Resumen: Como consecuencia de la práctica expedicionaria, el autor ha visitado ruinas de distintos continentes, ecosistemas y culturas. Durante ese proceso ha escuchado narraciones que, pese a su lejanía unas de las otras, coinciden en suponer que estos espacios son habitados por presencias que se resisten contra las nociones de lo humano, de lo urbano y de lo político; pero sobre todo, que la naturaleza de tales presencias constituye una fuerza «anómica», y por tanto antimesiánica. Este texto ensaya una filosofía de la historia que condensa estas expresiones múltiples sobre el espacio no asimilado.
Palabras clave: nomos,ánomos,ánimas,no-humano,territorio,posthumanismo,cyborg.
Abstract: As a result of his expeditionary practice, the author has visited ruins from different continents, ecosystems, and cultures. During these journeys, he has encountered stories that despite their distance from each other, share the idea that these spaces are inhabited by entities that challenge the notions of the human, the urban, and the political. It highlights the nature of these spaces to constitute an ‘anomic’ power, and therefore, an anti-messianic. This text aims at the philosophy of history that condenses these multiple expressions about the unassimilated space.
Keywords: nomos, anomes, animas, non-human, territory, posthumanism, cyborg.
Praxis
La rebelión de las ánimas, o seis tesis sobre la tierra prometida
Recepción: 15 julio 2024
Aprobación: 07 abril 2025

Una incierta mutación del grano[1] aparecida en el Creciente Fértil habría provocado el surgimiento de una sociedad agrícola y su posterior despliegue urbano. No se destacaría el hecho frente a casos análogos,[2] de no ser por engendrarse en este el ethos expansivo —y manifiestamente mesiánico— de lo que se llamará Occidente.
Acostumbrados a la recolección en bosques y riberas silvestres, los agricultores del Neolítico habrían arado sin previsión de la erosión, encenagando valles, precipitando cultivos en incipientes salitrales y transformando praderas en desiertos. Podría pensarse entonces que la degradación de la antes fértil tierra correspondía a fuerzas inasibles que supeditaban los destinos de los suelos, de las bestias y de los hombres. Y acaso esa tierra yerta, al ser abandonada, albergaría a los muertos que al cabo de diez generaciones no tendrían más nombre que el de la Hecatombe.
En algún momento los agricultores se desplazaron junto a su ganado y sus semillas hacia la ribera del mar Egeo y se convirtieron en colonos en tierras occidentales. Pero pronto esas nuevas comarcas y sus ecosistemas frágiles se despoblarían de bosques, desecando a su vez los ríos y arruinando las tierras de cultivo, provocando así una nueva gran migración, tras haber olvidado la previa.
Por su parte, a los márgenes de aquellas incipientes urbes otros hombres y mujeres vivían al amparo de regiones no asimiladas al cultivo: parajes donde las semillas no germinaban —ni, con ello, el tiempo—, donde las bestias vivían al amparo de espíritus —sin amos— y donde era aún desconocida —y acaso imaginable— aquella vaga noción de «hogar».[3]

Hacia el Mesolítico, los labradores y sus granos inusuales llegaron a un paraje insólito. En las tierras altas de Moravia, la precipitación era moderada —lo que permitía almacenar las cosechas—, los inviernos fríos y los veranos cálidos; y el caudal del Danubio, constante. Aquel suelo oscuro y resiliente[4]permitiría a los agricultores perpetuarse por más generaciones que sus antepasados. Y la tierra les fue propicia. Los muertos sembrados en las postrimerías de sus cultivos se fueron acumulando, lo que brindó a su progenie la fuerza de su espíritu.

