Discursos

Intervención de Rafael Polo, Decano de la Facultad de Ciencias Sociales y Humanas, en la sesión solemne por la conmemoración de los 400 años de existencia de la Universidad Central del Ecuador
4 de septiembre 2020
Señor rector, señoras vicerrectoras, señor vicerrector, compañeros, compañeras del Honorable Consejo Universitario, profesores, estudiantes e invitados:
Hoy conmemoramos los 400 años de existencia de la Universidad en el país. La actualidad inmediata, signada por la pandemia y el tiempo extraordinario que instaura y cuyos efectos están en todos los campos de la estructura y del proceso social de reproducción, en la política, en lo económico, en lo cultural, y de manera especial, en la científico, nos exige dilucidar sobre el lugar que ocupa la Universidad en el orden del saber y en el orden de la reproducción social y estatal contemporánea, su lugar en la reproducción biopolítica de la vida y, además de la urgencia de recuperar su vocación crítica, esto es, como un lugar de reflexión y de polémica de la vida histórica.
El saber universitario, esto es, esa dialéctica permanente entre las ciencias y las humanidades acompañó el proceso de producción de la modernidad, como forma de vida histórica, como un espacio de creación y de invención técnica y profesional, al mismo tiempo, y de manera específica, como un discurso que acompaña a la necesaria formación técnico profesional, la producción de una conciencia crítica y autocrítica. La universidad, desde sus orígenes fue un lugar de discernimiento y de reflexividad acerca de la actualidad y sus proyecciones, como también la construcción del conocimiento técnico y social necesario en la construcción del territorio, de las instituciones del Estado-Nación y de los diversos discursos de la nación.
El saber universitario se inaugura con la modernidad en el programa matemático de apropiación técnica y científica de la naturaleza y de los cuerpos, esto es, con las revoluciones científicas de los siglos XVI y XVII. La naturaleza fue reducida a dato cuantificable y a estadística capaz de objetivar leyes y regularidades naturales para que el sujeto técnico del saber sea capaz de intervenir y controlar esos procesos desde los requerimientos de la industria, de los Estados nacionales y desde el discurso político liberal. Sin duda, los descubrimientos en el campo de la física, de la astronomía, de la biología cambiaron para siempre nuestra manera de entender y de habitar en el mundo natural. Nos despojaron de una de nuestro narcisismo, como nos recordaba Freud, de la suposición que el ser humano es el centro de la tierra y del universo como sostuvo la doctrina religiosa cristiana.
Estas batallas teórico-científicas, que dieron nacimiento a la racionalidad científica de la modernidad, no solo produjeron nuevas ciencias, sino, además, plantearon nuevas exigencias a los individuos que devenían en seres modernos: construir una sociedad basada en los principios de la igualdad y la libertad; es decir la utopía moderna del Estado Democrático.
Utopía cuya demanda aún nos interpela y nos exige un trabajo arduo en la producción social del conocimiento. Punto fundamental, además, en la necesidad del aparecimiento de las ciencias sociales: la de constituirse en la racionalidad del Estado y, ante todo, como espacio de autoreflexibidad de la forma de vida moderna.
Momento del nacimiento de la economía, de la demografía, del derecho moderno, de la sociología, de la historia, de la antropología. Pues estas ciencias reconocen la fuerza de interpelación que posee el pasado. Pues los Estados nacionales no pueden emerger sin un saber que acompañe su producción estatal, industrial, histórica y cultural. Ese saber, el saber universitario, va a sedimentarse en las universidades que acompañan la producción estatal y social de la modernidad. Ahí podemos localizar uno de los aspectos de la vocación crítica: interrogar las posibilidades de la modernidades alternativas al modo capitalista de vida. Sin embargo, vivimos en la actualidad un momento de debilitamiento de las voluntades utópicas de la modernidad: de la liberal y la comunista. El triunfo del ethos realista, esto es, el capital solo sirve al capital, donde las diversidades de formas de vida están subsumidas a la lógica de la reproducción de los valores capitalistas.
En la actualidad vivimos, decía Bolívar Echeverría, un «tiempo difícil para el saber universitario». Especialmente para el campo de las ciencias sociales y de las humanidades, puesto que las ciencias llamadas ‘duras’ tendrán un momento de salto cualitativo en este mundo signado por la cuarta revolución tecnocientífica, la revolución 4.0, la construcción/robótica y biogenética del mundo. Esto va acompañado, señor rector, de una ilusión: la de suponer que las únicas ciencias verdaderas son las ciencias matematizadoras, arrinconando a los otros discursos científicos como pertenecientes al campo de la mitología, de la retórica, de las ideologías políticas. Este hecho forma parte del programa de Boloña: subsumir la universidad a la tecnología, por tanto, reducir el conocimiento a los saberes prácticos, procedimentales, instrumentales, es decir, en definitiva, sujetar la universidad al mundo de las empresas globales, de los organismos institucionales internacionales, de los acuerdos transnacionales.
Esto es, una renuncia a la dimensión propiamente humana de la cultura y de la imaginación, una destrucción sistemática de las culturas y los pueblos.
