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Imágenes del México precolombino y español
Conversaciones…, núm. 12, pp. 279-297, 2021
Instituto Nacional de Antropología e Historia

Artículos

Conversaciones…
Instituto Nacional de Antropología e Historia, México
ISSN: 2594-0813
ISSN-e: 2395-9479
Periodicidad: Bianual
núm. 12, 2021

Queda estrictamente prohibida la reproducción total o parcial de los contenidos e imágenes de la publicación sin previa autorización del Instituto Nacional de Antropología e Historia.

Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional.

Imágenes del México precolombino y español

Publicación original: Roberto Pane (1965) “Immagini del Messico pre-colombiano e spagnolo”, in: Architettura Problemi 1965, Università degli Studi di Firenze, Atti del Seminario di Architettura, Felice Le Monnier, Firenze, pp. 11-19.

Traducción de Valerie Magar



Las siguientes notas de viaje serían más coherentes si estuvieran acompañadas de unas doscientas fotografías; aquellas que, precisamente, tuve la oportunidad de mostrar a los estudiantes de la Facultad de Arquitectura de Florencia. Pero como no es posible, por razones obvias, repetir en papel lo que ya se ha hecho verbalmente, sólo se publican aquí algunas imágenes a modo de muestra. Aprovecho para añadir que, aquí como en mis otras experiencias de estudio, mi discurso se origina junto a las figuras y su reducción. Tales consideraciones podrían dar lugar a otros desarrollos mucho más amplios, respecto a las posibles relaciones modernas entre texto e ilustración, tanto en el ámbito crítico como en el creativo; pero sería ir mucho más allá de los límites de una mera advertencia.

Fuente: Roberto Pane

Agradezco mucho al profesor Fagnoni las afectuosas palabras con las que me presentó a ustedes, y me complace mostrar aquí mis diapositivas mexicanas, fruto de un viaje largamente esperado. He de confesar que una de las razones por las que emprendí un segundo viaje a Estados Unidos fue justo la oportunidad de visitar México, partiendo de California. Así que enseñé durante cuatro meses en Berkeley, en un entorno espléndido de naturaleza y estudio; pero la hospitalidad americana, los robles californianos y las románticas supervivencias de la arquitectura en madera de San Francisco no pudieron seducirme hasta el punto de hacerme olvidar que me había propuesto escalar las pirámides de Yucatán.

Es cierto que hoy en día cualquier viaje se hace en condiciones bastante fáciles, y que materialmente no queda casi nada por descubrir; pero si uno se prepara con tiempo –tratando de asimilar las experiencias que le han precedido– es posible descubrir innumerables cosas que otros han mirado, pero no han visto. Las sorpresas y los descubrimientos siguen siendo posibles para aquellos que pueden relacionar con su cultura interior lo que tienen delante por primera vez. Así que leí muchos libros antiguos y nuevos acerca de México; más adelante les hablaré de algunos de ellos, pero ya en este punto, para introducir el discurso, quiero recordarles la descripción de la Conquista –operada por Cortés entre 1519 y 1521– en la crónica escrita por uno de sus soldados, Bernal Díaz del Castillo: El descubrimiento



MÉXICO, YUCATÁN, UXMAL. Vista de la Pirámide del Adivino. Fotografía de Roberto Pane, 1962.
Imagen: AFRP, AME2.N.37.

y la conquista de México;[1] éste es el precioso documento de una de las hazañas más legendarias de la historia. Tras la Conquista, el catolicismo, que se había extendido por Nueva España, destruyó las fuentes y los monumentos de las civilizaciones indígenas; pero ya en las ingenuas páginas que el viejo Bernal dedica a la memoria de su empresa juvenil, se intuye el inevitable destino que está a punto de cumplirse.

Muchas iglesias se levantarían en el lugar que antes ocupaban las pirámides, o por encima de ellas. Pero fue un fraile misionero, Bernardino de Sahagún, quien realizó un admirable trabajo de documentación de los muchos aspectos de las costumbres y la civilización que, en su época, en la segunda mitad del siglo XVI, seguían –a pesar de la Conquista española– vivos e intactos.

Los dos volúmenes que contienen sus investigaciones constituyen una de las fuentes más importantes de la arqueología mexicana.

Pero otro libro, que aún no ha sido traducido al italiano –a pesar de ser conocido como una descripción excepcional de las costumbres y la sociedad mexicana de principios del siglo XIX– es el de Frances Calderón de la Barca, estadounidense, esposa del primer embajador español, enviado del México independiente en 1840. La lucha de las facciones, la vida de los conventos, las fiestas, las exploraciones aventureras en las zonas del interior, hacen de las cartas de la embajadora –recopiladas después en un volumen con el título Life in Mexico– un documento de excepcional objetividad e interés humano.

Basta con mencionar de manera breve la trágica antítesis entre las civilizaciones precolombina y católica para que las imágenes de los monumentos y el paisaje, en los que esta antítesis sigue presente hoy, se agolpen en la memoria; es más, puede decirse que lo es a tal punto, que define los significados y contrastes modernos y más íntimos de la cultura mexicana.

