

In memoriam
Josep Maria Salrach (1945-2025)
Josep Maria Salrach (1945-2025)
Sociedades precapitalistas
Universidad Nacional de La Plata, Argentina
ISSN-e: 2250-5121
Periodicidad: Frecuencia continua
vol. 15, e092, 2025
Recepción: 05 agosto 2025
Aprobación: 11 agosto 2025
Publicación: 05 septiembre 2025

Resumen: El 29 de abril de este año, murió en Barcelona Josep Salrach, miembro del Comité Científico de Sociedades Precapitalistas. Nacido en Llinars del Vallès, Cataluña, en 1945, fue uno de los principales medievalistas de las últimas décadas. Consagrado a la historia económica y social, manejó conceptos del materialismo histórico y de la escuela de los Annales que vertió en una obra tan inmensa como comprometida con los debates de su tiempo.
Palabras clave: Josep M Salrach, Obra, Historiografía, Cataluña.
Abstract: On April 29th of this year, Josep Salrach, a member of the Scientific Committee of Sociedades Precapitalistas, died in Barcelona. Born in Llinars del Vallès, Catalonia, in 1945, he was one of the leading medievalists of recent decades. Dedicated to economic and social history, he harnessed concepts of historical materialism and the Annales school, which he poured into a body of work as immense as it was committed to the debates of his time.
Keywords: Josep M Salrach, Work, Historiography, Catalonia.
Introducción
El 29 de abril de este año, murió en Barcelona Josep Salrach, miembro del Comité Científico de Sociedades Precapitalistas. Nacido en Llinars del Vallès, Cataluña, en 1945, fue uno de los principales medievalistas de las últimas décadas.
Obtuvo su licenciatura en historia en 1969 en la Universidad de Barcelona, donde también defendió su tesis de doctorado en 1974, sobre el poder y la cultura en la Cataluña carolingia. Allí fue profesor de historia medieval hasta 1993, año en que pasó a la Universitat Pompeu Fabra hasta su jubilación, culminando su cursus honorum con el nombramiento de profesor emérito.
Consagrado a la historia económica y social, manejó conceptos del materialismo histórico y de la escuela de los Annales que vertió en una obra inmensa. Comprende contribuciones generales, como la Història medieval de Catalunya (1998), que escribió con su primera esposa,Mercè Aventín i Puig, y la dirección de las colectivas Història de Catalunya (6 vols.) (1978-1979) e Història Universal (10 vols.) (1980-1983), ambas de Salvat. A esto se agrega la Història agrària dels Països Catalans, dirigida por Emili Giralt en 5 volúmenes, editada por la Universidad de Barcelona, de la que Salrach se encargó de coordinar el volumen II dedicado a la Edad Media.
El medievalista
Como medievalista, si bien fue un referente de la tesis de la mutación feudal, inaugurada por Duby (1988) y Bonnassie (1990), no la repitió maquinalmente, sino que aportó matices propios que nos introducen en las particularidades de su obra.
Consideró que el feudalismo ibérico era un proceso todavía en construcción en los siglos IX y X, en tanto perduraba la burocracia y una fiscalidad estatal en retroceso (Salrach, 1997a, p. 17 y ss.). Pero a pesar de la decadencia fiscal, el hecho de que los señores, por la resistencia de los campesinos, no lograran aun imponer sus rentas, llevó a que estos se mantuvieran independientes y desarrollaran las fuerzas productivas, planteo coincidente con el de Bonnassie (1988). Por otro lado, si bien aceptó el esquema de este último sobre un cambio acelerado para Cataluña entre los años 1020 y 1060, en referencia al espacio general hispánico-occitano propuso un proceso más dilatado. La «mutación feudal» se habría iniciado allí en el siglo X y continuó hasta el XII, período que por lo tanto no estuvo marcado por una única crisis, sino por distintas crisis separadas por fases de relativa estabilización. Su rasgo esencial fue el cambio en las relaciones de producción y la imposición de la gran propiedad con tenencias, a lo que se agregó el quiebre definitivo del viejo marco estatal con la creación del señorío jurisdiccional o banal.
En esta exposición, Salrach presenta dos de sus entrelazadas cualidades: el conocimiento de desarrollos de larga duración y la adopción de planteos que veía pertinentes a costa de ciertas modificaciones.
