

Artículos libres
Ruptura y tradición en las historias de la arqueología, Parte I; Ciencia universal y revolucionaria
Saberes. Revista de historia de las ciencias y las humanidades
Historiadores de las Ciencias y las Humanidades, A.C., México
ISSN-e: 2448-9166
Periodicidad: Semestral
vol. 1, núm. 4, 2018
Resumen: Las historias conocidas que narran el devenir de la arqueología en México son sumamente recientes, pese a que la institucionalización de tal disciplina puede rastrearse desde el siglo XIX. Tal imagen nos fue legada, en gran medida, por La historia de la arqueología en México, de Ignacio Bernal (1979), uno de los primeros trabajos que delineó una disciplina sumamente reciente y claramente separada de los llamados amateurs, aquéllos colegas y mentores de sus maestros. Fue, la de Bernal, una estrategia para posicionarse frente a la Historia, erigiéndose parte de la revolución, de la ciencia universal y del centro científico del momento. Al tiempo, por medio de esta tradición artificial, Bernal obliteró las hondas raíces de una disciplina mucho más añeja y epistémicamente diversa que la que delineó en su historia.
Palabras clave: Historia de la arqueología, arqueología institucional, tradición artificial, Ignacio Bernal.
Abstract: The well-known histories of archeology in Mexico are extremely recent, although the institutionalization of such discipline occurred since the 19th century. This image derives, to a great extent, from Ignacio Bernal's La historia de la arqueología en Mexico (1979), one of the first works that delineated an extremely recent discipline clearly separated from the so-called amateurs, those colleagues and mentors of the teachers of Bernal. This was a strategy by Bernal to position itself against History, becoming part of the revolution, of universal science and of the scientific center of the moment. At the time, through this artificial tradition, Bernal obliterated the deep roots of a discipline much more ancient and epistemically diverse than the one he outlined in its history.
Keywords: History of archaeology, institutional archaeology, artificial tradition, Ignacio Bernal.
La arqueología es una ciencia relativamente reciente en México y en el mundo, considerando sus procesos de institucionalización y profesionalización. En el país, podemos considerar que surge de manera clara e institucionalizada en 1885 con la creación de la Inspección General de Monumentos Arqueológicos de la República Mexicana. Esto dio inicio a una práctica cuya atribución fundamental es la investigación y la conservación de las “antigüedades”1 , aunque bien pueden rastrearse labores de investigación, gabinete, curaduría y exhibición sesenta años atrás, con la creación del Museo Mejicano (posteriormente, Museo Nacional).2 Su profesionalización, por otro lado, se consolida de manera formal hasta 1936 con la creación del Departamento de Antropología de la Escuela de Ciencias Biológicas del Instituto Politécnico Nacional, si bien podemos rastrear las primeras cátedras de la materia en el Museo Nacional en 1906, que no contaban con el carácter de profesión, sino como “cursos de arqueología”.3
La Historia de la disciplina, es decir, la que actualmente se considera oficial y permea en términos generales la memoria del gremio, es aún más reciente, pues fue publicada en 1979 bajo el título Historia de la arqueología en México. La fecha resulta llamativa si se compara con el devenir de otras disciplinas que generaron produjeron sus historias y genealogías como un proceso complementario y paralelo a su institucionalización, con la finalidad de incentivar la unidad imaginaria de sus comunidades y justificar su ejercicio y gasto en el marco de los proyectos del Estado, su principal (y a veces único) mecenas. La arqueología, en cambio, aparentemente genera su historia a 94 años de que se institucionalizara la práctica y a 43 de que se profesionalizara.
No obstante, esta diferencia frente a otras ciencias es una falsa impresión, derivada de una particularidad de la disciplina que ha construido su historia por medio de un ejercicio de continuas rupturas, que obliteran, por medio de la crítica y el olvido, los episodios, narrativas y actores de la genealogía previa, en aras de erigirse bajo el signo de la transformación, ruptura y novedad, y con lo que generan la imagen de una disciplina científica y tradición sumamente reciente.
De esta forma, las primeras historias delineadas por aquellos que fincaron las bases institucionales y profesionales de la disciplina, serán retomadas solo parcialmente por uno de sus discípulos bajo el signo de la revolución mexicana y el universalismo;4 mientras que la construida por éste, será agriamente cuestionada por la siguiente generación, relegando con ello la arqueología a la periferia científica.5 Así, la tradición artificial, en términos de Hobsbawm6, que ha construido la arqueología, reniega de sus raíces históricas y, con ello, muestra los constantes conflictos de orden epistemológico y social que la atraviesan y, algunas veces, dominan.
