Artículos libres
Recepción: 11 julio 2025
Aprobación: 20 febrero 2026
Publicación: 30 abril 2026
Resumen: El artículo recupera controversias que rodearon los orígenes del siloísmo a partir de la experiencia de la agrupación Kronos (1967–1968), antes de la irrupción pública de Silo en 1969. Lejos de asumir que se trataba de un fenómeno ya constituido, se lo examina en su composición situada, en interacción con tentativas de clasificación, vigilancia y regulación moral que involucraron tanto a los propios jóvenes participantes, como a sus familias, la policía, los servicios de inteligencia del Estado y la prensa comercial de la época. Las acusaciones de “secta” y las dudas sobre su naturaleza críptica no sólo consiguieron estigmatizar al grupo sino que, paradójicamente, ampliaron de manera notable su visibilidad pública, ofreciendo oportunidades para multiplicar sus asociaciones y expandir sus alcances.
Palabras clave: siloísmo, Kronos, controversias, modos de vida alternativos, repression.
Abstract: This article revisits the controversies surrounding the origins of Siloism through the experience of the Kronos group (1967–1968), prior to Silo’s public emergence in 1969. Rather than assuming a fully constituted phenomenon, it examines Siloism in its situated composition, shaped through interactions with attempts at classification, surveillance, and moral regulation involving not only the young participants themselves but also their families, the police, state intelligence services, and the commercial press of the time. Accusations of being a “sect” and doubts about the group’s cryptic nature not only stigmatized it but, paradoxically, significantly expanded its public visibility, creating opportunities to expand its networks and broaden its reach.
Keywords: Siloism, Kronos, controversies, alternative ways of life, repression.
En el inicio era un grupo de amigos[1]. Jóvenes vecinos de clase media de la capital de Mendoza. Algunos habían sido compañeros de un colegio católico. Estaban, a principios de los años sesenta, en la búsqueda de alternativas vitales para un mundo atravesado por la Guerra Fría, en el cual las divisiones ideológicas tendían a la radicalización de los opuestos, en donde el Estado, la religión, la familia y otras instituciones del orden social hegemónico estaban siendo cuestionadas, vividas como limitantes. Las opciones de la izquierda o el hipismo no les convencían, no se conmovían por el peronismo o el antiperonismo, no buscaban especialmente liberar a la clase trabajadora ni luchar contra el capitalismo. No los identificaba ni la lucha política ni la evasión de cierta contracultura beat. Las etiquetas les parecían “violentas”. Querían “cambiar las cosas”, “hacer algo distinto”, salir del materialismo y de los “dogmas”, conectar con “lo profundo del ser humano”, reconociendo la violencia del mundo, empezando por la que cada uno ejercía en su propia vida. Formaron “una especie de sociedad o círculo”, comentaba un informe policial de los tantos que se elaboraron sobre ellos en esos años, en donde “debatían temas de cultura, de religión, y en los que exponían su manera de sentir y pensar”.[2] Le llamaban internamente “la Cosa”, forma de referirse que aún hoy a veces utilizan algunos de sus participantes.
En 1966, instalado el gobierno militar que encabezaba Juan Carlos Onganía, decidieron asumir un primer nombre: Kronos. Redactaron estatutos para convertirse en una asociación civil y pidieron la personería jurídica con un domicilio en la calle Salta de Mendoza. Eso facilitaría sus actividades, en el marco de las dudas y sospechas recaían sobre cualquier grupo heterodoxo. Recibían a personas de todos los cultos y orientaciones políticas que quisieran “desarrollarse y superarse espiritualmente a sí mismos” y contribuir al “perfeccionamiento moral de la sociedad”, “sin discriminaciones raciales”, reivindicando “la hermandad de todos los hombres”.[3] Se dedicaban al estudio de asuntos científicos y espirituales, en clave holística. Practicaban meditación y técnicas de fortalecimiento físico y de desestabilización de hábitos. Leían lo que llegaba a sus manos (Nietzsche, Gurdjieff, Jung, los sermones del Buda o la Biblia) e iban componiendo con retazos y referencias modos de orientarse existencialmente. Muchos de ellos dicen hoy que “no entendían nada”, pero estaban fascinados por lo que estaban construyendo.
Armaban grupos de estudio, se juntaban a conversar. Pronto comenzaron a realizar campamentos y retiros en diferentes lugares. Pasaban allí dos o tres meses, para luego “dispersarse”: seguir con sus estudios, trabajos, vida social y familiar, pero teniendo en mente la necesidad de sumar a otros. Volvían a encontrarse en otro espacio de convivencia. Los grupos que se armaban eran coordinados por un “epónimo”, alguien “con más experiencia en el camino del despertar”, que orientaba a los “coetáneos”, jóvenes que en su mayoría no superaban los treinta años. Si bien estos actores se reconocían como “pertenecientes a un mismo tiempo”, el clivaje generacional no necesariamente era el pilar de su identificación, ni fue un criterio excluyente para la participación, aunque más tarde inspiró nuevos modos de denominar al grupo (como, a principios de los setenta, Poder Joven) (Manzano, 2017a).
En 1969, Silo, apodo que crearon para el carismático mendocino Mario Rodríguez Cobos, que hasta entonces se había mantenido alejado de todo tipo de protagonismo público, hizo una vistosa y espectacular aparición en un paraje de la Cordillera de Los Andes, bajando de una montaña como un profeta a dar su primera “arenga”, como guía de un movimiento que aún hoy tiene una presencia transnacional y ha sido el centro de la vida de muchas personas.
La historia de esta experiencia colectiva, conocida más adelante como siloísmo, cuenta con antecedentes académicos enfocados en su constitución juvenil contracultural y en su proyección política, así como en las características de sus ideas y las propuestas que impulsó en diversas coyunturas sociopolíticas tanto en Chile como en Argentina (Barr-Melej, 2006, 2007, 2017; Collado, 2017; Manzano, 2017a).[4] Este artículo suma, a través de la reconstrucción de su experiencia más temprana, la del grupo Kronos, una descripción rasante de su compleja factura, entre lo oculto y lo público, tramada al calor de controversias específicas. El grupo vio su emergencia pública afectada por una serie de operaciones de clasificación, sospecha y vigilancia, tanto de regulación estatal como social, pero también resistió a esas afectaciones acrecentando su popularidad al convertirlas en oportunidades para visibilizarse y hacer propaganda. Los desajustes para nombrar y ubicar a Kronos dentro de categorías religiosas, políticas o morales conocidas, fue, más que un misterio a descifrar, un problema gestionado prácticamente en el que intervinieron muchos actores. Este texto también aporta, en tal sentido, a una historia social de la sospecha y de la regulación de experiencias difíciles de clasificar, mostrando cómo, incluso en contextos autoritarios como el de la Revolución Argentina, las fronteras de lo legítimo y lo ilegítimo no estaban establecidas de antemano sino que se movían en la interacción entre actores heterogéneos, con una cuota de incertidumbre.
Las controversias que se desplegaron en los primeros años constituyen un foco de atención específico del artículo. No se trata de mostrar los tironeos por la interpretación o clasificación cognitiva de un fenómeno ya dado. Por el contrario, y parafraseando a Didier Debaise e Isabelle Stengers, el siloísmo se muestra en su condición de realización práctica con otros, a pesar de otros y junto con otros (2023). Por un lado, los propios jóvenes “encantados” alrededor de la propuesta de “los amigos” y sus modos de orientarse existencialmente. Por otro, sus diversos interlocutores: familiares y vecinos, la prensa comercial de la época, la policía y los servicios de inteligencia del gobierno militar de la “Revolución Argentina”. Así, más que definir un perfil de la agrupación o dar cuenta de una serie de creencias que le serían propias, el registro de su composición móvil cobra mayor importancia. Las huellas de un tejido de iniciativas, versiones, aclaraciones, búsquedas, críticas y ajustes rasantes impulsados situacionalmente son las protagonistas.
