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La cartografía de la entrada general al Chaco de 1759: planificación, campaña y archivo
Cartography of the “Entrada General al Chaco” of 1759: Planning, Campaign, and Archive
Estudios del ISHIR, vol. 16, núm. 44, 2026
Universidad Nacional de Rosario

Artículos libres

Estudios del ISHIR
Universidad Nacional de Rosario, Argentina
ISSN-e: 2250-4397
Periodicidad: Cuatrimestral
vol. 16, núm. 44, 2026

Recepción: 10 noviembre 2025

Aprobación: 26 febrero 2026

Publicación: 30 abril 2026

Resumen: El artículo analiza un conjunto de mapas producidos en el marco de la entrada general al Chaco de 1759, impulsada por los gobernadores Pedro de Cevallos y Joaquín de Espinosa. Desde una metodología de etnografía histórica del archivo, se examina un corpus fragmentario que incluye cartografías de su planificación y representaciones elaboradas luego la campaña. El enfoque comparativo permite identificar los objetivos divergentes de ambos gobernadores y las adaptaciones sufridas por el plan original en el transcurso de la expedición. El análisis demuestra que los mapas, lejos de ser documentos técnicos o ilustraciones neutras, fueron artefactos polifónicos atravesados por disputas jurisdiccionales, silencios intencionales y mensajes situados. De este modo, se propone superar las lecturas historiográficas que los concibieron como imágenes objetivas, para comprenderlos como instrumentos activos en la construcción de relatos coloniales y de memoria imperial sobre el espacio chaqueño en tiempos borbónicos.

Palabras clave: cartografía colonial, Chaco, campañas militares, frontera, antropología histórica.

Abstract: This article analyzes a set of maps produced in the context of the “entrada general” into the Chaco of 1759, led by governors Pedro de Cevallos and Joaquín de Espinosa. Using a methodology of historical ethnography of the archive, it examines a fragmentary corpus that includes both planning cartographies and representations created after the campaign. The comparative approach makes it possible to identify the divergent objectives of the two governors and the adaptations undergone by the original plan during the course of the expedition. The analysis shows that the maps, far from being neutral technical documents or mere illustrations, were polyphonic artifacts shaped by jurisdictional disputes, intentional silences, and situated messages. In this way, the article seeks to move beyond historiographical readings that conceived them as objective images, in order to understand them as active instruments in the construction of colonial narratives and imperial memory of the Chaco during the Bourbon period.

Keywords: colonial cartography, Chaco, military campaigns, frontier, historical anthropology.

Introducción

En un trabajo previo nos aproximamos a la entrada general al Chaco de 1759 desde un abordaje histórico-antropológico que recuperó el amplio corpus documental generado por la expedición: cartas, actas, informes administrativos, testimonios de actores coloniales, croquis y mapas.[1] Allí nos propusimos resituar esas fuentes en sus contextos de producción para atender a la compleja articulación entre los hechos empíricos, los imaginarios coloniales y los registros discursivos. Desde esa perspectiva, mostramos cómo la noción de “entrada general”, cristalizada en la documentación oficial y luego reproducida por la historiografía, encubre una diversidad de proyectos y motivaciones particulares: las tensiones entre gobernaciones, las estrategias interétnicas desplegadas en cada frontera y la distancia entre la planificación ideal y la ejecución efectiva de la campaña.

Esa primera indagación permitió cuestionar la imagen de una acción única, coordinada y homogénea, y, en cambio, visibilizar las discrepancias entre escalas de análisis –imperio, gobernaciones, ciudades y fronteras locales–, así como los conflictos y negociaciones que atravesaron tanto a los funcionarios hispanocriollos como a los grupos indígenas. A partir de esa mirada, la entrada de 1759 pudo ser entendida como un acontecimiento histórico en el que se entrecruzaron proyectos políticos, disputas de poder y relaciones interétnicas situadas.

En este nuevo artículo proponemos enfocarnos en un segmento particular de ese corpus: los mapas producidos en torno a la campaña. Para este trabajo hemos podido identificar siete piezas que forman parte de una serie mayor, hoy dispersa y fragmentada. Sabemos que de los originales se produjeron múltiples copias y versiones que circularon entre distintos funcionarios y que –algunas de ellas– terminaron integrando repositorios e instituciones tanto en América como en España.

Estos mapas aportan información clave no sólo sobre la campaña en sí, sino también sobre los contextos de producción y las situaciones sociales para las que fueron elaborados. En un primer nivel, cada pieza fue analizada en relación con los datos específicos de la entrada general: itinerarios proyectados, puntos de encuentro entre las columnas, rutas de acceso al interior del Chaco, proyecciones de avance territorial, recorridos efectivamente transitados y descubrimientos registrados.

El enfoque comparativo entre las distintas versiones permitió, además, identificar objetivos dispares entre los actores coloniales y poner en evidencia las tensiones entre planificación y ejecución. Finalmente, abordamos el corpus como una vía para indagar en los modos en que esos agentes imaginaron y representaron el espacio chaqueño: qué territorios delimitaron, qué parajes jerarquizaron u omitieron, cómo representaron la presencia y distribución de los grupos indígenas y qué recursos consideraron disponibles.

En la historiografía, la cartografía ha recibido un tratamiento contradictorio: por un lado, croquis y mapas fueron relegados al lugar de meros accesorios ilustrativos de la documentación escrita; por otro, se los sobrevaloró como voces privilegiadas del discurso histórico, como si fueran productos autosuficientes y brindaran miradas imparciales de la realidad (Lois, 2000; Pensa, 2020). Muchos de los documentos que conforman nuestro corpus han quedado atrapados en esa fetichización, que atribuye a las imágenes la capacidad de condensar de manera objetiva y eficaz los resultados de la campaña, sin atender a sus condiciones de producción ni a sus sesgos e intencionalidades. En este artículo proponemos superar esa polarización, reconociendo tanto la información específica que aportan los mapas a la narrativa militar como las distorsiones que introducen cuando se los aísla de los entramados sociopolíticos en los que fueron concebidos y reutilizados.

No nos interesa aquí realizar un análisis cartográfico en términos técnicos ni centrarnos en los formatos de representación empleados. Nuestro objetivo es, más bien, indagar en cómo esta cartografía se puso al servicio de la conquista de un territorio, orientando la planificación y justificación de expediciones al Chaco, y cómo posteriormente alimentaron determinadas formas de interpretación histórica sobre la entrada general. En este sentido, los mapas son entendidos como instrumentos de poder y de memoria, vinculados tanto a los proyectos de dominio territorial de la monarquía borbónica y sus ejecuciones en el terreno como a las políticas de conservación y las lecturas posteriores que se cristalizaron en la historiografía.

Cómo leer los mapas coloniales: una aproximación histórico-etnográfica

El análisis de este corpus cartográfico se enmarca en la perspectiva de la etnografía histórica, concebida como una forma de aproximación que considera a los documentos no sólo como fuentes para reconstruir acontecimientos, sino también como productos sociales que vehiculizan significados, ordenan prácticas y habilitan discursos específicos (Lennartsson, 2011). Diversos estudios han insistido en que la cartografía debe ser comprendida como una práctica social e intelectual, atravesada por relaciones de poder y situada en contextos específicos de producción y circulación.[2]

Brian Harley (2005) señaló que los mapas son discursos que construyen la realidad que pretenden representar, en la medida en que seleccionan, jerarquizan y silencian información de acuerdo con los intereses de quienes los elaboran. En una línea similar, Jorge Cañizares-Esguerra (2006) ha mostrado cómo la ciencia y la cartografía en la América colonial fueron inseparables de los proyectos imperiales de dominación, al mismo tiempo que incorporaban y transformaban saberes locales. Denis Wood (1992) reforzó esta perspectiva al mostrar que los mapas no sólo representan, sino que “trabajan”: generan efectos, orientan la mirada y reproducen la cultura que los origina. Entiende a cada signo cartográfico como portador de una historia propia que, al articularse con otros, responde a intereses específicos. Estas contribuciones permiten situar la cartografía colonial como un artefacto activo en la construcción de narrativas imperiales, más que como un registro neutral de los territorios conquistados.

