Dossier
Recepción: 03 julio 2025
Aprobación: 27 noviembre 2025

Resumen: En el contexto de las prácticas cotidianas en asentamientos informales, conflictos temporales con actores estatales surgen inevitablemente. Además del ritmo de los residentes y del Estado, este artículo incorpora otras temporalidades relevantes, como las del mercado y aquellas relativas a los desastres ambientales. Así, a través de su enfoque en las colisiones temporales amplificadas y las renegociaciones entre temporalidades hegemónicas y originarias (Iparraguirre, 2022), se comprenderá el caso de un realojo parcial en Montevideo, en una zona de supuesto riesgo ambiental, en su complejidad espaciotemporal. Este artículo demostrará, por un lado, cómo se producen y pueden perpetuarse las temporalidades originarias en los asentamientos y cómo pueden contrarrestar las nociones hegemónicas del tiempo. Por otro lado, se mostrará cómo las políticas urbanas pueden transformar los asentamientos en territorios de la espera (Musset & Vidal, 2016) y fomentar aún más la colisión de ritmos temporales a través del realojo estatal.
Palabras clave: Realojo planificado, Temporalidades, Ritmicidad, Asentamiento, Territorio de la Espera.
Abstract: In the context of everyday practices in informal settlements, temporal conflicts with state actors inevitably arise. In addition to the rhythms of the residents and the state, this article incorporates other relevant temporalities, such as those of the market and those related to environmental disasters. By focusing on amplified temporal collisions and the renegotiations between hegemonic and originary temporalities (Iparraguirre, 2022), this study explores the case of a partial relocation in Montevideo, in an area considered to be at environmental risk, through its spatial-temporal complexity. This article will demonstrate, on one hand, how originary temporalities in informal settlements are produced and may be perpetuated, and how they can counter hegemonic notions of time. On the other hand, it will show how urban policies can transform settlements into territories of waiting (Musset & Vidal, 2016) and further intensify the collision of temporal rhythms through state-enforced relocation.
Keywords: Planned relocation, Temporalities, Rhythms, Informal Settlement, Territory of waiting.
Introducción
El triunfo de la izquierda uruguaya en 2005 marcó el retorno a un modelo de intervención estatal y la reconstrucción del Estado de bienestar uruguayo. En este nuevo contexto las políticas orientadas a la regularización de asentamientos informales comenzaron a consolidarse y desarrollarse. Dentro de este paradigma, en 2010 surgió el Plan Nacional de Relocalizaciones (PNR), el cual ha llevado a cabo desde entonces realojos permanentes de asentamientos informales, planificados y ejecutados por el Estado en todo el país. El PNR interviene en terrenos públicos que fueron ocupados a pesar de su ubicación en sitios contaminados y/o inundables que carecen de una posible regularización in situ según el Ministerio[2]. Muchos de estos asentamientos se encuentran en los márgenes a lo largo de arroyos contaminados, lo que agrava sus precarias condiciones de vida y de vivienda debido al riesgo adicional de contaminación e inundaciones recurrentes (Álvarez-Rivadulla, 2019). Esto también se aplica al asentamiento La Chacarita de los Padres (abreviado: La Chacarita).
El Plan Nacional de Relocalización (PNR)
El realojo parcial de La Chacarita, que incluía la primera decisión, financiamiento, planificación y supervisión del proceso, llevó varios años desde su primer censo en 2017 hasta su cuarto grupo de realojo en 2023. Para la relocalización permanente de La Chacarita, el 57% fue realojado mientras que el resto teóricamente permanecería con un plan de mejoramiento dirigido a los déficits de vivienda más urgentes. Las modalidades de realojo variaron desde la relocalización comunitaria a bloques de viviendas de nueva construcción hasta el realojo individual a través de un programa subsidiado. Este último, el Programa de Compra de Vivienda Usada (PCVU), representó una alternativa de realojo individual para 20 familias que buscaron una casa en el mercado por sí mismas. En la práctica, no solo los posibles inmuebles, sino también los contendientes subsidiados debían cumplir muchos criterios, como condiciones laborales formales, un salario mínimo, seguridad social, saneamiento intacto, sin humedad, etc.[3]. Debido a estos requisitos, la mayoría de los residentes fue excluida de esta opción individual en La Chacarita, lo que llevó a que el 93% participara en la relocalización comunitaria. En consecuencia, fueron divididos de nuevo espacial y temporalmente en cuatro grupos: 52 familias que se mudaron a Zitarrosa en diciembre de 2021, 54 familias a Villa Farre en agosto de 2022, seis familias a Belloni en diciembre de 2022 y nueve familias a Campillos en marzo de 2023 (ver Figura N°1).

El PNR, iniciado por Frente Amplio en 2010, debe ser visto y comprendido en relación con la cercanía temporal de eventos históricos que abordaron los asentamientos informales en el pasado. Específicamente con los duros desalojos y demoliciones de los más pobres del centro de la ciudad que ocurrieron durante e incluso después de la dictadura militar (1973-1985) y que llevaron a su hacinamiento y marginación (Álvarez-Rivadulla, 2017a, p. 19). En especial, los afrodescendientes se vieron afectados por la relocalización a barrios de emergencia y desalojos del centro (Bolaña, 2019, p. 188). El aumento general de las tasas de pobreza desde mediados de la década de 1990 a pesar de episodios de crecimiento económico, la falta de respuestas del sistema de bienestar a los cambios en el mercado laboral, el desempleo estructural y el crecimiento de los asentamientos informales son aspectos importantes para comprender las temporalidades hegemónicas y su naturaleza estructural. El desarrollo urbano de Montevideo se alineaba así con cambios estructurales de la informalidad, que surgieron como resultado de los procesos de expulsión en el contexto del neoliberalismo. Especialmente desde la década de 1990, Montevideo ha sido una ciudad que ha estado creciendo de manera informal durante décadas. Ahora bien, a diferencia de muchas otras ciudades latinoamericanas, la población no aumentó en su totalidad, sino que más bien experimentó una explosión en ocupaciones estratégicas y planificadas de tierras (Álvarez-Rivadulla, 2017a, p. 73).
