Dossier
Recepción: 11 noviembre 2024
Aprobación: 27 abril 2025

Resumen: En este trabajo se analiza la línea editorial del diario chileno La Nación, nacido en plena guerra en Europa (1917), y su posicionamiento a raíz de la ruptura de relaciones entre Estados Unidos y Alemania en febrero de ese año, antesala de la entrada de los Estados Unidos en la Primera Guerra Mundial. La revisión de las editoriales junto a las acciones gubernamentales nos permite observar hasta qué punto estos planteamientos influían en la línea seguida por la política exterior chilena.
Abstract: This paper analyzes the editorial stance of the Chilean newspaper La Nación, born in the midst of the European war (1917), regarding its position following the breakdown of relations between the United States and Germany in February of that year, a prelude to the United States’ entry into the First World War. A review of the editorials alongside government actions allows us to observe the extent to which these positions influenced the line followed by Chilean foreign policy.
Introducción
Hacia 1880 comenzó en Chile una bonanza económica que autores como Mario Matus (2012) vinculan con la fase de expansión del ciclo salitrero que se dio después de la Guerra del Pacífico. Esta buena situación económica tuvo repercusiones en distintos ámbitos de la realidad chilena como, por ejemplo, en la estructura social de la población y en su distribución por el país. De esta manera, crecieron ciudades como Santiago, Concepción, Valparaíso y las capitales provinciales del Norte Grande. Se extendió el trabajo asalariado en las minas de salitre, carbón y cobre del centro y el norte, pero también en las industrias urbanas de las grandes ciudades que aprovechaban la demanda interna que generaba esta expansión económica. A esta situación habría que añadir el crecimiento del empleo en diferentes instancias como los funcionarios estatales, los profesionales y los militares, por nombrar algunas, que se situaron en posiciones intermedias entre los proletarios y las oligarquías y que se tradujeron en demandas políticas, sociales y culturales, entre otras, novedosas (Venegas, 2022: 73-75).
A finales del siglo XIX se consolidó el liberalismo en lo político, primero inmerso en un sistema presidencialista, en el que el presidente de la República ejercía con efectividad el poder ejecutivo mientras el Congreso Nacional se concentraba en el legislativo, y a partir de 1891 en otro parlamentario, en el que el presidente de la República estaba condicionado por los acuerdos del Congreso y tenía que rendir cuentas ante él, que culminó en 1925. En la década de 1910 comienzan las primeras críticas porque amplias capas sociales no se veían representadas en las políticas que se desplegaban en esos años. A esta situación se añadía el estallido de la Primera Guerra Mundial, que impactó de lleno en la vida económica del país. Los precios de las materias primas se desplomaron al igual que las exportaciones, como las de salitre que hasta ese momento significaban el 80 % del valor de las ventas al exterior (Ortega, 2012: 436).
Es un momento de preocupación por la cuestión social, a la vez que las ciudades seguían experimentando un crecimiento importante en el número de sus habitantes. Según el censo de 1920 la población total de Chile alcanzaba los 3.753.000 habitantes, de los cuales más del 46 % eran habitantes urbanos. Santiago superaba el medio millón de habitantes, Valparaíso 182.000, Concepción 64.000, Antofagasta 50.000 e Iquique, Talca y Chillán superaban los 30.000.1
Este crecimiento de las ciudades y del número de la población urbana vino acompañado del desarrollo y crecimiento del sistema educativo y la reducción del analfabetismo, el incremento de las actividades culturales, que hicieron atractiva la inversión de capitales en la prensa y la introducción de los avances técnicos en la imprenta.
Patricio Ibarra afirma que la ley de 18722 fue la consolidación definitiva del liberalismo en materias de libertad de expresión e imprenta. En esta normativa se dispuso que no fuesen consideradas como injurias las obras de crítica política, artística, tecnológica, histórica, científica, técnica y deportiva. De todos modos, el Estado se reservaba el derecho de mantener un registro de los escritos que se publicaban y salvaguardaba el derecho de opinar libremente en el ámbito académico y cultural. Esta ley eliminó también las penas de cárcel por los castigos de blasfemia, injurias, inmoralidad y sedición, siendo sustituidas por multas (Ibarra, 2013).
También la prensa comenzó una profunda transformación fruto de la modernización que sufría la sociedad en su conjunto. De este modo, se fue dejando atrás el tipo de prensa predominante durante el siglo XIX que publicaba sobre todo noticias de tipo político y de propaganda partidista.
En este contexto, Eduardo Santa Cruz menciona que hay consenso en que el periodismo liberal moderno en Chile comenzó en junio de 1900 con la fundación de El Mercurio de Santiago (Santa Cruz, 2014: 24). El éxito de este diario se produjo por la aplicación, por primera vez, de métodos empresariales, la inversión en nuevas tecnologías y la mejora en su sistema de ventas y distribución. La “información” fue considerada un producto, la “redacción”, su fábrica y los “redactores”, sus trabajadores profesionales (Bernedo, 2002).
El siguiente periódico en abrirse camino en el periodismo moderno fue El Diario Ilustrado (fundado en 1902) que adoptó una propuesta similar, introduciendo la fotografía como elemento diferenciador. Santa Cruz destaca la preocupación de sus redactores por la denuncia de problemas sociales, de corrupción y de derroches de la administración, entre otros asuntos (Santa Cruz, 2014: 27).
Con posterioridad, en plena Primera Guerra Mundial, apareció el diario La Nación con vocación de ser una alternativa liberal a los dos periódicos anteriormente citados. De esta manera, su primer número salió a la venta el 14 de enero de 1917 con la financiación de una sociedad compuesta inicialmente por cuatro senadores liberales, pero con el tiempo uno de ellos, Eliodoro Yáñez Ponce de León, se hizo con las partes de los otros socios (Augusto Bruna Valenzuela, Alfredo Escobar Campaña y Abraham Gatica Silva), consiguiendo ser el único propietario en 1924. Yáñez, además de ser uno de los principales líderes de los liberales, fue uno de los candidatos presidenciales en las elecciones de 1920 (Santa Cruz, 2014: 28).
La Nación se dividió en diferentes secciones especializadas, caracterizadas por su variado contenido. Los artículos de estas secciones estuvieron abiertos a voces de todos los ámbitos y trataron temas tan diversos como la política nacional, los problemas sociales, las movilizaciones obreras, la cultura nacional y extranjera, las informaciones internacionales y los deportes. Siendo estas dos últimas secciones las que gozaron de una gran aceptación por parte de los lectores (Silva, 1958). En ese sentido, Alfonso Valdebenito considera que La Nación marcó una de las etapas más brillantes del periodismo chileno durante sus primeros diez años de existencia, situándose de golpe en el primer lugar de la prensa nacional (Valdebenito, 1956: 72).
