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Precarización, temporalidad y brechas generacionales del Cono Sur: Los casos de Chile y Uruguay (2010-2018)
Precarity, Temporality, and Generational Gaps in the Southern Cone: The Cases of Chile and Uruguay (2010–2018)
Trabalho juvenil no campo: análise comparativa das jornadas laborais no Chile e Uruguai (2010-2018)
Estudios Rurales. Publicación del Centro de Estudios de la Argentina Rural, vol. 16, núm. 33, 2026
Universidad Nacional de Quilmes

Artículos

Estudios Rurales. Publicación del Centro de Estudios de la Argentina Rural
Universidad Nacional de Quilmes, Argentina
ISSN: 2250-4001
Periodicidad: Semestral
vol. 16, núm. 33, 2026

Recepción: 25 julio 2025

Aprobación: 12 diciembre 2026

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Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 2.5 Argentina.

Resumen: El trabajo plantea analizar la situación sociolaboral de los trabajadores asalariados agropecuarios, según las dimensiones de análisis de precariedad laboral, generaciones, y formación en la ruralidad uruguaya y chilena, dimensiones que posibiliten indicadores acerca de las condiciones de trabajo en el marco del proceso de intensificación de la producción de alimentos. Ante lo cual, la pregunta problema que se plantea es, ¿qué transformaciones ha experimentado la situación sociolaboral de los trabajadores asalariados agropecuarios en la ruralidad de Uruguay y Chile entre 2010 y 2018, analizando comparativamente su evolución en términos de tiempo de trabajo, precariedad laboral y diferencias generacionales? La metodología utilizada fue cuantitativa, la fuente de información las Encuestas Continuas de Hogares entre 2012 y 2018 del Instituto Nacional de Estadística del Uruguay y la Encuesta Nacional de Empleo de 2010 y 2018 del Instituto Nacional de Estadística de Chile, análisis aplicado de tipo exploratorio y confirmatorio para aproximarse al problema de estudio planteado. A modo de resultados principales, la precisión en el tiempo de producción ha incorporado el uso de la fuerza de trabajo de precisión, configurando especialmente entre las grandes empresas de producción agropecuaria de Chile y Uruguay la demanda creciente de empleos por jornales de perfil juvenil para ambos casos.

Palabras clave: Trabajadores agropecuarios, Tiempo de trabajo, Condiciones sociolaborales.

Abstract: This study analyzes the socio-labor conditions of agricultural wage workers through the analytical dimensions of labor precarity, generational differences, and rural training in Uruguay and Chile, providing indicators of working conditions within the context of intensifying food production systems. The central research question examines what transformations have occurred in the socio-labor situation of agricultural wage workers in rural Uruguay and Chile between 2010 and 2018, employing a comparative analysis of their evolution in terms of working time, labor precarity, and generational disparities. The quantitative methodology utilizes data from Uruguay's Continuous Household Surveys (2012-2018) conducted by the National Statistics Institute (INE) and Chile's National Employment Surveys (2010 and 2018) from its National Statistics Institute (INE), applying both exploratory and confirmatory analytical approaches to address the research problem. Key findings reveal that precision in production timing has led to the implementation of precision labor strategies, particularly driving large-scale agricultural enterprises in both countries to increasingly demand youth-oriented day-labor employment arrangements.

Keywords: Agricultural workers - Working time - Labor conditions - Youth employment - Rural labor markets.

Resumo: Este estudo propõe analisar a situação sociolaboral dos trabalhadores assalariados agropecuários, considerando as dimensões de precariedade laboral, diferenças geracionais e formação no meio rural uruguaio e chileno – eixos que permitem construir indicadores sobre as condições de trabalho no contexto da intensificação da produção alimentar. A questão central de pesquisa investiga: que transformações ocorreram na situação sociolaboral desses trabalhadores nas zonas rurais do Uruguai e Chile entre 2010 e 2018, analisando comparativamente sua evolução em termos de jornada de trabalho, precariedade laboral e disparidades geracionais? A metodologia quantitativa utiliza dados das Pesquisas Contínuas de Domicílios (2012-2018) do Instituto Nacional de Estatística do Uruguai e da Pesquisa Nacional de Emprego (2010 e 2018) do Instituto Nacional de Estatística do Chile, com análise exploratória e confirmatória. Como principal resultado, observa-se que a precisão nos tempos produtivos incorporou estratégias de força de trabalho de precisão, levando especialmente as grandes empresas agropecuárias de ambos os países a demandarem crescentemente mão de obra jovem em regime de jornal – fenômeno comum aos dois contextos nacionais.

Palavras-chave: Assalariados rurais – Tempo de trabalho – Precarização no campo – Mercado de trabalho agrícola – Juventude rural.

1. Introducción.

La ruralidad en el cono sur no escapa de las tendencias globales en materia de transformaciones productivas y sociales, el crecimiento a nivel internacional de los precios de las materias primas, a raíz de la demanda de energía y alimentos (Rubio, 2008), produjo un ciclo de expansión productiva y alza de precios transformando al sector agropecuario. Uruguay y Chile no se encuentran ajenos a la reconfiguración del mercado de trabajo rural latinoamericano, de las últimas tres décadas, el que forma parte del modelo desarrollo emergente, caracterizado por la liberalización de los mercados, políticas públicas que promueven dicha liberalización y ajuste estructural aplicadas al mercado mencionado, a diferencia del anterior modelo de desarrollo basado en la sustitución de importaciones (década de 1950 a 1970), priorizando la industria. El Estado distribuyó recursos de exportaciones primarias hacia políticas sociales y de promoción industrial, lo que impulsó migraciones rurales a áreas urbanas y reforzó la percepción de que lo rural es atrasado y lo urbano es desarrollado. (Kay, 1997; Piñeiro y Moraes, 2008;Riella, y Romero, 2014; Portilla, 2000; Díaz, 1989).

También ha cambiado la división social del trabajo, hacia la flexibilidad y polivalencia de los empleos en la relación capital – trabajo y también en la forma de organización de las empresas dado que sus procesos de producción se han segmentado en el espacio social sea local como global (Mardsen et al, 1993). En la ruralidad del Sur latinoamericano se observan la convivencia de empresas de alta complejidad tecnológica, empresas integrantes “grupos económicos” transnacionales con origen en otros sectores productivos, empresas de agroturismo, trabajadores rurales no agrarios, con campesinos, aborígenes, productores de tamaño intermedio y trabajadores rurales agrarios segmentados por los procesos de intensificación tecnológica en la producción agropecuaria, y nuevos desocupados conformando una sociedad rural heterogénea.

Los países como Brasil representan el 38% del mercado de empleo agrario en el continente latinoamericano, México el 18% y en el caso de Chile 2% y Uruguay 0,3%; no se tienen datos del caso argentino dadas las características del diseño muestral de la Encuesta Permanente de Hogares (EPH – INDEC), dado que la EPH se centra en áreas urbanas y no cubre las áreas rurales dispersas ni pequeñas localidades rurales.[1].