Parte significativa de las fuentes utilizadas proviene del fondo documental de la ex Dirección de Inteligencia de la Policía de la Provincia de Buenos Aires (en adelante, Fondo DIPPBA), atesorado por la Comisión Provincial por la Memoria (CPM), que contiene una colección sobre “Kronos y Silo”, compuesta por tres tomos que conservan información secreta y reservada, documentación secuestrada, recortes de prensa, fotografías e informes de inteligencia entre 1967 y 1974 (Axat, 2008; Sampietro, 2013). Además de proveer de una cantidad considerable de materiales de primera mano del grupo, obtenido en requisas y allanamientos, y sobre el grupo, ese acervo permite escrutar la mirada de los agentes policiales. El material permite ubicar al emergente siloísmo en su entorno originario, en un ida y vuelta con las fuerzas policiales y las agencias de inteligencia del Estado, en cruce con los pánicos morales de la época, el hambre de material publicable de la prensa sensacionalista y las presiones regulatorias múltiples que acechaban. Todo ello multiplica las dimensiones descriptibles de esta experiencia asociativa alternativa, al mismo tiempo que contribuye a densificar imágenes sobre la represión y la co-producción estatal y social de dispositivos de vigilancia y control moral.
El primer apartado escruta los registros de dos encuentros (que podrían pensarse, con no pocos problemas, como interrogatorios) entre un joven que había participado de un campamento de Kronos y un comisario de inteligencia de la policía. La compulsa de los informes oficiales es interesante por al menos dos motivos. En primer lugar, porque provee información sobre el siloísmo temprano a través de un testimonio de primera mano de un recién “conectado”, un muchacho de 20 años que participaba desde hacía apenas unos meses. Esa condición permite tantear la experiencia de estos jóvenes y sus familias y la desconexión intergeneracional que habitaban. En segundo lugar, abre una puerta de acceso a una imagen singular de la represión y de la persecución a las juventudes y heterodoxias. Claramente, que el joven estuviera frente al comisario, respondiendo a sus preguntas, no era un acto de libertad, ni es posible asegurar que haya estado carente de tensiones, silencios, cálculos o apuestas. Sin embargo, el material permite palpar un intercambio curioso (y hasta sensible) entre un exponente de aquellos jóvenes crípticos y la policía.
El segundo y el tercer apartado se dedican a reponer una serie de intentos, controversias y oportunidades que se dieron en 1967 y 1968, respectivamente. A partir de los informes secretos de inteligencia, declaraciones públicas de los involucrados, apuestas sensacionalistas que la prensa realizó, se describe cómo muchos asuntos se retroalimentaron para dar qué hablar y hacer hablar, produciendo una plataforma ambivalente de difusión y aumento de la visibilidad de Kronos. El examen de ese conjunto permite mostrar cómo los intentos de “regulación social” y “estatal” de la diversidad, en los términos de Alejandro Frigerio (2024), o lo que podríamos pensar como procesos de marcación o invisibilización de la alteridad eran resultado de un enorme trabajo de actores e iniciativas que iban convergiendo no sólo para estigmatizar, sino también con el efecto de incrementar una popularidad, aumentar tanto prejuicios como curiosidad, gestando y ordenando la atención de la sociedad en torno a su existencia e interés.
El joven y el comisario
En mayo de 1968 un padre alarmado por la ausencia del hogar de su hijo de veinte años se presentó ante el comisario de la Subsecretaría de Inteligencia de la Provincia de Buenos Aires, Héctor Camilion. Se había enterado de que el joven estaba en un campamento del grupo Kronos. Había recurrido primero a un contacto en la Presidencia de la Nación y luego a los servicios de inteligencia del Estado. Le habían dicho que ese grupo llevaba a cabo “prácticas de tipo ideológico, semejantes a las que efectuaran los llamados “Caballeros del Fuego” (a los que se le imputaba lavado de cerebro, ideas extrañas, etc.)”. El comisario intentó calmarlo. Le explicó que habían investigado a Kronos hacía unos meses y que “no se había establecido que llevaran adelante actividades de tipo ideológico, sexual, […] religioso o antisocial”.[5]
Pocos días más tarde, el chico apareció en la comisaría, traído por el padre. Era estudiante de tercer año de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad Nacional de La Plata. El comisario dejó constancia por escrito de la impresión que le causó: “es una persona inteligente, normal en el aspecto físico y mental, centrado en sus apreciaciones”. No era un raro ni un loco, es más, había contestado a las preguntas “con desenvoltura”. El muchacho le contó que, en el verano, en una pileta pública del Parque Sarmiento de Villa Domínico, mientras leía un libro de sociología, otro joven se le había acercado a conversar y le había dicho que podía ponerlo en contacto con personas “que llevaban a cabo prácticas o actos relacionados con el espíritu, la personalidad”, cosas como las que parecían interesarle teniendo en cuenta lo que estaba leyendo. Así había comenzado a participar de encuentros en lugares públicos, confiterías, bares y plazas con personas que más tarde le habrían propuesto participar de un campamento en el Tigre, organizado por Kronos.
El comisario se mostró interesado por el tipo de prácticas que había realizado durante los ocho días que estuvo en el retiro, “si se dictaban conferencias, adoctrinamiento, qué clase de lectura era la preferida, qué libros consultaban”. El joven comentó que el primer día habían hecho “una prueba de resistencia personal” que consistía en ejercicios físicos, carreras con breves descansos, mientras otros observaban sus reacciones. Después le habían ofrecido “por único alimento”, comentaba el informe la versión mecanografiada de la conversación, “un plato de garbanzos”. La frugalidad, la disciplina y la austeridad habían sido características de la estadía, sugería el joven en su relato, y el comisario consideraba importante dejar registro al respecto. La vida de las 20 personas que estaban en el campamento había transcurrido en base a:
una disciplina bastante rigurosa, consistente en ejercicios tipo “yoga”, ejercicios físicos, fuertes, como cavar zanjas, cortar árboles, durante largas horas, dado que es creencia en sus integrantes que el cuerpo humano tiene una segunda etapa de resistencia (fuerza motriz) y consideran que llegado una instancia que se estima de agotamiento, se encuentra con otra reserva que le permite realizar una jornada más prolongada, demostrando a su vez, que con voluntad pueden llegar a obtenerse objetivos.[6]
También habían realizado “aislamientos”, momentos de “recogimiento individual”, en los que “permanecían durante largo tiempo sentados (estilo buda) y ensimismados en sus reflexiones”. A él le había tocado, por ejemplo, “realizar una prueba de voluntad y fe” que consistió en permanecer sentado “mientras una regular cantidad de mosquitos se posaban en distintas partes de su cuerpo”. Probablemente el comisario le preguntó si “debía” soportar que le picaran, tolerarlos. El joven respondió a esa pregunta que pretendía inducirlo a decir que se lo manipulaba para soportar esfuerzos innecesarios diciendo que
bien podía […] espantar estos insectos, y de no sobrellevar con éxito esta prueba, su defección no se interpretaba como un fracaso, ya sea en esta oportunidad como en cualquiera de los otros ejercicios corporales que se imponía, por el contrario, los demás integrantes del grupo “Cronos” no lo desalentaban ni aislaban, ni solicitaban su retiro del campamento, sino que lo instaban a otras tentativas, manifestándole que para poder sobrellevar con éxito esta clase de disciplinas, había que concentrar la mente en un objeto y otra cosa y los dolores pasarían a ser tolerables o indiferentes.[7]
La superficie del informe de la SIPBA contiene explicaciones que provienen de una oportunidad que tuvo el joven interrogado para ofrecer puntos de vista ante el interés del comisario.[8] La hipótesis del “lavado de cerebro” o de la “obligación de hacer cosas en contra de la voluntad” era contrariada por aclaraciones que el joven se demoraba en hacer frente a las preguntas que recibía. ¿Qué pasaba si no superaba las pruebas de resistencia? ¿Era castigado, excluido o dominado de algún modo? El muchacho no sólo negaba que hubiera sufrido algún tipo de coacción para realizar los ejercicios, sino que además utilizaba el cuestionamiento para explicar cómo la agrupación lidiaba con los intentos y desafíos para hacer tolerable o indiferente un cierto sufrimiento. Ése era precisamente uno de los objetivos del entrenamiento, hacía ver. Proponía un tono persuasivo al comisario, le hablaba de una forma que buscaba volver interesantes sus aprendizajes durante el retiro.
El comisario hizo muchas preguntas. ¿El grupo realizaba “tareas de tipo ideológico, religioso o de adoctrinamiento”? El muchacho remarcaba que “el único propósito de [los] integrantes es buscar un aislamiento de carácter espiritual, recogimiento y fortaleza física y en especial mental”. Negaba que se hubieran realizado prácticas de tipo sexual. Las mujeres del campamento habían participado de las mismas obligaciones y actividades que realizaban los varones. Cada respuesta venía a complicar los intentos de clasificar al fenómeno como secta, como lugar de brainwash. ¿Por qué había ido, entonces? Padre y comisario probablemente no conseguían entender. El informe retomaba palabras del joven para explicar que “se había incorporado con el fin de hallar una explicación a ciertas ideas personales, de las que nunca había hecho partícipe a nadie, y que estimaba que había logrado parte de su objetivo”.
