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Identidades y discursos femeninos/feministas en Nicaragua y El Salvador
Feminine/Feminist Identities and Discourses in Nicaragua and El Salvador
Realidad, Revista de Ciencias Sociales y Humanidades, núm. 139, pp. 51-69, 2014
Universidad Centroamericana José Simeón Cañas

Artículos

Realidad, Revista de Ciencias Sociales y Humanidades
Universidad Centroamericana José Simeón Cañas, El Salvador
ISSN: 1991-3516
ISSN-e: 2520-0526
Periodicidad: Semestral
núm. 139, 2014


Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial 4.0 Internacional.

¿Bajo qué condiciones los movimientos de mujeres activistas llegan a definirse a sí mismos como feministas? ¿Acaso la distinción entre los movimientos que se autoidentifican como ”femeninos" versus los movimientos ”feministas" coinciden en que se prefiere promover los “intereses prácticos de género” de las mujeres en oposición a sus “intereses estratégicos de género”, para usar la famosa dicotomía introducida por Maxine Molyneux (1985)? ¿Cómo definen estos movimientos identificados como ”feministas" su relación con los partidos revolucionarios y parlamentarios de izquierda y bajo qué condiciones dichos partidos promueven una agenda feminista?

En este documento, compararé y contrastaré los movimientos de mujeres en El Salvador y en Nicaragua con respecto a sus relaciones con los partidos revolucionarios de izquierda, el FMLN y el FSLN, respectivamente. Mi argumento es que los discursos y estrategias políticas y las condiciones materiales creadas por estos partidos de izquierda postergaron, al principio, el desarrollo de las subjetividades identificadas a sí mismas como feministas, pero le dieron las condiciones materiales en la lucha guerrillera, en la cual se desarrolló un fuerte activismo femenino a favor de la justicia social.

Las estructuras de oportunidades políticas (Ray y Korteweg, 1999) para que los movimientos femeninos cobraran auge se dieron en un momento de crisis en el desarrollo de ambos partidos, debilitando así el control jerárquico que el discurso marxista y la práctica leninista habían dictado para “la cuestión femenina”. Esto permitió la posibilidad de desafiar los discursos imperantes acerca de los roles sociales de mujeres y hombres, incluyendo los del marxismo y las teorías conservadoras de género del “complemento natural” de la Iglesia católica y la sociedad tradicional. Estos discursos existentes eran “poderes/conocimientos” en el sentido foucaultiano del término (Foucault, 1977), esto es, se utilizaron en las estructuras de poder material de los partidos de izquierda y la Iglesia católica —incluyendo a la facción radical de la teología de la liberación— a fin de designar expertos (estrategas políticos de los partidos y teólogos eclesiales, primordialmente hombres) para defender o criticar los roles de género existentes. Si ocurría lo último, eran hombres expertos a los que la organización les dio la autoridad de concebir la naturaleza de la liberación femenina y las estrategias aceptables para alcanzarla. Dada la epistemología reinante de estos poderes/saberes, solo aquellos expertos de la cúpula del partido y de la jerarquía eclesial, esto es, los dirigentes partidarios y teólogos hombres, podían obtener el conocimiento de las visiones apropiadas de las relaciones de género y los medios políticos para lograrlas. Por tanto, el feminismo autoidentificado como tal se veía inicialmente como un movimiento problemático en contra de los discursos teoréticos imperantes en esas organizaciones. El feminismo se veía como “individualismo burgués” o autoindulgencia decadente, y solamente cuando las estructuras de oportunidades políticas cambiaron, los partidos de izquierda aceptaron el feminismo, aunque de una manera ambivalente.

Un desarrollo clave en la legitimación del feminismo de los partidos de izquierda y liberales ha sido el crecimiento del discurso internacional del feminismo, asociado con el discurso de los derechos de las mujeres como derechos humanos. Estos discursos, junto con las prácticas legitimadoras de las conferencias de Naciones Unidas sobre la mujer, la población y el desarrollo y sobre el tráfico sexual, así como los encuentros feministas internacionales que comenzaron en Latinoamérica a partir de 1981, pusieron el escenario para establecer diálogos periódicos acerca de los problemas de las mujeres, la naturaleza del feminismo y su relación con problemas de justicia racial y de clase. Estos diálogos influyeron en muchas delegaciones de izquierda para que cambiaran sus opiniones sobre el feminismo y buscaran una forma de incorporar una perspectiva feminista de género en sus teorías de izquierda y sus estrategias organizativas.

Más recientemente, sin embargo, a medida en que han surgido movimientos autónomos autoidentificados como feministas en Centroamérica, ha ganado predominancia una nueva forma de poder/ conocimiento basada en ciertas distinciones analíticas y que ha sido ejercida por parte de algunas intelectuales feministas influyentes.1 Algunos de los desacuerdos que se encuentran en desarrollo entre las activistas feministas giran en torno a qué estrategias políticas deben seleccionarse de determinada manera, o si deben surgir de forma más democrática desde el contexto y la circunscripción electoral relevante. Yo argumentaré que el caso de Las Dignas en El Salvador es un ejemplo de un grupo que ha desafiado un procedimiento feminista de formación de conocimientos más jerárquico a favor de una forma de llegar a estrategias políticas para empoderar a las mujeres que arranque desde la base.

