Presentación
Recepción: 28 agosto 2025
Aprobación: 31 agosto 2025

Resumen: La historia como disciplina ha tenido varios cambios a lo largo del tiempo, tanto en las preguntas de investigación que hace, las fuentes que analiza, los marcos teóricos y metodologías que emplea. Esta capacidad de la historia de ofrecer varias interpretaciones acerca de la acción humana en el pasado y el presente ha respondido a diversos momentos en los cuales la misma producción histórica se ha convertido en una forma de combate. En muchas ocasiones, los giros y cambios de la misma disciplina se han dado en momentos de crisis en la cual sus profesionales han ensayado múltiples respuestas a los problemas sociales. Este dossier ofrece diversas perspectivas latinoamericanas contemporáneas desde la historia para estudiar el mundo colonial, el pensamiento, las disputas políticas, la crítica artística, la ciencia, entre otros temas.
Palabras clave: Historia, Ciencia, Narrativa, Perspectivas, Historiografía.
Abstract: History as a discipline has undergone several changes over time about research interrogatives, primary sources, and theoretical frameworks and methodologies. This ability of history to offer various interpretations of human action in the past and present has responded to various moments in which historical production itself has become a form of combat. Often, the shifts and changes in the discipline itself have occurred in times of crisis, in which its practitioners have tried multiple responses to social problems. This dossier offers diverse contemporary Latin American perspectives from the view of history of the colonial world, political disputes, artistic criticism, science, and other topics.
Keywords: History, Science, Narrative, Perspectives, Historiography.
Presentación
«En la investigación histórica, siempre debe estar presente la conciencia de que existe una fractura, una fractura que nos hace introducirnos en una esfera distinta de la nuestra, pero a la que debe seguir de inmediato la toma de conciencia del distanciamiento existente»
Natalie Zemon Davis
Pasión por la historia
El discurso histórico es, esencialmente, una ontología de la vida humana en el tiempo. Desde sus inicios, la escritura de la historia ha planteado una exigencia radical: mantener vivo el pasado como vehículo de inteligibilidad de la actualidad. Sin embargo, el pasado cambia a partir de las preguntas que nos formulamos sobre lo que somos, lo que vamos siendo y dejando de ser. La historia, como saber y como campo del conocimiento, dice Michel de Certeau, es la escritura de un duelo siempre inconcluso y recurrente: interrogamos para ser, dejar de ser, e imaginar futuros que nos extraen otros pasados, silenciados, reprimidos, siempre fragmentarios y, por tanto, re-imaginados en el discurso del historiador[1].
El pasado cambia por las luchas del presente que inventan referentes anteriores, descubren nuevos archivos, fuentes y testimonios[2] . En ese sentido, todo pasado es poliédrico desde la mirada de una actualidad. De pronto, lo que no se consideraba archivo posible, nos deslumbra, nos encamina a otras maneras de relacionarnos con el pasado[3]. Este es un combate en las escrituras que proponen la inteligibilidad de lo actual, ya sea para afirmarlo, ya sea para cambiarlo, pero lo importante es que nada se queda estático después de que el historiador ha hecho su intervención, un trabajo de interpretación capaz de producir un imaginario vivo[4]. No nos referimos a lo acaecido, a aquello que se ha perdido en el pasado, pues el historiador es un intérprete antes que reconstructor. Hacemos hincapié en la narración histórica, los modos de apropiación del pasado, sus conmemoraciones, sus testimonios, a su narración en múltiples voces, a los sujetos que lo contaron como testigos, informantes o narradores. Nada del pasado se nos presenta fuera de una narración, incluso textos oficiales, como oficios o excomuniones, tiene la forma de un relato, de una narración. Un saber se compone de escritura, de textos[5]. Rancière sostiene que «lo real tiene que ser ficcionado para ser pensado» (2009, p. 48).
En la vida cotidiana de los sujetos, naciones y culturas, el discurso histórico es constitutivo de su forma de proyectarse, de su modo de ser y de su condición de habitar. Producimos el olvido y los recuerdos al construir la memoria, la trayectoria posible, las herencias y las exigencias de lo inconcluso[6]. El pasado nos plantea reclamos (Benjamin 2005), y la historia es un arma de combate, pero al mismo tiempo puede ser un vehículo de cegueras, de esclavitud y de inercia. Ya Heródoto (1992, p.85) en el proemio de su Historia nos recordaba que la historia es una investigación y exposición de los acontecimientos, de los hechos, de lo vivido por los hombres y las mujeres para evitar su olvido.
