Reseñas
Recepción: 28 Octubre 2022
Aprobación: 31 Octubre 2022

El pensamiento económico de alejandro bunge
Universidad Nacional de General Sarmiento (Argentina) doi: 10.29166/economa.v74i120.4000
El Ministerio de Economía de la Argentina viene promoviendo, a través de publicaciones recientes, el debate sobre la historia del pensamiento económico. Específicamente, de aquellos personajes que por su trascendencia histórica tuvieron una importante relevancia e impacto regional, como Raúl Prebisch, Aldo Ferrer, Marcelo Diamand, entre otros.1 Esta iniciativa no solo resulta relevante para la Argentina, sino para el conjunto de los países de América Latina que, siempre vulnerables a los avatares de la economía mundial, de los efectos provenientes de las naciones desarrolladas y de los organismos financieros internacionales, pueden enriquecerse de los aportes de diversos intelectuales heterodoxos de la economía y la política económica. En esta reseña nos ocupamos de sintetizar y analizar la importancia del pensamiento económico de Alejandro Bunge (1880-1943), recientemente publicado por el sello editorial Manuel Belgrano.
En un comienzo, es Andrés Asain el encargado de introducir algunas reflexiones preliminares al libro que recopila los principales aportes de Bunge. Como destaca, el economista Bunge fue uno de los exponentes más grandes del desarrollo industrial en la era del consenso del modelo agroexportador (1880-1930). Aunque, a su vez, fue parte de la élite conservadora que se alineaba a las grandes consignas de la estrategia agroexportadora, sus ideas de avanzada lo condenaron al margen del pensamiento mainstream de la economía en su época. Así, los debates entre las élites liberales de raíz agropecuaria y los partidarios del disruptivo movimiento del presidente Hipólito Yrigoyen (1916-1922 y 1928-1930), que en cierta medida tampoco cuestionaban el modelo agroexportador, hicieron que sus propuestas industrializadoras aparecieran como inusitadas.
No obstante, Bunge se encargó de condensar un trabajo prolífico en la prestigiosa Revista de Economía Argentina, insistiendo en los planteamientos que tomaban como punto de partida la discusión sobre el agotamiento del modelo agropecuario, del impacto negativo que generaba en la economía la reducción de los precios de las materias primas, la posibilidad de desarrollar una unidad aduanera con países del sur y generar mecanismos para revertir la dependencia económica, entre otras discusiones. Como sostiene Asain, las ideas de Bunge, como su posterior difusión a través de sus discípulos nucleados en el Instituto Alejandro Bunge, fueron importantes a la hora de generar antecedentes de relevancia en generaciones de economistas como en instituciones que posteriormente impulsarían el estructuralismo latinoamericano. Así, la preocupación por conciliar el modelo agropecuario con una industria interna que motorizara el desarrollo nacional estuvo en el centro del pensamiento bungeano, recuperando así las propuestas industrialistas del economista alemán Friedrich List (1789-1846).
Los textos, artículos y conferencias de Bunge recopilados en esta edición del Ministerio de Economía argentino constituyen piezas relevantes para el debate intelectual. Así, por ejemplo, en «La nueva política económica argentina., conferencia dictada en 1921, puede verse con claridad la preocupación de Bunge por acabar con una producción «simple» (concentrada en el procesamiento mínimo de materias primas y alimentos), sin por eso negar el dinamismo del modelo agroexportador. Como buen historicista, Bunge debatía con argumentos que recuperaban la experiencia de naciones industrializadas, principalmente las teorías del rendimiento absoluto y las concepciones de invariabilidad de las estructuras económicas. Así, bogaba por una diversificación de cultivos agropecuarios, en articulación con la promoción de industrias derivadas del sector primarios. En este sentido, Bunge no negaba el progreso económico que permitió a la burguesía terrateniente desplegar el modelo agroexportador y su vinculación con Inglaterra y otras naciones desarrolladas. Sin embargo, veía con preocupación la sustituible producción argentina en los dominios británicos, asegurando que un peligro palpable sería que «vendríamos a quedar casi fuera de su órbita comercial» (p. 73). Por ello, aseguraba que Argentina no era más que un país «satélite» en el esquema dominado por las naciones desarrolladas, principalmente Inglaterra. De la misma manera, tuvo en cuenta el peligro que significaba para la Argentina la política proteccionista del campo norteamericano, lo que demandaba aún más el fomento a las industrias alimentarias y la industrialización que supusieran una mayor diversificación como el arroz, la yerba mate, la seda, entre otras. Así, sus ideas nacionalistas lo llevaron a cuestionar el libre cambio y el cosmopolitismo de las elites argentinas y a exaltar, por el contrario, factores físicos como las formaciones carboníferas, los yacimientos de petróleo, los minerales para la construcción, entre otros, reivindicando una lucha contra su importación.
