciones sociales que allí se construyen. Estos sitios dejan de ser lugares de paso para convertirse en espacios de convivencia permanente. A medida que la comunidad se apropia de su entorno, el espacio se reconfigura y la comunidad evoluciona. Un ejemplo de esta dinámica se observó en el caso estudiado del albergue comunitario San Roque, donde las familias cerraron una calle para transformarla en una cancha, mientras que a pocos metros el tobogán de una plaza era resignificado como el pilar central de una gran carpa familiar. De esta forma, las personas lograron reconfigurar el espacio público, convirtiéndolo en un entorno más digno y organizado para sustentar la vida.

2. Situación de riesgo

Antes del terremoto de 2016, la situación de las infancias en Ecuador ya era preocupante. Ese año, el 42% de niños, niñas y adolescentes del país vivían en situación de pobreza multidimensional, y al menos 1 de cada 3 habitaban en viviendas con déficit cualitativo (Observatorio Social del Ecuador, 2019). Además, el 23% de los y las menores de 5 años sufría desnutrición crónica, y aunque la mitad jugaba con su madre, solo el 6,5% lo hacía con su padre (Instituto Nacional de Estadística y Censos, 2018). Estas condiciones señalan la fragilidad y el nivel de vulnerabilidad de las infancias ecuatorianas, conformando un escenario de alto riesgo ante el impacto de un fenómeno natural.

En Bahía de Caráquez, puerto estratégico fundado en 1628, las desigualdades históricas se manifestaban con fuerza en barrios como San Roque, donde históricamente las familias migrantes del campo se asentaron en terrenos precarios ubicados en lomas, sin acceso a servicios básicos. A pesar de los intentos de recuperación de la ciudad tras desastres previos, como los terremotos de 1896, 1942 y 1998, y el fenómeno de El Niño en 1997-98, la marginación de San Roque persistió, con viviendas precarias y altos niveles de pobreza. Cuando el terremoto del 16 de abril de 2016, conocido como 16A, golpeó la ciudad, esta vulnerabilidad se exacerbó, y muchas familias, incluidas las infancias, se vieron obligadas a vivir en condiciones extremas, como en una plaza pública, durante un largo periodo.



Figura 8. Vista panorámica del barrio San Roque con casas derrumbadas y albergue al fondo, 2016.

Albergue comunitario San Roque

Tras el terremoto, las familias ubicadas en las lomas del barrio San Roque descendieron rápidamente hacia la plaza central, buscando un lugar seguro y público donde protegerse. La mayoría de las viviendas, cabañas de madera y zinc, colapsaron o quedaron gravemente dañadas, generando gran susto y angustia. Las primeras horas estuvieron marcadas por la oscuridad, las réplicas, los saqueos y el miedo. Se encendieron fogatas en la plaza que dieron paso al encuentro y los primeros intentos de organización. Entre las estrategias colectivas iniciales, se comenzó a intentar recuperar pertenencias de las casas, llevándolas a la plaza donde podían protegerlas en conjunto. Durante la primera noche, las familias intentaron permanecer juntas, buscando apoyo emocional en un contexto de incertidumbre compartida, ejemplificando lo que Butler (2017) describe al analizar cómo la vulnerabilidad activa redes de interdependencia.

Con el amanecer, surgieron los primeros signos de organización comunitaria. Algunas vecinas tomaron una cocina que encontraron, consiguieron un tanque de gas y comenzaron a cocinar colectivamente para alimentar a quienes estaban en la plaza, sirviendo en los platos y vasos que podían rescatarse. Las adolescentes ayudaban a sus madres a preparar y repartir los platos. Los niños y niñas se mantenían cerca, jugando, descansando o acompañando. Los hombres y jóvenes varones salían a recuperar lo que pudiesen de sus casas, buscaban ayuda y comenzaban a levantar techos en la plaza para resguardarse del calor. Estas acciones, como argumenta Solnit (2020), reafirman las prácticas de cuidado colectivo como forma de resistencia en contextos de precariedad, construyendo lazos sociales y solucionando necesidades esenciales para sobrellevar el desastre.

