Reseña
| Albornoz C.. Historia y memoria de Tacuara. Nacionalismo, violencia y fascismo transnacional.. 2025. Pittsburgh. LASA Press. 322pp. |
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Entre la memoria y la historia: repensar el movimiento Tacuara
Historia y memoria de Tacuara. Nacionalismo, violencia y fascismo transnacional condensa una labor de largo aliento y es producto de la tesis doctoral de Celina Albornoz, defendida en 2021. La obra se estructura en seis capítulos que articulan una investigación rigurosa sobre el Movimiento Nacionalista Tacuara (MNT). Desde el inicio, el lector podrá advertir la presencia del término “fascismo transnacional”, que orienta la propuesta interpretativa del estudio. Ciertamente, más allá de algunos pocos trabajos de escritores amateurs o de periodistas sensacionalistas, la historiografía ha sostenido que, tras la Segunda Guerra Mundial, se produjo una suerte de desarticulación de las políticas internacionalistas asociadas al nazifascismo. Sin embargo, a lo largo de la lectura se evidencia que la autora lleva a cabo un análisis minucioso y una reconstrucción detallada de la historia de Tacuara, demostrando no sólo la presencia de una militancia con alcance nacional, sino también la existencia de redes y componentes transnacionales que otorgaron al movimiento experiencia e identidad política.
De ahí que la perspectiva adoptada por la autora radique en un diálogo entre tres escalas de análisis: transnacional, nacional y local. Para ello, además de haber consultado y analizado críticamente periódicos y boletines del movimiento, informes policiales y archivos de Argentina, España e Italia, así como memorias personales y perfiles de redes sociales, el principal aporte metodológico del trabajo reside en el empleo de la Historia Oral. En este marco, Albornoz realizó entrevistas a doce exmilitantes de Tacuara, entre 2018 y 2020. Estas entrevistas no sólo buscan recuperar, a través de la memoria, el pasado del movimiento, sino también explorar cómo sus protagonistas reconfiguran en el presente sus discursos, experiencias y trayectorias militantes. De hecho, la obra despliega un sugestivo juego de escalas temporales que se articula precisamente a partir de las memorias de quienes integraron Tacuara.
En relación con la práctica misma del oficio de historiador, en este caso, la de emprender el trabajo de realizar entrevistas, resulta sumamente enriquecedor que la autora explicite las dificultades y desafíos que implicó la recolección de los testimonios, en particular frente a la reserva manifestada por muchos de los entrevistados y a las tensiones derivadas de su posición como investigadora joven y mujer en un ámbito dominado por hombres de edad avanzada, muchos de los cuales sostenían convicciones conservadoras.
En efecto, a lo largo de los capítulos, Albornoz se adentra en el estudio de las extremas derechas argentinas a través del caso del Movimiento Nacionalista Tacuara, principal organización del nacionalismo de la década de 1950 y principios de 1970 en la Argentina. Como menciona la autora, Tacuara es recordada en el imaginario social contemporáneo como una organización filofascista y anticomunista. Empero, su propósito se bifurca en dos líneas que se encuentran en constante relación: reconstruir la historia institucional y política del movimiento y, al mismo tiempo, recuperar la experiencia y las memorias de quienes formaron parte de él.
Así pues, en el primer capítulo, la autora aborda la emergencia de Tacuara en 1957, aunque sostiene que sus orígenes deben rastrearse en la década de 1930, puesto que el movimiento reparó en las raíces ideológicas de la derecha argentina de esos años. Fue durante el conflicto entre la educación “laica o libre” cuando Tacuara alcanzó una mayor visibilidad en la esfera pública y una mayor expansión territorial. Desde el principio, se constituyó en un movimiento marcadamente verticalista y centralizado, con una compleja estructura que incluía distintas jerarquías. En este sentido, Albornoz analiza lo que denomina bajo la noción de “cultura política tacuarista”, cuyo modelo a emular era la Falange Española. Entonces, la trayectoria de la cultura política tacuarista incluyó transformaciones, posturas y escisiones a lo largo del tiempo, entre ellas, el nacimiento de la Guardia Restauradora Nacionalista (GRN) en 1960, la identificación de muchos tacuaristas con el peronismo y las posiciones dispares frente al Onganiato, hasta concluir, hacia finales de la década de 1960, con un progresivo divorcio del componente nacionalista.