En 1927, La Nación se convirtió en el medio oficial del Estado de Chile, expropiado por la dictadura de Carlos Ibáñez del Campo (1877-1960), período en que, además de ser un diario informativo, se transformó en la vitrina del régimen para difundir y publicitar su gobierno, su relación con la sociedad y los otros poderes del Estado, además de posicionar a Ibáñez como una figura preponderante, autoritaria y centro del poder.
Respecto a su fundador más relevante, Eliodoro Yáñez, podemos decir que durante su carrera universitaria se integró en el Partido Liberal y, en 1885, fue uno de los fundadores y parte fundamental del Partido Liberal Independiente o Doctrinario, que tuvo varios ministros en distintos gobiernos de fines del siglo XIX.
Yáñez trabajó como abogado, como relator en la Corte de Apelaciones de Santiago (1889-1894) y continuó como diputado electo (1894 y 1903), convirtiéndose en uno de los líderes de su partido. También fue senador (1912 y 1930). Fue ministro de Relaciones Exteriores durante el gobierno de Germán Riesco Errázuriz (1901-1906) y ministro del Interior bajo el gobierno de Juan Luis Sanfuentes entre 1917 y 1918, en plena Primera Guerra Mundial. En cuanto a sus ideas políticas, Eliodoro Yáñez apostaba por un Estado regulador que interviniese en la sociedad y en la economía (Echeverría, 2018), y estaba más cerca del “radicalismo social” que del liberalismo tradicional de tendencia individualista (Edwards, 1933: 10-13).
En este nuevo escenario de modernización de la prensa chilena, los directores de La Nación se propusieron que las opiniones se concentraran en los editoriales y que la mayoría del espacio de sus páginas se dedicara a las principales noticias e informaciones del momento. Santa Cruz señala que en su primer editorial el diario decía que se dirigía a “la opinión ilustrada del país”, que no tenía ningún compromiso ni con los partidos políticos ni con sus ideologías, siendo su objetivo reflejar “con elevación de espíritu e imparcialidad el sentimiento liberal del país”. También los responsables del diario decidieron dejar buena parte de su espacio para la publicidad. De este modo, durante los dos primeros años de su existencia tuvo dos páginas completas de avisos comerciales, otra más de anuncios clasificados, una guía profesional de media página y avisos dispersos en otras páginas. En total, cada día salía a la calle con un intervalo de entre 14 y 16 páginas (Santa Cruz, 2014: 29).
La Nación tuvo tres elementos diferenciadores en sus inicios: tenía dos páginas dedicadas a noticias internacionales que se nutrían gracias a los convenios firmados con La Nación de Buenos Aires y la Agencia United Press de Nueva York, que en sus primeros años se dedicaron casi exclusivamente a la Primera Guerra Mundial; su plantilla se componía de periodistas con una nutrida experiencia previa, como Joaquín Edwards Bello, Enrique Tagle, Raúl Simón y Conrado Ríos; y dedicó secciones específicas a los deportes en general y a la hípica en particular (Ulloa, 2022: 235).
El periodista Félix Nieto del Río publicó en 1918 un artículo sobre “La alta prensa diaria en Chile”, en el cual destacaba a La Nación como uno de los grandes periódicos chilenos y señalaba que fue fundado “por cuatro hombres públicos millonarios, a cuya cabeza está uno de nuestros más inteligentes y honorables políticos liberales, el orador parlamentario de primera fila y gran jurisconsulto, don Eliodoro Yáñez”.
Nieto afirmaba que dirigía el diario Enrique Tagle Moreno, a quien calificaba como el primer “periodista” de Chile en ese momento. Enumeraba entre sus colaboradores al escritor y luego diplomático Emilio Rodríguez Mendoza, a Gustavo Silva, Ernesto Barros y Galvarino Gallardo Nieto, que lo presentaba como “abogado de inteligencia fecundísima y pluma fogueada”. Definía la línea editorial de La Nación como de “liberalismo tolerante”.3
Por tanto, La Nación se inserta desde su nacimiento en este periodismo moderno que surge en Chile a principios del siglo XX, no doctrinario ni de adscripción política, que transmite informaciones con periodistas profesionales dentro de la competencia capitalista con otras empresas periodísticas, estableciendo estrategias comerciales y propias del mundo periodístico.
En este contexto, a las pocas semanas de nacer, La Nación tuvo que afrontar, al igual que el Gobierno chileno, su posición tras la ruptura de relaciones entre Estados Unidos y Alemania en febrero de 1917. La disyuntiva fue si romper o no diplomáticamente con Alemania y hacer seguidismo con los Estados Unidos. De este modo, los objetivos de este trabajo son: primero, analizar la posición del diario en relación con la crisis diplomática germano-estadounidense; segundo, entender de forma más general la postura que consideraba el periódico que debía adoptar el Gobierno chileno durante la guerra; y tercero, estudiar en qué grado los puntos de vista de los editoriales de La Nación se plasmaban en las acciones gubernamentales. Para ello, hemos analizado los editoriales de los meses de enero y febrero de 1917, desde el nacimiento de la publicación hasta el trascurso del debate sobre la postura que debía tomar el Ejecutivo chileno en medio de la ruptura de relaciones entre Estados Unidos y Alemania.
Nuestra hipótesis de partida fue que la redacción del diario nació para dar voz a la visión de los liberales sobre los problemas del país. En la derivada de la guerra en Europa, pensábamos que el periódico a la altura de 1917 defendía la idea de mantener la neutralidad, convencido de que era lo más beneficioso para el país, puesto que al terminar la guerra se podrían restablecer más rápidamente los lazos con todos los protagonistas de la contienda, especialmente con las naciones europeas, debido a la dependencia de Chile del exterior en materia económica.
Chile y la Primera Guerra Mundial
Como bien señala Pierre Purseigle (2018), habría que definir mejor la geografía de la Gran Guerra por cuanto no sólo hay que mirar a los frentes de batalla en Europa. Los países neutrales también la sufrieron en mayor o menor medida y padecieron consecuencias políticas, económicas y culturales en sus sociedades. Compagnon y Purseigle (2016) animaron a realizar estudios sobre la guerra más allá de los marcos nacionales y en espacios extraeuropeos, como Latinoamérica donde también se percibió el impacto del conflicto.
Estos y otros muchos historiadores que estudian la Guerra de 1914 han sido llamados por Winter (2014) generación trasnacional y sería la cuarta que se dedica a ella. Esta mirada es más global, ya no está centrada en los acontecimientos que se desarrollaron en Europa y analiza los impactos de la contienda en otros espacios del planeta y en distintos planos.
