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Pampeanización de las economías regionales. Algunas transformaciones contemporáneas en la ruralidad del NOA argentino
“Pampeanización” of regional economies. Some current transformations in the rurality of Northwest of Argentina
Pampa. Revista Interuniversitaria de Estudios Territoriales, núm. 32, e0102, 2025
Universidad Nacional del Litoral

Artículos

Pampa. Revista Interuniversitaria de Estudios Territoriales
Universidad Nacional del Litoral, Argentina
ISSN: 1669-3299
ISSN-e: 2314-0208
Periodicidad: Semestral
núm. 32, e0102, 2025

Recepción: 12 marzo 2025

Aprobación: 01 agosto 2025


Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial 4.0 Internacional.

Resumen: A partir de fuentes estadísticas oficiales se estudian las transformaciones del sector agropecuario de manera articulada con los procesos sociales experimentados en la ruralidad en una región extra pampeana de Argentina. Ponemos el foco en lo sucedido en el NOA, considerando las unidades productivas, superficie y actividades, así como en el mercado de trabajo, la movilidad y permanencia en la ruralidad. Entre los principales resultados encontramos ciertas confluencias con el modelo pampeano, como el avance del cultivo de la soja y el maíz, relocalización de la ganadería vacuna, aumento de la concentración productiva y la inversión extra regional como respuesta a las transformaciones operadas en la región central. Asimismo, la población rural es cada vez más reducida y el sector agropecuario tiene menor peso en el empleo. Hay una retracción del trabajo familiar y del empleo asalariado en el agro, con diversificación de actividades en el medio rural.

Palabras clave: Ruralidad, Sector agropecuario, Movilidad territorial, Desagrarización, Agronegocio.

Abstract: In this paper, based on the analysis of official statistical sources, we study the transformations in the agricultural sector with the social processes experienced in an extra-Pampean region of Argentina. We focus on the productions, the agricultural area and the agrarian structure in the Northwest of Argentina, as well as on the labor market, mobility and permanence on rurality. Among the main results we find some confluences with Pampean model, such as the advance of soybean and maize cultivation, the relocation of cattle breeding, increase in productive concentration and extra-regional investment as a response to the transformations in the central region. In addition to this, the rural population is becoming smaller and the agricultural sector has less weight in employment. There has been a decline in family labor and wage employment in agriculture, also the diversification of activities in these areas.

Keywords: Rurality, Agricultural sector, Territorial mobility, De-agrarization, Agribusiness.

Introducción

El sector agropecuario argentino durante las últimas tres décadas transitó un proceso de modernización y desarrollo tecnológico capital intensivo, basado en innovaciones de semillas e insumos (Reboratti, 2006). El estímulo principal para la reconversión estuvo dado por un nuevo tipo de integración al mercado mundial, que otorgó protagonismo a las oleaginosas, cereales y alimentos “dinámicos” o de consumo suntuario (Giarraca y Teubal, 2005; Manzanal, 1999). Sin embargo, los pilares de este modelo tienden a privilegiar economías de escala, generando considerables transformaciones en la estructura agraria (Rossi y León, 2008).

Desde una corriente crítica de los estudios rurales se anticipó que este modelo decantaría en una fase de control por grandes empresas y conglomerados, con relaciones intra e intersectoriales (Aparicio y Gras, 1995; Giarraca y Mariotti, 2005; Manzanal, 1999; Rofman, 1999). En estrecha síntesis, los agentes económicos mejor posicionados reaccionan al contexto introduciendo tecnologías y maquinarias, en tanto que las unidades menos competitivas y sin capacidad financiera se ven desplazadas. Asimismo, existen incentivos para la expansión de la frontera agropecuaria, produciéndose la expulsión de la población campesina, desmontes y avances sobre áreas destinadas a otros cultivos de consumo doméstico, favoreciendo el desarrollo de sistemas productivos simplificados (Gorenstein, 2016; Sili et al., 2016). De esta manera, la organización y dinámica tradicional de los territorios se ve trastocada en la medida que se consolida una estructura productiva cada vez más concentrada que compromete la sostenibilidad de las pequeñas y medianas explotaciones agropecuarias.

Esta reestructuración sectorial afecta también al mercado de trabajo, al requerir menos labores por mayor tecnología, además de orientarse a la producción de commodities, con escaso agregado de valor (Azcuy Ameghino, 2016). Sistemas de siembra y cosecha mecanizados conforman un modelo de cada vez menos asalariados permanentes y temporarios, muchas veces de origen campesino (Slutzky, 2005), con flexibilidad en las contrataciones (Aparicio y Benencia, 1999). Ello explica la modificación de los flujos migratorios y el desplazamiento de agricultores familiares hacia las ciudades, así como a pequeños parajes y poblados (Mikkelsen et al., 2020), menoscabando la disponibilidad de fuerza de trabajo en el campo.[1]

El origen de este modelo se remonta a políticas económicas de ajuste estructural, decretos de desregulación sobre la actividad agropecuaria, privatizaciones y apertura económica, instrumentos que influyeron negativamente sobre precios de producción e insumos, acceso al crédito, niveles de rentabilidad y salarios (Teubal, 2006). La mayor rentabilidad agrícola que habilitó el paquete tecnológico sojero, al reducir el costo por unidad de producto e incrementar la productividad, permitió expandir rápidamente la producción y superficie agrícola, dando origen al denominado proceso de sojización (Basualdo y Arceo, 2009; Reborratti, 2006).[2] Luego, los cambios macroeconómicos asociados al abandono de la convertibilidad peso-dólar reforzaron el crecimiento de la economía real y, con ello, la producción de soja, que pasó a ocupar más del 60% de área sembrada, en un contexto de recuperación del precio internacional.[3]

Las “economías regionales”, históricamente vinculadas a la intervención estatal y la contención de las desigualdades socioeconómicas existentes (Rofman, 1999), afrontaron dificultades bajo el orden neoliberal. No obstante, la capacidad adaptativa de la soja a diversas regiones agroecológicas hizo posible la expansión de la frontera agrícola también en el Norte del país, cuyos menores rindes comparativamente con el área pampeana se compensa con una alta rentabilidad del cultivo y menores precios de la tierra, absorbiendo los costos de trasporte hasta llegar a los puertos (Mioni et al., 2013; Slutzky, 2005). Otro impacto del avance de la agricultura fue el desplazamiento de superficies ganaderas del área pampeana; parte se destinó a producción intensiva (feed-lots), parte a zonas periféricas o extra pampeanas, con el desarrollo de una nueva ganadería (Azcuy Ameghino y Ortega, 2013).[4]

El presente trabajo propone abordar algunas de las transformaciones experimentadas en el sector agropecuario del Noroeste Argentino (NOA) en el siglo XXI, tomando como punto de partida que éstas no son homogéneas para todas las provincias. En base a estudios realizados para períodos más acotados y para algunas zonas de la región,[5] se anticipa la reproducción de la concentración y centralización de la producción y la propiedad, mientras que la expansión de los cultivos extensivos se realiza a costa de la actividad pecuaria; de cultivos industriales, también tecnificados, que históricamente forjaron el mercado de trabajo regional al demandar mano de obra intensiva; y a costa de montes nativos, de comunidades indígenas y productores de baja rentabilidad. De esta forma, las transformaciones imprimen rasgos al sistema productivo regional que se asemejan cada vez más al modelo de la región pampeana (Blanco et al., 2010; Neiman y Bardomás, 2001; Aparicio, 2005). Por otra parte, basándonos en las evidencias acerca de las repercusiones que el modelo económico predominante trae sobre la permanencia de las familias en la ruralidad y la movilidad, interesa abordar la dinámica de la población rural de la región. Dentro del campo de estudios de las ruralidades hay consenso respecto de una mayor variedad de actividades que trascienden las típicamente agrarias, así como también sobre la emergencia de nuevas modalidades de vinculación entre los ámbitos rurales y urbanos (Quaranta, 2021; Rodríguez y Menses, 2011).

Cabe destacar la necesidad de producir estudios regionales que enfaticen en lo espacial como factor determinante, con el entrecruzamiento entre la forma de valorización y apropiación del capital y sus injerencias en las condiciones locales de existencia. En este sentido, el enfoque de “nueva geografía de la expropiación” que plantea Machado Araoz (2009) pone de manifiesto el modo en que los nuevos dispositivos del capital global configuran una versión aggiornada de colonialismo, donde el capital transforma territorios, poblaciones y formas de vida. Se establecen “espacios globales” o fragmentos territoriales articulados en redes productivas globalizadas, organizados bajo el comando de actores y normativas propias del capital trasnacional. Lo novedoso no refiere a la expropiación en sí de los recursos, sino a que se realiza a expensa de otros usos socioproductivos y ecosistemas posibles. Es un proceso de expropiación que opera mediante la desarticulación de cadenas locales de valor, ruptura de circuitos de producción y consumo locales, para ingresar como fragmentos económicamente subordinados y tecnológicamente dependientes a las cadenas de valor mundializadas (Alcoba, 2015).