En el segundo capítulo, el eje principal se sitúa en el análisis de la violencia política y en la manera en que Tacuara construyó cuidadosamente la figura del enemigo, a saber: la militancia de izquierda, la población judía y, en un plano más general, el imperialismo y el capitalismo. Albornoz sostiene que la violencia política representó un rasgo estructural del movimiento, “parte misma de su ethos político” (p. 74), y que, en muchas ocasiones, contó con la vista gorda de las fuerzas policiales. Toda una dinámica que se enmarcó bajo la idea de “ni whisky ni vodka”, que expresa discursivamente su rechazo tanto a la influencia de Estados Unidos como a la de la Unión Soviética. La radicalización de la violencia tuvo su punto de inflexión el 8 de junio de 1962, cuando un homenaje en la facultad de Derecho de la UBA a los caídos en el levantamiento del general Valle derivó en un violento enfrentamiento entre estudiantes.
Asimismo, dentro del mencionado juego de escalas temporales, la autora compara, por medio de las entrevistas, cómo los exmilitantes tienden a desestimar la etiqueta “anti”. En esta línea, muchos de ellos minimizan en la actualidad el componente antisemita, que fue un eje central de la violencia política de Tacuara, y redefinen su discurso bajo el argumento de oponerse no a los judíos, sino al sionismo.
A lo largo del tercer capítulo, la autora profundiza en la construcción de la masculinidad dentro de Tacuara y en el lugar que ocuparon las mujeres en el movimiento. Los entrevistados recuperan una serie de valores asociados a la caballerosidad y a los códigos masculinos: el abrazo como símbolo de cortesía y honor, el coraje y el enfrentamiento directo con el enemigo. La disciplina y el entrenamiento en los campamentos también formaban parte de los valores exclusivamente masculinos. De igual importancia, la amistad, la solidaridad y la fidelidad constituían la base de las relaciones entre los militantes, junto con el sacrificio, la entrega y la sinceridad, entendidos como pilares de la camaradería. En contraposición, dentro de este esquema, los homosexuales no tenían lugar, dado que iban en contra de la masculinidad y de la idea de unidad familiar tradicional.
¿Y qué papel tenían las mujeres? El MNT se componía principalmente de hombres y, desde el nacionalismo, no se las consideraba militantes propiamente dicho. Su función continuaba anclada en el espacio privado. Por consiguiente, la autora afirma que la participación de mujeres era notoriamente minoritaria y poco significativa. Según relatan los testimonios, muchas de ellas acompañaban a sus esposos a los actos o, en casos puntuales, podían ejercer algún cargo de menos relevancia dentro del movimiento. En palabras de Albornoz, “las mujeres, cuando aparecen, lo hacen en posiciones subalternas, o con atributos ‘masculinos’” (p. 145). En suma, Tacuara se erigió, en su esencia, como “cosa de machos”.
El cuarto capítulo parte de una serie de interrogantes: ¿de qué manera se llevó a cabo la recepción, integración y resignificación de las ideas procedentes de la Falange, el fascismo y el nazismo en el seno de Tacuara? ¿Qué atributos tomaron de aquellas expresiones? Y, finalmente, continuando con el juego de escalas temporales, ¿cómo son percibidas hoy estas influencias por los exmilitantes?
En concreto, José Antonio Primo de Rivera se erigió como principal referente político del nacionalismo argentino y, en parte, continúa siendo reivindicado por los exmilitantes. No sólo se realizaron homenajes en su honor, sino que en los boletines consultados por la autora reproducían numerosas citas de Primo de Rivera. La influencia falangista también se manifestó en la adopción de dos pilares preponderantes: el corporativismo y el nacionalsindicalismo. En paralelo, los miembros del movimiento tendieron a desarrollar la noción de hispanidad, que reforzaba los lazos con la tradición hispánica y el catolicismo.
Con respecto a Benito Mussolini y el fascismo, Tacuara recuperó numerosos fragmentos de sus discursos, reproducidos con frecuencia en los boletines del movimiento. Ciertamente, la figura del Duce era objeto de admiración. Sin embargo, como afirma Albornoz, la lectura realizada del fascismo no coincidía necesariamente con la realidad histórica. Así, por ejemplo, se propiciaba una imagen del fascismo estrechamente vinculado al catolicismo, cuando en verdad Mussolini había mantenido ciertas disputas con la Iglesia católica. Algunos de los entrevistados, entre ellos Pedro Cinarelli y Alfredo Bellino, manifestaron su adhesión al fascismo, simpatía que también es expresada a través de las redes sociales.
Por último, la autora señala que los militantes de Tacuara no se identificaron con el nazismo, aunque ello no significó la ausencia de simpatizantes dentro del movimiento. En este sentido, Adolf Hitler no mereció la misma preponderancia que Mussolini en los boletines, donde apenas se recomendaron algunas lecturas, entre ellas Mein Kampf. No obstante, los nacionalistas argentinos destacaron del nazismo un elemento clave: el antisemitismo. Se utiliza el verbo destacaron y no incorporaron, ya que, según sostiene Albornoz, el antisemitismo tacuarista hundía sus raíces en tradiciones más antiguas, ligada a la derecha argentina de la década de 1930, caracterizada por su énfasis en la dimensión sionista y comunista antes que en un biologicismo racista.