Metodología
Este artículo se basa en los resultados preliminares del proyecto doctoral sobre aspiraciones y trayectorias (in)móviles a través de las relocalizaciones planificadas dentro del PNR en Montevideo. El estudio fue diseñado en consonancia con un enfoque metodológicamente flexible y constructivista de la teoría fundamentada, que incluyó la simultaneidad temporal de la acción y la reflexión, el proceso iterativo de generación y análisis de datos (Charmaz, 2014). La metodología no solo se benefició de la investigación multilocal, sino también de la naturaleza procesual del diseño. La investigación de campo acompañó diferentes etapas de realojo en forma de participación constante en reuniones, visitas domiciliarias y las propias relocalizaciones, así como 56 entrevistas y reentrevistas en profundidad con personas afectadas. Esto implicó tanto la inclusión de entrevistas individuales y colectivas con familias antes y después del realojo, como con aquellos que permanecieron en La Chacarita. Datos cuantitativos, como un censo (2019[2017]) de la Intendencia de Montevideo, así como memorandos reflexivos y 21 entrevistas con funcionarios del realojo y académicos complementaron la recolección de datos.
Marco teórico
El concepto del territorio de la espera (Musset & Vidal, 2016) describe un espacio intersticial entre dos momentos en el tiempo, donde una situación de espera comienza a apoderarse de un espacio, hasta el punto de modificar brevemente o permanentemente el significado y los usos de ese espacio. Además, los territorios de la espera crean sus propios ritmos, típicamente formados por la intersección de múltiples temporalidades (Vidal, 2016, p. 331). En su etnografía "Detrás de la línea de la pobreza", Filardo y Merklen destacan una importante brecha de investigación respecto a la temporalidad de las experiencias sociales dentro de los asentamientos informales en Montevideo (2019, p. 143). Los autores proporcionan un primer enfoque definitorio para las nociones relevantes de tiempo en su contexto de investigación: "La temporalidad supone el modo en que el tiempo es vivido o experimentado. (…) Cuando el tiempo se ve calificado por la experiencia social deviene temporalidad” (Filardo & Merklen, 2019, p. 142). Se abre la cuestión de cómo se entrecruzan las diversas temporalidades en los asentamientos y cómo intentan las relocalizaciones estatales normalizar una lógica temporal particular e imponer una espacialidad particular (Rogers & Wilmsen, 2020, p. 267).
Para responder a estas preguntas, es indispensable retroceder un paso y reflexionar sobre la distinción de diversas temporalidades que introducen nociones de tiempo (y espacio) en un orden hegemónico. Correspondientemente, Iparraguirre (2022) examina temporalidades y espacialidades en un sentido más epistemológico para analizar un conjunto de ritmos de vida. Con el fin de desnaturalizar la noción de tiempo lineal impuesta por las epistemologías occidentales, la temporalidad, definida como la aprehensión del devenir (apprehension of becoming) en un contexto sociohistórico, debe distinguirse del tiempo, definido como el fenómeno del devenir en sí. Con el propósito de detectar la lógica unívoca del tiempo como medible, lineal y universal para todos los fenómenos temporales, el autor introduce el concepto de la temporalidad:
[U]na temporalidad hegemónica es aquella que, impuesta sobre otros, busca naturalizarse como la única concepción posible. Este proceso de homologación entre lo que es natural y unívocamente dado, construye la naturalización de una noción, la cual, cuando es masivamente impuesta, es concebida como una noción oficial en el habitus. (Iparraguirre, 2022, p. 9; traducido por la autora)
El autor se compromete a integrar diversas temporalidades en el análisis, las cuales incluyen temporalidades originarias, para descentralizar la temporalidad hegemónica con su carácter unívoco. Las temporalidades originarias, definidas como cualquier noción de tiempo construida por un grupo social sin pretensión universal de unicidad y primacía (Iparraguirre, 2022, p. 10), desnaturalizan la noción hegemónica y, por lo tanto, no solo desafían las (re)producciones por parte del Estado, sino también por parte de la ciencia misma. Solo esta otra ritmicidad, según Iparraguirre, permite que el análisis escape de la omnipresente temporalidad hegemónica y que las temporalidades coexistentes y su interacción se vuelvan tangibles. Por analogía, el autor define la espacialidad como la aprehensión humana del espacio, del fenómeno material del devenir, lo que implica que tanto las espacialidades como las temporalidades se refieran al mismo proceso: el devenir (becoming) – en el cual uno puede centrarse en su materialidad (espacio) o su continuidad (tiempo) (Iparraguirre, 2022, p. 12). No obstante, solo a través de la inclusión de las diferentes temporalidades se puede aprehender lo intangible y lo inmaterial, sea desde la memoria del pasado o la imaginación del futuro. Iparraguirre argumenta que primero se deben entender los diversos ritmos de vida que conforman una estructura social, económica y mundial, ya que se relacionan con la cotidianidad y los hábitos de sus individuos (Iparraguirre, 2022, p. 23), y solo después es posible contextualizar las colisiones con la temporalidad hegemónica. En su composición de rítmicas culturales, el autor distingue entre ritmos de organización social (ritmos diarios, estacionales y comunicativos), ritmos de sustento o administración (ritmos económicos y políticos) y ritmos de cosmovisión, como rituales, prácticas religiosas o eventos disruptivos (Iparraguirre, 2022, pp. 27-29).
Resultados: ritmicidades relevantes
La sección de resultados se dividirá de manera tripartita en analogía con las dinámicas y ritmicidades señaladas por Iparraguirre. En primer lugar, se introducirá la temporalidad hegemónica conformada por la rítmica de la administración a través de la lógica estatal uruguaya y del mercado representada por las nociones de tiempo del PNR, entrevistas con funcionarios y observaciones de campo. En segundo lugar, se señalarán las rítmicas relevantes de la cosmovisión que principalmente se refieren a diversas formas de perturbación y desastre ambiental. En tercer lugar, se esbozará la otredad rítmica (rhythmical Otherness) en La Chacarita en su fase previa al realojo para establecer la base para el análisis siguiente sobre la colisión y renegociación de temporalidades a través del PNR.
La temporalidad hegemónica formada por rítmicas de la administración
Los ritmos de la vida política incluyen representaciones de personas y hechos en nombre de varias instituciones estatales, así como acciones políticas en términos de burocracia, gestión, planificación o toma de decisiones (Iparraguirre, 2022, p. 29). En este estudio de caso, los siguientes actores son relevantes: el Ministerio de Vivienda y Ordenamiento Territorial (MVOT, anteriormente MVOTMA), la Intendencia de Montevideo (IdeM), el equipo local del realojo (mayoritariamente funcionarios de IdeM) y la Dirección Nacional de Aguas (DINAGUA). Además, las nociones representativas del tiempo con importancia para los asentamientos y/o la relocalización afectan a esta dimensión temporal.