La metodología utilizada se asienta en revisión bibliográfica y el análisis de información estadística con el fin de captar a nivel agregado los cambios operados en las primeras décadas del siglo XXI en el NOA. Las fuentes utilizadas son los datos provistos por los Censos Nacionales de Población y Vivienda (CNPV) 2001, 2010 y 2022, por los Censo Nacional Agropecuario (CNA) 2002 y 2018 y bases de datos oficiales que complementan algunos aspectos específicos. El foco se pone en las unidades productivas, producciones y superficie destinada a actividades agropecuarias, así como en las dinámicas migratorias del campo a la ciudad y del trabajo agrícola, confluyendo en un enfoque de desagrarización que atiende el nivel macro y meso. A pesar de las sabidas limitaciones que presentan las fuentes censales para el abordaje integral sobre el tema, se plantean algunas líneas de debate en relación con las consecuencias que las transformaciones recientes tienen en los espacios regionales. Sin embargo, no es posible obtener generalizaciones al respecto, dado que los procesos referidos afectan de manera heterogénea a las diferentes poblaciones rurales. Esto lleva a tener que pensar dialécticamente la transformación de la estructura productiva y la gran diversidad de estrategias -como son las migraciones, la reconversión productiva, la pluriactividad, entre otras- desplegadas por las poblaciones rurales para su permanencia y continuidad.

El trabajo se organiza en dos grandes secciones. En la primera se describen las transformaciones de la estructura agrícola y ganadera regional a lo largo del período, distinguiendo especificidades de cada jurisdicción provincial, considerando, además, lo acontecido a nivel nacional. En la segunda se analizan las dinámicas demográficas que atraviesa la ruralidad en el NOA, la participación del empleo sectorial en la economía regional y las formas de organización del trabajo. En este marco, referimos a la estructura agraria como la configuración de elementos socioeconómicos y agroecológicos interdependientes, interrelacionados e intercondicionados que habilita a diferenciar agentes socioeconómicos en la producción agraria, en base a características de la explotación (disponibilidad de superficie, aporte de mano de obra -el productor y su grupo familiar o mediante contratación de trabajo asalariado-, nivel de capitalización, entre otros (Margiotta y Benencia, 1995). En este sentido, a lo largo del trabajo se hace alusión a un sector empresarial diferenciado del de pequeños productores, categorías que se tornan operativas a partir de la propuesta de Obschatko et al. (2006), aunque la distinción de sus trayectorias no es el propósito central de este análisis.[6] Se finaliza con un breve apartado con reflexiones sobre los resultados obtenidos y necesidades de estudios complementarios que permitan profundizar en la comprensión de los procesos explorados.

Transformaciones del sector agropecuario en el NOA y confluencias hacia el modelo pampeano

Concentración de la superficie productiva en el NOA

La región NOA abarca el 17% del territorio del país y un 9% de la superficie agropecuaria. Su amplia variedad de zonas agrosocioeconómicas y ambientales propias de este recorte geográfico, que van desde el chaco semiárido hasta la puna, en sentido Este–Oeste, permitió el desarrollo de sistemas productivos diversificados, aunque con distinto grado de integración a los modelos de desarrollo nacional. Esta macro región ha sido escenario de múltiples desigualdades territoriales, manifestando a su interior una estructura agraria dispar en cuanto a la apropiación de los recursos naturales. Muestra de ello es que, en 2002, los pequeños productores representaban el 81% de las unidades agropecuarias del NOA y ocupaban apenas un 17% de la superficie total (Chavez y Alcoba, 2014).

Algunos indicios acerca de las recientes transformaciones en el mundo agrario pueden reconstruirse a través de distintos indicadores socioeconómicos. Uno bastante ilustrativo es la pérdida de importancia del sector agrícola-ganadero en su relación con las economías de referencia, abandonando el rol protagónico que le cupo en la contribución al producto bruto geográfico en otras etapas del desarrollo. La región verifica la caída de la participación del agro en la producción en dos provincias entre 2004 y 2021, Catamarca y Jujuy.[7] En el caso de Tucumán el producto agrícola ascendió levemente entre las dos puntas, sin embargo, al crecer el resto de los rubros de la economía en mayor medida, su aporte finalmente se contrajo. En el caso de Salta, la actividad agropecuaria creció al igual que el resto de la economía, por lo cual su peso se mantuvo estable. Finalmente, la dinámica productiva de Santiago del Estero, que manifiesta un fuerte crecimiento, pasó de aportar 18,1% al 30,6% al final de la serie, triplicado el valor agregado generado. El desempeño de esta provincia impulsó a que el sector en el NOA haya aumentado su significancia económica en casi dos puntos porcentuales entre 2004 y 2021, alcanzando el 14,5% del producto bruto geográfico en ese último año, cuando a nivel nacional el sector mantuvo su aporte en torno a los 8,5 puntos.

Al interior del sector se rastrean transformaciones a través de las principales variables ofrecidas por los censos agropecuarios: la cantidad de Explotaciones Agropecuarias (EAP), la superficie y escala de extensión, así como el uso productivo del suelo. En términos generales, la primera cuestión a destacar es la disminución de EAP totales en la región NOA: entre 2002 y 2018 descendieron un 21%, habiéndose retirado de la producción más de 12.300 unidades. Este resultado, no obstante, es menor al exhibido por el total nacional, que acusa una retracción en torno al 25% de los establecimientos sectoriales. Cabe advertir que la caída en la cantidad de establecimientos agropecuarios constituye una tendencia que ya se hacía evidente en años previos, especialmente en otras zonas del país, pero en este período el ritmo de retracción se ha acelerado notablemente en el Norte.

A excepción de Catamarca, el resto de las provincias acompañan la aludida propensión a la baja, pero la situación es dispar con relación a la intensidad (ver Tabla I). Históricamente, Tucumán y Santiago del Estero sumaron el mayor porcentaje de establecimientos en el total del NOA, representando entre ambas más del 60% de las unidades productivas. En la etapa correspondiente al análisis, estas provincias perdieron participación, principalmente por una merma significativa de EAP en Tucumán.[8] En este último caso, se redujeron un 59% entre un relevamiento y el otro, tras desaparecer 5.800 unidades. Si bien en esta jurisdicción se presenta, además, una caída de la superficie total, esta alcanzó solo un 7%. En consecuencia, hubo un crecimiento significativo de la superficie promedio de la unidad productiva en el período, equivalente a 125%. Estos movimientos habilitan suponer que, durante ese período, tuvo lugar un proceso de concentración de la superficie agropecuaria en la provincia, acompañado posiblemente del avance inmobiliario en el uso del suelo, habida cuenta de la expansión de la urbanización y las restricciones impuestas por la dimensión de la provincia. Por otro lado, la contracción absoluta de EAP en Santiago del Estero es similar a la referida para Tucumán. Sin embargo, supone un 27% en términos porcentuales, mientras que la superficie promedio aumentó un 13%. De esta manera, la combinación entre ambos movimientos da cuenta aquí también de un proceso de concentración de la propiedad y explotación de la tierra, confirmando la anticipación ofrecida por de Dios, Paz y Rossi (2020). Esta dinámica se asocia a la expansión de la frontera agropecuaria de las últimas dos décadas, a la intensificación de la ganadería bovina, siembra de algodón, oleaginosas, cereales y porotos, pero también a la regularización de la situación de dominio de las tierras de familias campesinas.[9]

Tabla I
Cantidad de unidades productivas, superficie total y tamaño promedio de las EAP (en Ha), 2002-2018 y variaciones relativas, Región NOA

Fuente: elaboración propia en base a CNA 2002 y 2018 (INDEC)* Nota: el tamaño promedio se calcula como la razón entre la superficie de las unidades productivas con límites definidos y la cantidad de unidades de este tipo.

