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Una introducción a la economía política agraria: antecedentes intelectuales, momento fundacional y exploraciones contemporáneas
An introduction to agrarian political economy: intellectual background, founding moment and contemporary explorations
Pampa. Revista Interuniversitaria de Estudios Territoriales, núm. 29, e0078, 2024
Universidad Nacional del Litoral

Artículos

Pampa. Revista Interuniversitaria de Estudios Territoriales
Universidad Nacional del Litoral, Argentina
ISSN: 1669-3299
ISSN-e: 2314-0208
Periodicidad: Semestral
núm. 29, e0078, 2024

Recepción: 10 octubre 2023

Aprobación: 30 abril 2024


Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.

Resumen: La economía política agraria es una corriente intelectual utilizada como marco de referencia para los estudios agrarios y rurales que se realizan desde una perspectiva marxista. A partir de una revisión bibliográfica, este artículo presenta el recorrido de la economía política agraria desde sus antecedentes más remotos hasta algunas de sus principales preocupaciones contemporáneas. En este sentido, el artículo destaca que la economía política agraria se ha concentrado en estudiar los problemas originados por la contradicción estructural del capitalismo en la agricultura, superando las lecturas restringidas que acusan del atraso de la producción agraria a los escasos procesos de modernización.

Palabras clave: Cambio agrario, Campesinos, Capitalismo, Cuestión agraria, Economía política agraria.

Abstract: Agrarian political economy is an intellectual current used as a framework for agrarian and rural studies carried out from a Marxist perspective. Based on a bibliographic review, this article presents the journey of agrarian political economy from its most remote antecedents to some of its main current concerns. In this sense, the article highlights that agrarian political economy has concentrated on studying the problems caused by the structural contradiction of capitalism in agriculture, overcoming the restricted readings that accuse the lack of modernization processes of the backwardness of agrarian production.

Keywords: Agrarian change, Peasants, Capitalism, Agrarian question, Agrarian political economy.

Introducción

La economía política agraria es una corriente que incorpora una diversidad de objetos de estudio, períodos históricos, enfoques e interpretaciones. Sin embargo, en un importante ejercicio de síntesis, la declaración editorial del Journal of Agrarian Change[1] definió la economía política agraria como el estudio de “las relaciones sociales y la dinámica de la producción, la propiedad y el poder en las formaciones agrarias y sus procesos de cambio, tanto históricos como contemporáneos” (Bernstein & Byres, 2001a).

Según Henry Bernstein (2015), los antecedentes más remotos de este campo de estudio son la economía política clásica de Francia, Inglaterra y Escocia del siglo XVIII, y los escritos dispersos de Karl Marx y Friedrich Engels sobre la agricultura capitalista del siglo XIX. No obstante, aunque François Quesnay, Adam Smith y David Ricardo abordaron algunos problemas del capitalismo agrario, para la economía política agraria fue más influyente la explicación de Marx sobre la acumulación originaria (2007; 2012) y la denuncia de Engels sobre El problema campesino en Francia y en Alemania (1976). Estos aportes, a su vez, constituyeron los elementos cardinales y distintivos que orientaron la discusión de la cuestión agraria entre 1890 y 1950, conocida actualmente como la cuestión agraria clásica.

Ya en la década de 1960, en un contexto caracterizado por los debates del desarrollo/subdesarrollo y la ruptura colonial de varios países de Asia y África, se instauraría el sentido actual de la economía política agraria. Retomando algunos elementos de la cuestión agraria clásica, los estudios concentrados en distintos periodos históricos y en varios lugares del mundo aportaron una visión interpretativa sobre la situación del campesinado y la irrupción del capitalismo en el campo. Más adelante, la vigencia de la economía política agraria estaría determinada por distintas exploraciones conducentes a entender los fenómenos sociales agrarios presentes hoy en día.

En este orden de ideas, la intención de este trabajo es presentar una breve introducción de la economía política agraria que recorre desde sus antecedes más remotos hasta sus principales preocupaciones contemporáneas. Para desarrollar esta temática, el artículo se divide en tres partes. En la primera parte se presenta un esbozo sobre los antecedentes intelectuales de la economía política agraria desarrollados durante el siglo XIX. En la segunda parte se explica el momento fundacional de la economía política agraria y, finalmente, la tercera parte se concentra en explicar algunas de sus preocupaciones actuales.

Antecedentes intelectuales: el debate sobre la cuestión agraria clásica

Pese a que el capitalismo agrario –como fenómeno particular– tuvo un tratamiento poco sistemático en la obra de Marx, es posible considerar que en su análisis general del origen del capitalismo se encuentra el punto de partida de su preocupación por la cuestión agraria (Akram-Lodhi & Kay, 2010, p. 181). Para Marx, el modelo capitalista de producción surge a partir de un determinado tipo de acumulación que, al formar la prehistoria del capital y del capitalismo, se denomina “acumulación originaria”, y que consiste en “el proceso histórico de disociación entre el productor y los medios de producción” (Marx, 2012, p. 608). De esta forma, una de las principales fuentes de acumulación originaria ha sido el “proceso de expropiación que priva de sus tierras al productor rural, al campesino” (Marx, 2012, p. 609), lo cual lo ha obligado a convertirse en un trabajador asalariado.