Asimismo, la autora analiza la simbología y ritualidad de Tacuara, partiendo de su bandera, cuyo diseño guarda un parecido con la de la Falange Española. El águila prusiana también encabezó la portada de varios boletines, mientras que la esvástica y el saludo romano fueron utilizados de forma corriente dentro del movimiento. En cambio, los exmilitantes entrevistados procuraron en todo momento distanciarse de las etiquetas de “nazis” y “fascistas”, recuperando principalmente el componente del falangismo.
En el quinto capítulo, Albornoz realiza un paragón entre Tacuara y los neofascismos españoles e italianos, deteniéndose en las redes e intercambios que aquellos movimientos construyeron. Sobre esto último, Luis Ángel Barbieri, joven militante MNT y responsable del Departamento de Relaciones, favoreció diálogos con agrupaciones de distintos lugares del mundo. En este sentido, la autora ajusta el lente en cómo Tacuara aunó lazos con organizaciones de Italia y España. De hecho, no sólo estaban al corriente de las reuniones neofascistas europeas, sino que buscaban de alguna forma poder participar desde la Argentina. Al mismo tiempo, el movimiento recibió publicaciones y materiales de referentes de la extrema derecha europea, así como figuras, entre ellas Vittorio Mussolini o Stefano Delle Chiaie.
En cuanto a los intercambios con las derechas radicales españolas, estos se dirigieron particularmente con el Círculo Español de Amigos de Europa (CEDADE) y Fuerza Nueva (FN). Si bien dichas conexiones no alcanzaron un carácter sistemático, la autora examina con detalle la circulación transnacional de ideas, proyectos, militantes y literatura política entre ambos hemisferios. En consecuencia, más que postular la existencia de una “Internacional Negra”, Albornoz subraya la presencia de una comunidad política unida a partir de una cultura compartida. Ello permite sostener que los nacionalistas argentinos no se limitaron exclusivamente en la militancia fronteras adentro, sino que se inscribieron en una trama más general de las derechas radicales.
Finalmente, el sexto capítulo se centra en las trayectorias de cinco exmilitantes de Tacuara, quienes se concebían como un eslabón de una lucha más amplia contra el “comunismo internacional”, a la vez que emergen, en ciertos casos, vínculos identitarios construidos en la España franquista. Se tratan de Miguel Gutiérrez Rivero, Alberto Ezcurra, Luis Alfredo Zarattini, Bernardo Lasarte y Alejandro Sáenz Germain.
La obra concluye con un epílogo en el que Albornoz indaga acerca de los derroteros posteriores de varios exmiembros de Tacuara y de la GRN tras su alejamiento de las agrupaciones. Allí sostiene que las trayectorias resultaron heterogéneas, evidenciando distintos procesos de radicalización, desplazamientos o distanciamientos políticos, e incluso la incorporación de algunos de ellos a las filas de la izquierda durante la década de 1970.
En definitiva, el libro reseñado nos interpela y desafía a repensar la historia del Movimiento Nacionalista Tacuara. A través de un análisis riguroso, sustentado en la crítica de diferentes documentos y en la construcción de fuentes orales, la autora permite entrever que el movimiento no sólo configuró su estructura a partir de una lógica nacional, sino también en diálogo con un fascismo transnacional. Resulta destacable el juego de escalas temporales propuesta, al articular el presente de los exmilitantes con su pasado tacuara. Asimismo, la obra contribuye al conocimiento de la historia de las derechas argentinas, temática de renovada vigencia en un contexto contemporáneo marcado por el resurgimiento de discursos y prácticas que tienden a vulnerar los valores democráticos. Como bien advierte Albornoz, comprender las extremas derechas exige una reflexión crítica sobre su historicidad y sus transformaciones presentes. Así pues, “el conocimiento es mejor que la ignorancia; la historia es mejor que el mito. Más que nunca es bueno tener en cuenta estas obviedades, ahora que la ignorancia y el mito difunden la intolerancia racial y un renacimiento de las ilusiones y necedades del fascismo” (Kershaw, 2015, p. 348).
Referencia bibliográfica
Kershaw, I. (2015). La dictadura nazi. Principales controversias en torno a la era de Hitler. Siglo XXI.
Referencia bibliográfica
Kershaw, I. (2015). La dictadura nazi. Principales controversias en torno a la era de Hitler. Siglo XXI.

