Artículos de temática libre

Voz política como práctica acuerpada en la construcción de memorias feministas

Political voice as an embodied practice in the construction of feminist memories

Natalia Villarroel Torres
Graduate Center, City University of New York, Estados Unidos de América

Descentrada

Universidad Nacional de La Plata, Argentina

ISSN-e: 2545-7284

Periodicidad: Semestral

vol. 10, núm. 1, e288, 2026

publicaciones@fahce.unlp.edu.ar

Recepción: 07 junio 2024

Aprobación: 16 mayo 2025



DOI: https://doi.org/10.24215/25457284e288

Resumen: A través de un análisis exploratorio, el siguiente trabajo presenta algunas nociones sobre el concepto de voz para revisarlas desde una perspectiva feminista. Esta reflexión se sitúa en el contexto de dos movimientos de mujeres del siglo XX en Chile, a saber, el movimiento de obreras de comienzos de siglo y el movimiento de mujeres que surge en el escenario de la dictadura chilena décadas más tarde. A partir de una discusión interdisciplinar, este trabajo explora las concepciones patriarcales que han afectado la toma de la palabra de las mujeres históricamente, así como también, reflexiona sobre las diferentes prácticas que involucran la voz y que la registran, y propone que el concepto de voz puede ser fructífero para estudiar y construir memorias feministas. En consecuencia, en este trabajo la voz se concibe como una categoría acuerpada e intrínsecamente atravesada por el género, pues, cuando hablamos de voz, nos referimos a una noción que se ha visto vinculada históricamente a cuerpos femeninos y, por tanto, ha sufrido de los mismos embates, sesgos y silenciamientos que sufre el cuerpo que la emite.

Palabras clave: Voz, Feminismo, Memorias Feministas, Movimiento de Mujeres, Chile.

Abstract: Through an exploratory analysis, this paper presents some notions of the concept of voice to review them from a feminist perspective. This reflection is situated within the context of two significant women's movements in twentieth-century Chile: the early century movement of women workers and the women's movement that arose during the Chilean dictatorship. Through interdisciplinary discussion, this paper explores patriarchal conceptions that have historically constrained women's opportunities to take the floor, reflects on the different practices that involve voice and its documentation, and argues that the concept of voice can be fruitful for studying and constructing feminist memories. Consequently, in this essay, voice is conceptualized as a category historically associated with female bodies. As such, the notion of voice has been subjected to the same attacks, biases, and silencings as the bodies that produce it.

Keywords: Voice, Feminism, Feminist Memories, Women’s Movements, Chile.

Venir de vuelta, abrir la puerta

Está resuelta, estar alerta

Sacar la voz que estaba muerta y hacerla orquesta

Caminar, seguro, libre, sin temor

Respirar y sacar la voz.

Liberarse de todo el pudor

Tomar de las riendas, no rendirse al opresor

Caminar erguido, sin temor

Respirar y sacar la voz.

“Sacar la Voz” (Tijoux, 2012, 2:26-2:37)

1. Introducción

La canción “Sacar la voz” de Ana Tijoux junto a Jorge Drexler es cautivante desde el inicio, tanto por la melodía en rap como por la lírica potente que escuchamos cantada a dos voces. Tijoux es una artista conocida por plantear mensajes de crítica social a través de su trabajo musical, pero también a través de la visualidad que logran sus videoclips. El video de la canción “Sacar la voz” (Tijoux, 2012), pieza audiovisual que ella dirige y produce, así lo demuestra. Dicho video comienza con imágenes en blanco y negro que muestran a la cantante vocalizando la letra de su canción y luego, poco a poco, van apareciendo otros cuadros visuales que enseñan situaciones y personajes cotidianos del escenario sociocultural chileno.

La primera escena, que se entreteje con la imagen de la cantante, nos muestra una cama y sobre ella unas piernas entrecruzadas de lo que sería una pareja cariñosa (Tijoux, 2012, 0:08). Luego, aparece la imagen de un bebé siendo acunado por unos brazos que se piensan maternos y en seguida se muestra la imagen de una marraqueta; pan típico de Chile que también ha funcionado como estandarte y signo de luchas sociales históricamente (Tijoux, 2012, 0:09-0:12). Más adelante, el video insiste en la aparición de la imagen de la cama, pero esta vez mostrando a un hombre y una mujer entrelazados, abrazados, en un acto de amor (Tijoux, 2012, 0:25-0:28). Si bien en este cuadro el video enseña los cuerpos completos de la pareja encima de la cama, es cierto que aún no se pueden ver las caras de estas personas, dado que ambos están encapuchados. Un pañuelo naranja cubre la nariz, la boca y el mentón de los actores, de modo que se observan sus rostros semitapados, semiincógnitos, semimudos.

A medida que va transcurriendo el video van apareciendo más imágenes que interrumpen la presencia visual de Tijoux. Paisajes del cotidiano chileno e imágenes de quienes lo habitan cambian el foco de atención, desde la cantante hacia otros protagonistas sociales. Así, se observa una familia “tomando once” (merienda chilena de media tarde-noche), personas haciendo una larga fila mientras esperan el bus para retornar a casa, otras personas vendiendo en la calle, chicos jugando fútbol, jóvenes bailando y performando en la vía pública, y otras cuantas personas haciendo música callejera (Tijoux, 2012, 0:37-1:47).

Independientemente de la acción que las personas estén realizando en los diferentes cuadros que muestra el video, lo que salta a la vista como signo curioso es que todos los actores llevan la cara cubierta con un pañuelo naranja que esconde sus narices, bocas y mentones. Solo en el minuto 3:46 estos comienzan a destapar sus rostros, dejando ver sus caras completas y una expresión facial que esconde una suerte de alivio ante el acto revelatorio. De ahí en adelante, hasta el final del video, solo se ven personas descubriendo sus rostros mientras suenan los últimos versos de la canción. El video es simple, pero su mensaje potente: sacar la voz, no callar, revelarse, y se lo está diciendo al pueblo de Chile. Al que “toma once”, al que juega fútbol en la calle y al que tarda en llegar a casa porque usa el transporte público para ir a su trabajo.

Así, a través de su trabajo musical y visual, Tijoux plantea una noción corporal de la voz que involucra la materialidad del cuerpo que la emite: “Caminar erguido, sin temor, respirar y sacar la voz”; otra noción que concibe la voz como una metáfora de la expresión: “sacar la voz que estaba muerta” (alzarla); y una última forma de concebir la voz, a saber, como un entramado colectivo construido con otros: “sacar la voz [...] y hacerla orquesta” (Tijoux, 2012, 2:29-2:36). En tal sentido, Ana Tijoux plantea que la voz es y está al servicio de la lucha política, en tanto que permite interpelar un sistema de opresiones, pero también, porque da a conocer la existencia de un individuo frente a otro(s) (Cavarero, 2012). De hecho, la voz se plantea aquí como fundamental para que la existencia humana adquiera sentido, pues, es a través de ella (y del acto de escucha) que los sujetos se reconocen unos a otros y se asumen a la vez como únicos y como partes de una pluralidad (Cavarero, 2022).

