

Artículos
Los medievalistas ingleses y la historia económica
English medievalists and economic history
Sociedades precapitalistas
Universidad Nacional de La Plata, Argentina
ISSN-e: 2250-5121
Periodicidad: Frecuencia continua
vol. 15, e091, 2025
Recepción: 24 febrero 2025
Aprobación: 15 julio 2025
Publicación: 31 agosto 2025

Resumen: Se analiza el medievalismo inglés de tema económico desde la segunda posguerra a hoy. Se reseñan sus orígenes después de 1945. También sus tesis y su relación con la economía clásica, con el contexto político y con los micromedios en que se desarrolló. En esa etapa el estudio estuvo centrado en los ciclos de demografía y agricultura por un lado, y en las relaciones y luchas de clases por otro. Sobresalieron entonces Dobb, Postan y Hilton. A partir de la década de 1990, con Epstein y Britnell, pasa a primer plano el factor mercado, y se abandonan los temas y las explicaciones que prevalecían hasta entonces, incluidos los aportes de la antropología económica. Este revisionismo incluye el desarrollo desigual, descartado como problema por Bartlett. Los análisis inspirados en Malthus, Ricardo y Marx fueron reemplazados por otros inspirados en el Nuevo Institucionalismo Económico y en la ortodoxia neoclásica. Se plantea la relación de este enfoque con autores como Robert Brenner. Se toma como un eje del examen la obra de Wickham, el medievalista marxista más influyente de este siglo. De manera secundaria, se reseña la evolución del medievalismo francés.
Palabras clave: Historiografía, Medievalistas ingleses, Economía, 1945-presente.
Abstract: This paper analyzes English medievalism on economics from the post-World War II period to the present day. Its origins after 1945 are reviewed, as are its theories and its relationship with classical economics, with the political context, and with the micro-environments in which it developed. At that time, the study was focused on the cycles of demographics and agriculture, on the one hand, and on class relations and class struggles, on the other. Dobb, Postan, and Hilton then stood out. Beginning in the 1990s, with Epstein and Britnell, the market factor came to the fore, and the prevailing themes and explanations, including the contributions of economic anthropology, were abandoned. This revisionism includes uneven development, dismissed as a problem by Bartlett. Analyses inspired by Malthus, Ricardo, and Marx were replaced by others inspired by the New Economic Institutionalism and the neoclassical orthodoxy. The relationship of this approach to authors such as Robert Brenner is discussed. The work of Wickham, the most influential Marxist medievalist of this century, is central to the examination. Secondarily, the evolution of French medievalism is reviewed.
Keywords: Historiography, English Medievalists, Economics, 1945-present.
Introducción
En Reti Medievali Rivista, segunda mitad del año 2024, se presentan glosas de medievalistas italianos sobre el último libro de Chris Wickham, The Donkey and the Boat (Wickham, 2023). Casi veinte años después de su ya célebre Framing (Wickham, 2005), este autor remueve la disciplina con su conocida mezcla de erudición e inteligencia.
El título de su nuevo libro, sin duda curioso, se justifica porque the donkey se refiere al comercio terrestre local, el que reflejaría un crecimiento económico que a su vez impulsaba, mientras que the boat representa el de larga distancia, de lujo, que si bien atrajo la atención de los historiadores, tuvo escasa influencia en el modo de producción feudal. Se estudiarán en artículos posteriores las implicancias teóricas y metodológicas de este libro. Pero con prescindencia de esto, la nueva obra de Wickham representa la culminación de un cambio que se realizó, desde la década de 1990, en los estudios ingleses sobre historia económica medieval. Es lo que aquí se verá.
Ausencias significativas
Giuseppe Petralia (2024, p. 61) advierte que en Framing Ester Boserup era ampliamente utilizada para dar cuenta del funcionamiento del modo de producción campesino (un concepto central en ese libro), mientras que en The Donkey a esta economista y socióloga danesa no se la menciona. Agreguemos que el máximo referente de los estudios de población y desarrollo agrario del Medioevo, Michael Postan, merece una sola mención en casi setecientas páginas, y no es para el ensayo de 1950 en el que propuso su modelo maltusiano (Postan, 1981a). Maurice Dobb el economista que con sus Studies contribuyó decididamente al análisis del modo de producción feudal no es mencionado, y de Rodney Hilton se cita un solo artículo, francamente marginal en su œuvre.1
Pueden seguirse enumerando omisiones, que solo refuerzan la idea de que «antiguas» explicaciones son reemplazadas por la causalidad mercantil. El crecimiento demográfico de los siglos XI-XIII Wickham lo da por sabido, y no se preocupa por estudiarlo; los ciclos agrarios tampoco ocupan su interés, más allá de decir que en Italia centro-norte el crecimiento se inició hacia 1180, y no le atribuye a la innovación técnica la responsabilidad de ese desarrollo, que habría surgido por especialización de cultivos originando redes de intercambio (Wickham, 2023, p. 489). De manera correlativa, se aparta de historiadores que apelando a un argumento circular de complementación de factores en igualdad causal (alimentación, crecimiento poblacional, toma de espacios, etc.) no dejaban de otorgarle importancia al reemplazo del buey por el caballo, a la herradura o a la rotación trienal (y esta fue la descripción usual).
Estas omisiones no obedecen a que se ha delimitado como tema el comercio, y se prescinde entonces de las cuestiones agrarias. El objetivo de Wickham es analizar el modo de producción feudal y concibe que su desarrollo se debió al comercio, que consecuentemente lo manifestó. Incluso las ciudades pañeras de Flandes no tuvieron en la base de su crecimiento la expansión agraria, como creían historiadores de otro tiempo (por ejemplo, Robert Sabatino Lopez); el comercio habría sido en realidad su demiurgo.2
En otro plano, otros autores que se ocuparon del intercambio son citados, pero para tomar distancia. Se sabe que Wallerstein estudió su carácter desigual desde el siglo XVI en la “economía mundo”, mientras que Bresc y Aymard lo analizaron desde antes en Sicilia, para descubrir desarrollo y subdesarrollo como dos caras de la misma moneda, según la popularizada definición de Gunder Frank (Wallerstein, 1979; Aymard, 1981; Bresc, 1986). En The Donkey se los menciona para indicar que en la Edad Media ese tipo intercambio no existía, y tampoco hubo situaciones coloniales.3 El desenvolvimiento de una estructura económica, explica, no se entiende por la fuerza exógena del capitalismo comercial; la clave son sus evoluciones endógenas, y en los mercados internos están sus consecuencias y sus estímulos. El comercio externo medieval (el que se hacía en the boat) era por su volumen insignificante, y con ello Wickham borra de sus objetivos al capital mercantil.
Esos temas que faltan y los nombres asociados a ellos, revelan entornos muy distintos entre ayer y hoy en la historia económica medieval que se estudia en Inglaterra.
1945-1980 en la historia económica medieval inglesa
Comencemos por Postan y Dobb, para mirar el escenario en el que formaron sus sistemas conceptuales, diferentes entre sí, pero con puntos comunes, porque los separaba el marxismo que el primero rechazaba, y los unían problemas del funcionamiento feudal. Así es que en los Studies de Dobb no cuesta encontrar páginas sobre rendimientos agrarios decrecientes como propuso Postan.
Ese acompañamiento ricardiano que Dobb agregó a su análisis marxista, deja pocas dudas sobre su inspiración, si recordamos que colaboró con Piero Sraffa para la edición crítica de la obra de Ricardo. Reparemos en que ambos trabajaron en Cambridge. Esto tiene algo de sorprendente, porque allí Alfred Marshall había enseñado Economía Política desde 1885 a 1908, y criticó a Adam Smith, a David Ricardo, a Thomas Malthus y a Stuart Mill, dejando una fuerte herencia neoclásica. Es decir, que en el mismo lugar en que se enterró a los clásicos a los pocos años se los hizo resurgir, y ya en 1920 Keynes invitó a Dobb a unirse al Political Economy Club de la universidad, paso previo para que cuando obtuvo su doctorado en la London School of Economics lograra un puesto en Cambridge. Sraffa, crítico de Marshall en 1925-1926, fue nombrado en 1927, y por mediación de Keynes, profesor en esa universidad, a la que Postan se incorporó una década después. También en Cambridge, donde el libro de Marshall, Principles of Economics (1890) era poco menos que una Biblia secular, Joan Robinson se convirtió en una crítica de la teoría neoclásica; por allí igualmente pasó Michal Kalecki, de formación marxista y también fue el lugar de Richard Kahn, crítico de la síntesis neoclásica.
Estas circunstancias inducen a pensar sobre la rigidez ortodoxa que levanta oposiciones, en especial en los que analizan situaciones refractarias a caber en modelos abstractos, y en ese baño de realismo, no solo el pasado sino también el presente, el que había llegado con la crisis del ’30, allanó el cuestionamiento. Tampoco podemos dejar de pensar en las conexiones que pudo establecer la reflexión. Por ejemplo, tal vez en la crítica de Postan al postulado monetarista pudo haber obrado la que previamente había hecho Joan Robinson a la teoría cuantitativa de la moneda, así como en el diseño general de su tesis no descartemos que haya obrado una influencia del análisis de Kalecki sobre el ciclo económico (lo había publicado en 1933). Para coronar estas conexiones, recordemos que en Cambridge trabajó Peter Laslett y su grupo de estudios sobre población y familia (Laslett, 1987). Por supuesto, evitemos cavilar sobre esto en términos de causa, sino como problemas que los investigadores respiran en una atmósfera intelectual compartida.
Postan, con ese entorno, tuvo una buena oportunidad para diferenciarse de los historiadores de oficio que allí enseñaban de una manera tradicional, según atestiguó Eric Hobsbawm (Evans, 2021, p. 169). Su curso, The economic history of the great powers, incluía una alta dosis de discusión teórica sobre cuestiones como la tendencia decreciente de la tasa de ganancia en el capitalismo o la pauperización de la clase obrera. Era un verdadero oasis, que conectaba a los estudiantes con otro historiador que hoy se puede seguir leyendo con provecho, R. H. Tawney, del que fue discípulo.