Las investigadoras latinoamericanas han empleado dos distinciones analíticas principales a fin de distinguir los tipos de activismo femenino en América Latina: la distinción entre movimientos “femeninos” y “feministas” y la distinción que establece Maxine Molyneux, en 1985, entre los intereses prácticos de género y los intereses estratégicos de género. Los intereses prácticos de género, según Molyneux, son aquellos que alcanzan los objetivos que las mujeres tienen debido a sus roles sociales de género como esposas y madres, centrados alrededor del cuidado y la satisfacción de las necesidades materiales de sus familias, mientras que los intereses estratégicos de género son condiciones que avanzan hacia la meta de la liberación femenina, como los derechos reproductivos garantizados o la libertad de la violencia sexual y doméstica masculina. Muchas asumieron que los movimientos femeninos son aquellos cuyos fines se centran en torno a intereses prácticos de género, mientras que los movimientos feministas ponen énfasis en organizarse alrededor de los intereses estratégicos de género. Yo sostengo, en cambio, que un examen de los movimientos femeninos que están asociados con la izquierda demuestra la falsedad de esta generalización, puesto que los partidos de izquierda han presionado por lograr una mezcla de los intereses prácticos y estratégicos de género de las mujeres, tal como lo establece su visión de orientación marxista de la liberación femenina. Aún más, las organizaciones feministas como Las Dignas en El Salvador vienen a enfatizar fuertemente en la organización de mujeres alrededor de sus intereses prácticos de género, mientras siguen definiéndose a sí mismas como feministas. En breve, discutiré esto de forma más detallada.

Pese a la mezcla de intereses prácticos y estratégicos de género de las mujeres que promueven los partidos de izquierda, no puede confiarse en que priorizarán los intereses de las mujeres cuando sobrevenga una crisis política o económica. Un examen sobre las prácticas de género del FSLN (en Nicaragua) y el FMLN (en El Salvador) indica que en situaciones donde parece haber un conflicto de intereses entre promover los intereses a corto plazo de la revolución (o, incluso, los intereses inmediatos de los dirigentes hombres del partido) y los intereses de género estratégicos y de largo alcance de las mujeres, estos últimos son los que deben sacrificarse. Lo que se vuelve un factor clave en dichas coyunturas de conflicto aparente en las metas del partido es el grado de legitimidad que existe para la estrategia feminista de permitir la toma de decisiones autónoma de parte de las mujeres sobre la definición de sus intereses políticos. Tanto en el caso salvadoreño como en el nicaragüense, la cuestión de la autonomía para las mujeres en el proceso político radical se convierte en la cuestión predominante. Quienes se identifican a sí mismas como feministas insisten en que haya cierto grado de autonomía con relación al partido para tomar las decisiones políticas que afectan sus intereses, mientras que aquellos que rechazan identificarse como feministas aceptan la legitimidad de los discursos partidarios que priorizan la toma de decisiones centralizada y la unidad del liderazgo por encima de un proceso de toma de decisiones más descentralizado.

Concluyo que logramos una mejor comprensión de los obstáculos y las oportunidades políticas que enfrentan las mujeres latinoamericanas al organizarse dentro de la izquierda para lograr la justicia de género, al evadir la pregunta de si el énfasis está en los intereses de género prácticos o estratégicos y si está enfocado en los discursos, prácticas y oportunidades políticas que promueven la autonomía de las mujeres y también las posibilidades de alianza con los partidos de izquierda existentes. Tal como lo argumento en otro trabajo, el énfasis en la autonomía como el valor básico que enmarca los intereses de las mujeres más allá de las diferencias raciales, étnicas, de clase y sexuales, da una base común para una alianza política, reconociendo las tensiones y contradicciones existentes entre las mujeres debido a estas otras diferencias de poder (cf. Ferguson, mss. 2001; Jonasdottir 1988). Pero, como lo demuestra mi breve comparación de los movimientos de mujeres en Nicaragua y El Salvador, debemos examinar las oportunidades políticas de forma contextualizada para saber qué grado de autonomía y qué grado de conexiones, alianzas e integración existen con/ dentro de los partidos políticos de izquierda, y si funcionan como una estrategia política que fomenta la liberación de las mujeres.

Movimientos de mujeres en Nicaragua y El Salvador

La comparación entre los movimientos de mujeres en Nicaragua y El Salvador revela una cantidad de paralelos, siendo los más importantes su surgimiento del seno de los movimientos de izquierda de liberación nacional que involucró la guerra revolucionaria de guerrillas y un amplio número de mujeres combatientes dentro de los ejércitos de izquierda. Una segunda conexión importante es el apoyo y la influencia mutuas que tuvieron el FSLN y el FMLN. La influencia fue, al principio, más del FSLN hacia el FMLN en la década de 1980, como resultado de la victoria del primero en 1979 sobre Somoza y la toma del poder del Estado, y su reelección al poder en 1984. Su modelo pluralista y socialista de desarrollo nacional, con una economía mixta, partidos de oposición y tolerancia hacia la Iglesia católica, representó un modelo diferente a la economía centralizada y al modelo unipartidista cubano, que había sido el único modelo exitoso en Latinoamérica en el pasado. Más aún, a medida que el FMLN continuaba luchando contra la represión estatal durante los 80, el FSLN continuó proporcionándole apoyo militar y político.

