Artículos de investigación
Recepción: 15 enero 2026
Aprobación: 31 marzo 2026

Resumen: El artículo analiza la crisis del orden global, marcada por el declive relativo de la hegemonía estadounidense y la emergencia de una multipolaridad en disputa. Examina las dinámicas de “acumulación por desposesión” y su vínculo con nuevas formas de guerra total. Aborda la reconfiguración de la dominación en América Latina y la disputa por bienes estratégicos, y aterriza en el caso colombiano, evaluando los límites del gobierno de Gustavo Petro frente a estas presiones. Concluye que la emancipación regional depende de la capacidad de los pueblos para construir alternativas.
Palabras clave: Hegemonía, Multipolaridad, Guerra Total, América Latina, Acumulación por desposesión, Transición civilizatoria, Colombia.
Abstract: The article analyzes the global order crisis, marked by the relative decline of U.S. hegemony and the emergence of a contested multipolar world. It examines the dynamics of “accumulation by dispossession” and its link to new forms of total war. It addresses the reconfiguration of domination in Latin America and the struggle over strategic assets, and it focuses on the Colombian case, by assessing the limits of Gustavo Petro’s government in the face of these pressures. It concludes that regional emancipation depends on the ability of the peoples to build alternatives.
Keywords: Hegemony, Multipolarity, Total War, Latin America, Accumulation by Dispossession, Civilizational Transition, Colombia.
Introducción
La coyuntura geopolítica contemporánea se caracteriza por el declive relativo de la hegemonía estadounidense, la emergencia conflictiva de un orden multipolar y la intensificación de múltiples formas de guerra, militar, tecnológica, cognitiva y económica. Las dinámicas de control sobre recursos estratégicos, la disputa por la inteligencia artificial, la reconfiguración del sistema financiero internacional y la creciente subordinación de América Latina bajo nuevas formas de dominación son claves en esta fase. Asimismo, la crisis de las instituciones multilaterales, la relegación de la crisis climática y la profundización de la desigualdad global. Urge repensar claves para la acción política de los pueblos en un contexto de transición civilizatoria.
Una transición en disputa
El sistema internacional atraviesa una ruptura de carácter histórico-estructural que desborda las categorías convencionales de análisis. No se trata simplemente de una transición lineal hacia la multipolaridad, sino de una crisis orgánica del orden mundial, en el sentido gramsciano, un momento en el que “lo viejo no termina de morir y lo nuevo no termina de nacer”. En este interregno, como advierte la tradición crítica, emergen formas agudas de violencia, inestabilidad y reconfiguración del poder.
La hegemonía estadounidense, consolidada tras el fin de la Guerra Fría, evidencia signos claros de erosión en múltiples dimensiones, económica, política, ético, militar y simbólica. Como lo plantea Immanuel Wallerstein, el sistema-mundo capitalista se caracteriza por ciclos de hegemonía en los que una potencia dominante organiza las reglas del juego global, pero inevitablemente entra en declive ante el ascenso de nuevos centros de acumulación. En esta fase descendente, la potencia hegemónica tiende a recurrir crecientemente a mecanismos coercitivos para sostener su primacía (Wallerstein, 2003).
Esta transición se inscribe, a su vez, en una crisis más profunda del capitalismo global en su fase financiarizada. Como argumenta David Harvey, el capitalismo contemporáneo ha desplazado su eje desde la producción hacia la acumulación por desposesión, donde la especulación financiera, el endeudamiento estructural y la mercantilización de la vida se convierten en mecanismos centrales de reproducción del capital (Harvey, 2005). En este contexto, la guerra, en sus múltiples formas, se constituye en un dispositivo funcional para reactivar procesos de acumulación, controlar territorios estratégicos y disciplinar poblaciones.
Desde una perspectiva de larga duración, Giovanni Arrighi ya advertía que las transiciones hegemónicas históricas (de Génova a Holanda, de Holanda a Reino Unido, y de este a Estados Unidos) han estado marcadas por fases de financiarización terminal y conflictos sistémicos (Arrighi, 1994). La actual coyuntura parece reproducir este patrón, una economía estadounidense altamente financiarizada, con creciente dependencia de la deuda, frente a un bloque emergente que combina capacidad productiva, control de recursos y proyección geopolítica.
