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El discurso de Milei detrás del cientificidio argentino
O discurso de Milei por trás do cientificídio argentino
The discourse of Milei behind the Argentine scientificide
Ciencia, Tecnología y Política, vol. 8, núm. 14, 2025
Universidad Nacional de La Plata

Artículos

Ciencia, Tecnología y Política
Universidad Nacional de La Plata, Argentina
ISSN: 2618-2483
ISSN-e: 2618-3188
Periodicidad: Semestral
vol. 8, núm. 14, 2025

Resumen: Desde el inicio del gobierno de Javier Milei, el sistema científico-tecnológico argentino enfrenta un cientificidio sin precedentes. En este artículo se analiza el discurso del presidente para identificar a qué recursos podría apelar para intentar justificar sus políticas. En primer lugar, se muestra que, contrariamente a lo que sostienen algunos autores, Milei no adopta posiciones explícitamente antiintelectualistas o anticientíficas si, por tales, se entiende un rechazo y descalificación de la ciencia en su conjunto o su desvalorización frente a otras presuntas formas de conocimiento, como la religión o la experiencia personal. Mediante un relevamiento exhaustivo de discursos, entrevistas, extractos de libros y tuits de Milei, se muestra, que por el contrario defiende entusiastamente a la ciencia como motor del progreso humano y que su contradictorio discurso pretende ser a la vez fundamentalista de mercado y defensor “tecnofílico” de los logros de la ciencia.

Palabras clave: antiintelectualismo, nuevas derechas, cientificidio, tecnofilia.

Resumo: Desde o início do governo de Javier Milei, o sistema científico-tecnológico argentino enfrenta um cientificídio sem precedentes. Neste artigo, analisa-se o discurso do presidente para identificar quais recursos ele poderia mobilizar para tentar justificar suas políticas. Em primeiro lugar, demonstra-se que, ao contrário do que afirmam alguns autores, Milei não adota posições explicitamente anti-intelectualistas ou anticientíficas, se por essas entendermos uma rejeição e desqualificação da ciência em seu conjunto ou sua desvalorização frente a outras supostas formas de conhecimento, como a religião ou a experiência pessoal. Por meio de um levantamento exaustivo de discursos, entrevistas, trechos de livros e tuítes de Milei, demonstra-se que, ao contrário, ele defende entusiasticamente a ciência como motor do progresso humano, e que seu discurso contraditório pretende ser, ao mesmo tempo, fundamentalista de mercado e defensor “tecnofílico” das conquistas da ciência.

Palavras-chave: anti-intelectualismo, novas direitas, cientificídio, tecnofilia.

Abstract: Since the beginning of Javier Milei’s administration, the Argentine scientific and technological system has been facing an unprecedented scientificide. This article analyzes the presidential discourse to identify the rhetorical strategies he may use to justify his policies. First, it is shown that, contrary to what some authors claim, Milei does not adopt explicitly anti-intellectual or anti-scientific positions—if by such terms one understood a rejection or disqualification of science as a whole, or its devaluation in comparison to other supposed ways of knowledge, such as religion or personal experience. Through a comprehensive survey of Milei’s speeches, interviews, book extracts, and tweets, it is shown that, on the contrary, he enthusiastically defends science as a driving force for human progress. His contradictory discourse aims to be both a market fundamentalist and a "technophilic" advocate of scientific achievements.

Keywords: anti-intellectualism, new rights, scientificide, technophilia.