Durante los años 1920, en la denominada unidad del valor, pueden examinarse las discusiones que Bunge abriera con economistas internacionales de la talla de Irvin Fisher (1867-1947) y Charles Gide (1847-1932) sobre temas como el aumento de precios primarios y los shocks internacionales, entre otros asuntos. Justamente, el tema del aumento de los precios internacionales interesó a Bunge más que otros, atribuyendo especial importancia a la mayor estabilidad de los precios manufacturados importados de las naciones desarrolladas. Sin embargo, el aumento de estos últimos, según razonaba Bunge, podían explicar en gran medida la inflación en contextos de ausencia de expansión monetaria y de crédito en la Argentina de aquel entonces. La vieja discusión de la emisión monetaria como causa de la inflación fue remontada por Bunge, quien en sus pronunciamientos analizaba cómo la base monetaria de la Argentina crecía progresivamente durante los primeros lustros del siglo xx, pero acompañada de una mayor capacidad económica nacional (años en que operaba la llamada Caja de Conversión). De esta manera, el economista planteaba un problema de vital importancia por su trascendencia histórica contemporánea: no podía esperarse una deflación doméstica dado que, post Primera Guerra Mundial, los factores externos la incentivaban.
En Una crisis de las fuerzas creadoras, texto publicado en 1927, Bunge se detuvo en los cambios irreversibles que dejaba la post Primera Guerra en la economía mundial y especialmente en la Argentina. El economista insistía en la existencia
de trabas al desarrollo que imponían un menor ritmo de crecimiento. Así, argumentaba que la baja de la producción agrícola en más del 30% (1908-1925), aún más las de ganado lanar y vacuno, explicaban una disminución del 11% de las exportaciones. Este marco, impactaba también negativamente en la industria, la obra pública y las inversiones extranjeras. Aunque Bunge observaba una estabilización de la producción en cantidades durante 1926, destacaba que el costo de vida local no había aumentado y la moneda nacional no se había depreciado, pero insistía en las consecuencias negativas de la caída de los precios de exportaciones. Esto llevaba a Bunge a pronunciarse como contrario de los métodos de reajuste que se sugerían en las teorías convencionales, las cuales propiciaban mayor desregulación para «dejar hacer» a los mercados, como la restricción monetaria, la reducción de los gastos fiscales, la baja de los salarios, la reducción del consumo, entre otros factores. Por el contrario, promovía el aumento de la eficiencia mediante mejores métodos productivos, incorporación de máquinas y tecnologías de punta. Puntualmente, observaba el taylorismo norteamericano y mostraba interés en la industria como punta de lanza, sin por eso descuidar la producción agropecuaria. Respecto a esta última, recomendaba una colonización de tierras y aumento de la producción en el mediano plazo, incremento del transporte acorde al aumento de las toneladas de productos exportables, mayor producción de kilómetros en caminos como estrategia análoga a las naciones jóvenes como Canadá o Australia. También sugería la utilización de las deudas flotantes de la nación, provincias y municipios en obras reproductivas.