Hoy en día, México se esfuerza por definir, en su mundo arqueológico, el fundamento legítimo de su propia cultura independiente, y por ello pone mucho más cuidado en la restauración y el estudio de los templos y las pirámides aztecas y mayas, que en las iglesias construidas por las órdenes monásticas de España. Ello puede estar parcialmente justificado desde el punto de vista del mayor interés histórico-artístico de los monumentos precolombinos, frente a una producción católica mucho más implicada en el folclore que en el gran arte. De hecho, las iglesias de Cholula o Cuernavaca son el rostro de España trasladado al trópico. Pero la lengua y la literatura mexicanas siguen siendo españolas, por lo que es tentador concluir que –al margen de las fáciles seducciones de la demagogia– la verdadera tarea tendrá que consistir en buscar una individualidad de nación en los distintos y actuales destinos, sin intentar exhumar lo que sólo interesa al arte y a los museos, y ya no puede revivir como cultura moderna. Considera, también, que sólo hay tres millones de indios[2], frente a una población total de unos cuarenta; y quien viaja por México reconoce con facilidad, en la multiplicidad de los aspectos somáticos de la gente de color, la escasa pervivencia de caracteres antiguos; lo poco que queda de numerosos pueblos y numerosas lenguas.

Pero pasemos ahora a las imágenes que nos sugerirán muchas observaciones particulares, en especial para la arquitectura y el paisaje.

Antes de echar un vistazo a la Ciudad de México, observemos un curioso dibujo: una especie de sello heráldico, enviado por Cortés a Carlos V, para explicarle la estructura urbana de la capital azteca. Se presentaba como una ciudad lacustre, una especie de Venecia extendida en una meseta, a una altura de unos dos mil trescientos metros, en el centro de la isla Tenochtitlán. El dibujo muestra la gran plaza con la pirámide en la que se realizaban los sacrificios humanos. La ferocidad del culto azteca fue, ya entonces, destacada para justificar la represión y la destrucción llevada a cabo por los conquistadores. Pero, ¿durante cuántas generaciones estuvo España, con su Inquisición, ejerciendo sacrificios humanos en nombre de Cristo?

Ahora la Ciudad de México ya no tiene canales, pero todo su territorio revela la presencia de agua a nivel de los cimientos de los edificios, del mismo modo que Rávena y Pisa. Casi todos los edificios antiguos de la capital aparecen inclinados y, en consecuencia, su conservación requiere costosas obras de drenaje y cimentación; he visto cómo se realizan en la iglesia de San Francisco y en el famoso santuario de la Virgen de Guadalupe.

Veamos ahora el paisaje urbano, visto desde lo alto de la Torre Latinoamericana, en ocho o diez diapositivas que muestran todos los aspectos edilicios y urbanísticos de esta gran metrópolis. La primera impresión es la de una ciudad moderna, desarrollada de manera desordenada y sin ninguna intención de conservar el centro primitivo. Así, las iglesias y otros edificios antiguos sólo existen aquí y allá, como episodios que sobreviven por accidente; es decir, sin ningún plan.

Allí, junto a un sitio para el estacionamiento vertical de coches, se ve una cúpula parcialmente revestida de mayólica, sobre un fondo gris de hierro forjado, similar al de nuestras bóvedas de Capri. Sin embargo, en este desorden –sin duda más caótico que el nuestro– se puede reconocer un tipo de edificio, justo el estacionamiento vertical, que necesitamos con desesperación, y que todavía no está presente en ninguno de nuestros centros, mientras que sí lo están infinitos rascacielos residenciales.



CIUDAD DE MÉXICO. Eje Central y Torre Latinoamericana. Fotografía de Roberto Pane, 1962.
Imagen: AFRP, AME2.P.30.

El conjunto más notable, visto desde arriba, es el que corresponde a la plaza más grande a la que dan la catedral y el “Palacio Nacional”. El espacio corresponde al del antiguo centro azteca sobre el que se levantaba el palacio de Moctezuma. Además, bajo los modernos edificios de la Ciudad de México, el antiguo trazado está presente con la misma continuidad compacta que en el subsuelo de Roma.

El centro de negocios y de turismo está en torno a la avenida que lleva el nombre Benito Juárez, el mayor impulsor de la libertad mexicana. Su monumento se encuentra en la Alameda, un jardín público situado a pocos pasos de la Torre Latinoamericana. Pero un parque mucho más grande y variado se encuentra en la periferia, alrededor del Castillo de Chapultepec, un castillo que alberga al museo de la Independencia mexicana, y en el que todas las reliquias parecen comentar el trágico enfrentamiento entre Juárez y el emperador Maximiliano.