Diversos indicadores empíricos respaldan este diagnóstico. La participación de Estados Unidos en el producto global ha disminuido de manera sostenida en las últimas décadas, mientras que China se ha consolidado como la principal potencia manufacturera y un actor central en innovación tecnológica. Según datos del Fondo Monetario Internacional (FMI), medidos en paridad de poder adquisitivo, China ya supera a Estados Unidos como la mayor economía del mundo, y el bloque BRICS ampliado concentra una proporción creciente del PIB global (FMI, 2024; Medina Fernández, 2025).
El ascenso de los BRICS no debe interpretarse de manera simplista como una alternativa automáticamente emancipadora. Más bien, configura un campo de disputa intra-sistémico, en el que coexisten proyectos de desarrollo, intereses nacionales y formas diferenciadas de inserción en el capitalismo global. Sin embargo, sí representa un desafío estructural al orden unipolar, particularmente en ámbitos como la desdolarización del comercio, la creación de instituciones financieras alternativas y la diversificación de alianzas estratégicas.
Frente a este desplazamiento, la respuesta de Estados Unidos ha sido la intensificación de estrategias de contención, especialmente hacia China y Rusia. Como lo señalan documentos oficiales de seguridad nacional, China es identificada como el principal competidor estratégico, no sólo en términos económicos, sino también tecnológicos y militares (The White House, 2022). Estas estrategias combinan sanciones económicas, guerra comercial, restricciones tecnológicas, como el control sobre semiconductores, presión diplomática y expansión militar en zonas clave como el Indo-Pacífico, el llamado OUKUS, conocida como la OTAN del indo-pacífico.
En este marco, el retorno de Donald Trump a la presidencia ha profundizado tendencias preexistentes, unilateralismo, proteccionismo y desarticulación de los mecanismos multilaterales, no es que no existiera, solo intensifica su postura y acelera las confrontaciones, tal vez porque el tiempo empezó a jugar en contra. Por ello, lejos de ser una novedad, el trumpismo puede interpretarse como una expresión radicalizada de la crisis hegemónica estadounidense y de Europa, donde la coerción abierta sustituye progresivamente a la construcción de consenso global.
Particularmente relevante es la reactivación de una lógica de dominación hemisférica sobre América Latina. La histórica Doctrina Monroe se reconfigura en clave contemporánea, no sólo como principio geopolítico, sino como estrategia integral de control territorial, económico y político. Esta actualización, denominada por algunos analistas como “Doctrina Donroe”, se expresa en varios niveles:
Militarización creciente de la región, mediante bases, ejercicios conjuntos y cooperación en seguridad.
Instrumentalización de la lucha contra el narcotráfico, que funciona como dispositivo de legitimación para la intervención.
Presión geopolítica para excluir a actores extrarregionales, particularmente China y Rusia, de sectores estratégicos como infraestructura, energía y telecomunicaciones.
Como advierte Atilio Borón, América Latina continúa siendo concebida por Estados Unidos como un espacio de subordinación estructural, donde la autonomía política es sistemáticamente limitada por mecanismos de coerción directa e indirecta (Borón, 2012).
En este contexto, la región vuelve a ocupar el lugar de “patio trasero”, no solo como metáfora ideológica, sino como realidad geopolítica concreta. La disputa por el control de recursos estratégicos, litio, cobre, oro, tierras raras, agua, biodiversidad, así como por rutas comerciales, cadenas de suministros y posiciones geográficas clave (Amazonía, corredores bioceánicos, Caribe), refuerza su centralidad en la reconfiguración del orden global.
En el plano financiero, la creciente deuda de Estados Unidos se ha convertido en uno de los pilares de su fragilidad estructural. Para 2025, la deuda pública supera los 34 billones de dólares, equivalente a más del 120% del PIB, reflejando la centralidad del endeudamiento en la reproducción de su modelo económico. Lejos de ser una anomalía, este nivel de deuda constituye un mecanismo estructural de sostenimiento del sistema, anclado en la capacidad del dólar como moneda de reserva global.
