Dossier
Recepción: 18 septiembre 2025
Aprobación: 06 marzo 2026
Publicación: 30 abril 2026
Resumen: Con distintas propuestas educativas, la modalidad técnico-profesional tuvo en Argentina la finalidad de incorporar a los y las jóvenes de los sectores sociales más postergados y propender a la cultura industrial del país. Una de las escuelas tradicionales en este campo fundada a fines del siglo XIX, fue la Escuela Industrial Otto Krause, luego transformada en Instituto Politécnico en 1949. El objetivo del artículo es realizar un análisis cualitativo de la Revista Otto Krause. Revista Técnico-Industrial, editada por el instituto entre 1949 y 1952. Su curriculum canalizaba las aspiraciones programáticas del peronismo clásico (1946–1955) bregando, a su vez, por profundizar el proceso de industrialización iniciado en la década de 1930, momento en el cual, actores diversos plantearon la industrialización como un modo de enfrentar los vaivenes económicos internacionales y aportar a la soberanía económica del país.
Palabras clave: Revista Otto Krause, educación, técnica, industria, peronismo.
Abstract: With different educational proposals, the technical-professional modality in Argentina aimed to incorporate young people from the most disadvantaged social sectors and to promote the country's industrial culture. One of the traditional institutions in this field, founded at the end of the 19th century, was the Otto Krause Industrial School, which was later transformed into a Polytechnic Institute in 1949. The objective of this article is to conduct a qualitative analysis of the Otto Krause Technical-Industrial Magazine, published by the institute between 1949 and 1952. Its curriculum channeled the programmatic aspirations of classical Peronism (1946–1955), while also striving to deepen the industrialization process that began in the 1930s, when various actors proposed industrialization as a way to cope with international economic fluctuations and contribute to the country's economic sovereignty.
Keywords: Otto Krause Magazine, education, technique, industry, Peronism.
Introducción
El objetivo del artículo es realizar un análisis cualitativo de la publicación Otto Krause. Revista Técnico-Industrial, editada por la escuela técnica Otto Krause (Capital Federal) entre 1949 y 1952 (primera época).[1] La propuesta de análisis se complementa con documentación oficial (boletines), memorias de la escuela industrial y bibliografía especializada.
El análisis de la educación secundaria en su modalidad bachiller, comercial e industrial o las formas de socialización de las juventudes escolarizadas sigue siendo una deuda pendiente por parte de la historiografía en la primera mitad del siglo XX. Los dispersos estudios sobre educación técnica y sus formatos en Argentina se auscultaron bajo diversos prismas de observación (tanto locales como nacionales) (Wiñar, 1970; Gallart, 1989, 2006; Pineau, 1991; Dussel y Pineau, 2003; Sánchez Román, 2007; Coudannes Aguirre, 2009; Sosa, 2016; Pécora, 2022).
De las investigaciones realizadas se desprende que la modalidad técnico-profesional tuvo como base incorporar a los y las jóvenes de los sectores sociales más postergados para un proyecto de país que demandaba personal calificado. En esta línea, fue el investigador Juan Carlos Tedesco (1986) quien postuló que el nacionalismo de derecha impuso una separación entre los estudios técnicos y humanísticos, reservando para los sectores populares los primeros y para las clases medias el bachillerato, habilitando una jerarquización entre ambas orientaciones. Para el caso de los estudios técnicos y, particularmente, para la Escuela Industrial Otto Krause, sostenemos la hipótesis formulada por Tedesco cuya perspectiva habilitaba una serie de jerarquías sociales que repercutía en los estudios superiores como veremos en uno de los apartados del trabajo.
Una de las contribuciones del artículo es el abordaje de la revista editada por una tradicional escuela industrial cuyo curriculum canalizaba las aspiraciones programáticas del gobierno peronista (1946–1955), que bregó por profundizar el proceso de industrialización iniciado en la década de 1930. Por lo expuesto, el espacio temporal de análisis propende a una doble justificación: inicia con el surgimiento de la publicación y la transformación de la escuela industrial en Instituto Politécnico (ambos hechos acaecidos en 1949) extendiéndose a 1952, cuando la revista finaliza su primera época con 16 números editados. Quizás este suceso tuvo su correlato en la crisis económica que afectó al gobierno, siendo concomitante al plan de racionalización económica impulsado por el Estado y sus dependencias escolares (Berrotarán, 2004)[2] por lo que la publicación se vio afectada, hipotéticamente, por la falta de recursos.
Focalizando esencialmente en la revista, pero dialogando con el telón de fondo político-educativo, nos preguntamos ¿quiénes eran sus editores y a quienes estaba dirigida? ¿Cuáles eran las plazas de circulación? ¿Cómo empalmaba el curriculum de la escuela industrial con el proyecto peronista? ¿Qué espacios de inclusión/segregación debían sortear los egresados del Otto Krause para continuar estudios universitarios y en base a que fundamentos?
Para la organización interna del análisis trazamos los siguientes apartados. Iniciamos describiendo el origen de la Escuela Industrial a fines del siglo XIX y la expansión de la educación técnica en la década de 1930 y 1940. Luego abordamos la revista del Otto Krause, el tipo de formato y su sostén económico y la transformación de la escuela en Instituto Politécnico. Aquí abrevamos en una serie de tópicos que motivan nuestro análisis: el entroncamiento entre el proyecto político peronista y la propuesta pedagógica de la escuela, el perfil social de los estudiantes krausistas y los estudios superiores junto con la práctica deportiva.
Escuela Industrial de la Nación (1899)
Bajo la presidencia de José Uriburu en 1896, se estableció un Departamento Industrial vinculado a la Escuela Nacional de Comercio de la Capital Federal. Esta iniciativa surgió en un contexto donde el ingeniero Otto Krause advertía una carencia local crítica: las empresas extranjeras que se instalaban en el país se veían obligadas a importar técnicos e ingenieros para el diseño, montaje y operación de sus industrias. Viendo la necesidad de formar técnicos nacionales, Krause creó la Escuela Industrial de la Nación al separarla de la Escuela Nacional de Comercio en 1899 tomando el modelo de las escuelas profesionales alemanas y francesas. Con una duración de 6 años, otorgaba el título en la especialidad de mecánica, electricidad, química, construcciones civiles y navales. La Escuela Industrial de la Nación también tuvo como su contemporáneo a la Escuela Industrial de Santa Fe que luego sería nacionalizada en el año 1910.[3]
Uno de los obstáculos que tuvo que subsanar la naciente institución a inicios del siglo XX, fueron los escasos recursos que disponía por la falta de gabinetes bien provistos, la carencia de modelos de máquinas y de un laboratorio con todos los elementos necesarios para la enseñanza de la química industrial. Los talleres se fueron completando con maquinaria proveniente de Estados Unidos. En esa época, la escuela contaba con un Taller Mecánico, Taller de Ajuste, Taller de Herrería, Taller de Carpintería y Taller de Fundición (Krause, 1900: 6 y 11). La enseñanza práctica, difícil de realizar por el costo de las instalaciones, se efectuaba en los talleres y laboratorios de la escuela y en las obras públicas nacionales llevadas adelante por la Dirección General de Arquitectura.
El edificio escolar fue inaugurado en 1909[4] y contaba con una central eléctrica que constituía el núcleo del laboratorio de máquinas para los trabajos prácticos de los alumnos. La práctica les permitía a los estudiantes adentrase en la preparación general en las especialidades de mecánica y eléctrica esbozando los ensayos para los cursos especiales de corriente continua y corriente alterna (Escuela Industrial de la Nación, 1917). El equipamiento inicial de los talleres y laboratorios se completó en 1911 cuando Krause se retiró de la dirección, dejando a cargo al Ingeniero Eduardo Latzina quien estuvo en el ejecutivo de la escuela hasta 1930. El nuevo director era profesor de materia técnica y dibujo en el Departamento Industrial anexo a la Escuela Nacional de Comercio de la Capital Federal. Bajo su gestión se montaron los laboratorios de máquinas, de motores, de química, gabinetes, talleres y de plantas industriales.[5]
Entre el año 1899 y 1949 la institución tuvo seis directores, a saber: Ingeniero Otto Krause; Ingeniero Eduardo Letzina; Ingeniero Francisco González Zimmermann; Ingeniero Francisco Pastrana; Ingeniero José Pagés; Ingeniero Pascual Pezzano (Imagen 1). En 1952 asumió como director el ingeniero Juan Bautista de Nardo.[6]