Y la tierra dio sus frutos, y una descendencia más cuantiosa que el número de las estrellas mensurables les fue otorgada a los poseedores de la semilla. Luego de algunas generaciones surgió un dilema: ¿dónde vivirían los hijos infinitos si —pese a su riqueza— la tierra daba frutos limitados?
Los vástagos excedentes fueron expulsados de aquellas primeras aldeas. Latía en ellos aún la pulsación por una prometida tierra, pero sabían que cualquier nuevo asentamiento adolecería del sacro poderío que los enterrados brindaban a los terratenientes. Fue en aquella despiadada orfandad —por la tierra, por sus muertos— que durante sus desplazamientos emergió entre ellos una noción extravagante: la de una promesa ligada a la tierra venidera y el amparo, en su búsqueda, de una deidad errante.
En cada nueva instauración, el espacio agreste parecía defenderse. Resistían la asimilación las indómitas criaturas, los habitantes transitorios, los suelos que escupían la semilla advenediza y los parajes exteriores. Cada cierto tiempo algún asentamiento colapsaba, siendo devorado nuevamente por las matas y las bestias; legando tras de sí un campo de ruinas. Se habrá supuesto que una maldición corroía aquellos espacios —que un embrujo se ceñía en los sitios donde un hogar no germinaba—. Por ello, a cada nuevo asentamiento —y a su reposición rotatoria— le fue antepuesto un ritual consagratorio y una ley que ordenaba, más allá de la presencia, el nombre de un sitio y su puntual pertenencia.
Y las tierras propicias se agotaron. En apenas cien generaciones, todo continente fue erogado según la norma apostólica: se estableció una universalidad para las almas cuyo dominio no se limitaba al mundo de los vivos y el eón presente, sino a la eternidad.
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Acaso la pregunta sería: ¿qué rige a las ánimas?; ¿qué lógica media entre ellas y la tierra, qué alcance tiene el vigor de su voluntad?
En la región Huasteca, en el centro y noreste de México, las comunidades Teenek distinguen a los muertos cercanos de los abuelos que ya no conocen. Rituales dirigidos a ambos tipos de antecesores son, desde su visión, indispensables.[5] A estos se suma un tercer grupo, que nombra a los antepasados prehumanos: los Baatsik’. Según esta doctrina, las ánimas primigenias se ocultaron bajo la tierra con el advenimiento del sol y rigen los destinos del Alte’, como se llama al espacio silvestre no socializado y alejado del hogar. Una convicción similar guardan los vecinos Nahuas, para quienes los Tlalchanej son los señores que cuidan de la tierra y encarnan a las ánimas de las humanidades fallidas.
La visión huasteca, alimentada por el sincretismo de diversas culturas amerindias y la judeocristiana, estipula una distinción entre las ánimas que atañe directamente a la distribución del territorio: a diferencia del hogar humano, de la villa o del sembradío, el Alte’ —refugio de bestias y de la maleza indómita— es una circunscripción exclusiva de los espíritus. Por lo tanto, toda actividad humana allí deberá ser temporal; y cada incursión, mediada por rituales premonitorios y consultas. En caso de no contar con la venia de los guardianes del Alte’ e infringir en este para establecer un asentamiento o cultivar un sembradío, los Baatsik’ velarán por la destrucción de toda obra humana y de quienes la habiten. Según este principio, aquellos sembradíos arruinados por las bestias agrestes, los meteoros, el efecto de las epidemias y las guerras sobre los territorios, las ruinas recientes y antiguas abandonadas a su suerte, e incluso aquellas patologías modernamente asociadas a la locura serían en su conjunto el reflejo de la fuerza restauradora del Alte’ y la manifestación palmaria del influjo destructor de las ánimas prehumanas alrededor del orbe.