Por su parte, Salta y Jujuy en 2018 registran igualmente una reducción del número de EAP, aunque de menor intensidad a las antes descriptas. En la primera, el descenso fue del 15%, pero la superficie total creció un 3%, mientras que apenas se redujo un 2% el promedio de superficie por unidad productiva. Si bien esta provincia no exhibe cambios significativos, especialistas en el tema plantean que existe una transformación estructural que se verifica a partir del incremento del área explotada en un 56% entre los últimos dos censos, dinamizada por la expansión del cultivo de legumbres y oleaginosas en el monte chaqueño (Sanz y Rodríguez Faraldo, 2021). En cuanto a la provincia de Jujuy, la variación es menos pronunciada respecto a la cantidad de EAP, en apenas un 4% para 2018. Paralelamente, la superficie total creció un 19%, mientras que la superficie media disminuyó un 6%, a la inversa que el resto de la región. El dato relevante para Jujuy está dado por el crecimiento de las EAP con límites definidos, sobre las cuales se puede establecer la superficie y cantidad de parcelas que las conforman. Por primera vez en la historia de la provincia éstas superan a las EAP sin límite definido, explicando el aumento de la superficie sin alterar la estructura productiva (Alcoba y Alcoba, 2021).[10]

En Catamarca –tal como se señaló- se manifiesta un comportamiento contrario, al crecer un 11% las EAP en el último censo. Esto determina un aumento significativo de la participación provincial en el total regional, reemplazando en el segundo puesto a Tucumán en el volumen de explotaciones. Por otro lado, la superficie total muestra una baja del 26%, que se tradujo en la caída del tamaño promedio por unidad, equivalente a un 37%. En este caso, al igual que Jujuy, aumentaron las EAP con límites definidos en un 17%, lo que, junto con la importante reducción de la superficie total y aumento de las explotaciones, explica la caída del promedio. Los cambios experimentados hacia el 2018 en esta provincia se relacionan con la inserción en la estructura agropecuaria de establecimientos de tipo empresarial, impulsados por políticas públicas que otorgaron beneficios impositivos, alterando los territorios, los paisajes agrarios y las vocaciones productivas históricas (Cruz et al., 2021). Como señalan los refrentes consultados, las transformaciones en las últimas dos décadas vienen acompañadas de una modificación de la estructura social, dando lugar a un conglomerado agroalimentario sobre la base de empresas de fruticultura intensiva (olivo, cítricos, vid y, en menor medida, nogal), nueva ganadería bovina y agriculturización de cereales y oleaginosas, en especial, soja.

Tabla II
Cantidad de unidades productivas y superficie total según escala de extensión (hasta 100 ha y más de 100 ha), Región NOA, 2002 y 2018

Fuente: elaboración propia en base a CNA 2002 y 2018 (INDEC)

En resumen, se redujo la cantidad de unidades productivas de la región en lo que va de este siglo, mientras que la superficie total –luego de una tradicional trayectoria de retracción entre los censos 1969-2002-, creció un 5%. Al interior regional el crecimiento de la superficie tiene lugar en Jujuy, Salta y Santiago del Estero, y una reducción muy acentuada en Catamarca y menor en Tucumán. El proceso no afecta a todas las EAP por igual, ya que, en los estratos de escala más reducida, esto es, en el rango que va de menos de 5 hasta 100 hectáreas, la tendencia es hacia una disminución sostenida de las unidades productivas; en cambio, a partir de las EAP con un tamaño de 100 hectáreas o más, la cantidad se mantiene o incrementa (ver Tabla II). Así, para 2018 las unidades productivas de menor tamaño representaban el 73% del total de los establecimientos del NOA, pero apenas contaban con el 3% de la superficie, reafirmando la estructura tradicionalmente asimétrica.

Avance de los cultivos extensivos y profundización de la especialización regional

Durante el ciclo de transformaciones al que se hace referencia en este trabajo se destaca la agriculturización del sistema productivo argentino, categoría utilizada para referirse al avance del monocultivo con fines de exportación. Este proceso en el NOA se materializó en lo que se suele denominar como “pampeanización” de las economías regionales (Gorenstein y Ortiz, 2016; Manzanal, 1999), en tanto se despliega un modelo productivo semejante al pampeano, alterando la tradicional estructura diferenciada: un agro-pampeano centrado en abastecer la demanda internacional de granos y carnes, por un lado, y un agro extra pampeano que abastece principalmente la industria y el mercado interno, por el otro. Al respecto, Slutzky (2005) indica que Salta como Santiago del Estero son las jurisdicciones responsables de la agriculturización del NOA, tanto por el avance de los cultivos como por la expansión de la ganadería bovina, a la que nos referiremos en el próximo apartado, acarreando consecuencias en las pasturas implantadas y cultivos con fines de suplementación.

Entre 2002 y 2018 el NOA incrementó su participación en la superficie implantada nacional del 7% al 11%, al sumar 1,1 millones de hectáreas productivas nuevas, que implicaron un crecimiento del 38% (ver tabla III). Considerando que la superficie productiva nacional se redujo en un 5% en igual período, es posible afirmar que la agriculturización se encuentra en plena vigencia en esta región, aunque se verifican dinámicas dispares en su interior. A excepción de Catamarca y Tucumán, las demás provincias expandieron la superficie cultivada.

Tabla III
Usos de la tierra (seleccionados), en Ha, por provincia, total región NOA y total nacional, 2002 y 2018

Fuente: elaboración propia en base a CNA 2002 y 2018 (INDEC)

El crecimiento de los terrenos productivos se dio a costa de los bosques y montes naturales, cuya área cayó un 22%, equivalente a 1,5 millones de hectáreas. Este movimiento fue común al conjunto de provincias, aunque la pérdida de áreas naturales varíe en intensidad.[11] El avance de la pampeanización también se verifica mediante la comprobación de que el destino a cultivos, es decir, excluyendo a las forrajeras y a los bosques implantados, es el uso de la tierra que explica el mayor avance de la superficie implantada a nivel regional, habiendo prácticamente triplicando el crecimiento nacional en este transcurso. Dentro de la categoría, la mayor variación positiva se dio en los cereales, las legumbres y los cultivos industriales.[12] Por otra parte, se advierte una importante caída de la superficie destinada a flores de corte, viveros y hortalizas. Es decir, asistimos a una época de avance de los cultivos extensivos en detrimento de aquellos intensivos en trabajo familiar y orientados a la producción de alimentos para el consumo doméstico.

Las forrajeras, tanto perennes como anuales, que a nivel nacional sufrieron una caída del 13% y 52%, respectivamente, en la región experimentaron un crecimiento del 15% las anuales (con verdeos de verano, como sorgo y maíz, a la cabeza) y un descenso del 11% las perennes (el gatton panic y la alfalfa pura son las principales pasturas implantadas en el NOA), con procesos internos diferenciados relacionados con la sustitución de la localización ganadera.[13] En el caso de las forrajeras anuales, la expansión tuvo lugar en Salta y Tucumán, contrarrestando la caída del resto de las provincias; a su vez, las perennes descendieron en todas las jurisdicciones, a excepción de Salta y Santiago del Estero, áreas en donde se asienta el mayor volumen de la producción bovina. Así, aparecen muestras de la implementación de pasturas de verano, silaje con granos y el uso de gramíneas de gran aptitud forrajera adaptadas a los ambientes norteños que permiten no solo superar el “bache forrajero”, sino, además, balancear las pasturas e, incluso, ser el principal alimento en sistemas de engorde a corral (Elizalde y Riffel, 2015).

Así como el cultivo de oleaginosas y cereales ocupa la mayor parte de la superficie implantada a nivel nacional, habiendo incrementado su participación entre los censos, en el NOA se reproduce la centralidad de estos cultivos, base del modelo imperante: cada uno ocupaba un 31% de la superficie implantada regional en 2018 (ver gráfico 1). Sin embargo, la diferencia entre ambos niveles radica en que, en el país, se produjo en el período un incremento del 11% de la superficie implantada con oleaginosas, al incorporarse 1,5 millones de hectáreas nuevas destinadas a este fin. Se recuerda que la superficie implantada en Argentina creció un 8% entre censos, con 2,7 millones de hectáreas adicionales, ante lo que puede deducirse que poco más de la mitad de las tierras productivas nuevas se destinaron a las oleaginosas, pasando este cultivo de representar el 34% de la superficie total implantada en 2002 al 40% en 2018. En el caso de la región NOA no se reforzó la gravitación de las oleaginosas, sino que, por el contrario, se redujo 4 puntos porcentuales su participación en la superficie implantada total, pese a la expansión de las hectáreas destinadas a este fin en un 23%. Esto se explica a partir de una mayor incorporación de tierras nuevas con otros destinos, que neutralizó el crecimiento de las oleaginosas. De ese modo, el NOA en 2018 agregaba el 8,3% de la superficie de oleaginosas del país, conservando una participación similar a la de inicios de siglo. En términos regionales Santiago del Estero es la provincia que presentaba la mayor superficie de oleaginosas (65%), superando en 21 puntos porcentuales el registro de 2002. Su relevancia responde a que sumó 337 mil hectáreas a este uso, dentro del cual, la soja representa casi el total (95%). Luego, la provincia de Salta se ubica con un 21% de participación.