Sustitución de importaciones y educación técnica
Conforme la Escuela Industrial iba creciendo en cuanto a su propuesta formativa, en la década de 1930 el incipiente proceso de industrialización la acercaría a las nuevas dinámicas económicas que demandaban el país para paliar los efectos de la crisis internacional.[7] Los censos de 1935, efectuados por la Dirección Nacional de Estadísticas y Censos, indicaban un fuerte impulso expansivo industrial que coincidió con la relativa recuperación de los efectos de la crisis de 1929.[8] En este periodo, la oferta estatal en enseñanza técnica se expandió notablemente, impulsada por un modelo de crecimiento industrial. Esta dirección, adoptada por gobiernos conservadores, se nutrió de un nacionalismo económico liderado por el economista Alejandro Bunge y el grupo de la Revista de Economía Argentina. Estos intelectuales argumentaban que el desarrollo industrial era clave para blindar al país frente a los vaivenes globales. Tras la crisis de 1929, el Estado amplió su rol, consolidando el modelo de Industrialización por Sustitución de Importaciones (ISI) (Brennan y Rougier, 2013). Incluso entidades como la Sociedad Rural y la Unión Industrial Argentina coincidieron en la necesidad de industrializar para dinamizar la economía. Con la llegada del peronismo en 1946, se profundizó la diversificación económica, aunque sin alcanzar una autarquía total; fue recién en 1952, ante la falta de divisas, cuando se estableció un esquema de protección indiscriminada (Bellini, 2009).
El proceso de industrialización iniciado por aquel entonces y la transferencia de mano de obra rural a los espacios urbanos, generó una tendencia creciente en la que se expandió la educación formal a toda la población, pero con un acceso diferencial de los estratos sociales a cada nivel educacional: bloqueo de la educación como vía de ascenso para la clase obrera y crecimiento diferencial entre estratos (más lento en la clase media) (Torrado, 2007: 39). Como han señalado Dussel y Pineau, durante este periodo, los espacios para la formación técnica se hallaban relegados por parte del Estado ya que estaban ocupados por las academias privadas, las escuelas dependientes de los gremios, sindicatos, organizaciones obreras y los cursos dictados por las Sociedades Populares de la Educación. Simultáneamente estos grupos fueron confluyendo de la autonomía a la agenda estatal (2003: 113 y 114).
Cabe señalar que en 1944 se creó la Dirección Nacional de Aprendizaje y Orientación Profesional de los Menores (DNAOP) y la Comisión Nacional de Aprendizaje y Orientación Profesional (CNAOP), bajo la dependencia del Ministerio de Trabajo a instancias de Juan Domingo Perón. También se organizaron las escuelas fábricas con especialización que se fueron asemejando cada vez más a las escuelas industriales o técnicas. La CNAOP se constituyó en un sistema de formación de operarios, mientras que las escuelas técnicas de aquel entonces formaban específicamente técnicos, pautándose una diferenciación entre la formación general y profesional (Wiñar, 1970: 13 y 14).
El gobierno de Perón revalorizó las Escuelas Técnicas de Oficio, centradas en especialidades como el hierro, la electricidad y el carbón, y las Escuelas de Artes y Oficios cuyos cursos de cuatro años estaban orientados hacia la mecánica, la herrería y la carpintería.[9] En las regiones más alejadas con población de bajos recursos, los jóvenes podían matricularse en las Misiones Monotécnicas y de Extensión Cultural con especialidades como Mecánica Rural de Automotores, Carpintería, Cerámica, Fruticultura y Electrónica. También se creó la Universidad Obrera Nacional (UON) para formar profesionales de origen obrero con miras a satisfacer las necesidades de la industria vernácula. Se inauguraron nueve facultades obreras regionales que funcionarían en distintas zonas del país: Buenos Aires, Córdoba, Santa Fe, Rosario, Mendoza, La Plata, Tucumán, Bahía Blanca y Avellaneda. El título que eventualmente expediría la UON a sus egresados sería el de “Ingeniero de Fábrica” en la especialización cursada.[10]
En un plano general, el proyecto peronista tenía como meta profundizar el proceso de industrialización iniciado por la sustitución de importaciones en la década precedente concomitante a la política estatal de expandir la educación secundaria.
La Revista Técnico Industrial
Bajo el contexto señalado en el apartado anterior, se empezó a editar La Revista técnico Industrial del Otto Krause. Apareció en agosto de 1949 y se presentaba como un medio de difusión de la ciencia y la cultura de los profesores y alumnos de la escuela. En su primera época se publicaron 16 números entre 1949 y 1952. Se encontraba dividida en secciones permanentes para cada uno de los grupos de materias: Mecánica, Electricidad, Construcciones, Química y Física. El primer número contenía una serie de artículos con motivo del 50 aniversario de la escuela y la labor de la Asociación Cooperadora quien editaba la revista con una tirada bimestral. Las ganancias obtenidas por la venta de sus ejemplares eran invertidas para mejorar y aumentar el rango de difusión de la publicación. Su director era el Dr. Casimiro Toranzo Calderón y la secretaría estaba ocupada por el profesor Rafael Arce. Contaba con una Comisión Técnica de Publicaciones presidida por el Ingeniero Pedro Castells. La Mesa de Redacción estaba compuesta por seis profesores del colegio (Gregorio Aramburu, Moisés Breitman, Feliciano Cascón, Louis Imsen, Roberto Jurín y Alberto Vúletin). Las formas de suscripción se dividían entre Socios Activos con un costo de 20 pesos anuales, Socios Protectores mínimos 50 pesos anuales, que comprendía a egresados profesionales, entidades, asociaciones, firmas industriales, fabriles y comerciales. Por su parte, los Socios Vitalicios eran aquellos que contribuían con una cuota única y no menor de 500 pesos. En los países latinoamericanos y España, los Socios Activos abonaban 30 pesos anuales mientras que, en los demás países, la cuota era de 40 pesos anuales. La revista circulaba en el sistema educativo extendiéndose a las empresas industriales y ciudadanos que poseían conocimientos en la materia.
A diferencia de las revistas de los Clubes Colegiales de la época — espacios tradicionales de construcción de identidad juvenil (Cammarota, 2013) —, esta publicación evidenciaba un origen ajeno al alumnado. Su perfil técnico y la densidad de los conocimientos expuestos revelaban una edición a cargo de profesionales e ingenieros, más que de estudiantes en formación. El primer número, cuya portada rendía tributo a Otto Krause (Imagen 2) confirmaba que la dirección recaía en figuras vinculadas a la escuela industrial, padres y exalumnos. Su misión era netamente pedagógica y vinculante: proveer material de estudio especializado y convocar al sector industrial del país para colaborar con el proyecto editorial. A su vez buscaba “despertar el interés” del gobierno peronista y de su ministro de educación.[11] Se editorializaban artículos destinados a hombres con profusos conocimientos en el ramo, como “Potencia requerida por las máquinas herramienta”, “Cálculos del poder calorífico con la bomba calorimétrica” o “Determinación gráfica de las velocidades y aceleraciones instantáneas en los mecanismos”, entre otros. En otra de sus páginas agradecía al pequeño industrial y “modesto comerciante” por su valioso aporte para contribuir en la formación de técnicos argentinos con miras a propender a la cultura industrial del país.