Somos huellas, cicatrices, fragmentos inscritos en narrativas que nos dotan de sentido, de semánticas que nos conectan con el imaginario posible, con utopías y potencialidades civilizatorias[7]. Las memorias que, recordadas en ritos ceremoniales como fiestas fundacionales de religiones o estados, fundan subjetividades e identificaciones, pertenencias y vínculos afectivos con pasado, lugares, personas, valores y acciones.
El discurso histórico posee la marca de la interrogación sobre el presente. Siempre es una respuesta, de manera directa o llena de desvíos o de glosas, a un combate, a una creación institucional, a una subjetivación política presente. La historia no es neutral, sin embargo, su intervención es siempre singular, incluso cuando busca abordar una totalidad. Su objeto de interrogación ha transitado desde la teogonía religiosas a la centralidad en lo humano, de la objetivación de las estructuras y mentalidades a la descripción semántica y genealógica del mundo de las prácticas[8]. Nada está al margen del tiempo ni de la historicidad. Dicho de otro modo, lo histórico es una dimensión constitutiva de lo humano[9].
La historia muestra lo concreto incluso ocupándose de los mitos y los imaginarios religiosos o estatales. El discurso de la historia, como cualquier discurso que crea conocimiento, inventa su propio lenguaje conceptual, sus modelos o los toma prestados de otras ciencias (sociología, estadística, economía, psicoanálisis, etc.), sin embargo, crea su propia institución[10]. Se llega a ser historiador, como se llega a ser sociólogo o médico, luego de un largo proceso de iniciación e invención como sujetos de saber, en el que adquirimos la fuerza de un campo de conocimiento en forma de adquisición de las teorías que han construido el campo, de los modos de usar los archivos, de archivar, de modos de problematización, etc. De eso modo, el historiador aprende que la historia se ocupa de las realizaciones humanas, de los despliegues de las prácticas, de las luchas y defensas de instituciones concretas, singulares. El discurso histórico dirige la mirada, plantea problemas, diagrama escrituras, define en cada momento lo que es historizable o no, sitúa una época y la diferencia de otra. Además, plantea el cómo describir o explicar una situación, un fenómeno o una configuración.
El discurso histórico posee una fuerza instituyente. Es decir, afirma un mundo histórico, unas verdades, unas normas cuando su tarea es servir a los poderes constituidos, en ese sentido, es un vehículo de producción de normalidades, de horizontes infranqueables o teleologías demandantes de sacrificios[11]. No hay normalidad que no esté hecha de narrativas históricas, de acontecimientos emblemáticos. Las retóricas del poder cuando narran los eventos que lo fundan activan una voluntad religiosa, pastoral, exigen una conversión en guardianes de fe.
Por otra parte, el discurso histórico posee al mismo tiempo la fuerza de la insurrección, de lo intempestivo (Morey 2002). Nietzsche en Aurora proponeun combate contra las cosificaciones de lo humano, una desfundamentación de nuestras certezas, de las categorías del pensamiento, de los valores morales, políticos y estéticos. Su vehículo crítico es la genealogía, es decir, la exigencia de la objetivación de los comienzos y sus trayectorias, de las luchas que inventaron los valores, las certezas de las ciencias, las categorías de las naciones. En otras palabras, implica llevar a cabo un desenmascaramiento de las teleologías históricas. Ahí también surge una tarea que debe llevar adelante la historia como saber en modo de una pregunta: «en el fondo, ¿qué hace un buen historiador sino contradecir?» (Nietzsche 1994, aforismo 1). Esto puede ser tan despiadado como pensar:
todas las cosas que duran largo tiempo se van embebiendo poco a poco y hasta tal punto de racionalidad que llega a parecer imposible que haya surgido de la irracionalidad. Puede decirse que no hay historia precisa de una génesis que no sea sentida como algo paradójico y sacrilegio. En el fondo, ¿qué hace un buen historiador sino contradecir? (Nietzsche 1994, aforismo 1).
Contradecir tiene, entre sus posibles máscaras, la forma y el acto de heredar. Somos seres contingentes que ‹cargamos› herencias históricas[12]. Estas son múltiples, con distintos ritmos y velocidades, inscritas en formas de creencias, valores, esquemas mentales, como también yacen en diferentes archivos, prácticas e instituciones sociales, lenguajes, sueños y pesadillas. El acto de heredar exige un trabajo histórico-interpretativo, una apuesta por el sentido. Derrida lo manifiesta como:
heredar no es en esencia recibir algo, un elemento dado, que entonces se puede tener. Es una afirmación activa, responde a una conminación, pero supone también la iniciativa, la firma o la refrendación de una selección crítica. Cuando se hereda se clasifica, se criba, se valora, se reactiva.