Más allá de la “desenvoltura” con la que el joven se había explayado en sus respuestas, el comisario consideró (y asentó por escrito) que la presencia del padre motivaba “un retraimiento de tipo espiritual que no le permitía expandirse sobre una apreciación objetiva de su experiencia personal”. Entonces, propuso seguir la conversación con él a solas, otro día. El 4 de junio el muchacho volvió y se extendió, efectivamente, sobre informaciones y vivencias que no había desarrollado en presencia de su papá, durante el primer encuentro. Le comentó al comisario que Kronos había nacido en Mendoza hacía 4 o 5 años. Que su símbolo era la serpiente de Cundalini, “filamento nervioso que concentra el total de energía del cuerpo, que está ubicada al fondo de la columna vertebral y que mediante el trabajo de toda una vida se puede ir haciéndola subir hasta que toque un punto situado en el cerebro, con lo cual el individuo queda al momento “iluminado” para siempre”. La serpiente, escuchaba Camilion en la voz del joven, tenía que ver con “la profundización sobre uno mismo, es decir, la búsqueda interior, el retorno a las fuentes de la vida”.
El interrogatorio parece haberse dado con amabilidad y hasta cierta intimidad. Las respuestas son detalladas y abundantes. Quien haya estado tomando nota sobre lo que se decía, taquígrafo u otro personal de la repartición, también buscó dejar registro de las especificidades y la complejidad de las experiencias relatadas, aunque lógicamente filtradas por su punto de vista. Las preguntas, por ejemplo, a veces no se explicitan. La búsqueda misma del comisario de hablar a solas con el joven parece haber sido un intento por conseguir una mayor cercanía y confianza. Y el modo en el que el joven responde también sugiere que no se encontraba especialmente a la defensiva o evitativo, sino más bien cómodo y accesible a la curiosidad de una escucha si no abierta por lo menos no cerrada. Tuvo espacio para filosofar, para explayarse y gesticular, como puede apreciarse en el fragmento siguiente del informe:
Dado el objetivo místico que persigue no se puede puntualizar con exactitud su fin, más bien habría que proceder por rodeo y desentrañar una serie de características que den la pauta de lo que se quiere lograr. Considerando que los males que afligen a la humanidad no son de índole material o corpórea, sino más bien de carácter psíquico espiritual. Hemos comprobado cómo un Gandhi, un Cristo, o tantas otras personalidades, principalmente de Oriente, sin dedicarse a la posesión irracional de objetos y sin predicar utópicas teorías de comunidad de bienes, han llevado una vida apacible, controlada y en perfecta concordancia con sí mismo. Es evidente que existen formas de encarar el problema de la existencia, que conducen a una auténtica felicidad y también es evidente que el hombre actual (sobre todo occidental) no ha dado aún con la tecla de resolver el problema. Se trata entonces de buscar la armonía interior por sobre todas las cosas, la permanencia en uno mismo. Comprender qué es el hombre en su interior ¿de qué forma? Buceando en las profundidades del espíritu (o de lo psíquico), profundizando dentro de uno mismo. Para lograr esto se utilizan métodos que no por simples dejan de ser costosos para aquel que verdaderamente quiere lograr el conocimiento de sí mismo, y es aquí donde se recurre a las milenarias técnicas orientales, como son la meditación, la concentración, la charla filosófica, en fin, la conversación con uno mismo.[9]
El comisario pudo enterarse de asuntos que iban desde lo más doctrinario hasta cómo se organizaban y financiaban los encuentros. No es posible saber si lo que dice el informe es lo que el joven dijo textualmente, porque la versión taquigráfica no tiene un formato de entrevista (lo cual tampoco sería garantía). Sin embargo, por momentos, el documento incorpora una primera persona singular que probablemente proviene de un registro rápido que intentaba seguir lo más al pie de la letra posible la oralidad del muchacho. El informe consigna, por ejemplo, que “para realizar esta clase de manifestaciones espirituales, se dividen en grupos cuyos concurrentes oscilan entre 7 y 8 coetáneos (denominación que se le da al iniciado) y un epónimo (o jefe de grupo), más perfeccionado y con mayor antigüedad en la práctica”. Y una primera persona singular emerge para hablar de las características del “epónimo”, como si retomara directamente los dichos exactos del joven: “según la experiencia recogida, en el epónimo, he notado una persona muy apacible, inteligente, con una permanencia en sí mismo fuera de lo común, muy autocontrolada, nunca he percibido que sean presas de ira o arrebato, por lo general trabajan o estudian o ambas cosas”.[10] Probablemente, hubo una pregunta acerca de los medios de vida de los “epónimos”, bajo la sospecha de que podrían sostenerse gracias a exacciones poco transparentes. Sin embargo, el jovencito respondía que “el grupo se maneja con los aportes voluntarios de los concurrentes, es decir que cada uno contribuye con dinero o efectos a fin de solventar los gastos”. Y sumaba que “nadie saca ventajas llevando menos de lo que podría gastar, la sinceridad y la ayuda son cualidades esenciales de los hombres que lo integran”.
La agenda de preguntas, orientada a detectar rasgos de “agrupación extremista” o “secta”, se aderezaba con momentos en los que el comisario parecía bajar la guardia y entrar desde la curiosidad en la experiencia vivida del joven. Sin embargo, la vocación vigilante y clasificatoria hacía interrumpir el flujo del intercambio con preguntas que tendían a estereotipar la experiencia de Kronos. ¿Tenían ritos? ¿Había drogas? ¿Prácticas sexuales? ¿Cómo se entraba en contacto? ¿Jerarquías internas? El joven insistía en que las reuniones se realizaban en “lugares apacibles y tranquilos” y que estaban destinadas a “gente que se quiere encontrar consigo misma” para “desentrañar los problemas del espíritu y la materia”. Aseguraba que el grupo desconocía por completo el uso de drogas “dado que se produce una fuga de la realidad a que se quiere llegar” al mismo tiempo que recomendaba “suprimir las divagaciones eróticas”. Explicó que “actividades de tipo político o religioso [escapaban] a los comentarios e intereses del grupo”. Que los contactos para ingresar eran casuales, como había sido el suyo propio, “que un adherente [llevaba] a otro”, convocados por afinidad de inquietudes.
La conversación concluyó con una pregunta sensible del comisario. ¿“Había logrado el desdoblamiento físico espiritual” que lo había movilizado para participar del retiro? El muchacho, antes de irse a su casa, contestó, distendido y contundente:
que por supuesto no [había] logrado el desdoblamiento referido y que [no consideraba] que en cinco meses nadie [pudiera] alcanzarlo, pero [que] sí [había] obtenido una serie de importantes beneficios en el plano espiritual y que [había] adquirido más confianza en sí mismo y más libertad interior, superando a su vez un cierto tipo de crisis existencial que lo había preocupado durante bastante tiempo.[11]
Kronos ya había ocupado la atención de los servicios de inteligencia de la Provincia de Buenos Aires unos meses antes de estos encuentros entre el joven y el comisario. En ocasión de un retiro que se realizó en la localidad bonaerense de Melchor Romero, cercana a la ciudad de La Plata, el contacto entre los jóvenes y la policía había sido intenso. Habían sido inspeccionados, allanados, detenidos, interrogados, investigados, pero también habían tenido la oportunidad de conocerlos y frecuentarlos. Todo ello había llevado a construir la calma con la cual el comisario Camilion, le había aconsejado al padre del muchacho que no se alarmara por las actividades de su hijo, ya que Kronos no representaba peligro alguno.
En el próximo apartado se reconstruye la constelación de eventos que se arremolinó en torno a ese retiro del año anterior. El propósito es explorar la configuración disputada a ras del suelo de la experiencia del siloísmo temprano, a partir del registro de la interacción entre los asistentes al retiro, sus familias, los agentes de la inteligencia y la policía, los medios de prensa, los vecinos de la zona. Actores no humanos también habitan la descripción: condiciones del espacio físico convocadas a ser escenarios, múltiples estereotipos sociales y estatales que se usaron para clasificar y nombrar, soportes de circulación y producción de noticias, narrativas y contacto con la prensa, ceremonias y gestos que se presentaron como pruebas de alteridad (llevar una medalla, desayunar en silencio, no tener muebles, danzar al ritmo de los tambores, enterrar una piedra). Más que reconstruir cómo el siloísmo fue interpretado o clasificado, el intento es rastrear cómo las controversias y sospechas producidas alrededor de Kronos tuvieron como efecto prácticas e intervenciones clave en la co-producción pública de la experiencia del grupo que alentaron contactos luego como el que el joven y el comisario lograron tener.