A menudo los discursos de marginación en la política, los medios de comunicación, la sociedad y la ciencia retratan la (in)formalidad de manera dualista y caracterizan los asentamientos como atrasados, temporales o espontáneos (Lombard, 2013, p. 814) y como una manifestación espacial de un supuesto desorden autoconstruido (Beier et al., 2022, p. 12). Asimismo, el Ministerio describe los asentamientos como construcciones altamente improvisadas (MVOT, 2020a, p. 52). En cuanto a la política del PNR, las regulaciones ponen énfasis en uno de sus objetivos particulares: no solo garantizar que los participantes accedan a viviendas adecuadas en la ciudad y mantengan su sostenibilidad, sino también asegurar su permanencia a largo plazo (MVOTMA, 2018, p. 3) – de este modo, parece que la permanencia contrarreste sus condiciones de vida actuales. La permanencia espaciotemporal también entra en juego en la fase previa al realojo, ya que requiere que las familias censadas permanezcan en el asentamiento durante todo el proceso, excepto por razones de fuerza mayor (MVOTMA, 2018, p. 5), lo que limitó drásticamente las movilidades socioespaciales de los residentes en la fase de espera. Aunque las pautas establecen que todo el proceso se llevaría a cabo en un plazo de 36 meses, que incluían una ritmicidad administrativa con tres etapas[4], la realidad demandó cuatro o cinco años para algunos de los residentes.
Como han mostrado estudios etnográficos, las instituciones estatales uruguayas siguen el ritmo de las demandas judiciales y los requisitos legislativos, pero coexisten en un entorno de temporalidades entrecruzadas de varios actores estatales y una temporalidad de personal (staff temporality) que muestra variedad según los roles respectivos del personal (Montes-Maldonado & López-Gallego, 2022, p. 34). Los convenios para las relocalizaciones de La Chacarita fueron firmados consecutivamente en 2018 y 2020 entre el Gobierno departamental IdeM (liderado por el Frente Amplio) como coejecutor responsable y el ministerio respectivo (MVOTMA, ahora MVOT). Este último apoya los proyectos con aproximadamente el 80% del financiamiento, que está previsto en pagos consecutivos alineados con plazos escalonados a lo largo del proceso. Cuando la relocalización ya estaba decidida, planificada y comunicada a los residentes en reuniones, el Gobierno nacional experimentó un cambio fundamental en marzo de 2020, después de 15 años bajo Frente Amplio, a una agenda más neoliberal bajo el presidente electo Luis Lacalle Pou (Partido Nacional). Tanto el personal del gobierno involucrado en la relocalización, como el personal de evaluación de riesgos describieron que la comunicación entre los ministerios relevantes para el realojo estaba obstaculizada y las decisiones eran opacas, ya que las tareas ministeriales fueron reorganizadas institucionalmente. Esta rítmica -o arrítmica- administrativa provocó un retraso de más de un año, durante el cual también enfrentaron simultáneamente los desafíos de la pandemia de Covid-19. El proyecto estuvo en espera hasta que comenzó la primera reunión concreta (Zitarrosa) en noviembre de 2021 con el equipo local del realojo.
Este último, principalmente trabajadores sociales y arquitectos, así como los Gobiernos departamentales y nacionales siguen ritmos diferentes. Mientras trabajaba bajo horizontes temporales parcialmente ambiguos que sufrieron varias interrupciones, el personal local asumió un desafiante papel intermediario entre el ritmo generador de presión de las instrucciones políticas con su linealidad burocrática y las diversas nociones de tiempo encontradas en La Chacarita. Las visitas del equipo local se realizaban principalmente una o dos veces por semana y abrían un espacio de tiempo para consultas en una planta de reciclaje cercana donde los ocupantes podían pasar una vez por semana dentro de un lapso de dos horas. La comunicación con los trabajadores sociales no solo era posible en reuniones planificadas para cada grupo de realojo, sino también a través de WhatsApp, ya que el equipo utilizaba un teléfono oficial del gobierno y creaba grupos de chat por cada sitio de relocalización. Los residentes hacían uso de esa opción en cualquier momento y el equipo respondía cuando era posible dentro de su horario laboral oficial. Frecuentemente, cuando los trabajadores sociales o arquitectos recorrían los asentamientos, la gente no se encontraba en casa, y las reuniones planificadas también suponían un esfuerzo temporal para muchos debido a sus responsabilidades laborales, lo que, entre otros factores, llevó a una sobrerrepresentación de mujeres en las reuniones. Otros estudios ya han demostrado que las mujeres mantienen una relación temporal distinta con el Estado (Auyero, 2012; Conlon, 2011). A menudo, las mujeres asumen una proporción desmesurada del ‘waiting work’ – el trabajo de esperar – y, en consecuencia, se ven obligadas a subordinarse temporalmente en mayor medida, lo que convierte el valor de su tiempo en algo flexible y abundante (Carswell et al., 2019, p. 606). En este sentido, el PNR también muestra que los procesos de espera, en tanto interacciones jerárquicamente desiguales entre residentes y el Estado, no solo representan prácticas generizadas, sino que además las reproducen y refuerzan activamente. Aunque los encuentros con el Estado activan nuevos patrones de espera dependientes y pasivos en la intersección entre clase y género, las mujeres también desafían las temporalidades del Estado al confrontarlo afectivamente, resistirse temporalmente o reclamar sus propios ritmos (Donat & Dannecker, 2024).
En última instancia, DINAGUA entra en juego para la evaluación del riesgo de inundación, que calcula una proyección futura y crea mapas de riesgo basados en los criterios de amenaza ambiental y vulnerabilidades socioeconómicas. Como resultado, los mapas de riesgo se conceptualizan como una construcción social del riesgo que necesita constantes reconceptualizaciones en el tiempo debido a su naturaleza dinámica. Todos los mapas muestran tres categorizaciones diferentes con recomendaciones de acción distintas: alto riesgo (realojo), riesgo bajo a medio (adaptación in situ) y riesgo potencial para tierras no ocupadas (prevención) (MVOTMA & DINAGUA, 2019). En el caso de La Chacarita, no se elaboró un mapa de riesgo bajo estos criterios, aunque está mencionado como un requisito en las pautas del PNR (MVOTMA, 2018, p. 4). En su lugar como la lógica temporal se presentó una proyección general de la inundabilidad del asentamiento para los próximos 100 años. Por lo tanto, las inundaciones pasadas que dejan una huella en la memoria colectiva de los residentes no fueron el elemento decisivo para la relocalización, sino la proyección hacia el futuro lejano.