Según datos del U.S. Department of the Treasury (2024; 2025) y del Fondo Monetario Internacional (FMI) (2024), se observa además una reconfiguración en la tenencia de esta deuda, China ha reducido significativamente su exposición, pasando de más de 1,3 billones de dólares en 2013 a niveles cercanos a los 800.000 millones en 2024, en el marco de una estrategia de diversificación de reservas.
En paralelo, la deuda estadounidense está crecientemente en manos de actores domésticos e institucionales, incluyendo la Reserva Federal, fondos de inversión y fondos de pensiones, entre los que destacan gigantes de la gestión de activos como BlackRock, Vanguard Group y State Street Corporation. Estos actores concentran una porción significativa del capital financiero global y ejercen una influencia estructural sobre mercados y corporaciones, además, están marcados por una fuerte presencia del pensamiento sionista, lo que les da un carácter especial a la hora de pensar el rumbo de las decisiones estratégicas de país.
Como han demostrado Jan Fichtner y otros (2023), esta concentración configura redes de propiedad cruzada que otorgan a un reducido grupo de gestores un poder desproporcionado en la economía global. Este fenómeno expresa un rasgo central del capitalismo contemporáneo: la financiarización y concentración del capital, donde el poder económico trasciende fronteras estatales y condiciona decisiones políticas.
En este contexto, resulta pertinente interrogar el vínculo entre finanzas y guerra. Más que una dirección conspirativa unificada, lo que se observa es una convergencia estructural entre intereses financieros, complejos industriales y estrategias estatales.
Como plantea David Harvey (2025), el capitalismo contemporáneo tiende a resolver sus crisis mediante procesos de “acumulación por desposesión”, donde la guerra y el control de recursos desempeñan un papel central. En la misma línea, Luxemburg, R (2003 [1913]). ya advertía que la expansión imperialista responde a la necesidad del capital de abrir nuevos espacios de valorización. Adam Tooze (2018) ha mostrado cómo el sistema financiero global no solo reacciona a las crisis, sino que contribuye activamente a configurarlas.
Lejos de ser un fenómeno aislado, la actual estrategia de Estados Unidos puede leerse como un desplazamiento gradual hacia formas de guerra total, donde lo militar, lo informativo y lo tecnológico se integran en una misma arquitectura de poder. En este marco, el control del entorno digital, datos, plataformas, algoritmos y flujos de información, se consolida como un componente doctrinario central, en sintonía con las nociones de competencia integrada y dominio del entorno informativo desarrolladas por el U.S. Department of Defense (2020) y la OTAN (2023)
La guerra cognitiva emerge así como su expresión más sofisticada, no se trata solo de influir narrativas, sino de intervenir en la producción misma de la realidad social, orientando percepciones, emociones y decisiones colectivas. Este proceso se ve reforzado por la expansión de contratos con corporaciones tecnológicas, particularmente estadounidenses e israelíes, como Palantir Technologies o NSO Group, que operan en la intersección entre seguridad, vigilancia y análisis masivo de datos.
Lo que se configura es una infraestructura global de control que, bajo el discurso de la seguridad, articula capacidades de monitoreo, predicción y modulación del comportamiento social. Su progresiva expansión hacia América Latina plantea una alerta estratégica, no solo por los riesgos en términos de soberanía tecnológica y dependencia, sino por la posibilidad de que estos dispositivos sean utilizados para reconfigurar escenarios políticos internos, gestionar la disidencia y asegurar condiciones favorables a intereses geopolíticos externos. En este contexto, la disputa ya no se limita a territorios o recursos, sino que se desplaza hacia el control de la información, la subjetividad y, en última instancia, de las formas de vida colectiva.
En consecuencia, la guerra contemporánea puede entenderse como un campo donde intereses financieros, corporativos, tecnológicos y geopolíticos se entrelazan. Sin embargo, esta subordinación no es absoluta.
América Latina sigue siendo un territorio en disputa, donde convergen presiones externas y resistencias locales. La transición actual, más que un simple relevo de potencias, expresa una crisis civilizatoria en la que se redefine el poder global y sus límites ecológicos.