El yermo historiográfico positivista, entonces prevaleciente entre los historiadores de profesión, contribuye asimismo para explicar el ascendiente de Dobb sobre los que querían hacer de su profesión un ejercicio de la inteligencia y no de la memoria. Por otra parte, Postan y Dobb han sido tanto más importantes para sus herederos, si se considera que ese positivismo inglés no tenía el contrapeso que en Francia ejercieron Lucien Febvre y Marc Bloch con su célebre revista (la que por otra parte, leían esos economistas e historiadores jóvenes de la avanzada británica).
Keynes, hasta 1945, y hasta entonces y en años posteriores, marxistas, neomarxistas y keynesianos de izquierda, reunidos en un mismo lugar, fueron indisociables de un capitalismo que había pasado (lucha de clases mediante) de la crisis del ’30 y la guerra al Estado del Bienestar, mientras el socialismo real se extendía, y el Tercer Mundo veía en el desarrollo imperialista la causa de su subdesarrollo. En ese contexto surgió también el Grupo de Historiadores del Partido Comunista Británico (GHPCB), y en estos entornos convergentes encontramos una razón por la que en Inglaterra residió, durante décadas, el centro de la historia económica del Medioevo. Fue una preponderancia justificada, como se evidencia comparando.
Se ha dicho que el GHPCB nació con la discusión del libro de Arthur Leslie Morton, A People’s History of England (1938). Ese libro nos hace saber qué era en esos años lo más avanzado en historia económica y social y qué aportaron después los medievalistas británicos. El lector que hoy accede a sus páginas las encuentra por cierto estimulantes. En ellas, Morton (que había estudiado en 1921 con Dobb), describe el asentamiento de los invasores germanos, el trabajo de los campos, los barbechos y la rotación de cultivos. Al feudalismo inglés lo ve implantado definitivamente desde arriba por los normandos; explica que su característica fundamental fue la delegación de poderes, aunque Inglaterra tuvo su versión peculiar por la importancia que conservó el Estado, lo que no impidió las luchas entre monarcas y señores. Para el manor se basó en la Survey Domesday, que le permitió clasificar clases sociales, detectar su distribución regional, y también las rentas. No se limitó a registrar situaciones estáticas, sino también tendencias, como la que llevó a disminuir la categoría de no libres. Registró a su vez acontecimientos como la Carta Magna, que fue un condicionante feudal del poder de la Corona.
La historia económica del feudalismo tuvo en Morton una connotación más bien social, sin los ingredientes teóricos que tuvieron los trabajos de Postan y Dobb. Evitó así la narración amorfa, pero no rompió con el liberalismo cercano a Pirenne (1981) en el análisis del declive feudal, si bien propuso otra cronología y otro desarrollo. Esa declinación no comenzó para Morton en el siglo XII con el comercio, sino en el XIV, pero los parámetros circulacionistas están presentes en su explicación. El ocaso feudal lo vinculó con la producción de mercancías en la agricultura, que llevó a una quiebra del manor, mientras que la exportación de lana inglesa a Flandes incrementó el capital mercantil. Esto lo relacionó con el crecimiento de las ciudades, los gremios y las comunas de burgueses que lucharon para liberarse de las exacciones feudales. En las ciudades, y en especial en Londres, nació una capa de población sumergida, en parte formada por siervos fugitivos. En suma, reunió tesis tradicionales (incluida la separación entre economía natural y economía monetaria), descripciones agudas de la historia agraria e historia social.4
Esta integración de componentes era de lo más avanzado que se leía sobre historia económica y social del Medioevo, y exhibe a contraluz lo que significaron Postan y Dobb. Por ejemplo, Morton expuso el crecimiento de la población entre 1066 y 1348, pero no lo vinculó con una ley del sistema, y la caída demográfica la atribuyó a la Peste Negra. Por el contrario, Postan vio la causa de esa caída en la problemática relación entre demografía y recursos, mientras que Dobb la relacionó con la sobre-explotación del campesino por las crecientes necesidades de renta de los señores, necesidad que no satisfacía la inmovilidad técnica (cuando Dobb escribió sus Studies se sabía poco del tema). Ni Postan ni Dobb incurrieron en el acontecimiento, sino que indagaron en la economía, para dar un paso cualitativamente diferenciado del positivismo.
Cuando casi treinta años después de que Postan enunciara su modelo maltusiano, Brenner lo objetó (era parte del cambio que ahora analizaremos), apuntaba que había alcanzado un absoluto predominio en el estudio de la economía medieval y moderna.5 Era un diagnóstico certero, porque casi no se leía un libro de historia medieval en el que no se hiciera referencia a que la población europea había llegado al límite de su crecimiento hacia el año 1300 o un poco antes, y se pasaba de un ciclo “A” a otro “B”; además, el estudio de esos ciclos, a los que se les atribuía una autorregulación homeostática, se había extendido hasta el siglo XVIII (con Le Roy Ladurie, 1966). Guy Bois adaptó el modelo al marxismo introduciendo la lucha de clases en la versión economicista de que el campesino deterioraba la renta a partir de su control del proceso productivo, explicó la transición al capitalismo desde la dinámica maltusiana, y su esquema fue retomado de manera tácita o explícita por los que analizaron la protoindustria (Bois, 1976; Kriedte, Medick y Schlumbohm, 1986; Kriedte, 1982). Postan tuvo entonces numerosas proyecciones, y no es casual que su modelo siga siendo central para muchos historiadores.6
Sobre esos orígenes del capitalismo, las exposiciones basadas en Pirenne fueron replanteadas por Dobb. Inspirado en el tercer volumen del Das Kapital de Marx (1976), mostró el papel parasitario del capital mercantil que lograba plusvalía por intercambio de no equivalentes desde los poros del modo de producción feudal; también iluminado por la misma fuente teórica, dijo que el origen de la manufactura capitalista no estuvo en el comerciante (la vía bloqueada que representaron las ciudades de Flandes), sino en los productores directos que habían acumulado capital dinero, y realizaban una subsunción formal del trabajo por el capital, para pasar luego a la subsunción real.7 Actualizaba a Marx y anticipaba el problema del Kaufsystem y del Verlagssystem de los años ’70 y ’80. Es sabido, además, que el debate de los modos de producción en América Latina fue una derivación de la tardía traducción al castellano de sus Studies, así como de su polémica con Paul Sweezy.8
Esto bastaría para marcar la importancia de estos medievalistas, pero la cuestión tiene otra arista en la historia social y la lucha de clases, y es posible que Morton haya contribuido para que el GHPCB se orientara a ese campo. Sobre el siglo XIV, expuso que el alza de precios y salarios, consecuencia de la caída demográfica, favoreció la libertad de los tenentes. La amenaza de un contraataque señorial produjo el levantamiento de 1381, que al contrario de la jacquerie, que estalló como una reacción desesperada, fue un movimiento de los que habían conseguido cierto grado de libertad y pretendieron ampliarlo. Se condujeron entonces hacia la abolición total de la servidumbre, con un background de comunismo primitivo bajo formas cristianas, rasgo que no fue extraño para los lollards de Wycliffe. Agregó que a pesar del fracaso de la revuelta, no se regresó a la situación previa, y en las décadas posteriores los campesinos siguieron presionando con pequeños movimientos. El resultado se vio en el siglo XV, que fue posiblemente el período de mayor prosperidad de los campesinos ingleses. Por lo tanto, en un estudio que llega hasta la Primera Guerra Mundial, hay una historia económica con peripecias sociales y luchas, porque además de 1381, Morton habló de los levellers, de las revolutionary trade unions y de los cartistas.
Sobre estos temas investigó el GHPCB, y a pesar de que Dobb introdujo en su análisis la lucha de clases, esta tuvo más relieve en otros integrantes del grupo, e incluso llegó a desplazar a la economía. Nadie desconoce que E. P. Thompson investigó la formación de la clase obrera en Inglaterra, aunque en realidad estudió su conciencia de clase y no sus condiciones materiales (Thompson, 1989). Por el contrario, otro miembro del GHPCB, Rodney Hilton, se ocupó por igual de la historia económica y de la lucha de clases, que analizó en la revolución inglesa de 1381 o en las pequeñas rebeldías que llevaron a conmutar la renta trabajo por producto o dinero (Hilton, 1978a; 1988, p. 38). También escrutó en la historia social “desde abajo”; por ejemplo, sobre el papel de los mercachifles en la comunicación social (Hilton, 1982, p. 7). En historia económica, retomó a Postan y Dobb, y este último renació en sus escritos. Ello no solo porque compartía su enfoque marxista, sino también porque la transición fue una de sus preocupaciones, y en su análisis sobre Leicestershire, por ejemplo, encontró en los siglos XIV y XV un embrión capitalista en el campesinado (Hilton, 1947, pp. 94 y ss.). Retomó la transición en diversos momentos de su vida; para mencionar uno, mostró la pasividad de los señores ingleses con pérdida de ingresos en una declinación previa a la peste (Hilton, 1978b). A su vez, al unir investigación y razonamiento, su análisis enseña metodología básica.9 Estructuras agrarias, rentas, transiciones, condicionamientos y subjetividades, fueron objeto de sus estudios hasta los años ’90, formando parte de una corriente que se ocupó de muchos pasados, desde el esclavismo a la revolución del siglo XVII.10 Wickham siguió este trayecto que culminó con Framing y clausuró con The Donkey and the Boat.
Su Framing transformó la historia económica y social de la Temprana Edad Media con la tesis de un modo de producción campesino, porque con independencia de objeciones puntuales, replanteó drásticamente la problemática transicional. La perspectiva de clase fue allí esencial (con el eje de pasar de una sociedad de rango a una sociedad de clases), punto de vista clasista que ya había aplicado en trabajos de menor envergadura sobre otros temas, como el de la organización de las comunas en Italia en el siglo XII11. También mostró flexibilidad para cambiar sus propios presupuestos, y es así como en Framing abandonó el «estructuralismo» que había aplicado en un primer ensayo sobre the other transition (Wickham, 1984). En esto también seguía una tradición de la historia económica inglesa, la de revisarse a sí misma sin desechar postulados epistemológicos básicos.