* * *
La Historia de la arqueología en México fue escrita por Ignacio Bernal y Pimentel (1900-1992), y presenta un recorrido ascendente y acumulativo del avance del conocimiento (epistemológicamente hablando) desde el remoto siglo XVI hasta alcanzar la primera mitad del siglo XX, mostrando los antecedentes, el nacimiento y el constante progreso de una “disciplina científica”. Hasta la fecha es el trabajo más completo (cronológicamente hablando) sobre esta temática, y por ello constituye un referente obligado para cualquiera que quiera ingresar en los albores de la disciplina e, incluso, un libro de texto para los iniciados en la ENAH.
A este trabajo lo anteceden otros dos, poco conocidos, que ayudan a explicar aquella narrativa, pese a que uno no es propiamente una historia sino que usa el trazo histórico como mero antecedente del presente que describe, mientras que el otro, sí fue planeado como una historia de la disciplina, aunque en diversas entregas. Ambos fueron escritos en las tres primeras décadas del siglo XX por quienes fueran los mentores de Bernal en el entonces reciente Departamento de Antropología y, al igual que su discípulo posteriormente, pretendían definir la agenda de la disciplina. Estas obras no alcanzaron el reconocimiento de las generaciones posteriores, no obstante, parte de sus propuestas se mantuvieron como ejes de las siguientes narrativas, junto a nuevas banderas y concepciones de ciencia arqueológica.
Origen revolucionario
Una de las primeras narrativas sobre el devenir de la arqueología fue impulsada por Manuel Gamio Martínez (1883-1960), actualmente figura académica de gran relevancia por ser considerado el padre de la antropología mexicana. Es sumamente conocido el trabajo de corte integral y de aplicación política que realizó este personaje en el Valle de Teotihuacán porque, al menos en aquellos años, él mismo se encargó de difundir lo exitoso y novedoso de su empresa, sobre todo, a partir de la publicación de los resultados de los trabajos.7
El argumento que utilizó Gamio para su autopromoción académica era muy sencillo y, a la vez, sumamente poderoso: en primera instancia, se identificó como alumno de Franz Boas, es decir, como hijo teórico de quien para la época era uno de los más reconocidos antropólogos a nivel mundial, lo que le brindaba un linaje de la más alta calidad académica, pese a que los vínculos teóricos entre ambos eran prácticamente nulos.8 En segundo lugar, el mexicano aseguró que sus investigaciones eran “revolucionarias”, es decir, que implicaban una ruptura con los trabajos realizados previamente por sus connacionales.
Sobre todo el segundo punto, a decir de Gamio, podía apreciarse claramente en sus trabajos en el Valle de Teotihuacán. Este proyecto era idóneo al menos en tres sentidos: constituía el ideal a seguir para la comprensión histórica de la evolución de los pueblos porque era un estudio integral y regional, es decir, porque abarcó todas las etapas evolutivas (prehispánica, colonial y contemporánea) y desde todas las disciplinas antropológicas (respectivamente: arqueología, historia y antropología); era de utilidad social porque era aplicado, es decir, serviría como base para el desarrollo de políticas públicas para la población indígena; y, finalmente, era revolucionario, en la acepción de la palabra como “cambio profundo”, de ruptura con los estudios hechos previamente, y en el de su significado político, de ir acorde con el ideal de la Revolución Mexicana. En este último sentido, de manera implícita, Gamio validaba su proyecto y su presencia en los gobiernos y tiempos turbulentos de los años posrevolucionarios, renegando de su origen porfiriano y, con ello, de sus mentores en el Museo Nacional,9 sumándose a las filas de la Revolución.10
Además de validar de esta manera su proyecto en los informes oficiales, en la prensa y en su revista Ethnos,11 también lo hizo con la publicación de los resultados: La población del Valle de Teotihuacán. El medio en que se ha desarrollado.Su evolución étnica y social. Iniciativas para procurar su mejoramiento, sobre todo en la introducción (de su autoría) y en el capítulo que aborda la arquitectura de la zona arqueológica. Es ésta última narrativa la que me interesa aquí, porque introduce un elemento adicional a los sostenidos por Gamio en otros espacios: el trazo de la genealogía científica de la disciplina que, no sólo se monta en Boas (de manera indirecta) si no que, adicionalmente, finca su estatuto de cientificidad sobre el descrédito de los trabajos previos hechos por los connacionales.