Por otro lado, se procura analizar el proceso en desarrollo de la agricultura de precisión y lo que implica en las condiciones sociolaborales de los asalariados agrarios en dos países pequeños en relación con Brasil, México, Argentina y Colombia como Chile y Uruguay, en definitiva, el comportamiento del mencionado proceso en diferentes contextos, pero de escalas menores.

Considerando tales transformaciones productivas y sociales en la forma de producir y comercializar alimentos a escala global en la pasada década, pero también permanencias, en países agroexportadores de alimentos como lo son Chile y Uruguay, se pretende analizar las condiciones sociolaborales de los/as trabajadores asalariados/as agropecuarios, según las dimensiones de análisis de precariedad laboral, generaciones, género y formación educativa en la ruralidad uruguaya y chilena.

2. Marco conceptual.

Los actuales procesos de tecnificación biológica de forma conjunta con la informática, nanotecnología, gestión de recursos humanos, articulación e integración de capitales en la producción agropecuaria, y otras dimensiones que hacen a la forma de producción generan una serie de transformaciones en la configuración del espacio social, productivo, en la naturaleza, en los diferentes mercados. Uno de ellos es el laboral, el cual ha ido cambiando según el sentido de las transformaciones mencionadas.

Se asiste a la consolidación de un nuevo paradigma tecnológico agrícola que surge del acervo de conocimientos de las últimas décadas e internaliza las externalidades del modelo precedente, particularmente las ambientales. Barrera, A. (2011) menciona en tal sentido:

En este contexto, los objetivos del desarrollo tecnológico “sectorial” son el aumento de la productividad, el mejoramiento de la calidad industrial, nutricional y organoléptica de los productos y el uso sustentable de los recursos naturales. También es “la búsqueda de estabilidad y perdurabilidad de los sistemas productivos agrícolas (Banco Mundial 2008 in Barrera, A. 2011, p16).

Es decir, el nuevo paradigma productivo emergente se plantea como uno de sus objetivos aumentar la productividad, disminuir tiempos de trabajo y también ciclos de producción, se ha construido una “gran fábrica de alimentos global” en los últimos 40 años en la cual se demandan menos trabajadores con relación a décadas anteriores, pero no quiere decir que no sean necesarios.

Finalmente, aunque no es la única característica, este trabajo destaca la precisión como el rasgo distintivo del modelo agroalimentario del siglo XXI. Este enfoque, propio de la agricultura 4.0 y 5.0, busca maximizar la eficiencia y la sostenibilidad mediante el uso de tecnologías avanzadas y datos detallados para una toma de decisiones informada. En este sentido, se resume la agricultura 4.0 en la aplicación de tecnologías digitales y automatizadas en el campo, tales como: a) IoT (Internet de las Cosas): sensores y dispositivos conectados que monitorean suelo, clima, humedad, etc. b) big data & analytics: procesamiento de grandes volúmenes de datos para tomar decisiones precisas; c) robótica y drones: uso de robots autónomos para siembra, cosecha y fumigación, y drones para vigilancia de cultivos; d) inteligencia artificial (IA): modelos predictivos para enfermedades, rendimiento de cultivos y manejo de recursos; e) blockchain: trazabilidad de los alimentos desde el campo hasta el consumidor.

Lo que se plantea como principal objetivo entonces la agricultura 4.0 es maximizar la eficiencia, reducir costos y minimizar el impacto ambiental. La agricultura 5.0 es un paso más allá, enfocado en la sostenibilidad total y la personalización mediante sistemas ciberfísicos avanzados y colaboración humano-máquina, con el principal objetivo de crear sistemas alimentarios cero residuos, autosuficientes y altamente resilientes ante el cambio climático. En definitiva, ambos “paquetes o modelos” tecnológicos en la producción de alimentos representan al paradigma de la agricultura de precisión, integrando tecnologías digitales, automatización y sistemas inteligentes para optimizar la producción agrícola, ahora, en dicho proceso no queda exenta la relación trabajo – trabajadores.

Comenzando con el caso uruguayo, en la década de 1940 el país comienza a desarrollar un modelo de industrialización interna y protección que busca entre otros objetivos el desarrollo de la agricultura, aprovechando la mecanización creciente fomentando la expansión de los cereales mediante la promoción de medianos y pequeños agricultores. Es así como se produce un fuerte crecimiento del número de establecimientos del estrato pequeños y medianos productores, que alcanzan su máxima expresión en la década de 1960, donde llegaron a representar casi al 75% de los productores de la época (MGAP, DIEA, CGA, 1990).

Desde 1940 comienza el declive de la agricultura producto de la caída de los precios internacionales de las materias primas y el proceso de liberalización de la economía que impulsarán la dictadura militar y los gobiernos siguientes hasta comenzado el siglo XXI. Entre 1940 y 2005 aproximadamente la estructura agraria pierde más de la mitad de los productores del estrato más pequeño (Piñeiro, 1991;Piñeiro y Moraes, 2008).

Entre los años señalados anteriormente, se caracterizó por el estancamiento de la ganadería y por el desarrollo de importantes complejos agroindustriales como arroz, citrus y lechería principalmente, que aportaron el dinamismo al sector, conformando una fuerte base de empresarios rurales de mediano y gran porte vinculados a dichas producciones. Nuevamente, estas alteraciones en la estructura productiva se realizaron sin una transformación importante de la estructura agraria, más bien estas se apoyaron en la concentración de la tierra existente y dieron un nuevo empuje a la exclusión de la pequeña producción (Gonsalves, 2010;Anuario MGAP, 2012 y Uruguay XXI, 2013).

La dinámica productiva de las décadas entre 1940 y 2005 aproximadamente también se caracterizó por una fuerte reducción de la población rural y un debilitamiento de las redes sociales de articulación de los territorios rurales, aumentando la pobreza y produciendo un fuerte letargo de las pequeñas localidades vinculadas al agro. Los mercados de empleo se volvieron cada vez más zafrales y se produjo una urbanización de la fuerza de trabajo rural. Estos procesos, produjeron un impacto diferencial según las distintas regiones del país, generando en algunos territorios fuertes problemas de cohesión social y territorial, el vaciamiento de los espacios públicos en las zonas rurales y el aumento de las desigualdades territoriales en el país (Riella, et al, 2011).

A mediados de la primera década del siglo XXI este escenario cambia radicalmente, en los últimos veinticinco años se produjeron importantes transformaciones en el sector agropecuario uruguayo para comenzar, como ser aumento en la productividad laboral dada la aplicación de tecnologías de insumo (siembre directa, organismos genéticamente modificados, etc.) (Piñeiro y Moraes, 2008 in Carámbula y Oyhantçabal, 2019), expansión de las sociedades anónimas, extranjerización de la tierra, capital financiero invirtiendo en el mercado de tierras, acaparamiento de tierras (Oyhantçabal y Narbondo, 2019) y distribución territorial de las cadenas globales de valor (Carámbula, 2015).