Metodología
La investigación se fundamenta en un análisis crítico de coyuntura con enfoque interdisciplinario, que articula la Geopolítica Crítica, la Economía Política Internacional y la Sociología de la Dependencia. El diseño metodológico se estructura en tres dimensiones complementarias:
Análisis documental y bibliográfico
Se revisan aportes clásicos y contemporáneos —como los de Immanuel Wallerstein, Giovanni Arrighi, David Harvey y Atilio Borón— con el fin de caracterizar los ciclos de hegemonía y las crisis del sistema-mundo capitalista.
Análisis de indicadores empíricos
Se emplean datos de organismos internacionales como el International Monetary Fund, el World Bank, la CEPAL y el U.S. Department of the Treasury, con el propósito de examinar la reconfiguración del poder económico global y las tensiones del sistema financiero.
Estudio de caso (Colombia)
Se realiza un balance crítico del Plan Nacional de Desarrollo “Colombia, Potencia Mundial de la Vida”, a partir de informes oficiales del Departamento Nacional de Planeación, datos electorales de 2026 y análisis de prensa especializada, identificando la brecha entre el discurso reformista y las persistencias estructurales.
Este enfoque permite una lectura analítica de la realidad que trasciende la descripción de eventos y apunta a identificar las tendencias estructurales que configuran la actual transición del orden global.
Resultados-discusiones
Guerra total en el siglo XXI: tecnología, recursos, subjetividad y militarización regional
La configuración contemporánea de la guerra total no puede comprenderse sin su expresión territorial en América Latina y el Caribe, donde se intensifican dispositivos de control geopolítico que combinan presión económica, injerencia política, militarización selectiva y gestión de crisis como mecanismos de dominación. Lejos de ser fenómenos aislados, estos procesos configuran un patrón de intervención que articula coerción y gobernanza en contextos de alta vulnerabilidad estructural.
En el Caribe, Haití constituye un caso paradigmático. El país atraviesa una crisis multidimensional en la que grupos armados controlan gran parte de Puerto Príncipe, mientras el desplazamiento interno y la inseguridad alimentaria alcanzan niveles críticos. Según la ONU, más del 80% de la capital ha estado bajo influencia de pandillas en distintos momentos recientes, con cientos de miles de desplazados internos, en un contexto profundamente marcado por décadas de intervención externa y fragilidad institucional (ONU, 2024)
De manera paralela, el caso de Cuba evidencia la persistencia de mecanismos de asfixia económica como instrumento geopolítico. El bloqueo económico, vigente por más de seis décadas, continúa generando impactos severos en sectores clave como energía, salud y alimentación. Informes de la United Nations General Assembly documentan cómo estas medidas afectan el acceso a bienes esenciales y limitan el desarrollo económico de la isla (UNGA, 2023).
En este mismo eje, la militarización regional se expresa en el aumento de operaciones de seguridad y presencia militar bajo el argumento del combate al narcotráfico. Estudios del Washington Office on Latin America advierten que estas estrategias han reforzado dinámicas de control territorial y cooperación militar que, en la práctica, amplían la influencia de Estados Unidos en la región (WOLA, 2022)
Simultáneamente, se intensifican disputas por recursos estratégicos y corredores logísticos. Infraestructuras como el puerto de Chancay en Perú, impulsado en articulación con China, reflejan la creciente competencia geopolítica por el control de rutas comerciales entre América Latina y Asia. El World Bank destaca la centralidad de estas infraestructuras en la reconfiguración de las cadenas globales de suministro (World Bank, 2023), otro tanto ocurre en Argentina y Chile, el ataque constante a los pueblos Mapuche, el avance de proyectos militares de EEUU en la región y la entrega de territorios a multinacionales.
Este conjunto de dinámicas se inscribe en una lógica más amplia de competencia estratégica global. Como plantea David Harvey, el capitalismo contemporáneo tiende a gestionar sus crisis mediante procesos de “acumulación por desposesión”, donde el control de territorios y recursos se vuelve central (Harvey, 2005). En esta perspectiva, la producción de inestabilidad expresada en crisis políticas, violencia social o fragmentación institucional no es únicamente un efecto colateral, sino un mecanismo funcional para debilitar Estados y reconfigurar espacios de control.