El primer rasgo, lo confirma el hecho de que no desconoció las dificultades del sistema antiguo para reproducirse, circunstancia que, según expuso, obligó a que Roma obtuviera sus recursos por conquistas, y cuando estas finalizaron sobrevino el colonato, explicación próxima a acreditados estudios clásicos.1 En coincidencia con ese colonato en auge, y en la misma línea de pensamiento, indicó que muchos esclavos fueron establecidos como servi casati, y con ellos cohabitaron campesinos libres (possessores) (Salrach, 2023). Esto significa que, si bien le otorgó importancia al campesino libre del período anterior al año mil, tuvo en cuenta las tendencias proto-feudales que se generaron desde el final de la Antigüedad. En línea con esta interpretación, valoró un ensayo de Chris Wickham (1984) sobre cómo el modo de producción tributario, en su funcionamiento, promovió relaciones del feudalismo (Salrach, 2023).
Desde ya, estas iniciales incursiones en su obra, muestran que sus análisis no eran anodinos ni estaban desligados de los problemas que se discutían en la disciplina, y esto les imprimió una connotación problematizadora. Es así que prácticamente en todos sus estudios tuvo presente las controversias que se habían suscitado, ya se tratara de si los invasores bárbaros se repartieron tierras, como había dicho Ernst Theodor Gaupp en 1844, o ingresos fiscales como rectificó Walter Goffart en 1980 (Salrach, 1993); ya sobre el origen del dominio feudal y su distintiva renta trabajo, porque para Charles-Edmond Perrin la corvea provino de antiguos trabajos públicos, mientras que para Pierre Toubert su origen fue dominical (Salrach, 1997b, p. 36 y ss.). En cada tema que tocaba, tenía un acabado conocimiento del estado del arte.
Atento a los avances de la arqueología, muy significativos en el medievalismo de los últimos años (en esta materia fueron importantes en Cataluña Manuel Riu y Miquel Barceló), volcó los resultados de esas excavaciones a sus análisis, por ejemplo, en lo que hace a la caracterización de las fuerzas productivas. Concluyó así que hasta los siglos IX y X prevaleció en Cataluña el ganado semisalvaje junto a la caza y la recolección (Salrach, 2004, p. 74 y ss.). Estas actividades se correspondían con la permanencia de trazos de la sociedad de base campesina que, según Wickham (2005), predominó en los siglos V-VIII, con la excepción de algunas «islas» feudales. Por lo tanto, Salrach se alineaba una vez más, cerca de una de las corrientes más avanzadas del medievalismo (Salrach, 2004, p. 17).
Si bien se concentraba en situaciones objetivas, diríamos, «estructurales», tuvo en cuenta las acciones de la clase de poder que podían mediar en la organización social. Por ejemplo, indicó que los señores también fueron grandes promotores de la expansión, y en esto se diferenció de Guy Bois (1976, 1990) y de Bonnassie (1988), que detectaron la causa del crecimiento exclusivamente en la economía campesina, con lo que se acercó a la tesis de Robert Bartlett (2003) sobre la creación de señoríos en nuevas tierras (Salrach, 1990, 2004, p. 40 y ss.). Dicho esto, no adscribió de manera total a esa segunda interpretación, desde el momento en que, como ya adelantamos, jerarquizó la toma de tierras por campesinos libres, cuestión a la que volveremos.
En el plano de las acciones, indicó, por ejemplo sobre el periodo de formación del feudalismo, que un pacto entre las aristocracias germánica y romana, con la mediación de la Iglesia, procuró mantener al modo de producción, y esto tuvo su influjo en la formación social (Salrach, 2023, p. 68). Asimismo, vio en la Iglesia una temprana función de encuadrar a la población (Salrach, 2004, p. 31). Tampoco desestimó en el plano superestructural al conde, que dotado de atribuciones monárquicas cedía derechos de mando a otros señores (Salrach, 2004, p. 66). Vio unirse así en el feudalismo lo político y lo económico, particularidad que percibió sintetizada en el derecho de acuñación monetaria por algunos poderosos que afirmaban de esa manera su soberanía territorial, como el conde catalán Ramón Borrell que la tuvo a fines del siglo X (Salrach, 2004, p. 113). Asimismo, y continuando las investigaciones de Bonnassie, estudió los convenios (convenientiae) entre miembros de la aristocracia, y concluyó en que eran verdaderos tratados entre poderes territoriales para alcanzar la paz o establecer asociaciones ofensivas (Bonnassie, 1993; Salrach, 1998). Con esta lectura de los textos, corrige el tópico de la relación feudo-vasallática exclusivamente vertical (entre un señor superior y otro inferior).