Se deduce de esto, que el diálogo científico en micromedios historiográficos y en cierto clima político es esencial, como mostró Dobb con su doble pertenencia académica y partidaria. Son los pequeños colectivos que condensan tradiciones o las crean y condicionan derroteros. Es lo que testimonió E. P. Thompson sobre el GHPCB12. Además, cuanto más abierta es la inclusión en esos ámbitos, tanto más fructífero es el tránsito de ideas. Por ejemplo, un miembro del GHPCB, Vere Gordon Childe en su popular libro What Happened In History? valoró el cambio tecnológico en la prehistoria, y sugirió que detrás de la supremacía de los bárbaros sobre los romanos estuvo el arado de hierro. Esto lo publicó en 1942, cuando sobre «mínimos» cambios en medios de producción y crecimiento los medievalistas sabían poco (sí en cambio, y por Marc Bloch, vinculaban los tipos de arado con los paisajes agrarios). Seguramente en ese campo Gordon Childe le aportó a sus colegas y camaradas, de la misma manera que él pensó la Revolución Neolítica en paralelo a los estudios de la Revolución Industrial), y leyendo que los herreros de la Edad de Cobre gozaban de un aura mágico, se comprende mejor a los herreros de las sagas escandinavas.13 Con este compañero de militancia por una nueva ciencia social, resulta natural que Hobsbawm, dedicado a los siglos XIX y XX, haya escrito el prólogo del Manuscrito de Marx sobre formaciones económicas precapitalistas.
Antes de abandonar este acápite, reparemos en que lo reseñado justifica que Inglaterra haya sido la capital de la historia económica del Medioevo. Esto no desmerece lo que se hizo en otras latitudes, como la tesis de Georges Duby sobre la región mâconnaise14. Pero este estudio, en muchos aspectos pionero (se publicó en 1953), aportó al problema del señorío y al poder de ban que originó rentas, lo que redefinió, por ejemplo, las categorías de campesinos libres y no libres de los institucionalistas tradicionales. Pero Duby no penetró allí en la economía feudal, en sus ciclos y en sus factores de transición. Para esto se necesitaba otro andamiaje teórico y lo obtuvieron Postan y Dobb desde afuera de la historiografía académica. Enfocaron el Medioevo con pautas que los historiadores ignoraban.
1990. El cambio
Ahora está claro que en 1973, con la primera crisis del petróleo, se anunció otra coyuntura mundial. Reagan y Thatcher dirigieron en los años ’80 el capitalismo para que el Estado les cediera lugar a los empresarios; la URSS cayó y el Partido Comunista de Gran Bretaña, que ya en 1956 había perdido a su pléyade de historiadores (con la excepción de Hobsbawm), fue disuelto en 1991. En Inglaterra se volvió a Lionel Robbins.
Este economista propuso en 1932, una ciencia económica sin historia, sociología y política, concentrada en un comportamiento humano determinado por objetivos a lograr y medios escasos para alcanzarlos, lo que obliga a que los individuos elijan entre opciones (análisis de De Ste Croix, 1981, pp. 84-85). Eran los postulados de la escuela austríaca con su valoración de las elecciones libres (la economía sería la ciencia de la elección) y por eso Robbins logró, en 1931, que Friedrich von Hayek fuera nombrado profesor de la London School of Economics, desde donde se atacó al keynesianismo de Cambridge, lo que era también un ataque a marxistas y neomarxistas (en esos combates participó Sraffa). Justamente en esa London School, sesenta años después del arribo de Von Hayek, sobresalían Anthony Giddens, el sociólogo que permutó marxismo por consejos socialdemócratas que Tony Blair escuchaba con beneplácito, y Stephan Epstein, el medievalista que inició el cambio en su especialidad con la escuela austríaca. Veamos la contribución de Epstein.
Basado en investigaciones sobre los siglos XIV y XV, descubrió que en Sicilia la ausencia de coerciones institucionales permitió lo que estas impidieron en Florencia, la industria rural a domicilio, en la que el homo economicus desplegó su potencialidad en la producción y el lucro (Epstein, 1991; 1992). De esta manera, el nuevo institucionalismo económico (NIE) de North y Thomas hacía su presentación en la sociedad de los medievalistas, y con esta cobertura llegaba la doctrina neoclásica que sustancialmente patrocinaba los razonamientos de North y Thomas (1970; 1971; 1973). Es un nexo que evidenció Francesco Boldizzoni hablando de Douglas North: “what he did was to extend the neoclassical explanatory model to the realm of social relations” (2011, p. 18), porque si bien agregó incitaciones no monetarias y desplazó parcialmente la idea del beneficio por sistemas institucionales y derechos de propiedad como incentivos económicos principales, en el fondo de su argumento está la teoría neoclásica (vid. también Davidson, 2005).
Epstein complementó su argumento con la tesis, opuesta a la de Bresc, de que en Sicilia la exportación de cereales supuso una economía de escala, que era la mejor utilización de las oportunidades del mercado, de la división interregional del trabajo y de la especialización.
Anticipó así conceptos que ahora se leen en Wickham y en otros medievalistas ingleses. Alegó que el comercio “internacional” de manufacturas no tuvo el peso que se le había dado, valoró el tráfico de bulto, se interesó por lo que denominaríamos mercado interno, estimulado en los lugares de industria rural a domicilio por la disminución de los costes de transacción (de prospección, negociación, aplicación y transporte), mercado que consideró motor del crecimiento; se preguntó por qué el campesino comenzó a demandar productos baratos, y en la respuesta invalidó la teoría de la subsistencia porque el campesino estaba dotado de una racionalidad que en nada se diferenciaba de la que gobierna el comportamiento económico moderno, como se habría demostrado con el Verlagssystem.
Epstein no fue un navegante solitario. Richard Britnell publicó, en esa década de los ’90, su libro más conocido sobre comercio, especialización y mercado en la Edad Media Central, estableciendo una dirección que seguirían investigadores de Inglaterra y más tarde de otros países.15 Este paralelismo entre Epstein y Britnell no implica desconocer diferencias. El segundo siguió un criterio smithiano, mientras que el primero planteó que las facultades productivas del trabajador que Smith concibió como simple consecuencia de la división del trabajo, se formaban por aprendizaje y trasmisión, para lo que fueron importantes los gremios.16 Pero más allá de esto, en Britnell estaba la matriz que expuso Epstein: los mercados y las ferias que surgieron en Inglaterra entre 1050 y 1180, respondían a artesanos y comerciantes que se originaron en familias sin tierras, constreñidas a vivir donde encontraban una provisión institucional. En ese entramado, los mercados fueron el producto de decisiones de gobernantes, señores, mercaderes, campesinos, artesanos y trabajadores para bajar costos y disponer de lugares y días para comerciar (Britnell, 1996, p. XV). Si esto significaba una reducción de gastos para vendedores y compradores, también beneficiaba al señor, con lo cual los costes de transacción volvían a tomar protagonismo en el análisis.
Britnell le atribuyó así al agente económico medieval, un razonamiento no muy distinto del que se lee en un tratado de gestión empresarial, y su relato se conecta con el canon marginalista de Böhm-Bawerk, sobre que el proceso económico brota de necesidades y deseos que los sujetos resuelven de modo adecuado. Su control de mercados tenía para el señor costes de los que era consciente, pero con gran número de transacciones era posible que obtuviera beneficios o, más bien, podía concebir expectativas de beneficios que superaran a las expectativas de los costos del emprendimiento. En suma, Britnell expuso para el Medioevo el individualismo metodológico neoclásico, que entraña aprehender toda actividad o institución económica como un fruto de lúcidas subjetividades que aquí procederían en condicionamiento recíproco.
En esta mutación historiográfica, se anotó otro English historian, Robert Bartlett. En 1993 aparecía su libro sobre la expansión de un feudalismo, y trataba de mostrar que desde su inicial núcleo carolingio se reproducía a sí mismo en otros lugares para crear un espacio homogéneo (como Marx vaticinara en el Manifiesto Comunista sobre el futuro del capitalismo).17 Si Epstein había suprimido el problema neocolonial, negando que en el comercio de bienes primarios por manufacturas se transfiriera valor a los centros artesanales, ahora Bartlett lo suprimía con el concepto de una reproducción que uniformaba el espacio. Sicilia y Polonia no fueron periferias sino integraciones a una totalidad siempre igual a su núcleo originario. La coincidencia de esta tesis era con el Marx de 1848; su desemejanza fue con toda una tradición marxista sobre desarrollos desiguales y combinados.18
El influjo de estos estudios se propagó en el medievalismo inglés. Lo expone Wickham reconociendo su deuda con Bruce Campbell, Christopher Dyer, Jane Whittle y Richard Britnell, sobre los que dice que han dado el mejor aporte a la historia económica medieval.19 Su voz no es en consecuencia la de un autor sino la de varios y distinguidos autores, aunque en realidad representa a otros más. Un concepto central en su libro es, como señaló Petralia (2024), el keynesiano de demanda agregada, y otros medievalistas ingleses también lo juzgan clave. Consideran que la demografía estimuló la demanda, y con ella se acrecentaron ingresos, transacciones y técnicas, en tanto la densidad de población mejoraba las comunicaciones, el acceso a los mercados, reducía costos, incrementaba las economías de escala y alentaba la especialización.20 Apreciaron así un componente mercantil sin clases y sin curvas demográficas, y omitieron que muchos mercados sustituían al mercado.21 En lo que respecta a la dinámica demográfica, dijeron que la manufactura absorbía el exceso de población y generaba un consumo que habría solucionado la posible caída de la producción rural. Así resolvieron el problema de Postan, lo que significa disminuir el papel de los ciclos demográficos al mínimo indispensable que requería la acción del mercado.