Durante las primeras semanas se determinó una afectación del 95% de la ciudad, declarándosela peligrosa y prohibiéndose el ingreso oficial de entes ministeriales para salvaguardar la integridad de los y las funcionarias, y los militares fueron la única institución pública presente. Esto provocó que la asistencia oficial fuese prácticamente nula dentro de Bahía de Caráquez, confirmando los pronósticos de la falta de lineamentos en el país para la gestión efectiva de casos de crisis (Rebotier, 2016). Por el contrario, mucha de la ayuda que se brindó durante los primeros tres meses provino de múltiples organizaciones y personas particulares que se acercaron de manera espontánea y solidaria a entregar donaciones. Si bien estos aportes eran necesarios, se brindaban de forma descoordinada, llegándose a repetir excesivamente algunos insumos como el atún en lata, el arroz y la ropa usada; mientras que escaseaban los pañales, las toallas higiénicas y el agua, entre otras necesidades.

En San Roque, más de 500 vecinos y vecinas permanecían en la plaza. Comenzaron a construir carpas más amplias y resistentes, organizaron mejor el espacio según sus requerimientos. Poco a poco fueron apareciendo cuerdas y cables que cruzaban por el aire, sosteniendo y afirmando estructuras de palos, bolsas y zinc. Se tomaron decisiones urgentes sobre dónde lavar y tender la ropa, preparar alimentos, almacenar pertenencias o cómo asegurar el agua potable, entre otras necesidades básicas. En la plaza contaban con dos baños públicos, uno asignado a las mujeres y otro a los hombres. Al poco tiempo se comenzaron a realizar mingas para limpiar los espacios comunes y a organizar eventos que permitiesen levantar el ánimo colectivo, incluyendo presentaciones artísticas y venta de comida. Estas actividades comunitarias permitían la colaboración de todas las personas albergadas, destacándose la persistente participación de las infancias. Estas iniciativas son ejemplos concretos de cómo el cuidado comunitario, basado en la solidaridad y la cooperación, puede generar sentido de pertenencia, a la vez que se experimenta como gozo colectivo (Solnit, 2020).

En San Roque, los cuerpos vulnerables de las familias desplazadas no solo ocuparon la plaza como un refugio improvisado, sino que convirtieron este acto en una manifestación visible de sus necesidades y derechos no atendidos. Por ejemplo, al transformar un espacio público en un albergue comunitario, denunciaron la precariedad histórica que los afectaba y exigieron acceso a servicios básicos. Esta ocupación colectiva no solo satisfizo necesidades inmediatas, sino que construyó un tejido social solidario que encarnaba la resistencia política planteada por Butler (2017).



Figura 9. Yessenia frente al albergue comunitario San Roque, una de las lomas del barrio, 2017.

3. Ante el caos, metodología audiovisual participativa

El proyecto se desarrolló en un contexto marcado por la devastación causada por un desastre natural. Por ello, fue fundamental generar un repertorio amplio y exhaustivo de datos que recogiera múltiples perspectivas y la cronología de los eventos, tanto desde el punto de vista emocional como del estructural. Ante esta necesidad, se optó por una metodología cualitativa que, a través de enfoques participativos, utilizó el audiovisual como herramienta principal para registrar, analizar y reflexionar sobre las vivencias de niños, niñas y jóvenes en los albergues populares, especialmente en el caso del albergue de San Roque. La metodología adoptada no solo buscaba generar productos audiovisuales, sino también promover procesos de reflexión en los y las participantes, permitiéndoles reconfigurar sus propias narrativas a través de la creación colectiva y visibilizar su situación.

Con el objetivo de recabar diferentes perspectivas y dimensiones sobre el desastre y sus consecuencias, el trabajo se dividió en dos procesos paralelos de creación documental. Por un lado, para profundizar la comprensión de las infancias afectadas, se desarrolló un taller de video documental utilizando celulares como herramientas de producción. Por otro lado, para involucrar a jóvenes y fomentar la reflexión colectiva a largo plazo, se llevó a cabo un proyecto documental que se extendió por 16 meses, durante los cuales los participantes fueron cocreadores y protagonistas en la construcción de un largometraje sobre la reconstrucción de la ciudad, las desigualdades estructurales y la movilización comunitaria en el desastre.