El copioso grupo de anuncios nos ilustra un verdadero interés suscitado por la revista. Llama la atención los múltiples auspiciantes abarcando desde establecimientos metalúrgicos, empresas de automóviles como Dodge o Mercedes Benz, fábrica de calzado, empresas constructoras, carpinterías, importadores de insumos, astilleros navales constructores de lanchas y veleros, motores monofásicos, establecimientos de curtiembres, máquinas para la construcción, materiales de construcción en general, bebidas como Cinzano o la Cooperativa de Transportes “La Unión.”
Las portadas estaban diseñadas en diversos colores según la edición y mostraban los espacios del instituto: el laboratorio de máquinas, de ensayos de materiales, de química analítica cuantitativa, de química industrial, talleres como el de forja, entre otros lugares físicos de experimentación. En el año del General Don José de San Martin (1950), las imágenes rememoraban la vida del libertador (Imágenes 3, 4, 5 y 6).

Las portadas de la revista mostraban los distintos talleres, plantas y laboratorios del instituto
Revista Otto Krause, año 4, N° 14, 1952

Las portadas de la revista mostraban los distintos talleres, plantas y laboratorios del instituto
Revista Otto Krause, año 2, N° 7, 1950.

Las portadas de la revista mostraban los distintos talleres, plantas y laboratorios del instituto.
Revista Otto Krause, año 3, N° 11, 1951

Las portadas de la revista mostraban los distintos talleres, plantas y laboratorios del instituto
Revista Otto Krause, año 3, N° 12, 1951.Una de las secciones abordaba los consejos necesarios para la Seguridad industrial, que iba desde la forma de inflar un neumático, la manera de levantar correctamente las bolsas o el reemplazo de fusibles. En el número 6, se inauguró la Sección Consultas dedicada exclusivamente a las inquietudes de carácter técnico y de interés general que realizaban los lectores de la revista. Por ejemplo, Ronald Lebret, de Mar del Plata, en junio de 1950, pedía al rector del Politécnico Pascual Pezzano algunas aclaraciones para ser más accesible los conceptos vertidos en una publicación anterior que describía la velocidad del sonido en los fluidos. La revista incluso poseía una columna de Cultura general donde se bosquejaban trazos biográficos de personas destacadas o modelos para la juventud. También daba cuenta de las novedades en el universo político y cultural del peronismo, como la aparición, en 1951, de la revista Mundo Peronista.
En la Sección Construcciones se brindaba información sobre el arbitraje de trabajos de edificación por diferencias surgidas entre las partes contratantes destinada a los estudiantes de los ciclos superiores. La columna estaba escrita por el ingeniero civil Atilio Monti quien se desempeñaba como árbitro de una Empresa Constructora. Allí abordaba los plazos de ejecución, el límite para la fijación de precios, la responsabilidad del director de la obra y del contratista, los trabajos adicionales, el pago a los proveedores y subcontratistas. Esta relación contractual pretendía regular el denominado “arte de la construcción”.[12]
Un pilar fundamental en la estructura organizativa del Otto Krause y sostén de la revista era la Asociación Cooperadora fundada el 7 de junio de 1931. La iconografía que la distinguía contemplaba el escudo de la escuela en rojo y blanco con las iniciales E.I. (Escuela Industrial) y dos manos estrechándose, simbolizándose el valor de la fraternidad (Imagen 7). Se encontraba organizada por una Comisión Directiva, vocalías, un tribunal revisor de cuentas y subcomisiones internas de propaganda, actos públicos, festivales, prensa, Hacienda, Ayuda, Orientación al Egresado, Becas y Sanidad. Anualmente sus integrantes convocaban a una Asamblea General Ordinaria según el Estatuto Social, alcanzando a todo suscriptor de la revista ya que, estatutariamente era considerado Socio Activo de la entidad cualquiera sea su lugar de residencia. Por disposiciones del Estatuto, las dos terceras partes de la Comisión Directiva debían ser padres, tutores o encargados de alumnos o ex alumnos del establecimiento. El reglamento contemplaba la vigorización de la obra de argentinidad en los alumnos nativos y extranjeros, la vinculación y solidaridad entre el hogar y la escuela con la industria y el comercio, la ayuda y orientación profesional a los egresados y la posibilidad de que los estudiantes de los cursos superiores puedan hacer excursiones a centros industriales o talleres a lo largo del país.