Introducción

Desde el inicio de la presidencia de Javier Milei, en diciembre de 2023, el sistema científico-tecnológico (CyT) argentino enfrenta un cientificidio, un intento de desmantelamiento, de “reducir o eliminar las capacidades adquiridas” por el sector (Liaudat y Bilmes, 2024, p. 4). A la vez que este ataque sin precedentes ha obligado a quienes integran la comunidad CyT a caracterizar y enfrentar al gobierno en el terreno de sus acciones concretas, la disputa incluye también una dimensión discursiva: no se trata solo de lo que Milei hace o ha hecho sino también de cómo esas políticas podrían justificarse desde su discurso. El ejercicio de la política no incluye solo acciones extradiscursivas, sino que se rodea de relatos, de intervenciones discursivas, que tienden a presentar las propias acciones como aceptables; esto forma parte del fenómeno más general según el cual el ejercicio del poder no apela únicamente a la coacción sino ante todo al consenso. En el caso particular del gobierno de Milei, la eliminación de ciertas conquistas ha venido acompañada de diversas expresiones de “batalla cultural”: el ataque a las mujeres y la población trans fue justificado en nombre de la “igualdad ante la ley”, el recorte de prestaciones por distintas áreas del Estado, en nombre de la lucha contra “los curros de la casta política”, y así sucesivamente. Cabe preguntarse entonces cuál es el equivalente de estos intentos de justificación en el caso específico de los ataques al sistema CyT.

Para abordar esta cuestión, se realizó un relevamiento de 3.560 minutos (aproximadamente 60 horas) de videos de discursos y entrevistas de Javier Milei, exposiciones escritas, transcripciones de sesiones del G20, y extractos de “sus” (parcialmente plagiados) libros y tuits enviados desde su cuenta personal. Las fuentes citadas específicamente en este artículo pueden encontrarse en la plataforma OSF: https://osf.io/exs7z/. A partir de estos datos, el presente trabajo se propone mostrar que, a diferencia de lo que afirman ciertos autores, tanto en textos académicos como en formato divulgativo, no es el caso que el discurso de Milei sea de carácter “antiintelectualista” o “anticiencia”, es decir que las acciones cientificidas del gobierno puedan potencialmente justificarse bajo una descalificación de la ciencia en su conjunto o de su desvalorización frente a otras presuntas formas de conocimiento, como la religión o la experiencia personal, puesto que nada de esto figura en el discurso del presidente. Por su parte, se mostrará que aunque una actitud anticiencia “en sentido parcial” (un rechazo de ciertos logros científicos particulares) sí está presente en el discurso de Milei, esta no puede obrar de potencial justificación para el cientificidio, dado que este no ataca selectivamente a ciertas disciplinas sino al sistema de conjunto. Finalmente, se identificará al “fundamentalismo de mercado” como uno de los pilares justificatorios del ataque a la producción CyT pública.

Antiintelectualismo se dice de muchas maneras

Un aspecto central de las reconstrucciones de las posiciones de Milei con relación a la ciencia es que señalan en Milei lo que ven como una actitud ‘anticientífica’ o aún más general de ‘antiintelectualismo’. En rigor, podría pensarse que este último término sugiere una actitud de rechazo no solo de la ciencia sino de otras formas de conocimiento “intelectual”, basadas en la elaboración de conceptos abstractos y en la argumentación racional, tales como la filosofía. Sin embargo, a fines de los objetivos de este artículo, no será necesario distinguir entre ‘antiintelectualismo’ y ‘actitud anticiencia’ sino solo señalar que pueden usarse estos términos en al menos tres sentidos diferentes:

  1. 1. Totalizante: es el sentido más fuerte e implica un rechazo general de la ciencia.
  2. 2. Relacional: implica una devaluación del conocimiento científico en beneficio de otros tipos de (presunto) conocimiento, desde el sentido común hasta la religión.
  3. 3. Parcial: consiste en un ataque a una parte de la ciencia. Suele implicar que se etiquete a ciertos conocimientos como producidos de forma ilegítima o conspirativa. A continuación, se discuten estas tres posibilidades.

Actitud anticiencia en sentido totalizante

Si el adversario que se enfrenta fuera “antiintelectualista” en el sentido más fuerte, entonces la respuesta tendría que apelar a reivindicar el pensamiento racional en general, y la ciencia en particular, con todas las dificultades que implique intentar ofrecer argumentos cuando justamente algo tan básico como el valor de eso no esté concedido. Ahora bien, ¿podría justificar Milei su política cientificida en términos de que “la ciencia”, en su conjunto, no sea valiosa o importante?