Tales transformaciones generaron cambios en la estructura social agraria (Riella, y Romero, 2014), con la reducción de explotaciones agropecuarias (menos productores produciendo más), intensificando la tendencia observada promediando el siglo XX. Juntamente con ello creció la participación de los asalariados agrarios en el mercado de trabajo por sobre otras categorías de ocupación, como ser los trabajadores cuenta propia, familiares no remunerados y patrones, superando en la década del 2000 en valores absolutos al resto de las categorías (Cardeillac, y Juncal, 2017).

Evidenciando la profundización de las relaciones capitalistas de producción en el sector agrario uruguayo, los asalariados se han tornado la clase social mayoritaria en la estructura social agraria. Ahora, ello no se relaciona con mayor desarrollo capitalista de forma lineal como bien lo señala J. Villulla:

…en los términos en que el «desarrollo » es planteado por el capitalismo (cantidades de producción, índices de productividad, magnitud de la acumulación total, niveles medios de capitalización, infraestructura general, integración vertical y horizontal de los capitales y las cadenas de valor, superficie cultivada sobre la superficie cultivable, etc.), un agro con asalarización absoluta del trabajo como el pampeano puede ser, a la vez, menos desarrollado que uno con asalarización relativa como el del Corn Belt (Villulla, 2019, pp.57-58).

Para el caso chileno, se considera el período 1975 - 2010, este último compuesto por diferentes momentos, el primero situado entre los años 1975 a 1980 en el cual el modelo de desarrollo de la agricultura chilena consistió en cambiar las orientaciones productivas, reorientando hacia la producción no tradicional para la exportación como motor de crecimiento económico. De esta manera, tal reestructuración productiva promovió un modelo económico neoliberal en el que se impulsaron actividades productivas con capacidades para comerciar en los mercados internacionales, ejemplo de ello el sector frutícola industrial forestal (celulosa principalmente) (Ríos, 2013).

Entre los años 1980 a 1985 aproximadamente, la agricultura chilena se caracterizó por un escaso desarrollo resultado de la crisis económica de principios de los años ochenta. El impacto internacional de la crisis generó en Chile altas tasas de inflación y desempleo (aproximadamente 30% en 1982) acompañado de un aumento del precio de las divisas lo que aparejo reformas socioeconómicas de carácter ortodoxo en el marco del modelo económico neoliberal (Díaz, 1989; Moguillansky, 1999).

A partir de 1985 la economía y especialmente la agricultura tienen importantes tasas de crecimiento, en el caso del PIB agrario aumenta a tasas anuales de 6,1% acumulado y la economía en general al 7,4%, resultado de las políticas públicas comerciales que incentivaron a la agricultura no tradicional, en especial la fruticultura. Ahora, de 1997 a 2007 las tasas de crecimiento del PIB agrario se moderan (Ríos, 2013).

La crisis del sector industrial generada por la apertura del modelo comercial neoliberal, “destacaron” a la agricultura con más dinámica en relación con la economía en general. Se aprecia entre los años 2007 y 2010 un importante desacoplamiento en el crecimiento de la economía chilena y su agricultura. A pesar de todo, la productividad promedio por trabajador ocupado en la agricultura aumentó más intensamente en relación con el resto de la economía al analizar el período 1986 – 2010.

Desde 1985 a 2010, las exportaciones chilenas medidas en términos constantes tuvieron importante crecimiento. Para 2010 representan el 82,1% del PIB sectorial, las políticas públicas impulsaron fuertemente al sector agroexportador (Portilla, 2000). Las exportaciones de productos frutícolas se colocan en el primer lugar de estas, indicando que dicho subsector productivo marca el dinamismo del sector agrario en su conjunto. Se aprecian dos factores que inciden en este comportamiento, por un lado, las políticas comerciales sustentadas en los aranceles y el tipo de cambio lo que posibilita la inserción externa. Por otro, las ventajas de producir a contra estación, bajos costos salariales de los trabajadores y políticas públicas de fomento a la exportación (Ríos, 2013).

La arquitectura institucional que respaldó este proceso se basó en el modelo de liberalización económica, lo que implicó una importante reducción de los aranceles externos. Dichas tasas entre los años 1975 a 1982 llegan a disminuir de un 105% a un 10% (Kay, 1997). A partir de 1983 como producto de la crisis económica, se toman medidas de protección para los productos tradicionales más vulnerables. Sin embargo, a partir del año 1999 se comienza un proceso constante de decrecimiento de los aranceles llegando al 6% en 2003. Recientemente Chile ha convergido hacia un arancel ad-valorem del 6% con aquellos países con quien no tiene acuerdos comerciales. Para 2009 tal arancel llegó al mínimo histórico del 1,2%.

Acerca del empleo agrario, se ha caracterizado por su disminución de 745,2 mil trabajadores a 703,2 mil entre los años 1986 – 2010 según el INE de Chile, aproximadamente entre un 35% y 40% serían asalariados agrarios, entre un 28% y 30% asalariados de industrias mineras y otras industrias con residencia en la ruralidad, entre un 23% y 25% asalariados públicos y de empleadores (patrones) una reducción entre 14% y 5%. Por otra parte, su participación relativa en el mercado de empleo nacional descendió de un 19,9 al 9,9%. Tal proceso se podría explicar por tres factores, siguiendo a Ríos (2013).

Primero, al cambiar la orientación productiva generó menor necesidad de trabajadores en términos netos. Segundo, al flexibilizarse el mercado de trabajo agrario propició el aumento de empleos de tipo temporal. Tercero, importante movilidad de trabajadores a otros sectores de la producción especialmente desde la década 2010, particularmente hacia la actividad minera. Por otro lado, es de remarcar que los bajos salarios que se pagan en la agricultura chilena especialmente de los trabajadores no calificados, ha sido una de las ventajas comparativas al momento de exportar (Ríos, 2013, p531).

Teniendo presente lo anteriormente mencionado, se advierte que entre los años 2008 al 2010 se generó un “desenganche” entre el crecimiento económico nacional y la agricultura chilena, dejando evidente los problemas de rentabilidad que atravesaba el sector agroexportador. El modelo de producción frutícola chileno logró desarrollarse en base a un alto nivel de endeudamiento financiero bancario y una fuerte concentración de compradores, especialmente con el mercado estadounidense.

El modelo se consolidó mientras la rentabilidad fue alta y los costos se mantuvieron bajo control. Sin embargo, en los últimos años, la caída de la rentabilidad ha generado un cuestionamiento progresivo de dicho paradigma.

De acuerdo con un estudio del Centro de Estudios del Mercurio (CEP, 2019), la rentabilidad bruta agrícola en Chile experimentó una disminución de aproximadamente un 30% entre mediados de la década de 2000 y 2018. Esta contracción se debió principalmente al aumento de los costos de producción, la escasez hídrica —especialmente en zonas áridas— y la limitada innovación tecnológica, factores que restringen la competitividad y la productividad del sector. A estos elementos se suman influencias externas, como la creciente competencia en los mercados internacionales, las fluctuaciones cambiarias y nuevas tendencias de consumo que privilegian productos orgánicos, sostenibles y con mayor valor agregado.

