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Los sindicatos estadounidenses y el gobierno de Donald Trump: un análisis de las posiciones sobre la guerra comercial con China durante su primer mandato
U.S. Labor Unions and the Donald Trump Administration: An Analysis of Their Positions on the Trade War with China During His First Term
Sociohistórica, núm. 57, e279, 2026
Universidad Nacional de La Plata

Artículo

Sociohistórica
Universidad Nacional de La Plata, Argentina
ISSN: 1853-6344
ISSN-e: 1852-1606
Periodicidad: Semestral
núm. 57, e279, 2026

Recepción: 10 julio 2025

Aprobación: 07 febrero 2026

Publicación: 01 marzo 2026

Resumen: En un contexto geopolítico de crecientes tensiones entre Estados Unidos y China con el regreso al poder de Donald Trump, este trabajo se propone adentrarse en las posiciones de los sindicatos estadounidenses sobre la política de aumento de aranceles y la consecuente guerra comercial durante su primer gobierno. Se trabaja, a partir de eso, el vínculo entre los sindicatos y los partidos políticos demócrata y republicano, así como también sus acciones desplegadas ante el poder Ejecutivo y Legislativo. Se estructura el análisis en tres apartados. Primero, se presenta un sucinto análisis sobre la situación de los trabajadores estadounidenses a partir de la crisis de 2008 y el surgimiento de nuevas experiencias de lucha, especialmente analizamos la influencia e impacto del movimiento Occupy Wall Street. Luego, se analizan las posiciones de los sindicatos sobre la guerra comercial con China distinguiendo específicamente la relación con Trump. Por último, se consigna un apartado específico a identificar los cambios que generó la pandemia del COVID’19 y la campaña electoral del 2020.

Palabras clave: Trump, Guerra comercial, Sindicatos, China, Estados Unidos.

Abstract: In a geopolitical context of growing tensions between the United States and China with the return to power of Donald Trump, this paper aims to delve into the positions of U.S labor unions on the policy of increasing tariffs and the consequent trade war during his first administration. On this basis, the link between the unions and the Democratic and Republican political parties is explored, as well as their actions before the Executive and Legislative branches of government. The analysis is structured in three sections. First, there is a brief analysis of the situation of U.S. workers since the 2008 crisis and the emergence of new experiences of struggle, especially the influence and impact of the Occupy Wall Street movement. Then, the positions of the unions on the trade war with China are analyzed, specifically distinguishing the relationship with Trump. Finally, a specific section is devoted to identify the changes generated by the COVID'19 pandemic and the 2020 election campaign.

Keywords: Trump, Trade war, Labor unions, China, United States.

Introducción

En un contexto geopolítico de crecientes tensiones entre Estados Unidos y China con el ascenso nuevamente al poder de Donald Trump, este trabajo se propone adentrarse en las posiciones de los sindicatos estadounidenses sobre la política arancelaria y la consecuente guerra comercial durante su primer mandato (2017-2021).

Tras una campaña electoral en 2016 signada por la discusión sobre el Acuerdo Trans-Pacífico (TPP) (Morgenfeld, 2016), Trump vetó este mega acuerdo regional al asumir, en línea con sus discursos de America First y Make America Great Again. Con esta primera medida, se delineaba una política comercial que planteaba una ruptura con décadas de políticas de libre comercio neoliberales y manifestaba un quiebre en las relaciones de fuerza a nivel doméstico (Gluj, 2024b; Merino, 2018).

A partir del veto al TPP, Trump en el poder desplegó principalmente dos iniciativas comerciales de magnitud: la renegociación del North American Free Trade Agreement (NAFTA o TLCAN por su sigla en español) y la escalada arancelaria contra China. Aquí nos centramos en esta última, iniciada a principios de 2018, primero con los aranceles a paneles solares y lavarropas y, significativamente desde marzo de ese año, con los aranceles al aluminio y el acero.

No se pretende aquí hacer un análisis exhaustivo de la guerra comercial ni sus múltiples implicancias, sino que interesa analizar específicamente un aspecto de la relación entre la política doméstica y la exterior a partir de la indagación en las posiciones de los sindicatos. Al aparecer fuertemente en la discusión política y académica el papel de los votos de la clase trabajadora blanca del “cinturón del óxido” en la llegada de Trump al poder,1 nos interesa trabajar cómo fue la relación entre los sindicatos y el gobierno. Teniendo en cuenta la histórica relación entre el sindicalismo y el Partido Demócrata2 y sus cuestionamientos a las políticas de libre comercio desde mediados de la década del 90’, el caso de la guerra comercial impulsada por el Partido Republicano resulta paradigmático. En síntesis, el objetivo del artículo es analizar las posiciones de los sindicatos estadounidenses sobre la política de aumento de aranceles y la consecuente guerra comercial durante el primer gobierno de Donald Trump. Se trabaja, a partir de eso, el vínculo entre los sindicatos y los partidos políticos demócrata y republicano, así como también sus acciones desplegadas ante el poder Ejecutivo y Legislativo.

Con este objetivo, la investigación fue cualitativa y consistió en un análisis documental de un corpus conformado por documentos de la principal central obrera, la American Federation of Labor and Congress of Industrial Organizations (AFL-CIO) y ciertos sindicatos protagonistas en estas discusiones y con peso significativo por su tradición y cantidad de afiliados: Teamsters (camioneros), United Auto Workers (UAW) y United Steelworkers. Como complemento, se realizó un relevamiento de dos diarios de relevancia nacional: The Washington Post y New YorkTimes. Para todos los documentos citados a lo largo del artículo, propiciamos una traducción propia al español.

El análisis se estructura en tres apartados. Primero, se presenta un sucinto análisis sobre la situación de los trabajadores estadounidenses a partir de la crisis de 2008 y el surgimiento de nuevas experiencias de lucha, especialmente observamos la influencia e impacto del movimiento Occupy Wall Street. Luego, se examinan las posiciones de los sindicatos sobre la guerra comercial con China. Por último, se consigna un apartado específico a la distinción de los cambios que generó la pandemia del COVID’19 y la campaña electoral del 2020.

El movimiento obrero estadounidense tras la crisis de 2008

Una estructura de clases fracturada

La crisis de 20083 constituye una de las crisis más importantes de la historia del capitalismo y, especialmente, de los Estados Unidos. Se manifiesta como una crisis estructural del neoliberalismo y desde entonces, si bien hubo signos de cierta recuperación, aún resulta débil y, por lo tanto, lo que predomina es un proceso de estancamiento (Kotz, 2018). En esta línea, se está lentamente configurando una etapa posneoliberal (Kejsefman, 2021; Piva, 2020) en el marco de una intensificación de la lucha social (Lippit, 2014) y una creciente inestabilidad política y económica a nivel internacional, que se acentuó tras la pandemia del COVID’19.