Desde esta perspectiva, entendemos que los mapas de la entrada general al Chaco de 1759 constituyen dispositivos de poder, cuya eficacia radicó tanto en su capacidad para proyectar un orden territorial deseado como en su potencial de ser reutilizados en distintos contextos históricos. Serge Gruzinski (1991) ha destacado que las imágenes coloniales operaban como mediaciones entre universos culturales heterogéneos; desde esa perspectiva, tal como veremos en nuestro análisis, los documentos cartográficos aquí estudiados funcionaron de manera semejante, articulando imaginarios metropolitanos, intereses regionales y diferentes representaciones sobre los pueblos indígenas y el territorio.

Por otra parte, el recorrido archivístico de estas piezas obliga a situarlas en el marco de lo que Ann Laura Stoler (2010) ha denominado la “etnografía del archivo”, advirtiendo que los fondos documentales no son depósitos neutrales, sino escenarios donde se producen decisiones de selección, clasificación y catalogación que inciden directamente en lo que se conserva, lo que se oculta y lo que se interpreta. Como veremos, la separación de los mapas de sus legajos escritos, su catalogación bajo títulos genéricos y la creación de series que agruparon documentos de diferentes esferas de producción son parte de esos procesos de “mostrar y ocultar” que modelaron las posibilidades de lectura posterior.

Así, nuestro análisis se organizó en torno a un triple movimiento. En primer lugar, siguiendo los indicios que brindan los documentos y sus huellas en los catálogos de los repositorios, imaginamos los posibles contornos de este corpus, entendiendo que se trata de un “archivo estallado” (Pérez, 2013) cuyo número de piezas y localización nos es desconocida. En segundo lugar, siguiendo la premisa de que “ningún documento tiene sentido en sí mismo” (Farge, 1991: 73), situamos a cada mapa en sus contextos originales de producción y circulación (Nacuzzi, 2002), los pusimos en diálogo con la documentación escrita y aplicamos un enfoque comparativo entre las piezas que conforman nuestro corpus cartográfico. Finalmente, rastreamos sus trayectorias posteriores: las copias y reversiones que permitieron su conservación, las reutilizaciones en nuevas campañas, las operaciones archivísticas que los separaron de sus legajos y las lecturas historiográficas que reforzaron su fuerza representacional.

Este enfoque histórico-etnográfico, atento tanto a la enunciación original como a las resignificaciones posteriores, nos permite situar a los mapas en sus entramados sociales e institucionales y comprenderlos como documentos históricos en toda su complejidad: representaciones gráficas, pero también objetos vivos que fueron reutilizados, clasificados, ocultados y reinterpretados a lo largo del tiempo. Sólo en esa doble dimensión es posible comprender cómo estas piezas condensaron no solo un proyecto militar en el Chaco, sino también los modos en que el imperio español produjo, gestionó y transmitió conocimiento sobre sus fronteras.

La conformación del corpus cartográfico

Los mapas de y para la campaña

De los siete mapas que conforman nuestro corpus documental específico, los primeros cuatro fueron producidos en el contexto de planificación de la entrada general. Como se desarrollará luego, tres de ellos (M1, M2 y M3) se corresponden con el proyecto del gobernador de Buenos Aires, Pedro de Cevallos, mientras que el cuarto (M4) responde al plan del gobernador del Tucumán, Joaquín de Espinosa. Los tres siguientes (M5, M6 y M7) fueron realizados luego de finalizada la expedición por parte de las columnas del Tucumán.

Con excepción de una sola pieza (M5), los otros seis mapas se encuentran resguardados en el Archivo General de Indias (AGI). Por políticas del archivo, hace mucho tiempo que estas cartografías, junto a otros planos, dibujos y croquis, fueron reproducidas en diferentes soportes –diapositivas, microfilm, imagen digital– para contribuir a su conservación y facilitar su consulta. Como parte de ese proceso, a los documentos que aquí analizamos se les atribuyeron nuevos títulos y se los agrupó en series en función a sus apariencias gráficas: M1, M2 y M3 forman parte de una serie; mientras que M6 y M7 conforman grupo con otras dos piezas de las hablaremos más adelante (M8 y M9).

Así, por sus características visuales y accesibilidad, estos mapas tuvieron una amplia difusión y fueron reproducidos en diversas publicaciones.[3] Sin embargo, alcanzaron esa notoria visibilidad a costa de haber sido separados de sus legajos de procedencia. Lamentablemente, los documentos escritos que los acompañaban no tuvieron la misma suerte. Aunque el AGI permite trazar la ruta con los legajos de origen, el hecho de que no se encuentran digitalizados dificulta su consulta. En consecuencia, muchas de estas imágenes han sido estudiadas de forma individual, atendiendo únicamente a lo que expresan en sí mismas, sin confrontar esa información gráfica con las narrativas escritas que las acompañaban y que aportan claves fundamentales para su interpretación.

Para este trabajo, hemos tenido acceso tanto a viejas copias de diapositivas[4] como a las versiones digitalizadas y actualmente disponibles en el Portal de Archivos Españoles (PARES).[5] En cuanto a los documentos escritos, hemos consultado la documentación asociada a M1, M2 y M4; mientras que esperamos poder revisar en el futuro los papeles de M3, M6 y M7. En los cuadros siguientes, recogimos las especificaciones de esos legajos, así como otras características de la catalogación y procedencia de cada pieza documental, tal como aparecen en los descriptivos que ofrece dicho portal.

En el caso de M5, hemos consultado una versión original que se conserva en el Archivo General de la Nación Argentina (AGNA). Esta pieza cartográfica, que ha tenido menor visibilidad historiográfica, integra una copia del informe final elevado por Espinosa. La información registrada en el cuadro se corresponde a una reconstrucción propia de su localización en el archivo.

En todos los casos, a modo de observaciones registramos algunas de nuestras dudas y certezas, problematizamos ciertos aspectos relacionados con su catalogación y/o agregamos información que consideramos pertinente para el análisis posterior.





Mapa 1 (M1)





Mapa 2 (M2)





Mapa 3 (M3)





Mapa 4 (M4)





Mapa 5(M5)





Mapa 6 (MP6)





Mapa 7 (M7)

Otros mapas relacionados

Como parte del proceso de conformación de nuestro corpus, hemos considerado la pertinencia de otras tres piezas que, de diferentes maneras, se asocian al “archivo estallado” de la Entrada General de 1759. En primer lugar, hemos descartado la incorporación de un croquis realizado a mano alzada que integra la Colección de Ángelis conservada en la Biblioteca Nacional de Río de Janeiro (BNRJ). En él se registra el sistema hídrico del Paraná, algunos emplazamientos coloniales, misiones indígenas, parajes y distancias entre diferentes puntos. Fue vinculado en la catalogación a la campaña.[6] No obstante, el contenido del mapa no permite establecer esa relación directa de manera intuitiva y la escasa documentación que lo acompaña no brinda información contextual sobre su producción, uso o función en relación en los acontecimientos de 1759.