De acuerdo con esto, el siguiente trabajo reflexiona sobre el concepto de voz considerando su naturaleza doble, pues concibe esta categoría desde una dimensión material, es decir, la voz material (sonora); y desde una dimensión simbólica comprendida como voz política, aquella que da cuenta de la metáfora cultural de agencia política de quienes, por ejemplo, “tienen” o “dan” voz (Kunreuther, 2014; Weidman, 2014, p. 38). Siguiendo esta línea, este trabajo plantea que los estudios sobre la voz deben atender a las diferentes formas en que se resemiotiza el significado de lo que alguna vez fue dicho o (senti)pensado por un sujeto —sobre todo si es un sujeto feminizado—.

La relevancia de esta perspectiva se encuentra en el hecho de que, cada vez que comunicamos y creamos significado, dejamos una huella textual que ancla nuestra(s) voz/voces en la memoria (Rivera Orellana, 2020; Llona, 2020). Este anclaje se produce a través de diferentes prácticas que involucran la voz, o como señala Amanda Weidman (2014), los diferentes regímenes de auralidad de la voz—como la escritura, el canto, la performance, etc.—, los cuales no solo registran las voces, sino que también sustentan la noción de voz como metáfora de agencia política.

En este sentido, y considerando que el registro de la voz es crucial para el estudio, el conocimiento y la memoria de ciertas identidades o sujetos sociales, adquiere igual importancia la noción de escucha. Tal como nota Gayatri Spivak (1990), no basta solo con “alzar la voz” o “tener una voz”; también es necesario preguntarse quién escuchará esa voz, y si realmente todas las voces tienen el mismo alcance y posibilidad de ser oídas (p. 59); sobre todo en un mundo que se organiza mediante estructuras dominantes del discurso (Couldry, 2009). De este modo, la voz se considera aquí también como un proceso, pues el acto de enunciar la voz requiere del acto de escuchar para concretarse; y a su vez, como un valor, pues la acción de escuchar no es neutra, sino que está atravesada por relaciones de poder que determinan qué voces son consideradas legítimas y cuáles no (Couldry, 2010).

Con este marco, el presente trabajo se propone explorar el concepto de voz a través del análisis de las diversas formas en que las mujeres del siglo XX chileno tomaron la palabra públicamente. Se analizarán dos casos, uno situado en el movimiento de las mujeres obreras de comienzos de siglo, específicamente los proyectos de prensa feminista de La Alborada y La Palanca, que tuvieron lugar entre 1905 y 1908; y el caso del movimiento Mujeres por la Vida (1983-1990), un grupo defensor de los derechos humanos que surgió en plena dictadura con el fin de recuperar la democracia.

La revisión de ambos casos permite observar cómo, desde contextos políticos temporalmente distintos, las mujeres desplegaron estrategias de enunciación para participar en el espacio público, disputando los límites del decir y articulando formas de resistencia a través de la creación de una propia voz. En este sentido, y siguiendo la noción de “reverberaciones feministas” de Joan Scott (2012, p. 355), estos dos momentos de la historia de Chile funcionan como un ejemplo para, también, poder explorar cómo es que las prácticas de enunciación, en contextos de movilización social —especialmente en escenarios marcados por la exclusión, desigualdad y violencia— pueden entenderse como interconectados a través del tiempo.

Estudiar las prácticas de la voz en estos dos periodos, entonces, permite identificar vínculos o la “sensación de conexiones vivas” (Hoffman, 2004, citada en Hirsch, 2008, p. 104) entre movimientos de mujeres que, aunque no se reconozcan dentro de una misma tradición o época, comparten un impulso común por negociar públicamente el cuerpo y la palabra como forma de acción política. De este modo, estos dos momentos y sus respectivas reverberaciones —huellas o ecos— también nos invitan a pensar la historia del feminismo y de los movimientos de mujeres no como una secuencia homogénea de sucesos, sino como algo discontinuo (Richards, 1994) que se mantiene a través de gestos, discursos y experiencias que se (re)activan y (re)escriben dependiendo de sus condiciones de posibilidad.

A partir de esto, y con el objeto de analizar las prácticas que involucran la voz en ambos casos presentados, este trabajo recurre a un conjunto de nociones sobre el concepto de voz utilizadas por la antropología, la lingüística y la filosofía, pero leídas desde una perspectiva feminista. Estos aportes permiten construir un marco analítico que habilita una lectura situada de las formas en que la voz opera como herramienta política y simbólica en contextos de movilización social. En particular, a través de este trabajo, se busca comprender 1) cómo se configura la dicotomía entre lo hablado y lo escrito, y qué relación tiene esta dicotomía con el acceso a las narrativas femeninas y feministas históricamente; 2) qué aspectos contextuales configuran y/o determinan si una voz, en este caso femenina, será, o no, escuchada; 3) cómo operan los diversos regímenes de auralidad de la voz (Weidman, 2014) o, en otras palabras, las diferentes formas en que la voz se registra o involucra en diversas prácticas sociales; y, finalmente, 4) cuál es el vínculo entre las prácticas de la voz, la construcción de memorias colectivas y las políticas feministas en la actualidad.

Para lograr estos efectos, el presente trabajo apuesta aquí por una reflexión interdisciplinar que, a través de un enfoque feminista del análisis crítico del discurso (Lazar, 2014; McElhinny, 2014), analiza algunas de las manifestaciones del movimiento de mujeres obreras a inicios de siglo XX y del movimiento de Mujeres por la Vida durante la dictadura. Para el primer caso se analizan La Alborada (1905-1907) y La Palanca (1908), dos publicaciones periódicas hechas por mujeres en el contexto de la revolución industrial chilena; mientras que, para el segundo caso, se analizan fragmentos de entrevistas de las integrantes de Mujeres por la Vida (MPLV), contenidas en el libro SOMOS +. La lucha del movimiento Mujeres por la Vida bajo la dictadura (2023) y un documental dirigido por Pedro Chaskel (1985), que registra una de las protestas más conocidas de este grupo de mujeres, a saber, la marcha “SOMOS+” en 1985.

De acuerdo con esto, se apuesta aquí por una reflexión interdisciplinar del concepto de voz, entendida como una categoría acuerpada, es decir, inseparable del cuerpo que la emite y, por tanto, estrechamente ligada a sus prácticas sociales y lingüísticas, y a sus estrategias de interacción (Lazar, 2014). Asimismo, la noción de voz se comprende como situada y atravesada por relaciones de poder que se configuran en torno al género, la clase, o la raza, lo cual implica reconocer que no todas las voces acceden del mismo modo al espacio público.