Es posible sintetizar que la crisis de 2008 agudizó y a la vez, fue producto de una serie de contradicciones propias de la fase de internacionalización productiva y ofensiva neoliberal iniciadas en los años 70. En este sentido, la crisis profundizó tendencias ya existentes, con efectos en la estructura de clases estadounidense (Gluj, 2024a). Específicamente en el caso de la clase dominante, se observa un proceso de fractura por arriba. Caracterizada de diversas maneras, aparece la distinción entre una fracción cuyo espacio de acumulación es mundial, “globalista”, y otra cuya reproducción está ligada al espacio nacional, “americanista” (Hirsch y Wissel, 2011; Merino, 2018; Piva, 2020). En otras palabras, se encuentran, por un lado, aquellos sectores que deslocalizaron su producción a nivel internacional y, por otro, quienes la sostuvieron en territorio estadounidense, lo cual derivó en diferencias políticas entre ambas fracciones, especialmente en lo que respecta a las políticas de liberalización comercial. En particular, se observa que los sectores llamados “americanistas”, han apoyado la candidatura de Trump en 2016, a la vez que han entablado vínculos con la dirigencia sindical para bloquear el TPP (Gluj, 2024b).

En sintonía con las transformaciones por arriba, también se desarrolló una profundización de la fractura por abajo, ensanchando la brecha entre distintos segmentos de la clase trabajadora, producto de la derrota que implicó el neoliberalismo como restauración del poder de clase. Respecto a los cambios específicamente en la clase trabajadora, agudizados tras la crisis de 2008, amerita resaltar tres elementos para tener en cuenta para el análisis del presente artículo.

En primer lugar, la caída del empleo manufacturero.4 Si bien producto de la crisis el desempleo aumentó en general, pasando de 5% en diciembre de 2007 y llegando a 10% en octubre de 2009,5 en el caso del empleo manufacturero la pérdida de puestos de trabajo fue mayor: aproximadamente 2 millones de puestos de trabajo durante la “Gran Recesión”, representando una caída de más del 15%.6 Este sector y la construcción fueron los que más pérdida de puestos de trabajo concentraron.7

En segundo lugar, y en línea con la caída del empleo manufacturero, encontramos la tendencia a la creciente precarización laboral.8 Tras la crisis de 2008, empezó a resultar aún más difícil para los trabajadores conseguir puestos full-time, con estabilidad laboral y bien pagos (Roberts, 2016), y quienes perdieron ese tipo de empleos en el marco de la crisis, si consiguieron luego reinsertarse en el mercado laboral, lo hicieron en peores condiciones. Cabe en este sentido mencionar los nuevos empleos precarios en las distintas plataformas especialmente a través de aplicaciones de reparto y de transporte particular. Casos en los que prima el ocultamiento de la relación laboral, bajo las figuras de “contratistas independientes” o “colaboradores”, violándose todo tipo de derechos laborales (Srnicek, 2018).

Esto se desarrolla en el marco de un proceso más amplio de deterioro de las condiciones de trabajo que afectó al conjunto de los trabajadores a partir de la intensificación de los tiempos laborales, la caída de los salarios, la pérdida de derechos y la creciente desigualdad (Moody, 2017). A esta situación de precarización del trabajo y la vida, se le añadió el creciente proceso de endeudamiento de los hogares (Shaikh, 2011). En el marco de la ofensiva neoliberal, con el desmantelamiento de los programas vinculados al acceso a la vivienda, la profundización de la privatización del sistema de salud y educación y la caída de los salarios, las familias trabajadoras acudieron cada vez más al crédito para sostener sus niveles de consumo. Ese proceso de endeudamiento, a su vez, impactó de manera desigual al interior de la clase trabajadora: las mujeres, especialmente las afroamericanas, estuvieron más sometidas a los instrumentos de endeudamiento riesgosos, mientras que debían también hacer frente a crecientes demandas de trabajos de cuidados no remunerados (Brenner, 2011). Este proceso, entre otros, desembocó en la crisis de 2008 y, tras su estallido, empeoraron aún más las condiciones de vida de los trabajadores. A la vez, tras la crisis se profundizaron las políticas de ajuste, con recortes de programas sociales y ataques a los trabajadores del sector público (Moody y Post, 2015; Standing, 2011).

En tercer lugar, continuó creciendo la cantidad de trabajadores inmigrantes y latinos y, en menor medida, de afroamericanos. De más está decir que la clase trabajadora norteamericana siempre fue diversa, pero amerita resaltar que ha aumentado también la participación de estos sectores en los sindicatos (Milkman, 2011; Moody, 2017; Moody y Post, 2015), incluso a costa de las prácticas del sindicalismo empresario y la ofensiva contra los trabajadores. Lo anterior resulta significativo, ya que históricamente estos sectores de la clase trabajadora han tenido los trabajos más precarios, peores pagos y con más dificultades para sindicalizarse. Estos trabajadores empezaron a tener cada vez más presencia en sectores relevantes como la logística y el retail, así como también en los nuevos empleos de plataformas, además de su histórica preponderancia en trabajos de reproducción social, los cuales de por sí también aumentaron en el marco de la privatización y la mercantilización de este sector (Moody, 2017).

Estas tendencias, a su vez, no afectaron de manera homogénea a nivel geográfico. La clase trabajadora estadounidense también es diversa territorialmente, con tradiciones de lucha distintas, con notables diferencias entre el norte y el sur del país. Al respecto, amerita destacar que producto de las propias transformaciones que generó el proceso de deslocalización de capitales con desplazamientos tanto al interior del territorio nacional como al exterior, polos industriales tradicionales, como por ejemplo el Rust belt, perdieron peso, y otros sectores y zonas comenzaron a tener relevancia. Es el caso del transporte y la logística en general, cuya centralidad en el marco de la fragmentación de los procesos productivos comenzó a ser cada vez más nodal. Estas transformaciones tuvieron un impacto geográfico con la conformación de nuevas concentraciones de trabajadores en “logistics clusters” con grandes almacenes, centros de distribución y transporte, ubicados en la periferia de áreas urbanas (Moody, 2017).9

La organización sindical y la protesta social

En ese marco, resulta necesario señalar algunos elementos de la organización sindical estadounidense. En primer lugar, es inevitable hacer alusión a la caracterización de business unionism. La estructura sindical estadounidense carece de democracia interna, tiene una colaboración estrecha con las patronales10 y está integrada al sistema político, con sus vínculos con el Partido Demócrata y sus prácticas de lobby.

Esta estructura sindical sufrió el impacto de la crisis, con el mencionado aumento del desempleo, se añadió un nuevo desafío a los sindicatos: sostener la tasa de sindicalización, en un contexto además signado por una reacción y ofensiva antisindical, especialmente contra los trabajadores del sector público (Milkman y Luce, 2017).

A partir de 2010, incipientemente empezó a divisarse un fenómeno novedoso: la reorganización de la militancia de base. Hubo victorias de agrupamientos de base en sindicatos como Chicago Teachers Union (CTU), en locales de Teamsters, en Public Employees Federation de New York, entre otros (Moody y Post, 2015). De esa mano, fueron reactivándose procesos de movilización.