Asimismo, evaluamos la pertinencia de las piezas M8 y M9 identificadas por el AGI como partes de una misma secuencia documental, junto con M6 y M7. Si bien estas piezas comparten a simple vista una misma plantilla cartográfica con los mapas de la campaña efectuada por Tucumán –coincidencia del plano, escala, incluso de los rumbos señalados con líneas de puntos y la ubicación específica de los lugares señalados con letras–; fueron producidas en otro contexto de enunciación y para nuevos fines. Todo parece indicar que se trata de una re-utilización de la cartografía de 1759 como parte de la planificación de una nueva campaña que comenzaba a gestarse dos décadas después. Por motivos que desconocemos, la indexación provista por AGI no consideró necesario reproducir el orden cronológico ni separar estas piezas en dos series diferenciadas.[7] Volveremos sobre la pertinencia de estos mapas y sus implicancias hacia el final de este artículo, motivo por el cual incluimos sus descripciones formales:





Mapa 8 (M8)





Mapa 9 (M9)

A continuación, analizaremos el contenido de este corpus cartográfico teniendo en cuenta los particulares contextos de producción, enunciación y circulación que hemos reconstruido parcialmente. En primer lugar, analizaremos la información que aportan estos documentos para la comprensión histórica de la entrada general de 1759. Para ello, en diálogo con el corpus documental que hemos reunido y analizado anteriormente, ensayaremos una interpretación que atienda tanto a las referencias explícitas como a los silencios e imaginarios implícitos que guiaron esas representaciones del espacio indígena y colonial. En segunda instancia, analizaremos los sesgos y tergiversaciones asociados al manejo de estas imágenes en contextos ajenos a la campaña, ligados a las instancias de conservación, catalogación, reproducción y análisis documental para la comprensión del pasado colonial.

Las representaciones cartográficas de la campaña de 1759

1. Los mapas “para” la campaña: las planificaciones de Cevallos y Espinosa

A fines de 1758, el gobernador de Buenos Aires Pedro de Cevallos se puso al frente de la coordinación de una entrada general al Chaco para el castigo de los “indios infieles” –principalmente abipones y mocovíes– para la cual convocó la colaboración de las gobernaciones vecinas y alistó a las tropas de las ciudades fronterizas, bajo su mando. Durante la etapa de planificación, que se extendió hasta el mes de abril de 1759, Cevallos mantuvo intensa correspondencia con sus pares –Joaquín Espinosa y Dávalos, Gobernador del Tucumán y Jaime Sanjust, Gobernador del Paraguay– y con sus tenientes de gobernador en las ciudades de Santa Fe –Antonio de Vera Muxica– y Corrientes –Nicolás Patrón–.

A su vez, estableció una vía directa de comunicación con la Corona en España por intermedio de Julián de Arriaga, secretario del Rey. Todos ellos recibieron informes y/o instrucciones sobre los objetivos, el listado de las tropas, las fechas posibles y los caminos implicados en el proyecto de la Entrada General. Estos informes estuvieron acompañados por un mapa que buscaba transmitir de manera clara y esquemática el plan de Cevallos que, en líneas generales, consistía en el avance simultáneo desde Salta, Paraguay y Corrientes hacia un punto intermedio sobre el río Bermejo, con el objetivo de cercar al enemigo.

Acorde a nuestro estudio anterior sobre la campaña (Lucaioli y Sosnowski, 2024), de estos mapas se produjeron diferentes copias y versiones, ya fuera con la intención de coordinar esa acción conjunta como de informar a los superiores de la marcha de los acontecimientos. Como hemos señalado anteriormente, hemos logrado identificar y analizar tres versiones (M1, M2 y M3) que forman parte de esta serie dispersa y fragmentaria. En cuanto fueron pensados para organizar la campaña, estos documentos brindan importante información sobre los intereses y expectativas proyectadas sobre su ejecución. Sin embargo, en cuanto piezas cartográficas, estos documentos aportan también información relativa a la perspectiva imperial que sesga esta imagen (Pratt, 1997).

Los tres mapas de Cevallos (M1, M2, M3) colocan al sistema fluvial Paraná–Paraguay en el centro de la escena, reforzando los intereses geopolíticos de la época en torno al comercio y la comunicación con Buenos Aires.[8] La inclusión de esta ciudad –aunque no participara directamente en la entrada– subraya su papel estratégico en la proyección imperial. Del mismo modo, la presencia de Guadalcázar como “ciudad asolada” recuerda el peligro indígena y legitima la urgencia de la campaña. La amplitud innecesaria del plano, que va mucho más allá del área concreta de operaciones, responde a esta lógica: vincular la conquista del Chaco tanto con la expansión comercial como con la contención militar del “enemigo infiel” [ver Imagen N° 1].


Imagen 1
Mapa 1: representación de la planificación de la entrada general al Chaco de 1759 por Pedro de Cevallos, con los rumbos previstos de las diferentes columnas.
Fuente: AGI//MP-BUENOS_AIRES, 62.

Los signos topográficos utilizados en M1 y M2[9] para señalar los asentamientos de personas – ya fueran hispanocriollos o indígenas – vehiculizan el imaginario de la conquista. Pensa (2023) advierte que una mayor centralidad política e institucional se corresponde con grafías más complejas y viceversa. Así, las ciudades con gobernador se destacan visualmente por sobre las demás poblaciones de españoles, éstas por sobre los fuertes y aquéllos sobre los pueblos de indios. En el nivel más simple de representación, las tolderías de indígenas están representadas por triángulos que, a primera vista, podrían confundirse con montañas o características del paisaje. Coincidimos con Pensa (2023) en que esta representación simbólica de la cartografía funciona como instrumento de poder para transmitir la supremacía de los conquistadores y la corona española, en coincidencia con las ideas evolucionistas que ubican a los grupos nativos –simples y salvajes– en contraposición con las sociedades europeas –complejas y civilizadas–.

A su vez, la ubicación de estos íconos en el mapa transmite el desigual conocimiento que se tenía de los territorios conquistados y de la “tierra adentro” de dominio indígena: mientras que las ciudades, fuertes y pueblos de indios pretenden dar cuenta de su ubicación exacta, las tolderías aparecen representadas sólo de manera ilustrativa en las cercanías de los ríos Pilcomayo y Bermejo (o Río Grande), y entre el Paraná y el Salado. La documentación consultada no permite establecer ningún tipo de correlación histórica entre la cantidad de toldos dibujados y sus ubicaciones; por el contrario, advierten acerca del casi total desconocimiento que los colonizadores tenían sobre este territorio, así como de los parajes y rutas frecuentadas por los grupos nómades del Chaco (Lucaioli, 2021).

Sin embargo, aunque imprecisa en su número y distribución, esta representación de las tolderías tiene contenido simbólico en relación con los objetivos del proyecto militar de Cevallos: guerra y castigo a los “indios infieles”. La argumentación visual es contundente y efectiva para transmitir de manera sintética ciertos puntos clave de su propuesta: 1) la “tierra adentro” se encuentra densamente poblada por agrupaciones indígenas que ponen en peligro el avance de las fronteras coloniales; 2) este espacio indígena se encuentra delimitado por las ciudades fronterizas de las gobernaciones del Tucumán, Paraguay y Buenos Aires; 3) la desigual proporción de tolderías y enclaves coloniales haría fracasar cualquier intento de reducirlos desde un único frente. La interpretación de estos aspectos descansa en el diálogo que pudimos establecer entre la imagen cartográfica con las cartas, informes e instrucciones escritas por Cevallos,[10] que otorgan información sustancial y complementaria para comprender la complejidad de esta instancia de planificación y la identificación de los objetivos primarios y secundarios asociados.