El enfoque principal fue asegurar que los participantes tuvieran un rol activo y decisivo en todas las etapas del proceso creativo: desde la planificación hasta la ejecución final. En cada caso, tanto en el taller de video como en la producción del documental, el objetivo era que niños, niñas y jóvenes pudieran manejar y controlar las herramientas audiovisuales, que fueran responsables del contenido narrativo y que pudieran expresarse de manera auténtica sobre sus experiencias. En el contexto de una investigación, estas herramientas de exploración y creación conjunta tienen dos grandes componentes. Por un lado, consisten en el desarrollo de procesos íntimos y transformadores, dependiendo de la creación de espacios seguros donde las personas pueden reflexionar y expresarse libremente (High et al., 2012). Por otro lado, implican la creación de representaciones audiovisuales, información multimodal y narrativa regida por los intereses de los y las participantes, poniendo los métodos literalmente en sus propias manos y permitiendo un mayor acceso al conocimiento sobre la investigación social más allá de la academia (Gubrium y Harper, 2013). En tal sentido, este estudio basa su análisis tanto en el proceso colectivo como en la información y la propuesta estética presentada en las películas resultantes.

El proceso metodológico incluyó varios momentos de reflexión, tanto individuales como grupales, donde las y los participantes pudieron discutir y analizar el impacto emocional del trabajo realizado, los contenidos que habían creado y las percepciones sobre su entorno. Este espacio de reflexión no solo fomentó la autocomprensión y el análisis crítico, sino que también permitió que pudiesen compartir sus sentimientos y emociones de manera segura.

Aunque no se llevaron a cabo evaluaciones formales o encuestas sistemáticas, los productos finales y las sesiones de retroalimentación fueron herramientas clave para evaluar el impacto del proceso. El entusiasmo mostrado por los niños y las niñas durante la visualización de sus documentales y el reconocimiento obtenido en festivales de cine infantil en Latinoamérica son claros indicativos del éxito del enfoque metodológico en términos de participación, aprendizaje y empoderamiento.

Pasando la cámara

El video participativo (VP) es una metodología que replantea el lugar de las personas y sus comunidades en los procesos de producción de conocimiento, otorgándoles un rol protagónico y transformándolas de objetos de estudio en participantes activas y co-creadoras de narrativas audiovisuales. Su potencial radica en la generación de relaciones horizontales y espacios seguros que fomentan la expresión y la reflexión, permitiendo así que niñas, niños y jóvenes exploren sus realidades a través de la cámara (High et al., 2012; Low et al., 2012). Este enfoque crea experiencias transformadoras al involucrar a los participantes en todas las etapas de toma de decisiones, lo que asegura una comunicación igualitaria y transparente (Flores, 2007). El VP no solo facilita el análisis crítico sino que también produce obras estéticas que funcionan como datos y evidencias, revelando subjetividades y narrativas complejas (Pink, 2007). A través de la interacción y el consenso, esta metodología permite recontextualizar las vivencias y reflexionar sobre las dinámicas sociales, mediante la creación de narrativas con alto poder de difusión y resonancia (Ardèvol, 1998).

La investigación sobre desastres ha prestado poca atención a las perspectivas de niños, niñas y jóvenes, lo que refleja una tendencia más amplia a minimizar o ignorar sus voces en diversos contextos (Sanson et al., 2019; Spencer y Thompson, 2024). Herramientas como cámaras y fotografías han demostrado ser efectivas para que niños y niñas puedan narrar y compartir sus entornos, mientras que los procesos creativos promueven habilidades nuevas, colectividad y control sobre sus propias historias (Einarsdottir, 2005; Reichenberger et al., 2022).

Zona de desastre: película documental participativa

Durante 16 meses, se realizó el proyecto documental Zona de desastre con jóvenes previamente involucrados en talleres de cine. La participación de estos jóvenes no solo se centró en la grabación de imágenes y entrevistas, sino también en la construcción de la narrativa general del documental. A través de visitas mensuales, se fue registrando la evolución del albergue comunitario, las dinámicas del albergue de San Roque, la reconstrucción del espacio y las interacciones entre los habitantes, que incluían tanto a las personas albergadas como a actores sociales y autoridades locales.