En esta línea de reflexión también se encuadran medievalistas adeptos al NIE como Sheilagh Ogilvie de Oxford y Chris Briggs, de Cambridge, autores que con la palabra institucional se refieren a las reglas de juego de la sociedad (Ogilvie, 2014; 2023; Briggs, 2014). Los postulados de uno y otro, a los que se agregan naturalmente los de Epstein, configuran la idea de un mercado que ya no es el destructor exógeno de una economía supuestamente natural, como concibió Pirenne (1981), sino el principal factor de la dinámica del sistema. Es lo que expresa Wickham, en dos contribuciones análogas, en Past and Present y en el último capítulo de The Donkey (Wickham, 2021, 2023). Recorramos su argumento.
Demanda campesina y mercado local se presentan en estos ensayos, como determinaciones conectadas, señal de que gran parte de la población no vivía al borde de la subsistencia. El campesino disponía de productos para vender, porque (y aquí sigue la ya mencionada tesis de Guy Bois) deterioraba la renta señorial, y se convirtió en el protagonista del crecimiento. Esto implica que la relación de fuerzas de clase tenía un rol en la acción del mercado, y que la demanda ya no la ve restringida a la clase de poder.
Un aspecto esencial es que la expresión que historiadores de otras décadas admitían como cierta, la de seniores tollunt omnia, es básicamente equivocada. Si bien algunos feudales intervenían en la producción de los campesinos, aumentaban las rentas y los excluían del intercambio, esto reclamaba mucho esfuerzo y no fue frecuente (son casos como España, la segunda servidumbre del este europeo o las reacciones de los Estados feudales de la Baja Edad Media). Las excepciones no hacen la regla, y contrariamente a lo que indica esa expresión latina, el campesino retenía para vender una buena parte de lo que producía. No hubo una tendencia sistémica a su empobrecimiento, a pesar de los pobres de la protoindustria, y era imposible que hubiera sido de otra forma en una economía en crecimiento, porque las élites solo generaban pequeños volúmenes comercializables, y sin comercio no se crecía.
No solo la sobreexplotación de la que habló Dobb, y que fue un concepto de los historiadores marxistas ingleses, aquí ha desaparecido; también tiende a esfumarse la explotación sin excesos. Campbell, por ejemplo, la reemplazó como cuestión central del feudalismo, por la coexistencia de relaciones tradicionales, contractuales y comerciales, y certificó ese desplazamiento, comparando los ingresos de señores ingleses del 1300 con lo que recibían en los siglos XVII, XVIII y XIX; así concluyó que Postan y otros se equivocaron al creer que en el Medioevo los señores se apropiaban de una gran parte del producto social (Campbell, 2005, p. 15 y ss.). Su insólita comparación transhistórica no dejó de ser objetada por el historiador marxista inglés Spencer Dimmock (2014, p. 79 y ss., y p. 132).
La idea de que el campesino no soportaba condiciones desfavorables es esencial en esta revisionist view, y la comparten los medievalistas del NIE.22 Reiteran la descalificación de sus colegas precedentes, descrédito que predice y sostiene su argumento. Afirman que esos historiadores desconocieron o subestimaron las elecciones del campesino en servidumbre, y juzgaron que carecía de las nociones de costos y beneficios, requisitos para elegir entre diversas opciones. Explican que, inmersos en el error, los historiadores de otra época vinculaban esa actitud conservadora del campesino al temor del riesgo, y creían que no deseaba nuevas formas de vida, mentalidad que llevaría al estancamiento. Al parecer, los que así opinaban carecían de los conocimientos que han traído las últimas investigaciones, aunque su problema ha sido en realidad una falencia en la teoría. Con otra disposición teórica, hubieran descubierto que los campesinos elegirían como se elige hoy razonando monetariamente, porque tenían las condiciones para optar entre diversas alternativas. Al parecer, en esto no se diferenciarían mucho de un magnate de la industria a pesar de conllevar más restricciones. En esencia, todos los agentes económicos comparten la misma condición, la que les permitiría andar por la vida escogiendo lo mejor para su bolsillo.
Estos conceptos, que traslucen criterios neoclásicos modernizadores, se detectan en Sheilagh Ogilvie (2007). Conviene que nos detengamos en este trabajo, por la importancia de esta historiadora con una producción de peso en historia económica europea, y porque algunas objeciones que expresa sobre el NIE, pueden hacer dudar acerca de su ubicación teórica.
De entrada, hace constar que su intención es que las instituciones no sean una moda sino un instrumento indispensable del historiador económico, y esto implica criticar que se las haya visto como formas invariablemente eficaces para solucionar obstáculos en las transacciones. Los individuos, dice, experimentan con las instituciones los medios para bajar costos de transacción, y en última instancia es la evolución misma la que llevará a la sobrevivencia de las instituciones más eficientes. Esto se vincula con que algunas se establecen por causas que no son la eficiencia sino, por ejemplo, por razones políticas, en lo que entran a operar factores accidentales y culturales, aunque aquí también puede funcionar el criterio de eficiencia. Otra aproximación es la del conflicto, relacionado con la distribución de la riqueza. Así por ejemplo, los gremios no existieron porque favorecían a la economía en general sino a determinados grupos. Es decir, su crítica se dirige a los teóricos de la eficiencia institucional, pero no al análisis de las instituciones como problema central, al punto que le otorga importancia a los marcos institucionales, a un “interlinked institutional system”. De hecho, se pregunta si el historiador económico debe dejar de lado fenómenos sociales complejos como las instituciones en manos de otras disciplinas, y su respuesta es “no” (Ogilvie 2007, pp. 680-681). Esto significa que simplemente pretende perfeccionar el enfoque institucionalista que ella misma aplicó en sus investigaciones. Es, por ejemplo, lo que se desprende del análisis que realizó sobre el desarrollo económico de Europa central en Época Moderna (Ogilvie, 1995).
Comienza afirmando que las instituciones y las economías tuvieron profundos cambios entre el 1500 y el 1800 en la mayor parte de Europa, cambios relacionados con la organización social y el bienestar económico, y se plantea poner de relieve el rol de las instituciones en esa evolución.23 Así, para la proto-industria, no tiene importancia, según Ogilvie, la debilidad o la fortaleza de los señores, sino los efectos “of their institutional powers on industrial costs in the particular local context” (1995, p. 229), porque señores poderosos (y esto es contrario a una concepción usual en el tema), podían estimular la proto-industria si, por ejemplo, su poder institucional les permitía debilitar a los gremios o imponer bajos precios de producción. De la misma manera, las comunidades disminuirían los costos de la proto-industria si al controlar los asentamientos limitaban el aumento de población y de la fuerza laboral, reducían la movilidad laboral, mantenía alta la edad de matrimonio junto a las familias pequeñas e impedían que los jóvenes sin tierras establecieran hogares, obligándolos a emigrar o a prestar el servicio militar.
Por otra parte, si bien los costos de transacción cumplen un papel central en el análisis del NIE, la concepción neoclásica no deja de insertarse en sus estudios (Ogilvie, 2023, pp. 331-332). Afirma que una cuestión central acerca de la servidumbre es la elección económica (“peasant choice”). Al respecto, los historiadores tradicionales asumían que el campesino era incapaz de realizar esas elecciones porque carecía de los conceptos claves de costos o beneficios (“lack key concepts, such as cost or profit”), requisitos para elegir entre diferentes oportunidades (“the possibility of choosing among opportunities”). Ellos creían que el campesino era opuesto al riesgo (“risk averse”) y carecía del deseo de optar por nuevas formas de trabajo o de consumo, y en consecuencia el estancamiento económico era causado por esa mentalidad. Pero en las últimas décadas, afirma, con una combinación de economía e historia, y especialmente con el enfoque micro-económico, los estudios han transformado la comprensión del problema al mostrar que componentes esenciales de la mentalidad campesina son de hecho normales para todos nosotros. Afirma que la “risk aversion”, existe en el Tercer Mundo, pero incluso la gente rica de países ricos, “pay to reduce risks”, y concluye con que “there is nothing distinctive about risk aversion among unfree peasants”. Por consiguiente, el estudio de la historia permite hoy examinar las elecciones de los siervos (“serf choices”) que solo rechazaban las innovaciones cuando percibían una mala relación entre el riesgo y el rendimiento esperable, pero las adoptaban si contaban con buena información y podían diversificar los riesgos (“serfs rejected innovations when the risk–return ratio was high, but adopted new practices when information was available and risks could be diversified”.) El razonamiento de costos y beneficios, que se le adjudica aquí al campesino es evidente.
Podemos pasar entonces a la consideración de Epstein, cuyo revestimiento institucionalista, por momentos oculta la concepción neoclásica que en realidad subyace en sus argumentos y los sostiene. Se deja traslucir esa concepción, por ejemplo, en su tesis de doctorado sobre Sicilia, al dar cuenta del nacimiento de la industria rural a domicilio y de la compra en el mercado de bienes por el campesino (Epstein, 1992).
Su punto de partida está en el nuevo equilibrio entre hombres y recursos que se origina con la crisis demográfica del siglo XIV. Crecieron entonces los ingresos de sectores inferiores de la población, que comenzaron a demandar productos de baja calidad en el mercado, dando nacimiento a la industria rural. Pero este protagonismo de la demanda campesina solo se explica, según Epstein, si se invalida la teoría de la economía campesina medieval con orientación a la subsistencia, y opina que debe invalidarse porque el campesino estaba dotado de una racionalidad económica que en nada se diferenciaba del comportamiento moderno. Era en realidad un hombre económico con todas sus potencialidades, y si no iba al mercado era por constreñimientos institucionales. En este punto, la ausencia de coerción institucional fue clave para originar mercados, más allá de que con el tiempo un Estado centralizado favorecería el desarrollo económico.