La acción de la cooperadora era vital para el equipamiento del instituto. Por ejemplo, en 1951 se adquirió un Microscopio Metalográfico Universal Panphot-Leitz, Hornos eléctricos y pulidoras, con recursos obtenidos de diversas fuentes (asociaciones y particulares que donaban dinero en efectivo). En la Memoria correspondiente a los XIX y XX Ejercicios (1950–1952), se destacaba la compra al contado de los útiles escolares para ofrecer a los hijos de los asociados a precios por debajo a los de la venta, la compra de libros para la biblioteca, apuntes mimeografiados, programas y hojas para ensayos de laboratorio, el otorgamiento de becas para los estudiantes más necesitados y contribuciones materiales destinadas al Departamento de Educación Física. Como era de esperarse en función de los lineamientos ideológicos del estado peronista y con motivo del precario estado de salud de Eva Perón; la Asociación hizo oficiar en el Templo de Santo Domingo una misa impetratoria.
Si bien la revista tuvo su impacto en el campo del sector industrial (al menos eso se desprende de sus editoriales y del número de auspiciantes), un hecho destacado ampliamente reseñado en sus páginas fue la transformación de la Escuela Industrial a Instituto Politécnico, como veremos en el próximo apartado.
Instituto Politécnico Superior Otto Krause
Al amparo del proceso señalado en el apartado anterior la estructura de la Escuela Industrial se modificó en 1949, transformándose, como hemos señalado en la introducción, en Instituto Politécnico Superior. Concomitante a ello, el Ingeniero Pascual Pezzano[13] asumió el cargo de director el 12 de mayo de ese mismo año ante la presencia del ministro de Educación del gobierno de Perón, Doctor Oscar Ivanissevich. El ministro, cuyo discurso fue reproducido en la revista, puso de relieve la importancia de la escuela industrial para el proyecto peronista. Por su parte, Pezzano señaló su experiencia de 30 años en la enseñanza técnica, dando rédito a sus antecesores como el ingeniero Eduardo Latzina, momento en el cual, según el flamante director, la escuela alcanzó su máximo prestigio construyéndose el primer motor eléctrico, las primeras máquinas herramientas, las primeras cerámicas nacionales y los primeros laboratorios que sentaron las bases de la industria cinematográfica. Señaló una serie de defectos en la instrucción, como la falta de mayor práctica en los talleres, pero rescatando el énfasis en la enseñanza teórico-técnica que transmitía a los estudiantes una sólida base de matemática y física.[14]
El objetivo del ahora politécnico era preparar un profesorado de enseñanza técnica y perfeccionar a los maestros de taller. El proyecto fue presentado en 1947 y suscripto por los senadores Luis Cruz, Felipe Gómez del Junco, Vicente Leónidas Saadi, Julio Herrera, Armando Antille y Alberto Durand y establecía la creación de la Dirección General de Enseñanza Técnica. Estaría destinado a la formación de ingenieros especializados en construcciones en obras, construcciones navales, electricidad, industrias químicas, mecánica de fabricación y telecomunicaciones, con una duración de tres años por cada especialidad. También se dictarían cursos de preparación técnico-pedagógica. El ciclo profesional y demás cursos se dictaban en turnos diurnos y nocturnos y eran gratuitos. En otro nivel, con la restructuración se respondía a un problema pedagógico-social que refería a los ciclos de estudios bregando por una integración para alcanzar las sucesivas etapas de la “cultura técnica”, abarcando una formación que iba desde el obrero al ingeniero especializado.
De esta forma, el egresado de las escuelas técnicas de oficios, experto en un oficio determinado (tornero, fresador, matricero, modelista, ebanista, electro-motorista) podría continuar estudios para obtener el título de técnico mecánico, constructor o químico que otorgaban las escuelas industriales, evitando el examen de ingreso que caracterizaba las orientaciones como el bachillerato. Es decir, los egresados de las escuelas técnicas de oficios (ciclo básico de oficios) podían continuar sus estudios en el ciclo técnico superior. Por lo tanto, el Instituto Politécnico de Estudios Superiores, dependiente de la Dirección General de Enseñanza Técnica, impartiría una enseñanza técnica coordinada con un total de 10 años de estudios, compuesta de la siguiente forma:

Los nuevos planes de estudios fueron elaborados por profesores que poseían experiencia profesional y docente y se dividían en Ingeniero Constructor de Edificios, Ingeniero en Hormigón Armado, Ingeniero en Transportes Terrestres, Ingeniero Químico Industrial, Ingeniero en Construcciones Mecánicas, Ingeniero en Instalaciones Eléctricas. El siguiente organigrama (Imagen 8) resume las áreas de aprendizaje del instituto:

Durante este periodo se expandieron en el instituto los espacios de experimentación (laboratorios). Uno de los artículos publicados por Pascual Pezzano describía con lujo de detalle, que incluían fotografías y planos, el Laboratorio de Máquinas y Motores, el Laboratorio de Ensayos de Materiales, el Laboratorio de Ensayos de Combustibles y Lubricantes, el Laboratorio de Metalografía y Metrología, una Planta Frigorífica y una Planta de Tratamientos térmicos.[15]
El prestigio y crecimiento de la institución ameritó la recepción de comisiones de alumnos de otras entidades nacionales e internacionales. Por ejemplo, en 1951, concurrieron en visita de estudio treinta oficiales, alumnos de la Escuela Superior Técnica del Ejército, recibidos por Pezzano, quienes visitaron el laboratorio de máquinas, el laboratorio de química analítica, la planta de tintorería y el taller de plásticos. En otra oportunidad, fueron invitados los representantes de la Escuela Fábrica N° 2 “María Eva Duarte de Perón” que habían integrado el cuadro que actuó en la final del Campeonato Intercolegial de Fútbol donde triunfó el equipo del instituto.[16] Un dato para destacar es la creación, en 1951, del Instituto Superior de Enseñanza Radiofónica funcionando en dependencias de la escuela, bajo los auspicios del Ministerio de Comunicaciones de la Nación y la Asociación de Radiodifusoras Argentina presidida por Jaime Yankelevich. En el mismo año también se inauguró el laboratorio de química analítica cuantitativa, construido por personal del Ministerio de Obras Públicas y alumnos de la especialidad de Construcciones
A modo de ejemplo de la exigencia formativa, describimos una voluminosa carpeta de la afamada marca “Rivadavia”. Esta contiene los trabajos prácticos de 3° año de un alumno que cursó sus estudios en el año 1947 rebelando el nivel académico al que estaban expuestos los estudiantes. La misma está compuesta por Trabajos Prácticos de Química, dividiéndose en Informes estudiantiles sobre Valencias, Sales, Oxígeno, Hidrógeno, Halógenos, Anhídrido carbónico, silicio, entre otras temáticas y sus evaluaciones correspondientes. También se destaca la asignatura Castellano (idioma castellano, conjugación de verbos, composiciones, falsa correlación de los tiempos verbales, Morfología y pobreza gramatical), breves resúmenes de obras clásicas y dictado. A continuación, encontramos la materia Estática Gráfica y analítica y, por último, Matemáticas[17] (Imágenes 9, 10, 11 y 12). La exigencia académica ameritaba un premio de dinero en efectivo por parte del gobierno nacional, destinada a aquellos alumnos que diseñaban proyectos, modelos o iniciativas tendientes al perfeccionamiento de máquinas o procesos de fabricación relacionados con las especialidades técnicas.