Retengamos que en ese examen evitó las supuestas temporalidades diferenciadas de las diferentes prácticas sociales, imagen que fue moda entre los años ’60 y ’90 del siglo pasado, desgajamiento de lo social en partículas en el que incurrieron los que cultivaron la antropología histórica. Con esa disciplina no solo se hizo del rito de vasallaje una unidad de análisis, sino que cada escena, cada posición corporal, y aun cada parte del cuerpo que participaba del lenguaje gestual del acto, se convirtieron en objetos de estudio, desmembramiento que oculta la funcionalidad del vínculo inter-señorial en la construcción de la clase de poder y en la reproducción del sistema. Justamente, estas últimas cuestiones, que incluyen los conflictos entre titulares de señoríos impulsados por la acumulación material, fueron las que captaron la atención de Salrach en esos lazos feudales, reafirmando así su independencia de criterio sobre qué y cómo investigar.2
La formación del feudalismo, por consiguiente, no la concibió solo por las relaciones económicas y por la sujeción del campesino, sino también por la construcción de vínculos entre los señores, y en ellos ocuparon un rol de primer orden los eclesiásticos. Con este criterio, se acercó a la concepción de medievalistas franceses sobre la Iglesia como institución total, aunque en sus exposiciones se advierte una representación más bien asimilable a la diarquía de Otto Hintze (1968), que conceptualiza al poder secular y al poder religioso en equivalencia.
En estas cuestiones se alejó por igual del enfoque estructural sin actores y del opuesto, el de sujetos libremente creadores de la historia. Su tratamiento de las fuentes, en el que confluyeron de manera ponderada determinaciones económicas y acciones de clases o de segmentos de clases, habla de una ductilidad muy conveniente para aprehender esa particular dialéctica que renueva los cuadros de situación en los que se desempeñan los actores que los producen, lo que no desdice la continuidad de estructuras recónditas, solo modificadas por evoluciones lentas.
Guiado por esta percepción, es entendible que no haya optado por el estructuralismo de Lévi-Strauss, que sí cautivó a su colega de la Universidad Autónoma de Barcelona José Enrique Ruiz-Domènec (1979) para descifrar las relaciones de parentesco de la nobleza. En sentido contrario, Salrach atendió más a los hechos que al modelo, y así indicó, por ejemplo, que en el año 967 Borrell II de Barcelona contrajo enlace con Letgarda, hija del conde de Roergue, rompiendo con la endogámica que había imperado en su familia (Salrach, 2004, p. 149). Tomar nota de esa opción, porque era conveniente para una casa del poder, implica que más que normas (como la del supuesto tabú del incesto), se privilegiaba la reproducción social del grupo, y si bien esto no es lo que Salrach explicitó, es lo que invita a pensar.
Con simétrica concordancia, se alejó del evolucionismo que hacia 1970-1980 predominó en el análisis del parentesco astur y asturleonés. Esto remite a otro rasgo de su producción.
En la historiografía catalana fue fundamental Jaume Vicens Vives, que acogió muchas novedades que en los años ’50 y ’60 del siglo XX cambiaban, fuera de España, el estudio de la historia, con el agregado de que formó una escuela.3 Salrach recibió esa influencia renovadora, y ello incidió para que se distanciara en más de un aspecto de sus colegas de tema castellano-leonés, aun cuando esa divergencia tenía un fondo común marxista, lo cual corrobora que hay muchos marxismos.4En la cuestión del parentesco, y acerca de la tesis de Abilio Barbero y Marcelo Vigil sobre un origen gentilicio del feudalismo ibérico, un esquema que en verdad fue una trasposición a la Alta Edad Media de la tesis de Morgan y Engels, Salrach condensó su reparo en una frase tan penetrante como breve: cántabros, astures y vascones “s’haurien adormit en el Neolític per despertarse en el Feudalisme”(Salrach, 1997, p. 33). No fue el único momento en que tomó distancia de sus colegas castellanos.