Es el caso de Chile que, al estallar la guerra, su economía se resintió como consecuencia de la bajada brusca de las exportaciones de salitre que se realizaban sobre todo a los países europeos desde el siglo XIX. A grandes rasgos hubo dos elementos desestabilizadores: el despido de miles de trabajadores en las minas salitreras y la reducción drástica de los fondos aduaneros que recaudaba el Estado para financiarse.
Desde el punto de vista político, el Gobierno de Chile se mantuvo neutral durante toda la guerra, aunque eso no impidió que barcos de las potencias beligerantes europeas vulneraran esta neutralidad surcando las costas chilenas. El episodio más importante fue la batalla frente al puerto de Coronel entre las armadas británica y alemana el 1 de noviembre de 1914. El enfrentamiento tuvo como resultado el hundimiento de dos cruceros británicos. De nuevo, las dos flotas combatieron el 8 de diciembre frente a las islas Malvinas, y como producto de la contienda fue destruida la escuadra alemana comandada por von Spee, a excepción del Dresden, que logró huir al archipiélago de Juan Fernández. Finalmente, este barco fue hundido por los marineros alemanes antes de que fuera interceptado por las naves británicas (Couyoumdjian, 1977: 192-193).
De algún modo, la opinión pública chilena percibió esa tragedia y la violencia total que caracterizó a la Guerra de 1914 cerca de sus costas (Becker, 2015). Unas acciones bélicas protagonizadas por las potencias europeas no sólo en suelo europeo, sino en otras latitudes del planeta como el Pacífico y sin tener ningún tipo de miramiento al enfrentarse en aguas de un país neutral.
También la sociedad chilena se dividió, repartiendo sus simpatías entre los bandos en conflicto. Y, al igual que sucedió en la mayoría de los países europeos (Audoin-Rouzeau, 2002: 98), el llamamiento a la movilización militar en Chile al comienzo de la guerra tuvo una buena acogida con el alistamiento de un número importante de voluntarios para ir al frente europeo. En este sentido, fueron muy activos los representantes diplomáticos que organizaron este envío de reservistas y voluntarios a sus respectivos ejércitos, al mismo tiempo que establecieron comités que regulaban la retaguardia. Los franco-chilenos lograron enviar a más de 800 jóvenes a luchar en Europa gracias al apoyo de la naviera británica Pacific Steam Navigation Company (en adelante PSNC) (Carrellán, 2018).
En el caso de los franco-británicos, Roberto Pérez sostiene que las asociaciones británicas financiaron un total de 330 pasajes marítimos a los voluntarios que partieron al frente europeo (Pérez, 2010: 127). Ambos colectivos viajaron en el barco Orduña de bandera británica que partió de Chile en agosto de 1914 (Carrellán, 2018).
Sin embargo, los voluntarios alemanes no tuvieron esta facilidad para llegar a Europa, porque la naviera alemana Kosmos dejó de operar nada más comenzar la guerra por miedo a ser bombardeada por la flota enemiga y, por su parte, la empresa británica PSNC no permitió el embarque de los súbditos de las potencias centrales. De este modo, los que lograron llegar a Alemania lo hicieron vía Argentina o los Estados Unidos. Además, la comunidad alemana residente en Chile sufrió las represalias impuestas por el Gobierno británico a las empresas alemanas radicadas en cualquier parte del mundo a través de una ley de 1915 conocida como “listas negras” (Carrellán, 2021).
Uno de los cometidos de los diplomáticos de las naciones beligerantes en Chile fue “combatir la guerra informativa” que se dio en la prensa después del sabotaje que hicieron los británicos en los cables submarinos en el mar del Norte, cortando toda comunicación entre Alemania y el continente americano. A partir de ese momento, los cables telegráficos y las agencias de noticias pertenecían a empresas de los países aliados, dificultando la llegada de información directa desde Alemania (Carrellán, 2017).
Como hemos señalado, Chile se declaró neutral en la contienda y así se mantuvo durante toda la guerra, pero esta neutralidad fue pragmática, ya que sus intereses económicos estaban repartidos entre Alemania, Francia y Gran Bretaña. Por ello, aunque sus actuaciones se movían bajo la órbita de los Aliados, intentó no mostrar ninguna hostilidad hacia Alemania, que era el principal consumidor del salitre (Blancpain, 1985: 149) y uno de los mayores inversores en Chile (Rinke, 1998: 233). Asimismo, el Deutsche Bank había concedido dos préstamos al Gobierno de Chile, uno en 1889 y otro en 1906, siendo el único banco extranjero al que se recurrió, al margen del británico Rothschild, prestamista de referencia del Estado chileno (Sanfuentes, 1987).
Todos estos fuertes vínculos económicos contribuyeron para que el Ejecutivo chileno decidiera que no debía romper relaciones con Alemania, bien porque en un primer momento pensó que la guerra sería corta, bien, después, porque consideró que en caso de una derrota alemana se recuperarían rápidamente. De este modo, en un caso u otro las autoridades chilenas creyeron que se volvería a la situación anterior a la guerra (Couyoumdjian, 1986: 95)
A este contexto hay que sumar la desconfianza que los ejecutivos chilenos tenían de los Estados Unidos desde el siglo XIX por su política intervencionista e imperialista en Latinoamérica, al mismo tiempo que existieron recelos de Washington al prestigio regional de Chile tras la Guerra del Pacífico. En este ambiente, los intelectuales chilenos se acercaron al hispanoamericanismo para hacer frente a la política exterior de Estados Unidos en el continente. Ya en el siglo XX, desde La Moneda se privilegió la acción conjunta con Argentina y Brasil para hacer de contrapeso a los Estados Unidos. De este modo, mediaron durante la ocupación norteamericana de México en 1914 y pusieron trabas al intento de Wilson de usar el Pacto Panamericano como instrumento de intervención en la región (Muñoz, 1987: 34-37). El Tratado del ABC (Argentina, Brasil y Chile, en adelante ABC) o Pacto de no agresión, consulta y arbitraje fue firmado por los tres países latinoamericanos el 25 de mayo de 1915.
La entrada de Estados Unidos en la “guerra europea” supuso presiones a los dirigentes chilenos para que siguieran sus pasos, pero consiguieron mantenerse al margen de la confrontación bélica, al igual que Argentina, pero lo que no lograron, al terminar la guerra, fue volver a los lazos económicos y políticos que habían mantenido con los países europeos porque los Estados Unidos ocuparon gran parte de esta influencia en sectores clave de la economía chilena.
Visto este balance, y al hilo de las reflexiones de Compagnon (2009) que sitúan a Argentina como el caso más significativo de intento de sortear políticamente las presiones e influencia de los Estados Unidos antes y durante la contienda, pensamos que las acciones de las autoridades chilenas estuvieron al mismo nivel, destacando también esta posición chilena, ya que el peso económico, poblacional, territorial, etc. era mucho menor que el de la Argentina de 1914-1918.