Gráfico 1
Superficie implantada por grupo de cultivo (seleccionados), en Ha, región NOA, 2002 y 2018
Fuente: elaboración propia en base a CNA 2002 y 2018 (INDEC)

Tanto en el territorio nacional como regional la superficie implantada con cereales representa un porcentaje sobre el total cada vez más significativo. En el NOA el grupo pasó de ocupar el 22% de la superficie en 2002 al 31% en 2018 (ver gráfico 1). Después de incorporarse casi 600 mil hectáreas nuevas con este destino, la superficie cerealera en el norte casi se ha duplicado en el período, mientras que el sector nacional muestra un incremento entre estos años más moderado. Así, el NOA pasó a producir en 2018 el 11% de la superficie de cereales del país, cuando en 2002 su aporte era del 5%. Al igual que en el caso de las oleaginosas, Santiago del Estero era la provincia con mayor participación, representando el 63% del total regional, seguida por Salta con el 23%. De hecho, Santiago del Estero fue la provincia con mayor expansión de los cereales en el período, con casi 500 mil hectáreas nuevas. Contrariamente, en el caso de Tucumán se evidencia una reducción significativa, cercana al 40%. Dentro del grupo, la producción que se destaca es el maíz, por representar en 2018 el 68% del total de la superficie regional destinada a cereales, secundada por el trigo, con un 27%. En el ciclo se dio un reordenamiento de la participación de ambos cereales; mientras que en 2002 el trigo reunía la mayor superficie (64%), en 2018 su cobertura se redujo en 64 mil hectáreas, a la vez que se incorporaron unas 650 mil hectáreas de maíz. Es decir, tuvo lugar un proceso de reconversión del trigo al maíz que también se observa a escala nacional con similares características. El avance del maíz responde al desarrollo tecnológico de híbridos y semillas transgénicas, así como a prácticas de manejo que permitieron incrementar el rinde por hectárea, además del impulso conferido por el segmento de alimentos balanceados para aves, cerdos y vacas con destino al mercado interno y la producción de bioetanol en base a este cereal (Secretaría de Política Económica SPE, 2019a). Paralelamente, la superficie con trigo en estos años se retrotrajo debido a la pérdida de rentabilidad y ciertas adversidades climáticas que influyeron en las decisiones de producción.

Otro grupo que reforzó el aporte del NOA en el período son los cultivos industriales; de representar el 40% del total nacional en 2002 pasaron al 58% en el último censo, sumando más de 200 mil hectáreas nuevas con este destino (ver gráfico 1). Es decir que, mientras en las provincias de la región se aumentaron las hectáreas dedicadas a este fin, otras zonas del país retiraron tierras de cultivos del tipo.[14] A raíz de su raigambre azucarera, Tucumán continuaba siendo al 2018 la provincia del NOA con mayor cantidad de hectáreas sembradas con cultivos industriales, aportando un cuarto de la superficie total del país para este uso y un 44% en términos regionales. Le sigue Jujuy y Santiago del Estero, aunque ambas con un peso bastante menor. La participación de Catamarca es poco significativa; mientras Salta fue la provincia que, en comparación con su situación inicial, más aumentó las hectáreas destinadas a cultivos industriales en el período, cuadruplicando el crecimiento promedio de la región. Asimismo, destaca la relevancia que los cultivos industriales tienen en la producción agrícola jujeña y santiagueña, ocupando el 76% de la superficie provincial implantada en el primer caso y el 40% en el segundo.

Al abrir el tipo de cultivos se aprecia que las principales plantaciones al 2018 eran la caña de azúcar, el algodón y el tabaco (ver Tabla IV).[15] El NOA producía casi la totalidad de la caña de azúcar del país, resultando Tucumán la principal provincia productora; sin embargo, perdió participación en el total regional desde inicios del ciclo, ya que, si bien incrementó su superficie un 34% entre los registros censales, Salta y Jujuy lo hicieron en mayor proporción. Salta sumó 29 mil hectáreas de caña de azúcar entre 2002 y 2018, quintuplicando su superficie implantada, en tanto que Jujuy agregó 59 mil hectáreas más a este cultivo, duplicando el área con este destino en la provincia. Entre ambos censos, la producción de caña molida en Jujuy creció un 32%, impulsada por la elaboración de bioetanol.[16] En cuanto al número de explotaciones dedicadas al cultivo de caña, Tucumán, que tenía el entramado más atomizado de la región por contar con casi 5.400 unidades productivas en 2002, perdió un 62% hacia 2018. En consecuencia, se incrementó significativamente el tamaño medio de las explotaciones azucareras tucumanas en el último relevamiento.[17] Por su parte, Jujuy pasó de 54 unidades productoras de caña a 73 en ese período, verificándose también una expansión del tamaño de las explotaciones, aunque en este caso más moderada. La información comparativa para Salta no se encuentra disponible, pero se corrobora la existencia de 26 EAP de un tamaño promedio similar a las jujeñas en 2018. Cabe destacar que Jujuy y Salta sostienen su histórica concentración de la actividad; si bien se incorporó en el período un centenar de productores “cañeros independientes” a la cadena de abastecimiento, se mantiene la centralidad del oligopsonio de pocos ingenios.

Tabla IV
Superficie implantada por principales cultivos industriales, por provincia, región NOA y total país, en Ha, 2002 y 2018

Fuente: elaboración propia en base a CNA 2002 y 2018 (INDEC)

En el caso del tabaco, el NOA pasó de aportar el 53% de la superficie en todo el país en 2002 al 65% en 2018, por haber incrementado su superficie implantada, a diferencia del NEA. Salta es ahora la principal provincia productora de la región, con un 61% del total de hectáreas implantadas; en el ciclo duplicó la cantidad de explotaciones productivas y sumó 13 mil hectáreas nuevas. Jujuy, que mantuvo el número de unidades productivas y la superficie tabacalera prácticamente constantes, pasó a ocupar el segundo lugar, aportando el 32% de la superficie total regional. Por su parte, Tucumán, que contaba con la mayor cantidad de unidades en 2002, retiró de producción cerca de 4 mil hectáreas, disminuyendo tres veces su peso en la superficie tabacalera y en los establecimientos del Norte. El cultivo de algodón también ganó peso en la región, que sumó 48 mil hectáreas nuevas entre los dos censos, pasando de representar el 19% de la superficie nacional en 2002 al 40% en 2018, en tanto disminuía la extensión de este cultivo en otras zonas del país. Santiago del Estero continuaba siendo al 2018 la principal provincia productora del NOA, con 92 mil hectáreas destinadas a este fin, de las cuales casi la mitad se incorporaron en el período bajo análisis.

Finalmente, la producción de hortalizas, tanto en el país como en el NOA, sufrió una retracción de un tercio de la superficie (ver gráfico 1). Esto significa unas 15 mil hectáreas menos en la región en una actividad clave para la alimentación de la población, en la que los pequeños productores tienen una participación relevante en términos del valor bruto de producción, además de generar el principal ingreso para este grupo (Chavez y Alcoba, 2014).[18] Esta trayectoria se da en el marco de los desafíos que enfrentan los agricultores familiares para su reproducción, que, en zonas hortícolas de la región, diversifican sus estrategias en función de su estructura de capitales y las oportunidades del contexto (Cowan Ros y Schenider, 2008). En algunos casos recurren a una intensificación productiva con incorporación de insumos industriales, en otros, complementan ingresos al ofrecer su mano de obra en sectores distintos al agropecuario, el traslado del lugar de residencia de sus miembros, el acceso a ayudas sociales, entre otras. De todas maneras, la contribución del Norte en este renglón era aún significativa, representando en 2018 el 23% de la superficie nacional. Salta era la provincia con mayor aporte al total del país (6%) y del NOA (27%), seguida por Santiago del Estero y Tucumán. Jujuy y Catamarca, si bien participan en un grado menor, son las provincias que, de su superficie implantada total, destinan un porcentaje mayor a este cultivo. En tanto que Catamarca y Salta no alteraron la superficie con este destino, Santiago del Estero, Tucumán y Jujuy la redujeron en 56%, 40% y 38%, en ese orden.

Nuevas estrategias productivas en la actividad ganadera

La región del NOA presenta una ganadería muy diversa, caracterizada por las condiciones adversas para el manejo en pastizales naturales y la convivencia de producciones tradicionales con dinámicas empresariales más recientes. De hecho, en las últimas décadas, los datos disponibles evidencian un crecimiento importante de bovinos, donde se destacan nuevas inversiones extra locales. Sin embargo, continúa siendo relevante aún aquella ganadería familiar de autoconsumo y abastecimiento local, asociada al ganado menor (caprino, ovino y camélido). Una de las transformaciones relevantes en la región es la caída de explotaciones dedicadas a la ganadería, un 38% entre censos, proporción similar al desempeño nacional. El número de cabezas, si bien también muestra un descenso, es muy leve para el conjunto de especies, lo cual evidencia un traspaso del stock ganadero entre explotaciones. El mayor retroceso relativo de la actividad se dio en Tucumán, que perdió el 75% de las EAP con ganadería, equivalente a 5 mil unidades.