Por otra parte, la profundización del proceso capitalista en la producción agraria de Uruguay y Chile se manifiesta en el peso creciente del trabajo asalariado, ya sea permanente o a jornal. Esta dinámica caracteriza como capitalistas las relaciones sociales de producción agraria, aunque sin homogeneizar la estructura social del campo. Más bien, define una tendencia predominante en el modo de producción de valor, sin por ello invisibilizar otras formas, relaciones y actores que generan riqueza agraria en ambas sociedades rurales.

Estos asalariados establecen vínculos con sus empleadores: las empresas agropecuarias. En el contexto de las transformaciones productivas mencionadas, estas empresas han reconfigurado su organización productiva para adaptarse al nuevo paradigma tecnológico agrícola.

En un contexto de mercados agropecuarios globales con cadenas de valor dominadas por corporaciones y supermercados nacionales o multinacionales que buscan maximizar las ganancias reduciendo costos sea de transacción y/o fuerza de trabajo, se aprecia el aumento de la precariedad laboral siendo uno de sus indicadores la informalidad, inestabilidad en el tiempo de trabajo, bajos salarios y sesgo de género. En definitiva, como señala FAO, FIDA y OIT:

“… los mercados de empleo emergentes se configuran en canales para transferir costos y riesgos a los eslabones más débiles de la cadena, particularmente las mujeres (...) consolidar estereotipos de género que mantienen a las mujeres en trabajos ocasionales de menor paga, y no necesariamente conducen a una mayor igualdad de género” (FAO, FIDA y OIT, 2010, s/p).

El trabajo por jornal forma parte estructural del proceso productivo latinoamericano, lo cual se profundiza en el marco de cadenas de valor globalizadas como ser: precarización expresada en bajos salarios, trabajo intermitente, trabajo en negro (sin protección social), baja sindicalización, pero por otro lado, las exigencias de buenas prácticas agrícolas (normas específicas de calidad en los mercados de destino) para consumidores dispuestos a pagar por la calidad de los alimentos ha llevado a productores y procesadores agroindustriales a su cumplimiento, lo que implica que los trabajadores de tales sectores de la cadena se encuentren más formalizados, e incorporen prácticas organizacionales en la prevención de accidentes de trabajo y cuidado de su salud (Craviotti. et al, 2008).

Las actuales condiciones competitivas del mercado agropecuario global exigen una reducción constante de costos. Frente a esta presión, las grandes empresas y corporaciones que dominan las cadenas de valor alimentario se valen de las particularidades estructurales del mercado laboral latinoamericano —como la flexibilidad y los bajos salarios— para mantener su competitividad. En este contexto, el empleo por jornal emerge como una estrategia clave, permitiendo ajustar la mano de obra a las demandas fluctuantes del sector mientras se minimizan gastos fijos. (Bamber, y Staritz, 2016).

En resumen, en el marco del paradigma de la agricultura de precisión, se retoma el objetivo histórico del sistema capitalista de incrementar la productividad, esta vez mediante la organización de empresas en cadenas globales de valor, una de las herramientas clave para alcanzar dicho fin. Estas empresas implementan estrategias de “jornalización” del tiempo de trabajo de los y las asalariadas agropecuarias en los distintos eslabones de la cadena productiva. Dicha estrategia está orientada a reducir el costo de la fuerza de trabajo, mejorar la competitividad en precios y utilizar de manera precisa el tiempo necesario para la producción de mercancías agropecuarias globales. Este análisis se centra en el estudio de estos procesos en los mercados de empleo agropecuario de Uruguay y Chile entre 2010 y 2018.

3. Metodología y técnicas.

La estrategia metodológica empleada fue de base cuantitativa – comparativa dada la posibilidad de acceder a fuentes secundarias de información, las cuales fueron para el caso uruguayo las Encuestas Continuas de Hogares (en adelante ECH) de los años 2012 y 2018 del Instituto Nacional de Estadística (en adelante INE), y para el caso chileno la Encuesta Nacional de Empleo (en adelante ENE) del año 2010 y 2018 del Instituto Nacional de Estadística de Chile (en adelante INE Chile) dado que incorporan los territorios rurales y es el período de un crecimiento importante de la producción agroalimentaria en ambos países.

En este sentido, se presenta la siguiente tabla acerca del crecimiento de producción agrícola en Chile y Uruguay.


Tabla 1 – Crecimiento de producción agrícola anual y rubros en Chile y Uruguay 2010 al 2018.

Considerando lo anteriormente planteado, la pregunta problema que se plantea es, ¿cómo ha evolucionado la situación sociolaboral de los trabajadores asalariados agropecuarios en la ruralidad uruguaya y chilena en los últimos 10 años, según las dimensiones de precariedad laboral, generaciones, ingreso por hora, pobreza por ingresos y tamaño de la empresa?

Para el análisis, se definirán las dimensiones de la precariedad laboral, entendida conceptualmente como la situación en la que los trabajadores enfrentan condiciones laborales inseguras, inestables y con bajos salarios, junto con una falta de garantías en sus derechos y protección social. Este fenómeno, que genera incertidumbre y dificultades para planificar el futuro, también abarca jornadas extensas para alcanzar ingresos mínimos y la carencia de un contrato estable (Kalleberg, 2009).

Las conceptualizaciones de trabajo precario varían entre países. En Chile, se define como aquel de corta duración, basado en contratos casuales o temporales que facilitan al empleador la terminación rápida del vínculo laboral (Observatorio de Trabajo Decente, 2025). Por su parte, Uruguay lo asocia principalmente a la falta de protección social, considerando precarios a los trabajadores asalariados que no realizan aportes previsionales a las cajas de jubilación, cobro de aguinaldo como proxy de formalidad en el empleo excluyendo para este fin al autoempleo (Instituto Cuesta Duarte, 2022).

La dimensión generaciones comprende dos dimensiones interrelacionadas: la temporal, que la define como una cohorte de nacimiento, y la sociocultural, que alude a los valores, experiencias y características comunes forjadas por influencias históricas, sociales y tecnológicas. La conjunción de ambas dimensiones es lo que establece el vínculo de una "conciencia generacional" entre sus miembros (Gilleard, y Higgs, 2002).

Para el análisis, se consideran dos dimensiones clave. La primera es el ingreso por hora, que corresponde al monto recibido por cada hora trabajada. Esta medida es fundamental para valorar la remuneración en función del tiempo y comparar condiciones laborales (Kaldor, 1959). La segunda es la pobreza según ingresos, un enfoque económico que identifica como pobres a aquellos cuyos ingresos son insuficientes para cubrir necesidades básicas de alimentación, vestimenta y protección climática. Este concepto se diferencia de los enfoques multidimensionales, que incorporan aspectos como salud, educación y vivienda (CEPAL, 2018).