Pero aquí conviene aclarar que para Epstein los modelos institucionales que sostienen el desarrollo económico varían con los diversos grados de desarrollo de las fuerzas productivas, y también fueron distintos sus efectos económicos, porque si la falta de coerciones institucionales, debido a la debilidad de sistemas urbanos de control y de gremios, favoreció en Sicilia la formación de industria rural a domicilio, en los inicios de la Época Moderna la isla careció de apoyo institucional para acceder a mercados supra-regionales.24 Pero sobre el surgimiento del capitalismo rural (y es lo que distinguió a Sicilia de Florencia), lo fundamental fue que los impedimentos para comprar fuerza de trabajo desaparecieron, nació la industria rural, creció el comercio, y aquí adquiere importancia en su esquema la disminución de los costos de transacción. Recalquemos entonces que el factor fundamental del cambio fue la concordancia entre un hombre económico potencialmente moderno, es decir, dotado de una plena racionalidad económica, y una debilidad del control jurisdiccional de la ciudad sobre el campo, permitiendo la movilidad física de los trabajadores, hecho que según Epstein fue una condición central para el origen de la industria rural.
Ahora bien, si tenemos en cuenta que a la escuela austríaca la distingue (además de la teoría subjetiva del valor y de la teoría de costos marginales), el individualismo metodológico y la importancia del mercado, en Epstein (1992, p. 22) puede leerse que las instituciones sociales que definen al mercado incluyen casi todos los aspectos de la vida social (relaciones de propiedad, tecnología, demografía, etc.), y de aquí deriva la centralidad de su estudio. Se explica, según él, porque el desarrollo económico es un resultado “of exchange and competition in markets» y la estructura de mercado es la que «determine the character and rate of economic development in a society”. Si esto es una identificación indudable con parámetros de la escuela austríaca, no lo es menos que en esa misma página afirme que la estrategia económica del campesino depende de cómo se estructura su acceso al mercado.
En fin, el institucionalismo de North y Thomas con su contenido neoclásico, está presente en el NIE del medievalismo. Tal vez pueda apuntarse que solo varía la apreciación de los contextos, porque los neoclásicos puros se abstraen de las condiciones en las que se puede aplicar el razonamiento de costos y expectativas de ganancias mercantiles, mientras que algunos medievalistas del NIE creen que esa evaluación solo puede aplicarse en determinados momentos, aunque otros, como Briggs, opinan que en el contexto de la coerción feudal, y más allá de las dificultades, se abría paso la iniciativa racional del campesino, que no obstante las coerciones del señor, tenía la suficiente libertad para moverse. Dicho esto, parece dudoso que en el estudio de la historia económica medieval sean hallables neoclásicos en estado puro, y si se los encuentra es más bien en momentos definidos de sus exposiciones, como en el mencionado caso de Britnell cuando trató de explicar el nacimiento del mercado. En realidad, las mezclas analíticas y conceptuales son frecuentes, las taxonomías rígidas descartables y lo fundamental es captar universos analíticos emparentados por raíces comunes. En general, las diferencias son más de formas que de sustancia.
Un presupuesto del accionar del agente económico del pasado fueron los derechos de propiedad, decisivos según los medievalistas del NIE, definidos como el derecho del campesino a disponer de la tierra, de inmuebles y del trabajo sin graves interferencias del señor, derechos que acompañaron la baja de los costos de transacción. Al respecto, si bien el campesino bajo servidumbre sufría restricciones, además de comprar y vender en los mercados, concluía contratos y se sentía seguro en sus posesiones, a pesar de que el señor podía expulsarlo. Esto se reflejó en un activo mercado de tierras y arrendamientos; también en un mercado laboral, y en otro de capitales para préstamos.
Esta concepción es un big bang que ha continuado su expansión. Historiadores no británicos pretenden terminar «con la idea estereotipada de un campesino autosuficiente, alérgico al mercado o refractario al progreso», o le adjudican al campesino la virtud de la elección económica racional, y desde la universidad de Nottingham Susan Kilby pretende apoyarla con documentos.25 Los analiza en el dominio de Wellingborough, Northamptonshire, el más grande de la abadía de Crowland.
Una vez examinadas fuentes que ofrecen pocas seguridades para el tema, supone que el mercado de tierras es el que más pruebas da sobre el éxito económico del campesino, pero enseguida dice ignorar el alcance de ese mercado, y confiesa que las transacciones que se conocen solo insinúan el ritmo con que se comercializaba ¿Qué se puede saber entonces de forma positiva? Que había una constante creación de nuevas tenencias en ese dominio a fines del siglo XIII, pero sobre la situación del campesino esto informa poco y nada. Ni siquiera esclarece saber que las rentas no variaron allí después de 1280 si no se tienen en cuenta otras exacciones (entre ellas las comerciales y judiciales), y si tampoco se incluye en la evaluación, aunque más no sea a grandes rasgos, cómo influyeron las dimensiones de las tenencias o de los comunales. Igualmente, no se nos debe escapar que a pesar de haber nacido en ese manor, después de 1280, un nuevo tipo de arrendatario, la prosperidad solo le llegó a un puñado de campesinos, como reconoce esta historiadora.26 Es coincidente con la penuria que rondaba en la vida de muchos campesinos, porque, dice, había periódicas condiciones de extrema dificultad cuando una buena proporción de campesinos tenía un tamaño de tierra insuficiente para cubrir sus necesidades y muchas familias requerían en consecuencia dinero para sobrevivir a pesar de que había pocas oportunidades de empleo; así se pueden seguir enumerando condiciones muy poco optimistas sobre la situación de los explotados. En fin, la cuestión no se resuelve con datos aislados, que por otra parte apuntan en un sentido contrario al buscado. La desesperanza de Kilby luchando por una demostración que los documentos rechazan, aflora cuando declara de que “it is dif?cult to establish peasant welfare at Wellingborough with any great certainty”.
Pero cuando los documentos aportan poco, está el recurso de la combinatoria. Es lo que hizo Wickham, y su argumento termina sosteniéndose en un trípode de (1) campesinos ricos,27 (2) campesinos medios y pobres que tenían excedentes para vender, y (3) el requisito lógico de que así debían ser las cosas. El papel clave es el de la demanda total, pero mientras que en Framing, libro dedicado al período anterior al año 800, lo importante era la generada por la élite, ahora adquirió una dimensión más relevante, porque campesinos y artesanos tenían productos para vender y dinero para comprar (Wickham, 2023, p. 499). Esto implica cierta ambivalencia, porque el análisis de la demanda lo realiza a través del mercado, y en esto se aproxima al historiador que lo estudia en sí mismo, pero su interés está en mostrar que era un efecto y una causa de la producción.
Si para Wickham el mercado ampliaba la demanda y hacía crecer a la economía, para los medievalistas del NIE su rol fue aún más extenso. El campesino, dicen, si bien tenía algunas dificultades por las trabas institucionales, optaba por invertir si disponía de buena información y veía que se aminoraban los riesgos. Lo conseguía con una diversificación de actividades que comprendía, por ejemplo, contratar mano de obra o tomar préstamos, ya que había hecho suyos los conceptos de costo y utilidad. En otras palabras, habría existido la serf agency, o sea, la capacidad del siervo para dirigirse sabiamente gobernado por las categorías que hoy se estudian en Oxbridge. El hombre económico del NIE es como todos los hombres de la humanidad que eligen opciones racionales. Son los mismos que se ven en el esclavista del apogeo romano o en el que deseando aumentar su rentabilidad, decidió cambiar el modo de producción.28 Pero en el NIE ese ser racional ya no es el dueño de una villa ilustrado por el ocio fecundo; es el siervo, que así presentado, es un instintivo empresario in pectore o consumado.
Aunque Ogilvie y Briggs le prestan atención a Inglaterra, su teoría dista de estar insularmente restringida, como fue la de Alan Macfarlane, que creía que los farmers al obtener beneficios capitalistas se erigían en una exclusividad del individualismo británico.29 Advirtamos de paso que la excepción británica y el individualismo inglés son dos nociones tradicionales, asociadas y recurrentes: Novalis había dicho, en el siglo XVII, que “nicht nur England, auch jeder Engländer ist eine Insel”; más tarde se discurrió, no sin fervor, sobre the peculiarities of the English (controversia acerca de si allí hubo una “auténtica” revolución burguesa); también la primera transición al capitalismo habría sido británica, y la revolución industrial como hecho inglés es un tópico. Mencionar estas cuestiones, realza el contenido de lo que dicen Ogilvie y Briggs, porque hablando de Inglaterra razonan sobre un homo economicus que sin patria es la humanidad.
En este entramado, algunos medievalistas ingleses contradicen parcialmente estas afirmaciones desde el mismo eje conceptual, lo que representa un retorno a Epstein. Por ejemplo, Campbell (2005), afirmó que el desarrollo económico medieval fue perjudicado por instituciones rígidas y las imperfecciones de los mercados, dos atributos que provocaron las dificultades del siglo XIV en mayor medida que la explotación del campesino. Consideró entonces que las instituciones de mercado funcionaban mal en el feudalismo, y al contrario de lo que dicen los medievalistas citados, postuló de facto que su medio es el capitalismo. El concepto lo sostienen también laureados economistas teóricos del NIE que se ocupan de la sociedad actual.30 Es lo que también dijeron los que analizaron, con muchos ingredientes ortodoxos, la transición al capitalismo con historia y sociología histórica.
Los neoclásicos de la transición
Es conocido que para Robert Brenner los malos resultados que el campesino inglés obtuvo de su lucha de clases (la más trascendente en el período fue su revolución de 1381), y en general de la correlación de fuerzas, lo habrían obligado a racionalizar la producción e inaugurar el sistema farmer de arrendamientos capitalistas, que dio inicio a la transición.31 Es lo que declara en sus célebres artículos de Past & Present de los años 1976 y 1982.32 Pero ahora importa menos su demostración que la subyacente rational choice marxism que la apoya.33 Aquí, conductas clarividentes habrían creado una nueva estructura, y en ese protagonismo del individuo compelido a obtener beneficios y racionalizar la producción, su tesis se asemeja al NIE del medievalismo.34 La diferencia estriba en que para Brenner el hombre maximizador de ganancias no aparece en el feudalismo sino en circunstancias capitalistas. Pero desde ya, importa subrayar que los esquemas se interrelacionan, y por ejemplo Bas van Bavel, influenciado por Brenner, adjudicó las diferencias regionales de los Países Bajos a desiguales encuadres institucionales, criterio que fue seguido por otros historiadores de esta región (vid.Curtis, 2013, p. 60 y ss.). En paralelo a Brenner, Robert Duplessis (1997) también le adjudicó al hombre de la economía lucrativa un contexto capitalista. Estima que en el Medioevo cualquier persona padecía los obstáculos que la sociedad le oponía al mercado, con costumbres, tradiciones comunitarias, valores culturales y rechazo a experimentar con nuevas herramientas y nuevos cultivos.