El proceso de creación fue altamente colaborativo: las decisiones sobre el enfoque, el contenido y el estilo de rodaje se tomaban de manera conjunta. Cada sesión de grabación fue acompañada de discusiones y análisis de las imágenes registradas, asegurando así que los participantes pudieran reflexionar sobre lo que estaban documentando y sobre la historia que querían contar. Además, se promovieron espacios para resolver diferencias por consenso, lo que propició un ambiente de trabajo donde la participación activa y respetuosa fuera fundamental.

La edición del documental, que se extendió por tres meses, fue igualmente participativa. Se realizaron visionados colectivos, donde los jóvenes compartían sus impresiones y comentarios sobre las imágenes y la estructura de la película, lo que permitió una retroalimentación continua. Este proceso enriqueció el producto final, y fortaleció el sentido de propiedad y agencia creativa de los jóvenes. A través de este trabajo colaborativo, el proyecto no solo logró documentar la experiencia de los jóvenes y su comunidad, sino que también contribuyó a su desarrollo personal y colectivo, al empoderarlos para crear y compartir sus propias historias.



Figuras 10, 11 y 12. Rodaje en Bahía de Caráquez, 2016.

«Ojo al celular»: taller de video documental con celulares

El taller de video documental «Ojo al celular» se llevó a cabo durante siete días consecutivos en los albergues San Roque y Montúfar, con la participación de quince niñas y niños de entre 5 y 15 años. Su propósito fue crear un espacio seguro para reflexionar y dialogar sobre las experiencias tras el desastre, mientras se exploraba el estado de la ciudad y se brindaban herramientas creativas para que los participantes pudieran narrar sus propias vivencias. La selección de estos albergues se debió a la presencia de áreas de esparcimiento, consideradas fundamentales para las infancias en contextos de vulnerabilidad.

El taller combinó dinámicas lúdicas con ejercicios prácticos, utilizando cámaras de celulares para enseñar técnicas de grabación y entrevistas. Durante la actividad, las y los participantes documentaron en cinco de los seis albergues de la ciudad y sus recorridos, registrando historias y perspectivas diversas de las personas albergadas. Este proceso culminó en la producción del corto documental Ojo al celular, una obra colectiva que refleja las vivencias y puntos de vista de las niñas y niños participantes.

Un enfoque central del taller fue la participación activa y el control narrativo por parte de las infancias, quienes durante el rodaje operaron cámaras, colocaron micrófonos y eligieron los encuadres, preguntas y temas clave, explorando y compartiendo sus experiencias desde sus propias perspectivas. Aunque la diferencia de edades presentó un desafío, se adaptaron las actividades para fomentar la inclusión y garantizar que todas las voces fueran escuchadas, mientras se promovía una ética de cuidado colectivo y se abordaban temas sensibles con cautela.

El uso de dispositivos móviles resultó ser una estrategia eficaz ya que su familiaridad simplificó el aprendizaje y permitió concentrarse en la exploración creativa y narrativa. Este taller no solo brindó a niñas y niños herramientas expresivas para procesar sus vivencias, sino que además fortaleció su capacidad para reflexionar sobre su entorno y participar activamente en la construcción de narrativas que les permitieran recuperar agencia en medio de un contexto adverso.

4. Albergues comunitarios e infancias resilientes

Familia y comunidad como sistemas de cuidado

En el modelo teórico de Masten (2020), los sistemas de familia y comunidad son fundamentales para la resiliencia infantil, especialmente en contextos de desastre. El albergue comunitario de San Roque ejemplificó esta integración, al convertirse en un espacio donde las dinámicas familiares y comunitarias no solo garantizaron la protección infantil, sino que incluso promovieron el desarrollo emocional y social de niños y niñas.

En concordancia con lo encontrado en la revisión bibliográfica hecha por Spencer y Thompson (2024), las infancias del albergue comunitario San Roque demostraron gran preocupación por otras personas, partiendo por las más cercanas. Manifestaron estar conscientes de las angustias de sus madres y padres, reconociendo que las emociones de sus cuidadoras/es tenían una gran influencia en cómo se sentían frente a la crisis. Por ejemplo, Julio César, de 9 años, compartió su sorpresa al haber visto llorar a su padre por primera vez; mientras que Anette, de 12, contaba con orgullo cómo su madre se tomaba el tiempo de peinarla todos los días al final de la tarde. Estos testimonios confirman que la familia tiene un papel clave en el cuidado de las infancias y su capacidad de resiliencia (Masten, 2020; Felix et al., 2012). Varios niños y niñas demostraron sentir conexiones directas entre la unidad familiar y su propio bienestar, como Thábata, de 12 años, al afirmar que «lo más importante es estar en familia bien uniditos».