La explosión del descontento por la crisis económica encontró su cauce en el movimiento Occupy Wall Street en 2011. Allí apareció un proceso de movilización inscripto en un proceso de alza de la conflictividad social a nivel internacional y cuyos principales protagonistas eran trabajadores y estudiantes. A la dirigencia sindical la sorprendió el movimiento, en tanto reaparecía con fuerza una presencia juvenil que no habían podido captar ni organizar (Jacoby, 2021). A pesar de eso, el movimiento obrero participó desde el comienzo: activistas sindicales fueron parte de su organización, se formaron comisiones específicas de trabajadores que posibilitaron nuevos contactos y lazos, numerosos sindicatos de Nueva York manifestaron su apoyo y con el correr de los días también la AFL-CIO (Lewis y Luce, 2012; Rowe y Carroll, 2014). A su vez, las organizaciones sindicales colaboraron con donaciones, dinero y logística al movimiento Occupy. La movilización desde las bases e impulsada por ciertos sindicatos más combativos fue importante en todas las ciudades donde se expandió el movimiento. Sin embargo, nuevamente aparecieron diferencias con posiciones más conservadoras de la dirigencia sindical tradicional ante propuestas de radicalización que incluyeron incluso un llamado a huelga general (Lewis y Luce, 2012).

Pese a estas diferencias y la posterior desorganización del movimiento, tras Occupy Wall Street se impuso una nueva agenda centrada en los efectos de la crisis y la creciente desigualdad. Se popularizó la idea del “99% contra el 1%” a nivel discursivo, que fue tomado por sindicatos, por el movimiento feminista y por otros movimientos populares en el mundo. Su impacto también pudo verse en las nuevas generaciones que se lanzaron a la política, siendo ésta una de sus primeras participaciones y experiencias.

A su vez, constituyó un hito en la protesta callejera que posteriormente tuvo su continuidad en otros procesos de lucha. Ejemplos pueden ser las huelgas de docentes y enfermeras en 2012, la lucha por el salario mínimo de 15 dólares por hora de trabajo, las protestas de inmigrantes por el acceso a derechos básicos, y principalmente el masivo resurgimiento de la movilización antirracista con el desarrollo del Black Lives Matter con fuerza a partir de 2014. Estas experiencias encuentran continuidad y múltiples relaciones en la ola de huelgas docentes a lo largo del país durante 2018 y el protagonismo del movimiento de mujeres en los paros internacionales con un fuerte rechazo al gobierno de Trump (Bhattacharya et al., 2018).

A diferencia de la experiencia del movimiento antiglobalización de fines de los 90’ y principios de los 2000 que se disipó a nivel local en Estados Unidos, tras Occupy Wall Street comenzó a crecer la izquierda norteamericana, apareciendo el fenómeno del “socialismo democrático” que encontró cierto cauce electoral en la figura de Bernie Sanders que atrajo los votos de los jóvenes del país. Eso no niega, sin embargo, que Occupy Wall Street fuera en sí mismo neutralizado como movimiento y su retórica fuera adoptada por Obama, quien se valió de eso para su reelección en 2012 (Fraser, 2019; Rowe y Carroll, 2014).

A partir de este cuadro de situación, por último, es necesario recuperar que desde los años 90, los sindicatos desplegaron distintas posiciones y campañas respecto a las políticas de libre comercio. En ciertas oportunidades asumieron posturas reformistas y, en otros casos, de abierto rechazo, principalmente por concebirlas como causantes de la deslocalización de capitales y la consecuente pérdida de puestos de trabajo. El comercio con China específicamente fue muy problematizado a partir de su ingreso a la OMC, así como también los intentos por contener y asilar al gigante asiático mediante más libre comercio como lo fue la iniciativa del TPP. La campaña desplegada contra este último resulta especialmente significativa para este trabajo, en tanto se trata del principal antecedente. La presión ejercida y la centralidad que adquirió este tratado en las elecciones de 2016 fueron minando la capacidad de Obama para presentarlo en el Congreso. En este sentido, la estrategia sindical fue exitosa en evitar el tratamiento parlamentario del TPP, y por lo tanto, éste estaba derrotado antes del veto de Trump (Chodor, 2019). Sin embargo, estos sectores no pudieron capitalizar su triunfo, ya que fue de la mano de una derrota electoral del Partido Demócrata, especialmente en el marco de la campaña y los cuantiosos aportes monetarios que realizaron los sindicatos en favor de Hillary Clinton (Greenhouse, 2016). En este contexto, quedaron en una posición incómoda ante el efectivo anuncio de Trump de retirada del TPP. Si bien, por un lado, buscaron resaltar que habían realizado una campaña con otros sectores para rechazar el acuerdo, terminaron saludando la medida de Trump, considerada como un primer paso importante hacia una política comercial en favor de los trabajadores, siendo ésta una medida necesaria, aunque no suficiente (AFL-CIO, 2017a). En esta línea, James P. Hoffa, dirigente de Teamsters, sostuvo que Trump dio el primer paso para arreglar 30 años de malas políticas comerciales.11 Días después, la AFL-CIO le reconocía a Trump haber “declarado el acta de defunción del TPP” pese a que ellos lo habían aniquilado antes (AFL-CIO, 2017b). Así, se observa una posición ambivalente de los sindicatos: saludaron el veto del TPP, pero no se alinearon abiertamente al gobierno de Trump producto de sus propios vínculos con el Partido Demócrata al cual habían apoyado electoralmente. Esta posición de los sindicatos ante Trump inauguró los intentos de la dirigencia de reacomodarse ante el cambio de gobierno y a la vez, evitar un distanciamiento con sectores de su propia base que votaron al Partido Republicano. A continuación, veremos cómo fueron desplegándose sus posiciones específicamente con la guerra comercial contra China.

Los sindicatos y la política arancelaria de Trump contra China

Del veto al TPP a la guerra comercial (2017)

En línea con esas primeras declaraciones de los sindicatos a favor del veto al TPP, encontramos que, desde principios del 2017, aparece un intento de la AFL-CIO de despegarse de los históricos vínculos con el Partido Demócrata mediante una reivindicación de la independencia política:

Dejamos una cosa muy clara: no trabajamos para ningún político ni partido político. No seremos un cajero automático para los demócratas ni un sello de goma para los republicanos. Lideraremos con nuestros temas y nuestros valores. Priorizaremos a nuestros afiliados y a sus familias. La independencia política es el camino a seguir. Reforzará nuestra credibilidad y eficacia. (…) La independencia política nos permitió enfrentarnos a un presidente demócrata y derrotar el TPP, que acaba con el empleo. La independencia política nos permitió enfrentarnos a un presidente republicano y derrotar a un candidato a Secretario de Trabajo que no sirve para nada, roba salarios y ama los robots. En ambos casos, nos reunimos en pueblos y ciudades de todo el país, inundamos el Congreso con llamadas y correos electrónicos y dejamos clara nuestra posición. Y ganamos. (...) La Administración Trump se medirá en términos de buenos empleos y aumento de los salarios. El presidente Trump prometió durante toda su campaña mejorar la vida de los trabajadores estadounidenses. Pero hablar es gratis. Cuando el presidente haga algo bueno para los trabajadores y para la economía, lo diremos, y trabajaremos por ello. Cuando haga cosas que sean malas para los trabajadores y malas para la economía, que bajen nuestros salarios y hagan que nuestros lugares de trabajo sean menos seguros, que amenacen nuestras pensiones y nuestra atención sanitaria, lucharemos contra él. El Presidente Trump puede elegir su camino. En nosotros, tendrá un socio constructivo o un oponente implacable, ingenioso y duro. (AFL-CIO, 2017c)

La interpelación a Trump en este tipo de discursos y declaraciones dan cuenta no sólo de una disposición a colaborar con el gobierno, sino a reconocer parte de su retórica y exigir su cumplimiento. No se observa un rechazo absoluto de la dirigencia sindical a una figura como la de Trump, lo cual tiene su arraigo en buscar contener y no desmerecer a los trabajadores de base que lo votaron en 2016. Incluso llegaron a afirmar abiertamente que los sindicatos no eran “anti-Trump” y que iban con una “mentalidad abierta” a reunirse con él (AFL-CIO, 2017e).