Entendemos que todos los elementos que componen el mapa –la elección del plano, la centralidad del sistema fluvial, los signos topográficos, la selección de enclaves hispanocriollos y la representación desorganizada de la “tierra adentro”– contribuyen a reforzar la necesidad y urgencia de una entrada general en la que participen las milicias de las tres gobernaciones. Sobre este lienzo, se vuelca también la información explícita para la campaña. Estos documentos pretendían funcionar como una hoja de ruta para que los gobernadores Espinosa y Sanjust conocieran los rumbos que debían tomar sus tropas: las del Tucumán desde Salta hasta el Bermejo –graficada por una línea punteada intercalada con la letra A– y las del Paraguay, desde Asunción hacia ese mismo punto del Bermejo –también en línea punteada, con la letra B–.[11] Pensa (2023) señala que la elección de marcar estos caminos con líneas rectas contribuye a brindar la ilusión de un tránsito fácil. Sin dudas se trata de una simplificación de trayectos que suponían más incertidumbres y escollos que seguridad y certezas; sin embargo, pensamos que esta simplificación puede responder a la simple cuestión del desconocimiento de ese territorio inexplorado y de los caminos que efectivamente podrían tomar las tropas para acercarse al punto de encuentro planificado.

Sobre las milicias que saldrían desde Corrientes y Santa Fe –jurisdicciones bajo el mando de Cevallos–, estos documentos presentan variaciones interesantes. En M1 y M3 no se señala el camino que “deberán” tomar, sino que se muestra la senda abierta anteriormente por las tropas correntinas en busca de una salida al río Bermejo. Esta vez, el trazo ya no es recto y preciso, sino que serpentea reflejando las vicisitudes que impone el terreno –denso y pantanoso– para el avance de las tropas. La distancia temporal entre lo que se espera que ocurra durante la campaña y lo que ya ocurrió en el pasado se refuerza en la representación visual: mientras que los caminos a tomar desde el Tucumán y el Paraguay fueron graficadas con líneas de puntos simples y las letras A o B, el itinerario que sale de Corrientes aparece con un punteado denso, sinuoso y acompañado por el texto: “camino de los correntinos buscando Salta”. En las cartelas se agrega: “Los Correntinos no llegaron más que a la mitad del camino de Salta los años pasados quando fueron al descubrimiento de ese camino, y llevaron el rumbo por el Río Grande y las vueltas que se señalan”. Aunque estos mapas, por sí solos, no permitan deducir que se planifica la participación de los correntinos – y mucho menos que incluye a los santafesinos –,[12] los documentos escritos por Cevallos señalan que se espera que ambas ciudades “salgan a campaña en el termino, y por el rumbo que les señala el mismo proiecto”,[13]


Imagen 2.
Mapa 2: representación de la planificación de la entrada general al Chaco de 1759 por Pedro de Cevallos, con los rumbos previstos de las diferentes columnas (intervenido).
Fuente: AGI//MP-BUENOS_AIRES, 62BIS.

En M2 se efectuó una modificación en la información explícita sobre este camino que resulta muy reveladora: este rumbo se registra con línea de puntos simple y con la letra C, de manera muy similar a como se representan los itinerarios a seguir por las tropas del Tucumán (A) y del Paraguay (B). Asimismo, en la cartela se indica: “C. el que hicieron sin concluirlo, y pueden llevar los Correntinos” [ver Imagen N° 2]. A diferencia de las otras dos versiones de esta serie, M2 resulta más autosuficiente a la hora de conocer los rumbos planificados por Cevallos para el ingreso al Chaco; aun así, es opaca sobre la participación de las tropas santafesinas. Aunque pudimos reconstruir parte de su derrotero,[14] desconocemos cuándo se mandó a producir esta versión ni quién la solicitó. En el AGI, integró el conjunto de documentos catalogados como “Oficios de remisión al consejo, cámaras y ministros”, en el legajo “Buenos Aires, 18”. Nos preguntamos si podría haber sido una copia producida por el propio aparato burocrático como respaldo documental de las decisiones y acciones implementadas en torno a la planificación de la entrada de 1759 y, en ese caso, si las intervenciones efectuadas sobre el recorrido “C” podrían responder a la cuestión práctica de sintetizar de manera gráfica y concisa la información volcada en los documentos respaldatorios.

Aunque esta hipótesis aún no ha podido ser confirmada, sostenemos que la producción sistemática de copias del mapa que acompañaba el proyecto de Cevallos, su distribución entre diferentes esferas de la administración colonial y su posterior confusión con el registro de los resultados, contribuyó a darle a esta entrada una gran visibilidad que trascendió el contexto inmediato de su ejecución y que no condicen con los moderados resultados obtenidos.[15] Volveremos sobre este aspecto en el último apartado.

Mucho menos conocida es la representación cartográfica generada por el Gobernador del Tucumán, Joaquín Espinosa y Dávalos, durante la planificación de esta campaña (M4). Este documento, que en el dorso lleva la inscripción “mapa hecho en Salta”, fue enviado por Espinosa al corregidor de Potosí, Ventura de Santelices, acompañado de una copia del mapa de Cevallos (M1) que hemos analizado. Esta pieza ofrece importantes claves analíticas, tanto para comprender su particular perspectiva sobre el Chaco como para identificar sus objetivos e intereses respecto de la campaña [ver Imagen N° 3].


Imagen 3.
Mapa 4: representación de la planificación de la expedición al Chaco de 1759 por Joaquín de Espinosa, con el rumbo previsto sobre Macomita
Fuente: AGI//MP-BUENOS_AIRES, 63.

En este mapa identificamos la intervención de diferentes etapas de producción: se observan trazos, tintas y letras distintas que habilitan pensarlo como un documento polifónico (Davis 2013; Nacuzzi y Lucaioli, 2015). El mapa de Espinosa (M4) desplaza el eje Paraná–Paraguay hacia el margen y coloca en el centro a la “tierra adentro”, privilegiando el espacio chaqueño desde la mirada del Tucumán. De ese modo, detalla su sistema hídrico y fronterizo –con menciones al Río Dulce, los Llanos del Manso y nuevos enclaves– mientras minimiza el complejo Paraná-Paraguay y omite a los pueblos guaraníes. Este corrimiento revela un interés distinto al de Cevallos: explorar rutas hacia Corrientes y reforzar la centralidad del Tucumán más que proyectar un castigo militar a los “indios infieles”. Los signos topográficos de esta pieza son notablemente más sencillos que los que ya hemos analizado. Sobre esa base fue graficada, con otra letra, la ruta que esperaba tomar Espinosa en su entrada al Chaco.

Entendemos que la representación del espacio en los mapas base de cada Gobernador se corresponde con sus intereses particulares, tanto en relación con las posibilidades de comunicación fluvial o terrestre de cada jurisdicción con las demás ciudades del virreinato como por la importancia relativa que tuvo para cada uno el problema fronterizo chaqueño y las relaciones interétnicas con los grupos insumisos. Para mediados del siglo XVIII, el Tucumán estaba particularmente interesado en abrir nuevas rutas que permitieran articular el comercio entre Perú y Buenos Aires y, para ello, estaba dispuesto a explorar el tránsito por el Bermejo como las posibilidades de cortar camino por la “tierra adentro”, utilizando las sendas indígenas. Las políticas interétnicas desplegadas hasta el momento por esa gobernación, se habían orientado tanto a estrechar complejos lazos de amistad con los grupos semisedentarios lules y vilelas como a mantener alejados de sus fronteras a los grupos nómades tobas, mocovíes y abipones (Lucaioli y Sosnowski, 2024).

Esa falta de atención directa sobre los grupos insumisos constituye la clave para comprender por qué, aunque ocupa un lugar central, la “tierra adentro” aparece en el mapa de Espinosa como un espacio vacío, sin tolderías ni ninguna otra señal de presencia indígena. Acaso la única advertencia de peligro descansa sutilmente en la inclusión de las ciudades de Guadalcázar, Esteco y Concepción del Bermejo – sin ningún texto explicativo –, todas con el ícono de la cruz que servía para señalar los emplazamientos españoles destruidos por los indígenas. La falta de registro de la presencia indígena contribuye a separar los motivos de la entrada del problema interétnico y la guerra contra los grupos insumisos para poner la atención en las intenciones exploratorias y el tránsito por un territorio desconocido.