En resumen, este trabajo también ofrece un abordaje de la voz en tanto vehículo para la disputa simbólica, material y política, puesto que las voces —en tanto formas de expresión de identidades a través del lenguaje o cualquier otra forma de significación— se negocian socialmente en su lucha por ser oídas (Bakhtin, 1981; Laclau y Mouffe, 2004). De este modo, este estudio no solo busca analizar casos históricos de enunciación de sujetos feminizados, sino también aportar a una comprensión más amplia de las condiciones que hacen posible, o dificultan, que las voces emerjan, circulen y sean escuchadas.

2. Exceso de sonoridad: lo femenino de la voz

Cuando hablamos de voz o de alzar la voz se dibuja un contraste entre esta y el silencio. De hecho, se establece una relación de contraposición entre quienes pueden hablar y quienes no, o entre quienes hablan y quienes son silenciados, lo que indica que la voz está estrechamente ligada a una capacidad agentiva (Kunreuther, 2014). El sentido común diría que, si usas la voz, te escucharán, y si eres escuchada, puedes cambiar el mundo material en el que existes. Desde una perspectiva como esta, la idea de sacar o alzar la voz se dibuja como un ejercicio de libertad, pero esto no es del todo cierto, pues las prácticas que involucran la voz son mediadas y situadas en un contexto, y depende de este y sus marcos de organización política que la voz enunciada sea, o no, escuchada (Couldry, 2009). En otras palabras, la voz puede ser efectiva o devaluada según los marcos contextuales (de poder) bajo los que se produce. Por tanto, frente a un marco neoliberal, colonial y patriarcal la voz de algunos puede verse tremendamente devaluada.

Lo anterior muy bien lo sabemos las mujeres y los movimientos feministas, quienes desde tiempos inmemoriales hemos sido despojadas no solo de nuestra voz, sino también de su ritmo y sonoridad (Aldana Mendoza, 2015). Las lógicas patriarcales, a través de la implantación de un sistema binario de género, no solo han afectado la forma en que vive un cuerpo femenino o un cuerpo que va en contra o excede lo binario, sino también las formas en que esos cuerpos se expresan (Butler, 2007). De hecho, esta idea se comprende mejor si caemos en cuenta de que el lenguaje y el cuerpo tienen una relación indisoluble: para producir lenguaje necesitamos un cuerpo que lo produzca, y si ese cuerpo es reprimido también lo será su lengua-lenguaje-voz.

En ese sentido, y como plantea Judith Butler, “el cuerpo anida una fuerza referencial” (2017, p. 17), y según dictan las lógicas patriarcales, esa fuerza referencial será distinta (asimétrica) entre hombres y mujeres, o entre hombres y cualquier categoría de género que escape de lo masculino. De hecho, así lo denuncia Adriana Cavarero en su trabajo The Vocal Body (2012), quien, desde una perspectiva feminista, aboga por la urgente disolución de la dicotomía femenino-masculino que ha dado valor a lo masculino por sobre lo femenino a partir de preceptos filosóficos patriarcales y antiquísimos. Cavarero operacionaliza la noción de voz con el objeto de desmantelar la tradición filosófica logocentrista que ha despojado a la mujer de su sonoridad y, por tanto, de la legitimidad de sus formas de expresión.

Según el análisis de Cavarero (2012), el logocentrismo ha establecido una supremacía por el logos en desmedro de la phoné; o, en otras palabras, entre la palabra-razón (lenguaje) y la producción de sonido (voz). Dicha concepción ha posicionado la sonoridad en un plano secundario, ya que entiende la voz como algo instrumental, solo como un medio que permite la comunicación, por tanto, esta solo es útil cuando nos permite expresar realidades mentales. Es decir, cuando nos permite articular lenguaje o phoné semantiké (Cavarero, 2012). Esto es lo que Cavarero denomina la devocalización del logos o cuando “la voz es dejada de lado por una predilección con respecto al silencio” (Aldana Mendoza, 2015, p. 71).

A partir de estas premisas, se puede decir que la filosofía logocentrista plantea una primacía por la escritura en desmedro de las actividades que implican la voz, que son relegadas a un espacio de poca seriedad y a una condición netamente femenina. Este punto es importante, ya que la filosofía logocéntrica da origen a una serie de dicotomías (como logos/phoné, palabra/voz, silencio/acústica, escritura/oralidad, humano/animal, actividad solitaria/actividad colectiva, hombre/mujer) de las cuales podemos inferir que el mundo se forma a través del conocimiento creado por hombres; un conocimiento de carácter racional y asociado al mundo mental y al silencio (Cavarero, 2012). Mientras que las mujeres son asociadas a la oralidad y a la voz que, por sí misma, no produce significado; razón por la que son vistas como seres no racionales.

Esta narrativa sobre la voz se disemina y se puede observar incluso en la construcción de figuras en la mitología griega, menciona Cavarero (2012). Ejemplo de ello son las sirenas en La Odisea y la historia de la ninfa Eco. Las sirenas vociferan sin sentido un canto que duerme y seduce a los hombres, distrayéndolos de sus importantes hazañas. Mientras que la ninfa Eco, por andar contando chismes, es condenada al desvarío de la repetición de todo lo que escuchaba.

Esta visión filosófica del lenguaje permite reflexionar sobre cómo se han configurado históricamente los órdenes políticos, sociales y culturales para las mujeres. De hecho, si se considera la noción de la voz política—entendida como la metáfora a través de la cual los sujetos expresan que “encuentran”, “tienen”, “alzan” o incluso “pierden” la voz (Kunreuther, 2014, pp. 4-5)— y en seguida se hace la pregunta sobre cuál es la voz o voces política(s) de las mujeres o dónde está(n) esa voz/voces, es probable que no se sea fácil saber la respuesta. Esto es debido a que la capacidad de alzar la voz, o más básico aún, de tener una voz, ha sido una compleja tarea para las mujeres, quienes fueron privadas tempranamente de participar del espacio público (Kirkwood, 1986).

En otras palabras, las mujeres fueron despojadas de su sonoridad en el ámbito público. Esto las alejó de los espacios políticos y de creación de conocimiento, donde la producción de saber se acomodó al silencio de la escritura. Un silencio de carácter masculino y cómplice que interpretó el “exceso de vocalidad” (Aldana Mendoza, 2015, p. 80) de las mujeres, quizás, como algo peligroso. No por nada las sirenas de La Odisea cantan sensualmente unos cantos que hipnotizan a los hombres. Al parecer era la sonoridad y el ritmo femenino lo que incomodaba y que podía, potencialmente, fracturar el orden construido en el silencio masculino.

