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Reseña: Instituto Metropolitano de Patrimonio. (2025). Morir en Calderón: estructuras y ritualidad funeraria. Municipio del Distrito Metropolitano de Quito
Reviw: Instituto Metropolitano de Patrimonio. (2025). Morir en Calderón: estructuras y ritualidad funeraria. Municipio del Distrito Metropolitano de Quito
Revista Ciencias Sociales, núm. 48, pp. 145-146, 2026
Universidad Central del Ecuador

Reseñas

Revista Ciencias Sociales
Universidad Central del Ecuador, Ecuador
ISSN: 0252-8681
ISSN-e: 2960-8163
Periodicidad: Anual
núm. 48, 2026

Recepción: 21 febrero 2025

Aprobación: 26 septiembre 2025

Los autores conservan todos los derechos de publicación del artículo y conceden a la Revista Ciencias Sociales una licencia no exclusiva, intrasferible y sin regalías por duración ilimitada para su reproducción, distribución y comunicación pública a nivel mundial bajo una Licencia Creative Commons Atribución 4.0 Internacional (CC BY NC 4.0)

Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial 4.0 Internacional.

. Morir en Calderón: estructuras y ritualidad funeraria. 2025. Quito. Municipio del Distrito Metropolitano de Quito. 270pp.. 978-9942-966-03-2

Morir no se reduce al fin de la existencia. La muerte, por el contrario, abre posibilidades. Bajo esa premisa, el libro “Morir en Calderón. Estructuras y ritualidad funeraria” propone indagar en los espacios y las prácticas funerarias para contar procesos políticos, sociales y económicos que han modelado el Distrito Metropolitano de Quito.

La Red Ecuatoriana de Cultura, filial local de la Red Iberoamericana de Valoración y Gestión de Cementerios Patrimoniales, de la mano de Leonardo Zaldumbide Rueda y Daniel Rivera Albuja sumerge al lector en los archivos de la muerte para reconstruir las “enormes distancias” y los “tortuosos caminos” que debieron transitar los antiguos pobladores de Quito para enterrar a sus muertos, recibir auxilio espiritual y configurar nuevas parroquias en la ciudad.

Esos relatos, que podrían parecer apenas una anécdota o una curiosidad, dan cuenta de enraizadas relaciones étnicas y de clase en el Quito antiguo y moderno. Son el hilo conductor de una historia sobre las disputas por la administración de la muerte en las parroquias del extremo norte de la capital ecuatoriana, la lucha por un cementerio propio y, especialmente, sobre los lazos comunitarios que sostienen prácticas rituales dedicadas a honrar a los muertos.

“Es imposible concebir una memoria tan larga y precisa como las acciones cotidianas”, escriben los autores, apuntando al arraigado ejercicio de ritos de que se han macerado con el pasar de los años, pero que inevitablemente se ven permeados por la forma en la que se configuran el recuerdo y el olvido.

“Morir en Calderón. Estructuras y ritualidad funeraria” es un producto un trabajo de largo aliento y sendas investigaciones. Empezó en 2009, cuando la Red Ecuatoriana de Cultura Funeraria realizó el primer inventario de bienes funerarios de la ciudad, registrando más de 70 espacios y prácticas rituales y gastronómicas en la ciudad.

Ese acervo fue sistematizado en 2015 y dos años después la Red hizo un estudio en Calderón denominado “Metodologías para la autogestión del patrimonio funerario rural del Distrito Metropolitano de Quito”, con el apoyo del Instituto Metropolitano de Patrimonio (IMP).

El libro “Morir en Calderón. Estructuras y ritualidad funeraria” es un recorrido por los cementerios de Calderón, Santa Mariana de Jesús, Llano Grande, La Capilla y San Miguel del Común. Y poco tiene que ver con grandes mausoleos. Por el contrario, Zaldumbide y Rivera se sumergen entre tumbas -sencillas a vista de quienes entienden el patrimonio como lo monumental- para confrontar el archivo histórico con los relatos de habitantes.

Los autores en su travesía por estas ciudades de los muertos hacen un repaso por la vida de los comuneros, de sus demandas políticas, sociales, de género, económicas y de clase. En su tránsito por los espacios de la muerte se encuentran con una “microgeografía funeraria”.

“El lugar que ocupan los muertos, aunque a primera vista parezca homogéneo, responde a interiorizados procesos de segregación espacial”, apuntan Zaldumbide y Rivera, abordando también cómo los capitales inmobiliarios moldean los espacios de la muerte.

De ahí que ambos exploren cómo el crecimiento urbano, la instalación de conjuntos habitacionales y el aumento de la población plantean desafíos a cementerios que están bajo la gestión de cabildos comunitarios.

En medio de estas tensiones y disputas, los autores también dedican parte del libro a los afectos. Lápidas talladas, epitafios y sentidos mensajes son tomados en cuenta para contar procesos de parroquialización, narrar los lazos familiares y explicar el valor que tiene un muerto en la configuración de las comunidades. La obra recoge un coro de voces de los habitantes de Calderón, La Capilla, San Miguel del Común, Santa Mariana de Jesús y Llano Grande.

Al hablar del cementerio de La Capilla de Calderón, los autores anotan que “el morir y el destino del cuerpo de los difuntos no era, por tanto, una cuestión de simple disposición de los restos; morir era adscribirse a una nueva geografía administrada por la Iglesia y bajo el dominio político del centro parroquial”.

Al entrelazar los relatos y confrontar los archivos Zaldumbide y Rivera transforman para el lector los cementerios en reservas de la memoria, aulas abiertas, espacios de amor, sitios simbólicos y lugares de disputa. El gran valor de este libro es hacer tambalear en nosotros la creencia de que los cementerios son apenas rincones detenidos en el tiempo, depósitos de cuerpos y de recuerdos a los que acudimos cuando la muerte nos golpea.

La dimensión lúdica y festiva de la muerte también está presente en “Morir en Calderón. Estructuras y ritualidad funeraria”. Expresiones como la gastronomía, los juegos funerarios y los ritos de traslado y enterramiento contados de boca de quienes les dan un sentido enriquecen la obra, permitiendo entender cómo la práctica ritual une y afianza a las comunidades en un territorio.

Este es el capítulo más emotivo del libro porque en su mayoría está contado y explicado por los pobladores. Se trata de un ejercicio de memoria en el que la vida y muerte conviven en un mismo espacio. Nos abre las puertas a los lectores a momentos en los que la diversión y la risa -tan mal vistas en otros espacios fúnebres- se imponen al duelo.

“Los juegos no eran pura diversión, como se ha dicho tenían la función de ir sanando el dolor por la pérdida de la persona querida”, rematan los autores.



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