De hecho, antes de que Cevallos diseñara su plan de una entrada general al Chaco, Espinosa planificaba una expedición de reconocimiento territorial con la intención de recorrer la “senda de Macomita”, un antiguo camino utilizado por los indígenas que nunca había sido transitado por los españoles. Estos intereses son, justamente, los que se representan en M4, donde Espinosa trazó (o mandó a trazar) un recorrido que parte de la ciudad de Salta pasando por el fuerte de Cobos y las ruinas de Esteco hasta Miraflores, de allí a Valbuena para desembocar en un punto denominado “Puerta” –señalado en el mapa con un asterisco–, en donde inicia la senda de Macomita. Esta primera parte del trayecto está graficada con una línea de puntos simple acompañada por la inscripción “camino que he de llevar” (escrito con una letra diferente a la del mapa base). El trazo señala ciertos meandros del rumbo que se espera tomar, lo que indicaría que se trata de un camino conocido que no debería traer sobresaltos.

En Puerta se inicia el recorrido por “tierra adentro” hacia el Bermejo, pasando por el paraje de Macomita (también señalado con un asterisco)[16] hasta las inmediaciones de las ruinas de Concepción del Bermejo, para luego bordear el río hasta Corrientes. Esta segunda parte del trayecto, planificada sobre la geografía desconocida y desafiante del Chaco, se representa con una línea recta casi horizontal, compuesta por varios puntos. Una vez más, como analizamos en M1, M2 y M3, la falta de conocimiento sobre el terreno se traslada al papel a la manera simplificada de la línea recta.

La senda de Macomita era, no obstante, un camino inexplorado y plagado de peligros, no solo por la presencia de numerosos grupos indígenas hostiles (silenciados mediante la ausencia de representación de las tolderías) sino también por las características del terreno que va desde una aridez extrema –en donde el aprovisionamiento de agua depende de la ubicación de ciertos pozos accesibles mediante la guía de indígenas amigos– hasta las extensas y complicadas zonas pantanosas en las inmediaciones del río Bermejo. Ninguno de los escollos, peligros y cambios ambientales asociados a la senda de Macomita se representan en el mapa, excepto por una inscripción agregada por una tercera persona –con otra pluma y letra– que, con cierta ironía, remata la frase “camino que he de llevar” con la sentencia “queriendo Dios”.

La lectura de este mapa, que pone en el centro de escena el recorrido por Macomita y que se propone llegar hasta la ciudad de Corrientes, nos lleva a pensar que se trata de un mapa confeccionado por Espinosa con anterioridad a que Cevallos lo incluyera en su proyecto de una entrada general al Chaco. Esta hoja de ruta no muestra ningún indicio de que proyectara internarse en línea recta desde Salta hacia el Bermejo, ni que esperara encontrarse con las tropas paraguayas y correntinas en un punto intermedio; ni, mucho menos, que tuviera intenciones de castigar a los indios infieles. Por el contrario, constituye una fuente de información acerca de los planes originales que tenía Espinosa sobre su entrada al Chaco: explorar el territorio para abrir un camino directo hacia Corrientes siguiendo una antigua senda utilizada por los indios de “tierra adentro” (Lucaioli y Sosnowski, 2024).

En síntesis, la serie conformada por los mapas asociados a la planificación de la entrada nos muestra diferentes versiones y perspectivas de la campaña de 1759. Por un lado, los tres primeros documentos representan el proyecto ideado por Cevallos para el castigo de los indios infieles del Chaco. En ellos, se trazan los rumbos ideales a seguir por los gobernadores de Tucumán y Paraguay, así como un recorrido más informal –e informado– sobre un camino abierto tiempo atrás por los correntinos y que posiblemente retomarían las tropas de la gobernación de Buenos Aires. El cuarto documento, por el contrario, expresa el proyecto que tenía entre manos Espinosa en su intento de “descubrir” la senda de Macomita para abrir una comunicación directa con Corrientes. Si bien este mapa se inserta en un contexto de producción previo a su involucramiento en la campaña de 1759, brinda importantes claves para comprender la estrategia de Espinosa de hacer congeniar su plan original con el proyecto mayor de la entrada general.

2. Los mapas de la campaña: la entrada de Espinosa

Luego de intensos preparativos, entre los meses de marzo y junio de 1759 se llevó adelante la entrada general al Chaco, que resultó en la exploración territorial por parte de las tropas del Tucumán, un curioso desempeño de las milicias de Santa Fe y Corrientes, y una muy moderada colaboración de la gobernación del Paraguay. Ya nos hemos explayado en otro lugar sobre los pormenores de la campaña (Lucaioli y Sosnowski, 2024); aquí nos detendremos únicamente en las narrativas de los mapas producidos después de su realización, piezas que se corresponden únicamente con la experiencia de la gobernación del Tucumán.[17]

Los resultados de esta campaña debieron ser informados a sus superiores y consignados en actas oficiales, tal como era de uso y costumbre en la administración colonial. Como parte de esta burocracia, Espinosa redactó un informe completo que reúne toda la documentación pertinente a la ejecución de la entrada: órdenes, autos, testimonios de sus principales protagonistas y un mapa de la campaña. Esta documentación fue conservada en Salta[18] y reproducida para ser enviada al corregidor de Potosí Ventura de Santelices –con quien se había mantenido estrecha correspondencia– y al Rey de España.[19]

Las tres piezas cartográficas que hemos podido consultar de esta serie, resultan de estas tres esferas de circulación: M5 integra el informe local; M6 fue enviado por Espinosa a España y M7 fue remitido a Potosí. El hecho de que los tres documentos se encuentren fechados en Salta el 27 de agosto de 1759 y lleven la firma de Espinosa –sumado a la manifiesta semejanza de los trazos, la tinta y los diseños–, concluimos que fueron producidos en serie por los mismos autores. En consecuencia, estos tres ejemplares son muy parecidos entre sí y solo presentan leves diferencias; de ello se desprende que su riqueza analítica reside menos en su comparación interna como en el diálogo que es posible establecer con las piezas analizadas en el apartado anterior.


Imagen 4.
Mapa 5: representación de las rutas transitadas durante la campaña de 1759 que encabeza el informe local redactado por Espinosa.
Fuente: AGNA, Sala IX, Intendencia de Salta 5-6-6.

Comencemos por analizar las narrativas explícitas e implícitas en estas representaciones [ver Imagen N° 4]. En primer lugar, salta a la vista que para estas tres versiones se reutilizó el mismo mapa base que había sido intervenido por Espinosa en la proyección de la entrada (que aquí identificamos como M4) y que, como señalamos, se corresponde con la representación del espacio chaqueño desde la perspectiva de la gobernación del Tucumán: el foco puesto sobre la “tierra adentro” y el eje Paraná-Paraguay desplazado hacia el lateral derecho. Esta elección, ni ingenua ni casual, responde a la decisión política de reforzar el posicionamiento del lector desde el punto de vista de quien enuncia.

Un segundo aspecto que se observa de inmediato, es que estas piezas ya no representan a la “tierra adentro” como un espacio vacío sino que registran –con notable detalle– motivos que remiten a una particular percepción del paisaje: el espacio vacío de M4 se encuentra ahora cubierto por pequeños y abigarrados dibujos de árboles, plantas, pozos de agua, lagunas y unos pocos animales.[20] Estos trazos no tienen referencias específicas, excepto en M7, donde se agregaron algunos asteriscos de forma aparentemente improvisada –con otra tinta y letra–, para esclarecer algunos de ellos: gran anta, tigres del Chaco, el cerro Aconquija [ver Imagen N° 5]. Entendemos que estas intervenciones no sólo revelan la polifonía de estos documentos, sino que también brindan algunas claves sobre cierta información que podía ser más pertinente transmitir a determinados interlocutores y no a otros. Tiene sentido, en este caso, que tales aclaraciones hayan sido dirigidas al corregidor de Potosí, particularmente interesado en la conquista de este espacio que no conocía.