2.1. El placer de la voz y del encuentro

Otro punto que a veces se escapa en la discusión sobre la voz, pero que se puede rescatar desde una perspectiva feminista, es la del placer que genera su musicalidad (Hurtado-García, 2023). Si bien se sabe que para producir lenguaje se necesita un cuerpo, poca atención se ha prestado al hecho de que ese cuerpo es rítmico y también disfruta de ese ritmo. Por ejemplo, actividades generadoras de sonido como cantar, gritar o gemir, que aquí se conciben como voz material—y que Laura Kunreuther (2014) clasificaría como āwāj para referir a sonidos emitidos por voces humanas—se relacionan muchas veces con actos liberadores o placenteros que sin tener un significado lingüístico específico significan de todos modos. Esto es debido a que, al comunicar la singularidad corporal, la voz precede, hace posible y supera cualquier forma de comunicación lingüística (Cavarero, 2012).

De hecho, según la medicina alternativa, la fisioterapia y algunos estudios de las humanidades (Garner, 2023; Osorio Cerón, 2018; Hurtado-García, 2023), existe una correlación entre la voz y el placer, lo que explicaría la similitud entre la apariencia de la laringe y las cuerdas vocales con los labios inferiores y mayores que componen la genitalidad del sexo femenino. Es más, existe una conexión física entre las cuerdas vocales y el perineo femenino o suelo pélvico (Rudavsky y Turner, 2020; Volløyhaug et al, 2024), dado que estas partes están conectadas por el nervio vago, a saber, el cordón eléctrico más largo del cuerpo. Este nervio conecta vulva, aparato fonador y cerebro, tocando también cuello, pecho y estómago, lo que explica la amplia corporalidad de la voz. Por este motivo, algunas prácticas o creencias relacionadas con la energía humana plantean las vibraciones vocales como una fuente de expansión del placer. Cantar provoca bienestar para muchas personas, gemir en el acto sexual aumenta la excitación, controlar la respiración y exhalar a través de un ruido relaja e incluso ayuda a conciliar el sueño. En este sentido, todas las prácticas de la voz, con o sin significado lingüístico directo, implican una experiencia física que también comunica.

Asimismo, hay un placer en escuchar las voces de otros, pues, la voz y su escucha permiten percibir la existencia de otros con los que cohabitamos, o como diría Cavarero (2012), permite demostrar la vitalidad de un cuerpo individual, lo que genera, a su vez, un sentido de colectividad. De este modo, se crea un efecto de presencia que interpela a un otro (Kunreuther, 2014), pues los humanos, al ser sujetos sonoros, marcan su existencia a través de sonidos (voz, palabra), lo que les permite crear conexiones de interdependencia con otros a la vez que se definen a sí mismos social y políticamente.

3. Genealogías de la voz: prácticas de enunciación en los movimientos de mujeres del siglo XX

Considerando lo anterior sobre las lógicas logocéntricas y el exceso de sonoridad de los sujetos feminizados, sumado al placer del encuentro y el efecto de presencia que traen las prácticas de la voz en el espacio público, a continuación, se revisarán dos momentos históricos de los movimientos de mujeres en Chile: el movimiento de mujeres obreras y el movimiento de Mujeres por la Vida en la dictadura. Ambos contextos evidencian cómo las prácticas de la voz —ya sean sonoras o manifestadas a través de otras formas de producción de significado— han sido fundamentales para articular formas de resistencia, construir memorias colectivas y disputar espacios para la acción política. Así como también, para comprender cómo estas prácticas comunicativas no solo implican un decir, sino también una dimensión corporal situada, donde género y cuerpo se comprenden como producidos histórica y culturalmente a través de relaciones de poder, prácticas y discursos (Butler, 2007).

3.1. Obreras chilenas: encuentros de mujeres para la formación de una “voz política”

El surgimiento de una voz política entre las obreras chilenas se inscribió en un contexto de profundas transformaciones sociales impulsadas por la revolución industrial. Si bien el orden patriarcal había relegado históricamente a las mujeres al silenciamiento y a la vida privada, este escenario de cambios posibilitó su incorporación progresiva al mundo del trabajo asalariado. En este contexto, las mujeres dejaron de figurar solo como madres o dueñas de casa, y pasaron a ser parte de la fuerza laboral (Hutchinson, 1992; 2001). A partir de esta experiencia compartida, las mujeres comenzaron a intercambiar sus experiencias de vida, lo cual les permitió compartir no solo los embates de la explotación del trabajo doméstico (no remunerado), sino que también las del trabajo pago que ahora las asediaba con nuevas violencias. Aunque en Chile las primeras mujeres en organizarse fueron las mujeres de elite, quienes estaban fuertemente vinculadas a la Iglesia Católica (Illanes, 2021), y junto a ellas las mujeres de sectores medios y profesionales, quienes abogaron principalmente por la educación de la mujer y la promoción de valores de vida laicos (Cerda, Gálvez y Toro, 2021); no fue sino hasta entrado el siglo XX cuando desde las fábricas emergieron las primeras voces incipientemente feministas: las voces de las mujeres obreras (Hutchinson, 1992, 2001; Barrera, 2018).

A comienzos del siglo XX, en un contexto marcado por la creciente precarización de la vida provocada por la industrialización, se dan una serie de condiciones de posibilidad que motivaron la organización social y política del sector obrero. El aumento de la alfabetización, la tecnologización de la imprenta y el consecuente fortalecimiento de la industria editorial, sumado a la inauguración del periodismo y el flujo de corrientes ideológicas como el anarquismo, el marxismo, el socialismo y el librepensamiento (Montero, 2018; Lagos Mieres, 2019), permitieron que las mujeres del centenario conformaran un movimiento feminista obrero. Este movimiento articuló una crítica social que no solo denunciaba la desigualdad y la explotación de clases, sino también la opresión de género (Hutchinson, 1992). Las obreras, de hecho, fueron las primeras en generar “momentos de interpelación” (Kunreuther, 2014, p. 12) que desafiaron el statu quo de la época, dado que reconocieron que su situación social estaba atravesada tanto por el paradigma patriarcal como por las estructuras del capital (López Dietz, 2010). Producto de lo anterior, entre los años 1905 y 1908 se crearon y circularon los primeros periódicos feministas, a saber, La Alborada y La Palanca. La Alborada(1905-1907) fue una publicación quincenal de 42 números que apareció en Valparaíso y estuvo siempre relacionada con la presidenta de la Sociedad de Obreras Instrucción N°1, Eloisa Zurita, quien era corresponsal; y con Carmela Jeria, quien fue la directora del periódico. Por su parte, La Palanca (1908), publicación que solo duró un año y tuvo 5 números, estuvo ligada a la Asociación de Costureras de Santiago, y al nombre de Esther Valdés de Díaz, quien colaboró también en La Alborada (Montero, 2018).