Desde sus primeras semanas, el albergue adoptó dinámicas colectivas que respondieron a las necesidades inmediatas de las casi 200 familias afectadas. La organización de las tareas diarias se basó en la colaboración entre grupos familiares, lo que permitió que las responsabilidades se distribuyeran de manera equitativa. Por las mañanas, las personas adultas salían a trabajar o gestionar ayudas, dejando a niños y niñas al cuidado de personas mayores o adolescentes. Los adolescentes asumieron un papel activo en las actividades del albergue, encargándose de cocinar, reparar objetos y cuidar a sus hermanos menores. Estas tareas les permitieron desarrollar habilidades prácticas y fortalecer su autonomía, mientras contribuían al bienestar colectivo. Esta división de roles no solo aseguraba la protección de las infancias, sino que también fortalecía las relaciones intergeneracionales. Dicha cotidianidad muestra cómo el albergue comunitario consistió en un espacio de cuidado familiar ampliado, lo que permite un mayor desarrollo de la resiliencia infantil (Cadamuro et al., 2021). Los niños y niñas, por su parte, disfrutaban de la cancha y las calles perimetrales como espacios seguros para jugar y socializar. Estas actividades recreativas, aunque simples, fueron fundamentales para su estabilidad emocional y su capacidad de adaptación frente al desastre.

Al aumentar las responsabilidades y la gestión que implicaba el albergue, se votó para la creación de una comitiva comunal con diez integrantes, que permitió encauzar los esfuerzos colectivos y atender las diferentes necesidades. Formaron un grupo de mensajería celular para comunicarse e incluso crearon un perfil del albergue en una conocida red social para dar a conocer las actividades que se realizaban. El desarrollo de esta estructura organizativa refuerza la noción comunitaria del albergue (Torres, 2002). A los cinco meses del 16A, se eligió a Yessenia Pallaroso como presidenta barrial, quien así describía lo ocurrido durante este tiempo:

Estamos todavía bajo plásticos, estamos igual. Lo único que ha cambiado es la gente, se ha unido más. Como que ha cogido más fuerza, más valor. Porque todo el mundo se está moviendo, aquí en mi barrio todo el mundo se está moviendo. (Entrevista con Y. Pallaroso, 12 de septiembre de 2016)

El testimonio es un claro reflejo de cómo las vulnerabilidades compartidas pueden servir como un catalizador de la acción solidaria coordinada (Butler, 2017), dando paso al gozo colectivo señalado por Solnit (2020). Así lo confirma Yessenia al continuar su testimonio: «Ahora, a pesar de que aún seguimos debajo de plásticos, estamos felices. Pero la felicidad es porque estamos unidos, esa es la felicidad de nosotros. De aquí del barrio no nos vamos a ir». Este sentido de unidad fue especialmente significativo para los niños y niñas, quienes encontraron en el albergue un entorno seguro y afectivo donde podían desarrollarse emocional y socialmente.

Uno de los aspectos más destacados del albergue comunitario San Roque fue su capacidad para transformar el espacio público en un entorno seguro y significativo para las infancias. La plaza del barrio, originalmente dividida en dos niveles, se reorganizó para satisfacer las necesidades de las familias albergadas. En el nivel superior, se ubicaron las carpas más grandes, que alojaban entre tres y cuatro núcleos familiares por estructura; mientras que el nivel inferior, con una cancha y baños preexistentes, se destinó a actividades recreativas y comunitarias. La cancha se mantuvo despejada específicamente para que niños y niñas pudieran jugar libremente. Según Berroeta et al. (2016), la acción colectiva en contextos de desastre permite resignificar el espacio público como un lugar de cuidado y pertenencia. En San Roque, esta resignificación fue evidente en cómo la comunidad priorizó el bienestar infantil, garantizando que las infancias tuvieran acceso a espacios donde jugar, socializar y reconstruir su estabilidad emocional. Estas actividades no solo ofrecieron un medio para canalizar la energía y las emociones, sino que a la vez actuaron como un factor clave en el desarrollo de su resiliencia, tal como señalan Spencer y Thompson (2024).