El nacimiento de La Nación y sus informaciones sobre la “Guerra Europea”
El diario comenzó su publicación en enero de 1917, en pleno verano austral, y podemos encontrar información sobre la guerra en la portada, en los editoriales y en la sección informaciones del extranjero, que era el núcleo de todas las noticias enviadas sobre la “Guerra Europea” por la agencia United Press y una red de corresponsales que compartía con el diario argentino del mismo nombre, La Nación.
Como hemos indicado, el diario comienza a publicarse justo unas semanas antes de la ruptura de relaciones entre Estados Unidos y Alemania y, hasta que este hecho ocurra, las informaciones relativas a la vinculación de Chile con la guerra se centran sobre todo en temas económicos y en la falta de barcos para el traslado al exterior de los productos chilenos.
De este modo, el 15 de enero había un editorial titulado “Política salitrera”, que analizaba la importancia de Alemania para el salitre chileno. Se hacía un balance de las exportaciones de salitre a ese país europeo y se ponía el foco en la incertidumbre que se abría a raíz del desarrollo del salitre sintético en, precisamente, Alemania, puesto que este país representaba en 1913 el 40 % del consumo mundial del salitre chileno.4 Concretamente en ese año, el Imperio alemán había comprado más de 830.000 toneladas de salitre, siendo, como se ha dicho, el consumidor más importante del mineral (Rinke, 1998: 233).
En el diario de ese mismo día había otro editorial sobre el precio del cobre, en el cual se menciona la información del cónsul chileno en Liverpool, quien afirmaba que una vez terminada la guerra el precio del cobre caería para subir al poco tiempo cuando las industrias europeas comenzaran a estar a pleno rendimiento. No se mencionaban las fuentes del cónsul y se limitaba a decir que se basaba en opiniones autorizadas.5 Por tanto, el valor de las materias primas en el mercado internacional era uno de los aspectos que más preocupaba en la redacción del periódico por incidir directamente en la vida económica del país.
Precisamente, Rinke (2019: 179) afirma que, gracias a la posesión de estos dos recursos naturales muy codiciados durante la guerra, el cobre y el salitre, Chile pudo soportar la presión exterior para mantenerse neutral a lo largo del conflicto.
Entre los editoriales del día siguiente, el más destacado fue sobre el proyecto de ley de marina mercante nacional que se votó en el Congreso.6 Este será un tema recurrente ante las dificultades de contar con barcos suficientes que pudieran transportar los productos chilenos al exterior.
En este sentido, unos días más tarde apareció un editorial titulado “Busquemos fletes” en el que se afirmaba que los exportadores agrícolas e industriales se lamentaban de que el gobierno sólo buscaba fletes para la exportación de salitre y no para la exportación de otros productos que podrían tener buena salida, ya que muchos de los competidores europeos estaban inmersos en la guerra. Asimismo, se quejaba de que muchas de las casas exportadoras que tenían contratos para exportar productos agrícolas los habían revendido para exportar salitre.7 De este modo, el comercio exterior chileno quedó muy mermado por la falta de barcos que transportaran la producción chilena.
Otra información recurrente durante varios días fue la preocupación por el paradero del vapor Ortega de la PSNC, ya que se temía que hubiese sido hundido por los submarinos alemanes. En esos días el Ortega volvía de Lisboa trayendo a pasajeros chilenos y navegaba por las costas de Brasil. Se esperaba que llegara a Pernambuco y no había noticias del barco, pero finalmente llegó a ese puerto unos días después.8 El historiador Couyoumdjian estudió las dificultades de los chilenos en Europa durante la guerra y los problemas para su repatriación (Couyoumdjian, 2002).
Además de la preocupación por la suerte de este barco, también existía el temor de que los barcos de las naciones beligerantes realizaran acciones que violaran la neutralidad chilena y pusieran al Gobierno chileno en serios apuros para seguir defendiéndola; por ello un editorial solicitaba la creación de una policía marítima formada por buques de la Armada chilena para controlar las costas y, sobre todo, los canales del sur. Había miedo de que los corsarios alemanes que actuaban en el Atlántico se desplazaran al Pacífico, creando problemas al comercio y a la neutralidad chilena. En el editorial se proponía que Brasil y Argentina hicieran lo mismo para garantizar la seguridad de las costas suramericanas.9
Este temor a la violación de la neutralidad chilena en sus costas tenía el precedente de la Batalla de Coronel, ocurrida el 1 de noviembre de 1914, cuando se enfrentaron las armadas británicas y alemanas, y a la que ya hemos hecho referencia. Como consecuencia de esta serie de combates en aguas del Pacífico y el Atlántico, los 358 supervivientes del crucero alemán Dresden –hundido por los propios tripulantes en aguas del archipiélago chileno de Juan Fernández en marzo de 1915– fueron internados en la isla Quiriquina, frente a la bahía de Talcahuano. A este lugar también llegaron otros tripulantes alemanes internados de otros barcos de esa nacionalidad que estaban retenidos en distintos puertos chilenos. En total, las autoridades chilenas contabilizaron 84 naves alemanas arribadas a sus puertos en octubre de 1918.10
En noviembre de 1916 un grupo de marineros alemanes internados en distintos puntos de Chile protagonizaron una fuga a través de la goleta Tinto que salió del puerto de Calbuco. El diario La Nación señalaba que fueron dos oficiales y más de 40 marineros alemanes;11 María Teresa Parker (1990) cifra su número en 28 alemanes procedentes de los barcos Dresden, Göttingen y Herzogin Cecilie y las autoridades chilenas rebajaron el número de fugitivos a 23, pertenecientes a las tripulaciones de las dos primeras naves alemanas señaladas.12
De este modo, la fuga de estos marinos fue objeto de curiosidad informativa por parte del diario y un redactor se desplazó a la isla Quiriquina para detallar la situación de los alemanes que aún quedaban.13 Asimismo, se publicó una entrevista con el ministro de Guerra y Marina, Óscar Urzúa Jaramillo, en la que manifestaba que nada se sabía del paradero del barco Tinto. El ministro tenía dos hipótesis: que hubiese naufragado o que hubiera sido usado como provisión por alguna nave beligerante y luego hundido para no dejar rastro.14
El 2 de febrero apareció un editorial que se preguntaba “¿Dónde está la Tinto?”. El editorialista pedía que el Gobierno enviase barcos de la Armada en su búsqueda hacia el sur, a la zona de los canales del estrecho de Magallanes. También se pedían patrullas para salvaguardar a los barcos que transportaban salitre e impedir que se instalasen naves beligerantes en aquella zona.15 Finalmente, sabemos que la Tinto cruzó el Atlántico a vela y llegó al puerto noruego de Trondheim en marzo de 1917, pudiendo sus tripulantes llegar a Alemania a los pocos días (Parker, 1990).