En línea con esta orientación, no asumieron una caracterización del trumpismo asociado a determinados sectores de la clase dominante, ni como un proyecto político claro. Por el contrario, en distintas intervenciones desde la central obrera se buscó presionar a Trump a que “decidiese qué intereses iba a defender”, por ejemplo:

El presidente Trump necesita decidir con quién está. Con los mineros del carbón, los farmers, los trabajadores siderúrgicos y otros estadounidenses de a pie a los que prometió ayudar en su campaña, o con los magnates de Wall Street que están manipulando la economía en detrimento nuestro. Esa decisión será la mayor prueba y lo que definirá su presidencia. (AFL-CIO, 2017d)

La polarización entre los intereses de los trabajadores y los de Wall Street va en consonancia con la agenda heredera del movimiento Occupy. Este eje fue especialmente recurrente en las intervenciones de los sindicatos en las discusiones sobre la renegociación del NAFTA,12 incluso abiertamente denunciando el beneficio solo para el 1% más rico (AFL-CIO, 2017g). Aparecen en ese marco, una serie de declaraciones contrastando la retórica trumpista con las medidas tomadas desde el gobierno, principalmente discutiendo distintas aristas del nuevo NAFTA.13

En lo que respecta específicamente a la política comercial con China, en 2017 encontramos un pronunciamiento significativo, previo al aumento de aranceles y la guerra comercial. La AFL-CIO, ante la medida dispuesta por Trump para iniciar investigaciones sobre las violaciones y abusos de los acuerdos comerciales, remarcó algunos ejes centrales. Entre ellos se destacan la necesidad de tomar medidas ante la explotación de los trabajadores chinos, la falta de sindicatos libres e independientes, las prácticas desleales de las empresas estatales y el robo de propiedad intelectual. Principalmente lo que resaltan es la importancia de hacer frente a la manipulación monetaria llevada a cabo por China, denunciando que la política estadounidense hasta ese entonces no había seguido los intereses de “los empresarios industriales estadounidenses y sus trabajadores, sino de Wall Street y las corporaciones globales que producen en gran medida fuera de Estados Unidos”(AFL-CIO, 2017j). Aquí aparece una clara distinción entre los sectores globalistas y los americanistas de la clase dominante. Estos últimos son presentados por la dirigencia sindical como aliados. Nuevamente, no encontramos aquí una crítica al carácter del gobierno trumpista, sino una predisposición a la colaboración entendiendo que era un posible vehículo de los intereses de los trabajadores, siempre y cuando el gobierno no se viera presionado por las grandes corporaciones globalistas y Wall Street.

En línea con esta serie de interpelaciones a Trump, durante el 2017, United Steelworkers (2017a) presionó al gobierno para que cumpliera sus promesas electorales y tomase medidas contra China. Especialmente, al anunciarse la investigación sobre el comercio de aluminio y acero, acudiendo a la Sección 232 de la Trade Expansion Act,14 remarcaron la necesidad de focalizar en el gigante asiático, retomar las denuncias llevadas a cabo por Obama ante la OMC y excluir a Canadá de posibles acciones al respecto (United Steelworkers, 2017b). En este sentido, sostenían que estaban dispuestos a trabajar con el gobierno, pero que este debía atender a las preocupaciones de los trabajadores respecto a las negociaciones del NAFTA, de lo contrario lucharían contra éste (United Steelworkers, 2017c). La presión fue aumentando, indicando que las demoras en la investigación eran devastadoras para el sector siderúrgico, “las esperanzas de los trabajadores crecieron durante la campaña y con el anuncio del Presidente. Pero los trabajadores están hartos de que los políticos de Washington digan que se preocupan y luego dilaten las cosas: es el momento de actuar” (United Steelworkers, 2017d). El mismo reclamo al gobierno para que tomara medidas inmediatas lo encontramos en las declaraciones de los Teamsters, incluyendo una predisposición a la colaboración e incluso con una reformulación de un slogan trumpista: “It’s time to make American trade policy fair again”(Teamsters, 2017).

La guerra comercial y las posiciones de los sindicatos (2018-2019)

En el 2018, con las elecciones legislativas en curso, encontramos ciertos cambios en las declaraciones de los sindicatos. Aparecen alusiones a la necesidad de que haya más sindicalistas en los despachos del poder, más republicanos a favor de los trabajadores y menos demócratas partidarios de las grandes corporaciones, así como también hallamos una caracterización centrada en la decepción por parte de los trabajadores con el gobierno y hasta la amenaza de que votarían por otro presidente en 2020 en caso de que Trump no cumpliera con sus promesas (AFL-CIO, 2018a).

Ahora bien, en pleno año electoral, ante los anuncios del gobierno de aumento de aranceles al acero y aluminio, los sindicatos respondieron celebrando la medida.15 Consideraron que se trataba de un primer paso hacia la redefinición de las normas comerciales en beneficio de los trabajadores (AFL-CIO, 2018b; United Steelworkers, 2018). En sucesivas intervenciones, destacaron la oposición de Wall Street a las medidas, argumentaron contra la idea de “guerra comercial” y declamaron su independencia política pese a apoyar al gobierno en esta disposición (AFL-CIO, 2018c, 2018e y 2018d). En esta línea, en las consecuentes discusiones sobre medidas ante la violación de propiedad intelectual por parte de China, la AFL-CIO sostuvo la importancia de los aranceles como una política más, pero que sólo serían efectivos si se coordinaban con los aliados y como parte de una reforma comercial integral (AFL-CIO, 2018f y 2018l).

En este sentido, es posible identificar ciertas críticas a Trump, especialmente por su falta de coherencia y cómo algunas de sus respuestas parecían “sospechosamente beneficiosas para las corporaciones globales, la industria financiera y los donantes millonarios” (AFL-CIO, 2018g, 2018h). A su vez, asomaban cuestionamientos al desprecio de Trump al sistema multilateral, ante los cuales declararon la necesidad de reformarlo, pero no destruirlo (AFL-CIO, 2018i).