La preocupación fundamental sobre la acumulación originaria se venía discutiendo desde los textos preparativos de El Capital. En los Elementos fundamentales para la crítica de la economía política, conocidos usualmente como los Grundrisse, Marx asegura que un supuesto del trabajo asalariado y una de las condiciones históricas del capital es la “separación del trabajo libre con respecto a las condiciones objetivas de su realización, con respecto al medio de trabajo y al material de trabajo. Por lo tanto, ante todo, separación del trabajador con respecto a la tierra como su laboratorium natural –y, por consiguiente, disolución de la pequeña propiedad de la tierra” (Marx, 2007, p. 433).

El mismo proceso que convierte al campesino en un trabajador asalariado crea, simultáneamente, un nuevo mercado. “Antes, la familia campesina producía y elaboraba los medios de vida y las materias primas, que luego eran consumidas, en su mayor parte, por ella misma. Pues bien, estas materias primas y estos medios de vida se convierten ahora en mercancías” (Marx, 2012, p. 635). La destrucción de la producción doméstica campesina proporciona un mercado interior que establece, en el momento germinal del capitalismo, la necesidad de producir mercancías a partir de la manufactura y, en una etapa más avanzada, de la gran industria.

En efecto, el movimiento que convierte a los pequeños labradores en obreros asalariados y a sus medios de vida y de trabajo en elementos materiales del capital, crea a éste, paralelamente, su mercado interior (…) El hilo, el lienzo, los artículos bastos de lana, objetos todos de cuya materia prima disponía cualquier familia campesina y que ella hilaba y tejía para su uso, se convierten ahora en artículos manufacturados, que tienen su mercado precisamente en los distritos rurales. La numerosa clientela diseminada y controlada hasta aquí por una muchedumbre de pequeños productores que trabajan por cuenta propia se concentra ahora en un gran mercado atendido por el capital industrial. (Marx, 2012, p. 635-636)

No obstante, la acumulación originaria que se realiza a partir de la expropiación de la tierra a los productores rurales adopta diversas modalidades y métodos de acuerdo a la región donde se presenta[2]. En El Capital, por ejemplo, Marx toma como modelo el caso de Inglaterra, donde la separación del trabajador con respecto a la tierra reviste distintos métodos, entre los que se encuentran “la depredación de los bienes de la Iglesia, la enajenación fraudulenta de las tierras del dominio público [y] el saqueo de los terrenos comunales” (Marx, 2012, p. 624). El uso de estos métodos instauró una particular relación entre la agricultura campesina precapitalista y el surgimiento del capital agrario, la cual se caracterizó por la irrupción de la agricultura capitalista, la incorporación del capital a la tierra y la creación de un gran número de trabajadores libres y privados de medios de vida.

Desde Los Debates sobre la Ley acerca del Robo de Leña, publicados en la Gaceta Renana en el año de 1842, se evidencia el interés de Marx por los procesos que generan la privación de los medios de vida a los campesinos. Según Marx, “la recolección de la leña suelta y el robo de la leña son por lo tanto cosas esencialmente diferentes” (Marx, 1983, p. 208), la equiparación de estos dos actos –recolección y robo– tiene como propósito la eliminación de la propiedad común y la consolidación de la propiedad privada.

Debido a que la preocupación por la cuestión agraria se concentró, especialmente, en el surgimiento del capital agrario, la acumulación del capital rural, la industrialización a gran escala y la proletarización; la cuestión agraria en Marx se puede presentar como una cuestión agraria del capital (Bernstein, 2006; Akram-Lodhi & Kay, 2010; Campling y Lerche, 2016). No obstante, en la obra de Marx se encuentra una implicación menos obvia sobre la cuestión agraria, esta se relaciona con el concepto de “subsunción”, el cual es explicado en el Capítulo VI (inédito) de El Capital de la siguiente forma:

El proceso de trabajo se convierte en el instrumento del proceso de valorización, del proceso de la autovalorización del capital: de la creación de plusvalía. El proceso de trabajo se subsume en el capital (es su propio proceso) y el capitalista se ubica en él como dirigente, conductor; para éste es al mismo tiempo, de manera directa, un proceso de explotación de trabajo ajeno. Es esto a lo que denomino subsunción formal del trabajo en el capital. Es la forma general de todo proceso capitalista de producción, pero es a la vez una forma particular respecto al modo de producción específicamente capitalista. (Marx, 2009, p. 54)

La subsunción del proceso de trabajo genera ciertas “formas híbridas”[3] “en que la plusvalía no le es arrancada al productor por la coacción directa, ni brota tampoco de la supeditación formal del obrero al capital” (Marx, 2012, p. 426). Esto quiere decir que, aunque los campesinos sean desposeídos de la tierra, el capitalismo subsume el trabajo campesino a través de formas híbridas que reconfiguran y consolidan la persistencia de este grupo social (Akram-Lodhi & Kay, 2010, p. 182).[4]

Por su parte, casi una década después de la muerte de Marx, Engels escribió que “el campesino es un factor esencialísimo de la población, de la producción y de poder político” (Engels, 1976, p. 420). Sin embargo, como factor de poder político, los campesinos se caracterizaban por su apatía o porque habían permitido que el terrateniente se autoproclamará representante de sus intereses. De esta forma, a diferencia de la cuestión agraria del capital, el énfasis principal que Engels adopta se relaciona con las implicaciones políticas de la cuestión agraria.