Imagen 5.
Mapa 7: representación de las rutas transitadas durante la campaña de 1759 que encabeza el informe enviado por Espinosa al corregidor de Potosí.
Fuente: AGI//MP-BUENOS_AIRES,64 QUATER.

Adjudicamos a estos dibujos una fuerza simbólica que supera la mera ilustración del territorio. Desde nuestro punto de vista, delinean el marco de interpretación desde el cual es posible evaluar los resultados de la campaña, eficacia que descansa en la retroalimentación de sus sentidos: 1) el foco puesto sobre los recursos legitima el principal objetivo de Espinosa de transitar un territorio inexplorado; 2) esta particular y detallada representación del espacio remite a la observación directa,[21] lo que redundaría como prueba tangible del éxito de la campaña; 3) el protagonismo explícito que se le otorga al agua, la vegetación y la fauna contrastan con la omisión intencional de la presencia indígena, estrategia que relega a un plano secundario –si no es que la omite por completo– el objetivo de la guerra contra los grupos insumisos.

En cuanto a la información explícita, estos mapas buscan transmitir los resultados de la entrada comandada por Espinosa que se resumen en el trazo de las rutas transitadas por las distintas columnas. Estas cartografías destacan la ubicación de los más importantes enclaves fronterizos, así como la identificación de nuevos sitios y parajes –hasta el momento desconocidos– en la “tierra adentro”. Cada uno de los sitios que consideran significativos se encuentran señalados en el mapa con una letra mayúscula que, sólo en los casos de los enclaves habitados por hispanocriollos, se marcan con un punto rojo.

Para su comprensión, estos mapas se acompañan de extensas referencias, tituladas: "Descripción Topographica del Terreno que ocupan los Fuertes de las Fronteras, Salta y Jujuí, y lo demás descubierto en la presente Campaña presenciada por el Governador, como se verá por los Autos donde este Mapa va por Cabeza". Una vez más –como analizamos recientemente con las ilustraciones–, el encabezado formal refuerza la prioridad indiscutida de la descripción topográfica omitiendo toda alusión a una campaña punitiva, incluso a su carácter de “entrada general”. Así, llama la atención el silencio intencional sobre el avance indígena: en lugar de registrar tolderías y combates, se destacan ciertos enclaves, parajes y potenciales recursos naturales.

La interpretación exhaustiva de los trayectos graficados –así como de sus explicaciones adjuntas– requiere de un análisis pormenorizado que excede los objetivos de este trabajo. No obstante, resulta importante destacar que estos mapas muestran los dos recorridos efectuados por las milicias de la gobernación –uno desde San Fernando y otro desde San Ignacio– que confluyeron en el Bermejo antes de avanzar en una sola columna hacia el este. También, que dan cuenta del carácter inconcluso del proyecto, dado que las tropas no habrían podido encontrar el camino hasta Corrientes.

Estas cartografías resultan particularmente reveladoras cuando se analizan en comparación con el resto del corpus. Este contraste hace visibles las discrepancias tanto con el recorrido proyectado por Cevallos (M1, M2, M3) como con la planificación inicial de Espinosa (M4). Como reconstruimos anteriormente (Lucaioli y Sosnowski, 2024), ambos gobernadores diseñaron – a un mismo momento y de manera independiente – sus planes de entrada al Chaco: mientras Cevallos proyectaba una expedición militar contra los indígenas insumisos, Espinosa concebía una exploración de la “tierra adentro”. Los mapas elaborados por cada uno reflejan con claridad esas intenciones divergentes. Sin embargo, al momento de llevarse a cabo la campaña, estas cartografías nos muestran que Espinosa adaptó en gran medida su propuesta a las exigencias de Cevallos, incorporando una columna que avanzaría por las orillas del Bermejo. La transformación de la línea recta de M1, M2, M3 en el trazo sinuoso y vacilante de M5, M6, M7 ilustra esa diferencia: la primera remite a un itinerario ideal, imaginado desde el desconocimiento del terreno, mientras que la segunda responde a la experiencia concreta de sus obstáculos y dificultades de tránsito.

Algo similar puede advertirse en el contraste entre la orientación horizontal de la senda de Macomita en M4 y la inclinación vertical de M5, M6, M7. Mientras la primera responde a un trazado imaginado sobre un territorio desconocido, las segundas intentan registrar con mayor detalle el recorrido efectivo, concebidas como instrumentos prácticos para futuras entradas por esa ruta. Sin embargo, surge aquí una observación relevante: la representación de especies vegetales aparece como un manto homogéneo que invisibiliza la diversidad ambiental del Chaco. Como hemos señalado, la aridez extrema del primer tramo de Macomita contrasta fuertemente con el carácter pantanoso de las zonas cercanas al Bermejo. Los mapas de Espinosa no reflejan esa dualidad ni advierten, a simple vista, las dificultades de cada ambiente.

En conjunto, los mapas de la campaña encabezada por Espinosa condensan la tensión entre proyectos idealizados y recorridos efectivamente transitados, entre silencios sobre la guerra y el énfasis en la exploración del territorio. Su análisis revela cómo las imágenes cartográficas no sólo registraron trayectos, sino que también configuraron un modo particular de narrar la expedición: como una empresa de descubrimiento más que como una acción militar punitiva. Al mismo tiempo, las omisiones y simplificaciones – desde la ausencia de tolderías hasta la representación homogénea de la vegetación – muestran los límites de esa mirada y la distancia entre la experiencia en el terreno y su traducción gráfica. Estas piezas, por lo tanto, deben ser leídas no sólo como testimonios de lo ocurrido, sino como intervenciones activas en la construcción de un relato sobre el Chaco y sus posibilidades de conquista.

Los mapas de la campaña como documentos históricos

Como hemos analizado hasta el momento, estos mapas fueron efectivos soportes de información para la Campaña de 1759, ya fuera para coordinarla o para documentar los acontecimientos. Sin embargo, su poder comunicativo no se limitó a los términos de la entrada general. Por fuera de las situaciones particulares de enunciación, estas piezas se convirtieron en documentos con usos prácticos en otros contextos, como respaldo de la burocracia imperial y en fuentes históricas para la comprensión del pasado colonial. En cada una de esas instancias, sufrieron intervenciones y adoptaron nuevas significaciones históricas.

En síntesis, los mapas de la entrada general al Chaco de 1759 no agotaron su vida en el momento de su producción. Por el contrario, circularon en distintos contextos y fueron reutilizados con nuevos fines. Tal es el caso de M8 y M9,[22] que reaparecen casi dos décadas después como parte de un expediente remitido en 1778 por el virrey Juan José de Vértiz, vinculado al proyecto de entrada al río Bermejo impulsado por Juan Adrián Cornejo, vecino de Salta [ver Imagen N° 6]. Estos viejos documentos cartográficos adquirieron así un nuevo sentido al ser reinsertados en la interacción colonial como insumos para otro plan de conquista.


Imagen 6
Mapa 8: representa el territorio descubierto en la jornada que hizo en 1759 por el gobernador del Tucumán, utilizado para planificar una campaña de Adrián Cornejo.
Fuente: AGI//MP-BUENOS_AIRES, 64.