(1998, p.40)
Un sentido que no es otra cosa que una re-escritura del horizonte de este mismo respecto del pasado, con aquello con lo cual retamos al por-venir, con lo cual lo prefiguramos.
El discurso histórico no es ajeno a la disputa por lo público, como lugar de polémicas, de construcción de un nosotros potencial y posible. La formación de historiadores y la generación de un discurso histórico reflexivo, crítico, solo puede suceder en la universidad. La universidad como el lugar social e institucional donde la pregunta por el fundamento se convierte en una pregunta por la vida humana[13]. Ir al fundamento, como necesidad ontológica, debe acompañar la formación de los profesionales en historia. Hoy comprendemos que no existe una técnica sin un trasfondo cultural, histórico que lo haga posible o que lo vehiculice. No hay actividad humana sin significado, sin sentido[14]. Por este motivo, la construcción de las narrativas históricas[15]y el estudio de las historiografías no son ajenas a las polémicas por el orden de lo visible y de lo inteligible, de lo que se puede ver, decir e imaginar.
Los debates dentro de nuestra disciplina han sido amplios, incluso antes de la expansión occidental del régimen moderno de historicidad (Hartog 2007). América Latina ha estado estrechamente ligada a los debates en Europa y Estados Unidos acerca de la historia. Sin embargo, en muchas ocasiones, mientras aquellas academias del norte global daban giros cuyo objetivo era volver y ampliar la mirada hacia lo social, o político y lo cultural, nuestras tradiciones historiográficas no habían dejado de tratar aquellos temas desde la historia política,[16]la sociología histórica, el ensayo político, etc.[17]Nuestros países y sus historiografías han participado de los debates globales sobre la historia no solo conlleva a vernos como atentos oyentes, sino también como potentes críticos e innovadores perspicaces[18]. La entrevista a Clara Lida, publicada en este dossier, da cuenta de esa potencialidad y del encuentro que las tradiciones historiográficas latinoamericanas tuvieron con las perspectivas europeas desde la segunda mitad del siglo XX.
Quienes editamos este dossier vimos necesario abrir el espacio para el diálogo alrededor de las formas de hacer historia en la actualidad. También, buscamos abrir el debate con nuestros colegas alrededor de nuevas perspectivas que se trabajan desde América Latina y Ecuador. Además, este número de la Revista Ciencias Sociales tiene la intención de servir como insumo para los estudiantes de historia para que tengan herramientas novedosas que complementen su proceso de formación. Así, ofrecemos a los lectores cinco artículos que estudian diversos períodos y problemas desde diferentes perspectivas.
El ensayo de Jorge Cañizares-Esguerra desmonta las interpretaciones historiográficas dominantes sobre Don Diego de Torres, cacique muisca del siglo XVI, argumentando que el supuesto «silencio» de los archivos es en realidad una construcción historiográfica. Este texto aporta al dossier una crítica radical a los modos dominantes de hacer historia colonial, insistiendo en la necesidad de aplicar la sospecha hermenéutica a las narrativas historiográficas consolidadas. Con ello, Cañizares-Esguerra reivindica el archivo como campo de agencia y conflicto y propone una metodología que atiende a la visibilidad y exclusión construidos por la propia disciplina histórica. A partir de una relectura de los documentos recopilados por Ulises Rojas, Jorge Cañizares-Esguerra presenta la riqueza de testimonios disponibles y muestra cómo Torres no fue tanto un héroe indígena en resistencia contra las encomiendas, sino un actor con múltiples identidades: cacique, jenízaro o burócrata cortesano.
El artículo de Carmen Fernández-Salvador examina críticamente los conceptos utilizados por la historiografía tradicional del arte ecuatoriano para definir el arte colonial, especialmente en los textos de Juan León Mera y José Gabriel Navarro entre el siglo XIX y las primeras décadas del XX. Mediante el análisis de conceptos como «escuela quiteña» o «arte ecuatoriano» y la influencia de paradigmas como el espíritu nacional o el determinismo geográfico, la autora muestra cómo la historia del arte operó dentro de un entorno político que buscaba construir una identidad nacional homogénea. Su lectura se adentra en las operaciones ideológicas detrás de la selección, omisión y uso de ciertos lenguajes. El aporte de este artículo al dossier radica en su capacidad de problematizar los fundamentos epistemológicos de la disciplina histórica cuando ésta se entrelaza con el campo del arte al interrogar los términos que han ordenado el relato sobre la producción artística colonial quiteña.