Finalmente, ara la dimensión de tamaño de empresa, cuyo criterio más común es el número de empleados (junto con la facturación y los activos), se ha seleccionado específicamente el número de empleados como variable de clasificación. Esta variable permite agrupar a las empresas en micro, pequeñas, medianas y grandes, una distinción fundamental para entender su capacidad productiva y para la aplicación de políticas económicas diferenciadas (INE, 2023).

Teniendo en cuenta la pregunta problema de la investigación y la hipótesis que plantea que a pesar de las diferencias en sus modelos de desarrollo agropecuario, en la última década tanto Uruguay como Chile han experimentado una precarización generalizada y diferencial de la situación sociolaboral de los trabajadores asalariados rurales por jornales en relación a los permanentes, manifestada en un estancamiento o deterioro del ingreso por hora, un aumento de la pobreza por ingresos y una alta inestabilidad contractual según el tiempo de trabajo semanal, afectando de manera diferenciada a las generaciones más jóvenes.

La comparabilidad de las dimensiones seleccionadas es posible por la similitud de los ítems en los formularios de encuesta de ambos países, los cuales se alinean con las definiciones conceptuales previamente establecidas. Este diseño posibilita la recolección de datos empíricos comparables para el análisis.

En el caso chileno, se desagregan los sectores de actividad de acuerdo con la Clasificación Internacional Industrial Uniforme - Revisión 4 (CIIU Rev. 4 CL a 1 dígito) empleada en la ENE, posteriormente se consideró la variable dónde trabaja el empleado para de esta manera detectar a los trabajadores asalariados contratados directamente del sector agropecuario.

La tabla siguiente sintetiza las principales características de las respectivas muestras nacionales para cada uno de los años considerados, incluyendo el tamaño muestral, los factores de ponderaciones utilizadas y el total de asalariados/as agrícolas:


Tabla 2. Características de las muestras.

Fuentes: ECH – INE (Uruguay) y ENE – INE (Chile), elaboración propia. Para medir la informalidad del empleo, se seleccionaron dos variables clave en función de los resultados del análisis estadístico: Para Uruguay: a) empleo formal y b) pago de aguinaldo[2]. Para Chile: a) empleo formal [3] y b) horas semanales trabajadas.

Estas variables se consideraron indicadores indirectos de las transformaciones tecnológicas en la producción, bajo la hipótesis de que dichos cambios podrían generar: a) una reducción en la jornada laboral (menos horas semanales trabajadas) y b) un aumento en la precariedad laboral (mayor informalidad). Esta relación busca explorar si la adopción de nuevas tecnologías incide en las condiciones de empleo, favoreciendo formas de trabajo más flexibles y, en algunos casos, más inestables.

Los datos obtenidos se contrastan con los de 2011 del Censo General Agropecuario (en adelante CGA), en el trabajo de María Noel Ackerman y Angela Cortelezzi (2018), ahora, cabe aclarar que al ser aplicado en la ECH 2011 se debe considerar los siguientes criterios: 1- poblaciones rurales y menores de 5000 habitantes y 2- el tiempo de zafralidad entre 1 y 6 meses, estas condiciones fueron las que se aplicaron para mantener el criterio de comparabilidad con el trabajo de las autoras citado.

En el caso chileno, se tomó en cuenta la variable b9 del formulario de la Encuesta Nacional de Empleo que distingue entre trabajadores con contrato indefinido o permanente y definido o por jornales.

Para realizar el análisis estadístico se aplicaron técnicas exploratorias (descripción y exploración de datos), en el caso del cálculo del chi cuadrado se trabajó con la IA Deepseek. Cabe advertir que la ECH se realiza a partir de una muestra de la población, las cifras presentadas son una referencia válida pero no son exactas y el margen de error aumenta a medida que aumenta el nivel de desagregación y las respuestas abarcan un conjunto de personas cada vez menor. Finalmente, se analizó el comportamiento de normalidad de la muestra seleccionada de asalariados agropecuarios en territorios rurales, aplicando la técnica de Kolmogorov – Smirnov con los resultados indicados en los anexos tomando en cuenta la variable horas de trabajo semanal.

4. Análisis y discusión.

Se han seleccionado los casos de las Encuestas Continuas de Hogares (en adelante ECH) de 2012 y 2018 en el caso uruguayo, y para el caso chileno la Encuesta Nacional de Empleo (en adelante ENE) de 2010 y 2018 del INE Chile, tomando en cuenta aquellos que son asalariados en unidades productivas de la agricultura y pecuaria nacional, se realizaron los tests de normalidad para ambas muestras tomando la variable horas de trabajo semana indicando comportamiento de distribución normal de dicha variable (ver Anexos) y posteriormente se realizaron las tablas correspondientes a las dimensiones de análisis planteadas para el período en cuestión. Se inicia con el comportamiento del tiempo de trabajo.


Tabla 3 – Tiempo de trabajo semanal 2010 – 2018.

Fuente: Elaboración propia en base a ECH y ENE 2010 – 2018 y 2012- 2018. INE – Uruguay e INE – Chile.

En el caso chileno el promedio semanal se redujo aproximadamente una hora y el coeficiente de variación se mantuvo constante en 0,21, para el caso uruguayo, la reducción fue de casi tres horas semanales y el coeficiente de variación varió de 0,28 en 2012 a 0,27 en 2018. Indicando comportamientos diferenciales en las horas de trabajo semanal en ambos mercados de trabajo, ante ello se realizaron pruebas de hipótesis sobre las medias de horas de trabajo semanal, el detalle de los resultados y método utilizado se encuentra en los anexos.

Se observo para 2012 – 2010 evidencia estadística de que el promedio de horas semanales trabajadas difiere significativamente entre Uruguay (2010) y Chile (2012), es decir que la diferencia observada (0.79 horas) es estadísticamente significativa pero pequeña en términos prácticos. Para 2018 en promedio Chile reporta 1,24 horas semanales más que Uruguay, y existe diferencia estadísticamente significativa. En resumen, ambos mercados de empleo son diferentes de acuerdo con las horas de trabajo semanal, el caso uruguayo presenta mayor dispersión, pero concentración en jornadas completas (48 hrs) y leve tendencia a reducir dicha dispersión mientras que el caso chileno, menor dispersión en el período de estudio y homogenización. A tener presente limitaciones como ser las diferencias metodológicas de medición, las asimetrías observadas en las distribuciones y los contextos socioeconómicos distintos.

En definitiva, se observan mercados laborales distintos en cuanto a la jornada semanal, pero ambos son fundamentalmente estables y muestran una tendencia a la reducción de las horas demandadas a los asalariados agropecuarios en Chile y Uruguay. Este fenómeno se comprende, en parte, por la progresiva adopción del paradigma de la agricultura de precisión, que optimiza resultados mediante una menor dependencia del tiempo de trabajo humano.