Como es sabido, la arquitectura moderna de México cuenta con realizaciones de excepcional envergadura, y es tal que merece el atributo inglés de “boasting” (exhibicionismo). Grandes edificios comerciales, estructuras de acero y cristal, dimensiones imponentes, sin relación con el entorno. Sin embargo, aun siendo objeto de “boasting”, el nuevo complejo universitario no parece ser inferior a su reputación, en especial en el sentido de la realización espacial. Aquí, como uno de los hechos más relevantes de la cultura figurativa local, debe recordarse que el diseño urbano y la distribución de los edificios universitarios se inspiraron deliberadamente en la arquitectura espacial de las civilizaciones precolombinas. Como veremos más adelante, los edificios sagrados de todas las civilizaciones antiguas de México no fueron diseñados para reunir a multitudes de fieles. Las reuniones rituales se celebraban al aire libre, por lo que las estructuras funcionaban como escenografía o telones de fondo. Esto está presente de manera vívida en la forma en que se modelan los espacios intermedios: las amplias gradas, las terrazas en varios niveles, todo de acuerdo con una dimensión solemne y orgánica, cuya relación con el paisaje –y en especial con el telón de fondo de las montañas, como en la gran ciudad tolteca de Teotihuacán–[3] determina efectos que no tienen comparación con los de nuestro pasado. De manera similar, los edificios universitarios se han distribuido conforme a una libre inspiración de tales conceptos; de modo que, a pesar de las reservas sugeridas aquí y allá por ciertas exhibiciones de gusto demagógico, el conjunto se impone por la presencia de un vínculo orgánico, que recuerda, por contraste, las agregaciones accidentales y miserables de tantas universidades americanas y europeas.



MÉXICO, PAISAJE EN TORNO A TEOTIHUACÁN. Fotografía de Roberto Pane, 1962.
Imagen: AFRP, AME2.P.31.

Es cierto que la universidad de México se construyó en su totalidad en tres años –casi como se construyen hoy en día los grandes complejos de las ferias internacionales– y por lo tanto, su misma visión unitaria está destinada, dada la continua renovación de funciones, a sufrir cambios sustanciales. En particular, visité la escuela de Arquitectura, donde se organizó un interesante museo arqueológico del México precolombino, con maquetas y relieves montados por los estudiantes. Pero la biblioteca era singularmente deficiente, y esto, por desgracia, no puede sino tomarse como indicación para un juicio negativo de la calidad y el nivel de los cursos.



CIUDAD UNIVERSITARIA, UNAM. Fotografía de Roberto Pane, 1962.
Imagen: AFRP, AME2.P.30.

Los ornamentos de mosaico que cubren algunos edificios –como el más famoso de la Biblioteca, con una inmensa pared, toda cubierta con motivos simbólicos que “estilizan” los antiguos signos ideográficos– me dejaron algo perplejo. A decir verdad, la pintura mexicana decepcionó en gran medida mis expectativas, tanto por su exagerado énfasis ideológico como por el gigantismo paroxístico que tan a menudo define su escala. De vez en cuando me acordaba de las colosales figuras de los dos obreros, en mosaico y relieve, basadas en un boceto de Diego Rivera; suscitando, por ésta y otras razones, una reserva de carácter psicológico –antes que estético–, me preguntaba si esas imágenes, exasperadas y rugientes, eran en realidad apropiadas para un ambiente destinado al estudio y a la búsqueda objetiva de la verdad.

Ahora volvemos a la ciudad para observar los edificios y las calles. Vemos aquí un palacio patricio, de estilo barroco tardío, y revestido de mayólica azul y blanca. Hoy en día funciona como un emporio comercial –una especie de Upim–,[4] y es una suerte, porque esto le ha dado la oportunidad de sobrevivir. Otros edificios de este tipo estuvieron presentes aquí hasta hace unas décadas, pero hoy no queda casi nada de ellos. Todavía se pueden encontrar admirables revestimientos de mayólica en las iglesias; sin embargo, de tipo actual y moderno son los arabescos que se encuentran en restaurantes y otros lugares públicos: claras derivaciones



CIUDAD UNIVERSITARIA, UNAM, BIBLIOTECA. Fotografía de Roberto Pane, 1962.
Imagen: AFRP, AME2.P.30.

de la producción andaluza actual. Y aquí puede resultar curioso añadir que, por otra parte, se hace un gran uso, en los edificios modernos, de los fantasiosos e insustanciales revestimientos de teselas de pasta de vidrio: una producción típica local que, de hecho, se denomina “mosaico italiano”.

Observando de cerca la “plaza nacional”, conocida como Zócalo, reconocemos la impronta española y churrigueresca de la catedral, en el reduntante y exasperado claroscuro extreno, desprovisto (como siempre en el barroco ibérico) de aquella escansión de los órdenes, que es una apuesta constante por la visibilidad y el ritmo en el barroco italiano.

El interior, por su parte, es, al igual que la catedral de Córdova, una expresión del Renacimiento tardío, en la que la tradición gótica pervive en los pilares alargados y las nervaduras de las bóvedas. El suntuoso presbiterio de madera dorada y hierro forjado recuerda todavía la deplorable costumbre de las iglesias de España, en las que una gran parte de la nave central está reservada al clero, con el resultado de romper la unidad espacial de todo el interior.

Recuerdo, a este respecto, la valiente iniciativa de aquel obispo de Palma de Mallorca que confió a Gaudí la transformación interior de su catedral; hizo trasladar el presbiterio al ábside –donde estaba en el origen– y, al mismo tiempo, proporcionó al artista la oportunidad de una original y espléndida decoración de hierro forjado y vidrieras.



CASA DE LOS AZULEJOS, CIUDAD DE MÉXICO.
Imagen: Valerie Magar.