El artículo de Paul Ponce analiza los conceptos e imaginarios religiosos que determinaron la representación y conocimiento de la naturaleza durante el surgimiento de la Ilustración en los Andes del norte. El artículo propone una forma alternativa de contar la historia de la ciencia, al mostrar que el lenguaje religioso, lejos de ser un obstáculo, posibilitó el conocimiento científico en los Andes coloniales. Esta mirada permite reconocer otras genealogías del saber, en las que lo sensible, lo estético y lo espiritual ocupan un lugar central. Esto lo hace a través del estudio de textos como el Mercurio Peruano y la obra de figuras como Hipólito Unanue y Francisco González Laguna. Así fue posible la configuración de una Ilustración singular, distinta de la europea, que se insertó en redes globales de conocimiento desde una matriz semántica y epistemológica propia.
El artículo de Viviana Velasco y Abraham Zaldívar presentan una revisión crítica de la historiografía del derecho en el Ecuador, mostrando cómo esta ha transitado desde enfoques normativos y doctrinales dominados por abogados, hacia una producción más reciente que incorpora perspectivas sociales, políticas, de género y culturales en el análisis del fenómeno jurídico. El texto invita a construir un campo interdisciplinar que reconozca al derecho como forma de poder y también como espacio de resistencia y producción de sentido, al articular genealogías del pensamiento jurídico con procesos sociales de agencia, disputa y negociación, y a señalar la necesidad de superar la distancia entre juristas e historiadores. Este enfoque amplía las posibilidades de análisis y plantea desafíos metodológicos clave para futuros estudios en historia del derecho y de la justicia, incluyendo la exploración de las prácticas jurídicas locales, el pluralismo jurídico y la relación entre norma y práctica en contextos históricos diversos. El artículo invita a construir un campo interdisciplinar y su enfoque amplía las posibilidades de análisis y plantea desafíos metodológicos clave para futuros estudios en historia del derecho y justicia.
Finalmente, el artículo de Elías José Palti propone una lectura crítica de la oposición entre libertad e igualdad en los planteamientos de Isaiah Berlin. Palti muestra cómo esta dicotomía instituye un lugar de verdad desde el cual se legitima un orden político. Argumenta que la teoría política liberal es portadora de un tipo de mesianismo normativo que reivindica valores por encima de la voluntad popular. Los conceptos políticos como libertad, justicia o democracia son esencialmente indefinibles y funcionan como índices de problemas, revelando tensiones internas irresolubles. La indefinición permite que dichos conceptos cambien de significado según el contexto histórico, lo que subraya su carácter contingente. Esto revela una aporía constitutiva de la democracia moderna que no puede afirmar ni negar plenamente su principio fundante de soberanía popular sin caer en una contradicción. Al desmontar la auto legitimación democrática, Palti invita a repensar el papel del historiador como productor de sentido en un contexto marcado por las disputas de sentido.
Este número también incluye una entrevista a la historiadora Clara E. Lida, quien no solo ofrece un acercamiento a su trayectoria, sino que realiza una panorámica sobre los cambios que ha experimentado la historia social en América Latina en las últimas décadas. Desde su experiencia evalúa las posibilidades que tiene la misma disciplina en lo que a temas de investigación, fuentes y metodologías se refiere. Su tránsito académico da cuenta de los complejos caminos que ha recorrido la historiografía latinoamericana y permite pensar en la potencialidad de la región, lo que rompe la narrativa que la plantea como subordinada a las academias del norte global.
En definitiva, los textos de este dossier son una invitación a zambullirse por las tradiciones historiográficas latinoamericanas y los temas que estas trabajaron, a nutrirse de las nuevas visiones, inquietudes, fuentes y problemas de investigación. Pero, también, revelan la potencialidad ontológica de la historia como saber. Finalmente, lo humano se comprende dentro de distintas temporalidades, espacialidades y desde diversas perspectivas que requieren un trabajo creativo y riguroso de las historiadoras y los historiadores.
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Notas
Las tradiciones historiográficas latinoamericas tienen varios ejemplos de perspectivas innovadoras como Gaos (1945); Halperín Donghi (1961); Maiguashca (1994); O’Gorman (1969); Reyes Heroles (1945); Rodríguez (1975); Vázquez (1970); Zavala (1949); Zea (1944). Para el caso ecuatoriano es preciso poner atención a los trabajos de Albornoz (1977); Carrasco Vintimilla (1974); Estrella (1980); Pareja Diezcanseco (1946); Roig (1995); Vargas (1987).