A continuación, datos acerca de las horas de trabajo semanal por tipo de empleo contratado.


Tabla 4 – Horas de trabajo semanal según tipo de empleo 2010 – 2018.

Fuente: Elaboración propia en base a ECH y ENE 2010 – 2018 y 2012- 2018. INE – Uruguay e INE – Chile.

La evolución de la jornada laboral entre trabajadores asalariados muestra patrones diferenciados según el tipo de contrato (permanente vs. jornal) en ambos países. Se observa que: a) entre los trabajadores permanentes, en Uruguay y Chile presentan una convergencia hacia un promedio de 44 horas semanales, mostrando una relativa estabilidad temporal. b) entre los jornaleros, Uruguay registra una reducción del 12% en el promedio de horas trabajadas y Chile muestra una disminución más moderada (2%).

Al analizar la mediana, los cambios más pronunciados ocurren entre jornaleros uruguayos, tanto en reducción de horas trabajadas (mediana) y en la dispersión de la distribución (variabilidad). Se aprecia que esta dinámica diferencial sugiere procesos de precarización laboral más intensos en el sector jornalero uruguayo, mientras que el mercado laboral chileno muestra mayor estabilidad en estas dimensiones.

En definitiva, se analiza un comportamiento diferencial en la reducción de horas de trabajo semanal entre los trabajadores agrarios de Chile y Uruguay. Ahora, por el tipo de contrato se aprecia que entre los asalariados permanentes la reducción es mínima y se mantiene estable en el período de tiempo analizado considerando la mediana, mientras que entre los jornaleros la mayor disminución de horas semanales es en Uruguay, lo que sugiere transformaciones más profundas en la gestión del tiempo de trabajo, posiblemente vinculadas a procesos de intensificación productiva o flexibilización laboral.

Los datos a continuación dan cuenta de las principales características de los/as asalariados/as agropecuarios, en las horas semanales que desarrollan sus tareas según la generación de pertenencia. ¿Afectará trabajar en la semana a todos por igual?


Tabla 5 – Características de los asalariados agrarios según generaciones – Uruguay 2012 -2018 – Chile 2010 – 2018.

Fuente: ECH – INE 2012 y 2018, elaboración propia y ENE 2010 y 2018– INE Chile elaboración propia.

En el caso chileno lo que respecta a ingreso por hora y pobreza por ingresos, se considera la información proveniente de la Encuesta CASEN[6]2010 y 2012 con el objetivo no de comparar dado que son diseños muestrales diferentes, pero para tener una idea del comportamiento de dichas variables. Para el 2010 el ingreso por hora para jóvenes fue de USD 7,83[7]y 6,5% de pobreza por ingresos, en cambio para 2018 la hora de trabajo se pagó USD 9,43 un aumento del 20,0% y la pobreza aumento a 14,3% de los/as jóvenes asalariados/as. En tanto entre los adultos, el ingreso por hora fue en 2010 de USD 8,78 y en 2018 USD 10,11 un incremento del 15%, por otro lado, la pobreza entre los/as asalariados/as adultos en 2010 era del 8,6% y en 2018 del 6,3% una disminución importante.

El resto de las variables que forman parte de la ENE se aprecia una leve reducción del 2% en las horas de trabajo semanal para ambas generaciones, aumento de la formalidad en general y finalmente ambas generaciones de asalariados/as trabajando en empresas entre 11 y 49 empleados mayoritariamente.

En Uruguay se registra una dinámica diferenciada de la chilena. Entre los asalariados jóvenes y adultos, se observa una tendencia al aumento de la jornada laboral semanal, particularmente marcada en el grupo adulto, en un contexto de reducción de la formalidad. Si bien la remuneración por hora aumenta en ambos grupos generacionales, el incremento es mayor entre los jóvenes. Por último, el tamaño de la empresa donde se desempeñan se mantiene estable, concentrándose en unidades de menos de 10 empleados.

A modo de síntesis, se registra en Chile una trayectoria de mayor formalización y crecimiento de los ingresos, aunque acompañada de un preocupante aumento de la pobreza juvenil. Mientras que, en Uruguay, un estancamiento de los ingresos para los adultos, pero contrasta con una reducción drástica de la pobreza en todos los grupos generacionales.

En ambos países, los trabajadores adultos registran mayores niveles de formalidad e ingresos. No obstante, en Uruguay su jornada laboral es más extensa. Finalmente, se distingue una divergencia estructural en el tejido empresarial: Chile presenta una distribución más equilibrada, con un peso significativo de las medianas empresas, mientras que en Uruguay prevalece una alta concentración en microempresas.

En conclusión, durante los períodos analizados (Chile 2010-2018; Uruguay 2012-2018), se identifican dos modelos distintos:

1.Chile: Avanza en indicadores clásicos de calidad laboral (ingresos y formalización), pero sufre una precarización juvenil reflejada en el aumento de la pobreza en este segmento.

2.Uruguay: Evidencia una clara recuperación postcrisis (de 2002), con una drástica reducción de la pobreza general, lograda en un marco de estancamiento salarial para los adultos y un aumento de su carga horaria.

Ante lo expuesto se procuró profundizar en la medida de lo posible, por medio de una prueba chi cuadrado para conocer si existiera relación entre formalidad, grupos etarios y países. Los resultados son los que siguen a continuación. El análisis de grupo etario y formalidad indica una asociación significativa (χ2=373.5 p < 0.05), señalando que los adultos tienen mayor formalidad que los jóvenes. Mientras que entre país y formalidad se aprecia una asociación significativa (χ2=25,21, p<0.05), en la cual Chile tiene mayor formalidad que Uruguay en estos datos.

En definitiva, los/as jóvenes presentan mayor informalidad laboral en el período analizado en ambos países y Chile presenta mayor formalidad.

A continuación, el análisis mantiene las mismas variables observadas según generaciones, pero profundizando en el tipo de relación laboral, es decir, si el asalariado/as es contratado de forma permanente o por jornal. Se inicia el análisis por los/as asalariados por jornal.


Tabla 6 – Características de los asalariados según generaciones y empleo jornal – Uruguay 2012 -2018 – Chile 2010 – 2018

Fuente: ECH – INE 2012 y 2018, elaboración propia y ENE 2010 y 2018– INE Chile elaboración propia.

En el caso chileno se aprecia un aumento en las horas de trabajo semanal entre los/as asalariados/as por jornal, especialmente en los/as jóvenes durante el período de estudio. Aumento de la formalidad laboral con énfasis en los/as asalariados/as jóvenes, diferencias en la paga por hora en este caso a favor de los/as adultos, es decir, en el período analizado tienden a ganar más que los/as jóvenes desarrollando la misma contratación por jornal, aumento de la pobreza por ingresos con un leve énfasis entre los/as adultos y finalmente, aumenta la participación de los/as asalariados por jornal en ambas generaciones en el trabajo de empresas con menos de 50 empleados.