Al enfocar la mirada en las especies, se advierten las consecuencias en el NOA del proceso de agriculturización del país, antes referido. Esta región experimentó un crecimiento del 20% en las cabezas bovinas entre los dos censos (ver gráfico 2), porcentaje que abarca a casi 400 mil animales, cuando a nivel nacional esta especie sufrió una reducción del 17,5%, tras perder cerca de 8,5 millones de unidades. De esta manera, el NOA ganó participación en la producción bovina nacional, pasando de aportar el 4% del total en 2002 al 5,9% en 2018. El traspaso de la producción entre regiones se viene documentando desde finales del siglo pasado y principios del presente (Azcuy Ameghino y Ortega, 2013; Bilello et al., 2009; Capdevielle, 2016); se observa la expansión de la ganadería bovina en regiones extra pampeanas tendiente a compensar la pérdida de stock y terreno en el área central a raíz de la competencia por el uso del suelo que supone la sojización.[19] El auge de la “nueva ganadería” norteña se verifica a partir del notable avance de la especie en Salta (un 68%), que representa el 86% de la variación absoluta regional, y, en menor medida, del aumento de las cabezas existentes en Santiago del Estero (9%), principal provincia productora. Cabe destacar que Catamarca y Jujuy fueron las únicas jurisdicciones que aumentaron la cantidad de establecimientos dedicados a la producción bovina en el ciclo, por lo que ganaron participación en el total regional, aunque en términos de volumen tienen menor peso.

La proporción de EAP dedicadas a ganadería ovina, caprina y porcina que se retiraron de la producción en la región fue similar al caso de los bovinos, rondando el tercio de las existentes a inicios del siglo. Tucumán es la provincia que mayores retrocesos relativos exhibe en todas estas especies, aunque la desaparición absoluta de EAP haya sido mayor en Santiago del Estero en todos los casos. A la inversa de esta tendencia, se destaca un crecimiento en la cantidad de unidades productoras de llamas, del 8%. Es decir, se sumaron 500 unidades netas nuevas en el período, asociadas al crecimiento de explotaciones de este tipo ubicadas en Jujuy y Salta. La cantidad de camélidos se vio igualmente incrementada en este transcurso, especialmente en la provincia de Jujuy, con 47 mil cabezas nuevas.

A raíz del desempeño aludido, el NOA reforzó aún más su preponderancia como principal región productora de camélidos del país (98%). Algunos trabajos especializados en la temática indican que una razón que explica estas tendencias está asociada con la mayor facilidad en el manejo para los pequeños productores de las llamas, con relación a la dedicación y cuidados que requieren otras especies locales (ovinos y caprinos) (Echenique et al., 2015). Nuevas posibilidades de manejo ganadero son relevantes ante la creciente movilidad de los productores y sus familias hacia zonas urbanas, mineras o agroindustriales, temporal o permanente, aun cuando conserven sus unidades productivas bajo el cuidado de familiares o peones contratados (Quiroga Mendiola y Cladera, 2018). Por otra parte, los productos derivados de este animal -carne, cuero y fibra- han adquirido mayor visibilidad y oportunidades de comercialización en las últimas décadas, traccionados por el consumo turístico y la valoración de determinadas prácticas culturales (Alcoba et al., 2021; Vilá et al., 2018);[20] no obstante, todavía es significativa la proporción de establecimientos orientados a la producción para autoconsumo.


Gráfico 2
Variación de los establecimientos ganaderos y las cabezas de ganado entre censos, en valores porcentuales, por especie, región NOA
Fuente: elaboración propia en base a CNA 2002 y 2018 (INDEC)

Por otra parte, se destaca el crecimiento en el conjunto regional –sin excepción- de la producción porcina (61%), similar a la tendencia nacional (64%). La localización de las unidades productivas tiende a coincidir con los cultivos de soja y maíz, que constituyen fuentes de alimentos balanceados para los eslabones primarios. El sendero alcista se sostiene desde la salida de la crisis de la convertibilidad, impulsado principalmente por el consumo, pues se trata de una carne con precios más bajos que otras, como por los índices de conversión de alimentos en proteína animal (SPE, 2019b). Aunque son los sistemas productivos de pequeña escala los que prevalecen, en este sector también se verifican procesos de concentración de la producción.

Respecto a ovinos y caprinos la región da cuenta de un importante retroceso entre censos, que equivale a unas 700 mil cabezas menos. La reducción en ovinos representa un 40% sobre el registro de 2002, superando la retracción del total del país. El mayor retroceso absoluto al interior de esta actividad se dio en Jujuy, que, con 223 mil cabezas menos, acusa la pérdida de la mitad de sus existencias ovinas y explica en gran medida la tendencia regional. En el caso de los caprinos, el retroceso significa el 27% de lo registrado en el NOA en 2002, cuando el total del país acusa una caída superior a la regional en diez puntos porcentuales, por lo que, aun así, el NOA aumentó su participación por haber perdido menos comparativamente. Santiago del Estero fue la provincia que experimentó la mayor caída en la producción caprina, con 188 mil cabezas menos, seguida por Jujuy, que perdió más de 64 mil. Algunos autores señalan que el avance de la frontera agrícola y ganadera sobre los bosques nativos, principal sustento de las majadas en el chaco semiárido, constituye una de las principales razones. Las sequías, la escasez de agua para bebida de los animales y la falta de forraje en los campos destinados al pastoreo, se suman a los escasos niveles de infraestructura y dificultades en la comercialización, obligando a muchos de los pequeños productores caprinos santiagueños a disminuir el tamaño de sus majadas, o, en algunos casos, a abandonar la actividad (Córdoba et al., 2024). De todas formas, Santiago del Estero continúa siendo la provincia con mayor volumen en el NOA, en tanto que Tucumán redujo la actividad en un 64% respecto de 2002, alcanzando el mínimo regional (7.500 cabezas). El caso tucumano es paradigmático en el marco del actual modelo de desarrollo, pues la principal cuenca caprina se encuentra enfrentando las consecuencias del avance de la soja, que expulsa a los productores hacia las zonas urbanas cercanas o el cordón marginal de la capital provincial (Apud et al., 2020).

En síntesis, podemos advertir el retroceso en la actividad ganadera tradicional en la región, por un lado, y nuevas estrategias productivas, tanto para los pequeños productores como para los establecimientos empresariales de mayor tamaño. En este sentido, la migración desde las zonas rurales, impulsada por la expansión de los cultivos con destino a la exportación, la tecnificación u otras motivaciones interseccionales, implican la gradual reducción de los rebaños de ovejas y cabras (Gil Montero et al., 2007; Quiroga, et al., 2018), compensada, en algunos casos, por el reemplazo por otras especies. Sin embargo, los autores consultados afirman el sostenimiento de pequeñas tropas en los predios y visitas periódicas por parte de los pastores no residentes o dueños ausentistas, garantizando de esta forma el derecho de pastoreo de las familias en ciertos espacios y una provisión mínima de carne para el consumo doméstico.[21] Igualmente, la expansión de los cultivos extensivos en el área pampeana y en la propia región abrió nuevas oportunidades para la actividad ganadera en el NOA, en donde se torna visible un proceso de crecimiento de las existencias bovinas y porcinas, aunque con concentración productiva, que estimula la suplementación a través de pasturas y granos.

Dinámicas demográficas y procesos emergentes en la ruralidad del NOA ante las transformaciones del sector agropecuario

La región NOA en 2022 contaba con casi 5,5 millones de habitantes, que representaban el 12% de la población total del país. Esta macro región ha sido escenario de múltiples desigualdades históricas en términos de condiciones de vida y el acceso a derechos de su población, las cuales se ven acentuadas en función del área de residencia (urbana o rural).[22] En las últimas décadas, la ruralidad se encuentra afrontando profundas transformaciones, entre las que destacan el desplazamiento de pequeños productores campesinos y familiares como consecuencia del modelo agropecuario dominante, la reducción del tamaño medio de los hogares, la presencia de familias no vinculadas a unidades productivas, el crecimiento de las ocupaciones no agrícolas, la reestructuración de los mercados de trabajo, entre otras (Quaranta, 2016; 2017).

Las estadísticas oficiales de Argentina consideran población rural tanto a aquella que habita en centros poblados con menos de dos mil habitantes, como a la población dispersa que vive fuera de localidades pobladas, a campo abierto. En lo que va del siglo XXI la población rural del NOA viene en claro retroceso: pasó de representar el 21,7% del total regional en 2001, al 14,5% en 2022. La dinámica negativa observada en la ruralidad se ve aún más agravada ante el ritmo de crecimiento experimentado en los espacios urbanos, aunque los valores absolutos son contundentes aun prescindiendo de este contraste. No obstante, existen en el país otras regiones con niveles de ruralidad todavía menores, por lo que al 2022 el NOA, con sus 790 mil residentes rurales, superaba el promedio nacional del 7% (Ver Tabla V).