Obviamente, como queda en claro en estas alusiones, el individualismo metodológico, la centralidad del mercado y la demiúrgica rational choice, son nociones compartidas entre estos historiadores.
Peculiaridades del actual medievalismo inglés de tema económico
Wickham considera que oferta y demanda determinan los precios en todas las sociedades. Es una noción a ver, que los nuevos medievalistas comparten. También comparten la vocación por desterrar autores. Si Wickham deja de lado a sus antecesores, los medievalistas del NIE desechan a medievalistas como Rösener, a historiadores de la protoindustria como Kriedte, o a teóricos de la lógica campesina como Chayanov. Pero los destierros no ocasionan vacíos sino otras inclusiones. A diferencia del viejo liberal, el medievalista del NIE se quiere vincular con el marxismo subrayando los desiguales accesos a recursos e ingresos, así como enfatizando la coerción que el señorío ejercía sobre los campesinos. De manera similar, su fundador en la especialidad, Epstein, se inspiró en Brenner para explicarse la coerción institucional con la coerción de clase.35
Son préstamos que se insertan en contextos anómalos para la doctrina de donde se arrancaron, y que se volvieron habituales. La Guerra Fría de las ciencias sociales es ahora, para muchos historiadores, remota y extraña.36 Con argumentos marxistas en libre circulación, y en convivencia con el estridente silencio de algunos nombres, es música demodé el McCarthyism speech de Sánchez Albornoz o la áspera controversia de Kominsky con Postan.
Este rasgo se alinea con la uniformidad doctrinal, y la historia corre el riesgo de volverse precipitadamente monótona. La lectura de un estudio puede ser la de todos, y en esto se reitera la homogeneidad maltusiana. Pero si nos referimos al mercado, una afinidad profunda también se establece con aquellos que lo estudiaron para exponer desarrollos desiguales, porque renovaban ejemplos de un mismo patrón de determinación, ligado a la invariabilidad de las contradicciones, rasgo general de las teorías de mercado denunciado por los americanistas de los años 1960 y 1970.37
No es muy distinto a lo que se ve en el NIE. Cada agente económico que en distintas situaciones razona de una única manera, se convierte en un atributo de la idea que condensa el arquetipo económico. Este puede ser un individuo, una localidad o un país que se incorpora al “sistema mundo”. Todos son expresión de una “generalidad abstracta”, de un ecuménico tipo ideal, generalidad que sin investigación concreta puede transformarse de abstracta en imaginaria, y lo que no se presenta de la manera esperable es solo «anomalía», aunque debería llevar a la revisión de la doctrina en sus fundamentos, y tal vez por esto los historiadores del NIE no hablan de lo que no encaja en el esquema.38 Todos los sujetos que estudian (individuos o colectividades), son uniformados buscadores de ganancias, lo que es un resultado esperable de la superposición doctrinaria a la historia, aunque no se haya renunciado a las fuentes, que por cierto se renovaron. Esto abre otro capítulo en la consideración.
Wickham se vale de la arqueología de cerámicas donde se transportaba vino o cereal, y así descifra la estructuración y el crecimiento del feudalismo. Al respecto, no falta el historiador convencido de que debe reescribirse toda la historia de la Edad Media, porque la arqueología tornó vetusto lo que se escribió en otra época. No obstante, los documentos siguen presentes en estas pesquisas de mercado, y en su interpretación (lo mismo que en la del resto arqueológico) tiene un rol de primer orden el marco teórico. A Briggs, por ejemplo, también lo atrae como indicador económico y social el consumo campesino por mediación del mercado, precisamente el consumo que no satisfacía necesidades alimenticias, como era el gasto en vestimentas, y al examinar a sus peasants of the later fourteenth and fifteenth centuries, descubre en los textos que adoptaban los new consumption patterns de aristócratas y élites urbanas. Cree haber probado así, que el campesino “strove to move out of the bottom social group and enter a new, expanding middle group” (Briggs, 2013).
Otra peculiaridad es digna de atención. Cuando predominaban Postan, Dobb o Hilton, lo que se leía sobre historia medieval desde la ortodoxia económica era escaso y tenía a veces un origen exógeno. Así por ejemplo, Donald N. McCloskey, historiadora y economista teórica norteamericana, que se dedicó, entre otros temas, a las ideas que en Inglaterra y Holanda entre los años 1600 y 1848 impulsaron la renovación capitalista, concibió que la dispersión de las unidades productivas campesinas del feudalismo era una calculada estrategia para disminuir riesgos (McCloskey, 1975). Esta atribución de elecciones era en los años ’70 una aislada aplicación doctrinaria, porque entonces solo de manera espontánea y casi maquinal, se deslizaban conceptos liberales como el de oferta y demanda. Hoy por el contrario, los historiadores económicos ingleses tienen su formación en la teoría ortodoxa, que en general traslucen más de lo que explicitan.
En Francia, otro derrotero
En el tiempo en que publicaban Postan o Hilton, en Francia, y bajo la influencia de Jacques Le Goff, floreció la antropología histórica, y con esta llegó otra avant-garde consagrada a una Edad Media “primitiva”.39 El medievalista francés pasó a formarse en la VIe section de l’École pratique des Hautes études con los antropólogos,40 y sus conocimientos de teoría económica quedaron relegados, más allá de que el mayo del ’68 le aconsejara alguna lectura de Marx. En ese medio, la contraposición entre dos marxistas, Guy Bois y Alain Guerreau, es significativa. El primero ostentaba conocimientos de teoría económica casi inhallables en sus colegas franceses. Guerreau, más joven y ganado por la antropología, rechazaba con vehemencia esa aproximación económica a la Edad Media.41 Su enfoque era el predominante, hasta que el jefe de la escuela con su Saint Louis dio por terminada, a mediados de la década de 1990, la nouvelle histoire.42 No obstante, la historia económica no recuperó lugares; fue minoritaria, y en esa minoría se destacó Bois.43 Veamos su evolución.
Si su tesis de doctorado sobre la Normandía oriental (publicada en 1976), era una explícita aproximación a Postan y Dobb, lo que escribió después fue un virtual anticipo a lo que hoy escriben medievalistas ingleses.
A fines de la década del ’80 apareció el libro que le dedicó a la aldea de Lournand entre los años 980 y 1000, en la Borgoña, a la que tomó como átomo significativo de la formación del sistema feudal (Bois, 1989). Supuso que el campesino había originado en el siglo X crecimiento. A su vez, tomó en cuenta (inspirado por Finley), el sistema integral, que comprendía un Estado débil, contexto en el que influía un intercambio frenado por las relaciones sociales. El campesino precisaba otras transacciones, más amplias, y las logró con la mutación feudal, facilitada por la debilidad política y por la presión de las fuerzas económicas. Entonces el mercado pasó a regular la economía.
Con este contenido, solo superficialmente este ensayo se alineó en el mutacionismo de Bonnassie, Poly, Fossier y otros, si bien ya por esos años se estaba dando un nuevo giro en el tema. Pero el asunto no era aquí revolución o evolución. Es lo que se comprobó rápidamente, porque el carácter inasimilable de ese libro para sus colegas franceses lo mostró el encadenado ataque que le dirigieron sin concesiones a la cortesía.44
Con el nuevo milenio, publicó otro trabajo, sobre la crisis de los siglos XIV y XV (Bois, 2000). Ahora podemos apreciar cómo terminó un cambio iniciado en Lournand. En este último libro abundan los conceptos modernos: depresión económica, crédito, tasa de interés, especulación, estanflación y deflación. Si bien no ignoró el problema demográfico, lo rodeó con moneda, comercio y demanda.
Esta breve incursión en el otro gran centro del medievalismo, muestra (1) que en la historia económica del período Inglaterra estuvo a la vanguardia; (2) permite no perder de vista la trayectoria de Guy Bois, que tiene importancia en este estudio por dos aspectos: (a) su tesis sobre la tasa de la renta es el argumento más significativo que usa Wickham en su último libro para explicar la venta de excedentes en el mercado por el campesino; (b) el último Bois, orientado a una modernización de la economía medieval, confirma que en este tema se imponía desde los años ’90 una tendencia que superaba marcos nacionales.
Novedades no tan nuevas
Marcadas las diferencias entre un pasado y un presente historiográficos, es el momento de los matices, porque los alejamientos pronunciados conviven con otros no tan lejanos. Es posible preguntarse, por ejemplo, si el nuevo institucionalismo se ha separado realmente del institucionalismo tradicional, y la respuesta se encarrila a decir que las diferencias son más exiguas de lo que a simple vista parece. Si antes se juzgaba que en los pactos feudovasalláticos radicaba el funcionamiento del feudalismo, ahora se lo ve en normas de conducta, lo que es una forma original de inscribirse en el añejo linaje de Ganshof.