Engels reconocía que en algunos territorios de Europa Occidental, tal como lo había expuesto Marx, “la gran propiedad territorial y la agricultura en gran escala han desplazado totalmente al campesino que cultiva la tierra para sí” (Engels, 1976, p. 420). Sin embargo, pese a que el desarrollo del capitalismo favorece el decaimiento de la pequeña explotación agrícola, en otros lugares los campesinos seguían encarnando un grupo social importante. Según Engels, la subsistencia de la pequeña explotación agrícola acrecentaba la importancia de los campesinos, los cuales debían adoptar una respuesta política a la emergente crisis agraria, abanderándose de la lucha rural que otrora se había adjudicado “el gran terrateniente disfrazado de amigo importuno de los campesinos” (Engels, 1976, p. 421).

Ahora bien, debido a que los campesinos están formados por elementos diversos que se modifican según la región donde se encuentran, Engels realizó una clasificación general de éstos con el propósito de decidir qué secciones o estratos podrían incorporarse a la lucha social liderada por el partido de la clase trabajadora urbana (Byres, 1991). Para Engels, en el campo se encuentra una estructura de clase rural que incorpora tres tipos de campesinos: los pequeños campesinos, los medianos y ricos campesinos y los grandes terratenientes. Sería, principalmente, la alianza con los pequeños campesinos –futuros proletarios– el camino para lograr el poder político, tanto en la ciudad como en el campo.

De cualquier manera, la existencia de una estructura de clase rural constituye una combinación contradictoria de los lugares de clase de capital y trabajo. Por esta razón, siguiendo a Akram-Lodhi y Kay (2010), en Engels aparece una cuestión agraria para y sobre el trabajo y la expresión de su agencia, temas que fueron planteados e incorporados más tarde por la cuestión agraria clásica, y que en la actualidad se retoman en la llamada cuestión agraria del siglo XXI.

Por su parte, otros antecedentes intelectuales que influyeron en la economía política agraria, fueron los trabajos que desde finales del siglo XIX realizaron Karl Kautsky (1974) y Vladimir Lenin (1972) sobre la consolidación de las relaciones capitalistas de producción en la agricultura. Sus debates e interpretaciones, desde una postura marxista, permitieron establecer una perspectiva analítica muy influyente durante la primera mitad del siglo XX, la cual se conoce como la cuestión agraria clásica, y que se convirtió en el antecedente inmediato de la actual economía política agraria.

Tanto para Kautsky como para Lenin, la transformación rural estaba determinada por los procesos que permitían el surgimiento generalizado del capital. Esto indica que, al igual que en Marx, fue el proceso por el cual se estableció el capital agrario el que estaba en el corazón de su cuestión agraria de interpretación clásica. Así pues, gracias al desarrollo de algunas ideas presentes en Marx y Engels, y a los estudios concretos realizados por Kautsky y Lenin, la cuestión agraria clásica tendría una perspectiva interpretativa amplia, que comprende problemas como la especialización y diferenciación social, el proceso de transformación rural, la formación de clase rural, la tenencia de la tierra y la deuda de los campesinos y pequeños productores.

En su obra titula La cuestión agraria, Kautsky intentó explicar “cómo el capital se apodera de la agricultura, la transforma y hace insostenible las viejas formas de producción y de propiedad, y crea la necesidad de otras nuevas” (1974, p. 12). La tesis central de Kautsky fue que la industria capitalista lograría eliminar rápidamente la producción doméstica campesina, creando una dependencia de los campesinos hacia el mercado y, en consecuencia, la necesidad de dinero. De esta forma, para conseguir dinero, los campesinos deberían “convertir en mercancías sus productos, llevarlas al mercado y venderlas” (Kautsky, 1974, p. 16). Sin embargo, debido a que los productos de los campesinos no son competitivos en el mercado, ellos se ven obligados a la búsqueda de ingresos suplementarios por fuera de la explotación agrícola, creando obreros asalariados, proletarización de los campesinos y reducción de la familia rural.