En conjunto, América Latina y el Caribe se configuran como un territorio en disputa donde convergen estrategias de dominación, resistencias locales y reacomodos geopolíticos globales. La guerra contemporánea, en este sentido, no se limita al campo militar tradicional, sino que se despliega como un entramado complejo de coerción económica, control territorial y disputa por la soberanía.
Desigualdad, crisis climática y autoritarismo global
Este despliegue de guerra total coexiste con la profundización de la desigualdad y la crisis climática, configurando un escenario que algunos autores caracterizan como “tecno-feudalismo” o “capitalismo de plataformas”, donde el poder se concentra en una élite corporativa global.
Según informes recientes, el Sur Global concentra cerca del 70% de los recursos minerales estratégicos, pero captura una proporción mínima del valor generado, reproduciendo estructuras coloniales en el marco de la transición energética (Oxfam, 2025). Esta dinámica se combina con un patrón de consumo profundamente desigual: el 10% más rico del planeta concentra cerca de la mitad del consumo energético global, mientras amplios sectores carecen de acceso básico a energía.
Por su parte, la crisis climática es sistemáticamente subordinada a las lógicas de competencia geopolítica. La transición energética, lejos de implicar una ruptura, intensifica el extractivismo, ampliando la presión sobre territorios del Sur Global. Como advierte Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, el modelo actual reproduce desigualdades estructurales incluso en los procesos orientados a su superación.
En este contexto, el auge de gobiernos autoritarios y de extrema derecha y fascistas siglo XXI, en distintas regiones del mundo y particularmente en América Latina, puede interpretarse como una respuesta política a la crisis del capitalismo global. Como señalan diversos analistas críticos, se configura un fascismo del siglo XXI, no necesariamente idéntico al del siglo XX, pero igualmente orientado a la concentración del poder, la militarización de la sociedad y la supresión de disidencias.
La guerra total del siglo XXI no se limita a los campos de batalla tradicionales, atraviesa territorios, economías, cuerpos y subjetividades. América Latina y el Caribe se han convertido en un espacio central de esta disputa, donde convergen estrategias de control militar, económico y simbólico.
El desafío para los pueblos del Sur Global radica en comprender esta complejidad y construir respuestas que articulen defensa territorial, soberanía tecnológica y resistencia política frente a un orden que, en su fase actual, combina crisis estructural con una creciente vocación autoritaria.
América Latina en la encrucijada: subordinación, disputa y horizonte de los pueblos
En la actual transición del orden global, América Latina se ubica en una encrucijada histórica marcada por la tensión entre subordinación estructural y disputa geopolítica. Lejos de ser un espacio periférico pasivo, la región es hoy un territorio estratégico donde convergen intereses energéticos, tecnológicos, financieros y militares.
La persistencia de patrones de dependencia sigue condicionando sus márgenes de autonomía. Como planteó Raúl Prebisch, América Latina ha sido históricamente insertada como proveedora de materias primas dentro de una estructura centro-periferia que reproduce desigualdades (Prebisch, 1950). Esta lógica no ha desaparecido; se ha reconfigurado en el contexto de la transición energética y digital.
La disputa por minerales estratégicos —litio, cobre, tierras raras, agua, biodiversidad— actualiza esa dependencia. La CEPAL advierte que, aunque la región concentra recursos clave, enfrenta limitaciones para capturar valor agregado y desarrollar capacidades tecnológicas propias (CEPAL, 2023). En términos de Theotonio Dos Santos, persiste una “dependencia estructural” que restringe proyectos autónomos de desarrollo (Dos Santos, 1970).
Sin embargo, esta vulnerabilidad coexiste con nuevas dinámicas de disputa. La creciente presencia de China como socio comercial e inversionista —principal socio de economías como Brasil, Chile o Perú— reconfigura parcialmente el mapa económico regional (CEPAL, 2024). Rusia, por su parte, mantiene presencia en sectores energéticos y de defensa. No obstante, como advierte Samir Amin, la multipolaridad no elimina las jerarquías del sistema, sino que puede rearticularlas bajo nuevas formas (Amin, 2006).
A ello se suma el papel de élites locales articuladas con intereses transnacionales, que han facilitado procesos de apertura, privatización y desregulación, debilitando capacidades estatales. En línea con David Harvey, estas dinámicas se inscriben en procesos de acumulación por desposesión que profundizan la subordinación (Harvey, 2005).