Se trata del capítulo “Arquitectura y escultura”,12 tercero de la obra, que en realidad integra dos trabajos independientes: el de Ignacio Marquina Barredo (1888-1981) acerca de la arquitectura, y el de Hermann Beyer (1880-1942) de escultura. Marquina, para este momento, era inspector de Monumentos de la Dirección de Antropología, y con el tiempo se convirtió en una figura icónica de los estudios arquitectónicos en todo México. En Teotihuacán, fue el encargado de la exploración de la Ciudadela y de los registros topográficos y arquitectónicos de toda la zona. Al él debemos la reconstrucción del Templo de Quetzalcóatl, y también los maravillosos planos y reconstrucciones pictóricas de toda la ciudad. Sin duda, para tales tareas echó mano de su profesión como arquitecto y de las enseñanzas de su mentor en la Escuela de Arquitectura, Federico Mariscal, de los conocimientos del ingeniero José Reygadas (quien se convertiría en la mano derecha de Gamio en la administración de la antropología) y de la experiencia de Ignacio Herrera, anterior trabajador de Leopoldo Batres en Teotihuacán.
El texto tiene el objetivo de describir la arquitectura de los edificios, la traza de los conjuntos, sus técnicas y etapas de construcción y sus elementos decorativos, con la finalidad de definir las características típicas de la arquitectura teotihuacana y, con ello, contribuir al estudio comparativo con otras “civilizaciones”. Antes de abordar estos aspectos, el arquitecto dedicó las primeras diez páginas para presentar un recuento histórico de todos los trabajos arqueológicos hechos previamente en el lugar con la finalidad de dar a conocer el “concepto que se ha tenido de las ruinas en distintas épocas y el estado en que han quedado después de las exploraciones”.13
El recuento es progresivo y parte desde el ideal científico de Marquina, de inicios del siglo XX, que se finca en la precisión del registro métrico y descriptivo basado en la observación directa. Lo inicia advirtiendo que pese a que las ruinas han sido descritas en numerosas ocasiones, “pocos son los estudios detenidos y ordenados que se han hecho sobre ellas”. En unas cuantas líneas menciona a los cronistas (Bernardino de Sahagún, Gerónimo de Mendieta, Juan de Torquemada, Clavijero) quienes, a su juicio, sólo brindaron referencias vagas y erróneas porque no conocieron la ciudad en funcionamiento, por lo que “puede decirse que el conocimiento de las ruinas se encontraba al principio de la época colonial casi en el mismo estado que antes de las exploraciones modernas [las que emprende la DA]”.14
Luego señala “los informes de los viajeros”: el del italiano Giovanni Francesco Gamelli Carreri (1651-1725) y Pedro de Alba (¿?), y el de Alexander von Humboldt (1769-1859), reconociendo que, pese a que existen otros, “no hicieron exploraciones detenidas y […] se limita[ro]n a repetir lo que se ha dicho” por Humboldt.15
Posteriormente describe los “estudios modernos”. Marquina destaca los aportes que le parecen más científicos, por ello, y siempre precisando los errores que cometió el ingeniero Ramón Almaráz (director del trabajo), menciona en primera instancia a la Comisión Científica de Pachuca en 1864, la cual, además de realizar una descripción del sitio, determinó las coordenadas geográficas de las pirámides (del Sol y la Luna), su orientación y medidas, y realizó un plano de la zona.16
En este mismo sentido, y destacando también los errores cometidos, Marquina refiere al trabajo de Gumesindo Mendoza (1829-1886) en los Anales del Museo (1877), el de Hubert Howe Bancroft (1832-1918) –volumen IV de su Native Races, 1880–, y el de Claude-Joseph Désiré Charnay (1828-1915) –Les anciennes Villes du Nouveau Monde, 1885–; para luego mencionar los trabajos “más modernos”: el de William Henry Holmes en 1897 (1846-1933), el de Antonio Peñafiel Berruecos (1839-1922) en 1900, y el de Stansbury Hagar (1869-1942) presentado en el Congreso de Americanistas en 1910, aunque éste último era “puramente imaginativo”.17
Marquina continúa su relato con las “exploraciones oficiales” realizadas en 1884-1886 y 1905 por Leopoldo Batres Huerta (1852-1926), el antiguo inspector de monumentos; y en 1895 por Antonio García Cubas (1832-1912). En ambos casos, la evaluación no es favorable, pues Marquina asegura que tales trabajos significaron la destrucción de los edificios además de que, en el caso de Batres (sobre el que se extiende más), se incurrieron en “afirmaciones erróneas”, graves errores de interpretación y, sobre todo, destrucción el patrimonio sin que mediara registro de sus trabajos, lo que ocasionó la pérdida irremediable de los vestigios.18
La mayor parte de los autores mexicanos referidos por Marquina en estos últimos apartados (de los “estudios modernos” y las “exploraciones oficiales”) –de acuerdo a Luis González–, fueron parte de la generación tuxtepecadora (Mendoza, Peñafiel y García Cubas), aquellos “cobijados” por la presidencia de Porfirio Díaz que “suplieron con creces el desamor de la generación de la Reforma por el pasado”; y sólo uno de la generación de los científicos (Batres), aquellos que asistieron al ocaso del “atardecer de la época liberal mexicana” pero que impusieron el “culto al monumento y al documento”.19
Así, estos personajes (mexicanos y extranjeros) pertenecían a la generación de estudiosos que se encontraba en el ocaso de su vida e, incluso, algunos ya habían fallecido. Marquina, miembro de los “revolucionarios de entonces”,[20] era un joven de tan sólo 34 años al momento de publicar los resultados sobre Teotihuacán y, al igual que el resto de su generación, mantuvo una mirada sumamente crítica para con sus antecesores, considerándose parte del cambio “revolucionario”. En este sentido y de manera más amplia, Marquina considera que en general todas las investigaciones previas a las de su equipo de trabajo carecieron de rigor científico, tanto en sus aspectos metodológicos durante la exploración como en el registro, lo que repercutió en la pérdida y destrucción del patrimonio y, a la vez, provocó errores de interpretación.
