Reseñas
Recepción: 21 febrero 2025
Aprobación: 25 octubre 2025

![]() | Trueba G., Sevilla A., Sevilla E., Chilig E.. Cazadores de microbios en Ecuador: Historia y protagonistas.. 2024. Ecuador. USFQ PRESS. 380pp.. 978-9978-68-292-0 |
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El libro Cazadores de microbios en Ecuador rescata la memoria de personas que buscaron entender el mundo de los seres microscópicos; “historias de pequeñas comunidades de científicos en conexión con la ciencia internacional”, que contribuyeron a fundar las bases de la microbiología en Ecuador, estudiando los patógenos de enfermedades humanas, vegetales y animales. Lo anterior es un latente esfuerzo de las autoras por elaborar una historia trasnacional y conectada: estamos ante un libro que cuenta la historia de la microbiología en clave global.
A finales del siglo XVIII, Eugenio Espejo formuló una teoría microbiana de las enfermedades en sus Reflexiones acerca de las viruelas. El médico quiteño, ya había recorrido un largo trayecto observando la viruela, la que acabó la vida de su hermano. El método habitual para contener la enfermedad era la inoculación, sin embargo, no había logrado detener las copiosas muertes que generaba, todo lo contrario, propiciaba su propagación. La tesis principal de Francisco Gil, en su Disertación físico-médica publicada en Madrid en 1784, tanto como la de Espejo, fue que la viruela requería del aislamiento para poder contenerse, al igual que la lepra, partiendo de la presencia de “corpúsculos móviles” en el aire. El médico quiteño avanzó en esta materia a través de lecturas y observaciones, declarando además que la salud debía ser un asunto público y no solo privilegio de un grupo selecto.
El uso especializado del microscopio introducido en Quito desde 1740, no sucedería sino con la llegada del bacteriólogo sueco Gustaf Von Lagerheim en una corta visita al país entre 1889-1892. Con ello dio inicio a los estudios de bacteriología en el país basado en las premisas de Pasteur y Koch. Así, dotó el primer laboratorio instalado en su propia residencia con un moderno microscopio, con lente de inmersión, influenciando la posterior actividad de científicos locales como Lino Cárdenas, Manuel María Casares y Ricardo Ortiz. Desde la Universidad Central del Ecuador, el profesor Lagerheim inició la catedra de Botánica y Bacteriología, describiendo varios microorganismos responsables de enfermedades en cultivos de papa, alfalfa, algodón, bromelias y malváceas. Logró publicar “33 opúsculos sobre flora ecuatoriana y bacteriología”.
El estudio de patógenos animales, fue iniciado por el científico italiano Pietro Salvestroni quién llegó al país en 1922 para formalizar los estudios universitarios de veterinaria advirtiendo sobre un amplio espectro de enfermedades presentes en la cría de ganado, combatiendo el imaginario de que Ecuador era un “país de la cucaña para la cría de ganado”. Salvestroni, cuestionaba el estado de atraso en el desarrollo técnico de la medicina veterinaria en el país, al igual que sobre el manejo aséptico del ganado tras descubrir distintos patógenos como la aftosa y enfermedades como el dístoma hepático, y que no solo afectaban el ganado, sino la economía y la vida humana. Impulsó en igual medida la creación de revistas y ministerios destinados a dichas reflexiones.
Poco antes, en Guayaquil se estaban dando nuevos retos a causa del brote de Fiebre Amarilla y Peste Bubónica. Un periodista y viajero Frank. G. Carpenter escribía un artículo donde se preguntaba si Guayaquil podría ser limpiada antes de la apertura del canal de Panamá en 1914. La apertura del canal hizo que las autoridades norteamericanas pusieran su mirada en los puertos del pacifico, que articularían la función del canal y con especial atención Guayaquil; el puerto había crecido significativamente gracias a la exportación de cacao y tagua, convirtiéndose en la Nueva York ecuatoriana. Tal crisis de salud pública se planteó en el panorama internacional señalando la decadencia del puerto, hecho que incentivó la presencia de la fundación Rockefeller y la llegada de una comisión de científicos, entre ellos, Hideyo Noguchi con miras a desarrollar un sistema de salud pública que combatiera la proliferación de ratas y pulgas difusores de la fiebre amarilla y la peste bubónica; de esta manera se promovió la fundación de instituciones para el control sanitario y el análisis bacteriológico en Guayaquil.