Sospechas y oportunidades
El 19 de septiembre de 1967 por la mañana, agentes policiales y de infantería se acercaron a la estancia Santa Ana, ubicada en la calle 514 y 173 de Melchor Romero, cerca de La Plata. Querían inspeccionar, una vez más, a los integrantes de Kronos que se encontraban conviviendo en el lugar. Lo habían hecho otras veces desde que se habían instalado, a comienzos de agosto.[12] Con sigilo, consiguieron observar, “sin ser notados, a través de un vidrio que permitía ver claramente el interior”, a “todos los componentes del grupo, sentados en el suelo, unos en posición de relajamiento, al estilo yoga, otros escribiendo sus reacciones […], todo ello realizado silenciosamente”.[13] La irrupción policial en el lugar, destacaba el informe del procedimiento, “no deshizo este estado de ensimismamiento, ni produjo una reacción de conjunto”. Por el contrario, “la mayoría siguió en sus posiciones” mientras que los agentes fueron atendidos por “el más antiguo”, caracterización que el informe retomaba seguramente del modo de presentarse de la persona en cuestión, el “epónimo”. Referirse al “más antiguo” cuestionaba la existencia de un “jefe”, reivindicaba que no había jerarquías internas sino solo diferencias en términos de la experiencia adquirida en el autoconocimiento. Se trataba de Adalberto Jorge José Tolnay de Hagymassy, alias Peti, uno de aquellos primeros amigos/vecinos del centro mendocino y que, mudado a vivir en Buenos Aires, había asumido la tarea de organizar a Kronos en la gran ciudad.[14]
La policía pidió explicaciones sobre un cuadro que colgaba de la pared, en donde se veía a una serpiente roja en círculo, como si quisiera morderse la cola, en fondo negro y con un punto blanco. La imagen estaba impresa en las medallas que tenían los miembros de la agrupación en sus cuellos.[15] Representaba, explicaron, la búsqueda de sí mismo, un gesto de sabiduría sobre la inacabada tarea de buscarse. El movimiento, retomaba el informe de aquella jornada, según los jóvenes, se basaba “en los principios primigenios del cristianismo” y era “un movimiento de minoría seleccionada que nunca tendrá trascendencia de magnitud”.[16]
A las 11 horas del mismo día la policía volvió a la quinta. Registró haber sorprendido “a todos durmiendo en diferentes piezas, separados los hombres de las mujeres, todos vestidos (las mujeres con pantalones) y usando el suelo por cama”. El informe indicaba que no tenían “bibliografía de carácter ideológico”, solamente “un ejemplar de la biblia, una especie de cuaderno, que denominan libro rojo, en el cual se hacen consideraciones referentes a los distintos momentos espirituales vividos y otros temas siempre relacionados con las diversas manifestaciones producidas en estos retiros y que no configuran, en ningún caso, motivo de infracciones a disposición alguna”. El informe terminaba con una apreciación:
Se está frente a una agrupación en período de formación, que acepta en su seno sin discriminaciones raciales, políticas, religiosas o sociales (en sus principios no aceptan distinciones ni jerarquías) a aquellos que practiquen la firmeza del carácter y la confianza en sí mismos, buscando la tranquilidad de sus espíritus por medio de los retiros como el que motiva el presente caso.[17]
Otro documento, sellado esta vez como “secreto y confidencial”, firmado por el Director de Informaciones de la Gobernación de Buenos Aires y dirigido al Jefe de la SIPBA, en cambio, consideraba al grupo Kronos con mucha mayor desconfianza. Señalaba que “la finalidad de esta agrupación secreta es alcanzar una corrupción de todos los valores vigentes en nuestra sociedad” y que probablemente tuvieran la pretensión de “destruir la cultura cristiana-occidental, como lo indica su ataque contra la ciencia, la psicología y la sociología” a través de “técnicas de convicción” como “la mentira, la tensión y la amenaza por medio de la humillación”.[18] El documento ponía el énfasis en uno de los integrantes de la organización, un “éponimo”,[19] de quien se decía que en agosto de 1966 había comenzado “a reclutar gente con el pretexto de formar un grupo interesado en ampliar su capacidad mental” que “debía reunirse clandestinamente porque –según el nombrado– el público “no comprendía el trabajo””. Las personas convocadas debían “reunir condiciones especiales como, por ejemplo, “estar cansados de esta vida burguesa e intelectual y sentir la necesidad de experimentar un cambio radical””. El “epónimo” había logrado, siempre según la narrativa policial, “convencer al grupo de que los hombres eran autómatas y que para readaptarlos debían someterse a un entrenamiento que él se encargaría de suministrar bajo la condición de que no se le hicieran preguntas”.
La caracterización de Kronos que hacía este informe secreto y confidencial ofrecía argumentos para robustecer la idea de que era una organización peligrosa a la que había que vigilar. Las personas eran “captadas”, sustraídas de su capacidad para cuestionar, y sometidas a ejercicios combinados de “concentración mental y percepción extrasensorial consistente en ubicar objetos escondidos, teniendo los ojos cubiertos”, por ejemplo. El informante interpretaba que “con la misma argumentación de la filosofía oriental [el epónimo] se entregaba a la tarea de desprestigiar paulatinamente a la ciencia y el intelecto occidental”. La “técnica del compromiso” que se le atribuía implicaba participar de las actividades de modo obligatorio “so pena de que cada sujeto quedara como un vulgar “cobarde” [en caso de no participar], logrando en esa forma influir sutilmente a través del orgullo natural y las presiones psíquicas”.
Entre los ejercicios a cumplir existen caminatas nocturnas, operativos que consisten en seguir la pista de un individuo X, en horas de la noche, operativos “rumor” que comprenden la difusión de cualquier tipo de rumor para mantener la fascinación que sobre la juventud estos hechos ejercen.[20]
El allanamiento en Melchor Romero se había originado en las denuncias de familiares de algunos de los jóvenes de Kronos que, munidos de una orden de un juez de menores, habían llegado hasta el lugar para reclamar por sus hijos.[21] Los más jovencitos fueron demorados e interrogados en la comisaría local.[22] Algunas madres (posiblemente de quienes vivían más cerca) se hicieron presentes para declarar, en cambio, haber dado su consentimiento para que sus hijos participaran del retiro y pedían que no se tomara ninguna medida contra ellos. Tolnay de Hagymassy mandó a gestionar autorizaciones por escrito de las familias de algunos, para evitar que se les siguiera haciendo una cuestión por ese tema.
Tal como lo habían hecho cuando fueron detenidos en un retiro de Jujuy un año antes, los miembros de Kronos aprovecharon la oportunidad de la intervención policial para acudir a la prensa, denunciar la persecución que sufrían, difundir los fundamentos de sus encuentros y dar pruebas de confiabilidad ante la curiosidad que pudieran despertar en públicos más amplios.[23] Los diarios los recibieron y les dieron espacio. Ellos lo aprovecharon para hablar de los problemas que estaban teniendo y explicar que ya habían realizado los trámites para obtener la personería jurídica hacía casi un año, sin obtener respuesta.[24] Lo resaltaban como prueba de que sus actividades estaban muy lejos de ser ilegales o irregulares. El descargo se ocupaba de señalar, en un sentido parecido, la buena relación que mantenían con la policía, pretendiendo alejarse de toda sospecha de realizar de actividades “contrarias al orden”. El diario Gaceta afirmaba que los miembros de la agrupación señalaban “que la Policía de Melchor Romero “ha hecho todo lo posible por llevar a cabo los procedimientos en los términos más decorosos y dignos””.[25]
El conjunto de los jóvenes del retiro, unos veinte, fueron también a la redacción de El Día “para manifestar que no realizan actividad alguna que esté fuera de la ley” y que consideraban arbitrario el último procedimiento que había mantenido a varios de ellos detenidos durante una noche por averiguación de antecedentes. El diario consignaba que, según la policía, en ningún momento los integrantes de Kronos habían causado “inconvenientes de ninguna índole y que tampoco [habían recibido] quejas del vecindario”[26] sobre sus actividades en la zona.