Al tiempo, Marquina destaca, por contraposición, la calidad científica de los trabajos de su propio equipo: “los trabajos recientes”, el último apartado del recuento en el que enfatizó que la Dirección de Antropología realizó planos, relieves en yeso, fotografías y reproducciones (es decir, diferentes tipos de registro de los vestigios y los trabajos emprendidos) y exploraciones “cuidadosas” desde el inicio de sus labores en 1917.21
De esta forma, sin que historiar la disciplina hubiera sido su objetivo, Marquina construye su pasado y, sobre todo, traza un devenir progresivo: desde un origen borroso, equívoco, amateur y lleno de tropiezos con escasos aciertos, hasta una práctica científica plena que cubría con los estándares metodológicos de la época: exploración cuidadosa, registros detallados y variados, así como mediciones exactas.
Con esta “historia” Marquina también prefigura el futuro de la disciplina, pues propone que la agenda metodológica que debe regir a la arqueología científica, es aquélla marcada por su dependencia y equipo de trabajo, la Dirección de Antropología. Es posible considerar que esta narrativa guarda cierta intención propagandística tendiente a validar académicamente un proyecto que para entonces era piloto, sumamente costoso, y que provenía de la institución más reciente en la materia –creada apenas en 1917–.22 En este sentido, podría interpretarse que sus letras tenían al gobierno como destinatario, con la intención de dejarle claro que era la Dirección de Antropología dirigida por Gamio, y no el Museo Nacional y sus viejos profesores, la institución que debía guiar la investigación arqueológica y antropológica en el país, porque lo haría de la única manera posible y válida: de forma científica.
En otro nivel, es indudable que la obra también estaba dirigida a la comunidad de estudiosos. Porque lo escrito por Marquina respecto a los parámetros de cientificidad de la arqueología no constituía ni era el reflejo de un consenso entre sus contemporáneos, sino que era una propuesta generada en el seno del proyecto en Teotihuacán. Es más, dado el carácter de los trabajos emprendidos, incluso cabría pensarse que lo escrito por Marquina era una postura personal, derivada desde su experiencia como arquitecto en la excavación de los monumentos, y no integraba las opiniones de sus compañeros que se enfocaron a otro tipo de análisis en la misma zona, por ejemplo, la de José Reygadas (1886-1939) sobre excavación estratigráfica.
En este sentido, el escrito de Marquina constituye sólo una voz en el concierto de aquéllos álgidos años en los cuales los estudios sobre el pasado prehispánico en México se estaban insertando de lleno en la exploración del terreno, ensayando diferentes métodos y técnicas de registro y exploración. Estos nuevos ensayos sobre el campo se encontraban desplazando, aunque de forma paulatina, a la tradición de los estudios que dominaron el siglo XIX, la cual, entre los gabinetes y las bibliotecas, buscaba descifrar en los manuscritos e inscripciones la cosmovisión (y, por tanto, el pasado y la genealogía) de los pueblos. Son esos mismos trabajos que para Marquina eran “fantasías e imaginaciones sin fundamento”, aquéllos que se basaron en las “referencias vagas y erróneas” de los cronistas, los mismos que quedaron fuera de su genealogía, pese a que aún en la primera mitad del siglo XX convivieron con las nuevas metodologías que el arquitecto impulsaba.