De acuerdo con Saidel, uno de los principales teóricos sobre las nuevas derechas, Milei comparte con el ex presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, una oposición “a la racionalidad científica y a los académicos en general”. Asimismo, Saidel presenta como similares distintos rasgos que le atribuye a Bolsonaro y que incluyen el “antiintelectualismo”, con el ataque de Milei a “la ‘casta’ compuesta de políticos, jueces, académicos, científicos y empleados estatales” (Saidel, 2024b, p. 11). Este presunto rechazo de la racionalidad científica no se hallaría exclusivamente en el caso de Milei, sino que, según desarrolla Saidel, podría rastrearse en toda una “corriente neoliberal autoritaria” que combate “incluso la argumentación racional y la ciencia occidental” (Saidel, 2023, p. 118)1.

En su tesis sobre el “populismo de extrema derecha en la Argentina”, Chebly subraya que estas posiciones, entre las que inscribe a Milei, se caracterizan por una actitud “anti-ciencia” (Chebly, 2024). En líneas similares, aunque con un vocabulario diferente, Belgrano señalaba, poco antes de que Milei ganase las elecciones, que, de forma “consistente con desacreditar la validez de la verdad científica, el candidato niega la existencia del cambio climático” (Belgrano, 2023, p. 6; resaltado de los autores). En el mismo terreno divulgativo, Durán y Levi señalan que el “desmantelamiento” del sistema científico nacional “se fundamenta en el más profundo odio hacia las personas que trabajan en el desarrollo científico y tecnológico y hacia el conocimiento basado en evidencia” (Durán y Levi, 2024). Beraldi, comparando el gobierno de Milei con el franquismo, argumenta que, “como entonces, la cultura, la educación, la ciencia y la tecnología […] son puestas en tela de juicio por el nuevo gobierno”, lo que constituye “una guerra contra la inteligencia”, “contra la educación, la cultura y la investigación, que son atacadas de manera constante, culpabilizándolas de la crisis del país” (Beraldi, 2024). Ya en 2025, una columna de opinión de Ruiz subraya que Milei busca “erradicar al keynesianismo, al enfoque de derechos humanos, a la perspectiva de género y al feminismo, con un sesgo de anti-intelectualismo” (Ruiz, 2025; resaltado de los autores). Finalmente, Quiroga destaca que el presidente “cumple 12 de los 14 puntos enumerados en su momento por Umberto Eco” respecto del Ur-fascismo, lo que incluye “el culto de la tradición” que “implica el rechazo del modernismo” (Quiroga, 2025).

Una primera lectura es que todas estas caracterizaciones ubican a Milei como un “antiintelectualista” totalizante. El problema es que es muy difícil sostener frente a sus seguidores un discurso de “Milei rechaza la ciencia”, o “es anticiencia”, cuando el presidente se compromete explícitamente con una reivindicación de la ciencia como motor del progreso humano. Probablemente la más clara de sus declaraciones en este sentido sea la que realizó en noviembre de 2024 en la cena de la Fundación Faro:

El verdadero valor moral está […] en luchar por una causa justa. […]. La misma causa que nos convirtió en ciudadanos y nos liberó del yugo del tirano y la causa que descubrió el método científico, que industrializó al planeta Tierra y que con el capitalismo de libre empresa sacó de la miseria a miles de millones de seres humanos. La misma causa que nos llevó al espacio exterior, a la Luna y hará de la especie humana una civilización interplanetaria. En definitiva, hablo de la gran gesta civilizatoria que es Occidente, una causa de honor, de coraje, de mérito y de búsqueda implacable de la verdad. Esa es nuestra causa.

Milei reivindica aquí explícitamente al “método científico”, incluso antes de mencionar al “capitalismo de libre empresa” cuyos resultados confluirían con los de aquel. En este relato, la ciencia y el capitalismo aparecen reivindicados por igual como agentes del progreso, un progreso indispensable para que “millones de seres humanos” salieran de “la miseria”: ciertamente está lejos de una reivindicación de la tradición. Y esto no es una excepción en su discurso. Casi idénticas palabras se le escucharon en la Conferencia Política de Acción Conservadora (CPAC), en noviembre y en diciembre de 2024. Y una similar reivindicación general del “ejercicio de la ciencia” fue pronunciada por Milei asimismo en su visita a la Antártida en enero del mismo año. Estas declaraciones se alinean menos con un presunto rechazo global a la ciencia que, por el contrario, con el hecho de que “Milei se presenta como un defensor del racionalismo occidental y la ilustración liberal”, en palabras de Heinisch et al. (2024, p. 13).