Frente a este escenario, la clave no reside únicamente en los Estados, sino en los pueblos. Como sostuvo Orlando Fals Borda, la transformación en América Latina ha sido históricamente impulsada por la acción colectiva, la producción de conocimiento propio y la defensa del territorio (Fals Borda, 1985). Hoy, estas luchas se reconfiguran ante desafíos como el extractivismo intensificado, la financiarización, la digitalización y la guerra cognitiva.
De allí emergen horizontes estratégicos: defensa del territorio y la vida; soberanía tecnológica; integración regional desde abajo; capacidad crítica frente a la disputa simbólica; y construcción de economías orientadas a la reproducción de la vida. No se trata de un programa cerrado, sino de un campo en disputa.
La transición global avanza bajo el signo de la violencia. Como advierte István Mészáros, el capitalismo en crisis tiende a intensificar su carácter destructivo (Mészáros, 2001). Pero esa misma crisis abre fisuras. El desenlace no está predeterminado: oscila entre la consolidación de un orden autoritario y la posibilidad de construir alternativas más justas.
En ese horizonte, los pueblos no son espectadores. Son sujetos históricos. La tarea no es solo resistir, sino crear: nuevas formas de vida, producción y organización. Porque el futuro de la región y del mundo no se decidirá únicamente en los centros de poder, sino en la capacidad de los pueblos para disputar y construir su propio destino.
Colombia en la coyuntura y líneas de balance crítico del “gobierno del cambio”
Para un análisis de coyuntura en Colombia resulta imprescindible partir de un hecho básico: el gobierno de Gustavo Petro, autodenominado el primero progresista del país, entra en su tercer año y medio en la Casa de Nariño. Esto obliga a un balance —necesariamente crítico— de su hoja de ruta “Colombia, Potencia Mundial de la Vida” (Departamento Nacional de Planeación, 2022).
Más allá de lecturas polarizadas entre defensa acrítica y oposición automática, el balance muestra una constante: avances parciales con límites estructurales que impiden transformaciones de fondo.
Ejes estratégicos: entre avances formales y déficits estructurales
Ordenamiento territorial, agua y reforma agraria
El gobierno ha avanzado en formalización de tierras y compra de predios, más de 703.661 hectáreas adquiridas, con una inversión de $4,4 billones (La República, 2025), en parte mediante acuerdos con Fedegán. Sin embargo, persiste una brecha crítica entre “entrega formal” y acceso real: ausencia de infraestructura, crédito, vías terciarias y mercados limita la viabilidad de proyectos campesinos.

En materia ambiental, aunque se fortalecen instrumentos como los POMCA y la protección de ecosistemas estratégicos, la continuidad de licencias extractivas revela una política ambigua en la defensa del agua.
Seguridad humana y justicia social
Se registran avances en cobertura: ampliación de protección a la vejez, gratuidad en educación superior y expansión de modelos de salud preventiva (Departamento Nacional de Planeación). Sin embargo, su impacto es desigual: más de 12 millones de personas siguen en pobreza multidimensional y regiones como La Guajira o Chocó presentan ejecuciones inferiores al 35% (La Nota Económica, 2025).
Las reformas estructurales (salud, educación, pensiones) enfrentaron bloqueo político e inconsistencias técnicas, lo que derivó en su estancamiento o judicialización. En seguridad, la “paz total” no logró reconfigurar el control territorial: se consolidan economías ilegales y el único diálogo activo de alto nivel sigue siendo con el ELN.
Derecho a la alimentación
Se observan mejoras puntuales: reducción de pobreza extrema (13,8% a 11,4%), ampliación del PAE y programas nutricionales (DNP, 2025). No obstante, la soberanía alimentaria sigue sin materializarse: persiste la dependencia de importaciones, el control de la distribución por grandes intermediarios y dinámicas especulativas en plazas mayoristas.
El problema es estructural, el modelo productivo no ha sido transformado, y la cadena agroalimentaria continúa concentrando beneficios en grandes actores.