Pero al momento de su escritura, no había consensos y, curiosamente, tampoco hubo debates en torno a cuál era la agenda metodológica correcta, quizá, porque a la postre, fue el equipo gestado en la Dirección de Antropología el que mantuvo la exclusividad de las investigaciones arqueológicas en el país y ello generó, con el tiempo, el triunfo de su propuesta metodológica y de su genealogía, así como el olvido de aquélla otra gestada muchas décadas atrás en los gabinetes.23
Ciencia nacional y universal
Casi una década después de publicados los resultados del proyecto en Teotihuacán, cuando Gamio y su prestigio se habían desterrado del país, y la reorganización institucional confirió la exclusividad de las investigaciones arqueológicas a una dependencia totalmente autónoma del Museo Nacional y sus profesores, se dio a la prensa la primera historia de la disciplina arqueológica escrita con este objetivo. En el Boletín de la SEP, de once entregas, Enrique Juan Palacios, entonces arqueólogo de la Dirección de Arqueología, publicó Los estudios histórico-arqueológicos de México, entre 1929 y 1930.24
Su texto, sumamente erudito, es una larga narrativa que arranca desde el remoto siglo XV, con las Cartas de Colón, discurre por las crónicas del XVI y los posteriores tratados y estudios sobre las poblaciones de naturales de los dos siglos posteriores; alcanzando los estudios de los intelectuales mexicanos y las expediciones de los llamados viajeros en las últimas décadas del siglo XIX.
Es una narrativa compleja y decimonónica que, sin embargo, ayuda a comprender y caracterizar los objetivos, las preguntas y las motivaciones de los estudios sobre el pasado prehispánico, antes de que la exploración se convirtiera en la técnica dominante de la arqueología. Para Palacios, el eje de la genealogía de la disciplina no es de carácter metodológico –como la que guió el recuento de Marquina–, sino teórico, porque se centra en un conjunto de temáticas capitales para los estudios históricos arqueológicos: las fechas calendáricas, el desciframiento de ciertos glifos, y la identificación de pueblos y costumbres.
En este sentido, los elementos que delinean la disciplina son las preguntas y los temas sobre el pasado prehispánico. La delinean y también le dan sentido y abolengo. Porque a diferencia de la historia escrita por Marquina, la de Palacios no pretende marcar una ruptura, sino que, por el contrario, apuesta por establecer una clara continuidad genealógica desde siglo XV, que, sin duda, le brinda raigambre profundo y soberano a su relato y, con ello, a la disciplina y a él mismo (quien no lo menciona en el escrito, pero estaba dedicado a tales interrogantes y prácticas). Pero más importante, la fecha de inicio que escoge para la disciplina es sumamente reveladora del significado que el autor le atribuye como ciencia, porque el siglo XV marca el encuentro de Occidente con una realidad distinta y, al tiempo, es el que propicia la necesidad de explicar estas tierras y sus pobladores en sus aspectos más básicos: la medición-explicación del tiempo y del cosmos, es decir, la historicidad de los pueblos. Ésta última es el centro de la arqueología.
La historia escrita por Palacios, sin embargo y pese a ser la primera escrita con tal intención, no logró afianzarse en la memoria del gremio. Su autor, con el tiempo se convirtió en un personaje prácticamente olvidado, mientras que su tradición, la de la lectura de las fuentes, también quedó fuera del margen de la arqueología institucional ya en la segunda mitad del siglo XX, cuando se publicó la siguiente historia de la disciplina (1979), aquélla que finalmente marcó una impronta en la comunidad arqueológica: Historia de la arqueología en México.25
Ignacio Bernal su autor, fue el hijo intelectual de Alfonso Caso Andrade (1896-1970), uno de los fundadores del Instituto Nacional de Antropología e Historia que hasta la fecha es la principal institución encargada en la materia, y la única a la que la Ley de Zonas y Monumentos Arqueológicos (1972) le confiere la potestad para investigar y conservar el llamado patrimonio arqueológico.26 Bernal, formó parte de las primeras generaciones de estudiantes de la Escuela Nacional de Antropología,27 y al igual que su mentor, tuvo una prestigiosa carrera, con trabajos en sitios emblemáticos como Monte Albán y Teotihuacán, convirtiéndose en una de las figuras principales (administrativa y académica) de la arqueología en el país.