Es verdad que esas normas que les interesan a los cultores del NIE no solo son las fijadas en códigos, sino las que emanaban de una informalidad socialmente admitida para regir el comportamiento de las personas, y entre ellas el de los labriegos que iban al mercado o se instalaban en nuevas tierras. Así por ejemplo, más allá de que los estatutos impidieran u obstaculizaran los desplazamientos, los nuevos teóricos enfatizan que los campesinos se movían de un lugar a otro en busca de mejores condiciones. Pero francamente, no hay aquí demasiada discrepancia con el institucionalismo tradicional. Sánchez Albornoz, por ejemplo, estudió códigos en la convicción de que reflejaban lo que hacían las personas en el Medioevo, pero también disertó largamente sobre la repoblación del valle del Duero, realizada por campesinos que abandonaban la autoridad señorial para tomar tierras. Sabía que los señores ponían trabas a esa movilidad, pero también dedujo que el pequeño campesino iba a nuevos lugares para mejorar su vida. Lo mismo es posible decir sobre la propiedad. Para no salir del universo albornociano, ningún hispanista desconoce que para esa autoridad del institucionalismo tradicional, la extendida propiedad del pequeño campesino, que concebía como el derecho a tener una tierra, fue para él una clave del «enigma» histórico de Castilla (Sánchez Albornoz, 1971). Precisamente, la revisión de su teoría, realizada por historiadores de los años 1970 y 1980, puso al descubierto su incomprensión sobre el influjo de la renta en el concepto de propiedad, un desconocimiento que ahora se repite en el nuevo institucionalismo.
Tampoco es tan novedoso decir que el campesino y otros agentes económicos podían elegir sobre asuntos importantes. Los historiadores de las décadas pasadas que se ocuparon de las estructuras no seguían al estructuralismo de Louis Althusser cuando consideraba a los individuos meros portadores de la estructura, ni tampoco adherían al funcionalismo estructural de Talcott Parsons que los tomaba (según se ha dicho) por marionetas de las circunstancias, para citar dos expresiones paradigmáticas sobre prescindir de la subjetividad en el funcionamiento social. Postan, por ejemplo, ya había observado, en 1966, que el siervo inglés, puesto en la disyuntiva de comprar su manumisión o tierras, optaba por la segunda posibilidad, elección que confirmaron otros medievalistas;45 Hilton detectó que era diferente la administración de las tierras según la distancia de los mercados, y tal vez por esto los señores ingleses preferían rentas en trabajo o en dinero (Hilton, 1987, [17 y 20]); también vio que señores ingleses canjearon en el siglo XV renta trabajo por renta dinero a cambio de un monto que les permitía superar apuros financieros (Hilton, 1969), y que el campesino rico de la abadía de Gloucester, en Inglaterra, abonó de una sola vez una suma de dinero para no hacer las corveas, aunque allí no eran una obligación pesada (Hilton, 1978c, p. 145 y ss.).
En lo que se refiere al mercado, la cercanía del NIE y de las actuales historias económicas a estudios pretéritos es en aspectos profundos innegable. Por cierto, las formas han cambiado, pero el circulacionismo que analizó Epstein y ahora rejuvenece, está precedido por varios renacimientos, con Pirenne en un momento, con Wallerstein y demás historiadores de las asimetrías comerciales en otro momento. Eran la versión heterodoxa de Ricardo, la que permutó su noción de las ventajas comparativas del comercio (que defiende Epstein), por las desventajas comparativas; a esto se agrega la unión entre unos y otros por su concepto de la interdependencia entre los mercados, y del comercio como engine of growth de sistemas productivos.46 Además, todos, viejos y nuevos historiadores del factor mercado, se unen en sostener que el comercio y sus derivados sistemas de producción nacen de las decisiones de agentes económicos informados por un examen de beneficio eventuales, como vimos en Britnell y antes había planteado Wallerstein (1979, pp. 122 y 127). Son análisis sostenidos en la ley de costos comparativos, que en el comercio internacional ha predominado entre economistas ortodoxos y marxistas, que la han aceptado como válida en sus propios fundamentos (Shaikh, 1984, p. 3). Todo depende de rentabilidades comparativas; el individualismo metodológico se evidencia, y aparece el peligroso “salto” de la economía privada a la social, que se logra con la personificación del movimiento económico objetivo.
Esto nos acerca a otro paradigma de la teoría de mercado, el de oferta y demanda, que se aplica por igual y de una misma manera a los mercados de bienes del Medioevo y a supuestos mercados laborales de señorío. En este plano también hay alguna cercanía entre lo viejo y lo nuevo. Postan, con formación en la economía clásica, por un lado, y los neoclásicos por otro, dijeron que la sobrepoblación del siglo XIII habría permitido que los feudales ingleses impusieran corvées, mientras que en la crisis el XIV el campesino habría mejorado su posición negociadora y declinaron las prestaciones (Postan, 1981b; North y Thomas, 1973, p. 665 y ss.). El criterio se aplicó a su vez para las fluctuaciones salariales del Medievo (p. e. Persson, 2010, p. 66). También se vinculó la reducción de las sernas en España con la táctica de los señores de mejorar la condición de sus colonos ante la oferta de las tierras libres de la Reconquista (p. e., Alfonso de Saldaña, 1974, p. 200).
Todo lo que se expuso, muestra lo extendidas que están hoy en el medievalismo las concepciones de mercado de raíz liberal. Se las revisará críticamente en un próximo trabajo.
Fuentes consultadas
RM. Reti Medievali Rivista.
Referencias
Abélès, S. (2023). La Société d’étude du féodalisme: documents, témoignages, perspectives. L’Atelier du Centre de recherches historiques [En ligne], 27. http://journals.openedition.org/acrh/28109
Alfonso de Saldaña, M. I. (1974). Las sernas en León y Castilla. Contribución al estudio de las relaciones socio-económicas en el marco del señorío medieval. Moneda y Crédito. Revista de Economía, 129, 153-210.
Assadourian, C. S. (1973). Modos de producción, capitalismo y subdesarrollo en América Latina. En C. S. Assadourian et al., Modos de producción en América Latina (pp. 47-82). Cuadernos de Pasado y Presente, 40.
Aymard, M. (1981). L’Europe moderne: Féodalité ou féodalités? Annales. Économies. Sociétés. Civilisations, 3, 426-435.
Bartlett, R. (2003). La formación de Europa. Conquista, colonización y cambio cultural, 950-1350. Universitat de València y Universidad de Granada [Princeton 1993].
Berg, M. (2015). East-West Dialogues: Economic Historians, the Cold War, and Détente. The Journal of Modern History, 87(1), 36-71.
Bois, G. (1976). Crise du féodalisme. Économie rurale et démographie en Normandie Orientale du debut du 14e siècle au milieu du 16e siècle. Presses FNSP.
Bois, G. (1989). La mutation de l´an mil: Lournand, village mâconnais de l´Antiquité au féodalisme. Fayard.
Bois, G. (2000). La grande dépression médiévale: XIVe – XVe siècles: le précédent d'une crise systémique. Presses Universitaires de France.
Boldizzoni, F. (2011). The Poverty of Clio: Resurrecting Economic History. Princeton University Press.
Bourin, M., Menant, F., y To Figueras, L. (2014). Les campagnes européennes avant la Peste: préliminaires historiographiques pour nouvelles approches méditerranéennes. En id. (eds.), Dynamiques du monde rural dans la conjoncture de 1300: Echanges, prevelements et consommation en Méditerranée Occidentale (pp. 9-101). École Française de Rome.
Brenner, R. (1976). Agrarian Class Structure and Economic Development in Pre-Industrial Europe. Past & Present, 70, 30-74.
Brenner, R. (1982). Agrarian Roots of European Capitalism. Past & Present, 97, 16-113.
Bresc, H. (1986). Un monde mediterranéen. Economie et société en Sicilia 1300-1450. École française de Rome.
Briggs, C. (2013). Household Possessions of the 14th and 15th Century Peasantry, The Future of History from Below: An Online Symposium. https://manyheadedmonster.com/2013/08/24/chris-briggs-household-possessions-of-the-14th-and-15th-century-peasantry/
Briggs, C. (2014). English Serfdom, c.1200-c.1350: Towards an Institutionalist Analysis. En S. Cavaciocchi (ed.), Schiavitù e servaggio nell’economia Europea secc. XI-XVIII. Serfdom and Slavery in the European Economy 11th-18th Centuries (pp. 13-32). Istituto Datini Florencia.
Briggs, C. (2023). Current Trends and Future Directions in the Rural History of Later Medieval England (c. 1200–c. 1500). Rural History, 34, 318–329.
Britnell, R. (1996). The Commercialisation of English Society, 1000-1500. Manchester University Press.
Britnell, R. (2001). Specialization of Work in England, 1100-1300. Economic History Review, 54(1), 1-16.
Britnell, R. (2002). England: Towns, Trade and Industry. En S. H. Rigby (ed.), A Companion to Britain in the Later Middle Ages (pp. 47-64). Malden.
Campbell, B. M. S. (2005). The Agrarian Problem in the Early Fourteenth Century. Past & Present, 188, 3-70.
Cardoso, C. F. S. (1973). Sobre los modos de producción coloniales en América Latina. En C. S. Assadourian et al., Modos de producción en América Latina (pp. 135-154). Cuadernos de Pasado y Presente.
Curtis, D. (2013). Trends in Rural Social and Economic History of the Pre-Industrial Low Countries. Recent Themes and Ideas in Journals and Books of the Past Five Years (2007-2013). BMGN-Low Countries Historical Review, 128(3), 60-95.
Davidson, N. (2005). How Revolutionary Were the Bourgeois Revolutions? Historical Materialism, 13(4), 3-54.
De Ste. Croix, G. E. M. (1981). The Class Struggle in the Ancient Greek World. From the Archaic Age to the Arab Conquest. Duckworth.
Dimmock, S. (2005). The British Marxist Historians by Spencer Dimock (May 2005). Unpublished. https://www.academia.edu/60327242/The_British_Marxist_Historians_by_Spencer_Dimmock_May_2005
Dimmock, S. (2014). The Origin of Capitalism in England, 1400-1600. Brill.
Dobb, M. (1946). Studies in the Development of Capitalism. Routledge.
Duby, G. (1988). La société aux XIe et XIIe siècles dans la région mâconnaise. SEVPEN [París 1953].
Duplessis, R. S. (1997). Transitions to Capitalism in Early Modern Europe. Cambridge University Press.