Los ritmos económicos, por otro lado, se alinean con la temporalidad del mercado, el sistema financiero y, más generalmente, con la ritmicidad de la producción, el trabajo y el consumo (Iparraguirre, 2022, p. 29). En este caso, los ritmos económicos relevantes se refieren a cuestiones de tierra disponible, la modalidad subsidiada PCVU y la cooperación con empresas privadas. El desafío de encontrar tierras adecuadas para la construcción de soluciones habitacionales puede abrir una nueva dimensión entre los Gobiernos departamental, municipal, nacional y, a veces, los actores privados. En busca de terrenos que cumplan con los requisitos políticos (dentro del mismo municipio, infraestructura, transporte público, acceso a escuelas y clínicas, etc.), una de las arquitectas involucradas en el proyecto enfatizó las dependencias temporales interinstitucionales:
Estuvimos como un año y medio o dos para conseguir [los terrenos para Belloni y Campillos]. Por lo general, la Intendencia tiene terreno, pero en ese momento de la captura no había más la parte de tierras, no había más terrenos y bueno. Se hizo una licitación para comprar terrenos. Entonces lo que se tuvo que pedir es la autorización al Ministerio para que nos cedieran, para poder usar los predios. Llevó bastante tiempo. (INT-F-#16)
La temporalidad del mercado también fue un elemento decisivo dentro de la opción PCVU. En definitiva, la modalidad preveía un proceso en cuatro etapas: la nominación de familias, la búsqueda de casa, la evaluación de la casa presentada con registro potencial, así como el traslado en sí (MVOT, 2020b, pp. 309-329). Los participantes necesitaban proporcionar pruebas de sus condiciones laborales formales con una permanencia mínima y un salario mínimo para ser elegidos por el equipo de realojo. Una vez aprobada la participación, las familias recibían un boleto con una validez de 180 días para encontrar una casa que cumpliera con todos los requisitos[5]. Tan pronto como expiraba el boleto, el proceso necesitaba comenzar de nuevo. De esta manera, los participantes dependían de los plazos del Ministerio para obtener la participación y la transacción del subsidio estatal después de una exitosa búsqueda de vivienda. Además, esta modalidad se integraba con la lógica temporal del mercado, ya que las familias eran responsables de encontrar una vivienda en el mercado inmobiliario formal. Por lo tanto, la modalidad PCVU construye un nuevo estilo de intervención que genera prácticas institucionales con ritmos variados que se entrecruzan. Desde 2005, las políticas compensatorias que tienden hacia modelos “neodesarrollistas” que profundizan el modo de gobernanza neoliberal de gobiernos anteriores no fueron una excepción. Sin embargo, este tipo de compensación también implica cierto quiebre con el neoliberalismo porque el Ministerio coordina la decisión y atribución de políticas y derechos sociales que podrían contrarrestar los efectos más regresivos del capitalismo (Gabriel Hernández, 2019, p. 516).
El último aspecto económico que modificó los ritmos del proceso de realojo era la cooperación con empresas privadas de construcción comisionadas por el Estado que fueron elegidas a través de un proceso de licitación. Esas empresas fueron responsables de la construcción de los nuevos complejos comunitarios y de las reparaciones dentro del período de garantía en caso de defectos en los nuevos apartamentos. Este acuerdo prolongó la interacción y la dependencia temporales de los residentes, del Estado y del mercado. Estos ritmos económicos también tuvieron un significado cultural porque las casas tradicionales con ladrillos y bloques de doble pared son construcciones que requieren mucho tiempo. Para acelerar el proceso general en los sitios de realojo más pequeños (Belloni y Campillos), los arquitectos optaron por una empresa que construyó casas prefabricadas de madera, lo que mostraba beneficios en un sentido capitalista, pero también imponía restricciones a la construcción tradicional a través de los ritmos económicos:
Todo lo que es madera en verdad es algo relativamente nuevo. Eso de que se rearma las casas y después se coloca en el sitio. Como todo un cambio, que no es lo común de acá, que por eso te da otras velocidades. Eso es lo bueno y lo hacen en otros lados, pero acá nos cuesta con ese cambio. (INT-F-#16)
Temporalidades de interrupción y desastre: Contaminaciones e inundaciones
Bajo el término general de ritmos rituales, Iparraguirre no solo une los ritmos de creencias religiosas, espirituales o visiones de vida, sino también ritmos de catástrofes que pueden interferir con los mecanismos de estabilidad e interrumpir el orden social (2022, pp. 27-29). Las dos amenazas ambientales decisivas tienen temporalidades divergentes en este caso: por un lado, existe la violencia lenta (slow violence) de una exposición tóxica prolongada (Nixon, 2011) a través de la contaminación del suelo o agua y, por otro lado, existen amenazas rápidas e inmediatas por inundaciones recurrentes, que fueron disruptivas en su naturaleza antrópica y en sus secuelas arrítmicas. En las regulaciones del PNR, solo los ocupantes que se instalaron en terrenos inundables y/o contaminados son considerados (MVOTMA, 2018, p. 3) y las pautas operativas generales no indican ninguna priorización por contaminaciones sobre inundaciones o viceversa. No obstante, las percepciones de los residentes resultan contrarias a esta noción equilibrada de los dos desastres ambientales. La mayoría de los ocupantes clasificaron claramente las inundaciones como la amenaza ambiental más apremiante y como el elemento constitutivo que une a la comunidad en el tejido social en La Chacarita. A continuación, se demostrará que estas percepciones son un producto directo de las divergentes nociones temporales de los fenómenos en sí mismas, ya que las inundaciones y las contaminaciones subyacen a diferentes temporalidades.