Su historia, sin duda, es sumamente erudita. Ya desde la década de 1950 había dado a la prensa tres artículos en Cuadernos Americanos y en el Congreso Científico Mexicano (celebrado en 1951 para el festejo de IV centenario de la Universidad de México) en los que delineó la trayectoria de la disciplina desde el siglo XVI.[28] El trazo de la genealogía que propuso era un planteamiento epistémico basado en el amplio conocimiento que tenía de las publicaciones especializadas disponibles en la época, el cual evidenció con Bibliografía de arqueología y etnografía. Mesoamérica y Norte de México, 1514-1960, obra en la que registró 23.000 títulos.[29] Los años de estudio que debieron estar involucrados en tales trabajos finalmente cuajaron en la ampliación de aquellos primeros artículos para convertirlos en el libro Historia de la arqueología… en 1979.
La obra inicia en el siglo XVI, pero sólo para brindar los antecedentes de la disciplina, porque sostiene que la plenitud científica será alcanzada hasta el siglo XX, etapa que describe en el último capítulo bajo el título “El triunfo de los tepalcates (1910-1950)”. En general, pero con mucho mayor detalle y erudición, Bernal recuperó la genealogía antes bosquejada por Marquina, considerando que los estudios previos a los realizados en el proyecto de Teotihuacán dirigido por Gamio, fueron de carácter amateur, carentes de rigor científico, porque: “El triunfo del estudio de los tepalcates significa el triunfo de los arqueólogos de campo sobre los de simple gabinete, que prevalecían antes de 1910”.30
En este sentido, la narrativa usa un criterio metodológico de demarcación, destacando que la técnica estratigráfica fue la herramienta que le brindó el carácter científico a la disciplina. Por ello, el personaje más relevante de estos primeros años es Manuel Gamio, por ser quien introdujo tal técnica en México y, además, haber sido discípulo teórico directo de Franz Boas.
Al igual que la de Marquina, la historia de Bernal es de ruptura, porque pretendía destacar el valor de las aportaciones de los miembros de la generación revolucionaria y posrevolucionaria (sus mentores y sus compañeros de generación31), al tiempo que se distanciaba del pasado inmediato porfiriano. Al tiempo, el autor se sumó al desarrollo mundial de la antropología, que para entonces tenía en Boas a una de sus máximas figuras.
Sin mencionarlo, Bernal también retomó la cronología y en particular los criterios para definir cada estadio de crecimiento acumulativo de la arqueología, de la obra de Gordon Willey y Jeremy Sabloff sobre la arqueología en Estados Unidos, A history of American Archaeology, apenas publicada cinco años antes que la suya (1974). Con ello, nuestro autor colocó a la arqueología mexicana a la par de la New Archaeology, teoría que entonces abanderaba los principios metodológicos y, sobre todo, la estratigrafía, como los elementos claves de la arqueología científica.
La historia de Bernal, de esta forma, no sólo aspiraba a portar los blasones de la antropología alemana a través de Boas-Gamio (porque habría que recordar que el prestigio de la antropología alemana quedó sepultado entre los escombros de la Segunda Guerra), sino que, y sobre todo, quería sumarse y competir con aquellos que comenzaban a despuntar como potencia económica y que, a la vez, pretendían sentar las bases de una hegemonía científica en plena guerra fría: Estados Unidos.
Pero el autor no sujetó totalmente la disciplina al desarrollo general de la ciencia universal iniciada en Alemania y en ese momento encabezada por Estados Unidos. Bernal era hijo de la revolución institucionalizada y tenía muy claro la existencia y la necesidad de destacar el aporte de la ciencia nacional, la mexicana. Por ello, al tiempo que siguió la pauta que explicaba y daba sentido a la arqueología como parte de la ciencia universal, también destacó la aportación nacional: la lectura de los glifos (área que, por cierto, siempre fue de gran interés para EU32) y de las fuentes, y el estudio de los calendarios y la cosmovisión. Con ello, Bernal retomó el interés antes delineado por Palacios en Los estudios histórico-arqueológicos… pero sin apelar a la añeja tradición que propusiera aquél. Por el contrario, la Historia… deja claro que los estudios serios y científicos fueron una innovación de su mentor: Alfonso Caso.
Así, la consolidación institucional impulsada por su generación y la de su mentor, va acompañada del fortalecimiento científico de la disciplina, el cual abandona por completo la arqueología “de simple gabinete”, para insertarse de lleno en el campo, en las metodologías de punta y en el escenario internacional, no como un simple espectador o periferia científica, sino como un agente de innovación que introduce la lectura científica de las fuentes y, con ello, se reafirma como parte del concierto de la ciencia universal.