En el exterior de la catedral y en el fondo de muchos edificios hay un hermoso material rojizo, de origen volcánico, que a veces se utiliza en las fábricas modernas; es bastante similar a la “cruma”[5] de Pompeya, y contribuye a definir un aspecto distintivo del paisaje urbano.

En este punto, queriendo alternar las imágenes del folclore de la construcción con las del traje popular, recuerdo que, tras llegar a la capital mexicana el Domingo de Ramos, tuve la suerte de poder fotografiar numerosas escenas de vendedores y fieles, en las iglesias de la ciudad y –un espectáculo realmente extraordinario– en el famoso santuario de la Virgen de Guadalupe. Las mujeres y los niños indígenas se sentaban en el suelo mientras fabricaban curiosos objetos de devoción, mediante el ingenioso tejido de tiras hechas con hojas de palma: custodias, crucifijos, flores, etcétera. Pero incluso éste, aunque más evocador por ofrecerse en un marco excepcional, recuerda a productos similares y más complejos que aún hoy son populares en España, para las fiestas de Semana Santa, y que proceden en especial de la zona de Alicante.

Después de observar a los indígenas en la plaza de la catedral, me dirigí en coche al santuario de Guadalupe. Aquí me encontré de repente entre grupos de peregrinos, músicos; devotos que, en penitencia, avanzaban de rodillas hacia la iglesia o, siempre de rodillas, subían la escalinata posterior; indígenas que ejecutaban danzas rituales, con trajes antiguos; en fin, el cuadro más denso y pintoresco de la vida popular que jamás haya contemplado, y además, sin la menor sospecha de una organización turística..., tanto más porque el único turista presente era yo.

En medio de todo esto, percibí, con toda claridad, lo curiosamente mezclados que estaban los rituales primitivos del mundo precolombino con los rituales católicos de Nueva España a lo largo de las generaciones. Pero en ese sentido, es significativo recordar que, en los primeros tiempos de la Conquista, la Virgen se apareció a un joven indígena pobre; de modo que, revelándose por medio de él directamente a la población indígena, se convirtió con rapidez en objeto de orgullosa devoción. Recordando el episodio y las innumerables imágenes que reproducen el cuadro de la Virgen, la ocurrente escritora que mencioné antes relata el siguiente episodio. Estaba en Guadalupe y, conversando con un sacerdote, observó con detenimiento el cuadro original; y el sacerdote, como con gran confianza: “No crea, sin embargo, señora, que este retrato de la Virgen es muy parecido. Ha aparecido muy poco para que se pudiera recordar su rostro con precisión”.

Cerca de la grande pero poco llamativa iglesia de Guadalupe, surge uno de los monumentos más notables de México: la Capilla del Pocito, con una cúpula recubierta de mayólica blanca y azul; pero también éste, por desgracia, es un edificio más o menos deteriorado por las razones ya mencionadas; e incluso aquí, en el momento de mi visita, se estaban realizando complejos trabajos de restauración.

Otras numerosas diapositivas las dediqué a aspectos de la vida popular, en especial a los danzantes. Entre ellos, un niño me sorprendió por su parecido con el famoso guerrero de Palenque, la célebre cabeza de estuco que se expuso en Roma, hace años, junto con muchas esculturas preciosas de terracota y piedra: un verdadero tesoro de obras de arte que aún viaja por el mundo por iniciativa del gobierno mexicano. Pero igual debió llamarme la atención la similitud –e incluso diría la identidad somática– entre las esculturas mayas y los mayas modernos, a los que conocí en las pirámides de Yucatán.



CIUDAD DE MÉXICO, CAPILLA DEL POCITO. Fotografía de Roberto Pane, 1962.
Imagen: AFRP, AME2.P.31.

Una vez visto el santuario de Guadalupe, volvemos a la ciudad para recorrer sus aspectos múltiples y contrastantes. Había leído de un importante claustro en La Merced, y aunque había conseguido localizarlo en una tumultuosa y sucia calle del mercado, no pude ver ningún signo exterior que anunciara su presencia, como suele ocurrir aquí. Al fin, me señalaron un pobre portón de madera: el claustro, no inferior en programa decorativo a los más ricos del siglo XVII español, se alzaba –casi clandestinamente– más allá de esta entrada anónima; confirmaba el estado de abandono en que se encuentran los monumentos católicos, en comparación con los arqueológicos.

Además, la Secretaría de Educación se aloja en un gran claustro de varios pisos, adyacente a una iglesia cuyo interior ha sido adaptado –de forma no impropia– como biblioteca pública. Moviéndome aquí y allá en este edificio, y observando que nadie prestaba atención a mi presencia, subí por una escalera a una azotea, y fotografié –por fin de cerca– una de las típicas cúpulas, con símbolos y letras en mayólica sobre un fondo de hierro forjado. Al salir de la Secretaría, me encontré, sentada en la acera, a una joven indígena, brillantemente vestida y con un bebé en brazos; delante de ella había un racimo de plátanos, más bien raído, que la mujer esperaba vender. Pensé en ofrecerle algo para que me dejara fotografiarla, pero se negó con un gesto sencillo y orgulloso; así que la fotografié de espaldas, a traición.