Las críticas, sin embargo, no sólo estuvieron destinadas al gobierno, sino también al Congreso, para que los representantes llevasen a cabo las recomendaciones en materia comercial propuestas por la AFL-CIO (2018j). Especialmente ante las elecciones legislativas, la interpelación a los candidatos demócratas fue severa:

Cada uno de ustedes se presenta al Congreso en un momento de serios desafíos, pero también de importantes oportunidades para los trabajadores (...) Algo está ocurriendo en Estados Unidos. La acción colectiva va en aumento. Las huelgas docentes, el movimiento #MeToo, Black Lives Matter, los estudiantes (…) Los trabajadores se están organizando y haciendo huelgas como no habíamos visto en años. 15.000 trabajadores se afiliaron o formaron sindicatos en una sola semana este mes de abril. Esto se suma a los 262.000 nuevos miembros que se unieron a nuestras filas el año pasado, el 75% de ellos menores de 35 años. (...) Pero no se puede negar que demasiados demócratas siguen decepcionándonos, votando con Wall Street en cuestiones clave como el comercio y la reforma financiera. Francamente, no hay nada peor que ver a un candidato al que apoyamos llegar a Washington y olvidar quién le hizo ser elegido en primer lugar. Así es como un tercio de los sindicalistas terminaron votando a Donald Trump. (AFL-CIO, 2018k)

El reconocimiento del ascenso de la conflictividad social y un intento por arrogarse esa fuerza y representación aparece claramente en este fragmento de la AFL-CIO, a la vez que se reconoce y se advierte el apoyo de trabajadores a Trump producto de la decepción del Partido Demócrata. Abiertamente rechazaron, en este sentido, a los demócratas que ofrecían lindos discursos en los pasillos de los sindicatos para luego lanzarse a la carrera de recaudar el dinero en la Cámara de Comercio (AFL-CIO, 2018m).

A fines de 2018, luego de varios meses de “guerra comercial”, Estados Unidos y China pactaron en la reunión del G-20 en Buenos Aires una tregua por 90 días (Landler, 2018). Tras un año de intenso lobby de distintas asociaciones empresarias tanto a favor como en contra de los aranceles,16 los sindicatos, por su parte, terminaron saludando la tregua, aunque reclamaban que Estados Unidos tenía que demandar resultados y no sólo discursos (Teamsters, 2018).

Al mismo tiempo, se desplegaba la discusión sobre la renegociación del NAFTA que acaparaba la atención de los sindicatos. Si bien excede al presente trabajo un análisis pormenorizado de este proceso, resulta pertinente destacar la centralidad que tuvo para los sindicatos, que implicó a su vez reclamos tanto al Congreso como al Ejecutivo17 y continuó marcando la agenda durante 2019.

En este contexto, es posible distinguir ciertos desplazamientos en las posiciones en 2019. Richard Trumka, entonces presidente de la AFL-CIO, afirmaba:

Algunos de mis amigos han cuestionado mi decisión de entablar un diálogo con el presidente Trump. Después de todo, se trata de un presidente que nos ha hecho la vida infinitamente más difícil. (…) Impuso una reducción de impuestos corporativos a costa de la clase trabajadora que fomenta la deslocalización y la automatización. Eliminó el pago de horas extraordinarias a más de dos millones de personas. Ha hecho que nuestros trabajos sean más peligrosos, recortando las normas de seguridad y eliminando la norma que obliga a los empresarios a presentar informes detallados sobre las lesiones en el lugar de trabajo. Y se ha mostrado muy dispuesto a encubrir el racismo, la misoginia y la xenofobia. Sin embargo, creo que se lo debo a todos y cada uno de los trabajadores (…) encontrar una salida al TLCAN. Si lo hacemos bien, podremos empezar a cambiar las reglas del comercio mundial y, con ellas, el curso de la historia. (AFL-CIO, 2019a)

En este fragmento, se observa cómo desde la AFL-CIO se hacían eco de las críticas por su colaboración con Trump. Ante esto, aparece un cuestionamiento central al gobierno, admitiendo que la vida se había hecho más difícil para los trabajadores. Hasta aquí ciertas novedades. Sin embargo, observamos que no dejaron de buscar una confluencia en materia de política comercial. En este aspecto, también encontramos durante 2019 declaraciones con fuertes críticas al Partido Demócrata e incluso admitiendo que comprendían que los trabajadores hubieran votado por Trump en 2016 (AFL-CIO, 2019b).

En lo que respecta a la discusión sobre la política arancelaria, los sindicatos mantuvieron en general una postura de apoyo a las medidas del gobierno, incluso en el marco de una desaceleración del conflicto con China tras la tregua momentánea. En las negociaciones al respecto, sostuvieron la necesidad principalmente de lograr un acuerdo que priorice la reducción de los subsidios industriales por parte de China a sus productos (Cutler, 2019). Por su parte, en el caso de los aranceles al aluminio y al acero, saludaron el acuerdo de exclusión de México y Canadá de la medida en base a la Sección 232 de la Trade Expansion Act (United Steelworkers, 2019).

Los vaivenes continuaron y para octubre de 2019 las críticas de Trumka al gobierno fueron más categóricas:

Pues bien, han pasado casi tres años y puedo decir una cosa con certeza: Donald Trump es uno de los presidentes más anti-obreros de la historia de Estados Unidos. Si piensan que está de su lado, mejor piénsenlo de nuevo. Wall Street obtuvo otro recorte fiscal inesperado. El NAFTA sigue en pie. Y cuando Goodyear anunció que trasladaría la planta de Gadsden a México, el presidente no estaba por ninguna parte. (AFL-CIO, 2019c)

La cercanía con el calendario electoral y las discusiones sobre el NAFTA aparecían de trasfondo en el cuestionamiento al gobierno, pero también en las presiones al Partido Demócrata:

Hermanos y hermanas, ya basta. Exigimos algo mejor. Merecemos algo mejor. Y en 2020, vamos a ganar mejor. Pero también tengo una advertencia para el Partido Demócrata. No somos su cajero automático. Deben trabajar para nosotros, no al revés. Estamos poniendo la vara alta, más alta de lo que nunca ha estado. En pocas palabras, mi mensaje de hoy es este: Si quieren nuestro patrocinio... si quieren nuestro voto... si quieren nuestro apoyo... entonces demuéstrennos que están inequívocamente a favor de los trabajadores y de los sindicatos. Háblenos de su plan para facilitar la creación de sindicatos y dificultar su destrucción. Demuéstrenos que los trabajadores son algo más que una sección en su página web o una línea en su biografía. Hagamos del crecimiento del movimiento obrero una prioridad absoluta. (AFL-CIO, 2019d)

La repetida sentencia sobre cómo la AFL-CIO no se consideraba un cajero automático del Partido Demócrata se desarrollaba en un contexto en el cual los candidatos de este último buscaban enérgicamente el apoyo sindical, incluso acercándose a los piquetes encabezados por los trabajadores de United Automobile Workers en huelga (Saul, 2019).