Adiós a la historia
La genealogía trazada por Bernal es la que a la postre será ampliamente conocida por el gremio y enseñada en los planes de estudio de la licenciatura en la Escuela de Antropología, dejando una impronta profunda en la comunidad. La recepción que tuvo, a diferencia del desconocimiento que prevalece sobre las que la precedieron (escritas por Marquina y Palacios), no es fortuita. La memoria no es imparcial y a menudo oculta y desplaza otras narrativas.
Es posible que la exitosa trayectoria de Bernal esté relacionada con el impacto que alcanzó su obra.33 Al igual que Marquina y a diferencia de Palacios,34 Bernal destacó en la administración del Instituto: ocupó la dirección de Monumentos Prehispánicos entre 1956 y 1958, la subdirección (1958 y 1968) y la dirección del INAH (1968-1971), y la del Museo Nacional de Antropología (1962-1968 y 1970-1976).35 Fue en la cumbre de esta carrera cuando dio a conocer su Historia de la arqueología.
Por otro lado, la narrativa de Bernal colocó en el centro científico a su generación y a la de sus mentores, es decir, aquéllas que forjaron la arqueología institucionalizada y profesionalizada en el país –los miembros de la llamada Escuela Mexicana de Arqueología– y quienes, para las fechas de la publicación del trabajo (1979), aún se encontraban en la cima del poder administrativo y académico, aunque ya muy cerca del ocaso de su vida.36
Tampoco puede pasarse por alto que para ese momento la arqueología de Estados Unidos era un parámetro de referencia obligado y uno de los interlocutores más relevante en la arqueología del mundo. En este sentido, resultaba casi natural (por deseable) que la arqueología mexicana caminara al lado de la ciencia generada en la potencia mundial y, que así formase parte de la “Historia” de la ciencia universal.
Finalmente, en la segunda mitad del siglo XX, en efecto, como lo bosquejó Bernal, ser científico equivalía a ser preciso, metodológica y técnicamente. Las recientes propuestas teóricas, no sólo en México sino a nivel mundial (p. ej. la Nueva Arqueología, el Ambientalismo) se centraron en la discusión sobre el perfeccionamiento en la obtención, el registro y la construcción de los datos obtenidos mediante métodos y técnicas de campo. Atrás había quedado la lectura de fuentes, calendarios y glifos, el siglo XIX y la historia patria.
En este contexto resulta comprensible que pese a que Bernal fue alumno tanto de Marquina como de Palacios en la Escuela de Antropología –como parte de las primeras generaciones que se formaron de manera profesional–, haya optado por la narrativa que propuso el primero, al tiempo que omitió la tradición en torno a la interpretación de las fuentes. Allende a los conflictos académicos y personales que pudieron existir entre su mentor, Alfonso Caso, y Enrique Juan Palacios,37 lo cierto es que la Historia… ya no es la genealogía de una disciplina en ciernes en la que sea viable debatir la pertinencia de la arqueología de gabinete frente a la de campo, sino la de una práctica consolidada e institucionalizada, enfocada en los métodos de campo y en las tecnologías de vanguardia, que ha decidido olvidar una parte de su origen para autodefinirse, a partir de criterios metodológicos y técnicos, en el escenario de las ciencias humanas universales.
Ahondar en el desplazamiento del análisis de las fuentes coloniales hacia el de los datos de campo sería en sí mismo un tema de investigación de gran relevancia considerando que modificó seriamente el contenido de la disciplina. Baste por el momento y para los fines de este escrito referir algunos datos sobre tal desplazamiento. La lectura de fuentes formó parte de la currícula de arqueología en las tres primeras décadas de la Escuela de Antropología, con materias como “historia antigua de México”, “códices”, “inscripciones mayas”, “inscripciones no mayas y códices”, “paleografía”, “monolitos e inscripciones de México”, “análisis de las fuentes para la historia antigua de México”, etc.38 Fue hasta la modificación del plan de estudios de la licenciatura en 1968, cuando los cursos de “códices mesoamericanos” y “epigrafía mesoamericana” se convirtieron en optativos y finalmente, con la modificación del plan en 1972, desaparecieron de la currícula.39
La desaparición paulatina de estas materias coincide con el incremento de materias de corte marxista en el plan de estudios, así como con el éxito a nivel mundial de la Nueva Arqueología y el Ambientalismo. No obstante, no es posible determinar aquí si la creciente aceptación de tales teorías o su integración en los currícula fueron determinantes para eliminar las materias sobre lectura de fuentes de la Escuela de Antropología. Lo cierto es que para el momento de la publicación de la Historia… de Bernal, casi todos los exponentes del análisis de las fuentes escritas –como parte sustancial del trabajo arqueológico– y, por tanto, profesores de la Escuela, habían muerto sin dejar discípulos que pudiesen dar continuidad a esta forma de trabajo.40
La ausencia de discípulos de esta generación, aparentemente, no es exclusiva de la comunidad de arqueólogos. El caso de Andrés Molina o Nicolás León para el caso de la etnografía y de la antropología física respectivamente,41 parecen apuntar a la presencia de ciertos yerros en la generación de continuidad generacional en el seno de las “comunidades” de la antropología en general, justo en las décadas en las que tales disciplinas estaban consolidando su institucionalización y profesionalización. Y éste, nuevamente, es un problema que excede los alcances de este trabajo.