Inicialmente, tanto el FMLN como el FSLN eran similares en su orientación marxista hacia la “cuestión femenina”. Esto es, aceptaron la idea de Marx y Engels que la liberación de las mujeres involucraba su incorporación a la fuerza laboral asalariada y una revolución socialista que socializaría el trabajo reproductivo, eliminando, de esta manera, el trabajo doméstico privado de las mujeres que tradicionalmente las ha hecho económica y socialmente dependiente de los hombres. También aceptaron la idea leninista de que sus respectivos partidos o frentes revolucionarios eran la vanguardia del movimiento obrero para la justicia social y que los diferentes sectores populares, incluyendo las mujeres, debían organizarse en organizaciones de masas que tomarían sus directrices del partido central para guiarse en los más amplios intereses de todo el movimiento revolucionario. Esto significaba que aunque ambos partidos estaban a favor de la eliminación de la discriminación sexual en contra de las mujeres —un interés estratégico de género, según las categorías de Molyneux (Cfr. Molyneux 1985)— en sus principios fundamentales (Luciak, 2001), se oponían en la práctica a cualquier concesión de autonomía a sus organizaciones de mujeres para que estas decidieran sobre las medidas políticas que estimaran convenientes para conquistar los intereses de las mujeres.

Las diferencias entre ambos movimientos son importantes de notar, debido a la forma en que influyeron en el crecimiento de los movimientos de mujeres en diferentes maneras en ambos países. Aunque el FSLN era un frente unido de tres tendencias políticas diferentes, su unificación se concretó más temprano y fue más completa que la del FMLN, que siguió siendo una coalición de cinco grupos sumamente opuestos. Aunque AMPRONAC era una organización de mujeres sandinistas que se dedicó en la década de 1970 a promover los derechos humanos, era similar a COMADRES en El Salvador durante el mismo período de tiempo al no definir los derechos humanos como una prioridad central y, ciertamente, al no definirse a sí mismas como feministas. Cuando el FSLN llegó al poder, creó su organización femenina de masas, AMNLAE, que se volvió, en la década de 1980, el único grupo oficial asociado con el FSLN que estaba organizado alrededor de los problemas de las mujeres. En contraste, en El Salvador, en las décadas de 1970 y 1980, COMADRES no era la única organización independiente de mujeres que operaba en la izquierda, sino que cada uno de los partidos que estaban en el FMLN tenía su propia organización de mujeres, las cuales no trabajaban de forma autónoma con respecto a sus partidos.

1. El caso de Nicaragua

nfermedades, provisión de atención de salud básica y vivienda, el cambio de las leyes patriarcales sobre el cuidado de los niños para obligar a los padres a que se hicieran responsables). Sin embargo, en su segunda fase, que comenzó en 1982, la AMNLAE se enfocó en incorporar a las mujeres a la economía y en apoyar al llamado Comité de Madres de Héroes y Mártires. Comenzaron a darse críticas hacia la AMNLAE, pues las mujeres no querían que su organización se enfocara

Con respecto a la AMNLAE, muchos comentaristas concuerdan en que la organización atravesó por diferentes fases de desarrollo. En sus primeros dos años, la organización estaba tratando de integrar mujeres a la reconstrucción del país y a la defensa de la revolución. Durante esta fase, se conquistaron varias reivindicaciones que beneficiaron a las mujeres pobres (reducción de la tasa de analfabetismo, erradicación de enfermedades, provisión de atención de salud básica y vivienda, el cambio de las leyes patriarcales sobre el cuidado de los niños para obligar a los padres a que se hicieran responsables). Sin embargo, en su segunda fase, que comenzó en 1982, la AMNLAE se enfocó en incorporar a las mujeres a la economía y en apoyar al llamado Comité de Madres de Héroes y Mártires. Comenzaron a darse críticas hacia la AMNLAE, pues las mujeres no querían que su organización se enfocara en el servicio militar de sus hijos y compañeros. Aún más, un número de factores internacionales introdujo ideas feministas: las feministas internacionalistas que trabajaban en el floreciente movimiento de ONG en solidaridad con Nicaragua y los encuentros feministas latinoamericanos que comenzaron en 1981, en Bogotá, Colombia, como resultado de la Conferencia de Naciones Unidas sobre Mujeres, celebrada en Copenhague en 1980. A estos encuentros asistió un número de mujeres sandinistas que comenzaron a autodefinirse como feministas, como resultado de estas conexiones internacionales, y a criticar la naturaleza verticalista de la relación del FSLN con la AMNLAE.

El FSLN trató, en efecto, de descentralizar su proceso de toma de decisiones hasta cierto punto en 1984, en parte debido a la presión feminista desde adentro y en parte porque tenían miedo de que, en represalia, las mujeres dieran un giro conservador en las elecciones nacionales. La estructura de AMNLAE se modificó de tal forma que las mujeres que estaban en la base pudieran hacerle propuestas de acción a la dirigencia, en vez de tener solamente políticas verticalistas. En 1985, AMNLAE celebró una asamblea nacional para promover campañas contra la violencia doméstica, la discriminación en los lugares de trabajo y sobre la sexualidad. Después de esta actividad, un grupo de mujeres intelectuales, identificadas como feministas, crearon el grupo llamado Partido de la Izquierda Erótica, el PIE, para que sirviera como grupo de discusión, pero también para intentar democratizar a la AMNLAE, a fin de ampliar sus perspectivas para incluir aquellos temas como derechos reproductivos, derecho a las preferencias sexuales, la valorización del trabajo doméstico y otros de los llamados intereses estratégicos de las mujeres (De Montis 1995). Este grupo se vio fortalecido al asistir en 1987 al IV Encuentro Feminista de América Latina y el Caribe, en Taxco, México, en el cual un debate clave fue si los movimientos de mujeres deberían ser autónomos o trabajar de forma integrada dentro de los partidos. En 1988, un consejo nacional de lideresas regionales de centros de mujeres a favor de la democratización de AMNLAE y de hacerla más autónoma del FSLN organizó talleres en todo el país para preparar la prometida asamblea nacional de AMNLAE que se celebraría en 1989 para discutir cambios estructurales. Sin embargo, llegado 1989, esta iniciativa, que incluía una propuesta para elegir a la secretaria general de AMNLAE, se vio derrotada cuando la dirigencia de la organización aceptó el movimiento preventivo de parte del FSLN, preocupado sobre la posible desunión para las elecciones de 1990, en el cual se designó —en vez de elegir— a la secretaria general de AMNLAE.