La comunidad también organizó eventos significativos como mingas, cumpleaños y festividades, demostrando cómo las dinámicas intergeneracionales contribuían a la reconstrucción de un tejido social sólido. Así contaba Yessenia acerca de uno de los eventos:

Le hicimos entre todos los moradores una fiesta de quince años. Como pudimos, la hicimos en un solo día. La gente colaboró: una trajo las empanadas, otra la cola, la otra el arroz y en total se hizo la quinceañera. […] Son cosas que he vivido que, si no fuera por el terremoto, no las hubiera pasado. (Entrevista con Y. Pallaroso, 11 de febrero de 2017)

Esta última reflexión ejemplifica la capacidad del albergue comunitario San Roque de consolidarse como un refugio para infancias, que brinda un espacio de pertenencia e identidad que funciona como motivación para el desarrollo de resiliencia en niños y niñas (Cadamuro et al., 2021). Al mismo tiempo, demuestra que «para la acción política, debo aparecer ante los demás de maneras que no soy capaz de conocer, y de este modo mi cuerpo se establece por medio de perspectivas que no puedo habitar, pero que seguramente sí habitan en mí» (Butler, 2017, p. 81). La acción colectiva surge entre las personas ya que es al compartir y sacrificarse juntas por una causa común que brotan la confianza y la organización social.

Fallas de los sistemas escolar y societal

A pesar de los esfuerzos de las familias y la comunidad, los niveles escolar y societal no lograron cumplir plenamente su función de apoyo en el caso de San Roque. El retraso en el inicio del año escolar y las condiciones precarias de las aulas temporales limitaron el acceso de niños y niñas a un entorno estructurado de aprendizaje y socialización. Estas deficiencias evidenciaron la necesidad de desarrollar una infraestructura educativa más resiliente, capaz de garantizar la continuidad del aprendizaje incluso en contextos de desastre.



Figura 13. Demoliciones en la ciudad, 2016.

Por su parte, la ausencia de políticas públicas integrales para la gestión de riesgos dejó a comunidades como San Roque dependiendo de sus propios recursos y capacidades organizativas. Adicionalmente, la desalentadora situación en el resto de la ciudad intensificaba el impacto del desastre en niños y niñas (Schwind et al., 2018). Las obras de reconstrucción imposibilitaban recorrer las calles sin toparse con tierra, huecos, escombros o maquinaria. Al dañarse la estructura del mercado, los y las feriantes debieron trasladarse a la calle, montando y desmontando sus puestos diariamente, comprometiendo así la calidad de sus productos. A esto se sumaban el resto de los albergues comunitarios y múltiples carpas dispersas por las calles. En su conjunto, estas situaciones configuraban un ambiente hostil donde la exposición al desastre no favorecía a la salud mental de niños y niñas (Jumilia y Kanathasan, 2024). Aunque la acción colectiva logró suplir en gran medida estas carencias, la falta de apoyo estatal subraya la necesidad de diseñar estrategias que prioricen a las infancias en la respuesta a desastres, garantizando su acceso a derechos fundamentales como la educación, la vivienda y la salud.

Estrategias de las infancias dentro del albergue: resiliencia y agencia

En el contexto del albergue comunitario, las infancias no solo fueron receptoras de cuidado, sino además agentes activos en la construcción de estrategias para enfrentar la adversidad, basándose en tres ejes principales: el cuidado mutuo, el juego y la participación comunitaria.