En el caso uruguayo se aprecia una disminución en las horas de trabajo semanal, con mayor énfasis en los/as asalariados/as jóvenes, en relación con la formalidad laboral aumento de esta especialmente en los/as jóvenes y leve disminución en los/as asalariados/as adultos. En materia de la paga por hora trabajada, sigue existiendo una diferencia durante el período analizado a favor de los adultos a pesar de aumentar en mayor proporción la paga para los/as jóvenes asalariados/as. La pobreza medida por ingresos tiende a disminuir en general, particularmente entre los/as jóvenes con relación a los/as adultos, pero siguen siendo los/as jóvenes quiénes representan en mayor porcentaje a los/as asalariados pobres según ingresos. Finalmente, ambos grupos generacionales mayoritariamente trabajan en empresas con menos de 10 empleados.

En síntesis, las situaciones de Chile y Uruguay presentan semejanzas y contrastes clave. Como punto en común, en ambos países los jóvenes asalariados agropecuarios perciben una remuneración horaria inferior a la de los adultos y se desempeñan predominantemente en empresas de menos de 49 empleados. Asimismo, se registra una tendencia hacia una mayor formalidad laboral, que ha sido más acentuada entre los jóvenes.

Entre las diferencias principales, se destaca la evolución opuesta de la jornada laboral: esta ha aumentado en Chile, pero disminuido en Uruguay. Como resultado, los jóvenes chilenos trabajan más horas semanales que sus pares uruguayos. Finalmente, si bien la pobreza por ingresos muestra una tendencia a la baja en Uruguay y al alza en Chile, en ambos casos los jóvenes constituyen el segmento poblacional más vulnerable.


Tabla 7 – Características de los asalariados agrarios según generaciones y empleo permanente– Uruguay 2012 -2018 – Chile 2010 – 2018.

Fuente: ECH – INE 2012 y 2018, elaboración propia y ENE 2010 y 2018– INE Chile elaboración propia.

Ahora, en la presente tabla se analizará a los/as asalariados en relación laboral permanente. Para comenzar con Chile, en tal sentido los/as asalariados jóvenes y adultos disminuyen las horas de trabajo semanal, pero son los/as adultos quienes más reducen. En materia de formalidad laboral mejora en formalización, aunque baja levemente en jóvenes, en materia de retribución salarial por hora en ambos grupos generacionales se observa baja, pero es mayor entre los/as jóvenes asalariados. En materia de pobreza según ingresos, entre los/as jóvenes aumenta, se mantiene estable en los/as adultos y en 2018 los jóvenes chilenos son más vulnerables. Por último, en 2010 se observa predominio de grandes empresas (>200 empleados: 24,2%) y en 2018, mayor diversificación (empresas medianas, 50–199 empleados: 38%).

En el caso uruguayo, en ambos grupos generacionales se observa disminución de las horas de trabajo semanal, pero son los jóvenes los que más horas reducen con una caída marcada en 2018. Lo que refiere a la formalidad laboral, se advierte aumento entre los/as jóvenes asalariados y disminución entre los/as adultos, Uruguay presenta mayor precariedad, especialmente en jóvenes. La paga por hora de trabajo se observa aumento sostenido en líneas generales, pero en mayor porcentaje entre los/as jóvenes aun así se evidencian asimetrías. Importante reducción en la pobreza por ingresos (jóvenes: 13% → 6,2%; adultos: 11% → 5,4%). Ambos grupos generacionales trabajan de forma preponderante en microempresas (1–10 empleados: 62–67%).

En síntesis, si bien los asalariados permanentes de Uruguay y Chile comparten una tendencia a la reducción de la jornada laboral semanal, el análisis revela marcadas diferencias generacionales y nacionales. Una divergencia central reside en la formalidad laboral: en Chile esta disminuye entre los jóvenes, mientras que en Uruguay aumenta; patrón que se invierte para el caso de los adultos.

Más allá de estas diferencias, persisten dos constantes estructurales en ambos países. Primero, se observa una brecha salarial generacional desfavorable para los jóvenes, quienes perciben un menor ingreso por hora que los adultos a pesar de contar, en promedio, con un mayor nivel educativo. Segundo, los jóvenes constituyen sistemáticamente el grupo con mayor incidencia de pobreza por ingresos. Finalmente, el mercado laboral agropecuario en ambos países se caracteriza por una alta concentración de la ocupación en empresas de pequeña escala (menos de 50 empleados), tanto para jóvenes como para adultos.

En definitiva, el análisis comparativo entre Chile y Uruguay revela modelos sociolaborales divergentes. Chile se caracteriza por una mayor formalidad y una jornada laboral más extensa, aunque enfrenta un estancamiento de los ingresos y un incremento de la pobreza juvenil. Por su parte, Uruguay presenta una tendencia favorable en la reducción de la pobreza y una mejoría en los ingresos, si bien lo hace en un contexto de elevada informalidad y una alta concentración del empleo en microempresas.

Al desagregar por grupos etarios, se observa que los jóvenes chilenos experimentan un deterioro en sus condiciones, con un aumento de la pobreza y una menor formalidad. En cambio, los jóvenes uruguayos registran mejores ingresos, pero la informalidad laboral entre ellos se mantiene como un desafío persistente. En cuanto a los adultos, este grupo muestra mayor estabilidad en ambos países; no obstante, Uruguay consigue resultados más favorables en la reducción de la pobreza por ingresos para este segmento.

La comparación entre trabajadores jornaleros y permanentes en ambos países permite identificar, en primer término, una contracción general de la jornada laboral semanal, particularmente marcada entre los empleados permanentes. Asimismo, se constata una evolución divergente en el grupo de los jornaleros: frente a una expansión de la jornada en Chile, se registra una contracción en Uruguay.

Estos hallazgos permiten inferir la existencia de modelos nacionales diferenciados en la gestión del tiempo de trabajo. Mientras en un caso podrían responder a un intento de optimizar la productividad mediante una racionalización de la jornada, en línea con el paradigma de la agricultura de precisión. En el otro la jornalización opera como una variable de ajuste sujeta a las particularidades de cada mercado laboral y marco de políticas sectoriales, explicando así su aplicación no uniforme.

5. Conclusiones.

Este artículo analizó algunas características de la evolución de la situación sociolaboral de los asalariados agropecuarios en las ruralidades de Uruguay y Chile durante la última década, centrándose en cuatro dimensiones clave: precariedad, diferencias generacionales, pobreza y organización del tiempo de trabajo. Los hallazgos revelan: reducción generalizada de las horas semanales trabajadas, aunque con disparidades en formalidad laboral y remuneración por hora. A pesar de estas diferencias, ambos países muestran tendencias comunes: disminución de la pobreza y concentración del empleo en empresas medianas y pequeñas.

Brechas generacionales, los jóvenes asalariados se insertan predominantemente en empleos flexibles y estacionales, con menores salarios por hora. Esta dinámica los convierte en un factor de ajuste competitivo para las empresas agropecuarias, permitiéndoles adaptarse a las demandas del mercado global (Bernstein, 2016). No obstante, paradójicamente, este grupo presenta las tasas más altas de pobreza por ingresos.