Las inundaciones recurrentes en La Chacarita han ocurrido durante varios años, pero se intensificaron en frecuencia e intensidad debido a varias razones.[6] La mayoría del asentamiento experimentó la pérdida o destrucción de sus pertenencias varias veces, lo que creó una cierta lógica temporal de antes y después del evento y, por lo tanto, se convirtió en un marcador importante del tiempo social con mecanismos de afrontamiento establecidos (Webb, 2018; Oliver-Smith, 2013). Principalmente estimulada por enfoques occidentales, la definición priorizada de desastres como repentinos, iniciales, singulares y contenidos incluyó un foco en la velocidad, magnitud, alcance o duración del desastre y ciega otras dimensiones temporales (Hernández, 2022). Por un lado, los desastres recurrentes que afectan a comunidades marginadas causan mucho más que un contratiempo provisional y van más allá del concepto de un evento una vez en la vida. Más bien, las poblaciones afectadas establecieron un sistema de supervivencia y recuperación marcado por desastres puntuales, en el que desarrollaron una comprensión de la amenaza que, a largo plazo, puede poner aún más riesgo a su salud y bienestar (Hernández, 2022, p. 3). Por otro lado, algunos residentes en La Chacarita utilizaron su agencia a lo largo de los años hacia ajustes de su comportamiento o de sus viviendas para futuras inundaciones, como un sistema de emergencia con vecinos, la construcción de un segundo nivel de casa, el almacenamiento alto de dispositivos electrónicos, o rellenos. Especialmente este último está catalogado como una adaptación arriesgada por parte de la Intendencia, ya que podría afectar la dinámica hidráulica y generar contaminación del suelo (IdeM, 2020, p. 43). Correspondientemente, el antropólogo Taks argumenta que los enfoques higienistas o ambientalistas por parte de autoridades, técnicos o académicos luchan por contener esa “cultura de inundación" (flood culture) en los asentamientos montevideanos, que está descrita como un patrón de desplazamiento temporal que sigue los ritmos de las lluvias sin abandonar los terrenos inundados de forma permanente (Taks, 2020, p. 187).
Mientras que las inundaciones crean una interrupción visual, tangible y puntual que puede alterar fundamentalmente la comunidad y limitar su horizonte temporal a la próxima inundación, las contaminaciones siguen una lógica temporal distinta. Las contaminaciones simbolizan un proceso gradual que no graba eventos claramente definidos en la memoria colectiva de la población afectada ni moldea sus acciones futuras. En una evaluación gubernamental de la cuenca del arroyo Chacarita, se registraron contaminaciones debido a altos niveles de metales pesados (cromo, níquel, cobre, arsénico, mercurio) y acumulaciones extremas de desechos sólidos, con sus persistentes impactos en la salud (IdeM, 2020). En Montevideo, la larga historia con altos números de intoxicación por plomo, sobre todo en niños en asentamientos, puede dar una idea de los ritmos de contaminación. La respuesta política a este grave problema había estado pendiente durante mucho tiempo y necesitaba la formación de un movimiento social para combatir los desarrollos epidemiológicos y discriminatorios, ya que la intoxicación por plomo se equiparó a la enfermedad de los ocupantes, con lo que se desviaba la atención de su causa estructural (Renfrew, 2018). La exposición prolongada a sustancias tóxicas no solo creó un punto ciego en el Gobierno uruguayo durante mucho tiempo, sino también para los estudios de desastres que prestaban menos atención a los fenómenos de violencia lenta (Nixon, 2011). El fenómeno de violencia lenta resultó de “la atención desigual exigida por el tiempo ordinario y extraordinario, y el impacto que tales temporalidades variables tienen en la comprensión, respuesta y encuadre de problemas urgentes que deben ser resueltos en la vida de una comunidad” (Hernández, 2022, p. 2; traducido por la autora). La priorización de amenazas más rápidas contribuyó así a una normalización de desastres lentos que no necesitan ser resueltos (de inmediato) y parecen ser daños colaterales en el contexto de la multitud de riesgos. Precisamente debido a la percepción de las contaminaciones como no disruptivas, los residentes no reaccionaron con respuestas comunitarias dinámicas y variadas, sino que le dieron menos atención al proceso gradual y al daño acumulado a su salud con impactos destructivos retardados debido a su dispersión en el espacio y el tiempo (Nixon, 2011).
Temporalidades originarias: la otredad rítmica en La Chacarita
Muchos asentamientos como La Chacarita desarrollaron una otredad rítmica (rhythmical Otherness) con nociones heterogéneas de tiempo. En general, la rítmica de la organización social puede incluir ritmos estacionales, comunicativos o virtuales, así como actividades diarias como los ritmos familiares, de cuidado, laborales o de movilidad (Iparraguirre, 2022, p. 27). Estos últimos -los ritmos diarios- serán de especial importancia para comprender la organización de los residentes, sus acciones y su actitud hacia el devenir (becoming), ya que estas nociones de tiempo también se materializaron espacialmente. Los espacios informales están asociados usualmente a la ocupación de tierras, aunque uno podría también preguntarse si los ocupantes no solo reclaman espacio, sino también tiempo (Hudson, 2015, p. 475).
De forma contraria a las suposiciones de que los asentamientos se caracterizan por la fluctuación e inestabilidad, la tendencia generalmente era la opuesta en La Chacarita. A pesar de la importante movilidad espacial en pequeña escala y los cambios en el asentamiento, entre los entrevistados predominó la permanencia espaciotemporal de las familias durante décadas y generaciones. Precisamente esta permanencia dio forma a su temporalidad originaria. En medio de la escasez interminable, la incertidumbre y la inseguridad social, los lazos entre las familias y vecinos se establecieron a largo plazo y aún constituyeron el factor más duradero; eran resistentes, sólidos y elásticos al mismo tiempo (Filardo & Merklen, 2019, p. 52). El sistema de solidaridad local estaba inscrito a nivel espacial en La Chacarita y requería que las personas fueran temporalmente flexibles. No solo generó una economía informal con un sistema de reciprocidad, redes de productividad y cuidado o ayuda mutua dentro del asentamiento, sino también un sistema colectivo de supervivencia en caso de emergencias y necesidades diarias que se (re)negociaban constantemente a través de relaciones sociales en el espacio y en el tiempo (Bartolomé, 1984). En consecuencia, el sistema de solidaridad local constituía un sistema de seguridad adaptado, basado en códigos compartidos entre los vecinos más cercanos. Las estrategias de convivencia se consolidaron como una experiencia vivida, en la medida en que los vecinos directos vigilaban mutuamente sus casas para prevenir robos cuando alguno se encontraba ausente, y los mecanismos familiares de cuidado – como la atención a niños, personas mayores o enfermos crónicos – se extendían a los vecinos más cercanos. Asimismo, la ayuda mutua entre los vecinos en los procesos de autoconstrucción, como el relleno de terrenos, la instalación de sistemas sanitarios o el enganche a la red eléctrica pública, constituía respuestas colectivas pragmáticas que, con el paso de las generaciones, se inscribieron en el sistema de solidaridad local.