Cuidado mutuo

La necesidad de autonomía llevó a los niños y niñas a organizarse y cuidar unos de otros en ausencia de personas adultas. Si bien gran parte de los esfuerzos del albergue comunitario estaban destinados a resguardar a sus infancias, de forma recíproca el bienestar familiar depende de que sus hijos e hijas estén bien. Argumentaré que estas infancias eran conscientes del trabajo de cuidado que requerían y accionaban en consecuencia, organizándose y adoptando prácticas de cuidado colectivo entre pares para alivianar las cargas de trabajo de las familias, fortaleciendo a su vez la resiliencia colectiva. Pasaban la mayor parte del tiempo juntos, en la cancha o visitando las carpas de sus pares, lo que facilitaba la supervisión comunitaria. Estas acciones demuestran cómo las infancias también son capaces de actuar a partir de la vulnerabilidad, como múltiples movimientos políticos que accionan desde el cuerpo (Butler, 2017). Un ejemplo significativo es el caso de Luis Mario, un niño de 8 años que dependía del cuidado de su madre, quien trabajaba largas jornadas fuera del albergue. Luis Mario encontró en sus pares un sistema de apoyo que le permitió socializar y sentirse protegido, mientras su madre cumplía con sus responsabilidades laborales. Este tipo de dinámicas demuestran que las infancias, lejos de ser únicamente vulnerables, tienen la capacidad de desarrollar estrategias para gestionar su propio cuidado y el de sus pares.

El juego

Los niños y niñas comenzaron a jugar prácticamente al día siguiente del 16A. Antes no era tan común salir a jugar diariamente, ya que por lo general se quedaban dentro del hogar haciendo tareas, viendo televisión o el celular. Ahora, pasaban gran parte del día en la cancha ubicada al interior del albergue, donde debían tener cuidado con las carpas cercanas y la ropa tendida. Por tal motivo, este espacio se prefería para jugar a las escondidas, a los quemados o andar en bicicleta. Por lo general, para jugar fútbol se ubicaban en las calles perimetrales del albergue para no golpear carpas. De esta forma, las infancias podían permanecer juntas, a la vez que llevaban adelante actividades significativas para el desarrollo de su resiliencia (Spencer y Thompson, 2024). El juego fue un factor clave en el desarrollo de las estrategias de las infancias para resistir al desastre. Su actitud lúdica les permitió a niños y niñas socializar con facilidad, sobrellevar la crisis cotidiana y resignificar experiencias. En estos casos, el juego se transformó en la forma en que las infancias movilizaron su propia vulnerabilidad para coincidir y conectar, revelando su capacidad para transformar las emociones y hacer más llevadera la crisis.

También cabe destacar que, especialmente en los primeros seis meses tras el 16A, múltiples organizaciones sociales o universidades realizaron actividades lúdicas y artísticas dirigidas a infancias en los albergues comunitarios. Allí, niños y niñas tenían la oportunidad de seguir compartiendo mientras jugaban y experimentaban con dibujos, pinturas y otras herramientas, reforzando la sensación de que aún quedaba mucho por delante a pesar de las pérdidas. Cuando le pregunté a Luis, de 9 años, si prefería estar en su casa como antes del terremoto o en el albergue comunitario, respondió: «Ahora, digo yo: puedo hacer actividades, puedo pintar». Estas experiencias no solamente permitieron que las infancias pudiesen expresarse y distenderse, sino que también podían sentirse cuidadas e importantes.

Participación activa en la vida comunitaria

La presencia de infancias puede ser clave en momentos de gran expresión comunitaria, ya que muchas veces son la principal motivación del accionar colectivo. En el caso de San Roque, niños y niñas buscaron promover el bienestar familiar y comunitario por medio de su participación voluntaria, proactiva y libre en prácticamente todas las actividades que se desarrollaron. En las mingas barrieron, recogieron escombros y pintaron muros, jugaban y bailaban en los cumpleaños, se hacían presentes cada vez que llegaba una gran donación, mientras que en las ferias ayudaban a limpiar, decorar y vender comida. En múltiples ocasiones, su participación superaba en número a la de las personas adultas.

Este entorno colectivo no solo protegió a las infancias, sino que les permitió participar activamente en las dinámicas comunitarias. Las actividades lúdicas, artísticas y de cuidado mutuo reforzaron su sentido de agencia, ofreciéndoles un rol significativo en la reconstrucción social. Estas acciones posicionaron a niños y niñas como agentes activos que no solo recibían cuidado, sino que también contribuían al bienestar colectivo.

Conclusión

La experiencia del albergue comunitario de San Roque tras el terremoto de 2016 ofrece valiosas lecciones sobre cómo los sistemas de cuidado familiar, comunitario, escolar y societal interactúan para enfrentar los desafíos de los desastres (Masten, 2020). Aunque las familias y la comunidad desempeñaron un papel central en la creación de un entorno de protección y resiliencia para niños y niñas, las limitaciones de los sistemas escolar y societal subrayaron la importancia de fortalecer dichas estructuras para garantizar una protección integral en contextos de crisis.