La Ciudad de México está llena de mercados populares, algunos de ellos de una pobreza que tiene algo de surrealista. Así, en el de Tepito vi a la venta un par de gafas con un solo cristal, un guante, etcétera: los objetos más increíbles, aparentemente inútiles. Pero en medio de todo esto, deseaba en vano poder comprar y llevarme piezas de cerámica rústica, vajillas pintadas con manchas brillantes y hermosas, ya que el viaje en avión no permite el transporte de tales mercancías. Luego están las fruterías: papayas, mangos, piñas gigantescas. Pero las tiendas que más tientan a los transeúntes de toda condición –desde las mujeres del pueblo hasta los viajeros– son las de los orfebres. México –como saben todos los que visitaron la mencionada exposición en Roma– sigue contando con una rica producción artesanal, a pesar de las sofisticaciones impuestas por la moderna economía de producción en masa, que tiende a eliminar todo acento individual. A esto hay que añadir la gran disponibilidad de materiales preciosos: desde la plata de Taxco hasta las turquesas, los topacios, el lapislázuli, las más comunes –y para nosotros raras– piezas de obsidiana.

Veamos ahora algunos aspectos de lo que todo viajero a México es llevado a contemplar con mayor curiosidad y atención: el entorno arqueológico y sus monumentos.

Si se considera desde el punto de vista que ya he mencionado, es decir, el de la arquitectura espacial, se puede decir que el conjunto más extraordinario es el de Teotihuacán, la inmensa ciudad tolteca situada a pocos kilómetros de la capital. Cuando en el siglo XIV los aztecas conquistaron la región, se encontraron en su camino con una ciudad, muerta, no muy diferente de la que vemos hoy: un conjunto, hasta donde alcanza la vista, de ruinas de pirámides y terrazas escalonadas, con un telón de fondo de montañas. Esta ciudad, cuyos acontecimientos históricos aún se desconocen en gran medida, se extendía en un radio de unos ocho kilómetros, por lo que comprendía una zona edificada no inferior a la de las mayores metrópolis de nuestro tiempo.

El paisaje urbano de Teotihuacán está dominado por grandes extensiones de muros, paredes inclinadas, ángulos agudos de basamentos, vestigios escalonados; en fin, un sentido acentuado de la forma geométrica pura, cuya relación, con el perfil de las montañas y el cielo casi siempre nublado, es de una sugerencia dramática que no tiene comparación. Hablamos a menudo de entornos paisajísticos, en un sentido que sabe fatalmente a esteticismo, pues ya no responde a una necesidad íntima de vida. Hay que ver Teotihuacán para sentir hasta qué punto el hombre puede identificarse, con coherencia, con la naturaleza.

Pero aquí el pensamiento que más me gusta comunicar, entre todos los que las formas de esta civilización, desconocidas para mí, me han sugerido, es el siguiente: si, por un lado, esos símbolos y su lenguaje nos son desconocidos, por otro, también es cierto que confirman –más allá de cualquier comunicación posible y original entre los hombres– el común anhelo universal de trascendencia y, como medio para ello, la común búsqueda de la forma estética. Y éste, de hecho sólo éste, es el vínculo que existe entre nosotros y el misterioso mundo precolombino de Mesoamérica.

En los dos siglos de su dominio sobre el altiplano, antes de la Conquista española, los aztecas rodearon de respeto supersticioso estas ruinas, ya tan misteriosas para ellos como para nosotros hoy. Así, devueltos a la naturaleza, se cubrieron de tierra y vegetación, y sólo hace unas décadas, por el trabajo del Instituto Nacional de Antropología e Historia, han sido objeto de redescubrimiento y amplia restauración. Debo decir, sin embargo, que la reconstrucción sustancial de los antiguos muros –tan típicos por el uso de diversos materiales volcánicos insertados en el mortero, según un diseño ingenuo– parece totalmente legítima, incluso en comparación con el rigor de nuestras concepciones de la restauración. Si se piensa en la importancia de la visión geométrica, a la que me he referido, se comprende que se haya tenido que recomponer, donde era necesario. El primitivo revestimiento de estuco y color, destinado a acentuar y realzar estas masas de forma inimaginable, no existe, ni podría haberse rehecho.

Desde la cima de la Pirámide del Sol, fotografié el horizonte y luego, a mis pies, la estructura diagonal, marcada por las alineaciones de las piedras grises. La única imagen figurativa, tanto más contrastada con el entorno por la repetida secuencia de cabezas de serpiente, que sobresale en la ronda, es la pirámide de Quetzalcóatl, adosada en una más antigua. Y aquí hay que señalar que las fábricas construidas después de los cambios históricos radicales, producidos por éxodos, revoluciones y conquistas, se superponen o yuxtaponen con una brutalidad cuya evidencia aparece hoy quizás aún mayor que antes, debido al proceso de desintegración que descubre las estructuras a medida que los revestimientos ceden a la acción de los agentes externos.



MÉXICO, TEOTIHUACÁN. Vista del paisaje en torno a la Pirámide del Sol. Fotografía de Roberto Pane, 1962.
Imagen: AFRP, AME2.P.30.