También la (in)formalidad en La Chacarita debe entenderse en un continuo con dos polos extremos. Por un lado, en el momento del estudio, muchas familias con condiciones laborales formales o informales semiestables ya habían residido en el asentamiento como segunda o tercera generación. Muchas de ellas vivían en casas autoconstruidas de ladrillo, bien armadas y, según los residentes, en conformidad con las regulaciones de la ciudad. Con esta construcción, que trataba de seguir las normativas municipales, las familias expresaron la esperanza de su futura regularización, algo que ya venían exigiendo desde hacía décadas junto con mejoras en el asentamiento. Estas familias con una larga historia en el asentamiento – muchas de las cuales llegaron desde el interior del país (principalmente desde Salto) a través de procesos de migración laboral rural-urbana, estaban moldeadas por el estilo de vida de permanencia espaciotemporal descrito con anterioridad. Por otro lado, muchas personas socioeconómicamente más vulnerables que residían en La Chacarita en casas de chapa vivían de trabajos informales ocasionales (changas) y, en consecuencia, no tenían tantos puntos de contacto con los ritmos administrativos de la temporalidad hegemónica, que otros encontraban a través de sus anteriores condiciones formales de vivienda, del trabajo formal o de la comunicación con actores estatales al estilo de relaciones clientelistas. Por lo tanto, los ritmos de organización social en La Chacarita eran tan heterogéneos como las personas mismas, quienes también generaban ritmos conflictivos en la intersección de clase, género y edad dentro del asentamiento.
En la mayoría de las entrevistas, los propios ocupantes se referían a dos grupos temporales opuestos de residentes que también coinciden con el eje de diferenciación de (in)formalidad. Aquellos que se describían a sí mismos como pertenecientes al grupo orientado hacia el futuro, que quiere “avanzar”, “salir adelante” y “progresar” contrastaron con aquellos que declararon vivir “día a día”. Esta diferenciación temporal respecto a aquellos supuestamente atrapados en el presente también fue utilizada por los residentes autoproclamados como orientados hacia el futuro para elevarse a sí mismos: “Hay gente que puede salir adelante y hay gente que no quiere, porque se acostumbró, viste que vos te acostumbras a un hábito de vida y no haces nada por salir adelante” (INT#24). Especialmente los que habían vivido en el asentamiento durante décadas, tenían trabajo formal y residían en casas construidas con materiales sólidos, describían su sufrimiento y sacrificio[7], pasado como una lección aprendida que los hacía distintos de otros ocupantes en casas de chapa: “con todo lo que luchamos y de todo eso estoy orgullosa de todo lo que pasamos, porque eso te enseña también lo que es la necesidad y lo que vos tenés que proponerte para salir adelante” (INT#35). Este marcador de diferenciación no solo se estableció a lo largo del eje de clase, sino que también estuvo estrechamente ligado a la edad y a una mentalidad generacional dentro del ámbito histórico respectivo: “Yo creo que la gente de hace unos 20 años atrás tenía otra manera de pensar. Creo que los que llegamos, llegamos con esa mentalidad de mejorar y otros se quedaron en el tiempo y no se aprendieron a formular” (INT#31). La mayoría describió que la búsqueda de empleo empeoró durante la última década, las inundaciones se agravaron y el tráfico de drogas con tiroteos se había apoderado del asentamiento en los últimos años. Sin embargo, los ocupantes que comenzaron hacía mucho tiempo “desde cero” enfatizaban que “hoy en día la gente lo tiene mucho más fácil”. Esta narrativa temporalmente moldeada se extiende hasta cruzarse con el género. En especial, en entrevistas con mujeres que hablan sobre madres solteras jóvenes y pobres a las que les resulta muy difícil mantener el ritmo diario del trabajo, el cuidado y la familia a pesar de la supuesta época ideal en la que viven en este momento, como ilustra esta declaración de una mujer de 50 años:
A mí sinceramente me dan pena los niños, porque yo te digo, si te dejas pegar, jódete. Ahora, con todo lo que hay en apoyo a la mujer, es imposible que pasen esas cosas. (…) Y a mí siempre los mantuvo mi marido y mis hijos. No como ahora que viste que les dan de acá, que le dan de allá, porque tienen fácil, todo fácil. (…) Yo no estoy en contra de que ayuden a las madres que tienen los hijos que ya tienen, pero pasa que ahora es todo más fácil y ves que le dan todo, le dan todo, le dan todo, entonces como que nadie la sufre, ahí va, nadie la sufre. (INT#32)
Por un lado, ejemplos como estos muestran narrativas discriminatorias en la intersección de clase, edad y género, y, por otro, ejemplifican cómo los residentes de larga estancia y arraigo espacial perciben y entrelazan el pasado, el presente y el futuro para construir narrativas de identidad como un hilo fundamental a través del tiempo (Lombard, 2013, p. 814). Testimonios como “es ambición de progresar, pero con la condición de que yo sé de dónde vengo, mis raíces, o sea, esas cosas malas que vivió, sirvió para esto, para salir adelante” (INT#24) facilitan la contranarrativa del asentamiento y de sus residentes como dinámicos, trabajadores, visionarios y siempre en progreso. Sus casas autoconstruidas cuentan sus historias, sirven como manifestaciones espaciales de significado, identidad y memoria (Lombard, 2013, p. 816). Además, proporcionan a sus residentes más que refugio, porque sus casas también están siempre en progreso. Como lo expresó Vaillant, tener cierta edad o arraigo significa haber sido parte de una cierta lucha (2013, p. 387). Su ritmo general de organización social siempre ha buscado la regularización o las mejoras en sus casas y el entorno, lo que contrasta con una noción lineal del tiempo donde los hogares se materializan como objetos estáticos o terminados. Esto también resuena en los comentarios de los residentes sobre el valor de sus casas medido en dolor a lo largo del tiempo: “Me costó un sacrificio, 36 años de poner todo” (INT#8). De esta manera, los residentes crearon una especie de moneda temporal de merecimiento, de forma que sus casas eran pagadas con años de sufrimiento. Estas nociones de tiempo como no lineal, sin final definido y la correspondiente fe en el progreso lento (‘faith in slow progress’) (Lombard, 2013, p. 823) no solo ayudan a entender la otredad rítmica en La Chacarita, sino también la colisión amplificada de temporalidades a través de la destrucción de su permanencia e identidad espaciotemporal: sus casas.