El albergue comunitario de San Roque demuestra que, en contextos de desastre, los sistemas de cuidado familiar y comunitario tienen el potencial de ofrecer un entorno de protección efectiva para las infancias, incluso en ausencia de un soporte estatal adecuado. No solo sirvió como refugio, sino además como espacio de reconstrucción social, emocional y material; se convirtió en un lugar de resistencia donde niños y niñas enfrentaron colectivamente la adversidad, transformando su entorno y fortaleciendo las redes de apoyo mutuo. En línea con el planteamiento de Butler (2017), los albergues comunitarios son sitios de resistencia donde la vulnerabilidad se convierte en una fuerza movilizadora para la acción colectiva. Estos espacios de cuidado, que son construidos colectivamente y priorizan el bienestar compartido, redefinieron las relaciones sociales en el marco de una lógica comunitaria, mostrando que la solidaridad puede superar carencias estructurales.

Las infancias desempeñaron un papel central en esta reconstrucción. En San Roque, niños y niñas no fueron solo receptores de cuidado, sino también agentes activos que contribuyeron al bienestar general, transformando su vulnerabilidad en una fuerza movilizadora de solidaridad y acción colectiva. El juego, el cuidado mutuo y la participación activa de las infancias resultaron fundamentales para esta dinámica. Dicho protagonismo subraya que, lejos de ser sujetos pasivos, niños y niñas participan activamente en la resignificación de su entorno, transformando las dinámicas de poder y reforzando las bases de la resiliencia comunitaria.

Sin embargo, las fallas en los sistemas escolar y societal subrayan la importancia de articular todos los niveles de cuidado para garantizar una protección integral. Este caso evidencia la necesidad de políticas públicas que fortalezcan las capacidades locales, promuevan la participación infantil y aseguren que las instituciones educativas y sociales sean resilientes y accesibles en situaciones de emergencia.

De esta experiencia se desprenden lecciones fundamentales. Es crucial diseñar políticas públicas que promuevan espacios lúdicos y la agencia infantil en los albergues, permitiendo que las infancias participen activamente en la reconstrucción social. Asimismo, se deben fortalecer las capacidades comunitarias para autogestionarse, brindando herramientas que permitan priorizar el bienestar colectivo y resignificar los entornos afectados.

Al terminar de explorar el terreno vacío donde se ubicaba la escuela mencionada al inicio de este artículo, los niños y las niñas, todavía emocionados por el juego y las risas, respondían con entusiasmo a la pregunta «¿qué les gustaría que hubiese aquí?» con propuestas como una piscina, una plaza con juegos o un parque de diversiones. Estos anhelos reflejan mucho más que deseos espontáneos, evidencian el deseo colectivo de bienestar y disfrute compartido. Demuestran cómo las infancias logran imaginar y exigir un entorno que responda a sus necesidades, cuestionando la inacción estatal y reivindicando el derecho al espacio público como lugar de encuentro y juego, transformando espacios devastados en símbolos de esperanza y resiliencia. post(s)



infanciaseneldesastre

Recorre la escuela demolida y el albergue San Roque junto a sus niñxs. Además, puedes ver el corto documental realizado por ellxs en diferentes albergues comunitarios.

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Notas

[1] El concepto de resiliencia, especialmente en contextos de desastres, ha sido criticado por su potencial despo-litización, al enfocarse en la adaptación individual sin cuestionar las condiciones estructurales que generan vulnerabilidad. Este análisis toma distancia de tales interpretaciones, al definir la resiliencia infantil como una capacidad que no surge de manera innata, sino que se construye a través de la interacción con sistemas de apo-yo y en función de las condiciones sociales y políticas que permiten o limitan su desarrollo. Situar la resiliencia de esta manera permite un análisis más profundo y contextualizado, reconociendo las intersecciones entre agencia individual, acción colectiva y las desigualdades que condicionan su emergencia.

Información adicional

Cómo citar: Schvarzberg, N. (2025). Infancias resilientes en el desastre: Video participativo en albergues comunitarios. En post(s), volumen 11 (pp. 58-81). USFQ PRESS.



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