Por su parte, en el estudio sobre El desarrollo del capitalismo en Rusia, Lenin presentó una interpretación similar a la de Kautsky, argumentando que, como resultado de la economía mercantil –y después capitalista–, los productos de la agricultura se convierten en mercancías y, posteriormente, “una parte cada vez mayor de la población se va separando de la agricultura” (Lenin, 1972, p. 18). De este modo, el desarrollo del capitalismo implica la desaparición de todas las formas de producción precedentes. No obstante, después de los sucesos revolucionarios de 1905, Lenin replanteó su postura sobre los campesinos y consideró que una parte de la estructura de clase rural debería participar de la lucha revolucionaria, liderada por el proletariado comunista urbano. Así, en el Esbozo inicial de las tesis sobre la cuestión agraria (1980), Lenin –al igual que Engels– expuso la estructura de clase rural presente en el campo, la cual se encontraba compuesta por el proletariado agrícola, los semiproletarios, los pequeños campesinos, los campesinos medios y los campesinos ricos.

En definitiva, es posible afirmar que la cuestión agraria clásica se refiere al grado en que el capitalismo se ha desarrollado en el campo, las formas que toma y las barreras que pueden impedirlo (Byres, 1991, p. 10). Esta interpretación de la cuestión agraria se relaciona directamente con la cuestión agraria del capital, separándose del sentido político dado por Engels, pero retomando el problema del campesinado diferenciado (estructura de clase rural). Después de la segunda mitad del siglo XX, los elementos presentados por la cuestión agraria clásica –y su crítica– facilitaron la formulación de nuevas preguntas que iban más allá del enfoque europeo del marxismo “clásico”, las cuales se concentraron en algunas problemáticas locales que tendrían un alcance global.

¿Desaparición o pervivencia del campesinado?: el momento fundacional de la economía política agraria

A partir de la década de 1960, en el momento fundacional de la economía política agraria –y donde se originó su sentido actual–, fue trascendental la concurrencia de dos factores. Por un lado, el esfuerzo por comprender los problemas y las perspectivas de desarrollo económico de los países más pobres, donde los campesinos continuaban representando un grupo social importante; por otro lado, el interés de estudiar y demostrar los aportes de las formaciones agrarias precapitalistas y los caminos y dinámicas de cambio agrario en las experiencias de los países desarrollados y subdesarrollados (Bernstein, 2015, p. 456). Así las cosas, en Europa y Estado Unidos este momento fundacional estuvo condicionado por los estudios de Alexander Chayanov (1966; 1974), Eric Wolf (1972; 1978), Barrington Moore (2002), Teodor Shanin (1983), James Scott (1976), entre otros.

Los estudios de Chayanov fueron especialmente relevantes para comprender la naturaleza y lógica del campesinado, aunque la tardía traducción de sus obras impediría que se conozcan sus interpretaciones hasta la década de 1960[5]. A diferencia de Kautsky y Lenin, Chayanov sostenía que las unidades de explotación domésticas resistirían a la expansión del capitalismo y, por esa razón, se debían considerar “como un agente de primer orden en la planificación de la modernización del sector” (Bretón, 1993, p. 129). Esta explicación defendía la economía campesina como un tipo de economía particular, la cual se sustenta en la familia campesina y su reproducción generacional (Chayanov, 1974). La influencia de Chayanov favoreció el debate sobre la supervivencia y la especificidad del campesinado, especialmente desde una perspectiva económica que se opone a la interpretación del campesinado como cultura tradicional.[6]

Más adelante, las obras de Wolf, Moore y Scott establecerían las condiciones para que se extienda el alcance geográfico e histórico de las investigaciones enmarcadas en la economía política agraria, he incorporaron una perspectiva comparada. En este sentido, Las luchas campesinas del siglo XX (1972), Los orígenes sociales de la dictadura y la democracia (2002) y The moral economy of the peasant (1976), fueron trabajos muy importantes para comprender el papel político desempeñado por los campesinos en diferentes lugares del mundo, rescatando, tácitamente, la discusión que Engels había promovido al finalizar el siglo XIX.

Igualmente, gracias a que Wolf y Shanin profundizaron en la estructura social campesina –rescatando sus características económicas–, fue posible considerar a la economía campesina y al campesinado como parte de una sociedad mayor interconectada, pues la interpretación del campesinado como cultura tradicional sostenía que las sociedades rurales eran aisladas y cerradas. En su trabajo titulado Los campesinos, Wolf sostuvo la coexistencia de varios tipos de campesinado; sin embargo, “en el fondo, el término campesino denota una relación estructural asimétrica con productores de excedentes y dirigentes” (1978, p. 20). Shanin, por su parte, aseguró que la clase incomoda –como llamaba al campesinado– debía producir “para su propio consumo y para el cumplimiento de sus obligaciones con los detentadores del poder político y el económico” (1971, p. 216). Estos enfoques permitieron que se categorice a la comunidad campesina como un segmento social subordinado a otro grupo social dominante.