Engels, F. (1968). Briefe. Januar 1893-Juli 1895, Marx-Engels. Werke, 39, Berlin. Dietz-Verlag.
Epstein, S. R. (1991). Regions and the Late Medieval Crisis: Sicily and the Tuscany Compared. Past & Present, 130, 2-50.
Epstein, S. R. (1992). An Island for Itself. Economic Development and Social Change in Late Medieval Sicily. Cambridge University Press.
Epstein, S. R. (1998). Craft, Guilds, Apprenticeship and Technology Change in Preindustrial Europe. The Journal of Economic History, 18(3), 684-713.
Evans, R. (2021). Eric Hobsbawm. Una vida en la historia. Crítica.
Furió, A. (2017). La crescita economica medievale: progressi qualitativi e quantitativi nella produzione agricola. En La crescita economica dell’Occidente medievale. Un tema storico non ancora esaurito (pp. 107-136). Viella.
García González, F., Béaur, G. y Boudjaaba, F., (2016). Introducción. La historia rural, entre la historia comparada y la renovación. En La historia rural en España y Francia (siglos XVI-XIX): contribuciones para una historia comparada y renovada (pp. 9-32). Universidad de Zaragoza.
Gordon Childe, V. (1960). Qué sucedió en la historia. Leviatán.
Guerreau, A. (1990). Lournand au Xe siècle: histoire et fiction. Le Moyen Âge, 96(3-4), 519-537.
Gunder Frank, A. (1978), Crítica y anticrítica. Ensayo sobre la dependencia y el reformismo. Zero.
Halperín Donghi, T. (1982). Dependency Theory’ and Latin American Historiography. Latin American Research Review, 17(1), 115-130.
Hatcher, J. (1981). English Serfdom and Villeinage: Towards a Reassessment. Past & Present, 90(1), 3-39.
Hatcher, J. y Bailey, M. (2001). Modelling the Middle Ages. The History and Theory of England’s Economic Development. Oxford University Press.
Hill, C. (1983). El mundo trastornado. El ideario popular extremista en la Revolución inglesa del siglo XVII. Siglo XXI.
Hilton, R. (1947). The Economic Development of some Leicestershire Estates in the 14th and 15th Centuries. Oxford University Press.
Hilton, R. (1969). The Decline of Serfdom in Medieval England. Macmillan.
Hilton, R. (1978a) Siervos liberados. Los movimientos campesinos medievales y el levantamiento inglés de 1381. Siglo XXI.
Hilton, R. (1978b). A Crisis of Feudalism. Past and Present, 80, 3-19.
Hilton, R. (1978c). The English Peasantry in the Later Middle Ages: The Ford Lectures for 1973 and Related Studies. Oxford University Press.
Hilton, R. (1982). Lords, Burgesses and Hucksters. Past and Present, 97, 3-15.
Hilton, R., ed. (1982). La transición del feudalismo al capitalismo. Crítica.
Hilton, R. (1987). Pourquoi il y avait si peu de redevances à part de fruits en Angleterre médiévale. En C. Higounet (éd.), Les revenus de la terre: complant, champart, métayage, en Europe occidentale (ixe - xviiie siècles), Presses Universitaires du Midi. https://doi.org/10.4000/books.pumi.22211
Hilton, R. (1988). Los movimientos campesinos en Inglaterra antes de 1381. En Conflicto de clase y crisis del feudalismo (pp. 24-50). Crítica.
Kalecki, M. (1933). Essay on the Business Cycle Theory. En: Collected Works of Michal Kalecki. Clarendon press.
Kalmring, S. y Nowak, A. (2011), “Marx über den Kolonialismus. Kolonialismus und anti-kolonialer Widerstand als Lernprozess und Erkenntnisbewegung”, Z. Zeitschrift Marxistische Erneuerung, 85. https://www.zeitschrift-marxistische-erneuerung.de/de/article/47.marx-ueber-den-kolonialismus.html
Kilby, S. (2010). Struggle and Enterprise: The Experience of Servile Peasants in Wellingborough, 1258-1322. Midland History, 35(1), 7-27.
Kriedte, P. (1982). Feudalismo tardío y capital mercantil: líneas maestras de la historia económica europea desde el siglo XVI hasta finales del XVIII. Crítica.
Kriedte, P., Medick, H. y Schlumbohm, J. (1986). Industrialización antes de la industrialización. Crítica.
Laibman, D. (2008). Deep History. A Study in Social Evolution and Human Potential. State University of New York Press.
Laslett, P. (1987). El mundo que hemos perdido explorado de nuevo. Alianza.
Le Goff, J. (1964). La civilisation de l'Occident médiéval. Arthaud.
Le Goff, J. (1996). Saint Louis. Gallimard.
Le Roy Ladurie, E. (1966). Les paysans de Languedoc, 2 v. SEVPEN.
Little, D. (2010). The Brenner Debate Revisited. Understanding Society. https://undsoc.org/2010/01/02/the-brenner-debate-revisited/
Macfarlane, A. (1978). The Origins of English Individualism: Some Surprises. Theory and Society, 6(2), 255-277.
Marshall, A. (2005). Principios de economía. Editorial Síntesis.
Marx, K. (1976). Das Kapital. Kritik der politischen Ökonomie, 3 v. Frankfurt Verlag marxistische Blätter.
Marx, K. y Engels, F. (1976), Manifest der Kommunistischen Partei, en id., Werke, IV (pp. 459-493). Dietz Verlag.
McCloskey, D. N. (1975). Persistence of Common Fields. En W. N. Parker et al., European Peasants and their Markets. Essays in Agrarian Economic History (pp. 73-229). Princeton University Press.
Morton, A. L. (1938), A People’s History of England. Victor Gollancz.
North, D. y Thomas, R. P. (1970). An Economic Theory of the Growth of the Western World. Economic History Review, 33, 1-17.
North, D. y Thomas, R. P. (1971). The Rise and Fall of the Manorial System: A Theoretical Model. Journal of Economic History, 31, 777-803.
North, D. y Thomas, R. P. (1973). The Rise of the Western World. A New Economic History. Cambridge University Press.
Ogilvie, S. (1995). Institutions and Economic Development in Early Modern Central Europe. Transactions of the Royal Historical Society, 5, 221-250.
Ogilvie, S. (2007). “Whatever is, is right”? Economic Institutions in Pre-Industrial Europe. Economic History Review, 60(4), 649-684.
Ogilvie, S. (2014). Choices and Constraints in the Pre-Industrial Countryside. En C. Briggs, P. Kitson y S. J. Thompson (eds.), Population, Welfare and Economic Change in Britain, 1290-1834 (pp. 269-305). Boydell & Brewer.
Ogilvie, S. (2023). Economics and History: Analysing Serfdom. En R. Bourke y Q. Skinner, History in the Humanities and Social Sciences (pp. 329-353). University Press.
Pazienza, A. (2024). Mobility, Displacements and Identity In and Around the Medieval Italian Countryside (6th to 10th centuries). Medieval Worlds, 20, 69-95.
Perelman Fajardo, M. (2018). El problema historiográfico de la transición del esclavismo al colonato. Anales de Historia Antigua, Medieval y Moderna, 52, 137-163.
Persson, K. G. (2010). An Economic History of Europe. Knowledge, Institutions and Growth, 600 to the Present. Cambridge University Press.
Petralia, G. (2024). Dai battelli agli asini: fine di un primato. Reti Medievali Revista, 25(2), 45-75. https://doi.org/10.6093/1593-2214/11334
Pirenne, H. (1981). Historia económica y social de la Edad Media. Madrid.
Postan, M. (1966). Medieval Agrarian Society in its Prime: England. The Cambridge Economic History of Europe, I, The Agrarian Life of the Middle Ages (pp. 548-633). University Press,
Postan, M. (1981a). Los fundamentos económicos de la sociedad medieval. En Ensayos sobre agricultura y problemas generales de la economía medieval (pp. 5-37). Siglo XXI.
Postan, M. (1981b). Cronología de las prestaciones de trabajo. En Ensayos sobre agricultura y problemas generales de la economía medieval (pp. 113-135). Siglo XXI.
Razi, Z. (2007). Serfdom and Freedom in Medieval England: A Reply to the Revisionists. Past & Present, 145, 182-187.
Sánchez Albornoz, C. (1971). España un enigma histórico, 2 v. Sudamericana.
Schofield, P. (2015). M. M. Postan and the Peasant Economy. En J. Drendel (ed.), Crisis in the Later Middle Ages: Beyond the Postan-Duby Paradigm (pp. 73-93). Brepols.
Shaikh, A. (1984). Sobre las leyes del intercambio desigual. Críticas de la economía política. Edición latinoamericana, 10. El intercambio desigual (pp. 3-87). El caballito.
Smith, A. (1904). An Inquiry into the Nature and Causes of the Wealth of Nations. Methuen and Co.
Tenenti, A. (1989). Lucien Febvre e Fernand Braudel storici. En la España Medieval, 12, 11-26.
Thompson, E. P. (1989). La formación de la clase obrera en Inglaterra (2 vols.). Crítica.
Wallerstein, I. (1979). El moderno sistema mundial. La agricultura capitalista y los orígenes de la economía-mundo en el siglo XVI. México.
Wickham, C. (1984). The Other Transition: From the Ancient World to Feudalism. Past & Present, 103, 3-36.
Wickham, C. (1998). Community and Clientele in Twelfth-Century Tuscany. Oxford University Press.
Wickham, C. (2005). Framing the Early Middle Ages. Europe and the Mediterranean, 400-800. Oxford University Press.
Wickham, C. (2008). Productive Forces and the Economic Logic of the Feudal Mode of Production. Historical Materialism, 16, 3-22.
Wickham, C. (2021). How did the Feudal Economy work? The Economic Logic of Medieval Societies. Past & Present, 251, 3-40.
Wickham, C. (2023). The Donkey and the Boat. Reinterpreting the Mediterranean Economy, 950-1180. Oxford University Press.
Notas