Al igual que seiscientos o setecientos kilómetros más al sur, en los templos mayas de Yucatán, Guatemala u Honduras, en este Teotihuacán septentrional las cabezas de serpiente y las conchas, que simbolizan el agua, muestran numerosos trazos de color; y así puede decirse que el color ha sido el elemento predominante de la composición en todas partes.

Saliendo de la capital en dirección a Cholula, pasé por un paisaje fabuloso por la variedad de sus aspectos y por la sorpresa que supone ver cómo cambia la vegetación y la luz del cielo a medida que se asciende o desciende, a veces unos cuantos miles de metros en un corto espacio de tiempo. He visto aquí y allá imágenes de una España rústica, trasladada al trópico: junto a una iglesia blanca, con una cúpula de mayólica amarilla, las flores rojas de lo que en California llaman “el árbol de coral”; igual en Cuernavaca, llena de hoteles y también de iglesias abandonadas.

Pero merece la pena hacer una parada más larga en Cholula, un primitivo centro azteca a más de tres mil metros de altura, que después fue sede de órdenes religiosas que poblaron el amplio valle con iglesias y conventos. Aquí, la iglesia principal se levanta en la terraza de la pirámide más grande; desde el atrio de la iglesia se disfruta de la luz clara de las grandes alturas, y a lo lejos, entre nubes blancas que se perfilan como piedras redondas contra el fondo del cielo, es visible el volcán llamado Malinche, el nombre de la mujer azteca que fue amiga de Cortés, y un instrumento precioso en la Conquista de México. En Cholula, la superposición de la civilización católica sobre la precolombina se puede sentir más vívidamente que en otros lugares, ya que el contraste entre las estructuras primitivas y las iglesias no se borra ni siquiera parcialmente con los aspectos de la vida actual. El camino que sube alrededor de la pirámide para llegar al atrio de la iglesia principal descubre por debajo el pueblo en su conjunto, dominado por el vasto convento de San Francisco, ahora casi abandonado. Hay muchas docenas de iglesias en que ya no se oficia, y sin embargo corresponden sólo al principio de esas trescientas sesenta y cinco que las órdenes religiosas se propusieron construir.

Mientras que Cholula es un ejemplo típico de estratificación española, sobre una trama urbana preexistente –esto según la historia más extendida de los asentamientos posteriores a la Conquista–, la ciudad de Puebla es un centro español construido ex novo, rico en edificios de gusto ambiental, en iglesias churriguerescas y en mayólicas; un centro que sería excepcionalmente agradable y acogedor, incluso hoy en día, si la publicidad más intrusiva no violara cada perspectiva, con tal indiscreción que supera incluso a los ejemplos italianos. Aquí, de hecho, los rótulos mexicanos y estadounidenses compiten entre sí, mientras que en otros lugares más remotos, como en Yucatán, la rivalidad se limita a los dos productos estadounidenses conocidos “all over the world”, a saber: ¡Cocacola olé! ¡Pepsicola nada más!

Pero a pesar de la dictadura publicitaria, Puebla atrae a muchos visitantes, en especial por una capilla justamente famosa: la del Rosario. Si al preciosismo del Barroco importado se le une por lo general el acento rústico e ingenuo que le dio la mano del artesano indígena, la capilla del Rosario, con su cúpula de estucos dorados, es una joya ibérica que podría encontrarse, con menos sorpresa, en una iglesia de Sevilla.

Otra ciudad, aún más frecuentada por los turistas por estar más cerca de la capital, es Taxco, el centro de la minería de plata. Se encuentra en un valle y está llena de tiendas que venden las más variadas pacotillas que se han manipulado con ese metal.

Las guías hablan de Taxco como un lugar encantador; probablemente lo fue, pero hoy está dominado por esa típica locuacidad que ha vuelto edulcorados y empalagosos los lugares más célebres del turismo europeo. Aquí se puede sentir el falso aislamiento contemplativo



MÉXICO, YUCATÁN, UXMAL. Vista del Palacio del Gobernador. Fotografía de Roberto Pane, 1962.
Imagen: AFRP, AME2.N.39.



MÉXICO, YUCATÁN, UXMAL. Fragmento. Fotografía de Roberto Pane, 1962.
magen: AFRP, AME2.N.40.



MÉXICO, YUCATÁN, UXMAL. Vista del Cuadrángulo de las Monjas, detalle del friso. Fotografía de Roberto Pane, 1962.
Imagen: AFRP, AME2.N.38.



MÉXICO, YUCATÁN, UXMAL. Vista de la Pirámide del Adivino. Fotografía de Roberto Pane, 1962.
Imagen: AFRP, AME2.P.31.

y artístico, en el marco de la naturaleza; algo muy parecido al entorno de Taos, en Nuevo México, que visité con verdadero disgusto hace una docena de años. En Taxco también hay una hermosa iglesia del siglo XVIII; ricamente estucada; fue levantada como un voto a la Virgen María, por un español que, más que ningún otro, había logrado hacer dinero extrayendo plata de las montañas con el trabajo de los indígenas.



MÉXICO, TAXCO, SANTA PRISCA. Fotografía de Roberto Pane, 1962.
Imagen: AFRP, AME2.P.31.