El diario Gaceta aprovechó la proximidad entablada con estos “jóvenes de características desconcertantes” para enviar a un cronista a la finca. El periodista no perdió oportunidad para referir cuán críptico le parecía lo que había conseguido observar. Desde su perspectiva, el grupo aparecía “graníticamente unido” y su insistencia por conocer los propósitos que lo animaban “se estrelló una y otra vez” con respuestas que no le parecían tales. Kronos, opinaba, “es accesible, pero a poco que se bucee en sus miembros, se comprobará que solamente lo es epidérmicamente”: “ante el visitante, los muchachos dieron […] una evidente sensación de seguridad, algo así como si ya estuvieran de acuerdo en cuáles [debían] ser las respuestas a cada pregunta que se les [formulaba]”. No matizaba la sensación de estar frente a un fenómeno que escondía su verdad, para el cronista, el hecho de que se le hubiera permitido ingresar a la casa, ni el haber conversado con sus habitantes largamente.
Las distintas habitaciones están casi completamente desprovistas de muebles. Una mesa, una biblioteca pequeña, otra mesa de cocina, un ropero de reducidas dimensiones y un banquito rústico es todo el mobiliario. Los jóvenes duermen en sacos de campaña o sobre mantas comunes y la casa se compone de dos habitaciones, una cocina grande y un baño, al que no fue posible penetrar “porque hay uno dentro”. Cabe acotar aquí que a la tarde le ocurrió una situación exactamente igual a un cronista de otro diario que concurrió al alojamiento de Kronos.[27]
“¿Cuánto cuesta, quién lo paga?” “¿Qué son, qué persiguen, qué buscan?”. En la foto que acompañaba la nota se veía a varios jóvenes sentados en el suelo tomando algo. El epígrafe tornaba exótica la imagen: “La “ceremonia” del desayuno: todos en silencio, sentados sobre mantas en el suelo, dispuestos a ingerir el mate cocido con leche servido, también sin palabras, por un integrante del núcleo”.[28] El silencio aparecía como un sinónimo de misterio, rareza, excentricidad. El baño cerrado, la falta de muebles, el modo en el que contestaban, como si se hubieran puesto de acuerdo en un relato oscuro o estuvieran siendo manipulados mentalmente.
La clasificación de Kronos como “secta” se hacía lugar en la cobertura periodística.[29] El diario Crónica titulaba, el 22 de septiembre, “Rara secta allanada. Promiscuidad de menores fugados”. Y afirmaba que se había comprobado “la total falta de higiene y escasa alimentación” que recibían los participantes del retiro. Además de que “dormían sobre jergones en la más absoluta promiscuidad”.[30] El cronista de Gaceta, a diferencia de su colega, había subrayado que comían suficiente “proteína”, que el “aseo era inobjetable”, y que se trataba de “gente pacífica – concepto confirmado por el comisario de Melchor Romero – y partidarios de la no violencia”[31], más allá de que parecieran guardar secretos y misterios. Tanto quienes argumentaban una cosa o la otra consideraban totalmente pertinente enterarse de cómo comían, dormían, convivían y pensaban los integrantes de Kronos, suponían que en esas informaciones podría cifrarse una clave para comprender una verdad nada evidente del fenómeno.
El 27 de septiembre el diario nacional La Razón realizó un reportaje vistoso, extenso. El comisario Martín Manqui les había dicho: “¡Vayan, están a 200 metros de aquí, de la comisaría, son gente rara, pero reciben a los periodistas!”.[32]
Protegidos con un paraguas, abrimos un portón de hierro pesado, entrada de una residencia parecida a las de las películas de Boris Karlof. Los árboles del jardín tipo parque inglés, llenos de flores primaverales. Golpeamos las manos, y solamente apareció “Pelé” (un perro negro que nos miró, agachó las orejas y se quedó callado).[33]
Los encontraron en el fondo de la finca. Los invitaron “cordialmente a pasar”, mientras “uno de los jóvenes borró, rápido, un dibujo geométrico raro hecho en un pequeño pizarrón”. Uno de los integrantes explicó que:
Kronos es un movimiento generacional cuyo objetivo es la perfección moral de sus integrantes y de la sociedad toda. Tenemos mil coetáneos. Decimos así porque somos de la misma edad, tiempo. Este movimiento nació en Mendoza en 1963 y ya hay filiales en Córdoba, Santa Fe, Jujuy (donde detuvieron a algunos de nuestros miembros, sospechados de guerrilleros) y también en el extranjero, como en Chile, Bolivia, Perú, Uruguay y Porto Alegre… […] Aquí no hay nada clandestino, como que vivimos a 200 metros de una comisaría de policía. Nos han hecho, judicial y policialmente, una cuestión por la existencia entre nosotros de menores de edad, pero creemos que es un recurso para justificar una subterránea maniobra que no alcanzamos a entender.[34]
El reportero preguntó si trabajaban y estudiaban. Respondieron que sí, y siguieron la lógica de la pregunta que buscaba detectar cuán antisistema era la organización, rechazando posibles confusiones con otros colectivos o movimientos: “No somos beatniks ni hippies criollos, porque como ustedes ven estamos limpios por fuera y por dentro. ¡No usamos barbas ni melenas! No porque esté prohibido, ya que aquí no hay prohibiciones de ninguna clase. Estaría en contra de nuestro ideal de formar el “hombre nuevo” de este siglo…” Mostraron el espacio que tenían para hacer ejercicios físicos en el jardín, remarcando que la salud física era un pilar fundamental del grupo. Aclaraban que querían “llegar, sin política alguna, a la perfección, y sin violencia. ¡Odiamos la violencia, no queremos que nos encasillen en nada!”.[35]
El reportero de La Razón llamaba la atención sobre el hecho de que veía a algunos fumar, cuestionando probablemente la coherencia entre el ascetismo declarado y ese hábito perjudicial. Preguntó si tomaban alcohol y cómo se organizaban para la convivencia. Apuntó que “algunos están gorditos” al hablar de su alimentación “balanceada” y señaló que en el baño había 20 cepillos de dientes. Higiene, vicios, comportamiento sexual y alimentación, eran parte de las dudas consideradas válidas en la indagación sensacionalista sobre este grupo de “modernos ascetas, ermitaños o anacoretas del siglo XX”.[36] En las fotos que acompañaban el reportaje se veía a los integrantes de Kronos sentados en el piso, preparando sus bolsas de dormir, leyendo y cocinando. Los epígrafes deslizaban la palabra “secta” como forma de referirse a la agrupación, sin mayores aclaraciones.
No indiferente a este conjunto de juicios que se esparcían públicamente al mismo tiempo que la difusión de su existencia se irradiaba, Kronos planificó un cierre del retiro abierto al público. El evento le permitiría intervenir sobre ese tejido de dudas que se había ido armando a su alrededor así como eventualmente hacer contacto con nuevos simpatizantes. El 1° de octubre, Tolnay de Hagymassy envió una nota al comisario de la seccional 7ma pidiéndole autorización para recibir visitantes en la casa quinta el día 7 de octubre a las 18hs, cuando se realizaría el cierre. Argumentaba que querían recibir “a parientes y amigos de los integrantes del grupo, [para que pudieran] tener una imagen más objetiva y real de las prácticas y las condiciones de vida que […] tratan de materializar en sus inquietudes”, “dado que la prensa ha transmitido una imagen tan distorsionada acerca del grupo y sus intereses”.[37] Aseguraba que no se permitirían comentarios ni opiniones de índole política y que solo se aludiría a asuntos de “orden cultural”. Estimaban contar con la llegada de unas cien personas, teniendo en cuenta que los acontecimientos habían trascendido en la opinión pública. El “epónimo” terminaba invitando al comisario a participar de la ceremonia.[38] El comisario Martín Manqui elevó una nota dirigida al director de la SIPBA manifestando que, en su opinión, se podía acceder al pedido dado que consideraba que “se [trataba] de una reunión familiar y [que] no [existían] motivos para que [pudieran] perturbar el orden”.[39] La solicitud fue aprobada y los agentes de policía se hicieron presentes en el evento.