En 1990, el FSLN perdió las elecciones nacionales ante la coalición liberal de derecha, la UNO, lo cual arrojó al partido a una crisis y le dio pie al esfuerzo de tratar de organizarse como un partido democrático de oposición, en lugar del partido guerrillero en el poder que había sido hasta ese entonces. El FSLN reexaminó todas sus organizaciones sectoriales e intentó asentarlas sobre unas bases más firmes. En el caso de las mujeres, estas organizaron una serie de talleres con mujeres de diferentes sectores y también con mujeres de organizaciones autónomas, con la idea de celebrar una reunión nacional de mujeres para reconocer la autonomía del movimiento femenino. Como resultado de ello, las autoidentificadas como feministas se separaron de AMNLAE. En retrospectiva, es plausible sugerir que la pérdida de las elecciones de 1990 por parte del FSLN proveyó la crisis por la cual el movimiento autónomo que se identificaba como feminista pudo desarrollarse en Nicaragua.

A partir de 1992, el movimiento feminista ha crecido rápidamente en Nicaragua; en primer lugar, a raíz del Encuentro Nacional de Mujeres que tuvo lugar en enero de 1992 y, en marzo de ese año, la celebración, en el contexto del Día Internacional de la Mujer, del “52%”. Ambas actividades se organizaron al margen de AMNLAE. En mayo, se formó un Comité Nacional Feminista (CNF), el cual, en octubre de 1993, celebró el I Encuentro Feminista Nacional. Aunque diferencias personales y de proceso hicieron que el CNF se dividiera en 1994, ello demostró la fortaleza de la cultura feminista autónoma en Nicaragua, por cuanto el Comité se reconstituyó en 1998 para enfrentar los efectos del huracán Mitch, y encontraron una forma de lidiar con las diferencias internas. En 1994, se creó un foro de mujeres para tratar de llegar a una agenda conjunta de mujeres para hacer trabajo de cabildeo a fin de que los partidos contendientes en las elecciones nacionales incluyeran cuotas femeninas para las candidaturas partidarias.

La naturaleza y los tiempos de la autonomía ganada por el movimiento de mujeres nicaragüenses han sido, a la vez, muy efectivos en algunos temas y muy problemáticos en otros. En parte debido a la expansión del modelo de las ONG de desarrollo internacional, las organizaciones feministas pudieron operar con donantes internacionales y agencias de financiamiento en vez de depender de la ayuda del gobierno. Debido a este funcionamiento, se volvieron muy efectivos a escala nacional, con respecto a dos de las redes nacionales que se formaron como resultado del encuentro de enero de 1992: la Coalición para la Salud de las Mujeres y la Coalición en contra de la Violencia contra las Mujeres. La primera organiza una marcha popular contra la mortandad materna anualmente desde que se hizo público el problema. Las ONG enfocadas en la salud, tales como aquellas que trabajan con parteras y en la educación popular sobre la sexualidad, ETS y salud reproductiva, han sido designadas por parte del Ministerio Nacional de Salud para llevar a cabo trabajo de educación popular en salud (Ewig 1999). Y la Coalición contra la Violencia en contra de las Mujeres ha podido obtener financiamiento internacional para trabajar con las comisarías de policía para formar defensores contra la violencia, a fin de que asesoren a las mujeres sobre sus derechos. Aun más, el Foro de Mujeres tuvo éxito al lograr que el partido sandinista aceptara una cuota del 30% de mujeres candidatas en las campañas electorales. A nivel internacional, las feministas nicaragüenses han gozado de influencia desde que celebraron el I Encuentro de Mujeres Centroamericanas (“Una nueva mujer, un nuevo poder”), en abril de 1992. Una organización regional bastante laxa llamada El Programa Centroamericano “La Corriente", con oficinas en Managua, se creó como resultado de este encuentro y ha organizado foros importantes que han diseminado y hecho proselitismo alrededor de la experiencia feminista autónoma nicaragüense entre las organizaciones de mujeres de otros países. La Corriente fue una de las protagonistas clave, junto a Las Dignas, el grupo feminista de El Salvador, en planear el VI Encuentro Feminista de América Latina y el Caribe, en El Salvador, en octubre de 1993.

Pese a estos triunfos, había problemas en curso para tratar de ganar una perspectiva feminista de género incorporada a las prácticas del FSLN, el cual es el partido político que ha hecho el esfuerzo en estos años por trabajar en conjunto para lograr cambios en las leyes que beneficien a las mujeres. Hubo muchas oportunidades políticas desde principios de 1990 hasta mediados de la década que motivaron a las feministas que siguieron trabajando con los sandinistas con la esperanza de lograr un proceso de democratización interna, que también traerían consigo democracia de género. Inicialmente, hubo desilusión en 1991, en el sentido de que no tuvo lugar la ansiada democratización del proceso de elección de la Dirección Nacional del FSLN, al no permitirle a la militancia que votara por miembros individuales. Si se hubiera dado, Dora María Téllez, una reconocida dirigente sandinista y simpatizante del feminismo, hubiera resultado electa. Sin embargo, en 1994, cuando la Dirección Nacional se amplió de nueve a quince miembros, se eligió a Téllez y a otras cuatro mujeres.