Pero el ambiente más antiguo y prestigioso es el que ofrecen las ciudades mayas de Yucatán: Palenque, que siempre hay que defender de la invasión de la selva, al menos en sus principales monumentos; y luego Uxmal y Chichén Itzá. Sólo he tenido la oportunidad de visitar los dos últimos; pero es mi ferviente deseo ver Palenque y viajar a los demás territorios mayas, a Honduras y Guatemala, donde en otros centros, menos conocidos, esta gran arquitectura se renueva en formas peculiares, al tiempo que se repiten patrones y estructuras similares. Pienso en la costa del mar Caribe, donde se asoma la ciudad de Tulum, con todos sus monumentos paralelos y una muralla que encierra la ciudad tierra adentro. Copán, en Guatemala,[6] es también un gran destino que se dio a conocer al mundo en 1840, mediante las descripciones y los dibujos de los exploradores. Pero aún quedan por descubrir y liberar de la vegetación de los trópicos muchas docenas, quizás algunos cientos de ciudades desconocidas.



MÉXICO, YUCATÁN, CHICHÉN ITZÁ. El Caracol (Observatorio). Fotografía de Roberto Pane, 1962.
Imagen: AFRP, AME2.P.30.

Como en esta sede no es posible más que reportar algunas impresiones y comentar algunas imágenes, me gustaría mencionar dos libros recientes de los que se puede obtener bastante información. Una revisión de toda la arquitectura precolombina de Mesoamérica es la publicada en inglés por Penguin, de la que es autor el profesor Kubler, de la Universidad de Yale; también hay numerosos estudios publicados en español por el Instituto Nacional de Antropología e Historia, pero una excelente síntesis, que recomiendo en especial para el conocimiento esencial de la arquitectura maya, es la escrita por el suizo Henri Stierlin: Architettura Maya, publicada en italiano por la editorial Il Parnaso.

Mis diapositivas de Chichén Itzá y Uxmal hacen bastante evidentes los tipos de estructuras más importantes, que se repiten más o menos en toda la civilización maya. En primer lugar, hay que señalar que la extraordinaria conservación de estos edificios se debe a una reconstrucción por anastilosis, posible en la época moderna, por el total abandono en que quedaron estas fábricas durante cerca de un milenio; es decir, después de que se arruinaran definitivamente, o dejaran de utilizarse para sus primitivas funciones, tras revoluciones y éxodos.

Los restauradores modernos han encontrado las piedras del revestimiento, parcialmente tiradas al pie de las masas de los muros, y no han tenido que hacer más que recomponer el tejido antiguo; una tarea por cierto muy delicada, pero de resultado seguro. El grosor del muro está constituido por lo que llamamos opera incerta, o a sacco, a la que se injerta un revestimiento de bloques de piedra, ya sea hábilmente colocados en plano, o en diversos salientes, para que se puedan ejecutar en la obra relieves geométricos, mascarones, recuadros, etcétera. Y lo que más sorprende al ojo entrenado es la exacta predicción de los registros ornamentales, en una impecable recurrencia, que a veces cubre cientos de metros cuadrados.

Las salas interiores –por lo general rectangulares y nunca grandes– están cubiertas por bóvedas de sección triangular, que sugieren de inmediato una analogía con las falsas bóvedas y cúpulas de la antigüedad griega. Pero se trata de una afinidad y no de una estructura, ya que incluso cuando las piedras cuadradas con cara inclinada o escalonada, es decir, como escaleras invertidas, se colapsaron, la masa de la pared interna –que forma la estructura de la bóveda– permaneció en pie. La bóveda se construye así por la cohesión de un mortero cementicio duro –un verdadero calcestruzzo– y no por bloques perfectamente escuadrados y con juntas horizontales, como en los Tholos griegos.

Por otra parte, los bloques nunca alcanzan dimensiones similares a las de nuestros muros pelagianos, o a los paralelepípedos cuadrados de las estructuras griegas. En consecuencia, al no poder ser de piedra, y al no conocerse tampoco el sistema de la plataforma de sillería radial, los dinteles son de vigas de madera: una solución extrañamente deficiente, si se tiene en cuenta el espléndido carácter magistral de los paramentos. Además, tal deficiencia se confirma justo por los derrumbes que, tras el largo periodo de abandono, se produjeron en esencia por la desintegración de las partes de madera, mientras que las partes esculpidas conservaron sus relieves, y aquí y allá incluso los revestimientos de estuco. Con el derrumbe de los arquitrabes, también se cayeron las partes de arriba, por lo que el restaurador moderno tuvo que colocar primero nuevas vigas de madera y luego recomponer la trama de piedras.

En Uxmal se encuentra uno de los mayores edificios de la civilización maya, el llamado Palacio del Gobernador, del siglo VIII-IX: 98 metros de longitud, con 20 cámaras abovedadas y un friso escultórico que recorre toda la fachada; los dos nichos, correspondientes a las entradas principales, constituyen la única variación de ritmo, mientras que la escultura ininterrumpida del friso contrasta con los pilares lisos del basamento. El edificio, al que se accede por una amplia escalinata, domina el paisaje circundante, enmarcando perspectivas de gran efecto, en especial hacia la gran pirámide, conocida como la Pirámide del Adivino. Pero la mayor sorpresa la producen los efectos de claroscuro de los relieves, en los que las máscaras estilizadas –un motivo siempre recurrente en esta arquitectura– se alternan con la geometría del fondo.