Por otro lado, también encontramos informaciones que hablaban de las acciones de las comunidades europeas residentes en Chile en apoyo de sus países. En este caso, la noticia mencionaba la recaudación de 100.000 francos franceses para los huérfanos de la guerra por la Asociación de Damas Italianas de Valparaíso.16 En este caso, Italia, nación que entró en la guerra en 1915 al lado de los Aliados, tuvo como objetivo su expansión por las costas del Adriático y para ello pretendió neutralizar al Imperio austro-húngaro con intereses territoriales en la misma zona.
Esta acción de la comunidad italiana se enmarca en las acciones que realizaron los distintos grupos de ascendencia europea cuyos países estaban implicados en el conflicto (Carrellán, 2023).
La ruptura de relaciones entre Estados Unidos y Alemania
El 2 de febrero el periódico informaba que Alemania había anunciado la reanudación de la campaña submarina sin restricciones.17 A partir de aquí las informaciones dieron un giro. Primero estuvieron centradas en los temores de ruptura de relaciones entre los EE. UU. y Alemania al día siguiente.18Posteriormente, el 4 de febrero, apareció en la portada la confirmación de la quiebra de las relaciones diplomáticas y en el cuerpo de la noticia se explicaban las reacciones de esta crisis entre los dos países tanto a nivel europeo como americano.
Ese día aparece un editorial titulado “El conflicto germano-americano”. El texto comenzaba afirmando que no se había querido especular con la noticia, después de que Alemania notificara la reanudación de la guerra submarina sin restricciones para la marina neutral, para no infundir temor en los círculos financieros y productores chilenos. El articulista lamentaba la reacción de los EE. UU. para salvaguardar su honor nacional, pero la respetaba.
El periodista responsabilizaba de la situación a los países de la Entente, porque con la presión que estaban haciendo sobre Alemania estaban “deslizándose por un plano peligrosamente inclinado hacia la guerra sin cuartel, que es el acontecimiento más terrible que pudiera deparar el destino a una humanidad que se enorgulleció con la idea de haber avanzado veinte siglos desde la barbarie hacia el desiderátum de la cultura y la concordia de los hombres sobre la tierra.”
El editorial destacaba la figura del presidente Wilson por sus esfuerzos para lograr la paz y señalaba que, “[s]i los Estados Unidos entrara más tarde a la guerra, se desvanecería la última esperanza de la paz universal”. El autor del texto se equivocó al manifestar que esta ruptura de relaciones no tenía que traer necesariamente la entrada de EE. UU. en la guerra como muchos ya empezaban a presagiar. Como ejemplos ponía la ruptura de relaciones entre Chile y Perú durante 8 años y el caso de Italia en esta guerra, que tardó 18 meses en entrar en la guerra.
De todas formas, afirmaba que, en caso de declararse la guerra, ésta sería poco efectiva por una serie de motivos, como las grandes distancias, la oposición de la población norteamericana a la idea de enviar tropas a luchar a Europa bajo el mando de generales extranjeros y la imposibilidad de una compensación efectiva al ajustarse la paz. Añadía que la escuadra norteamericana no tenía ningún rol que desempeñar tan lejos de su base.
Por tanto, el autor pensaba que a lo sumo EE. UU. secuestraría los vapores alemanes amarrados en sus puertos y prohibiría la entrada de nuevos barcos de esa bandera. El editorialista calificaba la hipotética guerra entre los Estados Unidos y Alemania como “absolutamente platónica”. Pensaba que tampoco las potencias aliadas deseaban la entrada de EE. UU. en la guerra, porque en tal caso dejarían de recibir material bélico debido al desvío de este aprovisionamiento al ejército norteamericano.
Se añadía que la entrada de EE. UU. en la guerra provocaría un problema con Japón, ya que este país asiático aprovecharía esta situación para invitar a los Estados Unidos a regularizar la cuestión de la inmigración a las Filipinas y Hawái, así como para solicitar la derogación de las leyes del Estado de California tan duras contra los japoneses.
Respecto a las repercusiones para Chile, el editorial comenzaba diciendo que la mayoría de la prensa chilena era pesimista con la nueva situación internacional. Sin embargo, el redactor de La Nación no compartía esta opinión, porque comentaba que esta guerra había traído la mayor prosperidad de Chile desde la Independencia y con ella estaba la esperanza de conseguir definitivamente la emancipación económica.
El autor anticipaba dos opciones ante el nuevo escenario: la primera, que Alemania consiguiera el bloqueo naval de los países aliados, privándoles del salitre y del suministro de material bélico, terminando la guerra en unos pocos meses y, la segunda, que Alemania no lo consiguiese porque los países aliados lograban romper este bloqueo.
El editorial señalaba la hipótesis de que la campaña submarina de Alemania perjudicaría al salitre por un breve espacio de tiempo, confiando que la guerra terminara pronto. También pronosticaba que, si entraban otros países europeos en la guerra, como España, la exportación chilena se vería reducida al salitre y los alimentos. En este sentido, toda esta situación provocaría, según el autor del texto, un comercio marítimo muy intenso entre las dos Américas donde la flota mercante chilena sería la protagonista.
Finalmente, el periodista cerraba la reflexión con esta frase: “No temamos pues esta nueva complicación como una catástrofe. Miremos con fe el porvenir y tengamos confianza en que nuestro Gobierno adoptará inmediatamente todas las medidas necesarias a fin de aprovechar las utilísimas lecciones que nos ha dejado la crisis de 1914”.19
Por tanto, la opinión del periódico era que la guerra entre Estados Unidos y Alemania sería “platónica”, no llegando a efectuarse, y sería beneficioso para la economía chilena porque habría un desarrollo interno importante que se desligaría de influencias externas y porque crecerían las demandas exteriores de los productos primarios chilenos.
Es comprensible el escepticismo del editorialista. Stevenson señala que el Gobierno de los Estados Unidos no tenía intención de llegar a una confrontación diplomática ni mucho menos belicista con Alemania hasta que todo cambió a principios de 1917 de forma precipitada, cuando las autoridades germanas anunciaron la reanudación de la guerra submarina sin restricciones y, sobre todo, el detonante fue el ofrecimiento de Alemania de una alianza a México, a través del telegrama Zimmermann, para que le declarase la guerra a Estados Unidos (Stevenson, 2014: 424).