La apertura para las feministas vino seguida, en 1994, por un taller feminista de género dirigido a lideresas sandinistas. Este taller hizo algunos avances con relación a las actitudes conservadoras de género de la dirigencia. Se citaron las afirmaciones de un sandinista tan connotado como Tomás Borge, quien declaró estar asombrado de darse cuenta de que el machismo era algo construido socialmente, puesto que había asumido que se trataba de algo “natural” (Luciak 2001). Sin embargo, estos avances se vieron minados por dos acontecimientos que tuvieron lugar en la segunda mitad de la década de 1990. En primer lugar, el partido sandinista se dividió en 1995, debido a las continuas preocupaciones acerca de la falta de democratización interna y el mantenimiento del poder jerárquico por parte de Daniel Ortega y varios miembros más del liderazgo de la vieja guardia. A Dora María Téllez le disgustó el pacto político que se desarrolló entre la dirigencia del FSLN con el gobernante Partido Liberal. Estos militantes estaban preocupados por la corrupción y la probabilidad (que más adelante se hizo realidad) de que se venderían los derechos de las tierras que se les habían entregado a pequeñas cooperativas y a los pobladores de asentamientos urbanos para beneficiar a los sandinistas de clases media y alta, quienes retuvieron las propiedades que habían reclamado como suyas durante el período que los sandinistas estuvieron en el poder estatal. Ramírez, Téllez y otros sandinistas abandonaron el partido y crearon el Movimiento de Renovación Sandinista (MRS), lo cual significó que muchos cuadros simpatizantes del feminismo, incluyendo a Ramírez y a Téllez, abandonaran la Dirección Nacional y fueran reemplazados por mujeres que no eran feministas.

El segundo factor que creó una reacción negativa en contra de la influencia feminista en el FSLN fueron las acusaciones de incesto de Zoilamérica Narváez en contra de su padrastro, Daniel Ortega, lo cual dividió a los sandinistas, incluyendo a algunas feministas, entre quienes apoyaban a Zoilamérica (la mayoría de las feministas) y quienes apoyaban a Ortega. Dado que los dirigentes de la vieja guardia cerraron filas en defensa de Ortega, no apoyaron la demanda de Zoilamérica en el sentido de que el partido privara al dirigente de su inmunidad de tal forma que la demanda por abuso sexual se pudiera ventilar en una corte. Como resultado de ello, las integrantes feministas de la Dirección Nacional, incluyendo a la respetada Dorotea Wilson, renunciaron de la Dirección, dejándola sin integrantes feministas. Pese a la aceptación del FSLN de las cuotas electorales, las mujeres elegidas como candidatas, y que han sido electas para los cargos públicos, no han sido, generalmente, feministas. El FSLN carece, en su estructura, de un organismo como la Secretaría de la Mujer del FMLN, desarrollada en los 90, que desempeñara un papel protagónico en las directrices y mantener una vigilancia alrededor de los intereses estratégicos de género de las mujeres. AMNLAE, que existe todavía, continúa desempeñando un papel completamente servil y carente de iniciativa con relación a las líneas políticas. Una parte del problema tiene que ver con el continuo fracaso en el proceso de reestructuración del FSLN para convertirse en un partido democrático de oposición, después de haber sido un ejército guerrillero y de haberse mantenido en el poder del Estado durante diez años. Como veremos en el caso de El Salvador, con otras circunstancias para el FMLN (el cual, hasta fecha reciente, no había ejercido el poder del Estado y se vio forzado a entrar a un proceso amplio de democratización debido al proceso de paz), ha provisto mayores estructuras de oportunidades políticas para que las militantes dentro de sus filas que se identifican como feministas tengan una voz autónoma.

Más recientemente, en 2000, el FSLN ganó el poder estatal mediante políticas electorales que contemplaron hacer pactos con otros partidos de derecha. En 2006, como parte de la campaña electoral, el Frente Sandinista (bajo el liderazgo de Ortega), y otros partidos electorales (Partido Liberal Constitucional y Alianza Liberal Nacional) formaron una alianza con el Vaticano y su jerarquía católica y algunas iglesias evangélicas para agilizar —mediante una ley aprobada el 19 de octubre de 2006—, la ilegalización de cualquier forma de aborto. Sorprendentemente, Daniel Ortega era ahora un cercano aliado político del reaccionario obispo Obando y Bravo, quien se opuso tenazmente a los sandinistas en la década de 1980. Más aún, Daniel Ortega hizo intentos por reprimir a las ONG feministas, como castigo a quienes pidieron que se le sancionara por el caso de incesto contra Zoilamérica. Como resultado de estas políticas vistas como contrarias a los intereses de las mujeres, la vasta mayoría de las feministas nicaragüenses, incluso aquellas que fueron sandinistas en el pasado, ya no apoyaron al FSLN, el cual, además, es visto como un partido corrupto que promueve el clientelismo político para comprarse votos.