En estas lecturas fundacionales, las reflexiones sobre el tránsito del mundo preindustrial al moderno siguieron ocupando un espacio muy importante. Por ejemplo, Moore (2002) planteó la existencia de tres vías que permitieron el paso del mundo preindustrial al moderno: las revoluciones burguesas, el comunismo y la forma capitalista y reaccionaria. Igualmente, Shanin (1983) distinguió cuatro patrones paralelos presentes en el desarrollo del campo: la agricultura en gran escala, los campesinos como un estrato profesional de agricultores, el empobrecimiento acumulativo del campesino y la colectivización de la agricultura organizada por el Estado. Adicionalmente, debido al acelerado desarrollo del capitalismo como proyecto global, y al nuevo alcance geográfico de las investigaciones realizadas en los países periféricos por autores europeos y estadounidenses, a partir de este momento la economía política agraria concedió gran importancia a la dimensión internacional y a sus efectos para la agricultura y los agricultores. De ahí que se pueda considerar el estudio de Harriet Friendmann y Philip McMichael (1989), sobre los regímenes alimentarios internacionales, como el trabajo precursor del enfoque del sistema mundo en la economía política agraria.

Es importante mencionar que durante el periodo fundacional de la economía política agraria, y en los años subsiguientes, los académicos latinoamericanos no se alejaron de las discusiones promovidas en Europa y Estados Unidos. Desde una perspectiva relacionada con esta corriente y bajo una mirada situada, varios autores analizaron los problemas agrarios originados por la contradicción estructural del capitalismo en América Latina, algunos, incluso, enfatizando en las diferencias y similitudes que podría tener con otros lugares del mundo.

El trabajo comparativo realizado por Rodolfo Stavenhagen sobre Las clases sociales en las sociedades agrarias (1969) puede ser considerado como uno de los trabajos pioneros de la economía política agraria en la región, además de representar una notable crítica a los postulados más obstinados de la teoría de la modernización. Gracias a la información de algunos países de América Latina y África, este trabajo permitió demostrar que “la importancia del sector agrícola y de las estructuras agrarias de un país no es, por sí mismo, una señal de subdesarrollo” (1969, p. 9). Para Stavenhagen, el subdesarrollo es el resultado de la implementación del capitalismo en las sociedades no industrializadas y, por lo tanto, es una condición histórica determinada por las relaciones específicas entre los países desarrollados y subdesarrollados.

De igual manera, influenciados por los debates de la cuestión agraria clásica, pero con la intención de superar una interpretación mecanicista y dogmática, Antonio García (1969) y Roger Bartra (1974) se concentraron en estudiar los obstáculos para el desarrollo del capitalismo en la región, entre los que se encontraba –como uno de los principales obstáculos– la excesiva concentración de la tierra. Si bien en Europa los latifundios se relacionan con el feudalismo, su persistencia en América Latina es el resultado de un modo de producción capitalista deformado –una forma híbrida–, de ahí que sea el capitalismo el que consienta y reproduzca las condiciones que permiten la alta concentración de la tierra y la baja concentración de capital en el sector rural, condicionantes principales para la crisis agrícola.

Si bien la perspectiva marxista de la cuestión agraria del capital influyó considerablemente en la región, fue la publicación de la primera traducción al castellano de la obra de Chayanov la que introdujo nuevas orientaciones a los estudios rurales y promovió el debate entre campesinistas y descampesinistas, lo que dividió a “quienes pensaban que el campesinado latinoamericano era la estructura de estabilización del continente y quienes veían un proceso inevitable de destrucción de las unidades campesinas y que a la corta o a la larga se proletarizaría la fuerza de trabajo rural” (Bengoa, 2003, p. 52).[7]

Además de realizar la traducción de la obra de Chayanov en 1974, Eduardo Archetti desarrolló una importante interpretación según la cual las ideas de Chayanov no excluyen a las de Marx. Para Archetti, “los problemas de baja productividad, subutilización de factores de producción y crisis periódicas presentes, de una manera permanente, en el seno de las sociedades campesinas, pueden ser explicados tomando ambas perspectivas como complementarias: desde la de Marx a partir de la transferencia de plusvalía y desde la de Chayanov a partir de la ausencia de estímulos para producir un mayor excedente” (2017, p. 58). Además, a partir de esa doble lectura fue posible concluir que la economía campesina tiene –por lo menos– dos características: utilización de la fuerza de trabajo familiar e imposibilidad de acumulación de capital.

Desde una perspectiva que se podría ubicar en los densos debates descampesinistas, los trabajos de Orlando Fals Borda (1975) y Luisa Paré (1977) presentaron el proceso histórico de descomposición del campesinado y los inicios de su proletarización en Colombia y México. El proceso de descomposición del campesinado inició en el siglo XIX y se encuentra relacionado con la introducción del capitalismo industrial. Por esa razón, las clases explotadoras y el Estado adoptaron dos estrategias principales de proletarización: la supresión de los resguardos y el fin de la esclavitud (Fals Borda, 1975, p. 111). De esta forma, la proletarización consistiría en el “proceso de separación de los trabajadores de sus medios de producción que consiguen sus medios de vida a través de la venta de su fuerza de trabajo mediante la cual se les extrae plusvalor” (Paré, 1977, p. 57).