Este derrotero se explica en parte por las propias exigencias administrativas de la monarquía, que obligaban a producir copias y resguardos de la documentación para garantizar su conservación en carpetas, archivos institucionales o colecciones particulares. Más tarde, el Archivo General de Indias tomó decisiones claves sobre el destino de estos mapas: los separó de los legajos escritos a los que originalmente pertenecían, los dotó de entidad propia como imágenes autosuficientes, los catalogó bajo nuevas denominaciones y los digitalizó, permitiendo que se difundieran con mayor alcance que los documentos escritos que le dan contexto. Esas decisiones, si bien les otorgaron una gran visibilidad, también contribuyeron a oscurecer su contexto original. Por su parte, la adjudicación de rótulos poco pertinentes contribuyó a entorpecer su interpretación: el título “plano de la entrada general al Chaco, año de 59” (M1 y M3) borró la distancia entre el proyecto y la ejecución; y “mapa de la cuenca del Plata” (M4, M8 y M9) invisibilizó el vínculo específico con la campaña del Chaco. Al mismo tiempo, como parte del proceso de reordenamiento y digitalización, el archivo agrupó en una misma serie documentos similares que pertenecían a distintas esferas de producción y circulación.

A todo ello debemos sumarle la recepción historiográfica. La fuerza evocadora de las imágenes y la opacidad de los títulos asignados llevó a que muchos investigadores confundieran la información. No se reparó en las diferencias entre un proyecto de planificación y su realización[23] y se interpretaron los mapas de Cevallos como si fueran registros de la campaña efectivamente ejecutada por Espinosa.[24] Asimismo, la falta de atención sobre los pormenores de la documentación escrita contribuyó a reproducir el discurso de una entrada general en la que participaron las tres gobernaciones con el objetivo de castigar a los indígenas insumisos del Chaco.

Las versiones de M1, M2 y M3 fueron consideradas pruebas en sí mismas del éxito de la campaña; lectura que, a su vez, entorpeció la crítica documental para la ponderación de los informes y resultados asociados a su ejecución (Lucaioli y Sosnowski, 2024). Así, la confusión entre la representación cartográfica y el suceso histórico efectivamente acontecido contribuyó a invisibilizar los matices, disputas y contradicciones que caracterizaron a las políticas interétnicas de mediados del siglo XVIII y a invisibilizar las agencias particulares de los diferentes actores hispanocriollos e indígenas involucrados.

En definitiva, la trayectoria de estos mapas –su reutilización en nuevas campañas, las decisiones archivísticas que los descontextualizaron y las lecturas historiográficas que reforzaron su carácter emblemático– demuestra que su valor como documentos históricos no se limita a lo que representan gráficamente, sino que radica también en los múltiples usos, clasificaciones y sentidos que les fueron atribuidos a lo largo del tiempo.

Consideraciones finales

La primera motivación para escribir este artículo se remonta al momento en que advertimos que los mapas producidos por Cevallos para planificar la campaña habían sido interpretados y re-utilizados por la historiografía para ilustrar lo acontecido en la campaña general al Chaco de 1759. Además, observamos que curiosamente esa campaña se asociaba casi con exclusividad al desempeño del gobernador Espinosa. ¿Cómo fue que el esbozo de un proyecto se confundió con su realización? ¿Cómo nadie reparó en la contradicción aparente de que el gobernador de Buenos Aires hubiera producido el mapa de la campaña del gobernador del Tucumán?

Una primera aproximación a este acontecimiento, nos permitió reunir un importante corpus documental que tenía la particularidad de que incluía una serie de diferentes versiones cartográficas. Este hallazgo no hizo más que aumentar los interrogantes: ¿Por qué nunca se compararon las versiones de Cevallos con las de Espinosa, y cómo éstas pasaron mayormente desapercibidas? ¿Por qué el AGI reunió en una misma serie cuatro documentos que se corresponden, al menos, con dos contextos distintos de producción, enunciación y circulación? ¿Por qué los nombres con los que fueron catalogados invisibilizan la campaña? ¿Cómo pasaron inadvertidas todas estas inconsistencias a los ojos de los investigadores?

Para comenzar a responderlos, primero tuvimos que transitar el arduo camino de reconstruir la campaña. El diálogo entre piezas documentales pertenecientes a distintas esferas políticas –y conservadas en diferentes repositorios– nos permitió reconstruir un amplio abanico de actores involucrados. Ese proceso puso en evidencia que se trató de un acontecimiento complejo y que por debajo de la etiqueta de la “campaña general” se disputaban intereses encontrados, lo que nos obligó a atender los diversos puntos de vista registrados en los documentos, así como a seguir los recorridos de esos papeles entre las autoridades coloniales (Lucaioli y Sosnowski, 2024). Ese primer acercamiento nos permitió resolver muchas inquietudes, pero dejó al descubierto que las piezas cartográficas asociadas a la campaña conforman un corpus específico, parcialmente atendido por los investigadores que arrastraron errores y confusiones ligadas a la desinformación sobre la campaña y al desconocimiento acerca de sus contextos de producción.

En esta segunda etapa de nuestra investigación, afrontamos el desafío de reconstruir este corpus estallado, del que pudimos consultar solo algunas de sus piezas y que intuimos posee versiones y reversiones posiblemente conservadas en otros archivos (como en Potosí o Asunción, que no hemos podido consultar) o que intuimos se perdieron por el paso de la historia y el uso práctico de llevarlos al terreno. Lo cierto es que este corpus pudo ser reunido y analizado mediante una serie de movimientos intencionales: la búsqueda en diversos repositorios y publicaciones, el cuestionamiento de las series creadas por los archivos y la reunión de estas piezas cartográficas con los documentos escritos de los cuales fueron separados. De esta manera, abordamos nuestro análisis mediante un doble proceso etnográfico: desde el enfoque de la antropología histórica –situando a los mapas en sus entramados de significación–; y desde la etnografía del archivo, buscando reconstruir el periplo de cada pieza – desde su enunciación hasta su conservación –, las decisiones archivísticas y los complejos procesos del mostrar/ocultar propios de la catalogación.

Como hemos analizado, los mapas de la campaña aportan nueva y valiosa información sobre las intenciones y acontecimientos ocurridos en torno a la entrada general de 1759. A su vez, por la fuerza de su representación simbólica, condensan y vehiculizan otros sentidos que no necesariamente fueron puestos en palabras, como los imaginarios de cada gobernación sobre la “tierra adentro”, la centralidad relativa de los respectivos sistemas hídricos y la concepción de la frontera como espacio de interacción con los grupos indígenas. Asimismo, en términos metodológicos estos documentos nos permitieron visualizar la complejidad de la burocracia colonial, las dificultades en los procesos de copiado y circulación, así como las posibilidades de reutilización de este tipo de documentos en otros contextos históricos.

Así, se hace evidente el carácter polifónico de estos mapas: acumulan saberes producidos en distintas circunstancias y, al mismo tiempo, habilitan intervenciones contingentes y situadas. Lo muestran, por ejemplo, la simplificación del texto al incorporar la letra “C” para señalar el camino de los correntinos en M2; la expresión de deseo “queriendo Dios” en M4; o las referencias a los animales del Chaco y al cerro Aconquija en M7, dirigidas exclusivamente al destinatario potosino. De este modo, aun dentro de la formalidad estereotipada y técnica propia de este tipo de documentos, se filtran “vestigios de la lengua espontánea” (Maldonado, 2011: 138), que transmiten mensajes específicos y situados, vinculados con las circunstancias sociales de su producción y circulación.