Ahora bien, en este punto, se podría reprochar que las declaraciones de Milei no encajan con la caracterización del “antiintelectualismo” porque, quizás, el sentido totalizante es una lectura excesivamente fuerte. Tal vez, en realidad, el punto es que, como otros referentes de la nueva derecha, Milei descalifica la ciencia en relación con, según se verá, la experiencia personal o la religión. Si la ciencia no es en el fondo tan importante, tener un sistema de investigación CyT no lo sería tampoco.

Actitud anticiencia en sentido relacional

Aquí entra en juego una diferencia importante: la que existe entre —por un lado— aquellos referentes de la derecha que cuestionan o relativizan el valor de la ciencia frente a otras formas de (presunto) conocimiento y —por otro lado— quienes defienden sus posiciones hablando en nombre de la ciencia, no de formas no-científicas de conocer el mundo.

Cuando Nunes (2024), siguiendo en parte a Feltran, utiliza la categoría de antiintelectualismo evangélico como una de las matrices discursivas características de lo que llama “el bolsonarismo” (que, por cierto, no debe identificarse con la figura individual de Bolsonaro), lo que está describiendo es una puesta en relación de la ciencia con “fuentes de conocimiento” no científicas, como la experiencia personal o la religión. En el ejemplo de Feltran, un usuario bolsonarista del sistema de salud declara que si su hija está mejor “no es gracias a los médicos” sino a ciertas prácticas mágico-religiosas (Feltran, 2020): esto no es meramente un cuestionamiento a ciertos contenidos de la ciencia (en beneficio, quizá, de otras de la ciencia misma) sino, lo que es más fuerte, una manera de decir que la ciencia, como forma de conocer el mundo e intervenir sobre él, no debe jerarquizarse, o al menos no siempre, sobre otras formas de (presunto) conocimiento. El usuario en cuestión es plenamente consciente de que la ciencia médica es una cosa y la religión otra, y escoge la segunda contra la primera, es un “antiintelectualista” relacional.

Este punto puede iluminarse con la distinción entre una guerra “por la ciencia” (over science) y una “contra la ciencia” (on science), en palabras de Quiggin (2006): quienes libran una guerra over reconocen a la ciencia como una forma privilegiada de conocer el mundo, con respecto a cualquier otra alternativa, y en todo caso disputan qué es lo que, en concreto, se va a considerar “ciencia”. Quienes libran una guerra on, como el usuario bolsonarista, están, por el contrario, cuestionando justamente ese privilegio.

Algo similar a un “antiintelectualismo” en el sentido de Feltran y Nunes se encuentra cuando el presidente estadounidense Donald Trump justifica sus opiniones diciendo que “siente en sus entrañas” (gut) que son correctas (Brewer, 2020, p. 660; Meyer, 2018, pp. 98, 100): está reivindicando un presunto modo de conocer el mundo que es claramente no científico, y que el propio Trump (no solo nosotros, en tercera persona) contrapone a las posiciones expertas. No se trata de disputar quién habla en nombre de la ciencia; se trata de oponer este “gut knowledge” a la ciencia, y de un modo, por lo demás, perfectamente acorde con los sentimientos populistas de su base electoral, reticente a aceptar la palabra de las “élites” científicas2. El punto, sin embargo, es que Milei no hace nada de esto.

Milei, de hecho, justifica sus posiciones, incluso (o especialmente) las que se oponen al consenso existente, hablando en nombre de la ciencia, disputándole ese lugar a la ciencia "woke"3. Por ejemplo, con relación al cambio climático, Milei no apela a oponer el saber científico experto, por un lado, con el sentido común o el “instinto”, por el otro, sino que ha dicho, sorprendentemente, lo siguiente en su discurso en Davos en 2025:

Cuando uno argumenta que la Tierra ha tenido ya cinco ciclos de cambios bruscos de temperatura y que en cuatro de ellos el hombre ni existía, nos tildan de terraplanistas para desacreditar nuestras ideas, sin importar que la ciencia y los datos estén de nuestro lado.