Por otro lado, rescatando la discusión del campesinado como factor de poder político e influenciados por una perspectiva campesinista, los trabajos de Arturo Warman (1976), Pablo González Casanova (1984), Armando Bartra (1985) y Blanca Rubio (1987), promovieron la reflexión de los campesinos como actores políticos, rompiendo con una tradición que los observaba “como parte de los problemas agrarios, o de los problemas rurales o de los problemas agrícolas” (González Casanova, 1984, p. 9). Debido a que el siglo XX estuvo caracterizado por la emergencia de las luchas sociales en el campo, donde el elemento central y articulador de la movilización campesina fue la lucha por la tierra, la preocupación por la reforma agraria tendría un papel protagónico, el cual disminuiría a finales de siglo debido a la irrupción del neoliberalismo.

Algunas exploraciones contemporáneas de la economía política agraria

Aunque directa o indirectamente los debate sobre la pervivencia del campesinado y sus dinámicas de reproducción social aún persisten, debido a su interdisciplinariedad y a su abordaje histórico y contemporáneo, la economía política agraria se ha constituido como un campo amplio y diverso de estudios y debates. Desde su fundación hasta la actualidad, las distintas investigaciones vinculadas a la economía política agraria han explorado las dinámicas de clases y de género en: (1) formaciones agrarias precapitalistas, (2) procesos de cambio agrario en los países ahora desarrollados, (3) procesos de cambio agrario en las experiencias coloniales, y (4) procesos de cambio agrario en el momento del desarrollismo y en el momento actual de globalización económica neoliberal (Bernstein, 2015, p. 456).

Gracias a las investigaciones concentradas en el pasado agrario fue posible conocer las condiciones en las que surgió y se desarrolló el capitalismo. De igual forma, los trabajos sobre el feudalismo europeo impactaron los debates sobre las civilizaciones agrarias en otras regiones del mundo. Al respecto, es importante resaltar el aporte que desde el materialismo histórico realiza Jairus Banaji (2010), quien ha justificando –entre otras cosas– que la agricultura capitalista no apareció inmediatamente con los orígenes del capitalismo, sino que surgió con el desarrollo del capitalismo a escala mundial. Además, el estudio de las formas precapitalistas advierte –y ratifica– la existencia de formas hibridas de capitalismo agrario.

Por su parte, la comprensión de los procesos de cambio agrario en los países desarrollados sirvió para contrastar vías y alternativas de desarrollo rural, además de explicar cómo el capitalismo se hizo dominante en sociedades donde aún no existían relaciones de producción capitalistas en la agricultura. La investigación específica sobre Inglaterra, Francia y Prusia, realizada por Terence Byres, ilustró los caminos sorprendentemente diferentes de transición agraria, estos se denominan, respectivamente, capitalismo mediado por terratenientes desde abajo, capitalismo retardado y capitalismo desde arriba (Byres, 2009, p. 33). El aporte teórico más importante del trabajo de Byres es la utilización del concepto de “transición agraria”, el cual permite comprender –examinando la acumulación, la producción y la política– el “rompecabezas histórico”. Es importante tener en cuenta que la idea del “rompecabezas histórico” se relaciona con la discusión sobre las formas híbridas, pues existen transiciones agrarias que no implican necesariamente el pleno desarrollo de las relaciones sociales de producción capitalistas en la agricultura.

Otros temas explorados por la economía política agraria son las formas de producción agrícola y los regímenes laborales desplegados en contextos coloniales. Las investigaciones realizadas en distintos lugares demostraron que las formas de producción agrícola variaban en escala desde las haciendas en América Latina, las posteriores granjas de colonos de África, las plantaciones industriales de Asia y América Latina, hasta las reconfiguraciones de la agricultura campesina para producir cultivos destinados a la exportación y para nuevos mercados domésticos (Bernstein, 2015, p. 458). Igualmente, entre los regímenes laborales se encuentran –de forma pura y combinada– el trabajo forzado (esclavitud, tributo impuesto en especie, servicio de fuerza de trabajo y trabajo bajo contrato) y el trabajo semiproletario (trabajo asalariado y vínculos por deuda, trabajo asalariado y cultivo propio, trabajo familiar y proletarización) (Bernstein, 2012, p. 76-80).

Finalmente, la economía política agraria se comprometió con el análisis del cambio agrario y sus debates políticos en el momento del desarrollismo. Durante este periodo emergieron con fuerza los debates sobre la reforma agraria, la modernización de la agricultura, el sistema mundial capitalista, el colonialismo interno y el dualismo funcional. No obstante, el fin de la búsqueda del desarrollo liderada por el Estado dio paso a las doctrinas y prácticas de desarrollo impulsadas por el mercado. Ya en el contexto neoliberal, la economía política agraria se ha concentrado –principalmente– en estudiar varios temas relacionados con la globalización y el cambio agrario, entre los que se destaca la expansión de exportaciones agrícolas y las distintas clases y dinámicas del trabajo agrario.

