Reseñas

| Yushimito Carlos. Marginalia. 2018. Lima. Editorial Peisa. 314pp. |
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La reciente edición de Marginalia de Carlos Yushimito es un hecho que no se debería pasar por alto. La principal razón, creo decididamente, porque es un libro que ciertamente perdurará como lección de escritura para muchos escritores y lectores en ciernes, y para los que van ya logrando una formación personal. Es un libro que se puede leer entre un Ribeyro —y por momentos un Borges o un Cortázar— y un blog de internet. Es un libro actual que ha aprendido mucho de su primera edición de 2015, publicada por Odradek.
Entre la edición referida y esta, que se comenta, hay varias mejoras que el lector debería tomar en cuenta para decidir cuál tener entre sus manos o por cuál entrar primero. La de hace cuatro años es realmente un proyecto de una escritura más grande. El lector puede reconocer ello sin dificultades antes de la primera mitad del libro. Son reflexiones que realiza un lector, un escritor, un consumista, un disconforme, un preso en una torre de marfil, una presa del mercado literario, un intelectual que no quiere serlo, un crítico que oscila entre la cotidianeidad y el mundo académico, un hombre de a pie que va descubriendo la reflexión. Un extranjero fuera de su país y un extraño de su mundo, pero, sobre todo, alguien que se siente muy cercano de la palabra. Todo ello en una escritura sintética, que va del aforismo a la moderada extensión de dos o tres pequeñas páginas. El problema es que todo esto todavía tiene un corsé que constriñe la libertad que el proyecto quisiera. Todo lo que se entrega parece más bien destinado a un lector con cierto interés a la literatura o, al menos, a la lectura itinerante. Las ideas que se entregan aparecen en varios momentos sometidas a una escritura desde una mirada del escritor intelectual. Si bien ya aparecen comentarios que aterrizan a una vida cotidiana (como la nota 21 sobre los muñequitos G.I. Joe), estos son los menos, casi escasos. Se puede sentir qué quisiera hacer, pero aún no se llega por su falta.
En esta nueva edición, Yushimito incluye más máscaras para el carnaval: un cínico del circuito literario, alguien que critica el Premio Nobel de Dylan, el maestro que tiene clases, el peruano que repiensa el hablar y el ser de otros peruanos; aparece alguien con mirada crítica a la política actual, y otros más. Alguien podría anotar que estos ya estaban contenidos antes y podría tener razón, pero aquí se explotan, y sus comentarios se liberan con más naturalidad desde una escritura más cercana y pretenden al humor: «Etimología: macho, del griego masculus, que a su vez proviene de mas, maris (sexo masculino) y del sufijo -ulus, que sirve de diminutivo. Originalmente, pues, se usaba en el latín vulgar para designar a los varones chiquitos (cachorros humanos), que son los que tienen, además del entendimiento poco desarrollado, dificultad para distinguir el bien del mal, y el pene pequeño» (p. 132). O las líneas narrativas de la nota 78 de la segunda parte. Ahora aparecen imágenes que van desde litografías de la Edad Media hasta carteles publicitarios con los que se comentan. Aparecen citas que pueden llegar a sacar una sonrisa, como la nota V: «Alguien me dijo: su libro será un fracaso que hará reír. Y hallé júbilo en la predestinación: al imaginar tres docenas de lectores riendo de las páginas de mi fracaso» (Hilda Mundy) (p. 259). Suertes de diálogos entre un escritor y un lector. A la mitad del libro, el lector puede respirar la libertad con la que el libro se ha escrito. Hay una mayor oscilación entre el intelectual que quiere pensar constantemente y el que pretende recrearse.
El libro no es otro ni distinto al de su primera edición, sino que se ha hinchado, y pasa de las 101 páginas en un formato pequeño a uno de 314, en uno más cómodo de leer. Esta amplitud de páginas le ha permitido crecer como propuesta de escritura —ya que no se puede vincular a un género determinado— y en cantidad de notas incluidas. Es un florecimiento. Lo que se le podría objetar —si uno quiere ser riguroso— es que verdaderamente no ha habido un autoexamen de selección y eliminación de aquello que sobraba. Si bien se ha eliminado esta nota: «Si al final va a resulta que la vida de un hombre es tan solo el calambur de un dios imaginativo», persisten algunos aforismos forzados, excesivamente dulzones que parecen de otro tiempo y otro autor: «Todo perfume no es más que la evidencia del homicidio de una flor». Antes aparecía al inicio, ahora al final. También, pudo quitarse algunas notas o reelaborarse para adquirir esa frescura del lenguaje.
Un último mérito que podría reconocerse a la edición que se comenta es la honestidad que tiene el final, que es lo más íntimo del libro. Es de celebrar que no se moviera y no se cambiara, pues es la mejor vena que se deja abierta para que el lector pueda conocer a quien le ha hablado todo este tiempo. Por otra parte, no sé si un mérito, pero creo que algo que debe comentarse es que el libro cambia radicalmente su inicio en la edición actual: se pasa de un pensamiento sobre la escritura («escribir como quien toca un acordeón») a uno sobre la lectura: «el lector, de algún modo, al leer, palpa la cicatriz de la escritura» (p. 9). Un cambio significativo que el lector puede bien juzgar su conveniencia o no. Por último, se aprecia la incorporada sección de Referencias Bibliográficas, pues nos recuerda que los lectores somos diversos y tenemos muchos rostros