Lo más reciente en la oposición unificada de las feministas nicaragüenses a la presidencia de Daniel Ortega del FSLN ha sido sus denuncias en la elección fraudulenta del 6 de noviembre de 2011. Ellas publicaron un comunicado en el que se denunciaba este fraude, a la par que argumentaban que las elecciones justas y la libertad de expresar puntos de vista opuestos a los del gobierno de turno eran derechos humanos que no se deben canjear a cambio de la satisfacción de necesidades de supervivencia, tal como lo han hecho los programas de ayuda a los pobres, especialmente a las mujeres.2

2. El caso de El Salvador

Salvador, el FMLN tiene un grupo de mujeres que son cuadros de partido que no se identifican como feministas, y trabajan en las organizaciones de masas de los sectores populares asociadas con cada partido del Frente. El FMLN se conformó en 1980, después de una década de actividad revolucionaria por parte de los diferentes grupos que lo integraron. Durante los 80, no había una organización global, como la AMNLAE, que estuviera conectada con el Frente, aunque había cierto número de organizaciones de mujeres militantes que operaban en oposición al Gobierno reaccionario. El COMADRES era una organización de mujeres sobre derechos humanos, muy influyente a nivel internacional, en protesta por la represión masiva en contra de los sindicatos y otras organizaciones progresistas. Otros grupos de mujeres, tales como AMES, CUMS, ASMUSA, FMS y ORMUSA, se organizaron en los 80 y movilizaron a las mujeres alrededor de temas económicos, la supervivencia en la guerra y los derechos humanos (Stephen 1997). Estas organizaciones se identificaron más como femeninas que como feministas, y el FMLN las promovió activamente.

Durante la segunda mitad de la década de 1980, aparecieron muchas más organizaciones de mujeres. Una de las más importantes, el Comité Coordinador Nacional de Mujeres Salvadoreñas (CONAMUS), creado en 1986, fue un centro distribuidor de información a nivel internacional para otras organizaciones y también trabajó con mujeres maltratadas. Pronto comenzó a cuestionar la subordinación legal, política y doméstica de las mujeres. Con otros grupos de mujeres, comenzaron a enfocarse en aquellos intereses de género de las mujeres que Molyneaux identifica como estratégicos: violencia sexual, abuso doméstico, discriminación legal, salud reproductiva femenina y la división inequitativa del trabajo doméstico. No hay duda que las influencias feministas internacionales fueron importantes, incluyendo la mayor parte de las delegaciones estadounidenses de solidaridad, que estaban compuestas por mujeres feministas, la Conferencia de Naciones Unidas en Nairobi, en 1985, y el IV Encuentro Feminista de América Latina y el Caribe, celebrado en Taxco, en 1987. Sin embargo, puesto que los movimientos populares salvadoreños estaban muy influidos por ideas marxistas, no podían definirse como feministas, porque habrían sido acusados de estar ”influidos por las ideas foráneas de la pequeña burguesía” (Ueltzen 1993). Esto es importante, porque muestra el predominio de los discursos marxistas mantenido, incluso, entre mujeres que se identifican como feministas, incluso cuando lo que hacen sería considerado en los países del norte como trabajo feminista. Ello también demuestra que la distinción de Molyneux entre la organización por los intereses de género prácticos y estratégicos no puede usarse como criterio para distinguir entre los movimientos femeninos y feministas, cuando estos movimientos se ven influidos por un discurso de izquierda que está permeado por el análisis marxista tradicional del feminismo.

El significado particular de un grupo que se identifica a sí mismo como feminista en los casos de Nicaragua y El Salvador ha sido la creciente exigencia de autonomía con relación al control verticalista por parte del grupo, con respecto a las políticas prácticas que conciernen a los intereses de las mujeres tal como las define el grupo en cuestión. Esto se ha visto reforzado por el crecimiento de una contracultura popular feminista conectada a las ONG: una plétora de grupos que se identifican como feministas, formados a principios de la década de 1990 en El Salvador, probablemente como resultado de las influencias internacionales anteriormente mencionadas, así como por el hecho importante de que la tendencia de las Mujeres en Desarrollo dentro de las agencias de cooperación internacional ha identificado el financiamiento a los grupos de autoayuda femeninos como un elemento clave en el tercer mundo (Moser 1989). Otra oportunidad política importante en la situación salvadoreña fue el proceso de negociación de la paz de principios de la década de 1990, que obligó al FMLN —y a los partidos que lo conformaban— a ser más flexible a fin de abrirse a más influencias como una forma de ampliar la base política progresista para las estructuras democráticas representativas. Esto posibilitó el desarrollo de un feminismo autónomo conectado con dichos partidos, debido a la crisis que el proceso de paz planteó a los discursos, estrategias y prácticas establecidas de la hasta entonces fuerza guerrillera revolucionaria.

El grupo feminista Las Dignas se formó en 1990, al mismo tiempo que el Centro de Estudios Feministas, que comenzó a divulgar material feminista. En 1991, Las Dignas eran la organización principal de un nuevo comité coordinador de mujeres a nivel nacional, la Concertación de Mujeres por la Paz, la Dignidad y la Igualdad. Representaba a veinticuatro organizaciones y ayudó a organizar el Primer Encuentro Nacional de Mujeres en El Salvador en 1991, preparatorio del Primer Encuentro Feminista Centroamericano celebrado en Nicaragua en 1992. En 1992, tres grupos —la organización nacional de mujeres llamada el Movimiento de Mujeres Mélida Anaya Montes (MAM) (asociado con uno de los partidos del FMLN, las FPL), la Coordinadora de Organizaciones de Mujeres (COM) y el grupo de Concertación mencionado antes— redactaron una plataforma conjunta en la que se le exigía a la Policía Nacional Civil, formada recientemente como resultado de los Acuerdos de Paz, que trabajaran para eliminar la violencia contra las mujeres. Esta coalición pudo juntar a otras agrupaciones de mujeres para formar Mujeres 94, que realizó una serie de talleres en 1993 para crear una plataforma que incluía una serie de demandas prácticas y estratégicas de género, la cual enviaron a los partidos políticos nacionales.