El comisario Juan José Girolamo informó a la SIPBA que, según sus cálculos, además de las personas que se encontraban en el retiro, se habían acercado al evento “unos 150 espectadores, entre los que se contaban familiares y amigos de los integrantes del grupo, periodistas, el propietario de la finca con su esposa e hijo y el cura párroco de la capilla del Hospital Neuropsiquiátrico de localidad”.[40] El Inspector Mayor Félix Armando Farías, por su parte, calculó 85 personas, entre las que había “varios periodistas que interrogaron por más de una hora a los anfitriones del evento sin conseguir comprender cuáles eran las finalidades de la “secta””.[41] En el acto, los integrantes de Kronos habían desfilado con antorchas alrededor de una hoguera, caminando detrás de un estandarte negro con la imagen de la serpiente circular en rojo y el punto blanco, al son de los tambores. Una piedra en la cual se hallaba dibujado el símbolo de Kronos había sido enterrada para cerrar la ceremonia. Los presentes no se habían alejado del lugar sin antes disfrutar del refrigerio que se sirvió en el interior de la casa.[42]
Asociaciones, enrolamientos y procesos de alterización
En mayo de 1968 Kronos reapareció en la prensa nacional, esta vez asociada a un hecho policial. Una joven porteña de 21 años había desaparecido en pleno horario de trabajo, llevándose 2.135.000 pesos en efectivo y un documento por el valor de 335.000 de la empresa en la que trabajaba. Se trataba de una persona de suma confianza para sus empleadores. La investigación había seguido varias pistas: una extorsión que vinculaba a la hermana menor de la joven con un traficante de drogas fugado a Río de Janeiro; un secuestro con cartas y telegramas falsos que tenían a la familia desconcertada... El 28 de mayo Clarín publicó un dato “cuya importancia aún no ha sido calibrada” y era que María Cristina Pulles, la víctima o prófuga, no se sabía, en cualquier caso, la protagonista de la noticia, “pertenecía a una curiosa organización llamada Kronos, que tiempo atrás originó un procedimiento de la policía bonaerense, sin consecuencias. […] En aquella ocasión no se comprobó que los jóvenes estuvieran incursos en delito alguno”.[43] La aclaración final no compensaba la asociación establecida. ¿Podía ser “en esta ocasión” que esa “curiosa organización” fuera una pista para descubrir en dónde se hallaba la joven desaparecida?
El modo en el que se enmadejó el caso de Pullés con la historia de Kronos fue, solo en parte, resultado de la acción de la prensa que intentaba imprimir sensacionalismo en la venta de noticias. La espectacularización de “lo desviado” y una sensibilidad moral atenta a los efectos disruptivos de las nuevas formas de juventud, sexualidad y espiritualidad era un recurso comercial, por supuesto. El diario La Razón enfatizaba el miedo con el cual la madre de la chica estaba atravesando la situación y, acto seguido, aludía al tema de participación de su hija en la agrupación que se etiquetaba rápidamente como “secta” o “sociedad espiritualista”:
En cuanto a la militancia de las chicas Pulles en la sociedad espiritualista Kronos, nada nuevo ha trascendido. Tan solamente que ellas gozaban de libertad amplia para sus movimientos personales y ausencias del hogar en época de vacaciones, y estaban entusiasmadas con los principios sustentados por los miembros de esa especie de secta religiosa que, según supieron declarar al periodismo cuando efectuaron una alucinante ceremonia de clausura de actividades en la casona que ocuparon varios muchachos y chicas, en Melchor Romero. […] “luchaban contra toda violencia y por el hallazgo de un mundo nuevo para un ser humano nuevo”.[44]
Más allá de que “no hubiera trascendido ninguna conexión” entre la participación de la mujer en Kronos y su desaparición, llevándose el dinero de su empleador, el diario conseguía producir una narrativa centrada en la “amplia libertad” que tenían la jovencita y su hermana. Esta forma de enlazar sucesos no era ajena al modo en el que algunas de las mismas familias se reprochaban haber dejado “demasiado abiertas” las puertas a “desviaciones” morales. En febrero de 1967, por ejemplo, un funcionario de la Compañía de Seguros La Primera de Paso del Rey había informado a la policía que sus hijas participaban de una filial de Kronos ubicada en Merlo y que ello las había ido tornando “reservadas, como dos personas que fueran dominadas espiritualmente por un ser superior” lo cual había “creado un clima insoportable en las relaciones con sus hijas”.[45] La “secta”, así vista, podía llegar a hacer desconocido lo conocido, a distanciar a padres de hijos, a volverlos irreconocibles al punto de convertir a una bella joven mano derecha de una empresa en una prófuga que se llevaba, vaya uno a saber con qué destino inexplicable o movida por qué interés oscuro, el dinero que se le había encomendado.
El caso Pulles dio un “vuelco sensacional” cuando la prensa publicó que la policía internacional habría dado la información de que la joven se encontraba en Chile “con un amante”. Los miembros de Kronos, atentos a la campaña que los iba involucrando, no perdieron la ocasión, como lo habían hecho en otros momentos, para darse una vuelta por la redacción de La Razón y manifestar su opinión sobre el caso que les salpicaba:
Preguntados por el concepto que les merecía la “coetánea María Cristina Pulles” –la prófuga – los visitantes dijeron: “Nos merece el concepto más alto y no nos cabe en la cabeza la idea de que haya cometido el delito que se le imputa. De ser así – afirmaron – solo cabría suponer que María Cristina actuó por efecto de alguna presión que nosotros desconocemos“. Uno de los jóvenes del grupo […] agregó: “María Cristina es una chica muy centrada, muy espiritual y sumamente femenina”. – Sin embargo – acotó [otro] – el último día que la vi el 10 de este mes, la noté muy preocupada, con trastornos orgánicos que no me explicó, todo por la situación que atravesaba su hermanita Ana María, que no es coetánea nuestra – terminó diciendo.[46]
El 12 de junio se conoció por la prensa que la joven había sido detenida en la estación de ferrocarril San Martín, en Mendoza, cuando bajaba del tren que la traía desde Chile. Kronos no había tenido que ver con el caso, aunque pudiera elucubrarse una hipótesis basada en una supuesta fragilidad mental de la joven.[47] Sin embargo, la asociación de la agrupación con supuestos secuestros, desapariciones o actos insólitos de jovencitas vulnerables iría robusteciéndose como engranaje de una clasificación del grupo como “secta”, sospechado de “lavar cerebros”, infundiendo miedo y desconfianza en las familias de sus adherentes y en el público en general. Los jóvenes eran descritos como víctimas de la manipulación mental, asociándolos a diversos peligros. La emergencia de este tipo de preocupaciones no puede desligarse del contexto político y moral de la década de 1960, atravesado por procesos simultáneos expansión de las sociabilidades juveniles y del endurecimiento autoritario. En ese cruce, experiencias difíciles de encasillar —como las experiencias espirituales no institucionalizadas o alternativas— tendieron a ser leídas como ejemplos de desorden, desviación o amenaza, activando respuestas estatales y sociales que pretendían reponer fronteras normativas (Frigerio, 2024).