Luego, en el apartado denominado La baja del cambio no ha valorizado el trigo, puede analizarse como el pensador económico advertía sobre la correlación entre el tipo de cambio y los precios de los cereales. Así, argumentaba contra los defensores del cambio bajo los efectos desfavorables de una política de este tipo, incentivando la venta de trigo, por ejemplo, a precios bajos ante la necesidad de medios de pago en oro. Luego, en la conferencia «La independencia económica argentina. dictada en 1938 dedicó mayor importancia a la cuestión del desarrollo nacional. Reivindicando las alturas de las circunstancias y las oportunidades que abrían las secuelas de la crisis internacional, Bunge se apoyaba en las ideas de los pioneros del desarrollo local como el ministro de Hacienda Enrique Uriburu (1931-1932) y el economista con proyección internacional Raúl Prebisch, para motivar el aprovechamiento las oportunidades. Estas, eran enumeradas en los niveles reducidos de deuda pública, de presión impositiva, de déficits públicos nacionales y provinciales, de números de desocupados y otros como la capacidad exportadora, el superávit comercial y, en definitiva, la oportunidad de diversificación productiva. Realizando un recuento de todos estos puntos, Bungle concluía en que la Argentina no podía seguir dependiendo de altos precios de productos importables y bajos exportables, y menos que debían cubrirse con oro ajeno (de operaciones financieras principalmente) los déficits comerciales y la falta de infraestructura interna. Ante esto, era necesario diversificar la producción e incentivar el mercado financiero nacional. Puntualmente, Bunge explicaba el proyecto de empréstito financiero para la consolidación de deuda flotante que diseñara y que también involucraba otros proyectos como la creación de un banco central, la conversión de la moneda nacional, una ley general de bancos, una reforma impositiva y otras medidas destinadas a incentivar la actividad económica. En definitiva, aunque Bunge proponía que
no se emitiera más moneda que la que estuviera representada por oro en la Caja de Conversión y Redescuento, pedía que se autorizara al poder ejecutivo a emitir y vender en plaza títulos de pesos moneda nacional, entre otras medidas destinadas al fomento del mercado financiero local.
Entrados los años 1930, en La Argen-tina ante la bancarrota de la economía internacional, Bunge mostraba su escepticismo sobre el reanudamiento de las relaciones comerciales internacionales en sentido dinámico tras la Primera Guerra y la crisis de 1930. Era tanto así que el economista preveía el declive de las antiguas dinámicas de fines del siglo xix y principios del xx, sobre la base de la observación de «la muerte del gran comercio internacional de las manufacturas» (p. 204). Por eso, consideraba que, sin descuidar la producción de materias primas, que se mantendría en el tiempo, pero que en el mediano plazo debería articularse con los incentivos al incremento de población local, debía iniciarse una diversificación productiva. Detrás de esta consigna Bunge llamaba a prepararse para cualquier vuelta de un internacionalismo comercial que encontrara a la Argentina con recursos vacantes para una mejor inserción. También, en Hacia la independencia económica (1942), Bunge observó en las vísperas de los años 40 una tendencia creciente hacia la producción local frente a la importada que ya superaba al final del período las tres cuartas partes del total, preanunciando una nueva época.
Las ideas de Bunge durante la primera mitad del siglo xx todavía siguen cobrando importancia para las primeras décadas del siglo xxi. Las estructuras económicas de los países latinoamericanos aún muestran una alta vulnerabilidad a eventos exógenos, principalmente a los ciclos de los precios de las materias primas, las tasas de interés internacionales y otros factores, como las alteraciones en la disponibilidad de liquidez internacional. Por eso, recuperar a pensadores como Bunge que, aunque en sus años formaron parte de las discusiones marginales dentro de las ideas establecidas, se torna una tarea intelectual imprescindible para buscar respuestas en la actualidad. La iniciativa del Ministerio de Economía de la Argentina por recuperar a intelectuales de la historia del pensamiento económico se presenta, de esta manera, en una política pública elemental para promover la discusión económica nacional y regional. Especialmente para quienes creemos que, en ese orden, de integración amplia de las economías, pueden hallarse las claves para acabar con muchas de las desigualdades e injusticias a la que nos condena una estructura productiva escasamente desarrollada.
Notas