El discurso de Milei no es, entonces, uno de relativización de “la ciencia” frente a distintas formas de no-ciencia, sino uno según el cual sería la posición de sus adversarios la que no estaría a la altura de contar como buena ciencia.

En una entrevista con Esteban Trebucq, también en enero de 2025, Milei se ha quejado del “ecologismo y la agenda del cambio climático”. “Cuando vos presentás la evidencia empírica te dicen no, vos sos un terraplanista. Porque lo peor de todo es que detrás de esa agenda está la agenda asesina del aborto”. Una vez más, el lugar desde el que se sitúa Milei es el de la defensa de la evidencia empírica. Serían sus rivales quienes no se guiarían por ella sino por consideraciones políticas, representadas aquí por “la agenda asesina del aborto”.

Cuando Milei se ha referido, más en concreto, a los artículos científicos que muestran la existencia de un cambio climático antropogénico, como durante el segundo debate presidencial en octubre de 2023, los ha cuestionado por ser “papers de cuarta” de “vagos socialistas”; esto es, por ser presuntamente mala ciencia, no por ser ciencia. Milei cree, de hecho, que si logra escapar del “verso del cambio climático” (como se ha referido al fenómeno en su cuenta personal de X en enero de 2025) es porque son él y personas como él quienes efectivamente ejercitan su “pensamiento crítico” —lo cual, una vez más, definitivamente es todo lo contrario de una profesión de fe antiintelectualista.

La intención de hablar en nombre de la ciencia aparece también cuando Milei se pronuncia sobre problemas morales, como la legitimidad del aborto. En palabras del presidente, su oposición al derecho al aborto tiene “una justificación desde el plano de las ciencias naturales, y es el hecho de que la vida comienza en el momento de la fecundación”. Al menos así lo ha declarado en la entrevista que le realizó Tucker Carlson en septiembre de 2023 y ha luego repetido en otras ocasiones públicas, como su discurso de apertura del ciclo lectivo en el Instituto Cardenal Copello en marzo de 2024.

Y, más en general, Milei definitivamente no explota, en términos populistas, una autoatribución del rol de representante del sentido común del “ciudadano de a pie” frente al saber científico de las “élites”: se ha presentado a sí mismo en numerosas ocasiones como un experto en una ciencia particular, la economía, que viene a barrer con el “chamanismo económico” de los “economistas argentinos […] burros” o “econochantas”; es decir, con una mala teoría y malas prácticas irresponsablemente impulsadas por quienes no serían auténticos expertos como él, quienes “no son herederos de Adam Smith seguro. Yo sí, ellos no”, frase que pertenece a su discurso en el Coloquio de IDEA en octubre de 2024.

Ahora bien: en esta misma exposición ha quedado de manifiesto que, si bien Milei busca sistemáticamente hablar en nombre de “la ciencia”, lo hace en ocasiones para rechazar contenidos científicos específicos de la práctica científica y de sus resultados. ¿Podría estar aquí la clave para identificar posibles justificaciones para sus actitudes cientificidas?

Actitud “anticiencia” en sentido parcial

Para llegar a este tercer enfoque, es importante señalar que, según diversos autores, nadie o casi nadie podría ser “anticiencia” de forma consciente dado que el término “ciencia” retiene una carga valorativa positiva; es decir, una “actitud anticiencia” sería, en rigor, siempre algo que atribuimos en tercera persona (Brazeau, 2019; Edler Duarte et al., 2024; Hsu, 2020; Lynch, 2020). Pero, si esto fuera así, ¿cómo se podría distinguir al grupo de Trump, el “bolsonarismo” y Milei de dirigentes políticos a los que no se les atribuya en ningún sentido ser anticiencia?