El caso Pulles no estuvo aislado de otros que, por esos días, se arremolinaron en torno a la agrupación de la serpiente circular. El mismo día que la mujer fue encontrada en la estación de tren de Mendoza, integrantes de Kronos se hicieron una vez más presentes, de traje y corbata, en la redacción de La Razón para denunciar la detención de miembros de la asociación mientras realizaban su VII° retiro espiritual en el delta del Tigre, en las afueras de Buenos Aires. Los afectados habían recuperado la libertad “por inconsistencia de cargos”[48] de manera inmediata, ya que no realizaban “actividades extremistas”,[49] pero habían tenido que responder a preguntas sobre el caso Pulles quien, si bien había estado vinculada a la organización anteriormente, “en ningún momento participó de los retiros espirituales”.[50]
El diario Crónica también componía una narrativa sensacional en la cual aparecían unidos el caso de Pulles, la detención de integrantes de Kronos en Rosario y el allanamiento en el retiro del Delta. Titulaba “Kronos: corrupción y secuestro”. Hablaba de un “caso singular y que podría tener derivaciones espectaculares” ya que aparecía involucrada la asociación “a la que perteneciera Pulles, la joven que huyó a Chile con 2.000.000 de pesos de sus patrones”. Iniciaba así el relato de la detención de otra mujer, María Angélica Soler, mientras “se encontraba de visita en la casa de su abuela” en la ciudad de Rosario.[51] La intervención policial era “a pedido de su tío, que la acusa de corrupción, vagancia y rapto” por haber sido intermediaria entre Kronos y su prima, hija del denunciante, quien se encontraba en el retiro que el grupo estaba realizando en el Tigre. Susana Piatini, supuestamente “raptada” por su prima, según lo entendía su padre, en verdad tenía “22 años de edad, por lo que la acusación de rapto es relativa”, aclaraba el mismo diario que no dudaba en utilizar la palabra “secuestro” en el título. Se había enviado a una comisión a tomar declaración a la joven “a efectos de comprobar si se encuentra allí por su voluntad o fue llevada con engaños o por la fuerza”, sostenía el diario.[52]
El hermetismo es casi total en torno a este caso y los nombres de los implicados se mantienen en total reserva, pero se ha logrado saber que entre ellos figuran personas sumamente conocidas en esta ciudad. Algunos detalles indicarían que la organización “Kronos” no es tan “espiritual” como sostienen sus dirigentes. Según círculos policiales se estaría frente a actividades que se encontrarían encuadradas en el Código Penal.[53]
Los miembros de Kronos denunciaron en la prensa “una injusta represión policial” de varios jóvenes activistas en Rosario “a quienes se los implica en actividades de corrupción, robo y tráfico de alcaloides”.[54] Quien estaba en el origen de la persecución era un hombre influyente de la sociedad rosarina, el secretario de la Cámara de Apelaciones local, padre de la muchacha que se encontraba en el retiro del Delta. Los “coetáneos” hacían su descargo en la prensa:
Ponen en conocimiento de la opinión pública que el movimiento que los agrupa responde a una inquietud de superación espiritual, y que la acusación que se les formula responde a una cuestión personal entre padre e hija. Al respecto aclaran que el doctor Piatini pretende disolver la asociación ante la imposibilidad de sustraer a su hija Susana, de 22 años de edad, del movimiento en el cual ella participa, así como también a su sobrina, María Angélica Soler, que se encuentra entre las detenidas en Rosario.[55]
Kronos denunciaba que se trataría de hacer pasar a Susana “por insana mental para evitar que ella exprese su complacencia por encontrarse dentro de la organización”.[56] Una vez más, se puede percibir la disputa por la autonomía de las mujeres para participar en Kronos, tal como se había expuesto en el caso Pulles. Se ponía en duda las condiciones mentales de las muchachas para adherir a la organización. “Hija: Deja de inmediato a esos canallas delincuentes y vagos y reintégrate a tu honorable familia”, le había escrito Piatini a Susana el 30 de mayo en una carta que no parecía, por el tono, restarle ninguna autonomía a la jovencita ausente del hogar, sino estar atravesada por el pánico moral.[57] La subversión de los órdenes familiares y las morales sexuales que los años sesenta testimoniaron, como han relevado investigaciones conocidas (Cosse, 2010; Manzano, 2017b), implicaban conflictos complejos. Acusar a una “secta” de haberse robado a una hija “mentalmente débil” era públicamente menos bochornoso que reconocer que se hubiera marchado por iniciativa propia con “delincuentes y vagos canallas”.[58]
El 23 de junio, algunos participantes de Kronos, entre los que se encontraba Tolnay de Hagymassy y María Angélica Soler, volvieron a la redacción de La Razón para “hacer públicos algunos detalles relativos al presunto secuestro – del que Kronos sería responsable […] y de la “persecución policial de que es objeto la organización””. La joven relató que había permanecido detenida durante 13 días, “sin otra causa que su vinculación a Kronos”. Un muchacho también privado de la libertad en Rosario comentó que, a pesar de sus enfermedades óseas, “se le mantuvo en lugares húmedos, sin atención médica y sin acceso a la medicación que habitualmente necesita suministrarse”. Dijo que “cuando sus padres intentaron informarse, se les dijo que él no se hallaba detenido”. Las declaraciones del grupo denunciaban la marcada violencia institucional del gobierno militar y se indignaban ante lo que decían haber descubierto como uno de los principales motivos por los cuales la policía recurrentemente intervenía sus actividades. Tolnay de Hagymassy puntualizaba que: “El oficial subinspector sumariante, Nildo Arnaldo Díaz, nos propuso que elimináramos a todos los judíos de Kronos y que, de ese modo, conseguiríamos la personería jurídica y la tranquilidad”. Denunciaban, así, un “propósito racista en la actuación policial”, un antisemitismo explícito de parte del funcionario sumariante.[59]
El 15 de julio de 1968 la revista Análisis publicó un interesante artículo sobre Kronos titulado “Buenos Superhombres”. El texto tiene varios aspectos destacables. Por un lado, muestra cómo los miembros de la agrupación eran conscientes de que la policía a veces pretendía hacerles declarar en su propio perjuicio, engordando argumentos para clasificarlos como “secta”. Así recuperaban un diálogo que habían tenido con un oficial en tono burlón, intentando ganar la complicidad del lector para que advirtiera la trampa en la que se los pretendía hacer caer:
- Pero ustedes piensan distinto ahora que antes de estar en Kronos.
- Sí, por supuesto.
- Entonces… les… borran lo que creían antes de ingresar…
El diálogo fue sostenido por un oficial de la policía y Roberto Bordenave en el Cuartel General de Islas, durante algunas de las 33 horas que el coetáneo pasó allí a partir de la mañana del 11 de junio. El interrogador intentaba que Bordenave confesara la utilización del lavado de cerebro por parte de Kronos. Por eso, la conversación terminó frustrando al policía.[60]
Reflexiones finales
El artículo recuperó situaciones problemáticas en las que el siloísmo temprano fue puesto a prueba y empujado a autoproducirse y a visibilizarse, en un proceso simbiótico, con otros y a prueba de otros. Las asociaciones que se fueron tejiendo entre la organización, los casos policiales, las denuncias familiares y las narrativas periodísticas no funcionaron solo como descripciones posibles y plurales, sino como operadores prácticos que tuvieron consecuencias: detenciones, allanamientos, interrogatorios y la consolidación de caracterizaciones públicas. La producción de Kronos como una otredad se apoyó menos en hechos comprobados que en la acumulación de indicios, temores y sensibilidades morales que volvían inteligibles formas de la experiencia juvenil, espiritual, moral y existencial de la época. Lejos de ser un fenómeno marginal o anecdótico, la serie de controversias analizadas muestra cómo la visibilización pública del siloísmo temprano fue un espacio de experimentación y de disputa por las fronteras de lo aceptable y lo legítimo en un tejido más diverso de lo que suele reconocerse.
La reconstrucción de la experiencia de Kronos confirma la importancia del conflicto intergeneracional en la deriva de los primeros años de la agrupación. En varias oportunidades, los procesos represivos que sufrieron fueron originados por denuncias de las propias familias de los participantes. Es cierto que el archivo solo permite atisbar los casos de cuestionamientos, pero poco sobre aquellos en los que los jóvenes recibieron apoyo o una simple indiferencia de parte de sus parientes. Sin embargo, los primeros fueron suficientes para interferir en las actividades en marcha. El recelo ante lo desconocido o, más bien, a lo juzgado como “secta” en una época en que los jóvenes se involucraban en activismos que podían representar no sólo una divergencia de valores en el seno familiar sino incluso también mayores peligros, dinamizó de un modo específico objeciones intergeneracionales, a través de una mirada centrada en la sospecha frente a lo “anormal”, el “lavado de cerebros”, la vulneración de la autonomía, tópicos no ajenos a otros tipos de experiencias de la época (Esquerre, 2009; Espeche, 2025). En algunos casos, la policía y los servicios de inteligencia dedicados a investigar al grupo se ocuparon hasta de tranquilizar a los padres que acudían a ellos, como sucedió en el caso del joven entrevistado por el comisario Camilion, recuperado en el primer apartado. No pocos siloístas de la primera etapa comentan que sus padres o hermanos fueron en algún momento a denunciarlos a la policía y que solo con el tiempo pudieron comprender mejor de qué se trataba el giro que habían dado sus vidas. La “regulación estatal” se sumaba a lo que Alejandro Frigerio ha llamado una “regulación social” de las diversidades (Frigerio, 2024), pero en un ida y vuelta que hace complicado sostener esa distinción.