Estas declaraciones resultan particularmente significativas porque dan cuenta de una tensión en ese “matrimonio estéril” entre los sindicatos y el Partido Demócrata, como lo caracterizó Mike Davis (2005). Se puso en discusión ese histórico pacto de integración política, cuyos frutos parecían cada vez más magros para la propia dirigencia sindical. Siguiendo la metáfora, podemos decir que la pelea marital, sin embargo, no devino en divorcio.

La pandemia y las elecciones se imponen: el regreso al Partido Demócrata

El 2019 terminó con dos medidas importantes para el gobierno: un principio de acuerdo con China y el apoyo político de legisladores demócratas y la AFL-CIO para la aprobación del nuevo NAFTA (Lynch, 2019; Rappeport et al., 2019). Hubo, sin embargo, sindicatos que manifestaron sus reparos, como International Association of Machinists and Aerospace Workers y United Automobile Workers (Chokshi, 2019).

Tras la firma del acuerdo con China en enero del 2020, desde la AFL-CIO se sostuvo:

Hay muy poco en este acuerdo que trate la prolongada negación por parte de China de los derechos laborales básicos. El acuerdo tampoco aborda los peores aspectos del engaño chino: las subvenciones masivas a sus empresas nacionales y las prácticas depredadoras de sus empresas estatales, que han costado millones de puestos de trabajo en Estados Unidos y destruido nuestra base manufacturera. Y carece de un mecanismo para que Estados Unidos aborde la persistente desalineación monetaria entre el dólar y el renminbi. Por último, es otro regalo para Wall Street y las grandes farmacéuticas, y da prioridad a nuevas protecciones para las empresas que se trasladan a China, creando aún más incentivos para la deslocalización. Al parecer, se han hecho algunos progresos, pero el diablo está en los detalles, y es importante recordar que China ha hecho y no ha cumplido compromisos similares en el pasado. (AFL-CIO, 2020a)

En este escueto comunicado se criticó el acuerdo, pero sin mencionar al gobierno y demonizando a China. Sin embargo, el devenir de la política comercial de Trump, y especialmente el vínculo con China, estuvo determinado por el desarrollo de la pandemia del COVID’19. En este marco, las posiciones de los sindicatos y su relación con el gobierno sufrieron una serie de transformaciones mediadas, a su vez, por el desarrollo del año electoral y la creciente conflictividad social.

Ante la explosión de la pandemia, desde la central sindical no sólo se denunciaron las condiciones inseguras de trabajo y la situación del sistema de salud, sino también las debilidades de la economía estadounidense y su excesiva dependencia de las largas cadenas de suministro y de la producción en China (AFL-CIO, 2020b). En este sentido, United Steelworkers (2020a) instó tanto al Congreso como al Ejecutivo a que continuase aplicando las medidas contra China para garantizar un comercio justo, específicamente, los aranceles de la Sección 232 sobre el acero y el aluminio.

La actitud de la dirigencia sindical hacia el gobierno en el marco de las elecciones y la crisis sanitaria fue endureciéndose. En mayo, la AFL-CIO (2020c) declaró su apoyo a la candidatura de Joe Biden, sosteniendo que las familias trabajadoras de Estados Unidos estaban sufriendo la respuesta delincuente, retrasada, desorganizada y mortal de Trump al coronavirus. United Steelworkers (2020b) aclamó su apoyo a Biden especialmente afirmando que se había llegado a esa decisión escuchando las preocupaciones de los afiliados a través de una encuesta y asambleas en distintas partes del país. Mientras que, sin mencionar a Trump, United Auto Workes (2020) declaró su voto a Biden, destacando su promesa de fomentar la sindicación y la negociación colectiva y garantizar los derechos laborales. Por su parte, Teamsters (2020) recién emitió su pronunciamiento electoral en agosto, sosteniendo que Biden era “un amigo de los camioneros”.

A fines de mayo y principios de junio, estallaron las extensas revueltas populares en todo el país contra el asesinato de George Floyd, imponiéndose nuevamente en agenda el movimiento antirracista Black Lives Matter, específicamente contra la violencia policial (Carbone, 2024). En este marco, la central obrera reclamó reformas del sistema policial y medidas para combatir el racismo, a la vez que rechazaba a los sectores “marginales y violentos” que destruyeron propiedades privadas y atacaron una sede de la AFL-CIO (AFL-CIO, 2020d). A su vez, en el marco de las crecientes consecuencias de la pandemia, la dirigencia sindical continuó denunciando que el gobierno había tenido una respuesta retrasada y poco eficaz, y que tampoco había logrado restaurar la base industrial, dependiente de las cadenas globales y afectada por tres décadas de malos acuerdos comerciales y deslocalización de empresas orquestados por Wall Street (AFL-CIO, 2020e).

Para septiembre, desde la AFL-CIO declaraban que Trump era el peor presidente que se podía tener en el peor momento. A la vez, Richard Trumka marcaba las tensiones:

En 2016, suficientes miembros de sindicatos desertaron del Partido Demócrata para inclinar la balanza en lugares como Michigan y mi estado natal, Pensilvania. Y cuando Trump fue elegido, me comprometí a trabajar con el presidente en temas en los que pudiéramos estar de acuerdo. Se lo debía a todos los trabajadores, hayan votado a Trump o a Hillary Clinton, o no hayan votado. Porque si los trabajadores son fuertes, Estados Unidos es fuerte. En aquel momento, el comercio, las infraestructuras y el sector manufacturero destacaban como áreas en las que había puntos en común. Pero Donald Trump fracasó. No buscó un terreno común con nosotros. (...) Incumplió sus promesas en materia de infraestructuras y fabricación. Los puestos de trabajo que dijo que vendrían nunca aparecieron. En lugar de reconstruir Estados Unidos, lo ha destrozado. Y su recorte de impuestos para los ultrarricos aceleró la externalización de empleos bien pagados en Estados Unidos y empeoró la desigualdad. En cuanto al comercio, sí, los trabajadores han hecho algunos progresos. Pero aclaremos los hechos. La presidenta Pelosi estuvo con nosotros en el bloqueo del Acuerdo Estados Unidos-México-Canadá hasta que Trump finalmente lo hizo aplicable. Nunca lo olviden: los trabajadores reescribieron el NAFTA. (AFL-CIO, 2020f)

En este discurso, si bien aparece una clara confrontación con el gobierno de Trump y un intento por reivindicar a Nancy Pelosi y sectores del Partido Demócrata, no deja de expresarse la lectura que tuvo la dirigencia sindical respecto al gobierno y, en particular, el papel de la política comercial. Su colaboración y sus coincidencias aparecen explicitadas, así como también las dificultades para contener y representar que tenía la dirigencia sindical ante el voto de ciertos afiliados al Partido Republicano.