La experiencia de Las Dignas (Mujeres por la Dignidad y la Vida) constituye un ejemplo importante del fracaso de la dicotomía entre intereses de género prácticos y estratégicos para dar cuenta de las identidades y prioridades femeninas como opuestas a las identidades y prioridades feministas (Navas, 2011). Las Dignas se organizaron originalmente dentro de la Resistencia Nacional (RN), uno de los partidos del FMLN, como una forma de la RN de llegar a nuevos sectores de la población. Esto se vio originalmente como algo que tenía dos aspectos valiosos: en primer lugar, era una forma nueva, posiblemente más efectiva, de hacer trabajo partidario y, en segundo lugar, el hecho de identificarse a sí mismas como ONG les permitiría acceder a fuentes de financiamiento internacional a las que no podrían optar por el hecho de trabajar dentro del partido (Mujeres por la Dignidad y la Vida 1993, citadas en Stephen 1997: 71). Mientras trabajaban dentro del proceso de paz en 1990 y 1991, afloraron las tensiones entre la RN y un grupo crítico en su seno, formado por mujeres y hombres que organizaron un grupo de estudio para promover la democracia participativa y para cuestionar la estructura vertical de la RN. A raíz de sus lecturas de las críticas de Harnecker y Kirkwood hacia los partidos políticos de vanguardia (Stephen 1997, cap. 3, fn 13), cuestionaron la estructura jerárquica leninista existente en la RN. Este cuestionamiento se profundizó entre algunas integrantes de Las Dignas desde su participación en los encuentros feministas en Argentina y Nicaragua, en 1990 y 1992, respectivamente, e incrementó el contacto ya existente con mujeres feministas de los Estados Unidos que vinieron a El Salvador con grupos de solidaridad como CISPES.

La influencia clave en la decisión de Las Dignas de volverse más autónomas con respecto a la RN parece provenir de la lectura y discusión de la teoría feminista, tal como ellas lo dicen en su recuento histórico:

El hecho de analizar nuestras propias experiencias a la luz de la teoría feminista, nos permitió entender las relaciones desiguales y jerárquicas que existen entre hombres y mujeres, tanto en la derecha como en la izquierda. Descubrimos el contexto político de la subordinación femenina y las relaciones de poder que mantienen nuestra situación. Con este descubrimiento, empezamos a desarrollar nuestra manera de pensar (Mujeres por la Dignidad y la Vida 1993: 122).

Las Dignas rompieron con la RN en 1992, después de redactar una declaración de autonomía, y comenzaron a desarrollar una nueva identidad política. Tuvieron que lidiar con las diferencias de clase entre los fundadores de extracción urbana, con mejor educación, y la base iletrada, fundamentalmente rural. Tuvieron problemas para crear el tipo de estructura horizontal y de democracia participativa con la que se comprometieron a raíz de sus discusiones sobre teoría feminista, no solo por estas diferencias de clase, sino también debido a una historia pasada de organización vertical con la RN que solamente reforzaba el patrón tradicional de relaciones de subordinación entre “patrón y cliente” existente en las zonas rurales de América Latina.

Los proyectos iniciales con las bases contemplaban cooperativas generadoras de ingresos económicos, tales como tiendas comunitarias, molinos de maíz y proyectos de servicios comunales, tales como guarderías y cocinas comunitarias. Al aceptar la distinción de Molyneux entre los intereses de género prácticos y estratégicos, ellas concebían estos proyectos como algo que abría paso a una eventual organización de las mujeres alrededor de sus intereses estratégicos más importantes, tales como organizarse en contra de la violencia contra las mujeres y el control de la natalidad. Pero también descubrieron que su base rural no estaba feliz al ser considerada “menos feminista” por estar más enfocada en proyectos de supervivencia.

En 1993, después de largas discusiones sobre estas diferencias en las prioridades políticas dentro de la organización, escribieron una evaluación de su trabajo en el que empezaron a descartar completamente la distinción entre los intereses de género prácticos y estratégicos a favor de trabajar en una plataforma política nacional de mujeres que integraba un amplio espectro de demandas que de otra manera se hubieran visto separadas por esa distinción (Stephen 1997). La coalición que crearon con las mujeres de otros partidos de izquierda, llamada Mujeres 1994, organizó una conferencia nacional sobre las demandas de las mujeres y se mostró exitosa al negociar las diferencias entre las militantes sectarias del partido y el movimiento autónomo de mujeres, pero no fue particularmente exitosa al negociar con los partidos de izquierda. Concluyeron, como lo han hecho otras organizaciones autónomas feministas de Centroamérica (por ejemplo, en Nicaragua), que una estrategia política necesaria es organizar a las mujeres a nivel municipal para desarrollar las demandas políticas y para influir en las plataformas electorales a nivel municipal y nacional para incluir las demandas formuladas por las mujeres en los proceso de toma de decisión democráticas y participativas.