El saber universitario, que vive de la tensión permanente de las ciencias y las humanidades reconoce en la actualidad otra tensión definitoria del campo universitario y social-global: la tensión entre ciencias y tecnologías. Hoy vivimos en el mundo de la tecnosfera: nada de lo humano está por fuera de la tecnología contemporánea, como la robótica, lo digital, etc. Quisiera traer hacia nosotros un fragmento del diagnóstico realizado hace algunos años por el filósofo y poeta ecuatoriano Iván Carvajal:
La subsunción de la Universidad en la tecnología implica además el imperio de un tipo de universidad o bien orientada únicamente a la formación de técnicos, o bien orientada a estudios avanzados y a la investigación tecnológica y la innovación; esto es, una universidad que se supedita por completo al mercado global. La investigación científica está determinada en consecuencia por las tecnologías, con las conveniencias instrumentales del capital en la actual etapa del cumplimiento de su globalización… ¿Estaríamos asistiendo con ello a una ruptura, tal vez definitiva, entre razón crítica, dialógica, humanística, y razón pragmática e instrumenta, subordinada al mercado capitalista global? (2016, p.198)[1]
Estas tensiones señaladas que se forman entre ciencias y humanidades, entre ciencia y tecnologías, están en situación con la tensión entre la Universidad, el Estado y el campo instrumental de la nación, requieren ser dilucidadas en la Universidad. Debemos preguntarnos a qué escala debe ser pensada la Universidad: ¿la del estudiante que deviene en profesional y cuyos requerimientos son instrumentales y formativos? ¿la del campo industrial?, ¿la exigencia de los mercados económicos como culturales, nacionales e internacionales?, ¿la del Estado y su armazón institucional, o la de la ciencia actual?, o, ¿la de una articulación de todos ellos?
El «abandono» de las humanidades y las ciencias sociales a escala global, con la excepción nuestra que creamos una Facultad de Ciencias Sociales y Humanas a contracorriente de la voluntad impuesta por el programa Boloña, el abandono de estas ciencias y saberes por el predominio del realismo tecnológico y económico va de la mano con los cuestionamientos a los valores republicanos. Es valorada la dimensión pragmática, la racionalidad técnica, la normalización jurídica como un valor en sí mismo, valoración dada por la comprensión burocrática y tecnicista del dominio técnico del mundo de la vida. Sin embargo, aunque la eficacia técnica sea cada vez más fina, compañeros del HCU, sino está acompañado de la dilucidación filosófica, humanística, e histórica solo crea seres sujetos a la necesidad no a la libertad.
Por esta razón, señores y señoras, el destino de la Universidad no puede reducirse solamente a la dimensión de la formación técnico-profesional, es fundamental, la construcción de conciencias reflexivas y críticas, capaces de recorrer los caminos y las trayectorias histórico-sociales de cada ciencia, de cada arte, de cada carrera técnica, de cada actuación de la Universidad en la vida histórica del Ecuador, con el fin de producir sujetos creativos y de recuperar la dimensión utópica hoy debilitada. Esta es una de las tareas actuales que la Universidad debe propugnar con la generación de condiciones más favorables para la investigación y la publicación, para la polémica de las razones y la creatividad estética. Pues, tenemos ante nosotros la exigencia de volver a interrogar por las formas sociales y técnicas de la vida contemporánea como son la hiperaceleración técnica, la memoria digital, la creación clínica e institucional de cuerpos y personalidades a la carta; como también sobre el Estado, la gubernamentalidad neoliberal, las estructuras de la globalización y de la mundialización de la cultura, la técnica, la ciencia misma, etc. En cada una de las interrogaciones que seamos capaces de emprender, y no solo aplicar formatos técnicos carentes de historicidad humana, está en juego el destino de nuestra universidad. Puesto que a pesar de las certezas alcanzadas en el mundo de las ciencias y de las tecnologías las decisiones más importantes, en el acontecer humano, están de lado de lo social, lo político e histórico.
Esto nos impulsa, señor rector y compañeros y compañeras del hcu, a exigir en la Universidad una «independencia incondicional del pensamiento» para llevar a cabo la deconstrucción de las discursividades de la ciencia, del Estado, del derecho, de la política, de la soberanía, de la Universidad misma. La universidad, la sede de todas las voces no puede constituirse en el lugar de un inventario patrimonialista de la nación, de los territorios, etc.… sino el lugar y sede de la interrogación, por medio de la investigación científica, de todas formas sociales de poder y de vida. El acto de cuestionar, de preguntar, de interrogar, de crear formas estéticas, debe, señores miembros del HCU, convertirse en un lugar de la libertad y de la utopía. Pues, la libertad de pensamiento garantiza la investigación. Y solo a través de la investigación se pueden destruir los prejuicios, desvanecer los obstáculos, denunciar las ideologías autoritarias, puesto que la ciencia, y por ende la Universidad, es primordialmente crítica e inventiva. Porque podremos ser una conciencia crítica estamos expuestos a las arbitrariedades del poder y de los gobiernos.
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