Esta última cuestión fue claramente alertada por el propio Partido Demócrata. En este sentido, se comprende la campaña electoral de 2020 centrada especialmente en la búsqueda de mostrar a Biden como un candidato “pro-sindical” y un intento de la dirigencia sindical de perpetuar esa imagen. En plena campaña electoral, United Steelworkers pronunciaba:

Los trabajadores estadounidenses necesitan líderes que entiendan que nuestra economía no puede sobrevivir si seguimos deslocalizando la producción y otros puestos de trabajo. La visión de Joe Biden y Kamala Harris de proteger y crear puestos de trabajo mediante una combinación de incentivos fiscales, inversión en infraestructuras con fuertes disposiciones de Buy American y atención a las cadenas de suministro nacionales ofrece soluciones de sentido común y un camino claro hacia el éxito. Durante demasiado tiempo, los trabajadores estadounidenses han sido testigos de un flujo constante de cierres de plantas. Y aunque la pandemia ha contribuido ciertamente a la devastación de la economía estadounidense y ha costado millones de puestos de trabajo, la triste realidad es que esta tendencia se remonta mucho más allá de este año. Las políticas de Donald Trump han sido rimbombantes en palabras y en recortes masivos de impuestos a las empresas, pero escasas en acciones estratégicas a largo plazo cuando se trata de proteger verdaderamente el empleo estadounidense. No es de extrañar entonces que las importaciones sigan entrando en nuestro país, que los puestos de trabajo continúen trasladándose al extranjero y que el exceso de capacidad masiva de China siga erosionando los precios mundiales de nuestros productos manufacturados. El plan Biden-Harris demuestra que darán prioridad a la fabricación nacional y, lo que es más importante, que tienen la intención de poner a los trabajadores estadounidenses en primer lugar. (United Steelworkers, 2020c)

Luego de haber apoyado las medidas arancelarias de Trump, en las expresiones de United Steelworkers aparece una vuelta clara al Partido Demócrata buscando presentar su programa como una defensa de los puestos de trabajo, omitiendo por completo las políticas de libre comercio que otrora había impulsado y que la dirigencia sindical había cuestionado.

Tras los comicios, desde la AFL-CIO se declaró que se trató de unas elecciones sin precedentes en un año sin precedentes: “un año de ira, dolor y disturbios civiles. Un año de pérdidas insondables. Pérdida de empleos y de seguridad económica. Pérdida de vidas” (AFL-CIO, 2020g). Consideraron que la victoria de Biden fue gracias al movimiento obrero y que “el cortafuegos de Joe Biden era sindical” (AFL-CIO, 2020g). Ante los cuestionamientos de Trump a los comicios, sostuvieron que no permitirían que se arrebatase la democracia y, por su parte, se mostraron abiertos a colaborar con el gobierno demócrata electo. A éste especialmente le demandaron la aprobación de una ley de alivio de los efectos de la pandemia (HEROES Act) y una ley para la protección del derecho a la sindicalización (Protecting the Right to Organize Act) (AFL-CIO, 2020h).

Específicamente en lo que respecta a la política comercial, la dirigencia sindical celebró el nombramiento de Katherine Tai, considerada “una defensora de los trabajadores”, como responsable de la United States Trade Representative (USTR), argumentando que, hasta entonces, las distintas administraciones de ambos partidos le habían negado al movimiento sindical “un asiento en la mesa de negociaciones”, dejando en manos de las corporaciones empresarias exclusivamente la elaboración de la política comercial (AFL-CIO, 2020i).

Sin embargo, pocos días antes de la asunción de Biden, los reclamos sectoriales no dejaron de aparecer:

Cuatro de las principales asociaciones de la industria siderúrgica nacional y el sindicato United Steelworkers instaron hoy al presidente electo Joe Biden a garantizar que se mantengan los aranceles y las cuotas de acero, establecidos en 2018 para proteger la seguridad nacional. En una carta dirigida al presidente electo, el American Iron and Steel Institute (AISI), la Steel Manufacturers Association (SMA), el sindicato United Steelworkers (USW), The Committee on Pipe and Tube Imports (CPTI) y el American Institute of Steel Construction (AISC), instaron a que, la continuación de los aranceles y cuotas es esencial para garantizar la viabilidad de la industria siderúrgica nacional frente a este masivo y creciente exceso de capacidad de acero. Eliminar o debilitar estas medidas antes de que los principales países productores de acero eliminen su exceso de capacidad -y las subvenciones y otras políticas distorsionadoras del comercio que han alimentado la crisis del acero- sólo invitará a un nuevo aumento de las importaciones con efectos devastadores para los productores nacionales de acero y sus trabajadores. (United Steelworkers, 2021)

Aquí observamos que, más allá del retorno al Partido Demócrata, las tensiones no se terminaron de disolver. En la política comercial y especialmente en los aranceles demandados por los empresarios americanistas y el sindicato de United Steelworkers, encontramos alineamientos y relaciones de fuerza que no se clausuraron ni resolvieron con un cambio de gobierno y el intento del Partido Demócrata por contenerlas. Se abría así un nuevo capítulo de un Estados Unidos atravesado por contradicciones.

Conclusiones

El recorrido a lo largo de las posiciones de los sindicatos estadounidenses ante la política comercial de Trump durante su primer mandato arroja una serie de conclusiones. En primer lugar, podemos identificar cómo en el conjunto de las intervenciones de los sindicatos analizadas se observa como trasfondo una serie de transformaciones en el movimiento obrero a partir de la crisis de 2008. Especialmente, encontramos la preocupación por la pérdida de puestos de trabajo como un elemento central y una lectura de la política comercial en línea con los efectos de la deslocalización de capitales. A su vez, aparece constantemente como referencia retórica la agenda popularizada con el movimiento Occupy Wall Street, con eje en la desigualdad y la interpelación a los intereses de “el 1% o el 99%”. En este sentido, observamos cómo el accionar de la dirigencia sindical fue adaptándose a las propias transformaciones en la clase trabajadora e incorporando discursivamente consignas de otros movimientos sociales más amplios.

Ahora bien, no sólo encontramos en esa recuperación de Occupy Wall Street un cuestionamiento a la desigualdad social, sino también una recriminación específica a Wall Street y las corporaciones globalistas como principal enemigo. En este marco, aparece en los posicionamientos de los sindicatos un reconocimiento de distintos sectores empresarios, identificando a los industriales americanistas como aliados. Esto se inscribe no sólo en la lógica del sindicalismo empresario estadounidense, sino también en la propia fractura y contradicciones que atraviesan a la sociedad norteamericana agudizadas por la crisis de 2008.

En segundo lugar y estrictamente analizando el vínculo con el Ejecutivo, fue posible advertir una actitud de la AFL-CIO de colaboración con el gobierno y no cuestionamiento durante los primeros años de mandato de Trump. Especialmente en lo que respecta a las políticas de aumento de aranceles devenidas en guerra comercial con China, los sindicatos apoyaron al gobierno y saludaron las medidas. Incluso pese a ciertas diferencias respecto a la renegociación del NAFTA, terminaron también apoyando el nuevo acuerdo. Este proceso se explica no sólo por ciertas coincidencias con la política comercial desplegada por Trump, contraria a las políticas de libre comercio anteriores, sino que es necesario también comprender que la dirigencia sindical se encontraba intentando contener a una base que estaba desencantada con el Partido Demócrata.