Así pues, en las últimas décadas se ha evidenciado que la globalización neoliberal promueve una producción agrícola para la exportación, intensificando la producción de cultivos tradicionales y promocionando las exportaciones de productos agrícolas no tradicionales (Bernstein, 2012, p. 120). Si bien los cultivos tradicionales de exportación, como el café, el té, la caña de azúcar, el algodón y el banano, integraron a varios países del Sur en la economía mundial desde el siglo XIX, en la actualidad estos cultivos mantienen sus raíces en el campo y sus dinámicas de producción no cambia al mismo ritmo de los cambios en la economía mundial (Lee, 2010). Por su parte, los productos agrícolas no tradicionales, como las frutas frescas, las hortalizas, los frutos secos y las flores, se han convertido en la principal fuente de desarrollo económico de varios países del Sur, transformando profundamente las dinámicas de producción, los territorios y las sociedades rurales.

Es importante mencionar que la intensificación de la producción agrícola ha provocado una renovación tecnológica en la agricultura moderna que puede ser considerada como la “segunda revolución verde” (Bretón, 2010; Patel, 2012). A diferencia de la primera revolución verde, la cual involucró “un paquete específico de insumos compuesto por variedades de plantas híbridas o de alto rendimiento, mecanización, pesticidas y fertilizantes agroquímicos e irrigación” (Otero, 2013, p. 60), esta segunda revolución se concentró en el desarrollo de la biotecnología.

Con el argumento de erradicar el hambre y favorecer a los productores agrícolas, la biotecnología ha permitido la transferencia de genes de una especie a otra para crear variedades transgénicas que fueron patentadas por corporaciones transnacionales que controlan la industria de las semillas a nivel mundial (Bretón, 2010, p. 220). No obstante, Una buena parte de la literatura en las ciencias sociales sobre la biotecnología ha evidenciado que ésta favorece, exclusivamente, a las agroempresas transnacionales. Las agroempresas controlan o acceden sin problemas a los mercados de cultivos transgénicos y organismos genéticamente modificados, algo que es muy difícil para los pequeños y medianos productores agrícolas (Friends of the Earth International, 2011; McAffe, 2008; Otero, 2013). Por lo demás, estos estudios también han evidenciado que el desarrollo de la biotecnología no ha sido una respuesta contundente para combatir la crisis alimentaria mundial, ya que la mayor parte de estas innovaciones tienen el propósito de incrementar las ganancias de las empresas que poseen las patentes (Altieri & Rosset, 1999; GRAIN, 2013).

Con todo, el incremento acelerado de las exportaciones agrícolas se ha dado en menoscabo de la producción de alimentos para el mercado interno, de modo que muchos países del Sur ahora dependen de las importaciones (Otero & Pechlaner, 2013). La investigación de Miguel Teubal (2008), por ejemplo, evidenció que el “caso argentino” representa un caso modelo de hambre en presencia de un abundante suministro de recursos alimenticios. Siendo uno de los grandes países exportadores de soja en el mundo, Argentina experimentó el colapso de su seguridad alimentaria durante la primera década del siglo XXI. Igualmente, se ha señalado que gran parte de las exportaciones agrícolas, “favorecen a las grandes explotaciones, promueve la concentración de tierras y desplaza los cultivos intensivos en mano de obra con los consecuentes efectos negativos sobre el empleo” (Kay, 2016, p. 8).

Frente al tema de la mano de obra rural, Bernstein ha recalcado que la globalización neoliberal intensifica la “fragmentación de las clases del trabajo” (Bernstein, 2006; 2012). Las clases del trabajo se componen de los “productores del mundo que ahora dependen directa o indirectamente de la venta de su fuerza de trabajo para su propia reproducción diaria” (Panitch, et. al., 2001, p. IX). Por su parte, el término “fragmentación” resume los efectos de cómo las clases del trabajo persiguen su reproducción, es decir, a través de empleos precarios que muchas veces se combinan con trabajos agrícolas en pequeña escala –igualmente precarios– y actividades en el “sector informal” (Bernstein, 2006, p. 455). De esta forma, al constituir la crisis del trabajo una crisis de reproducción, Bernstein (2006) ha considerado que la cuestión agraria en el siglo XXI ya no es una cuestión agraria del capital, sino del trabajo.

Conclusión

Este artículo tuvo la intención de presentar a la economía política agraria como una corriente teórica necesaria como marco de referencia para los estudios agrarios y rurales que se pretenden abordar desde una perspectiva crítica. El artículo, que se expone a modo de una introducción general, ofrece una panorámica respecto a los principales debates de la economía política agraria. Sin embargo, hoy en día son muchos los problemas del mundo rural que pueden ser abordados desde esta perspectiva; por lo tanto, la exhaustividad del artículo se concentra en las reflexiones y principales tensiones teóricas, y no en la multiplicidad de temas que podrían ser estudiados desde esta mirada crítica.