Sin embargo, es posible vislumbrar que mientras la arqueología dejaba de lado estas inquietudes porque transitaba por un cambio teórico propiciado en parte por la muerte de los exponentes de la vieja tradición, aquéllas se mantuvieron vivas en otra comunidad científica. Las reflexiones sobre la escritura de los pueblos prehispánicos, su cosmogonía, calendarios y formas de cómputo, sus mitos y tradiciones, siguieron su marcha en los estudios que, para la segunda mitad del siglo XX, se denominaban “historiografía prehispánica” o “historia antigua de México”, dentro de la disciplina histórica.
Si bien no contamos hasta la fecha con una historia de la disciplina histórica en el país, existen trabajos de análisis epistemológico y compilaciones de corte biográfico que nos brindan un bosquejo de la memoria de esta comunidad en México. En general, es posible percibir que aquella se ha fincado en los eruditos del siglo XIX, quienes fueron los precursores en el rescate, la conservación y el estudio de las fuentes novohispanas, así como los impulsores de la interpretación de la cosmovisión prehispánica. En tales obras y al igual que ocurre con la memoria de la comunidad arqueológica, no se repara en la cercanía que tuvieron estos autores con lo que sólo después sería definido como un campo de estudio independiente: la arqueología.42
Así, tanto los cronistas como los eruditos decimonónicos (José Fernando Ramírez, Manuel Orozco y Berra, Joaquín García Icazbalceta o Antonio García Cubas) y autores del siglo XX (Alfredo Chavero, Paul Kirchhoff, Wigberto Jiménez Moreno e, incluso, Alfonso Caso), fueron integrados a la genealogía de Historia como los precursores de la “historia mesoamericana”. Y no habría pugna por la memoria o la genealogía, porque ambas disciplinas –arqueología e historia– siguieron agendas distintas y olvidaron que, en algún momento del siglo XIX, recorrieron un camino en común.
Reflexión final: memoria oblicua
Regreso al comienzo: la arqueología es una disciplina joven y enarbola una historia muy reciente. La juventud de su historia, sin embargo, es sólo aparente, pues oblitera cierto anhelo de renovación constante para sostener una tradición bajo el signo de la modernidad, del cambio y la revolución.
Aquellas primeras generaciones de estudiosos de la primera mitad del siglo XX, al tiempo que proponían una agenda para la disciplina que estaban generando, se ocuparon de construir su historia. Con ello pretendían gestar una disciplina autónoma, en lo institucional y también en lo teórico y metodológico, que pudiera desembarazarse de la cuna histórica que le dio cabida en el siglo XIX. Esta ruptura con el siglo precedente y la disciplina de la historia, resultó útil para enarbolar una ciencia revolucionaria en medio de una centuria que así lo reclamaba (el siglo de las grandes revoluciones), y para fincar una tradición (inventada) que detentaba la potestad de la lucha armada, de la gestación de la nueva nación (rechazando el Porfiriato) y de la vanguardia científica del momento. Esta tradición también reclamaba la herencia de la antropología cultural alemana, distanciándose, de paso, del vilipendiado evolucionismo, y se colocaba en pie de igualdad con la potencia emergente de la Guerra Fría, presentándose como una disciplina que era universal y nacional al mismo tiempo.
Surgió entonces una tradición inventada, como todas las que detenta nuestra modernidad, sin raigambre ni profundidad histórica, que prefirió olvidar sus raíces decimonónicas para fincar su autonomía bajo el signo de la revolución y para abrazar los parámetros de precisión y rigor de la ciencia universal. Las preguntas e inquietudes acerca de la cosmovisión de los pueblos prehispánicos, así como la lectura de las fuentes virreinales y de los glifos, entonces, quedaron fuera de su agenda y de su historia como disciplina científica en México. Y la comunidad decimonónica, sin discípulos que pudieran reclamar sus prácticas y blasones, quedaron fuera de la genealogía de la disciplina arqueológica.
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Notas