Los derechos del trabajador también se asociaban con el espacio escolar, sobre todo, por los riesgos que implicaba el aprendizaje con herramientas y máquinas. Todos los estudiantes de las escuelas técnicas, siguiendo los postulados del gobierno peronista, recibían la protección social ante posibles accidentes generados en estos espacios experimentales según la Ley N° 12921 publicada en el Boletín Oficial el 27 de junio de 1947, ajustada a lo dispuesto por el artículo 4 de la Ley 9688 de Accidentes de Trabajo. En caso de muerte sus familias recibían el subsidio establecido por decreto. La Secretaría de Trabajo y Previsión era la encargada de vigilancia y de contralor del cumplimiento del decreto.[18]
Peronismo, San Martín e industria
La revista se vio interpelada por la propaganda política del gobierno peronista. Allí se reproducían los discursos de Perón con un tono laudatorio exaltando los resultados de la producción industrial previstos en el Primer Plan Quinquenal:
Se levantan fábricas, laboratorios, talleres, molinos, usinas, hornos, laboran en estrecha unión, el músculo y el cerebro; el hombre se transforma, y busca la superación de si mismo, con voluntad y fe en el porvenir: regímenes sociales adecuados protegen al que trabaja, asegurándole un lugar de privilegio entre sus conciudadanos.[19]
La descripción que invocaba la síntesis entre el “músculo y el cerebro”, la maquina y el hombre, se asimilaba a los repertorios iconográficos (propaganda gráfica) del peronismo elaborados como una estrategia visual de autorrepresentación sin precedentes (Gené, 2005).[20] En varias oportunidades la contratapa de la revista estuvo ocupada por la imagen de un hombre adulto y un joven mirando la anotomía de una máquina que rezaba la siguiente frase: “¡El Plan de Gobierno a Plena Marcha! DE AQUÍ SURGEN LOS TECNICOS QUE EL PAÍS NECESITA”. Debajo de la imagen se trascribía un texto interpelando a las juventudes obreras:
La Patria necesita obreros que tengan cariño por la producción para el bienestar de la misma. El aprendizaje de oficios que el Estado ha organizado es para procurar la competencia de los hombres del mañana, que tienen que producir más y mejor, para el abastecimiento barato del pueblo. Hagamos patria con nuestra juventud, dándole un oficio útil para engrandecer la industria nacional.[21] (Imagen 13).

Por su parte, las imágenes y simbología del gobierno que fueron colonizando el espacio público debían ocupar un espacio dentro del edificio del instituto. El Director General de Enseñanza Técnica, Federico N. Del Ponte, instaba a situar en el Salón de Actos o el Despacho del Director el retrato de Perón ante la omisión de varias escuelas “atento a la consideración afecto y respeto que debe merecer el primer magistrado”.[22] En un contexto de politización de la educación y peronización de las estructuras estatales, la revista publicitaba la obra La Razón de mi Vida, la afamada autobiografía de Eva Perón.[23]
Más allá de esas cuestiones, la investigación tecnológica había adquirido para el gobierno peronista una agenda de vital relevancia. Las editoriales, exaltaban la necesidad de profundizar el proceso de industrialización, por ejemplo, en el campo de la química. El Dr. Carlos Gini Lacorte, estimaba que la actividad industrial debía orientarse a una explotación inteligente de la riqueza vernácula, primordialmente de los productos relacionados con la industria química pesada, fermentaciones industriales, electroquímicas, productos inorgánicos y orgánicos para farmacia e industria general.[24]
Al amparo del proyecto de industrialización, el Poder Ejecutivo había delegado en el Ministerio de Industria y Comercio de la Nación la investigación industrial para proyectar un respaldo técnico y científico. Con tal fin, se creó el Instituto Tecnológico del Ministerio para estudiar la explotación y transformación de los productos naturales argentinos, efectuar análisis de las materias primas y la elaboración de métodos eficaces otorgando certificado de calidad de los productos.
Bajo este contexto, el ministro de Educación Ivanissevich, bregó por la coordinación entre el campo universitario y el campo industrial. Incluso se abocó a la tarea de solucionar la falta de espacio en la Facultad de Ingeniería para dar respuesta a la creciente demanda de jóvenes que se matriculaban en los estudios superiores atribuido a dos resoluciones tomada ´por el gobierno: por un lado, la disposición que permitía desde 1950 el ingreso de los Técnicos Nacionales egresados de las Escuelas Industriales de la Nación sin restricción y, por el otro, la supresión de los aranceles universitarios. En el año 1945 la cantidad de alumnos inscritos fue de 878; mientras que en el año 1950 la cifra llegó a 2000. Para cubrir la demanda, se anexó el edificio que otrora pertenecía a la Facultad de Derecho, en las calles Azcuénaga y Las Heras, transferido al Ministerio de Comunicaciones en 1948.[25]
Hay que señalar que el mes de agosto de 1950 fue una fecha particular en el calendario de las fiestas patrias nacionales auspiciado por la celebración del Año del Libertador José de San Martín. Las reparticiones estatales y en especial el sistema educativo debían arbitrar recursos y eventos conmemorativos en torno a la figura del héroe nacional de la independencia. El colegio llevó a cabo homenajes diversos en la revista. Uno de ellos tuvo como epicentro la bandera del Ejército de Los Andes, reproduciendo la carta de Laureana Ferrari de Olazábal al coronel Manuel Olazábal de noviembre de 1856 titulada “Confección de una bandera”, siendo una de las escasas editoriales donde tiene protagonismo una mujer. La portada de la revista N° 3 contenía la reproducción del daguerreotipo de San Martín de 1848. Por su parte, el n° 6 mostraba un dibujo a pluma de L. A. Plantier, del mausoleo que actualmente guarda los restos de San Martín en la Catedral Metropolitana (Imagen 14). También el instituto abrió una muestra artística en la sala de lectura de la Biblioteca. El retrato del prócer se hallaba franqueado por las imágenes de Perón y Eva y, por encima de él, rezaba la frase del primer mandatario citada en la prensa peronista bajo el apotegma “Mejor que decir es hacer, mejor que prometer es realizar” (Imagen 15).


Otro de los homenajes consistió en la fundición de una placa de bronce en los talleres del instituto, con motivo escultórico del profesor Joaquín Malmierca que fue trasladada al lugar de nacimiento del militar (Imagen 16). Una delegación compuesta por el director de la revista y presidente de la cooperadora, Toranzo Calderón, Luis de Luque Comorera (secretario general), Francisco Felippo, (gerente de la revista) y un alumno de 5° año de construcciones, Federico de Luque; partió a Yapeyú, sumándose al homenaje un profesor del Instituto Ingeniero Luis Huergo, un preceptor del Otto Krause, el Técnico Químico Leandro Corti y cuatro alumnos. El viaje se realizó en automóvil atravesando el lugar histórico donde se dirimió la batalla de San Lorenzo. Al finalizar el recorrido, la placa fue entregada al encargado del Templete que custodiaba los restos de la casa natal de San Martín.