Visiones comparables han sido halladas en los distintos territorios de lo que en su conjunto ha sido denominado América.[6] He sido referido en Engabao, en el Pacífico ecuatoriano, sobre los antiguos enterrados vivos que resguardan el cerro adyacente, así como los ritos seguidos por los miembros de aquella comunidad ancestral para apaciguar a las ánimas de los antepasados sin nombre. De igual manera, al suroeste de los Estados Unidos he escuchado entre los Navajo sobre un particular tipo de santos de épocas remotas, Diyin diné, los cuales encarnan la sabiduría de las montañas y cuya intercesión es indispensable para los actos cotidianos.
Estando en Baja California Sur, en el Pacífico mexicano, donde la lengua y las costumbres indígenas fueron extirpadas, una sanadora Kiliwa-Pa Ipai[7] me ha hecho entender que a ojos de su doctrina solo es posible congraciar las obras humanas con la venia de las ánimas que ahí yacen desde tiempos inmemoriales —pues ni el legado ni el rito de los advenedizos tendría fuero sobre el territorio ocupado—. Más allá del linaje, la discontinuidad del rito estaría provocando un quebranto general del usufructo. El conflicto territorial, que alcanza su propia demarcación al norte de esa misma extensa península, tendría en este caso implicaciones aun más dramáticas: la repartición de tierras en esquemas de producción agroindustrial sin connivencia de los espíritus protectores; lo que estaría desintegrando el marco de ritualidad seminómada que permitía el uso legítimo del territorio para la supervivencia. El quebranto está fundado, así, no en la irrupción de linajes exógenos y mestizos —una concepción racial más propia del nomos europeo—, sino en la imposibilidad de generar un marco de escucha de los espíritus sin nombre y en el acelerado olvido de los ancestros recientes.
Acaso sospechamos, en estos escasos ejemplos, la articulación de una ordenanza que entiende el goce de la tierra no según las normas de la herencia por transmisión de sangre, ni por el dominio, sino por la ley de las ánimas. Detrás del conjunto de normas y prácticas establecidas por la distribución de la propiedad según el ethos occidental, los guardianes de los antiguos ritos entrevén la persistencia de un sino destructor que tarde o temprano desarticulará los espacios exógenos al Alte’. La historia humana, en su distensión temporal, estaría continuamente amenazada por aquel eventual restablecimiento, que en su sentido último constituye una revolución cósmica.[8]
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Al investigar sobre los Djinn[9]en la región de Hejaz, en Arabia Saudita, fui rápidamente advertido de la predilección de estas criaturas por habitar en edificios abandonados, merodear por las corrientes de agua subterránea y acechar los páramos desolados del desierto. No ajeno a este tipo de parajes, descubrí pronto cuán arraigada aún hoy en día es la creencia en estas criaturas —supuestos espíritus etéreos surgidos del fuego oscuro antes de los primeros humanos—, al punto de que el relato de su existencia y su intrusión constante en la vida cotidiana forman parte esencial del Islam contemporáneo.[10]Sin embargo, la genealogía de los Djinn antecede al Islam y está profundamente arraigada a las creencias, costumbres y tabúes de los pueblos árabes, vinculada a su organización tribal y territorial, y afirmada en su tradicional forma de vida nómade. El advenimiento de la religión fundada por Mahoma, si bien concedió la posibilidad de conversión de los Djinn al Islam, proscribió para los humanos la búsqueda de sus favores. Es así que la Sunna consigna como una de las mayores transgresiones de la Ley Islámica la generación de pactos con estas criaturas no-humanas, lo que en el caso saudí implica la condena por tribunales religiosos. Esta concepción punitiva, sin embargo, no es universal en el Islam, sino que estaría más relacionada con la evolución moderna de los Estados de la península arábiga.[11]
Desde su unificación y conformación moderna, el Reino Saudí ha aprovechado los excedentes petroleros para acometer sucesivos proyectos de expansión y remodelación de sus urbes. En la ciudad y puerto de Yida, frente al Mar Rojo, esta tendencia es visible en las sucesivas capas de estilos arquitectónicos distintos que, como si fueran parte de un mosaico lóbrego, laten agónicos.