Transformación productiva y acción climática
Se reportan avances en reducción de deforestación (35,8%), energías renovables y exportaciones no minero-energéticas (Presidencia, 2025). Sin embargo, la transición energética sigue subordinada a la dependencia extractiva. La necesidad fiscal del sector minero-energético limita cambios estructurales frente a la crisis climática.
Convergencia regional
Aunque se han intervenido más de 5.000 km de vías y promovido esquemas de conectividad (DNP, 2025), la brecha territorial persiste. Las regiones periféricas continúan rezagadas frente a las grandes ciudades, reproduciendo desigualdades históricas.
El conflicto armado, la pobreza estructural y la ausencia estatal siguen fuera del centro efectivo de la agenda.
Balance general: ejecución y límites
A agosto de 2025, el Plan Nacional de Desarrollo registra un avance del 46,3% (Universidad de San Buenaventura; Dinero, 2025). A este ritmo, el cumplimiento no superaría el 68% en 2026. Sectores como seguridad humana (64,7%) avanzan, mientras áreas rurales críticas —como el Fondo de Tierras (0,71%)— muestran rezagos alarmantes.
Congreso 2026: cambio sin transformación
Las elecciones legislativas de 2026 confirman una tendencia conocida: renovación de rostros sin transformación de lógicas. Aunque el escrutinio muestra estabilidad (diferencia de 0,20% según MOE; El Espectador, 2026), los clanes políticos mantienen su poder.

El Congreso queda así abierto a pactos de élites, limitando cualquier reforma estructural, independientemente de quién gane la presidencia.

En el plano internacional, Colombia enfrenta tensiones simultáneas: crisis con Ecuador, recomposición de relaciones con Venezuela y presiones de alineamiento hemisférico.
El gobierno ha buscado proyectarse como actor del Sur Global —por ejemplo, en la articulación CELAC-África—, pero enfrenta contradicciones internas: decisiones en seguridad y política antidrogas evidencian continuidades con enfoques tradicionales.
Colombia transita un momento de contrastes, reformas parciales, límites estructurales y tensiones geopolíticas crecientes. El “cambio” avanza, pero no logra aún romper con las lógicas históricas de concentración, dependencia y exclusión.
Más que una ruptura, el proceso revela una transición incompleta, donde el margen de transformación sigue condicionado por élites, estructuras institucionales y presiones externas.
Conclusiones
Crisis orgánica e interregno. El sistema internacional no atraviesa una transición lineal, sino una crisis estructural en la que la potencia hegemónica recurre crecientemente a la coerción, militar, financiera y tecnológica, ante la erosión de su legitimidad y capacidad de consenso.
Financiarización y guerra. La expansión de la deuda estadounidense y la concentración del capital en grandes gestoras de activos como BlackRock y Vanguard evidencian una fase del capitalismo donde la guerra y la inestabilidad operan como dispositivos funcionales para la reproducción del capital y la gestión de sus crisis.
América Latina como territorio en disputa. La región se configura como un espacio estratégico atravesado por dinámicas de subordinación estructural, hoy rearticuladas mediante la militarización, la presión geoeconómica y la disputa por recursos críticos, en el marco de la competencia entre Estados Unidos y China.
El límite del reformismo en Colombia. El balance del “gobierno del cambio” muestra avances parciales, como la formalización de tierras o la transición energética, pero también la persistencia de bloqueos de las élites, restricciones institucionales y dependencias extractivas que dificultan una transformación estructural del modelo.
Recomendaciones y horizontes. Se vuelve imperativo fortalecer la soberanía tecnológica, energética y financiera, así como promover formas de integración regional “desde abajo” que permitan disputar la dependencia estructural. Asimismo, resulta clave avanzar hacia arquitecturas financieras alternativas que reduzcan la centralidad del dólar y protejan los bienes estratégicos del Sur Global.
Hacia una lectura de realidad permanente. Siguiendo a Hugo Zemelman, el análisis debe asumirse como un proceso abierto, atento a una realidad en constante reconfiguración. La tarea académica y política consiste en identificar las fisuras del orden emergente para ampliar los márgenes de acción colectiva. En este escenario, los pueblos no son objetos de la historia, sino sujetos capaces de crear nuevas formas de organización frente al carácter cada vez más destructivo del capitalismo en crisis.
Referencias
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