MÉXICO, YUCATÁN, UXMAL. Vista del Palacio del Gobernador. Fotografía de Roberto Pane, 1962.
Imagen: AFRP, AME2.P.31.

Como ya he mencionado, aquí se tiene la sensación de que la principal tarea del arquitecto fue definir los espacios exteriores, y la visibilidad y lectura más favorables de los grandes frisos. Las reuniones, los rituales, los sacrificios –de la misma manera que hemos observado en un entorno muy lejano y diferente, como el de Teotihuacán– tienen lugar en los grandes espacios abiertos, por medio de planos dispuestos con destreza en distintos niveles.

Los edificios, de intenso claroscuro y coloreados en contraste con el cielo, tienen interiores monótonos, con paredes sin resaltes, y a menudo poco y mal iluminados, porque, casi siempre, la luz sólo proviene de los ingresos.

Quizá el testimonio más grandioso en todo Yucatán es el que ofrece, también en Uxmal, el interior del llamado Cuadrángulo de las monjas: un verdadero teatro religioso, formado por un vastísimo patio, entre cuatro edificios y amplias escalinatas frontales. Aquí, una gran serpiente emplumada recoge toda la decoración de las fuentes más representativas, y marca una importante variación respecto a los relieves del Palacio del Gobernador, debido al claroscuro más acentuado de algunas de las estatuas en bulto redondo. Pero, llegados a este punto, satisfaciendo esa necesidad de comparación que invariablemente surge en nosotros siempre que estamos en presencia de imágenes por completo nuevas, debo decir que la escultura maya ha renovado en mí el recuerdo de la escultura románica: cierto, la única que, en la civilización europea, ofrece una analogía con el gusto formal de los relieves de Yucatán; ambos son, en efecto, muy ricos en variaciones de claroscuro, a pesar de su constante subordinación a un registro tonal; pero en el románico, el elemento naturalista y descriptivo prevalece sobre cualquier escansión geométrica, reduciéndola a veces a una aproximación, tanto más vital cuanto que se trata, precisamente, de una imagen ingenua de la naturaleza. En los relieves mayas, en cambio, la geometría es una recurrencia constante, un símbolo consistente de la matemática de los movimientos astrales. No en vano se trata de la escultura del pueblo que, más que ningún otro en la antigüedad, conocía la astronomía.

En Chichén Itzá, la mayor sorpresa es la visita a la Pirámide del Castillo; aquí, los investigadores que exploraron el interior de la pirámide, a principios de este siglo, fueron los primeros en descubrir una empinada escalinata y en penetrar, por ella, a una celda que dejaron intacta los últimos sacerdotes mayas.

Yo también subí al tenebroso santuario, casi sofocándome a lo largo de la empinada y muy húmeda escalinata de la pirámide primitiva; cuando llegué a la cima, vi la estatua, tendida en el umbral, de un gran Chaac Mol, en cuyo plato, sostenido con simetría en sus manos, se colocaban los corazones arrancados a las víctimas del sacrificio. En el centro de la celda era visible el jaguar sagrado, todo cubierto de jade.

En Chichén Itzá, es de gran interés observar aquí y allá restos de los revestimientos de estuco y algunos toques de color supervivientes. El estuco suavizó y alisó el agudo relieve que el cincel había tallado en la piedra; al mismo tiempo, el estuco rellenó los huecos entre los sillares y anuló así el sentido de la construcción; por último, el color muy brillante intervino, acentuando la visibilidad de los símbolos figurativos en detrimento de los valores claroscuros puros, es decir, aquellos valores que hoy son los únicos que sobreviven.

Con muchas décadas de retraso respecto a los descubrimientos y estudios de los arqueólogos, las arquitecturas tolteca, azteca, maya y de otros pueblos han pasado a formar parte de las visiones generales de las grandes arquitecturas de todos los tiempos; es más, puede decirse que se han convertido en objeto de manuales, incluso para nuestro occidente.

Pero más allá de las pocas reflexiones que una panorámica nos permite hacer, la mayor experiencia que se nos ofrece es la que ya he mencionado: la certeza de la búsqueda común de la imagen artística como símbolo religioso. En esta conciencia encontramos, pues, el testimonio de una humanidad común; y es sólo esta conciencia la que consigue atenuar el sentimiento de angustia, producido en nosotros por la presencia interminable de obras y testimonios, cuyo secreto quizá nunca se nos revelará del todo.



MÉXICO, YUCATÁN, UXMAL. Vista del Cuadrángulo de las Monjas. Fotografía de Roberto Pane, 1962.
Imagen: AFRP, AME2.P.31.

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Notas

1 Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, obra de Bernal Díaz del Castillo (Nota de la Editora).
2 “Indios” en español en la versión original. Nota de la traductora.
3 Teotihuacán fue una ciudad anterior a la cultura tolteca. Nota de la traductora.
4 Tienda departamental de ropa en Italia. Nota de la traductora.
5 Tipo de piedra volcánica empleada en Pompeya. Nota de la traductora.
6 En Honduras. Nota de la traductora.


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