Una respuesta podría ser la que plantea Hsu, quien sostiene que Trump y otros republicanos atacan a “ciertos científicos y a cierta ciencia”, que etiquetan como “ilegítimos, falsos o conspirativos”, incluso si estos ataques no estén formulados como ataques a la ciencia como tal (Hsu, 2020, p. 410). Bajo este criterio, lo que distinguiría a Trump y dirigentes afines sería la actitud de “atacar a determinados científicos y a determinada ciencia y tacharlos de ilegítimos”.

Lo que vuelve promisorio este enfoque respecto de la justificación que el gobierno podría enarbolar para el cientificidio, es, en primer lugar, que, como ya se vio a propósito del cambio climático, Milei sin duda es “anticiencia” en este sentido, y esta constatación no queda anulada por la circunstancia de que alabe en abstracto a la ciencia o el método científico. En segundo lugar, algunas declaraciones de Milei y de su entorno sugieren que la estrategia para justificar sus ataques al sistema CyT consiste en distinguir contenidos de la ciencia que serían defendibles de aquellos que no. Ya poco después de las elecciones primarias, abiertas, simultáneas y obligatorias (PASO) en agosto de 2023, Milei adelantó su intención de que el CONICET se limitara a las “ciencias duras”, una idea que reiteró más recientemente al declarar que no le “gustan [sic] las aplicaciones a todo lo que tiene que ver con las ramas sociales”.

Ahora bien, el problema no es tanto si Milei es o no “anticiencia”. En este tercer sentido —sin duda lo es— sino que este discurso no puede ser el que se presente como justificación del desmantelamiento del sistema CyT de conjunto. Para que su política científica pudiese ser justificada en términos de su rechazo a ciertos contenidos de la ciencia, esto requeriría que sus acciones concretas hubiesen atacado específicamente las investigaciones sobre cambio climático, o las humanidades y ciencias sociales. Pero, como se sabe, no es el caso. Por tomar solo uno de los elementos del cientificidio, el gobierno suspendió la construcción del prototipo del reactor nuclear CAREM, un caso paradigmático de la clase de ciencia “útil” que el gobierno dice defender. Entonces, ¿qué otra posible justificación cabría entonces rastrear en el discurso gubernamental?

¿Tecnofilia o fundamentalismo de mercado?

Una opción atractiva es concluir que el gobierno de Milei simplemente no tiene ninguna justificación discursiva para el cientificidio que está llevando adelante, con lo cual su único recurso es negar, más que justificar, estar cometiéndolo. De ser esta la situación, la respuesta discursiva al gobierno no necesitará, ni podrá, ser mucho más sofisticada que la de mostrar que Milei y sus allegados mienten. Pero, si se trata de abordar el discurso gubernamental desde una perspectiva que no sea solamente la de la sospecha de insinceridad, cabe notar que hay al menos un elemento discursivo que podría obrar de justificación pretendida para el cientificidio: la creencia de Milei según la cual tienen que ser mecanismos de mercado, centrados en la oferta y la demanda, y no la asignación estatal de recursos, los que determinen qué ciencia debe hacerse (ver de nuevo, sobre este punto, Saidel, 2024a). Milei ha llegado a decir que “los supuestos científicos e intelectuales" deberían demostrar el valor de su producción por vía de vender “libros”. Su propuesta para el CONICET, tras las elecciones Primarias, Abiertas, Simultáneas y Obligatorias (PASO), era simplemente “que quede en manos del sector privado”.

La narrativa de Milei sería, entonces, una según la cual resultaría factible a la vez promover los ideales de mejora de la vida humana que caracterizan su acercamiento tecnofílico a la ciencia y también atenerse al dogma según el cual la oferta y la demanda, sin intervención estatal, deben ser las que distribuyan los recursos. Sin embargo, existe una obvia tensión entre estas visiones. De forma muy breve, y solo por tomar dos de los ejemplos posibles, pueden mencionarse la energía nuclear que, en Argentina, muestra claramente el rol central del Estado (Cormick y Edelsztein, 2023) y la necesidad de financiamiento público para desarrollos científicos que no son rentables para el sector privado, como es el caso de las llamadas “enfermedades desatendidas” (Cormick y Edelsztein, 2024). Hay que elegir: o bien se reivindica el potencial transformador de la ciencia para la vida humana, y esto significa defender también la ciencia hecha con fondos públicos, o bien hay que atenerse al fundamentalismo de mercado, pero esto significará sacrificar todas aquellas mejoras que, simplemente, no son redituables y por lo tanto avaladas por las interacciones de oferta y demanda entre privados.