En los últimos quince a veinte años, el movimiento autónomo de mujeres en Nicaragua ha continuado con una serie de alianzas a partir de temas particulares, tales como la formación alrededor de la educación sexual y los derechos de las mujeres, particularmente sobre los derechos reproductivos de las mujeres y la salud maternal, y campañas contra la violencia doméstica y sexual contra las mujeres. Suelen basarse en proyectos locales tales como Puntos de Encuentro —un colectivo de Managua que ha organizado una serie de proyectos educativos mediáticos, tales como una telenovela y una revista feminista mensual—, así como redes y proyectos locales en contra de la violencia contra las mujeres, como Xochitl en Managua y la Red contra la Violencia en Condega. Desafortunadamente, la intransigencia del FSLN al no querer tratar con dichas situaciones de las mujeres —dada la hostilidad del presidente del FSLN, Daniel Ortega, hacia el feminismo—, ha obstaculizado cualquier tipo de alianza mixta de izquierda, pese a que hay un pequeño movimiento de hombres y masculinidad que continúa haciendo trabajo de educación popular alrededor del daño que los roles tradicionales de género infligen tanto a hombres como a mujeres.

Reflexiones finales

En conclusión, coincido con el análisis de Lynn Stephen de la experiencia de las mujeres que participan en movimientos sociales en Latinoamérica (Stephen 1997: 84), cuando afirma que los partidos de vanguardia de izquierda ha tendido a marginar a las mujeres y a otros grupos. La perspectiva política de que hay una vanguardia de expertos que pueden determinar mejor los intereses de sus bases, ya sea que se trate de la clase obrera, el campesinado o las mujeres, no solo crea una estructura política antidemocrática, sino que puede concluir también en pasar por alto cuestiones difíciles de conflictos de intereses y de desacuerdos dentro de sus bases en cuanto a cuáles deberían de ser las prioridades políticas. La experiencia de los movimientos autoidentificados como feministas en Latinoamérica, ejemplificada particularmente por Las Dignas en El Salvador y el movimiento nicaragüense de mujeres (Ferguson 2001), demuestra que las intelectuales feministas influyentes pueden interpretar incluso las distinciones analíticas —tales como la distinción entre intereses de género prácticos y estratégicos, planteadas desde la perspectiva de la vanguardia que afirma conocer cuáles son las prioridades que las feministas deberían tratar de establecer— como discursos de poder/ conocimiento (Foucault 1977) que terminan siendo contraproducentes hacia aquellos cuyos intereses se supone que tendrían que servir.

Sin duda, la división parcial que tuvo lugar entre Las Dignas y La Corriente (en Nicaragua) después de 1994 (Blandón 1999), se debió en parte al desacuerdo sobre quién debería definir las prioridades de la estrategia feminista y cómo definirlas. Las nicaragüenses de La Corriente insistían en una definición del trabajo feminista como algo que priorizaba los llamados intereses “estratégicos” de género, identificados por Molyneux, mientras que Las Dignas optaban por una comprensión menos universalizada y más contextual de qué estrategias empoderarán a las mujeres, en particular, a las mujeres de clases populares y, por tanto, qué es lo que debería verse como trabajo político “feminista”.

La reconstitución del Comité Nacional Feminista Nicaragüense en 1999, para organizar la asistencia por los estragos del huracán Mitch, demostró que las feministas nicaragüenses han aprendido en la práctica a desarrollar un análisis feminista más integrado que no solo prioriza un determinado tipo de demandas (eliminación de la violencia masculina, derechos reproductivos, etc.) sobre otros (necesidades económicas, tales como la reconstrucción de viviendas y otros de los denominados “intereses prácticos de género”). Desafortunadamente, el desplazamiento del FSLN a la extrema derecha, al punto de oponerse a los derechos reproductivos, a los derechos de lesbianas y gays y al castigo de la violencia sexual y doméstica contra las mujeres, ha hecho imposible que las feministas nicaragüenses sigan trabajando con ese partido. Y, sin dudas, a nivel regional, la combinación del legado del vanguardismo y el pactismo y la cooptación con los partidos liberales y conservadores en la política electoral contemporánea—por parte tanto del FMLN como del FSLN— continúa minando la posibilidad de un movimiento mixto de izquierda fuerte y unificado hacia el socialismo y el feminismo en el futuro inmediato.

Bibliografía

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Ueltzen, Stefan 1993. Como salvadoreña que soy: entrevistas con mujeres en la lucha. San Salvador: Editorial Sombrero Azul, ASTAC.

Notas

1 Aunque las estructuras materiales de dicho poder/conocimiento —la creación de expertos autorizados para tomar decisiones en materia de políticas y el apoyo y financiamiento para sus investigaciones, así como posiciones de poder dentro de las organizaciones— es similar a los poderes/conocimientos que Foucault investiga históricamente (cfr. Foucault 1977), una diferencia clave reside en que, puesto que el movimiento de mujeres es un movimiento social descentralizado y no una organización jerárquica, dichos poderes/conocimientos no consiguen el tipo de control autoritario sobre las decisiones acerca de las políticas que sí pueden tener los partidos políticos, gobiernos y agencias gubernamentales.
2 El comunicado inédito se titula “Dictadura Ortega-Murillo: Fraude, mayor empobrecimiento, persecución y muerte a las mujeres”. Comunicación personal.

Notas de autor

1 Profesora de filosofía y estudios de la mujer

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