Las intervenciones policiales ofrecieron a Kronos oportunidades para visibilizar su experiencia en público, ya sea a través de las notas y reportajes que la prensa comenzó a realizar, como a través de los descargos que la organización conseguía introducir durante y después de cada episodio, apareciéndose en las redacciones de los diarios para dar su versión de los acontecimientos y difundir sus versiones e ideas. Hubo una especie de efecto amplificación claramente intencionado, un aprovechamiento de cada instancia que se les presentó para mostrarse y dejarse ver, responder preguntas, desplegar verdades y reivindicar una cierta “normalidad” cuando justamente se los solía presentar como “raros”. Incluso cuando se los involucró (quizás deliberada y maliciosamente) en acontecimientos sombríos, como la desaparición de la joven Pulles, ellos se acercaron a la prensa para conversar con los periodistas y disputar imágenes sobre sus supuestas irracionalidad y extrañeza. La gestión de una ceremonia abierta a las familias, visitantes y periodistas en el cierre del campamento de Melchor Romero, con el correspondiente permiso policial del gobierno militar, da cuenta de esta intuición que Kronos tuvo de hacerse ver y dejarse proteger por la mirada de los otros. El uso de situaciones hostiles en propio beneficio fue un recurso que los activistas de la serpiente circular supieron aprender y que, en los años venideros, manejarían con gran destreza.
La prensa, por su parte, adobó las alusiones a Kronos para hacerlas más convocantes a sus públicos, recargándolas de misterio, para lo cual destacar excentricidades y ficcionar reportajes era un método comercialmente rendidor y literariamente eficaz. El “perro negro” que los recibía en “la lúgubre casa” “desprovista de muebles” en la que jóvenes “tomaban mate cocido “sentados en el piso en completo silencio” era clave como estrategia profesional para cautivar la atención. Una “película de Boris Karloff” aparecía para alimentar la imaginación de quienes quisieran entrar en sintonía con un posible terror que pudiera estar a la vuelta de la esquina. La creación de ambientes, la elección de las palabras, la asociación con otros eventos, fueron artilugios que posiblemente no respondían más que a criterios comerciales del sensacionalismo pero que tuvieron el efecto de insuflar a Kronos un halo arcano y arborescente, atractivo para las masas lectoras interesadas.
La estigmatización de Kronos como “secta” fue un proceso vivo que se nutrió también de las dificultades y la indisposición de sus otros para descifrarlos y aceptarlos. ¿A qué se dedican? Les preguntaba la prensa. Y por más que los participantes de Kronos lo explicaran a la luz del día, los interrogadores no conseguían encontrar algún sentido a sus respuestas. ¿Tienen permiso de sus familias, los menores, para estar en esos retiros? No importaba que mostraran papeles firmados, si de todos modos algún padre acudía a la comisaría diciendo que su hija estaba allí “en contra de su voluntad”, revolucionando jerarquías patriarcales e infundiendo las peores pesadillas para un orden más conservador. La prensa levantaba revuelo titulando con palabras fuertes: “secuestro”, “rapto”, “corrupción”, “alcaloides”, etc. ¿Cómo se financian? ¿Están desnutridos? ¿Qué son esos símbolos que usan? ¿Cómo son sus comportamientos sexuales? Las formas de organizar la experiencia públicamente, más allá de cómo se respondiera, implicaban que merecían ser observados con atención, que no había que sacarles los ojos de encima. Los participantes de Kronos se mostraban conscientes de que debían pasar ciertas pruebas para poder seguir adelante con sus actividades sin tantos inconvenientes, en medio de un clima represivo y una convulsión social y política importante. Llegaban a las redacciones de saco y corbata, contando qué estudiaban o en dónde trabajaban, dando pruebas de confiabilidad y respondiendo prestamente a las preguntas más enrevesadas.
La mayoría de los intercambios con la policía fueron amistosos y hasta es posible que algunos oficiales hayan llegado a sentir simpatía por el grupo, más allá de que los más paranoicos los hayan sospechado de tramar prácticamente “la caída de la sociedad cristiana-occidental”. “Se trata de un evento familiar”, había informado el comisario Manqui a sus superiores cuando Kronos pidió permiso para recibir invitados en su ceremonia de cierre del retiro en Melchor Romero. La comisaría estaba a 200 metros de la casa en la que moraban, los habían inspeccionado unas diez veces, los conocían bastante bien. Un informe policial retomaba la opinión de vecinos y gente que los había frecuentado:
Requerida la opinión de personas que han tenido contacto con este grupo, han manifestado que son sumamente educados y cultos, algo retraídos y parcos en sus expresiones que, según lo que se puede ver desde el exterior, realizan sus ejercicios sin salir de la propiedad que han alquilado, siendo su comportamiento intachable.[61]
Hacer visible el proceso de alterización en acto, en el cual intervinieron voces muy diversas, acciones y propuestas sin contenido “verdadero”, enriqueció el registro de la experiencia histórica de la emergencia del siloísmo y de las formas de vida contraculturales en la Argentina como algo más que un conjunto de creencias, ideas o matrices interpretativas. La factura simbiótica, cooperativa, disputada, matizada, compuesta de narraciones sedimentadas y corregidas, probadas y criticadas, justificadas y aclaradas, es una construcción viva que puede palparse en la descripción. Ciertas formas de acción se fueron mostrando válidas y útiles, sirviendo de plataforma para la organización y amplificación del fenómeno que tendría a la aparición espectacular de Silo como guía y maestro en mayo de 1969 como broche de oro y apertura hacia un nuevo momento.
Referencias bibliográficas
Axat, Julián (2008). “El siloísmo y sus variantes. La persecución de lo inexplicable”. En: Comisión Provincial por la Memoria (CPM), Fondo DIPPBA, Colección “Kronos y Silo”.
Barr-Melej, Patrick (2006). “Siloísmo and the Self in Allende’s Chile: Youth, “Total Revolution,” and the Roots of the Humanist Movement”. Hispanic American Historical Review, 86 (4), pp. 747-784.
Barr-Melej, Patrick (2007). “Revolución y liberación del ser: Apuntes sobre el origen e ideología de un movimiento contracultural esotérico durante el gobierno de Salvador Allende, 1970–1973”. Nuevo Mundo Mundos Nuevos.
Barr-Melej, Patrick (2017). Psychedelic Chile youth, counterculture, and politics on the road to socialism and dictatorship. University of North Carolina Press.
Cerutti, Simona (2011). “À rebrousse-poil. Dialogue sur la méthode”. Critique, N° 769-770, pp. 564-575.
Collado, Pablo (2017). “Supraconciencia e historia: Orígenes ideológicos del siloísmo (1964-1971)”. En: Alberto Aníbal Pérez, Enrique Garguin y Hernán Antonio Sorgentini. Formas del pasado: Consciencia histórica, historiografías, memorias. Universidad Nacional de La Plata, pp. 151-176.
Cosse, Isabella (2010). Pareja, sexualidad y familia en los años sesenta: Una revolución discreta en Buenos Aires. Siglo XXI Editores.
Debaise, Didier Isabelle Stengers (Dirs.). Au risque des effets. Une lutte à main armée contre la Raison? París: Les Liens qui Liberent.
Espeche, Ximena (2024). “Revolución en Cuba: Las ansiedades sobre el control del comportamiento humano”. En: Katerina Hatzikidi, Rodrigo Patto Sá Motta y Andrés Ríos-Bordes (Eds.). Anticommunism and conspiracy theories in Latin America. Londres: Routledge.
Esquerre, Arnaud (2009). La manipulation mentale: Sociologie des sectes en France. París: Fayard.
Frigerio, Alejandro (1993). “La invención de las sectas: El debate sobre nuevos movimientos religiosos en los medios de comunicación en Argentina”. Sociedad y Religión, 10-11, pp. 32-69.
Frigerio, Alejandro (2000). “¿No será una secta?”: Imágenes de problemas sociales en programas televisivos de ficción”. Cuadernos de Antropología Social, 11, pp. 95-120.
Frigerio, Alejandro (2024).“Regulación social de la religión e invisibilización académica de la diversidad religiosa”. Debates de Redhisel, N° 5, pp. 269-285.
Manzano, Valeria (2017a). “Desde la «revolución total» a la democracia. Siloísmo, contracultura y política en la historia argentina reciente”. Prismas, 21(1), pp. 115-135.
Manzano, Valeria (2017b). La era de la juventud en Argentina: Cultura, política y sexualidad desde Perón hasta Videla (1a ed.). Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.
Sampietro, Virginia (2013). “Colecciones documentales del fondo DIPPBA. Medio siglo de inteligencia policial”. PolHis, N° 6 (12), pp. 344-348.
Notas