En estos últimos se impuso, en especial desde el advenimiento de la democracia, una reprobación sin indulgencias a Sánchez Albornoz, y un blanco del ataque fue su tesis sobre la predominancia de pequeños campesinos independientes en el valle del Duero durante los siglos IX y X.5 En esa reprobación, las proposiciones, aunque variadas, se sostuvieron en un mismo eje, el de un modo de producción feudal supuestamente ya en funcionamiento. Según el influyente análisis de Barbero y Vigil (1978, p. 35 y ss.) habría existido feudalismo desde época visigoda, y por ejemplo, Julio Valdeón Baruque (1990, p. 511 y ss.), una autoridad del medievalismo castellano, decía que sostener la tesis de un campesinado libre para las mencionadas centurias en Castilla, era (en la década de 1990) regresar a una interpretación que, daba por descontado, estaba superada.
Desde luego, Salrach tenía sólidas razones para defender su interpretación, porque en Cataluña los hispani del siglo IX tomaban tierras en propiedad, las ponían en producción, y liberados de cargas, cumplían servicio militar para el conde, y en esto coincidió con sus colegas franceses y con lo que expresan los documentos.6 Valoraba así la importancia del aprisio de Cataluña, figura análoga a la presura castellana en la misma época, y no dejó entonces de censurar esa reacción contra Sánchez Albornoz, actitud similar a la de Bonnassie, lo que fue una expresión, como otras, de la afinidad entre medievalistas franceses y catalanes.7
No obstante, Salrach le puso límites a la idea de una libertad absoluta del campesino anterior al año mil. Percibió que en el poder público altomedieval catalán hubo conatos de poder privado, y en esto coincidió con otro eximio conocedor de la documentación catalana del período, el historiador norteamericano Paul Freedman, que refiriéndose a la misma región y época, relativizó la autonomía del campesinado libre debido a la presión de los señores (Salrach, 2004, p. 129 y ss.; id., 1997, p. 26; Freedman, 1991, pp. 64-65).
Por otra parte, si bien Salrach se concentró en la Alta Edad Media, emitió fundados criterios sobre el período posterior. Es sabido que en los siglos XIV y XV los señores catalanes impusieron el ius male tractandi y los mals usos que incrementaban la coerción y afectaban las herencias junto al derecho a casarse de los campesinos. Estos reaccionaron con una insurrección, y la potestad de «maltratar» fue anulada en la Sentencia Arbitral de Guadalupe de 1486, que puso fin al levantamiento, aunque se implantaron censos, y al menos para muchos vasallos, persistió la gravosa adscripción a la tierra. Ese resultado contradictorio del acuerdo, estimuló la controversia sobre sus alcances, porque para Vicens Vives y Robert Brenner creó una clase de campesinos casi propietarios, mientras que para otros historiadores, entre los que se encontraba Salrach, la medida solo benefició a una parte del campesinado (Catalan Vidal, 2023, p. 378; Salrach, 2022, p. 121, n. 3). Esa participación en el disenso, nuevamente lo insertó, como en la polémica sobre «el año mil», en un punto que atañe a la comprensión general del feudalismo.
La historia total y la política
La muestra más acabada de que Salrach sobrepasaba los límites temporo-espaciales de su especialización, está en su libro El hambre en el mundo (Salrach, 2012). Objeto de un comentario aparecido en Sociedades Precapitalistas (Astarita, 2012), no se repetirán argumentos que ya se expusieron. No obstante, destaquemos dos aspectos de Salrach que este libro confirma, aunque en esa ratificación añade matices que enriquecen su perfil. El primero es la amplitud de sus conocimientos, desde la Prehistoria y la Antigüedad grecorromana al mundo capitalista. El segundo, es sobre una producción relacionada con la historiografía francesa, pero también autónoma, y esa relativa independencia se debió a opciones teóricas y a circunstancias políticas.
En efecto, si bien tuvo influencias de Bonnassie, Bois o Vilar, solo de manera limitada adscribió a la escuela de los Annales en la que estos participaron. Esto tuvo una derivación en su condena al increíble «linchamiento» de Guy Bois y su libro «mutacionista», que orquestaron conocidos annalistes como Alain Guerreau, Monique Bourin y Robert Fossier.8 Una vez más, Salrach evidenció una independencia no ajena a su marxismo.