Un artículo publicado al día siguiente sobre la ruptura de relaciones entre los EE. UU. y Alemania informaba de los pormenores que se estaban sucediendo en Chile, señalando, por ejemplo, que una vez conocida la noticia los miembros del Gobierno, entre ellos el presidente, comenzaban a llegar a Santiago, ya que estaban en periodo vacacional en pleno verano austral. Por este motivo, el ministro alemán von Erckert se acercó esa tarde al Palacio de La Moneda buscando al Subsecretario de Relaciones, pero se encontró con la Cancillera cerrada. Asimismo, el diario apuntaba que, según una fuente oficial, en caso de conflicto armado entre Estados Unidos y Alemania, el gobierno de Washington no pediría a los países del ABC que secundasen su actitud.20 Circunstancia que, como sabemos, no fue así, aunque sólo Brasil decidió declarar la guerra a las potencias centrales.
Otro editorial del 6 de febrero llevaba por título “Guardemos nuestra neutralidad” y comenzaba afirmando que El Mercurio en sus páginas solicitaba al Gobierno seguir a EE. UU. y, por tanto, romper relaciones con Alemania, al mismo tiempo que promovía que el resto de las naciones latinoamericanas también lo hicieran. Ante la postura de El Mercurio, el periodista de La Nación alertaba que “[s]ería altamente peligroso dejarse llevar de impulsos, muy altruistas y respetables, pero al mismo tiempo desprovistos de todo sentido práctico y lanzar al país a una resolución extrema. ¿Y todo esto por qué? ¿Hemos sido víctimas acaso de algún acto hostil a nuestra bandera o a nuestros navíos de comercio por parte de Alemania? ¿No habría sido entonces más propicio el momento de hacer este gesto a raíz de la negativa de Alemania para darnos explicaciones por la violación de la neutralidad cometida por su escuadra en 1914?”.
El autor exponía que los Estados Unidos no había invitado a Chile a formar parte de la Liga de Neutrales y, por ello, no tenía sentido en estas circunstancias secundar sus acciones. El periodista se preguntaba: “¿Qué tiene que hacer Chile en este nuevo conflicto, qué apoyo material daría a la acción norteamericana y, por último, qué interés supremo de la nación nos aconseja tomar ese camino?” Y seguía manifestando que “[t]odos estos sentimentalismos están en pugna con nuestras tradiciones de cordura y, de sensatez internacional, y es peligroso dejarse acariciar por brisas que tienen mucho de tropical y de inusitado en la nacionalidad chilena”.
Por tanto, la posición del diario era que “[s]uceda lo que suceda, debemos guardar una neutralidad inflexible. El día en que esa neutralidad se vea amenazada” será el momento de reflexionar el rumbo a tomar “en armonía con los dictados del honor nacional”. De todos modos, para el periodista, Chile ya hacía bastante con mantener los mares territoriales a cubierto de toda violación por parte de corsarios o submarinos. El editorial terminaba manifestando que “[c]reemos que el patriotismo nos impone guardar la más absoluta neutralidad y apreciar con entera tranquilidad de espíritu una situación tan delicada y todavía tan obscura como ésta”.21
En este sentido, La Nación se posicionaba por la neutralidad en la guerra frente a una eventual entrada de los Estados Unidos al lado de los Aliados, considerando ya esta posibilidad cuando en editoriales anteriores lo veían como algo remoto por los motivos anteriormente expuestos. Asimismo, apareció un artículo sobre el mismo tema en el que se informaba de la reunión del presidente chileno Juan Luis Sanfuentes con el embajador norteamericano Joseph H. Shea donde intercambiaron sus opiniones.22
El diario publicaba que había trascendido que el embajador norteamericano había solicitado al presidente de Chile que se pronunciara a favor de la causa norteamericana, como un acto de solidaridad. El objetivo de Estados Unidos con esta crisis era reforzar el derecho de las naciones neutrales, amenazado por la campaña sin restricciones de los submarinos alemanes.23 En este sentido, Rinke señala que el presidente Juan Luis Sanfuentes expuso confidencialmente al diplomático norteamericano que Chile no podía romper con Alemania, porque era un país pequeño y no había tenido problemas graves con este país (Rinke, 2019: 132).
En el mismo sentido se manifiesta Couyoumdjian (1986: 94-95), afirmando que el ministro de RR. EE. de Chile le respondió al embajador norteamericano que Chile había protestado por la reanudación de la guerra submarina, pero que el país no estaba preparado para abandonar la neutralidad. Postura que el Gobierno chileno pudo mantener gracias a la actitud de Argentina, con la que actuó de acuerdo, ya que en caso de que el Gobierno argentino hubiese roto sus relaciones con Alemania, Chile hubiera tenido que hacer lo mismo para no quedarse aislado.
También se pudo leer en las páginas de La Nación que la cancillería chilena recibió al ministro de Alemania en Chile, Von Erckert, para que informase de la nueva situación. De este modo, una vez escuchadas las dos partes, el Gobierno chileno dispuso celebrar un Consejo para analizar toda la información de la que disponía.24
Por otro lado, comenzaron las reacciones de distintos gobiernos a la crisis diplomática germano-norteamericana, publicándose informaciones como que Bolivia había resuelto romper relaciones diplomáticas con Alemania, mientras que Francia esperaba que los países latinoamericanos apoyaran la política de los Estados Unidos en defensa de los mares.25
Nuevamente, el 8 de febrero apareció un artículo firmado por Ismael Tocornal26 que tenía por título “Los intereses chilenos ante el conflicto alemán-norteamericano” en el que el político destacaba el esfuerzo sobrehumano del presidente Wilson para mantener la paz a toda costa, buscando en la diplomacia los resortes adecuados para este fin. Sin embargo, este esfuerzo había llegado a su término ante la amenaza alemana de destruir de forma insólita la marina mercante americana. Tocornal sentenciaba que “los dados están tirados y la guerra entre Estados Unidos y Alemania será un hecho inconvertible”.
Al articulista le preocupaba la situación del salitre, la “joya” de la economía chilena. Por ello, manifestaba que cuando las naciones de la Entente y los Imperios Centrales se declararon en guerra, la opinión pública creyó que el salitre recibiría un golpe de muerte, paralizándose rápidamente la exportación de los nitratos. De este modo, para neutralizar la crisis el Gobierno chileno prestó dinero a las salitreras, mientras se regularizaba la exportación. Las expectativas de la exportación del abono se rebajaron considerablemente, pero conforme avanzó la guerra la disminución de consumo en la agricultura fue reemplazada por la necesidad de este artículo para la elaboración de pólvora.