Ambas publicaciones buscaron empoderar a las mujeres proletarias, abriendo espacios para las voces de las mujeres obreras y permitiendo la circulación de un incipiente discurso emancipatorio feminista. El artículo “DESPERTAR.. Para el valiente adalid femenino”, publicado en La Alborada y escrito por Valdés de Díaz– dirigenta e impulsora de la Asociación de Costureras Protección, Ahorro y Defensa– es un ejemplo de esto,

Enternecedor y hermoso es contemplar, y seguir paso a paso esta natural evolución producida en el espíritu de la mujer obrera; que a la vez que entra resueltamente al campo de la intelectualidad, se apresta también para entablar la necesaria lucha contra la odiosa tiranía del Capital. Nuestro pecho se emociona de júbilo al ver que esas mismas abandonadas e indeferentes mujeres de ayer, hoi se congregan bajo la éjida protectora de una asociacion, aúnan sus esfuerzos y voluntad […] (Valdés de Díaz, 1906, p. 1).

Si bien La Alborada y La Palanca nos derivan a un producto escrito y no explícitamente a la voz material o sonora de las obreras de inicios del siglo XX, es en este tipo de recursos donde comenzaron a quedar retratadas o “entextualizadas” (Bauman y Briggs, 1990, p. 73) las voces de las primeras mujeres que se declararon feministas en Chile. Por lo tanto, hablar y tener acceso a materiales como estos, por una parte, conecta a las mujeres del presente con la voz política de las mujeres del pasado; y, por otra, aporta a la construcción de una genealogía feminista que recupera también las experiencias de las mujeres que nos precedieron.

Así, a través de publicaciones en prensa, boletines, periódicos y otras instancias escritas —que funcionan como huellas de la voz (Landaburu, 1998) o “prácticas que involucran la voz” (Weidman, 2014, p. 38)— podemos recurrir a vestigios de los primeros discursos emancipatorios feministas en Chile, lo que evidencia el trabajo colectivo que realizaron las mujeres obreras para articular su lucha política. Ellas fueron quienes interpelaron el orden patriarcal y capital chileno a inicios del siglo XX, lo cual realizaron no solo desde el trabajo en prensa o fuentes escritas, sino también a través de movilizaciones sociales y encuentros de mujeres (Lagos Mieres, 2019). Es decir, lo hicieron a partir de diferentes prácticas en las que la voz fue el insumo necesario para comunicarse y hacerse escuchar, y a través de otras prácticas en las que registraron sus voces colectivas e individuales.

A través de su trabajo en prensa las obreras acusaron a los proyectos anarquistas y socialistas de no abogar verdaderamente por las mujeres y la igualdad plena de sus derechos. De este modo, ya a comienzos del siglo XX es posible leer publicaciones como las de Zurita --fundadora de la Sociedad de Obreras, Instrucción y Socorros Mutuos N° 1 de Antofagasta-- en La Alborada quien escribió la fervorosa columna “¿Cómo emanciparnos?”:

Pensemos un poco. Antes de entrar a combatir los males que nos oprimen y nos hacen la triste esclava del hombre y de la sociedad […] En todo [el hombre] aparenta ser decidido partidario de la emancipación femenina, ¿pero qué hace? Vésele pronto oficiar en el altar de la lisonja […] Sí, así es. Nuestra emancipación, como la de todos los esclavos, tiene que hacerse por los mismos que llevan la pesada y oprobiosa cadena, tenemos que nosotras mismas cortar los sombríos y odiosos eslabones; lo demás es sueño, es pura ilusión de calenturientos cerebros. ¿Qué los hombres nos ayuden?... ¡Já, ja…jáaa! No tal! Ellos nos devuelven fervorosamente la sabrosa y desgraciada manzana del bíblico Eden (1907, p. 1-2).

Al reconocer las mujeres obreras su propia agencia, estas crean espacios para sí mismas y se abre un escenario ciudadano para el autoaprendizaje y la política desde una perspectiva menos patriarcal. Además de La Alborada y La Palanca, durante la época surgieron otros proyectos periodísticos, así como también reuniones en centros de estudio, instancias de conferencias y espacios culturales donde las mujeres eran las principales gestoras (Lagos Mieres, 2019). En estas instancias las obreras interactuaron a través del teatro, la declamación, el canto y la lectura conjunta (diferentes regímenes de auralidad de la voz); mientras que tomaban decisiones fundamentales para mantener sus proyectos y apoyar a otras organizaciones de mujeres (Sociedad Periodística La Alborada, 1907, p. 2).

Todas estas actividades significaron “instancias mucho más amigables para las mujeres que los sindicatos” (Lagos Mieres, 2019, p. 256). En estos espacios culturales liderados por mujeres podían asistir hombres y niños, y estaban destinados al disfrute y la organización desde una perspectiva ética y moral que resguardaba los valores familiares y los de la lucha política. Al formar estas instancias las mujeres buscaban evitar lo que ocurría en espacios masculinos como los sindicatos y los partidos políticos, donde había discursos patriarcales y actitudes faltas de moral relacionadas con el alcohol, la prostitución y el juego (Lagos Mieres, 2019).

De este modo, en proyectos como La Alborada, que además se declaraba como una “sociedad periodística”, las mujeres pudieron desarrollar un trabajo político colectivo que estuviera al margen de dinámicas machistas; al mismo tiempo que pudieron escucharse (entre ellas) de formas más afectivas. Este proceso les permitió forjar una comunidad y reconocerse como un colectivo con ideales comunes, así como también, romper con la opresión patriarcal y logocéntrica que las había relegado al silenciamiento.

Esta consciencia sobre la posibilidad de expresar sus voces se puede observar incluso por la forma en que las obreras utilizaron la metáfora de la voz en sus escritos, como ocurre en el artículo titulado “Voz de aliento” de La Palanca en 1908. En esta instancia, Isabel González, una de las corresponsales de prensa, responde a una lectora que se preocupaba por la necesidad de instrucción y de intelecto de las mujeres obreras. Desde una narrativa que plantea la unión entre mujeres, González responde que La Palanca también perseguiría el objetivo de educar, puesto que el proyecto se proponía ser esa voz de aliento para otras mujeres en la lucha proletaria. Así lo ejemplifica el siguiente fragmento,

no porqué nos crean máquinas de producción, carecemos de la enerjia intelectual i del valor moral con que nuestra personalidad de mujeres está revestida. Si compañeras de labor. Yo i mis compañeras de trabajo os ayudaremos en vuestra hermosa i necesaria obra de reivindicación adelante ¡no desmayéis en la gran empresa! La educación ¡difusión de los conocimientos de lucha económica i social, es necesario a la mujer (González, 1908, p. 9).