La colisión y renegociación de temporalidades a través del realojo
Todos los residentes destacaron que experimentaron muchos anuncios políticos de regularización o realojo en el pasado que seguían un ritmo quinquenal en consonancia con los ciclos electorales. Durante décadas, promesas falsas electorales con su previsibilidad rítmica usadas como herramientas de dominación acostumbraron los ocupantes a las políticas de la espera (Auyero, 2012), que también dejaron su huella en la relocalización misma. Para algunos, el anuncio del PNR estuvo acompañado por una incredulidad constante hasta el día de la mudanza[8]. No obstante, durante el período de espera desde el anuncio en 2017 hasta la relocalización final en 2023, La Chacarita se transformó insidiosamente de un asentamiento con todas sus incertidumbres, actividades diarias y cambios sucesivos en un territorio de la espera, que surgió a partir de la anticipación de la movilidad forzada para algunos (Vidal, 2016, p. 330). El estrés causado por el mero anuncio es un determinante significativo para la relocalización misma, las actitudes de los participantes hacia el traslado y su agencia (Bartolomé, 1984, p. 190). Tanto el anuncio como el realojo en sí mismo pueden considerarse como disruptores de la rítmica ritual, ya que la perspectiva de mudarse interfirió fundamentalmente con los mecanismos de estabilidad de los residentes porque interrumpió el orden social de proximidad y permanencia espaciotemporal. Mientras que la mayoría de las temporalidades originarias se formaron por una continuidad espaciotemporal, la relocalización introdujo una discontinuidad inminente. Al aprehender la presencia del futuro, independientemente del apoyo o rechazo a la relocalización, la mayoría de los ocupantes mostró ritmos de anticipación (Iparraguirre, 2022, p. 87) que dieron cuenta de procesos sociales vinculados a sus prácticas anticipatorias. Así, La Chacarita se transformó lentamente en un espacio intersticial entre dos momentos en el tiempo. La situación de espera se apoderó del asentamiento hasta el punto de modificar el significado y los usos de ese espacio en formas de espera activa y pasiva: por ejemplo, algunas personas dejaron de invertir en sus casas o perdieron las ambiciones de "salir adelante" por sí mismas. Además, para aquellos que ya habían sido realojados, las segundas y terceras entrevistas posteriores al realojo mostraron que la entrada en la ciudad con viviendas formales no estaba vinculada al fin de sus experiencias de espera debido a las nuevas dependencias de las temporalidades hegemónicas[9].
Algunas temporalidades hegemónicas ya se habían incorporado a los ritmos de vida en La Chacarita antes del anuncio de realojo, ya sea a través de trabajos formales, escuelas, trámites oficiales para el asentamiento, la Iglesia o citas médicas. Sin embargo, la esfera de la vivienda en su mayoría quedó intacta o se caracterizó por formas mixtas de (in)formalidad. No vivir en terrenos informales significó, por un lado, la pérdida de su sistema de proximidad espaciotemporal y, por otro lado, incorporar una ritmicidad diferente y regulada con respecto a los espacios públicos (como el ruido y las luces durante la noche, la recolección de basura a cierta hora o los horarios fijos de apertura de los quioscos de los residentes con registro formal). En la escala de los propios apartamentos, las viviendas recién fabricadas eran unidades estandarizadas de pared a pared que hacían que los residentes recibieran sus primeras facturas, vivieran más cerca unos de otros y, a menudo, habitaran apartamentos más pequeños que antes. La mayor colisión temporal se produjo por la transformación de casas autoconstruidas e individuales en unidades idénticas y estáticas que solo podían medirse en valor monetario y no en años de lucha:
Te tiran todo el proyecto que hiciste, te lo tiran abajo y te dan otra casa. Yo creo que si vos tenés un predio o construir tu casa como vos querés, como te gusta, eso que se le hace detalle es de hecho. Vos no puedes tocar nada, no puedes romper una pared y no podés cambiar la puerta, no podés hacer esto, no podés, te prohíben todo, es como que no es tuyo, entonces no, entendés, no es tuyo. (INT#42)
Como se puede observar en esta declaración, los residentes ya no podían demostrar movilidad social ascendente, sacrificios pasados y orgullo presente, lo que equivalía a una pérdida de su comprensión del fenómeno material del devenir. En contraste, todas las familias entrevistadas que se mudaron a través de la modalidad PCVU compartieron una noción más eufórica del futuro que encontró su expresión en su derecho como propietarios para generar cambio, avanzar y dedicarse a sus nuevas casas en proceso: “El espacio no se explica. Es hermosa. Lo que hay que hacerles un mantenimiento de paredes y lo mínimo. La casa esta preciosa. Mi esposo me dice, ‘¡pero las ventanas son re antiguas!’ [ríe]” (INT#13).
Aunque los participantes del PCVU disfrutaban de muchas libertades temporales después de la mudanza[10], experimentaban un choque surgido de la interacción de los ritmos polito-económicos dentro de esta modalidad. Las responsabilidades burocráticas, que consumían mucho tiempo, fueron transferidas del Estado a los residentes: obtener la aprobación del ministerio, encontrar una casa adecuada en el mercado en 180 días (o empezar de nuevo), organizar un informe de la casa con actores estatales, proporcionar todos los documentos y esperar la transacción de dinero al propietario antes de poder mudarse. Esos pasos sucesivos crearon muchos bucles de espera, de modo que algunos todavía estaban esperando su realojo mientras que todas las relocalizaciones comunitarias estaban completadas en 2023. Muchas familias experimentaron que la temporalidad del mercado no encajaba con la del Estado y tampoco con la suya propia, como muestra este fragmento de una entrevista grupal del PCVU:
- Ya la habríamos comprado la casa, falta pagarla no más. Es un tema del ministerio que la paga. Ya había firmado todo y los dueños quieren urgentemente venderla.