Ante esta situación, Tocornal opinaba que, en el contexto de la posible entrada de los Estados Unidos en la guerra, la demanda del salitre sería aún mucho mayor y su precio seguramente se cotizaría más alto. El autor justificaba este escenario por entender que los Estados Unidos tenían medios eficaces para defender su comercio, escoltando a sus barcos, tratando de almacenar la mayor cantidad de productos, no sólo para satisfacer sus propias necesidades, sino para auxiliar a sus aliados. Señalaba, además, que el Gobierno norteamericano para asegurarse las naves mercantes amarradas en sus puertos pertenecientes a los Imperios Centrales estaba cambiando de tripulación. Con estos argumentos, Tocornal esperaba un aumento de la producción del salitre por la gran demanda que se esperaba, junto a la de productos agrícolas.
Asimismo, el autor esperaba que, como consecuencia de la entrada de los Estados Unidos en la guerra, llegaran a Chile parte de aquellos capitales extranjeros que huyeron de los países beligerantes buscando mayor seguridad y fijeza en el valor de la moneda. En este sentido, Tocornal justificaba este planteamiento en que Chile era de los pocos países americanos que habían mantenido intacto el respeto a su Constitución y a sus leyes a lo largo de su vida independiente.
Insistía en que Chile tenía una balanza comercial positiva que había hecho que su moneda alcanzara un tipo de cambio muy alto. Otro aliciente para atraer la inversión extranjera, según el redactor, era la riqueza del suelo y la diversidad de productos agrícolas, mineros e industriales. Tocornal terminaba afirmando que “[n]uestra preocupación debe ser producir mucho aprovechando una situación que no hemos contribuido a crear y que, desgraciadamente no está en nuestra mano ponerle término”.27
Enrique Fernández indica que las autoridades chilenas actuaron con pragmatismo ante el enfrentamiento comercial que se producía en Chile entre los países beligerantes y trataron de encontrar un equilibrio entre las presiones y las protestas de las delegaciones diplomáticas de los países implicados en el conflicto. Sin embargo, una parte de la opinión pública estaba preocupada por las consecuencias de esta guerra comercial para la economía del país.
De este modo, el Gobierno chileno trató de alejarse de posiciones favorables hacia uno de los bandos, ya que tenía vínculos económicos muy fuertes con las dos partes enfrentadas. Por un lado, Gran Bretaña había mantenido en servicio buena parte de su marina mercante que operaba en los puertos chilenos, desembarcando sus manufacturas y cargando salitre, cereales y otros productos chilenos, contribuyendo a la exportación de éstos. Por otro lado, las medidas de las autoridades británicas sobre las empresas alemanas, como las listas negras, provocaron que el dinero de las casas comerciales alemanas radicadas en Chile tuviera que moverse en la economía chilena ante la imposibilidad de comerciar con Europa, beneficiándose de ello los negocios chilenos (Fernández, 2016: 101-102). Al mismo tiempo, durante toda la guerra el Gobierno chileno pudo disponer con total libertad de los fondos depositados en Alemania.28
En este contexto el periódico afirmaba que los gobiernos de los países del ABC responderían juntos a la notificación alemana de la nueva campaña submarina. Al mismo tiempo, se informaba que el ministro de Alemania en Chile, Von Eckert, había enviado una nota a la Cancillería comunicándole las nuevas disposiciones adoptadas por el Gobierno imperial sobre los visados de los pasaportes que se exigirían a partir de ese momento para entrar a territorio alemán. Para ello, los chilenos que desearan trasladarse a Alemania debían llevar pasaportes visados por el cónsul general del Imperio en Valparaíso, única autoridad competente en la expedición de pasaportes.29
El 9 de febrero se publicó en el diario la contestación del Gobierno de Chile a la nota del Gobierno alemán en la que se manifestaba que: “Nuestro Gobierno se reserva su libertad de acción para reclamar todos sus derechos en el momento que sea ejecutado cualquier acto de hostilidad en contra de sus naves”. En este sentido, La Nación valoraba positivamente la respuesta de las autoridades chilenas porque era una demostración en favor del derecho de los neutrales para comerciar por los mares del mundo sin que nadie pudiera oponerles obstáculos de ninguna especie. La dirección del periódico consideraba que el documento estaba “lleno de dignidad y perfectamente ajustado a las tradiciones de altivez y energía en la defensa de la propia soberanía, que forman la historia de la República”. Por otro lado, también se publicó la respuesta del Ejecutivo chileno a la propuesta norteamericana, señalando su negativa a romper relaciones con Alemania, al igual que anunció el Ejecutivo argentino.30
En este contexto, apareció un editorial bajo el título de “Suramérica ante la conflagración” en el que el redactor manifestaba su beneplácito a la actitud de los gobiernos de Chile, Brasil y Argentina al ir de la mano en los asuntos de política internacional y, por ello, señalaba que “nace hoy a la vida de las naciones una nueva y poderosa entidad: Sud América. Se introduce así en el equilibrio universal el concepto netamente latinoamericano. Unidas las tres grandes repúblicas de este continente formarán un conjunto capaz de hacerse respetar en todo momento no solo por la fuerza sino por su influencia considerable en la vida económica del globo”.31 Por tanto, el periódico compartía la unidad de acción de los tres países sin dejarse influenciar por presiones de ninguna parte.
Otro editorial fue “Influencia que deberíamos utilizar”, escrito por Galvarino Gallardo Nieto,32en el que afirmaba que al conocerse la noticia de la ruptura de relaciones entre Estados Unidos y Alemania los periódicos más importantes del país indicaban que Chile se debía situar junto al Gobierno norteamericano, pero reconocía que con el paso de los días habían hecho un cambio de postura “dejando al Gobierno en libertad de adoptar las determinaciones que conceptúe preferibles a nuestros intereses, en primer término, y al continente sudamericano en segunda”.
Gallardo advertía que Estados Unidos había roto relaciones con Alemania sin contar con las cancillerías brasileña, argentina y chilena y tampoco vio con buenos ojos las gestiones de sus ministros de relaciones exteriores durante las tensiones entre Estados Unidos y México. Por todo ello, el autor no entendía que la Administración norteamericana solicitara después la aprobación de su resolución por parte de los países del ABC.
También era equidistante ante los bloques beligerantes porque ninguno de ellos había respetado los intereses de los países neutrales ni tampoco las normas del Derecho Internacional. Ponía como ejemplo la guerra comercial decretada por Gran Bretaña en 1916, aplicada en gran medida en las naciones suramericanas más que en Estados Unidos, como demostración concluyente de la falta de respeto de los beligerantes europeos hacia los países neutrales.