Asimismo, y considerando las características productivas del paradigma de producción que busca reducir los tiempos de trabajo para lograr una mayor eficiencia en el uso de los recursos productivos, así como la hipótesis planteada, se puede afirmar que la evidencia indirecta basada en las horas semanales de trabajo refleja la aplicación del paradigma de precisión. Además, la bibliografía reciente señala un aumento de los factores totales de producción en los últimos diez años (Riella, y Romero, 2014). Por otra parte, acerca de las condiciones laborales a pesar de las diferencias en sus modelos de desarrollo agropecuario entre Chile y Uruguay, se observa precarización y flexibilización laboral, el avance del modelo capitalista en el agro se refleja en el crecimiento del trabajo asalariado, donde el jornal emerge como una modalidad flexible y estacional. Esta forma de contratación permite a las empresas de la cadena de valor optimizar costos durante períodos productivos intensivos, sosteniendo así su competitividad internacional.

Finalmente, asimetrías en la retribución laboral, es decir, los jóvenes, pese a ser funcionales al sistema productivo (al reducir costos y aumentar eficiencia), enfrentan una precarización creciente de sus condiciones de vida. Incluso dentro del trabajo jornalero, se identifica una distribución desigual de las remuneraciones en relación con el esfuerzo exigido, lo que acentúa una apropiación generacional diferenciada del excedente.

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7. Anexos.



Prueba de Normalidad – Kolmogorov. Caso Uruguay ECH 2012.



Prueba de Normalidad – Kolmogorov. Caso Uruguay ECH 2018.



Prueba de Normalidad – Kolmogorov. Caso Chile ENE 2010.



Prueba de Normalidad – Kolmogorov. Caso Chile ENE 2018.

Análisis de Prueba de Hipótesis para Horas Semanales Trabajadas: Uruguay 2010 vs. Chile 2012.

1. Planteamiento del Problema

Se desea comparar si existe diferencia estadísticamente significativa entre el promedio de horas semanales trabajadas en Uruguay (2010) y Chile (2012), utilizando los datos proporcionados.

2. Estadísticos Descriptivos

Estadístico Uruguay 2010 Chile 2012 N casos válidos 1,467 42,837 Media 45.59 hrs 44.80 hrs Mediana 48.00 hrs 45.00 hrs Desviación Estándar 12.857 9.491 Coeficiente Variación 0.28 0.21 Importar_tabla5265c64616

3. Prueba de Hipótesis

Hipótesis:

H₀: μ_Uruguay = μ_Chile (no hay diferencia en las medias) H₁: μ_Uruguay ≠ μ_Chile (existe diferencia) Importar lista1

Método:

Dada la diferencia en tamaños muestrales y varianzas, aplicamos una prueba t para muestras independientes con varianzas desiguales (prueba de Welch).

Cálculos:

Diferencia de medias:Δ = 45.59 - 44.80 = 0.79 horas Error estándar:SE = √(s₁²/n₁ + s₂²/n₂) = √(12.857²/1467 + 9.491²/42837) ≈ 0.3389 Estadístico t:t = Δ/SE = 0.79/0.3389 ≈ 2.33 Grados de libertad (aproximación Welch-Satterthwaite):df ≈ 1,800 Valor p (dos colas): p ≈ 0.02 Importar lista2

4. Resultados

Estadístico t = 2.33 Valor p = 0.02 Diferencia media = 0.79 horas (Uruguay > Chile) Importar lista3

5. Conclusión

Con un nivel de significancia α = 0.05:

Rechazamos H₀ (p < 0.05) Existe evidencia estadística de que el promedio de horas semanales trabajadas difiere significativamente entre Uruguay (2010) y Chile (2012) La diferencia observada (0.79 horas) es estadísticamente significativa pero pequeña en términos prácticos Importar lista4

Análisis Comparativo de Horas Semanales Trabajadas: Uruguay vs. Chile (2018).

1. Descripción de los Datos

Estadísticos clave:

Estadístico Uruguay 2018 Chile 2018 N casos válidos 1,223 42,864 Media (horas/sem) 42.99 44.23 Mediana (horas/sem) 48.00 45.00 Desviación Estándar 11.484 9.196 Coef. Variación 0.27 0.21 Importar_tabla5265c64616

Prueba de Hipótesis.

Planteamiento:

H₀: μ_Uruguay = μ_Chile (no diferencia en horas medias) H₁: μ_Uruguay ≠ μ_Chile (existe diferencia) Importar lista5

Método:

Prueba t de Welch para muestras independientes con varianzas desiguales.

Cálculos:

1. Diferencia de medias = 42.99 - 44.23 = -1.24 horas

2. Error estándar = √[(11.484²/1223) + (9.196²/42864)] ≈ 0.334

3. Estadístico t = -1.24/0.334 ≈ -3.713

4. Grados de libertad ≈ 1,500 (aproximación Welch-Satterthwaite)

5. Valor p (dos colas) < 0.001

Resultados

· t ≈ -3.713

· p < 0.001

· Diferencia media = -1.24 horas (Uruguay < Chile)

· IC 95%: [-1.90, -0.58] horas

Conclusiones.

Resultado significativo (p < 0.001): Rechazamos H₀ Existe diferencia estadísticamente significativa Dirección de la diferencia: En promedio, Chile reporta 1.24 horas semanales más que Uruguay Magnitud del efecto: Diferencia pequeña pero significativa Cohens d = 1.24/√[(11.484²+9.196²)/2] ≈ 0.12 (efecto pequeño)







Notas

[1] Fuente: Base de datos de CEPALSTAT (División de Estadísticas) e Informes de Empleo Rural de la OIT (OIT, 2021).
[2] Aguinaldo: regulado por la Ley Nº 12.840 de 22 de diciembre de 1960. Todo patrono tiene la obligación de abonar a sus empleados dentro de los diez días anteriores al 24 de diciembre de cada año, un sueldo anual complementario. Es un derecho originado por la formalidad del empleo.
[3] Se consideró ocupación formal: aquellos asalariados que cuentan con cotizaciones de previsión social (AFP) por concepto de su vínculo laboral con un empleador.
[4] Fuente: Banco Central de Chile, cotización promedio en 2009 USD 1 = $ 560 y en 2017 USD 1 = $ 651. Se menciona 2009 y 2017 porque son los años de relevamiento del dato que se publican el año siguiente.
[5] Fuente: Banco Central del Uruguay, cotización promedio en 2018 USD 1 = $U 31,5 y en 2012 USD 1 = $U 20.
[6] Encuesta de Caracterización Socioeconómica Nacional (CASEN).
[7] El promedio de ingresos para jóvenes asalariados en 2010 según CASEN, sobre el promedio de horas trabajadas, transformado a USD de acuerdo con el promedio del dólar estadunidense 2010.


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