Conclusiones

A lo largo de este artículo se ha examinado el discurso de Javier Milei con respecto a la ciencia, en particular en relación con sus acciones contra el sistema CyT, confrontándolo con la caracterización habitual de su postura como "anticiencia" o "antiintelectualista". A partir de un extenso corpus discursivo —que incluye entrevistas, intervenciones públicas, publicaciones escritas y contenido en redes sociales—, se ha mostrado que tal caracterización resulta falsa si se la entiende en un sentido totalizante o uno relacional. Lejos de rechazar la ciencia en su conjunto o relativizar su valor frente a presuntas formas alternativas de conocimiento como la religión o la intuición, Milei se presenta a sí mismo como un defensor explícito del “método científico”, la racionalidad occidental y el progreso ilustrado. Esto no solo lo distingue de figuras como Trump o Bolsonaro —cuyos discursos, al menos según ciertos relevamientos, apelan más a la experiencia personal o la fe—, sino que lo posiciona discursivamente dentro del campo de quienes buscan hablar en nombre de la ciencia, incluso cuando atacan consensos científicos ampliamente establecidos, como en el caso del cambio climático.

Desde este enfoque, lo que se encuentra en el discurso de Milei es un ataque selectivo y estratégico a ciertos contenidos de la ciencia y a ciertos sectores del sistema científico, deslegitimándolos. Este tipo de actitud, que denominamos antiintelectualismo o anticiencia en sentido parcial, no se presenta como un rechazo del saber científico en general, sino como una disputa sobre qué cuenta como ciencia legítima. En esa disputa, Milei no se sitúa fuera del marco de la racionalidad científica, sino que procura apropiarse de él, reconfigurando los límites de lo aceptable bajo el término “ciencia”. Ahora bien, precisamente en la medida en que las acciones de Milei contra el sistema científico-tecnológico no tienen este carácter selectivo, sino que han conducido a paralizarlo en su conjunto, una justificación potencial de estas acciones tampoco se podrá encontrar en el rasgo de “anticiencia parcial” de su discurso.

Un candidato mucho más plausible para el rol de justificación de los ataques es el que se ha identificado como “fundamentalismo de mercado”; esto es, la convicción de que las interacciones entre privados mediadas por la oferta y la demanda constituyen una forma eficiente y justa de asignación de recursos, para la ciencia no menos que para otras áreas de la actividad social. En consecuencia, el mejor enfoque para desenmascarar públicamente al gobierno en su relación con el sistema CyT parece ser uno que apele a mostrar las tensiones de un discurso que pretende ser a la vez fundamentalista de mercado y defensor “tecnofílico” de los logros de la ciencia.

Bibliografía

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Notas

1 Es importante subrayar también, sin embargo, que en otro texto el propio Saidel ofrece una línea de análisis alternativa, basada en la premisa de que “más que rechazar la ciencia tout court, libertarios y conservadores rechazan aquellas que demuestran la necesidad de la acción estatal” (Saidel, 2024a, p. 12).
2 Dado que el relevamiento de evidencia empírica para este trabajo se ha centrado en la figura de Milei, no en las de Trump y Bolsonaro o “el bolsonarismo”, no se está afirmando que lecturas como las que se citan sean exhaustivas de las posiciones de estas figuras, actitudes más cercanas a una “war over science”. Este punto, importante, no es sin embargo el foco del presente artículo.
3 Woke es un término originado en la comunidad afroamericana de Estados Unidos, que originalmente significaba estar "despierto" o consciente frente a la injusticia racial y social. Con el tiempo, se amplió para incluir la sensibilidad ante distintas formas de discriminación. Sin embargo, en años recientes, el término ha sido apropiado y usado de forma peyorativa por sectores de la derecha para criticar lo que ellos consideran un exceso de corrección política o activismo social.


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