Igualmente, ocurrió en la columna “Magna Labor” del mismo periódico, donde la editorial de La Palanca da cuenta de la conciencia que las mujeres tenían sobre su derecho a la voz. “[...] la mujer, flor marchita por el cierzo del infortunio: siempre tiranizada, siempre esclavizada, amarrada al carro de la ignorancia; no tiene ni derecho a levantar la voz para protestar de su humillante situación” (La Palanca, 1908, p. 20, el énfasis es mío). De igual modo, un artículo del mes siguiente en La Palanca destacó el rol empoderador de la Asociación de Costureras para con sus hermanas de lucha,

Se puede decir que las obreras que pertenecen a esos distintos talleres i fábricas, en cada uno de ellos habían socias de la Asociación de Costureras, i a su iniciativa i enerjia, i a su constante propaganda se debió, que la tímida obrera; la clásica, i esclava carne de esplotacion, un dia se rebelara i se negara a seguir siendo máquina automática; tomara el libro; i abriera su corazón a la voz convencida de sus hermanas, que la querían redimir del oprobioso i bestial yugo de la esplotacion capitalista (La celebración del 2° aniversario de la Asociación de Costureras, 1908, p. 45; el énfasis es mío)

Como indican los fragmentos marcados en negrita, las obreras de inicios del siglo XX ya tenían conciencia de su propia voz política, y expresaban esa conciencia en sus discursos con el fin de empoderar e involucrar a más mujeres en la lucha social de la época. Además, esta potencia política de sus voces estaba cumpliendo un doble motivo. Por una parte, convocar y empoderar a las mujeres que leían el periódico, pero, por otra, definirlas como sujetos políticos listos para intervenir en el cambio social de su contexto. Esto último, permitió no solo que se difundiera un discurso feminista que las aglutinara como una fuerza política a comienzos del siglo XX, sino también que estas mujeres y sus formas de hacer política se diferenciaran de las formas masculinas de vivir la lucha social.

3.2. Mujeres en dictadura: el reencuentro de voces y los nuevos regímenes de auralidad

Las luchas de las mujeres del siglo XX chileno, tanto de las obreras como las que llevaron a cabo las mujeres de la burguesía, prepararon el camino para la obtención del voto femenino, proceso que comenzó en 1920 y que culminó recién en 1949 con la entrada en vigencia del voto en las elecciones presidenciales y parlamentarias (Cerda et al, 2021). Esta etapa de triunfos de las voces de mujeres y feministas viene sucedida por lo que se conoce históricamente como un “silencio feminista” (Kirkwood, 1986, p. 77). Una etapa comprendida desde 1950 a 1973 que muestra las dificultades del movimiento feminista, pues una vez logrado el voto, este “se difumina y dispersa, proceso que se relaciona con tensiones y quiebres internos y con la emergencia de formas de participación que estuvieron más vinculadas a la institucionalidad” (Cerda et al, 2021, p. 45).

Ahora, si bien es cierto que durante este periodo las mujeres no lograron hacer el ruido de las décadas anteriores, también es cierto que esto no significó de ningún modo que el feminismo desapareciera (Alfaro, Inostroza y Hiner, 2021, p. 57). De hecho, la participación de las mujeres en el mundo sindical de las décadas anteriores fue crucial para la construcción política de un tejido femenino posterior a la obtención de sufragio (Seguel, 2019; Ríos Tobar,Godoy Catalán y Guerrero, 2020). Es más, recién ahí cuando se comenzaron a desplegar diversos intentos por tutelar la ciudadanía de las mujeres” (Alfaro et al, 2021, p. 58).

Esto queda en evidencia con el inicio de la dictadura cívico-militar chilena, tras el Golpe Militar de 1973. Augusto Pinochet, quien la lideró, interrumpió el gobierno socialista de Salvador Allende y durante diecisiete años dirigió el país a través de un régimen autoritario que no culminó sino hasta 1990; dejando miles de muertos, desaparecidos y al grueso del país sumido en la pobreza (Foxley, 1983; Vergara, 1984). Durante todo ese período, las mujeres se articularon rápidamente para ir en contra del régimen militar, y también para encontrar espacios propios de organización política que estuvieran lejos de la labor de “ayudistas” que se les asignaba en el gobierno socialista de Allende (Maravall Yaguéz, 2012).

A raíz de esta situación, las mujeres de izquierda y centro izquierda decidieron tomar rumbos alternativos para encontrarse, escucharse y organizarse políticamente. En este reencuentro es crucial, nuevamente, la generación de espacios de habla y escucha, pero no solamente para la escucha entre ellas, sino para la denuncia de los crímenes cometidos en la dictadura. Si bien las mujeres de comienzos de siglo fijaron en la historia feminista chilena las primeras huelgas y protestas callejeras, fueron las mujeres del periodo dictatorial las que añadieron aspectos interesantes a esta nomenclatura entre voz y espacio público.

De hecho, este contexto permite volver a mencionar la importancia de la creación de momentos de interpelación (Kunreuther, 2014; Butler, 2009) para la conformación de los sujetos políticos. Las mujeres que lucharon en contra del régimen militar chileno concibieron la voz como “una fuerza activadora, el poder creativo que convierte a las personas en sujetos de Estado” (Kunreuther, 2014, p. 15). Ellas vieron cómo, en sus reuniones y protestas callejeras, la voz adquiría potencia al ser escuchada y reconocida por otros públicamente. Por esta razón, también es interesante concebir estudios sobre las huellas de la voz que pongan atención a otras prácticas que la involucran, tales como la performance, el canto o cualquier otro registro que abra la posibilidad de volver a los acontecimientos donde se produjeron ciertas identidades políticas (Weidman, 2014).

En el contexto de acciones subversivas ocurridas en el periodo dictatorial chileno se encontraban diversos grupos de mujeres y feministas que levantaron sus voces para reclamar justicia por los crímenes de lesa humanidad que estaban ocurriendo en el país. Durante ese momento, específicamente en 1983, surgió un grupo de mujeres que ejemplificó muy bien estas otras formas o prácticas de la voz que se mencionaban más arriba. Dicho grupo se conoció como Mujeres por la Vida (MPLV), un colectivo que planteó en varias oportunidades, y desde diferentes modalidades y géneros lingüísticos, su objetivo de acabar con el régimen militar y recuperar la democracia.

MPLV se formó inicialmente como una coalición de dieciséis mujeres provenientes de diferentes partidos políticos de la Centro Izquierda (Baldez, 2002). El 29 de diciembre de 1983 este grupo realizó lo que se conocería como un gesto definitivo de unidad, donde se nombran y presentan a sí mismas por primera vez como un colectivo. “¡HOY Y NO MAÑANA!”, “¡POR LA VIDA!” y “LA LIBERTAD TIENE NOMBRE DE MUJER”, fueron las consignas con las que se convocó a un acto desarrollado en el Teatro Caupolicán de Santiago. Este nació como una respuesta a la inmolación de Sebastián Acevedo, padre de dos hijos que fueron detenidos y desaparecidos por la Central Nacional de Inteligencia (CNI) en esos años. Este acto logró reunir a más de 10.000 mujeres de diferentes sectores sociales y políticos que escucharon atentas la lectura de una declaración que reclamaba justicia y libertad para el pueblo chileno (Arévalo et al, 2023).