- Nosotros también presentamos y todo, pero se nos venció el plazo. 180 días que pasaron y en eso saltó la pandemia, el hombre vendió la casa.
- A mi pasó cuando mi habilitaron la plata, la señora se enojó por la espera y decidió bajarse. Ya estaba todo también. Es lo mismo que casi a todos nos pasó. (…) Ya te dicen las inmobiliarias porque el ministerio no quiere el contrato, porque les gusta complicarte las cosas y muchas inmobiliarias dicen para el ministerio no hacemos nada. (FG#1)
Especialmente desde la pandemia de Covid-19, muchos lamentaron que el monto de la subvención permaneciera estático a pesar del aumento de los precios de las viviendas. Como resultado, los contendientes no solo estaban esperando dependientemente que la burocracia política y las negociaciones entre actores estatales terminaran, sino que también quedaban a la espera de oportunidades variables basadas en el mercado, lo que muestra los límites espaciotemporales de las políticas compensatorias neodesarrollistas en una ciudad capitalista. Tal y como se ha demostrado en otros proyectos urbanos que apuntan a la erradicación o reestructuración de espacios informales, incluso los enfoques redistributivos del bienestar a menudo se ven comprometidos debido a que los ritmos compiten y chocan en lugar de fusionarse (Hudson, 2015, p. 478). Además, la lógica socioespacial de la modalidad PCVU generó una separación en el eje de ritmicidad (in)formal dentro de La Chacarita, ya que aumentó la concentración de vulnerabilidades en los sitios comunitarios. Para estos últimos el realojo a la ciudad formal implicó una transición acelerada a los ritmos del trabajo asalariado y el consumo formal (Rogers & Wilmsen, 2020, p. 267) – o al menos, la búsqueda de los mismos.
Después de días cargados de emoción durante la mudanza y demolición de las casas, muchos residentes tuvieron que reorganizar sus ritmos y prácticas cotidianas. Aunque esto causó complicaciones temporales, también mostró la capacidad de los residentes para reconstruir a largo plazo. Sin embargo, los pensamientos y sentimientos hacia la relocalización en general no pudieron ser ordenados de manera tan pragmática. Esta declaración de una pareja mayor con un fuerte arraigo a La Chacarita como que nunca quiso mudarse muestra cómo una combinación de nostalgia, falta de confianza en el PNR y dudas sobre la violencia lenta de la contaminación aún determinaban su percepción de injusticia del realojo un año después:
Vamos a realidades, ¿contaminación de qué? Yo crie a mis diez hijos ahí, ningunos desformaron. 'Sí, pero mira tu marido' dicen. No, mi marido no es por la contaminación, mi marido ya venía con esa enfermedad [EPOC] y él fumó toda la vida, entonces a raíz de eso le vino. Pero no me digas que por la contaminación de los terrenos porque no hay. (INT#40)
Como muchos otros, la pareja trabajaba como recicladores informales desde su infancia. Los residuos sólidos que seguían contaminando el suelo y la cuenca del arroyo eran la base misma de su supervivencia y transmitieron estos ritmos de trabajo duro y diario a sus hijos. El deterioro intangible, invisible y lento de los metales pesados que causaban una exposición tóxica prolongada aún no convencía a todos de la intervención estatal, sobre todo cuando nunca habían sufrido inundaciones en toda su vida, así "lo dijeron para sacarnos" (INT#14) no era una respuesta rara. Ahora bien, la espera a la próxima inundación inminente con su temporalidad puntual y repentina, aunque previsible, llegó a su fin para muchos y esta fue una de las principales razones (además de las mejoras en la infraestructura, localidad o condiciones de vivienda) para aprobar el realojo.
Conclusión
Cuando llegan soluciones, aunque ya no se las espera ni se desea, las temporalidades hegemónicas se naturalizan: “Hay un efecto de naturalización de la acción del Estado cada vez que este actúa de manera impredecible. Las soluciones llegan como llega la lluvia o un día soleado” (Filardo & Merklen, 2019, p. 154). Esas experiencias pasadas y las relaciones con el Estado han moldeado las percepciones de los residentes en el presente, sus acciones anticipatorias y su actitud general hacia la aprehensión del devenir impuesta a través del realojo. Frecuentemente el desplazamiento y/o reasentamiento se equiparan con la pérdida del hogar y, por lo tanto, se reduce a un fenómeno espacial (Meth, 2023, p. 829). Este artículo ha demostrado que la pérdida del espacio está estrechamente relacionada con la pérdida de temporalidades originarias y su establecida otredad rítmica que contrarresta con las nociones hegemónicas del tiempo y a su vez está conectada con la casa, la comunidad y la estabilidad. Al igual que otros estudios situados en la intersección entre (in)movilidades (in)voluntarias (Conlon, 2011, p. 355), este trabajo también ha mostrado que la espera puede ser activamente producida, encarnada y politizada en los procesos de negociación entre los residentes, el Estado, el mercado y los desastres ambientales. Si bien no se manifestaron formas de resistencia colectiva en el sentido de levantamientos violentos contra las temporalidades hegemónicas, el proceso de reasentamiento dio lugar a experiencias profundamente subjetivas de espera y temporalidad en la intersección de género, edad y clase. Aun así, algunos sistemas de solidaridad localizados pudieron ser renegociados en los nuevos lugares de relocalización, por ejemplo, mediante la reactivación de relaciones de solidaridad con antiguos vecinos. Además, se evidencia que el reasentamiento no solo formalizó el espacio y el tiempo, sino también las relaciones con el Estado[11], generando un efecto disciplinario que se refleja igualmente en el plano temporal.
Sin embargo, la aplicación del marco teórico también muestra algunas limitaciones. Esto se debe principalmente a su noción dualista de temporalidades en asentamientos que han vivido en formas híbridas (in)formales durante décadas, ya que las personas han desarrollado racionalidades temporales heterogéneas, en las que algunas son más hegemónicas que otras. Se requerirían más estudios longitudinales para ver cómo se renegociaría a largo plazo la colisión y la relación recíproca entre las temporalidades hegemónicas y originarias a través de la formalización de las relaciones sociales y las condiciones de vivienda. Sin embargo, las epistemologías académicas, con sus propios ritmos, también forman parte de la temporalidad hegemónica, por lo que salir de esta última solo puede resultar en una aproximación con contradicciones.
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Notas