La limpieza del puerto de Guayaquil hacia 1933 no fue obra absoluta de Estados Unidos y sus fundaciones. En el contexto ecuatoriano, Leopoldo Izquieta Pérez aportó en materia de microbiología y fue el primer gestor del instituto nacional de higiene, desde la fase inicial hasta su materialización. En este texto se destaca su combinación de voluntad política y conocimiento científico para ayudar a sus compatriotas. Dicha institución sería el centro de investigaciones microbiológicas más importante de Ecuador.
En 1937 hubo un rebrote de peste bubónica, lo que llevó a pensar la creación del Instituto Nacional de Higiene (INH) en un impulso legado por médicos salubristas guayaquileños como el doctor Izquieta Pérez. De esta manera, en 1941, Atilio Macchiavello, quien había hecho parte del proyecto de la fundación Rockefeller y la Oficina Sanitaria Panamericana para la limpieza de Guayaquil, sería el encargado de dirigir el INH, así como la elaboración del Código y Ley Sanitaria, y el Plan Cuadrienal de Salud Pública del Ecuador en 1944, estableciendo cuatro líneas de trabajo: científicas, sanitarias, educacionales y comerciales.
Macchiavello fue reconocido “por sus estudios epidemiológicos del Tifo Exantemático y por sus estudios de coloración de las Rickettsias”. Es relevante que la voluntad política por fortalecer la salud publica en el Ecuador de la primera mitad del siglo XX, aportó en la constante mejora y atención de nuevos desafíos que, en igual medida, generaron la aparición de nuevos difusores, científicos, funcionarios e instituciones como LIFE (Laboratorios Industriales Farmacéuticos Ecuatorianos) en manos del recordado profesor Aldo Muggia, quien activó conexiones globales, en este caso con Alemania, apuntando a la tecnificación y establecimiento de laboratorios para la elaboración de farmacéuticos desde el territorio nacional.
En esta misma medida el texto analiza las contribuciones del Dr. Luis A. León en su riguroso trabajo para describir enfermedades parasitarias y transmitidas en los valles interandinos. Quien destacó además por su interés en la medicina social y la medicina histórica para entender las causas etiológicas y las trayectorias históricas de las enfermedades. Por último, el libro analiza el trabajo de Ronald Guderian quien contribuyó a la eliminación de la oncocercosis, hecho que otorgó un reconocimiento a Ecuador por la Organización Mundial de la Salud en 2014.
En conclusión, este libro elaborado magistralmente por Trueba, G., Sevilla, A., Sevilla, E. y Chilig, E., es una historia de la microbiología desarrollada por distinguidas personas preocupadas por las diferentes enfermedades, formas de transmisión y de control, una historia que solo es posible rastrear y comprender en la observación de las redes globales, como se construye la ciencia y su impacto en la sociedad. Las mayores contribuciones de la investigación científica es promover la confianza en el conocimiento científico, la exploración y el cuestionamiento de ideas en la población, y permite que el pueblo y los gobernantes tomen decisiones informadas, minimizando así las pérdidas económicas y humanas. Estamos ante un texto elaborado con una gran rigurosidad historiográfica que relaciona una diversidad de fuentes y archivos en una narrativa amena, no solo para el lector especializado, sino para la comunidad en general que quiera informarse de la historia de la microbiología en Ecuador. Se destaca además el uso de la biografía, la memoria y la historia de la ciencia sin caer en relatos de héroes o discursos aislados.