Este hecho trajo a la escena pública nuevas formas de manifestación por parte de las mujeres. En el acto se presenció a miles de ciudadanas repitiendo a coro consignas que funcionaban como respuesta a la lectura de un guion dirigido por las actrices Ana González y Ana María Palma (El Mercurio, 1983; 1983a). Dicha lectura en voz alta, que versaba sobre la impunidad de los crímenes de desaparición forzada y tortura por parte del régimen militar, fue el comienzo de lo que serían múltiples declaraciones, comunicados e intervenciones en el espacio público que organizaría el colectivo de MPLV.

Este grupo de mujeres alzó su voz durante toda la dictadura militar y tomó la calle como el espacio predilecto para hacerse escuchar. Cultivaron una voz íntima, más emocional, y una voz política, relacionada con su deseo de democracia (Kunreuther, 2014) que las hizo conocidas por su sonoridad. De hecho, eso fue lo que ellas justamente deseaban: ser vistas y ser escuchadas. Por esta razón, MPLV desplegó muchos esfuerzos en sus actos públicos y protestas, las que eran cubiertas por artistas del mismo grupo que, por medio de fotos y videos, registraban los hechos para luego difundirlos. Así lo plantea Teresa Valdés, una de las integrantes de MPLV “Aunque fuera algo chico, no importa, pero si salía en alguna parte, si lográbamos alguna foto, y las fotos las hacíamos circular, teníamos presencia, teníamos visibilidad, eso era todo” (citado en Arévalo et al, 2023, p. 21).

De este modo, las integrantes de MPLV desarrollaron un trabajo interesante que tuvo la voz como un elemento central para la protesta. Las prácticas de la voz, como el canto, la lectura conjunta de poemas o declaraciones, y las conocidas letanías (repeticiones corales) fueron su sello, las cuales también se complementaron con otros actos que buscaban llamar la atención desde lo visual (Donoso, 2022). En este sentido, el arte y la creatividad fueron algo que marcó y caracterizó el trabajo político de estas mujeres, quienes no solo se definían como madres, hermanas, esposas o hijas de detenidos desaparecidos, sino también como guardianas de la vida (Gross, 2015) frente a una dictadura que, con el fin de establecer el neoliberalismo, provocó hambre, miedo y muerte.

De esta forma, el colectivo MPLV dejó una huella importantísima para los posteriores movimientos de mujeres, ya que consignas o incluso lugares de protesta fueron quedando en la memoria colectiva feminista. “Uno de los signos más evidentes de esta continuidad es la activación de la frase ‘SOMOS +’, que aparece constantemente en las declaraciones de la CF8M [Coordinadora Feminista 8M]” (Cifuentes, 2023, p. 66) hasta la actualidad. Dicha consigna surge en una de las acciones públicas más ilustres del MPLV, a saber, la marcha convocada bajo el lema “SOMOS +” que se desarrolló en 1985. Este acto

consistió en formar tres columnas de mujeres que avanzaron unidas por cintas con colores de la bandera de Chile hacia la Plaza de Carlos Antúnez, en la comuna de Providencia [...] al encontrarse las tres columnas [...] se dio inicio a un acto que no tardó en ser reprimido con bombas lacrimógenas y carros de agua (Arévalo et al, 2023, p. 79).

La marcha “SOMOS +” y la represión que se vivió ese día se conoce gracias a un registro fílmico que hay sobre este hecho. En el video, que se encuentra custodiado actualmente por el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos (MMDH), se observa a las mujeres agitadas, ya reunidas en la plaza, sentadas en el suelo y mojadas por el carro lanzagua, pero juntas vociferando con fervor:

Locutora: ¡Por la libertad de los dirigentes que hoy están encarcelados!

Coro: ¡SOMOS +!

Locutora: ¡Por un Chile limpio!

Coro: ¡SOMOS +!

Locutora: ¡Por una patria para todos!

Coro: ¡SOMOS +!

Locutora: ¡Por un Chile democrático!

Coro: ¡SOMOS +!

Locutora: ¡Por un Chile libre!

Coro: ¡SOMOS +!

Locutora: ¡Por un Chile justo!

Coro: ¡SOMOS +!

Locutora: ¡Por un Chile solidario!

Coro: ¡SOMOS +!

Locutora: Por una patria de hermanos

Coro: ¡SOMOS +! (Chaskel, 1985, 10:56).

A través de este registro fílmico se observa cómo la voz provoca un efecto de presenciade las mujeres en el espacio público, quienes interpelan al transeúnte y al orden espacial de la vida cotidiana. En este sentido, tanto la voz como el cuerpo femenino y las premisas políticas que se observan en pancartas en el mismo acto del “SOMOS +”, dan cuenta de los múltiples medios que convergieron en la protesta para constituir, relacional e históricamente, a las sujetas que alzaron la voz (Butler, 2009).

De ahí que sea tan relevante la observación de Spivak (1990) en relación con la importancia no solo de quién hablará, sino quien escuchará las voces, pues al alzar la voz en el espacio público, lo que se está logrando es que haya un reconocimiento de los sujetos que enuncian. En otras palabras, el reconocimiento de un sujeto y lo que este tiene para decir. He ahí la capacidad de agencia reflexiva de la voz (Couldry, 2010), donde el acto comunicar implica (para un sujeto) asumir la responsabilidad de las historias que cuenta, pues estas serán escuchadas y evaluadas por otros.

En el caso de MPLV, ellas eligen irrumpir el espacio público para denunciar las violaciones a los Derechos Humanos, y en ese mismo acto se están definiendo como guardianas de la vida y como mujeres que proponían nuevas formas de hacer política. Así lo expresa Fanny Pollarolo, una de las integrantes de MPLV:

Nosotras proponíamos una práctica que mostraba cambios, cambios en la política de cúpula, jerárquica, la de ‘aquí mando yo’ o ‘tú eres de este y tú eres de esto otro’. Nosotras estábamos todas juntas y creíamos en la política como acción social, una política democrática que no era distinta a la democracia que se buscaba desarrollar (Arévalo et al, 2023, p. 17).