En conjunto, el recorrido posterior de estos mapas muestra que su valor como documentos históricos no reside únicamente en lo que representan, sino también en los múltiples usos, clasificaciones y lecturas de los que fueron objeto, que condicionaron tanto su preservación como su interpretación. Así, esta investigación nos permitió echar nuevas luces sobre los discursos historiográficos. Al revisar cómo los mapas de Cevallos fueron interpretados como si fueran representaciones de la campaña de Espinosa, pudimos demostrar cómo ciertos malentendidos, reforzados por prácticas archivísticas y por lecturas fragmentarias, se consolidaron en la narrativa histórica. En contraste, la reconstrucción del corpus cartográfico y documental de la entrada general al Chaco de 1759 permitió restituir la complejidad de ese acontecimiento, en el que se cruzaron intereses políticos divergentes, disputas jurisdiccionales y diferentes modos de imaginar la frontera.

De este modo, los mapas dejan de ser simples ilustraciones de la conquista para convertirse en dispositivos sociales, atravesados por tensiones, silencios y apropiaciones sucesivas. Analizarlos en su doble dimensión –como proyectos de acción y como huellas de memoria– nos permite no sólo comprender mejor la entrada de 1759, sino también repensar el lugar de la cartografía colonial en la construcción de la frontera chaqueña y, más ampliamente, en la configuración de los dispositivos imperiales de conocimiento y poder.

Más allá de corregir malentendidos historiográficos, este trabajo propone restituir a la cartografía colonial su lugar como dispositivo central en la construcción de fronteras imperiales. Al seguir sus trayectorias –desde la planificación hasta la conservación archivística y la reutilización en nuevas campañas– advertimos que su valor radica tanto en lo que representan como en los múltiples usos y sentidos que adquirieron. De esta manera, la reconstrucción y análisis etnográfico de este corpus “estallado” no sólo ilumina la complejidad de la entrada de 1759, sino que abre un camino para repensar comparativamente otros procesos coloniales donde los mapas fueron herramientas de conquista, de administración y de memoria.

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Notas

1 Este corpus está compuesto por un extenso conjunto de documentos manuscritos conservados en el Archivo General de Indias (España), el Archivo General de la Nación (Argentina), la Biblioteca General de Río de Janeiro (Brasil) y el Fondo Documental Monseñor Pablo Cabrera (Córdoba) y de documentos publicados por de Ángelis (1836), Levaggi (2000), Pastells (1949) y Torres Lanzas (1921).
2 Véase entre otros, Mignolo (1992), Lois (2014), Enrique y Pensa (2018), Pedrotta (2024).
3 Véase, por ejemplo, Torres Lanzas (1921), Pastells (1948), Vitar (1997), Castiglione (2012), Avilés (2010), entre otros.
4 Agradecemos especialmente a Lidia R. Nacuzzi por facilitarnos este material.
5 Véase Portal de Archivos Españoles (PARES), disponible en: https://pares.cultura.gob.es/inicio.html.
6 Este croquis forma parte del Rollo 33 de la Colección de Ángelis alojada en BNRJ bajo el título: “Documento n°1010. Diario de la expedición de D. Francisco de Vera, desde la ciudad de Santa Fe hasta el Bermejo. 1759, con un croquis. Documento n°1050 Explicación del mapa del Chaco, por Arias”.
7 Como se observa en los cuadros, no solo todos ellos pertenecen a la serie “MP-BUENOS_AIRES,64”, sino que las versiones producidas para 1759 fueron indexadas como tercera y cuarta. Esta decisión podría acarrear confusiones a la hora de considerar a las versiones más antiguas como copias de aquellas producidas muchos años después.
8 En su carta al Rey menciona la posibilidad de abrir nuevas rutas seguras para el comercio por los Ríos Bermejo, Paraguay y Paraná, con la intención de unir Potosí con Buenos Aires (Carta de Cevallos a Arriaga, San Borja, 15/02/1759, AGI, Buenos Aires, 18).
9 M3 aparece como una versión más sintética en este sentido, en la que solo se encuentran consignadas las ciudades más importantes.
10 Carta de Cevallos a Arriaga, San Borja, 15/02/1759, AGI, Buenos Aires, 18. Instrucción de lo que deberá observar el jefe que fuere mandando la gente de Santa Fe en la próxima entrada al interior del Chaco. San Borja 6/02/1759, AGI, Buenos Aires 18. Instrucción que manda la fuerza de Santa Fe en la próxima expedición al Chaco. 1759. BNRJ, rollo 33 MS 508, doc. 1009. Copia de la carta de Cevallos a Jaime Sanjust. San Borja, 5/12/1758. En: Carta de Cevallos a Espinosa, San Borja, 9/12/1758, AGI, Buenos Aires, 18 (Pastells, 1949: 415).
11 Las cartelas de los mapas, además, describen que cada una de esas letras se corresponde a los caminos que deben llevar las columnas armadas de cada gobernación.
12 Una vez más, se evidencia la necesidad de vincular la información del mapa con los textos escritos; la interpretación de la planificación de esta entrada adquiere nuevos sentidos cuando se los mira en conjunto, tarea que se encuentra dificultada por la separación de estos papeles impuesta por el AGI.
13 Carta de Cevallos a Espinosa, San Borja, 9/12/1758, AGI, Buenos Aires, 18.
14 Este mapa habría sido enviado por Espinosa al corregidor de Potosí, Ventura Santelices, quien lo habría mandado a España el día 19 de mayo de 1759.
15 Véase Lucaioli y Sosnowski (2024).
16 Además de darle nombre a la senda, macomita aparece en algunas cartografías coloniales como topónimo para situar un paraje con lagunas permanentes. Un excelente y minucioso estudio sobre esta senda y sus recursos fue realizado por Farberman y Guzmán (2025).
17 No hemos encontrado mapas ni informes elaborados por Cevallos ni por los tenientes de gobernador de las ciudades de Corrientes y Santa Fe sobre los resultados de la expedición.
18 Forma parte del legajo que se conserva en AGNA, sala IX, Intendencia de Salta 5-5-6.
19 Conservado en AGI, Buenos Aires 468, expedientes sobre sisa del Tucumán y reducción de indios.
20 En las variaciones de estos trazos, la distribución de los motivos y otros nimios detalles que no nos resultaron significativos, se ubica una de las pocas diferencias que presentan estas piezas entre sí.
21 Diversos autores han señalado la estrecha relación entre la legitimación del conocimiento colonial y los viajes exploratorios, en tanto la autoridad del saber se fundaba en el hecho de haber visto con los propios ojos una realidad desconocida (Pratt, 1997; Reguera, 2010).
22 Estas piezas constituyen copias intervenidas de los mapas informados por Espinosa (M5, M6, M7): por un lado, se omitieron los dibujos de tierra adentro, se quitaron los puntos de colores y se simplificó la representación de los recorridos mediante líneas punteadas simples; por otro, se agregaron nuevos detalles al mapa base y se profesionalizaron ciertos elementos cartográficos, como la grafía de los íconos, la incorporación de la rosa de los vientos y el recuadro que lo enmarca. El resultado da cuenta de un mapa más prolijo que ofrece un recorrido visual más “limpio” que las versiones abigarradas y artesanales de Espinosa, pero, al mismo tiempo, resulta más opaco para la interpretación en este nuevo contexto de uso.
23 Torre Revello (1938) en su catalogación sobre la cartografía del Río de la Plata alojada en AGI, dice sobre M1: "Indícase, con líneas de puntos, lo que avanzaron las expediciones que partieron de Salta para la Asunción y de Corrientes para Salta" (el destacado es nuestro). Esta temprana confusión ha sido luego reproducida acríticamente por otros autores.
24 Esta asociación historiográfica fue predominante en los estudios de corte clásico, que redujeron este complejo acontecimiento bajo la fórmula de “entrada de Espinosa y Dávalos”, omitiendo la actuación del gobernador de Buenos Aires (Funes, 1856 [1816];de Angelis, 1836;Groussac et al.; 1882; Zinny 1920).


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