Esa doctrina se evidencia en sus problemáticas y en las categorías que utilizó. Pero no procesó su materialismo histórico en una disposición teórica puntual, porque (para mencionar dos polos significativos de la historia económica y social) ni el estructuralismo althusseriano de Bois (1976), ni el political marxism de Brenner (1976, 1982), realmente lo guiaron, más allá de recibir de esos autores algunas sugerencias precisas. Asimismo, se acercó a medievalistas ingleses, en especial a Rodney Hilton y a Chris Wickham, pero tampoco siguió al medievalismo británico, o para ser más abarcativos, a sus representantes de la historia económica en sus actuales interpretaciones.
Mientras los medievalistas ingleses Robert Bartlett (2003) y Chris Wickham (2023), no admiten hoy para el Medioevo los centros y periferias de los que hablaron Wallerstein (1979) y Braudel (1984), Salrach (2012) recuperó a estos autores para poner su problemática en el foco de la atención. De manera similar, si Chris Briggs (2023), de Cambridge, o Chris Wickham, de Oxford (2023), afirman que el siervo de la gleba no era tan explotado como se decía, Salrach (2012) mostró que las hambrunas eran sus padecimientos periódicos, y fueron inseparables de las rentas que les permitían a los señores comer todos los días, en ocasiones hasta el hartazgo. A su vez, conectó pasado y presente, por lo que el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial conviven en ese libro de Salrach con el señorío, y así recuperó una línea de estudio del medievalismo catalán, en la que tuvo mucho que ver Miquel Barceló.
Estas consideraciones, hablan de un investigador no desligado del mundo en que vivía, y en esto actuaron las convicciones. Fueron las que lo llevaron a enfrentar al franquismo desde el frente cultural marxista cuando era joven, y a reivindicar el autonomismo catalán, cuando ya era un acreditado profesor de la universidad, catalanismo que comenzó a entender con Ferran Soldevila, porque advirtió por primera vez que la historia de España no era la de Castilla.9 Sobre esto, debe tenerse en cuenta que en Cataluña hubo desde los tiempos de la dictadura convergencias entre el nacionalismo progresista y la izquierda, aunque Salrach le agregó a esa amalgama, la unión de historia y política, porque, como dijo Vilar (con el que mantuvo una relación personal), hay una íntima ligazón entre pensar históricamente y pensar políticamente. Así, el catalanismo en el que militó hasta el final de su vida, nació en él con su nacimiento como historiador, ligado al estudio que Ramon d’Abadal realizó sobre els primers comtes catalans y a las reflexiones sobre la cuestión nacional de Vilar (Salrach, 2022).
En esa confluencia de análisis del pasado y del presente, una cualidad determinante en Salrach fue el precepto, básico en la profesión de los historiadores, de distinguir ficción y realidad. Si dejó de lado la elucubración abstracta; si tomó en cuenta cuestiones antropológicas sin reducirlas a un simbolismo que a menudo solo brota de la imaginación del que lo observa; si no volvió a relatar solamente hechos (de un rey o de varios reinos), procedimiento con el que algún medievalista francés arrumbó su nouvelle histoire; si no se dejó cautivar por el giro lingüístico; si nunca trasplantó al pasado modelos neoclásicos, y tampoco le impuso a sus análisis el atemporal homo economicus (como hoy suelen hacer medievalistas que escriben mirando los Principles de Marshall), es porque, en primer lugar, fue un historiador en el sentido clásico de la palabra, que rechazó cualquiera de esas alternativas ahistóricas e incluso dirigidas contra la historia. Esto significa que su punto de partida no fueron los conceptos (que cuando adquieren la prioridad analítica pasan a ser preconceptos) sino las realidades que descifraba en las fuentes, escrituras que lo marcaron como historiador desde que era estudiante y que posteriormente editó con frecuencia. Para interpretar esos textos, es decir, para otorgarles su significado en el proceso histórico, se apoyó en el materialismo histórico, en los mejores aportes de los medievalistas y en sus propias reflexiones, con lo cual su clasicismo no fue el del positivista, sino el del historiador que con una base positiva, documental, concibió su quehacer como un ejercicio del pensamiento.
Investigación empírica y teoría, fueron entonces la sabia combinatoria que lo llevó a convertirse en un historiador admirable, que además alcanzó un merecido reconocimiento en el medievalismo.
Fuentes consultadas
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Notas