Tabla V
Población rural (valores absolutos) y participación sobre la población total (valores relativos), por provincia, región NOA y total país, 2001, 2010, 2022

Fuente: elaboración provia sobre CNPV 2001, 2010 y 2022 (INDEC)

A pesar de estas grandes tendencias generales, es posible apreciar movimientos distintos, tanto en signo como en intensidad, al interior de la región durante el período. En provincias como Santiago del Estero y Tucumán hasta el 2010 se advertía una retención de la población en el medio rural,[23] tras el piso mínimo alcanzado en los noventa; sin embargo, los datos recogidos en 2022 muestran una reversión de este proceso de medio término. En el caso tucumano la aceleración en la movilidad de los habitantes rurales según el último relevamiento estadístico fue tal que, incluso, superó al promedio nacional. En cambio, en las demás provincias se sostuvo la trayectoria decreciente a lo largo de todo el ciclo, con alta intensidad de desplazamiento en Salta y Jujuy. Al finalizar la serie, solo Santiago del Estero contaba con un cuarto de su población habitando áreas rurales, mientras que Jujuy y Salta se ubican entre las provincias con menor índice de ruralidad del NOA, con un 9,4%.

El continuo descenso de la población rural, que viene exhibiéndose ya desde mediados del siglo pasado, en los últimos tiempos afecta especialmente a los pobladores dispersos (Mikkelsen et al., 2020). Los datos indican que la población rural asentada en pequeños aglomerados del NOA creció entre los censos del 2001 y 2010, al igual que a nivel nacional, aunque en una proporción menor (2,6% para el NOA frente al 7,8% del promedio nacional). En cambio, fue la población rural dispersa la que se retrajo, también en menor cuantía si comparamos la región con el país (-4,4% contra –9,2%, en ese orden). Una vez más, no es posible hablar de procesos homogéneos, toda vez que en Jujuy se da un evidente traspaso de pobladores dispersos a localidades rurales, mientras que en Salta y Catamarca la movilidad es hacia áreas urbanas. Para 2022 estos movimientos continuaron su marcha, pero tomaron mayor vigor en el Norte que en el promedio nacional. En esta etapa, las localidades rurales de Santiago del Estero y Tucumán expandieron su población, especialmente en el segundo caso, en tanto que la contracción de los habitantes dispersos fue generalizada en toda la región.

Algunos comportamientos demográficos desagregados permiten explorar ciertas dimensiones de este fenómeno poblacional que afectan no solo el tamaño de la población sino, además, el ritmo de crecimiento y la composición por edad y sexo. En este sentido, un aspecto para resaltar es que, si bien todavía subsiste la masculinización en el medio rural en el NOA, se advierte un proceso de alteración de esta tendencia entre censos en algunos tramos etarios (ver Tabla VI).[24] Hacia los inicios del siglo se observaba en las provincias del NOA la expulsión de mujeres en edad productiva, resultando mayor el índice de masculinidad en la ruralidad en los tramos centrales, en contraposición a lo que ocurría en áreas urbanas y en otros grupos de edades. En los últimos registros se verifica una reversión de esta dinámica, razón por la que el índice de masculinidad promedio en el ámbito rural en 2022 es menor en las personas más jóvenes y permanece algo más elevado a partir de los 45 años. Acontece que en la última década la movilidad poblacional del campo a las ciudades es ahora más elevada entre los varones en términos totales y aún más relevante en el grupo de jóvenes de entre 15 a 29 años. Esta dinámica es acompañada por la recuperación en el número de mujeres de 30 años en adelante residiendo en la ruralidad. La merma en el índice de masculinidad es especialmente significativa en Salta y Santiago del Estero, provincias que afrontan en mayor medida los efectos de la agriculturización.

Tabla VI
Índice de masculinidad por área de residencia, región NOA, 2001 – 2022

Fuente: elaboración propia en base a CNPV 2001, 2010 y 2022 (INDEC)

Para interpretar estas tendencias deben considerarse también las transformaciones asociadas a la movilidad estacional de los pobladores rurales. Con la mecanización de la cosecha de los cultivos industriales típicos de la zona y de otros atractores extra regionales, como el maíz en el área pampeana, así como por la competencia de la mano de obra local, las familias norteñas debieron readaptar su estrategia de reproducción social consistente en combinar la actividad predial con el trabajo asalariado estacional de algunos miembros de la familia (Aparicio y Benencia 1999). Acuden, ahora, a migraciones permanentes a áreas más urbanas. Asimismo, algunos autores señalan los efectos de la difusión de la protección social en la reproducción de los hogares rurales, cuyas transferencias monetarias constituyen un piso de ingresos que redefinen las estrategias ocupacionales y los patrones migratorios (Quaranta, 2017).

Finalmente, un factor explicativo adicional del descenso poblacional se halla en que, para 2022, persistían peores condiciones de vida en el medio rural que en el urbano, agravadas en el NOA. En rigor, en ese año, el 10,7% de los hogares norteños presentaba al menos un indicador de necesidades básicas insatisfechas (NBI),[25] frente al 6,7% del promedio nacional. Por su parte, mientras que la ruralidad de la región presentaba el 15,9% de los hogares con NBI, en las zonas urbanas este indicador caía al 9,8% en tanto que los promedios nacionales dan cuenta de una relación de 10,8% y 6,5%, respectivamente. En este marco, las peores condiciones de vida se presentan en la ruralidad salteña (24,7% de hogares con NBI) y las menos críticas en Catamarca (10,4% de hogares con NBI). Los espacios rurales históricamente presentaron situaciones más adversas que las urbanas respecto al acceso y calidad de las infraestructuras y servicios (Mikkelsen, 2007; Cerdá y Salomón, 2017). Estos elementos actúan como condicionantes para la permanencia de pobladores en zonas rurales, favoreciendo desigualdades en las condiciones de vida entre las distintas áreas rurales del país, no obstante, la mejora evidenciada en la región de manera sostenida en las últimas décadas.

Otra dimensión central en lo referido a la movilidad y migración rural es sin duda lo que acontece en términos del mercado de trabajo. La región NOA evidencia baja variación respecto al aporte del sector agropecuario al producto en las últimas décadas; sin embargo, es la composición por sectores de la economía la novedad en este período. Mientras la participación del agro se estabilizó en mínimos históricos, también se fortaleció la actividad minera extractiva, principalmente en Catamarca y Jujuy (Alcoba, 2016), y ganaron peso los servicios, el comercio, el turismo y la construcción, ampliando las posibilidades de trabajo y fuentes de ingresos en la ruralidad. Así, una de las transformaciones estructurales más significativas de las últimas dos décadas en el medio rural latinoamericano es la diversificación de la estructura productiva y su manifestación en el mercado de trabajo a través del crecimiento del empleo rural no agrícola (Rodríguez y Meneses, 2011), edificando los pilares para una nueva ruralidad o ruralidad ampliada, en el sentido expuesto por Camarero (1991).

En términos empíricos, se observa la pérdida de importancia del sector agrícola en el trabajo a lo largo del tiempo, medida a través de la proporción que representan las personas ocupadas en tareas propias del rubro sobre el total de la Población Económicamente Activa (PEA).[26] La proporción de PEA agrícola en el NOA se redujo más de tres veces en el ciclo, pasando de representar el 14% del total del empleo regional en 2001, a sólo el 4,1% en 2022. A nivel nacional este indicador siguió las mismas tendencias: el 2,7% de los trabajadores del país en 2022 se encontraban ocupados en tareas agrícolas, en tanto que en 2001 esta actividad representaba el 8,3% del empleo (ver Tabla VII).

En términos absolutos, la disminución de trabajadores agropecuarios del NOA entre 1991 y 2001 es notable, puesto que casi 79 mil personas fueron expulsadas del sector.[27] En este contexto, Santiago del Estero perdió casi la mitad de los puestos laborales de la actividad agropecuaria, Jujuy solo el 16%, mientras que el resto de las provincias del Norte experimentaron una desaparición cercana a un tercio entre esos años. Pese a la reducción de la cantidad de trabajadores en el agro jujeño, este fue el único que recuperó algo de peso en la región durante la crisis de la convertibilidad, evidenciando que este rubro no fue tan expulsor como otros de la provincia. Esto guarda relación con su estructura agrícola, con mano de obra intensiva, principalmente tabacalera, que se mantiene prácticamente inalterable en las últimas décadas (Alcoba y Alcoba, 2021; Teruel, 2010). En los años 2000, el agro absorbió mano de obra en todas las provincias norteñas, excepto en Catamarca, pero otros sectores lo hicieron en mayor medida, por lo que finalmente la participación sectorial en la PEA igualmente se redujo. De cualquier manera, no se llegó a recuperar el nivel de empleabilidad observado a inicios de los años noventa. Finalizando el ciclo analizado, se evidencia una nueva contracción en la capacidad de empleo del sector, especialmente en Salta y Santiago del Estero, en donde la ocupación se redujo más de la mitad. Así, se da un renovado proceso de expulsión de trabajadores agrícolas y la participación del agro en el empleo cae a mínimos históricos.