En síntesis, los objetivos gubernamentales de expansión del mercado interno mediante la producción industrial se entrelazaron con un discurso patriótico que exaltaba la soberanía y el culto a los próceres. Esta retórica trazó una continuidad histórica entre las gestas del pasado y el proyecto peronista, calificado por la propaganda oficial como la "segunda independencia". En este marco, el modelo de juventud fue interpelado por atributos de salud física y espiritual, promoviendo una matriz ciudadana ligada al deporte y las competencias intercolegiales. Cabe destacar que, pese a las orientaciones escolares, persistieron rasgos conservadores heredados de la instrucción religiosa obligatoria impuesta en 1943, la cual se mantuvo bajo el peronismo permitiendo optar entre las asignaturas de Moral o Religión en el nivel secundario.
Perfiles sociales, orientaciones y deportes
Hasta 1949 los egresados de las escuelas industriales encontraron un obstáculo para ingresar a la Universidad de Buenos Aires. La universidad formaba Ingenieros Civiles coexistiendo con las carreras de ingeniería orientadas hacia las grandes ramas industriales (carreras como Ingenieros Industriales, Ingenieros Mecánicos, Ingenieros en Telecomunicaciones e Ingenieros Mecánicos Metalúrgicos). Para ingresar al ciclo universitario se exigía un título básico común como el de bachillerato, obstaculizando el ingreso a los egresados de las Escuelas Industriales de la Nación. Este escenario sería modificado por la intervención del Ministerio de Educación de la Nación creado en 1949.
La prohibición de matriculación directa a los técnicos del Otto Krause obligaba a los jóvenes a dirigirse a la Universidad Nacional de La Plata o a la Universidad Nacional del Litoral para cursar la carrera de ingeniería, implicando una serie de gastos que muchos estudiantes no estaban en condiciones de solventar. La UBA solo admitía como alumnos regulares a los egresados del bachillerato, del Liceo Militar de la Nación, del Colegio Nacional de Buenos Aires, del Instituto Libre de Segunda Enseñanza, de la Escuela Normal de Profesores y del Colegio Nacional de Monserrat de Córdoba. Por su parte, la Universidad del Litoral o la Universidad Nacional de La Plata, como hemos señalado, admitían egresados de todas las escuelas industriales de la Nación.
En la UBA predominaba una visión conservadora sostenida por un grupo hegemónico en la Facultad de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales. Este sector estaba liderado por el ingeniero Enrique Butty (1887–1973), una figura central de la institución que desempeñó cargos de decano y rector entre las décadas de 1920 y 1930.[26] Bajo esta hegemonía, la ingeniería civil mantenía su estatus de "carrera madre", mientras que la ingeniería industrial surgió como un intento de la universidad por formar profesionales con visión empresarial que pudieran competir en el mercado laboral con los técnicos egresados del Otto Krause. No obstante, esta élite académica sostenía una postura segregacionista: consideraba que los técnicos de nivel medio debían limitarse estrictamente a la ejecución técnica, sin trascender los conocimientos adquiridos en su ciclo de formación (Koc Muñoz, 2022).
Una de las razones esgrimidas en favor de esta distinción radicaba en que el alumno industrial poseía una cultura general inferior en comparación con los jóvenes del bachillerato, siendo la orientación predilecta de los sectores medios cuyo título habilitaba, como hemos señalado, a seguir carreras universitarias. El bachillerato se identificaba con un curriculum humanista anclado en una estructura enciclopédica que vertebró la enseñanza en los Colegios Nacionales y cuyos ejes eran las ciencias sociales y las ciencias naturales. Entre 1863 y 1916 se implementaron diecisiete curriculum diferentes que incluyeron materias como Latín, Lenguas Extranjeras, Economía Política, Trabajo Manual y Trabajo Agrícola (Dussel, 1997). Sin embargo, en la primera mitad del siglo XX, a pesar de los intentos de reformas y la injerencia de las corrientes pedagógicas espiritualistas, el positivismo-normalista no desapareció de la vida escolar. Bajo el peronismo, se reformularon los planes de estudio del nivel secundario con el fin de desplazar la pedagogía positivista, a la que se acusaba de priorizar el conocimiento científico sobre la formación espiritual. En su lugar, se promovió un modelo orientado a forjar la conciencia nacional mediante los lineamientos ideológicos del gobierno, los cuales integraban la enseñanza del catolicismo. Un hito de esta transformación fue la creación de asignaturas como Cultura Ciudadana, diseñada específicamente para transmitir los postulados doctrinarios del movimiento (Cammarota, 2013).
La distinción, basada en perfiles formativos, era considerada injusta por parte de las autoridades del Otto Krause por lo que la Asociación Cooperadora envió una nota firmada por Toranzo Calderón y el secretario Rafael Arce al Subsecretario Universitario, Carlos Rivas. Allí se exponía que los conocimientos humanistas no se habían descuidado del curriculum de las escuelas industriales, menos aún Historia, Literatura o Filosofía. En el primer ciclo, argumentaron los demandantes, se estudiaba Anatomía, Fisiología e Higiene, Historia, Geografía de cinco continentes, Idioma Nacional, Idioma Inglés, Moral, Religión, Matemática, Física, Química y Dibujo. A renglón seguido el pedido observaba:
Los jóvenes que siguen estudios en la Escuela Industrial, son en su mayor parte, de condición humilde, y sus estudios cuestan a sus padres ingentes sacrificios e infinitas privaciones; ansían y esperan que sus hijos, al egresar con el título de técnicos, puedan abrirse por si solos camino en la vida, mejorando su posición social, y poniéndoles en condiciones de afrontar con más probabilidades de éxito, los problemas derivados de la combinación de la lucha por la existencia con su perfeccionamiento intelectual, si aquellos desean proseguir estudios superiores.[27]
En contraste con los bachilleres, cuyas familias poseían una posición económica que les permitía dedicarse exclusivamente a los estudios superiores, los egresados de las escuelas industriales se formaban con un fin pragmático: obtener un título profesional que les asegurara el sustento económico. Esta realidad los obligaba a dividir su tiempo entre la universidad y el mercado laboral. Ante esta desigualdad, el gobierno suprimió el examen de ingreso para los técnicos industriales, permitiéndoles la matriculación directa en las facultades de Ciencias Exactas, Física y Naturales, y de Arquitectura y Urbanismo de la UBA. La revista oficial celebró esta resolución del ministro Oscar Ivanissevich, calificándola como una obra de elevado valor intelectual que fortalecía la moral y el espíritu de superación del estudiantado.[28]
Más allá de las orientaciones académicas y los perfiles sociales, las competencias intercolegiales funcionaron como un espacio de convergencia donde se diluían las jerarquías de clase. Este modelo de juventud no era fortuito; respondía a una amalgama entre la tradición del currículum escolar y las directrices ideológicas del Estado peronista. Por un lado, la búsqueda de una ciudadanía sana, disciplinada y apta para el trabajo, el estudio o la defensa de la soberanía, retomaba preocupaciones de décadas anteriores; tópicos que hundían sus raíces en los discursos higienistas y eugenésicos promovidos por médicos, políticos y pedagogos.
Finalmente, partiendo de la premisa de que no existe una "juventud" unívoca, sino múltiples identidades moldeadas por el contexto sociocultural, la revista reconstruía en sus editoriales un perfil específico del deber ser juvenil. Un ejemplo paradigmático se encuentra en la columna "Seguridad Industrial", donde el profesor Alberto Vúletin —bajo el título “Se necesita un joven”— detallaba los atributos esenciales que, desde su perspectiva docente, debían definir al estudiante de la época,
Bueno y activo (…) capaz de mantener su palabra y capaz de modificar sus afirmaciones cuando por la razón que se le demuestre el error que ha incurrido (…) Que ame a sus padres y crea en Dios (…) que prefiera su casa a la calle (…) y que en sus diversiones “juegue limpio” no dejándose llevar por las pasiones ni resuelva sus dificultades por la fuerza (…). Se necesita un joven que sea leal y agradecido, que no FUME ni BEBA alcohol (…) La Patria, que cuenta con las virtudes de sus hijos, ha de hallarlo siempre en su puesto.[29]
Con respecto al segundo, el peronismo intentó construir legitimidad y recambio generacional apelando a los derechos de la niñez y a las juventudes de las escuelas secundarias cuya máxima expresión fue la creación de la Unión de Estudiantes Secundarios (UES), siendo el deporte una de las instancias organizativas de esa matriz ideológica (Cammarota, 2014). La UES fue quizás, la primera organización juvenil impulsada por un Estado que expresaba explícitamente los ideales de un partido gobernante. Cabe aclarar que los Clubes Colegiales eran organismos juveniles que promovían la actividad deportiva, social y cultural en las escuelas secundarias con un carácter supuestamente “apolítico”, teniendo en cuenta que los centros de estudiantes se encontraban prohibidos por la Ley Latorre sancionada en la década de 1930. Para el gobierno justicialista, el deporte tenía el objetivo de desplegar una “higiene espiritual” y una higiene física y la posibilidad de promover un instrumento para la integración nacional funcionando como un polo de atracción para los y las niños/as y las juventudes. Bajo este talante, anualmente se organizaba la Fiesta de la Educación Física en el estadio del Club Atlético River Plate o los campeonatos bajo el formato de Clubes Colegiales.[30]
Dicho esto, el instituto participaba de los campeonatos intercolegiales organizados por el Ministerio de Educación de la Nación. La columna “Nuestros muchachos en los deportes” describía la participación de los estudiantes en las competencias y la inauguración del gimnasio del instituto habilitado en 1950 bautizado General José de San Martín” (Imagen 17). La editorial punteaba la exaltación de los muchachos de otros colegios que concurrieron a alentar a sus deportistas generando ríspidos enfrentamientos verbales. Como hemos destacado en otra investigación, en estos encuentros, los hinchas que acompañaban a sus respectivos competidores hacían gala de la escasa importancia social de la filiación curricular de cada uno, pugnando con los imaginarios sociales que adjetivaban las orientaciones en el ciclo medio de enseñanza. Mientras los alumnos del Otto Krause se burlaban de los estudiantes de los colegios nacionales al grito de “¡Bachilleres sino saben lo que son!”, sus oponentes retrucaban con un apotegma que caracterizaba a los alumnos del industrial como "albañiles con diploma" (Cammarota, 2013: 163), haciendo honor a los fundamentos de segregación matricular que hasta hacía poco había sostenido la UBA para la carrera de ingeniería.