Es 2022: una ciudad modernista erigida en la década de 1970[12]es derrumbada a toda prisa para dar paso a una nueva urbe, posmoderna. El nuevo proyecto urbano se pretende como el reflejo de una «visión» renovada del Reino, que otorga nuevas libertades a los vasallos y promete poner a la vanguardia tecnológica a la aún tímida y en ocasiones contradictoria sociedad saudí.[13]El antiguo barrio de Al Balad, despoblado en su mayor parte e intermitentemente habitado por migrantes africanos y yemeníes, es remodelado a toda prisa para habilitarlo como un boyante barrio cosmopolita. En estos momentos, merodear por los edificios abandonados a altas horas de la noche es una actividad proscrita; al habitual recelo por la seguridad de los sitios estratégicos, se suma la suspicacia de la policía de encontrarse ante una posible transgresión sobrehumana.[14]Sospecho, a partir de esta actitud y de mi experiencia nocturna en aquel barrio, que cada proyecto de renovación urbana —la negación de la ruina— lleva implícita la inhabilitación de los espacios que los Djinn podrían habitar y, con ello, desplegar sus fuerzas en las postrimerías de los asentamientos humanos.
También en la década de 1970, los Estados arábigos, impulsados por el fervor generado por los grupos salafistas, iniciaron una política de repartición de la tierra entre las antiguas tribus nómadas, lo que implicó a su vez la prohibición de la trashumancia amparada en la implementación de la doctrina de Mahoma.[15]Un pacto implícito surgió a partir de entonces: las tribus obtendrían generosas prerrogativas surgidas de las rentas petroleras, a cambio de renunciar a la consideración de que la tierra no tiene dueño. Algunas tribus beduinas, que han sido musulmanas durante más de quince siglos sin necesidad de dejar de ser nómadas, y que en algunos casos renegaron de esta emergente obligación, serían a la vista del nuevo régimen criminales religiosos y enemigos del Reino.
No podríamos, llegados a este punto, abstraernos de la relación implícita entre ambos procesos. El régimen de propiedad del moderno Reino Saudí fue establecido aceleradamente a partir de una interpretación monista de la doctrina coránica. Ante la relajación de las normas en prácticamente todos los aspectos de la vida civil, contrasta la férrea vigilancia sobre la considerada delincuencia mágica.[16]En oposición a la «visión» reinante de la que debiera ser la futura comunidad humana, se interponen dos enemigos, acaso cómplices: el nómada y el Djinn.
Una vez proscritos de la urbe futura: ¿dónde podrán ocultarse?
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Ya Aristóteles había desterrado de su Polis a los nómadas y a los espectros, al definir la animalidad de lo humano como propia de las ciudades.[17]A su vez, define los espacios no- antrópicos —¿el Alte’?— como espacios de dominio de las bestias o de los dioses.
Según la argumentación aristotélica —que es la que dará origen a las instituciones occidentales—, los grupos humanos se organizarían naturalmente en oikos, casas cuya acumulación resultaría en aldeas (kóme), y consiguientemente en la polis. La Política[18]es, desde esta perspectiva, la realización de una naturaleza teleológica de lo humano, la forma de organización comunal por excelencia, y el proceso único mediante el cual los vivos son capaces de dirimir los conflictos comunes e impartir justicia según sus propios intereses —que es una forma de llamar a la repartición de los bienes tangibles e intangibles, y por tanto, de la tierra.

Entendemos así que, por definición, la noción misma de política implica la exclusión de toda forma de voluntad no-humana de los procesos de deliberación, toma de decisiones y disposición de los usos que se otorgan al territorio. También, que no existe política sin polis, es decir, sin un ethos del asentamiento. Por último, que para las organizaciones políticas de cualquier índole, toda forma de comunalidad exógena a la urbe —como por ejemplo, las organizaciones tribales nómadas— es antinatural, bárbara, o por lo menos indeseable. Ello implica un principio escatológico de la práctica política, que consiste en el borramiento sistemático del espacio no-antrópico, de sus habitantes no-humanos[19]y de los muy diversos procesos tradicionales de consulta de la voluntad de las ánimas.[20]
La posterior doctrina imperial cristiana ha venido precedida por la fusión de este esquema político con la doctrina semítica del acabamiento de la historia,[21]es decir, el término plenario de la obra aducida a la universal deidad errante en perjuicio de las singulares ánimas. Como resultado de esta unión conceptual ha surgido el esquema —que Karl Schmitt definirá como el Nomos— bajo el cual, en un espacio de tiempo lineal, el principio de legalidad expansiva que constituye el ethos urbano occidental busca asimilar toda criatura y espacio sobre su ordenamiento fundamentado en la autorrealización de su naturaleza como el sentido último de lo humano. En contraste, todo aquello que se le opone —la naturaleza, el ethos nomádico, la voluntad de las ánimas— encarna la Anomia, es decir, las fuerzas demoniacas y el advenimiento del Apocalipsis.