Tabla VII
Trabajadores agropecuarios (valores absolutos) y participación sobre la PEA total (valores porcentuales), por provincia y total NOA, 2001-2022

Fuente: elaboración propia en base a CNPV 2001, 2010 y 2022 (INDEC)

Del total de trabajadores agropecuarios relevados en 2010 (último dato disponible), cerca de la mitad vivía en áreas rurales en Santiago del Estero y Tucumán. En Catamarca, el 59% de las personas ocupadas en el sector permanecía en el campo; en Jujuy, el 43%; mientras que, en Salta, solo el 29%. De este modo, la cantidad de trabajadores sectoriales radicados en áreas rurales del NOA disminuyó un 17,4% con respecto a 2001 y es probable que esa trayectoria continúe a la baja, según la tendencia a la urbanización de la residencia de los trabajadores agrícolas observada. Este es un fenómeno persistente a lo largo del tiempo, relacionado con la preferencia por vivir en ciudades con mejor acceso a servicios, pero potenciado más recientemente, entre otros factores, por la siembra directa en el cultivo de cereales y oleaginosas, el uso de semillas transgénicas y otros desarrollos tecnológicos que reducen la demanda de mano de obra y la concentran en períodos más breves (Raposo y Pellegrini, 2014), impulsando a las familias a procurar completar el año de trabajo con ocupaciones en otros sectores económicos (Berger et al., 2012).

La movilidad desde el lugar de residencia al predio es más difícil y onerosa para las personas localizadas en campo abierto. Ello explica que hayan sido los ocupados dispersos quienes cambiaron su lugar de residencia en mayor medida (sufrieron, en promedio, una caída del 22% entre 2001 y 2010), mientras que, al contrario, los ocupados asentados en áreas rurales con mayor peso demográfico crecieron en un 7,2%. En este lapso, Tucumán fue la provincia de la región que más incrementó su población rural agrupada con ocupaciones agrícolas, mientras que Jujuy y Catamarca se encontraron entre las que mayores retrocesos experimentaron en cuanto a la cantidad de ocupados viviendo en campo abierto. Aun mediando la pérdida de importancia del empleo agrícola y la gravitación de nuevas ocupaciones en zonas no urbanas, el sector agropecuario continuaba siendo la actividad principal entre los trabajadores del medio rural del NOA en 2010, agrupando al 28,6% de los ocupados del área. Sin embargo, se trata de una dinámica en retroceso, ya que, en 2001, las tareas agrícolas reunían una proporción de la población residente de los espacios rurales bastante más significativa (48%).

Además de la evolución de los indicadores clásicos, es posible observar transformaciones en la organización del trabajo sectorial. A la salida de la convertibilidad se apreciaba un crecimiento del trabajo agrícola asalariado, pasando de representar el 48% del empleo del rubro en el conjunto del NOA en 1991 a más del 60% en el siglo XXI, aunque con situaciones muy dispares para las provincias. A modo ilustrativo se puede mencionar que, mientras la cantidad de personas asalariadas en el agro en Salta creció un 72% entre 2001 y 2010, en otras provincias como Jujuy solo se recuperó en un 15%. Sin embargo, en los años más recientes la contratación de peones y otros empleos asalariados en el sector se contrajo en toda la región, resultando más afectados los trabajadores de Salta y Santiago del Estero. La reducción del empleo asalariado explica el derrotero del trabajo agrícola total en la primera provincia mencionada; en cambio, en la segunda, este efecto fue acompañado por el desplazamiento de productores independientes y sus familias. Por su parte, en Jujuy se pierde la mitad de los puestos en relación de dependencia y un tercio del trabajo familiar, en tanto crecen las posiciones más flexibles. El trabajo familiar de la región viene presentando descensos relativos de consideración en los últimos censos: de los casi 16 mil trabajadores en esta condición ocupados en actividades sectoriales en 2001, al 2022 permanecían 5.365. En base a ello se plantea que probablemente el trabajo familiar y la dirección de las unidades productivas que se habían transformado, en parte, en trabajo asalariado en la primera década de los dos mil, en la actualidad se encuentran enfrentando nuevas formas de precarización laboral, cuando no desplazamientos, abandonos de la actividad y migraciones en busca de nuevas oportunidades de reproducción social.

Por otro lado, el empleo público contenía a una parte considerable de los trabajadores del medio rural de la región al 2010, a pesar de la reducción asociada a las reformas estructurales de la década del ‘90, que hicieron desaparecer o mermar el empleo en servicios públicos como el ferrocarril, el correo o los teléfonos (Bergesio et al., 2009). Concretamente, el 34% de las personas ocupadas del sector rural del NOA en 2010 trabajaban en alguno de los tres niveles del Estado, proporción que era apenas superior entre los trabajadores urbanos (37%). Aquí se cuenta una amplia gama de actividades, desde tareas administrativas hasta educación, salud y seguridad. Cabe destacar que en las áreas rurales de Catamarca el empleo público adquiere mayor relevancia que en el resto del conjunto, ya que contenía a un 58% de la PEA rural, resultando relevante el papel desempeñado por los municipios (23% del empleo rural).

Reflexiones finales

El panorama regional da cuenta de un proceso de gran transformación de la estructura productiva y demográfica en lo que va del siglo XXI a partir del análisis de las estadísticas oficiales. El fenómeno de la agriculturización, así como la “pampeanización” de las economías regionales, parece corroborarse para el NOA, con sus propios ritmos y límites. Muchas de las características actuales del sector agropecuario se insinuaban a inicio de los años 90; parte de esta nueva dinámica parece estar agudizando las tendencias preexistentes.

La disminución de la cantidad de unidades productivas, el incremento de la superficie implantada por encima del promedio nacional a costa de desmonte, la concentración de la superficie en las explotaciones más grandes y el avance de los cultivos extensivos -soja y maíz, principalmente- son todos rasgos de la etapa reciente que el Norte argentino se encuentra atravesando. En cuanto a las actividades tradicionales, creció la importancia de la caña de azúcar en Salta y Jujuy, asociada a capitales concentrados y gracias al impulso de políticas públicas que promovieron el bioetanol, mientras que en Tucumán desapareció más de la mitad de las pequeñas explotaciones, verificándose un proceso de concentración de la superficie cultivada. En el caso del tabaco, Salta pasó a ser la principal provincia productora de la región, ya que la actividad se estancó en Jujuy y se contrajo sensiblemente en Tucumán. Por su parte, Santiago del Estero duplicó las hectáreas destinadas al cultivo de algodón. En contraposición, la producción de hortalizas, principal actividad agrícola en la que los pequeños productores familiares de la región generan valor, se redujo a la mitad en cuanto a la superficie disponible. Sumado a ello, la ganadería menor, otra de las actividades primordiales del sector de pequeños productores, también aparece en alarmante retirada.

Estos procesos condujeron a una diferenciación entre las provincias del NOA, un desarrollo intensivo de la producción en Santiago del Estero y Salta, con características semejantes a la región pampeana que profundizan su perfil sobre la base de cereales y oleaginosas, junto con la cría intensiva de ganado bovino, pero sin dinamizar el empleo. En contraste, los productores familiares menos capitalizados, productores de alimentos, vieron transformada su actividad, ya sea por la capacidad de trabajo de las unidades familiares, la diversificación de la oferta de trabajo en la región, la movilidad o el desplazamiento. Parte de los productores independientes y de los trabajadores familiares que venían resultando contenidos por el empleo asalariado ahora desaparecen de las estadísticas. Se corrobora, así, la migración permanente de la población rural hacia zonas más pobladas y la búsqueda de oportunidades fuera del sector agrícola, a diferencia de otros momentos históricos. Estos fenómenos refuerzan las dificultades para la permanencia de los pequeños productores al tiempo que se pone en riesgo la seguridad alimentaria de toda la población.

En base a los datos presentados, planteamos como líneas interpretativas a seguir trabajando que el avance del agronegocio, las condiciones de vida y las posibilidades de trabajo en el espacio rural actúan como factores expulsores. Este escenario se entrecruza con los estímulos que ofrecen las ciudades, así como con las transformaciones económicas de distinta índole que atraviesan los territorios rurales, tales como el auge del turismo, los proyectos mineros, la urbanización, entre otras, que compiten por el uso de la tierra y transforman el empleo. Resta comprender, entonces, las estrategias de reproducción de los actores rurales ante esta compleja realidad, que parecen exceder la lógica clásica de combinar trabajo predial con ocupación asalariada temporaria migrante.