Sea como fuere, la revista anoticiaba con orgullo la actuación en las competencias de Pedro Galvao, alumno de cuarto año de construcciones de la escuela industrial, un destacado deportista que logró batir los récords argentinos y sudamericanos e intercolegial en 100 m espalda (Imagen 18). Galvao contaba con 17 años y estaba ubicado entre los tres mejores deportistas de su especialidad. En 1950 obtuvo el sexto lugar entre los diez mejores nadadores del mundo entre otras hazañas que incluían competencias nacionales. Su actuación en los campeonatos intercolegiales incluía: 1948, segundo de Carlos Bonacih, alumno del colegio Mariano Moreno, en 400 y 800 metros. En 1949, primero en 100 metros espalda y espaldista de la 3 por 100 metros, récord intercolegial; 1950 y 1951, primero en 100 metros y, en 1951, integrante de la posta 3 por 100 metros, primer puesto. La conquista de Galvao mereció un telegrama de felicitación por parte de Perón y Eva que fue reproducido en la revista.[31]

En suma, estas competencias y los logros deportivos reforzaban los sentidos de pertenencia de los jóvenes krausistas a su instituto, erosionando los prejuicios que pesaban sobre el estudiantado de las escuelas industriales cuyo capital cultural, según criterios de la época, se diferenciaban de las otras orientaciones educativas.
Conclusiones
La revista del Otto Krause reflejaba las aspiraciones de la cultura técnica e industrial que se había iniciado a fines del siglo XIX con la fundación de la escuela, y cuyo proyecto se profundizó en la década de 1930 en un escenario económico caracterizado por la industrialización por sustitución de importaciones como respuesta a los vaivenes de la economía mundial. Afín a esta coyuntura y en relación con la educación formal, en 1944 se creó la Dirección Nacional de Aprendizaje y Orientación Profesional de los Menores (DNAOP) y la Comisión Nacional de Aprendizaje y Orientación Profesional (CNAOP).
Con solo 16 números publicados en su primera época, la revista estaba editada principalmente por el plantel docente de la institución y contenía artículos de carácter técnico. El nacimiento de la publicación fue concomitante a la transformación de la Escuela Industrial en Instituto Politécnico, bajo la dirección del ingeniero Pascual Pezzano, con un nuevo programa que contemplaba la necesidad de profundizar la formación profesional de los estudiantes con un ciclo básico de oficios, uno de especialización o técnico superior y un ciclo profesional. A través de sus editoriales, la revista daba cuenta de la creciente diversificación escolar, destacando la incorporación de nuevos espacios de experimentación y laboratorios —como el de química analítica cuantitativa— a la propuesta formativa. Simultáneamente, la publicación reflejaba el marcado interés del sector industrial, evidenciado en la profusión de anunciantes que elegían sus páginas como plataforma publicitaria
Bajo el signo de los gobiernos peronistas, la publicación se convirtió en un espacio de convergencia entre la propaganda oficial, el imperativo de expansión industrial y la necesidad de formar cuadros técnicos calificados. Este contexto dio lugar a la construcción de un "ideal de juventud técnico-industrial" en sus páginas, el cual promovía una identidad juvenil integral: sana en lo corporal y lo espiritual. Bajo esta matriz, el deporte se consolidó como el eje central de socialización, funcionando como un espacio de integración para estudiantes de diversos sectores sociales. En este escenario, el Estado intervino para favorecer a los sectores populares que asistían a las escuelas industriales, buscando desmantelar la jerarquía ideológica que subordinaba la formación técnica al bachillerato humanista. Una medida determinante fue la reforma del acceso a Ingeniería en la UBA, que eliminó las barreras conservadoras cimentadas en el prejuicio de un supuesto “capital cultural inferior” de los técnicos. Esta política no fue un hecho aislado, sino que formó parte de una estrategia integral de ampliación de derechos y ciudadanía enmarcada en el nacionalismo de masas del proyecto peronista.
Referencias bibliográficas
Bellini, Claudio (2009). La industria peronista. Buenos Aires: Edhasa.
Berrotarán, Patricia (2004): “La planificación como instrumento: políticas y organización en el estado peronista” (1946–1949)”. En: Patricia Berrotarán, Aníbal Jáuregui y Marcelo Rougier. Sueños de Bienestar en la Nueva Argentina. Estado y Políticas Públicas durante el peronismo (1946–1955). Buenos Aires: Imago Mundi, pp. 15-45.
Brennan, James y Rougier, Marcelo (2013). Perón y la burguesía argentina. El proyecto de un capitalismo nacional y sus límites (1946–1976). Buenos Aires: Lenguaje Claro.
Cammarota, Adrián (2014). “Un juventud responsable, disciplinada y peronista. La Revista UES”. En: Claudio Panella y Guillermo Korn (Comps.). Ideas y debates para la Nueva Argentina. Revistas Culturales y políticas del peronismo (1946–1955). Vol. II. Buenos Aires: Ediciones EPC, pp. 383-408.