El autor pensaba que la reivindicación de la libertad comercial debía ser abordada en una acción colectiva de Estados Unidos y del ABC, contribuyendo a producir un nuevo acercamiento de los países de uno y otro hemisferio. Gallardo lamentaba “que mientras Estados Unidos ha tenido todo género de compensaciones en el curso de la guerra, mediante la fabricación y venta de armas, municiones, víveres. etc., los países latinoamericanos han soportado restricciones y contratiempos innumerables a consecuencia de la guerra”.33
De todas formas, los editorialistas no confiaban en que la postura de los Estados Unidos fuera determinante en la guerra, incluso si entraban de lleno en ella. Confiaban en el poder militar de Alemania con su gran flota de submarinos para hacer frente a la amenaza norteamericana. No obstante, pensaban que los intereses chilenos nada tenían que ver con los de los estadounidenses, que eran una amenaza para la integridad e independencia de los países latinoamericanos.
Por tanto, insistían en que Chile debía seguir “[l]a más pura y legítima neutralidad, aconsejada por el más legítimo y puro de los sentimientos de justicia moral para con los beligerantes. No nos dejemos arrastrar por la ola fatídica de los intereses egoístas y las pasiones pueriles en un conflicto que, bien mirado, no toca ni directa ni indirectamente nuestros sentimientos nacionales”. Auguraban que el comercio sufriría los envites de la contienda, pero peor sería mostrar simpatías por algunos de los bloques, ya que Chile ganaría los rencores de la parte contraria, y sentenciaban que manteniendo la neutralidad al final “el comercio se rige por las leyes de la necesidad y no por las de las simpatías populares”.34
Las opiniones de los editoriales van en el mismo sentido: deseaban que Chile se mantuviera dentro de la neutralidad y que sus actuaciones fueran coordinadas con el bloque formado por el ABC. El problema de la neutralidad se replanteó en Chile luego del 11 de abril de 1917, con la ruptura de relaciones entre Brasil y Alemania y, posteriormente, en octubre, con la declaración de guerra del Gobierno brasileño a las potencias centrales.
Fue entonces cuando el Gobierno chileno se quedó sólo con Argentina como valedor de su neutralidad, puesto que ese país tampoco rompió relaciones con Alemania, a pesar de que los submarinos alemanes hundieron varios barcos con bandera argentina, elemento que esgrimió Brasil para su giro en su política internacional. De este modo, el Gobierno de Yrigoyen no cedió a las presiones de los EE. UU. y concentró sus esfuerzos en la celebración de una conferencia interamericana en Buenos Aires.
Compagnon (2014: 147-152) señala que las autoridades argentinas lograron salvar la situación gracias a la firma de varios acuerdos comerciales con Gran Bretaña y Francia en enero de 1918, mostrando su solidaridad con los Aliados como suministradora de cereales y carne. También apunta que en este juego de equilibrios influyeron el sentimiento antibritánico, producto de las disputas territoriales y los recelos que producía su hegemonía económica en el país; la desconfianza que producía los EE. UU. y su panamericanismo; y la rivalidad regional con Brasil. Por tanto, Argentina buscaba con su neutralidad constituir un polo alternativo al eje que representaba EE. UU.-Brasil. Y en esa alternativa se situó Chile, que tampoco tenía interés en romper con las potencias centrales por los motivos expuestos en este trabajo.
Conclusión
En este trabajo hemos observado que los planteamientos de los editoriales del diario chileno La Nación coinciden con las posiciones que mantuvo el Gobierno chileno durante la crisis diplomática entre Estados Unidos y Alemania en febrero de 1917. Esta posición era la de seguir a toda costa con la política de neutralidad que se había adoptado desde el comienzo de la Primera Guerra Mundial, mientras el contexto internacional lo permitiese, sobre todo construyendo un bloque alternativo junto a Argentina y Brasil que sorteara las presiones de Estados Unidos que solicitaba, a partir de ese momento, que los países latinoamericanos rompieran relaciones con Alemania.
Los propietarios fundadores de La Nación fueron destacadas figuras del Partido Liberal, formación que sostenía al Gobierno. Por tanto, el periódico se convirtió en vocero de las posiciones gubernamentales respecto a la guerra que se desarrollaba sobre todo en Europa. Nuestra interpretación es que la publicación nació precisamente para dar voz al programa del Partido Liberal y, por consiguiente, al Gobierno, en un contexto donde los otros dos diarios más populares del momento, El Mercurio y El Diario Ilustrado, no estaban necesariamente alineados con el Ejecutivo. El primero, cercano a los intereses empresariales y simpatizante de los Aliados; el segundo, muy próximo al Partido Conservador y, por tanto, rival del partido en el gobierno.
El análisis de los editoriales demuestra que el Ejecutivo, que como hemos dicho transmite a través de ellos sus planteamientos, entendió que sólo la neutralidad permitiría a Chile volver a la bonanza económica que había disfrutado antes de la guerra. Sus profundos lazos comerciales y financieros con las grandes potencias europeas divididas en el conflicto entre los dos bloques enfrentados no beneficiarían al país en caso de decantarse por uno de ellos. El Gobierno chileno creía en una rápida vuelta a la normalidad y para ello quería evitar la animadversión por alguna de estas potencias que alterara las buenas relaciones que se habían mantenido con todas ellas.
Al mismo tiempo, las autoridades chilenas querían rehuir de alinearse con los Estados Unidos por sus recelos hacia la política seguida por la potencia del Norte en Latinoamérica y, en particular, por los desencuentros surgidos entre las dos naciones tras la Guerra del Pacífico.
Como hemos señalado, el diario apostó en sus inicios por las informaciones internacionales que en este momento se centraban en la guerra de 1914-1918 y esto delataba la importancia que el Gobierno y la sociedad en su conjunto le concedió al conflicto bélico en la vida cotidiana chilena de esos años.
En este contexto, la ruptura de relaciones diplomáticas entre Estados Unidos y Alemania fue un episodio más que el Gobierno chileno tuvo que sortear y usó a La Nación como canal de transmisión a la opinión pública de sus posiciones al respecto: sostener la neutralidad oficial en el conflicto, ayudar a la exportación de los productos chilenos, sobre todo del salitre y, al mismo tiempo, promover una industrialización que paliara la dependencia del exterior de su economía.
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Información adicional
Sobre el autor
Juan Luis Carrellán es Doctor en Historia y Profesor de la Universidad de Córdoba (España). Ha sido profesor en las universidades de Huelva (España), La Frontera (Chile), Paris Nanterre (Francia) y Sevilla (España). Sus líneas de investigación son las relaciones entre España y Chile y los impactos de la Primera Guerra Mundial en Chile.
About the author
Juan Luis Carrellán holds a PhD in History and is Professor at the University of Córdoba (Spain). He has taught at the universities of Huelva (Spain), La Frontera (Chile), Paris Nanterre (France) and Seville (Spain). His research interests are the relations between Spain and Chile and the impacts of the First World War in Chile.
Notas