Así las cosas, en términos generales es posible asegurar que la economía política agraria se preocupa de los problemas originados por la contradicción estructural del capitalismo en la agricultura, superando las lecturas restringidas que acusan del atraso de la producción agraria a los escasos procesos de modernización. Estas contradicciones estructurales, como lo ha señalado Eduardo Azcuy (2016), pueden tomar distintas dimensiones en el marco de las dinámicas agrícolas, como el crecimiento de la agricultura capitalista a gran escala y la crisis de la pequeña y mediana producción, la persistencia de la gran propiedad y la subsistencia de los minifundios, el avance del extractivismo y la conservación de los bienes comunes naturales, el crecimiento de la explotación económica agrícola y la precarización de las condiciones de vida de las personas que trabajan en el campo, entre otras.

Finalmente, la economía política agraria también nos recuerda que “el mundo de la humanidad constituye un total de proceso múltiples interconectados y que los empeños por descomponer en sus partes esa totalidad, que luego no pueden rearmarla, falsean la realidad” (Wolf, 2014, p. 15). En este sentido, aunque existen varias entradas teóricas para analizar los problemas agrarios y rurales de la actualidad, la economía política agraria permite comprender que los procesos sociales particulares son el resultado de una compleja imbricación de aspectos globales y locales.

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Notas

[1] El Journal of Agrarian Change se fundó en el año 2001 por iniciativa de Terence Byres y Henry Bernstein. Los dos habían sido editores, en distintos periodos de tiempo, del Journal of Peasant Studies. A diferencia de esta última revista, desde su declaración editorial, el Journal of Agrarian Change se reconoció, específicamente, como una revista de economía política agraria. Para un análisis de las diferencias y continuidades de los estudios entre las dos revistas, es posible ver el trabajo incluido en el número inaugural de Bernstein y Byres (2001b).
[2] Tanto en el Proyecto de respuesta a la carta de V. I. Zasulich (1980), como en la Carta a V. I. Zasulich, Marx expone que su análisis e interpretación se restringea los países de Europa Occidental. A partir de esta aclaración, algunos autores han criticado la interpretación etnocéntrica, determinista y unilineal realizada a la obra de Marx, evidenciando su flexibilidad intelectual dentro de un marco teórico rigurosamente exigente, el cual permite analizar diversas circunstancias materiales y relaciones sociales existentes.
[3] En la edición inglesa de El Capital, publicada por Penguin Books en el año de 1976, se traduce el término como hybrid forms (Marx, 1976, p. 645). Sin embargo, en la edición en lengua castellana se traduce como formas intermedias (Marx, 2012, p. 426).
[4] Influenciadas por el marxismo, algunas reflexiones relacionadas con las “formas híbridas” se encuentran presentes en la idea de “incrustación” de Karl Polanyi (1994, en esp.: 121-131), el trabajo sobre El capitalismo tardío de Ernest Mandel (1979), la definición de lo económico desde la antropología realizada por Maurice Godelier (1976, en esp.: 279-291) y la reflexión sobre la diferenciación en el capitalismo de Eric Wolf (2014, en esp.: 359-375). Ahora bien, es muy importante reconocer que ciertas reflexiones sobre este asunto ya se encontraban presentes en los 7 Ensayos de la interpretación de la realidad peruana (2009), publicado por el filósofo marxista José Carlos Mariátegui. Aunque poco valorado por la academia europea y norteamericana, el trabajo de Mariátegui es fundamental para comprender la articulación de los modos de producción en una única estructura de producción. En la actualidad, la influencia del pensamiento marateguiano ha permitido profundizar y desarrollar esta discusión, hasta el punto de formular lo que Aníbal Quijano (2014) denomina la “heterogeneidad histórico-estructural del poder”.
[5] Pese a que las investigaciones de Chayanov se realizaron en el primer tercio del siglo XX, su influencia iniciaría con la primera traducción al inglés de su obra The Theory of Peasant Economy en el año de 1966.
[6] La interpretación del campesinado como cultura tradicional inicia con los trabajos de Kroeber (1948). Posteriormente, varios antropólogos, entre los que se destacan Redfield (1953) y Foster (1965; 1974), adoptarían una línea interpretativa similar. Desde esta postura, la característica principal del campesinado es su cultura. Sin embargo, al poseer una cultura tradicional, el campesinado es responsable de retrasar los procesos de modernización, por esa razón su cultura debe transformarse. “En otras palabras: cámbiense las reglas económicas del juego y cámbiense la orientación cognoscitiva de una sociedad campesina, y se habrá creado, un campo fecundo para la propagación de la necesidad de éxito” (Foster, 1965: 103). Una crítica –necesaria y pertinente– a esta postura se puede ver en el trabajo de Jesús Contreras (1984)
[7] Según José Bengoa, la temática de estudios rurales en América Latina al “final de los setenta y el comienzo de la década de los ochenta está dominada por la discusión entre ‘campesinistas y descampesinistas o proletaristas’. La Revista Estudios Rurales Latinoamericanos, publicada por el Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales en Bogotá, Colombia, y de la que Humberto Rojas fue su mentor y entusiasta editor, copa la discusión durante el período” (Bengoa, 2003, p. 52).

Información adicional

*: El presente artículo se presenta como resultado del Posdoctorado realizado en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires.



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