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Notas

[1] La migración como problemática en la continuidad generacional de explotaciones agropecuarias fue trabajada por Durston (1998), Roman (2003), Kessler (2006), entre otros.
[2] Se denomina de ese modo a la subetapa de la agriculturización iniciada en décadas previas, que, lejos de implicar diversificación, derivó, por el contrario, en que otros cultivos tradicionales del área pampeana (maíz, trigo y girasol) se estancaran o disminuyeran, por no poder competir con los costos y precios que ofrece la soja.
[3] En 2010, la soja ocupaba el 63% de área sembrada del país (17,5 millones hectáreas).
[4] El análisis para el período 1988 y 2002 da cuenta de la reducción de 2 millones de cabezas de vacuno y 3 millones de ovinos, paralelamente a la expansión de la superficie destinada al cultivo de granos en 4,6 millones de hectáreas.
[5] Slutzky (2005) para Salta; Azcuy Ameghino y Ortega (2013) para el NOA; Garrido (2005) para Tucumán.
[6] Las autoras definen al sector de pequeños productores, en contraste con el empresarial, como aquel en el que el productor trabaja directamente; no se emplean trabajadores no familiares remunerados de manera permanente; la forma jurídica no es la de sociedad anónima o en comandita por acciones; la superficie total de la explotación es de hasta 1.000 hectáreas (Ha) en Santiago del Estero y hasta 2.500 en Jujuy, Salta, Catamarca y Tucumán; la superficie cultivada es de hasta 500 Ha en Santiago del Estero y hasta 200 Ha en el resto de la región; y puede poseer hasta 500 unidades ganaderas en todas las provincias. A los fines de la exposición tomamos como intercambiables los términos pequeños productores y agricultura familiar, como conceptos que contienen una diversidad de sujetos que componen la estructura social agraria, sin desconocer las diferencias teóricas y empíricas que los sustentan.
[7] Calculado a partir de la serie elaborada por CEPAL (2022) en colaboración con el Ministerio de Economía de la Argentina, única base de datos homogénea disponible con apertura por jurisdicciones con posterioridad al 2004.
[8] Si bien Tucumán viene registrando una tendencia a la merma en las EAP censo tras censo, algunos autores (Ceconello et al., 2021), plantean serias dificultades en el procedimiento de relevamiento, que posiblemente inciden en la fuerte caída de EAP reflejada en los datos: deficiencias en la logística, escaso tiempo para capacitar en el uso de los dispositivos tecnológicos; problemas técnicos, software y hardware inadecuados; etc.
[9] Dichos autores delinean tres posibles factores incidentes en el comportamiento de las explotaciones: una parte “desaparece como consecuencia del avance de la frontera agropecuaria (…), otra parte de las EAP sin límite definido se transformó en EAP con límite definido, como producto de la acción del movimiento rural y de algunas políticas públicas implementadas en los últimos años. Finalmente, también se produjo un subregistro (…) en el orden aproximado de las 4 mil explotaciones” (de Dios, Paz y Rossi; 2021, p.172).
[10] Como resaltan los autores citados, se puede deducir que este proceso de regularización de las EAP ha sido en favor de pequeñas explotaciones, corroborando la disminución de la superficie promedio por unidad.
[11] En términos absolutos, se destaca Salta con una pérdida de 546 mil hectáreas y Catamarca con 388 mil.
[12] También crecen las aromáticas, medicinales y condimentarias, aunque con valores absolutos poco significativos.
[13] Elizalde y Riffel (2015) indican que el avance de la agricultura disminuyó la disponibilidad de pasturas de alta capacidad y calidad, trasladando el abastecimiento del alimento del rodeo hacia áreas marginales. Esto derivó en un mayor uso de granos y forrajes conservados, así como la aparición de nuevos sistemas de producción que combinan pastoreo con corral, tanto en la etapa de recría como en la de engorde.
[14] Este es el caso del algodón en Chaco, cuya superficie se contrajo en un 43%, o la yerba mate en Misiones, con un retroceso del 23% de las hectáreas productivas, entre los ejemplos más emblemáticos.
[15] En mucha menor medida también se cultivaba maíz de guinea, caña de bambú y mandioca, mientras que en 2002 algunas hectáreas eran destinadas, además, para la producción de jojoba, en Catamarca, y café, en Salta, diversidad que se ha perdido, al menos en cuanto a lo que permiten apreciar las estadísticas agrícolas oficiales.
[16] Entre 2013 y 2018 la elaboración de bioetanol se expandió un 35%, mientras que la elaboración de azúcar presentó una tendencia a la baja en dicha provincia (Dirección Provincial de Estadísticas y Censos de la Provincia de Jujuy DiPEC, 2025). En 2017, el NOA era la principal región argentina en la producción de bioetanol, destacando en términos relativos los ingenios de La Florida y Cruz Alta en Tucumán, Ledesma en Jujuy, y San Martín del Tabacal en Salta; el resto de este alcohol se elaboraba en Córdoba, San Luis y Santa Fe (SPE, 2018).
[17] Este proceso responde a una reconversión estructural del complejo azucarero, caracterizado por una fuerte concentración y extranjerización. El fenómeno obedeció tanto al endeudamiento de algunos ingenios como a las estrategias de acumulación de firmas hegemónicas del sector agroalimentario (Coca & Cola, Pepsi, Arcor, Danone, Kraft Foods, Nabisco, Nestlé, etc.) buscando abastecerse regularmente de un insumo estratégico para la fabricación de alimentos y bebidas, en ciertos casos estrechando vínculos con los ingenios, en otros a partir de la adquisición directa, en un marco de centralización del capital (Anino e Iturregu, 2011; Gómez Lende, 2014).
[18] Según Chavez y Alcoba (2014) en 2002 el 47% del Valor Bruto de Producción (VBP) de los pequeños productores del NOA se generaba en la producción de hortalizas a campo. Dentro de esta actividad, el 53% del VBP total y el 59% de la superficie cultivada se atribuía a los pequeños productores, tratándose de la única actividad productiva agrícola en que superaban la participación de las unidades empresariales.
[19] Esta relocalización no implica traslado directo de animales entre las regiones, pues es necesaria una genética adaptada a los distintos ambientes con implementación de pasturas también adaptadas (Azcuy Ameghino y Ortega, 2013). No debe descartarse el efecto de las mejoras productivas o la expansión de la suplementación, que permitieron reducir la superficie destinada a la ganadería sin disminuir el stock ganadero, ni la influencia de las políticas públicas, entre otros factores determinantes.
[20] En un contexto que promociona el consumo de productos andinos por atributos geográficos y/o culturales, como por sus características nutricionales. Para más detalle ver Alcoba et al. (2021).
[21] Siguiendo a Quiroga Mendiola et al. (2021), el pastoralismo es un tipo de producción y de vida basado en la cría extensiva de ganado que ocupan extensos territorios para mantener los rebaños, movilizándose muchas veces entre distintos sitios ecológicos en búsqueda de pasturas. Se estima que en la Puna y valles secos de altura del NOA más del 80% del ganado se encuentra bajo esta forma productiva.
[22] Para un análisis del tema, ver, por ejemplo, Abeles y Villafañe (2022).
[23] Para un análisis más profundo para el caso de Santiago del Estero, ver Quaranta (2021).
[24] Algunos trabajos han advertido sobre la tendencia a la masculinización de los territorios rurales, asociada a la falta de igualdad de oportunidades para las mujeres en este medio, especialmente acusada en las edades en que ellas desempeñan un papel destacado en los planos productivo y reproductivo (Cejudo García y Navarro Valverde, 2019). Sili et al. (2016) señalan como factores a considerar a la hora de comprender la migración de las mujeres a los mecanismos de herencia o traspaso de la propiedad de las unidades productivas agrarias hacia el varón, el control social y parental de la mujer, su reclusión al ámbito de lo privado y a trabajos y roles relacionados con tareas del cuidado, entre otros.
[25] Las NBI abarcan: Vivienda de tipo inconveniente (vivienda de inquilinato, precaria u otro tipo); sin cuarto de baño; hacinamiento critico (más de tres personas por cuarto); hogares con niños en edad escolar (6 a 12 años) que no asisten a la escuela; hogares cuyo jefe tiene bajo nivel de educación (dos años o menos en el nivel primario).
[26] La PEA se define como la cantidad de personas que, teniendo edad para trabajar, efectivamente trabajan o se encuentran activamente buscando un trabajo.
[27] Las economías regionales atravesaron recurrentes crisis en las actividades tradicionales (vid, algodón, tabaco, azúcar, etc.), en el marco de la desregulación estatal del mercado interno y reconversión productiva hacia un modelo de pocos asalariados y el incremento de flujos migratorios hacia los centros urbanos (Alcoba, 2016). Asimismo, hacia finales del siglo pasado, ya empezaban a aparecer las consecuencias del avance de la frontera agropecuaria, en lo que se conoce como el proceso de acumulación por desposesión (Harvey, 2006), para referir al proceso basado en la apropiación de recursos naturales y la expulsión de poblaciones campesinas.
Contribución de autoría (CRediT) Laura Alcoba y Mariana Bernasconi: conceptualización, curación de datos, análisis formal, investigación, metodología, recursos, visualización, redacción del borrador original, redacción: revisión y edición.

María Florencia Chavez: conceptualización, curación de datos, análisis formal, investigación, metodología, recursos, redacción del borrador original.

Nota: aprobado por Susana Alicia Grosso (Secretaria Editorial)



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