Acaso esta agenda implícita del Nomos expansivo, y de la técnica política que lo acompaña, explique en parte la depredación incontrolable de los espacios del Alte’ y el encumbramiento de la urbe como paradigma de la convivencia humana, y de la negación perpetua de sus oposiciones. En tal caso, la emergencia en el corazón de las urbes, dentro del espacio-tiempo de la historia, de espacios no socializados —denegados oikos e imposibles áreas públicas— sugiere el aparecimiento de trincheras que resisten a la asimilación del todo bajo el paradigma de lo humano: refugios de las ánimas y vagabundos sin nombre, madrigueras de pequeñas bestias y micelio de futuros bosques.
La ruina es la grieta del Nomos, el anuncio de una rebelión próxima, la fractura del orden cósmico humanista.
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La promesa de la tierra futura ha nacido del principio de aniquilación de las ánimas arcaicas —los Baatsik, los Djinn, los Diyin diyé—, aquellos espíritus cuya existencia precede a la autoconstituida comunidad humana y cuya agencia se opone al principio universalista.[22]
El alcance de este proyecto se despliega en la ambición de asimilar ya no solo los espacios urbanos o antrópicos, sino las relaciones con todo aquello que llamamos naturaleza, sometiéndola a relaciones de dependencia mediadas por la técnica política y los principios de regulación del Nomos. En un sentido último, la conclusión de este proyecto universalista implicaría un mundo en el que las ánimas no tienen refugio.
Acaso la irrupción de la inteligencia de las máquinas —que pareciera manifestarse como una escisión espectral de lo humano— resulte en la paradoja de que algunos miembros de la especie sean expulsados de la comunidad humana, mientras algunas máquinas se integran como entes deliberadores en abierta filiación a la Polis. Esta agencia manifestada por los objetos, en un momento en que la supervivencia humana es puesta en duda, pareciera ofrecerse como garante del logos humanista más allá del principio de conservación de nuestra propia especie.
El cyborg tecnológico,[23] fiel a su naturaleza maquínica, es un cyborg teleológico.[24]En tal sentido, es capaz de seguir replicando la formulación mesiánica de la semilla, asimilando territorios al Nomos agroindustrial global y dirimiendo los destinos de la polis con eficacia indeterminadamente. Pero a diferencia de nosotros, el cyborg no deviene en ánima; sus alcances son políticos, pero le está negado el Alte’.
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En alguna de sus versiones, el futuro es un paisaje en ruinas donde los espíritus antiguos y recientes moran libremente convirtiendo las ciudades antiguas en renovado espacio silvestre. Nuevas formas evolutivas engendrarán el olvido de quienes se supusieron ungidos para la posesión de un yermo inexistente.
El Apocalipsis, en su sentido anímico, no sería la destrucción del mundo a partir de la catástrofe —a fin de cuentas, nuevas formas de vida permanecerán sobre la Tierra—, sino la destrucción de la promesa de pertenencia proyectada hacia el futuro indefinidamente:
una rebelión de las ánimas, donde el espacio asimilado colapsa.

Aunque quizá aquel alzamiento no corresponda a una fracción del tiempo. Quizá la rebelión, ya en curso, son varias rebeliones. En sitios distintos del mundo, impulsados por la promesa del asentamiento eterno, se apilan los espíritus al no poder perder ya su nombre.

Cómo citar: Velazco, M. (2025). La rebelión de las ánimas, o seis tesis sobre la tierra prometida. En post(s), volumen 11 (pp. 324-339). USFQ PRESS.