Cammarota, Adrián (2010). “El Ministerio de Educación durante el peronismo. Ideología, centralización, burocratización y racionalización administrativa (1949–1955)”. Revista de Historia Educación Latinoamericana, 15, pp. 63-92.
Cammarota, Adrián (2013). “Somos bachiyeres”. Juventud, docencia y política en la cultura escolar del Colegio Nacional Mixto de Morón (1949–1969). Tesis de Doctorado. Universidad Nacional de General Sarmiento.
Coudannes Aguirre, María Alejandra (2009). “Debates públicos y cambios institucionales (1914–1943)”. En: Graciela Branca. Proyectos educativos en escenarios políticos. Historia(s) de la EIS, Santa Fe. UNL, pp. 65- 92.
Dussel, Inés (1997). Currículum, humanismo y democracia en la enseñanza media (1863–1920). Buenos Aires: FLACSO.
Dussel, Inés y Pineau, Pablo (2003). “De cuando la clase obrera entró al paraíso: la educación técnica estatal en el primer peronismo”. En: Adriana Puiggrós (Dir.), Sandra Carli (Coord.). Discursos pedagógicos e imaginario social en el peronismo (1945–1955). Buenos Aires: Galerna, pp. 175-203.
Escuela Industrial de la Nación, Capital Federal (1917). Extracto de la Memoria Correspondiente al año escolar de 1916, elevada al Ministerio de Justicia e Instrucción Pública. Buenos Aires: Talleres Gráficos de L. J. Rosso.
Gallart, María Antonia (1989). “El rol de la educación técnica en Argentina: una aproximación cuanti-cualitativa”. Revista Latinoamericana de Estudios Educativos (México), 19(1), pp. 9-34. [Recuperado 17/04/2025: https://argentina3b.wordpress.com/wp-content/uploads/2023/03/gallart-educacion-tecnica.pdf].
Gallart, María Antonia (2006). La escuela técnica industrial en Argentina: ¿un modelo para armar? Montevideo: OIT/Cinterfor.
Gené, Marcela (2005). Un mundo feliz. Imágenes de los trabajadores en el primer peronismo,1946–1955. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica Universidad de San Andrés.
Gvirtz, Silvina (1999). “La politización de los contenidos escolares y la respuesta de los docentes primarios en los primeros gobiernos de Perón - Argentina 1949-1955”. Estudios Interdisciplinarios de América Latina y el Caribe, 10 (1). [Recuperado 20/04/2020: https://eialonline.org/index.php/eial/article/view/1047].
Koc Muñoz, Álvaro (2022). “El pensamiento educativo de Pascual Pezzano y la Universidad Obrera Nacional durante el primer peronismo”. En: Claudio Suasnábar, María Julieta Weber y Natália Cristina De Oliveira (Orgs.). Os Intelectuais em contextos nacionais e internacionais, Volumen 2: Educação, intervenções e culturas. Porto Alegre: Editorial FI, pp. 549-576.
Koc Muñoz, Álvaro (2024). “La Universidad Obrera Nacional: una institución crítica del modelo universitario reformista durante el primer peronismo”. Universidades, 75(99), pp. 97-110. [Recuperado 17/02/2026: https://www.memoria.fahce.unlp.edu.ar/art_revistas/pr.17280/pr.17280.pdf].
Krause, Otto (1900). Escuela Industrial de la Nación. Informe correspondiente al año 1900 presentado al Ministerio de Justicia e Instrucción Pública. Buenos Aires:Talleres Gráficos de L. J. Rosso.
Orbuch, Iván (2020). Peronismo y cultura física. Democratización, sociabilidad y propaganda. Buenos Aires: Imago Mundi.
Pécora, Griselda (2022). “La Escuela–Fábrica del Peronismo, el primer escalón en la formación para el trabajo.” Reseñas De Enseñanza De La Historia, 11, pp. 57–82. [Recuperado 17/07/2024: https://revele.uncoma.edu.ar/index.php/resenas/article/view/3740].
Peña, Milcíades (2023). Debates sobre la burguesía argentina, la liberación nacional y el peronismo. Ensayo preliminar de Alicia Rojo y Gabriel Piro. Buenos Aires: Ediciones IPS.
Pineau, Pablo (1991). Sindicatos, estado y educación técnica (1936–1968). Buenos Aires: Centro Editor de América Latina.
Plotkin Mariano (1994). Mañana es San Perón: Propaganda, rituales políticos y educación en el régimen peronista. Buenos Aires: Ariel.
Quién es quién en la Argentina (1969). Biografías contemporáneas (9.ª ed.). Buenos Aires: Kraft.
Sánchez Román, José Antonio (2007). “De las “Escuelas de Artes y Oficios” a la Universidad Obrera Nacional: Estado, elites y Educación Técnica en Argentina, 1914–1955”. Cuadernos del Instituto Antonio de Nebrija, 10, pp. 269-299 [Recuperado 20/04/2025: https://e-archivo.uc3m.es/rest/api/core/bitstreams/e1e60c02-c6c8-44c4-932b-8cf00da73059/content].
Somoza Rodríguez, Miguel (2006). Educación y política en Argentina (1946–1955). Buenos Aires: Miño y Dávila.
Sosa, Mariana Lucia (2016). “Desarrollo industrial y educación técnica: una estrecha relación. El caso argentino”. Revista Latino-Americana de História, 5(15), pp. 174-195.
Tedesco, Juan Carlos (1986). Educación y sociedad en la Argentina (1880–1945). Buenos Aires: Ediciones Solar.
Torrado, Susana (2007). “Estrategias de desarrollo, estructura social y movilidad”. En: Susana Torrado (Comp.). Población y bienestar en la Argentina del primero al segundo Centenario. Una historia social del siglo XX, Tomo 1. Buenos Aires: Edhasa, pp. 31-67.
Wiñar, David (1970). Poder político y educación: el peronismo y la CNAOP. Buenos Aires: Instituto Torcuato Di Tella.
Notas