En este sentido, pudimos advertir cómo, en los primeros años del gobierno de Trump, los sindicatos buscaban despegarse del Partido Demócrata, afirmando que tenían independencia política y que no eran sus meros cajeros automáticos. Observamos en este sentido, a lo largo de la investigación, cómo se desarrollaron tensiones en este “matrimonio estéril” entre el Partido Demócrata y los sindicatos, aunque siempre sosteniendo ciertos vínculos. Esto es posible encontrarlo en la relación con miembros del Legislativo, especialmente con Nancy Pelosi como presidenta de la Cámara de Representantes. La pérdida de las elecciones en 2016 obligó luego, en 2020, al establishment demócrata a buscar recomponer ese vínculo, incluso mostrando a Joe Biden como un candidato pro-sindical. Tanto desde la dirigencia sindical como del Partido se buscó contener el descontento desde las bases ante el creciente proceso de movilización social por los efectos de la pandemia y capitalizarlo electoralmente. A su vez, el retorno de la dirigencia sindical a su histórica alianza con el Partido Demócrata tenía también como su contraparte la búsqueda por sostener espacios de poder. Recién en ese marco electoral y ante los efectos de la pandemia, encontramos una oposición de los sindicatos al gobierno de Trump.

A modo de cierre, el presente trabajo permitió advertir desplazamientos y vaivenes de la dirigencia sindical –con el apoyo a la política comercial trumpista y las tensiones con el Partido Demócrata– que se encuadran en una serie de transformaciones en la estructura de clases estadounidense que complejizaron la capacidad de representación de los sindicatos y el Partido Demócrata. Esas tensiones no se resolvieron con la llegada de Biden al poder y posibilitaron posteriormente el regreso de Trump.

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Notas

1 Las discusiones al respecto, a nivel académico, incluyeron una serie de trabajos que sustentaron esta premisa sobre cómo los trabajadores blancos fueron los que llevaron a Trump a la Casa Blanca (Bobo, 2017; Grumbach et al., 2021; McQuarrie, 2017; Monnat y Brown, 2017; Morgan y Lee, 2018; Williams, 2017). En contraposición, otro conjunto de trabajos propusieron otra lectura de los datos y/o de la definición de la clase social, tendientes a encontrar entre los sectores medios a la mayoría de los votantes trumpistas (Bhambra, 2017; Carnes & Lupu, 2021; Manza & Crowley, 2017; Silver, 2016; Walley, 2017). Por otra parte, existen análisis que focalizaron no tanto en los votos obtenidos por Trump, sino en aquellos perdidos por el Partido Demócrata respecto a las elecciones anteriores y sus causas (Davis, 2017a y 2017b; Faber et al., 2017; Kilibarda & Roithmayr, 2016; Moody, 2017; Post, 2017).
2 Véase al respecto el clásico trabajo de Mike Davis (2005).
3 Queda por fuera del presente artículo un análisis sobre las interpretaciones de la crisis. Para ello se recomienda la reseña de Katz (2012) y los trabajos de Roberts (2016), Kotz (2015), Harvey (2012) y Panitch y Gindin (2013).
4 Las discusiones sobre las causas de este fenómeno son álgidas. Están quienes explican el fenómeno principalmente por la deslocalización de capitales (Bello, 2022; Smith, 2016). Por otra parte, pero con ciertos puntos de contacto, están quienes explican la pérdida de puestos de trabajo manufactureros por los desequilibrios de la balanza comercial, observando así una relación causal con el aumento de las importaciones provenientes de China tras su ingreso a la OMC (Autor et al., 2013; Baily & Bosworth, 2014; Houseman, 2018; Kemeny et al., 2014; Pierce & Schott, 2016; Rosenberg & Boyle, 2019). Por otro lado, están quienes enfatizan en el aumento de la productividad y focalizan en los cambios tecnológicos de las últimas décadas, especialmente en el avance de la automatización como causante de la pérdida de puestos de trabajo (Brynjolfsson & Mcafee, 2014; Ford, 2015; Srnicek & Williams, 2015). Por otra parte, encontramos explicaciones asociadas a la dinámica de la acumulación capitalista y sus crisis (Benanav, 2021; Panitch & Gindin, 2013; Roberts, 2016), que vinculan éstas con el desarrollo de la lucha de clases analizando la ofensiva que implicó la implementación de nuevos métodos de organización y vigilancia de la producción que permitieron una intensificación del trabajo y aumentar así la productividad, en un contexto de debilitamiento de los sindicatos (McNally, 2009; Moody, 2020). Cada una de estas perspectivas, a su vez, presenta diferencias teórico-metodológicas en su interior. Por nuestra parte, nos orientamos hacia una explicación multicausal observando las interconexiones existentes entre el avance de la internacionalización productiva y la ofensiva neoliberal, atendiendo a que se trata de un proceso histórico, resultado de relaciones de fuerza concretas.
5 Fuente: US Bureau of Labor Statistics.
6 Fuente: U.S. Bureau of Economic Analysis.
7 US Bureau of Labor Statistics, “The Recession of 2007–2009: BLS Spotlight on Statistics”, febrero de 2012, https://www.bls.gov/spotlight/2012/recession/pdf/recession_bls_spotlight.pdf
8 Al respecto existe también una amplia discusión. Esta se desarrolló a partir del planteo de Standing (2011) sobre existencia de una nueva clase, el “precariado”, caracterización que recibió una serie de críticas (Breman, 2013; Frase, 2013; Jonna & Foster, 2016; Moody, 2017; Seymour, 2012).
9 En el crecimiento de empresas como Amazon y Walmart en los Estados Unidos post-crisis de 2008, confluyen varias tendencias que permiten identificar un sector cada vez más nodal de la lucha de clases. Entre estas tendencias encontramos el nuevo papel de la logística en el marco de la internacionalización de la producción; la creciente ocupación de grandes masas de trabajadores en este sector, concentradas geográficamente en ciertos polos urbanos y en su interior, en amplios lugares de trabajo cuya organización no tiene nada que envidiarles a las fábricas tradicionales con altos niveles de intensificación y vigilancia del trabajo, utilizando a las nuevas tecnologías con esa finalidad, a lo cual se le suman condiciones de contratación y salariales precarias (Alimahomed-Wilson & Reese, 2020; Moody, 2017; Rossi & Varela, 2023).
10 Incluso los dirigentes suelen concebirse como empresarios dedicados a la venta de la fuerza de trabajo de sus afiliados.
11 Palabras citadas en Baker (2017).
12 Véase por ejemplo: AFL-CIO (2017f, 2017k y 2017l).
13 Véase al respecto: AFL-CIO (2017h y 2017i).
14 Esta sección de la Trade Expansion Act de 1962, le otorga al presidente facultades para aplicar aranceles, si se determina que el exceso de importaciones extranjeras representa una amenaza para la seguridad nacional de Estados Unidos.
15 En la prensa se reconoció especialmente el apoyo sindical al gobierno en su política de aumento de aranceles (Kitroeff & Swanson, 2018; Swanson, 2018a).
16 En la prensa aparecen retratadas las campañas de las corporaciones (Swanson, 2018b; Swanson & Vogel, 2018).
17 Véase por ejemplo: AFL-CIO (2018n, 2018o).


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