En este sentido, MPLV buscó una forma nueva de organización política a través del encuentro de mujeres y sus voces, del mismo modo que ocurrió a inicios de siglo con las mujeres obreras. En ambos casos sus cuerpos feminizados y los roles asignados por el sistema sexo-género fueron un factor clave de exclusión de la lucha política, pero la reunión de sus voces les permitió reconocerse en un mismo escenario social y esto, a su vez, les dio cuenta de que la historia de silenciamiento no era algo particular, sino que, más bien, la regla general en la experiencia de las mujeres que intentaban hacer política.

4. Reflexiones finales: la voz y las memorias feministas

Si bien los ejemplos presentados en esta oportunidad no logran exponer toda la historia de lucha de las mujeres y feministas en Chile, al menos esbozan la importancia de concebir la voz como una práctica acuerpada. Es decir, como una práctica que proviene de un cuerpo y, por ende, es afectada por las dinámicas de poder que recaen sobre ese cuerpo. En este sentido, la voz se concibe aquí como un sustrato a partir del cual se puede estudiar el poder, dado que este en sí mismo no puede estudiarse, pero sí las formas en que recae sobre los sujetos y sus prácticas sociales (Foucault, 1982).

Así puede ilustrarse con ambos casos revisados. Las mujeres han tomado la palabra y el espacio público para alegar las diversas formas de exclusión y opresión que han sufrido por parte del sistema capital, patriarcal y colonial. Pero, a su vez, esta toma de la palabra o el surgimiento de ciertas voces femeninas y colectivas a lo largo de la historia, han sido también un reclamo o una reacción frente a la imposibilidad de presencia en el espacio público. De tal forma, para llevar a cabo la tarea de subversión y denuncia, las mujeres han tenido que construir nuevos reclamos y espacios democráticos (Castillo, 2018) que interpelen las dinámicas masculinas que han silenciado históricamente no solo a las mujeres, sino que a todos aquellos grupos que desobedecen al orden patriarcal-binario.

En los casos observados se identificaron prácticas de la voz que no solo aludían a prácticas de la voz material (sonora), es decir, aquellas que permiten a un sujeto revelarse o darse a conocer frente a otro(s); sino que también, se identificó la consciencia que los sujetos tienen acerca de su propia voz. Es decir, de la conciencia de “tener una voz” o “dar voz” a otro, lo que establece una metáfora política de la voz, relacionada con la capacidad de acción de los sujetos (agencia) y la construcción de sus identidades sociales.

Otro aspecto que se observa en este análisis exploratorio es que la voz, al estar muchas veces mediada por la escritura u otras tecnologías, tiene una capacidad de resemiotización que debe ser considerada a la hora de estudiar identidades o voces del pasado. En el caso de las mujeres obreras de inicios del siglo XX, se puede reconocer que los periódicos son producto de otras prácticas simultáneas de la voz. Es decir, se pueden entender como un proceso de entextualización que, de cierto modo, encarna o acuerpa las experiencias, acontecimientos y aprendizajes de las obreras. En otras palabras, los periódicos fueron un espacio de resemiotización de las voces obreras y de su sonoridad. Estas mujeres materializaron sus voces a través de la escritura para hacer circular un discurso emancipatorio que hiciera libres a las mujeres en un contexto que las precarizaba.

En el caso del movimiento de MPLV el escenario es muy similar y los encuentros de voces se produjeron también en medio de una crisis que instauraba la precarización, pero además la cultura de la muerte. MPLV hizo uso de la materialidad sonora de su voz en la protesta callejera, lo que, a su vez, sustentó también el mensaje que transmitía su voz política. En ambos contextos las mujeres se comunicaron para subvertir el orden y buscar la solución de al menos dos formas de opresión: la patriarcal, a manos de sus compañeros de lucha; y la capital, a manos del Estado y el sistema económico que despojaba y hacía algunas vidas desechables.

Así, a través de diversas prácticas de la voz como las revisadas en esta oportunidad, se observa cómo las mujeres se han organizado y posicionado políticamente en diversos contextos con el objetivo de desafiar las dinámicas hegemónicas y binarias que han silenciado sus voces. Esto último, da cuenta de la doble significancia que tiene la voz de las mujeres en actos como los observados en el caso de MPLV, donde no solo es importante el discurso que estas mujeres exponen en la calle, sino la forma en que lo hacen, a saber, a través de sus voces y corporalidades feminizadas que marcan presencia e interpelan la cotidianidad de la calle. En este sentido, y como plantea Butler (2017), el cuerpo “parece estar ocurriendo [incluso] antes de que el grupo en cuestión exponga sus demandas o empiece a explicarse con un discurso político apropiado” (p. 25).

De acuerdo con esto, se puede decir que el estudio de diferentes registros de la voz —o regímenes de auralidad de la voz (Weidman, 2014)— aportan información que da sustento a la metáfora de la voz política. Así, entre más prácticas sociales que involucren la voz sean revisadas, mejor será la comprensión de las dimensiones íntimas, afectivas y materiales de la vida cultural y la identidad sociopolítica de ciertos sujetos (Weidman, 2014).

En consecuencia, el estudio de la voz desde una perspectiva feminista también resulta fructífero para la conformación de políticas feministas hoy. No olvidar lo dicho, hecho o vivido por las mujeres —o cualquier identidad que exceda el orden binario— es crucial para alcanzar la tan anhelada toma de conciencia sobre la opresión patriarcal (Kirkwood, 1986). Para ello, siguiendo a Alejandra Castillo, es necesario llevar a cabo una operación feminista—como la que se propone exploratoriamente en este trabajo—, entendida como un ejercicio que va “desde la historia contra la misma historia” (2018, p. 41) con el propósito de recontarla, pero ahora considerando aquellas narrativas que antes fueron olvidadas. Dicho en otras palabras, lo que se intenta plantear con esta reflexión sobre la voz es la importancia de seguir estudiando y preservando los dimes y diretes de las mujeres, feministas y disidencias sexo-genéricas. Reflexionar sobre sus luchas, tensiones y desafíos, no solo asegura el recuerdo de estas, sino que permite la transmisión de experiencias, acontecimientos y aprendizajes del pasado (Llona, 2020).

En este sentido, la búsqueda y estudio de voces, en su imbricación con la escucha y la memoria, revelan aspectos fundamentales para la identidad y la experiencia de las mujeres y el feminismo. Además, un enfoque de estas características no solo pone en valor las historias o experiencias que han sido silenciadas, sino que también enriquece la comprensión sobre el pasado y su relación con el presente. Entonces, mientras las mujeres se sigan narrando y nombrando, se seguirá abriendo un “espacio de identificación ficcional que deja abierto el juego de posicionar y reposicionar las identidades” (Castillo, 2018, p. 21). De esta manera, las voces y su escucha, así como su registro o huella, son el sustrato que permite interrumpir las narrativas hegemónicas, subvirtiendo la universalidad lingüística masculina y fortaleciendo la potencia política feminista a través de la construcción de genealogías de mujeres y sus luchas.

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