

Documentos especiales
Historiadores de las ciencias y las humanidades en la tradición del asociacionismo culto de México
Saberes. Revista de historia de las ciencias y las humanidades
Historiadores de las Ciencias y las Humanidades, A.C., México
ISSN-e: 2448-9166
Periodicidad: Semestral
vol. 1, núm. 3, 2018
La sociabilidad culta en nuestro país cuenta con una larga tradición, que se remonta al siglo XVIII, igual que ocurre en otras latitudes. De manera que, para celebrar el décimo aniversario de nuestra asociación, haré una breve síntesis histórica de sus antecedentes como iniciativa de la sociedad civil, en particular de los estudiosos de las ciencias y las humanidades de nuestro país.
En el caso de los países europeos, la formación de academias, asociaciones y clubes dedicados al cultivo de la filosofía, las ciencias y la literatura floreció durante la Ilustración, época en la que también se vigorizó la difusión de estos temas en la prensa de amplio público. México no fue ajeno a este fenómeno pues, aunque el asociacionismo tuvo un relativo arraigo en la Nueva España dieciochesca, Alberto Saladino ha mostrado que los periódicos ilustrados se caracterizaron por su compromiso de "difundir las luces" entre el conjunto de la sociedad. Esas "luces" incluían tanto los temas científico-técnicos, como los humanistas pues, como es bien sabido, la cultura occidental de esos años comprendía todo ello bajo el rubro de "filosofía".
Esto se observa con claridad en la American Philosophical Society (1743), cuyo objetivo, de acuerdo con su promotor, Benjamin Franklin, era el cultivo del "conocimiento útil [en las ciencias y las humanidades]", pues todo aquello que "iluminara la naturaleza de las cosas" coadyuvaría a "aumentar el poder del hombre sobre el mundo físico y a multiplicar las ventajas y los placeres de la vida".1
Esa herencia ilustrada, que hermanaba los conocimientos científicos y humanistas, continuó presente en la cultura decimonónica occidental. De manera que, tanto en Europa como en los Estados Unidos y en México, la sociabilidad culta y las revistas que de ella emanaron integraron ese corpus erudito bajo el común denominador de la "literatura". Así, buena parte de esas agrupaciones llevaban en su denominación dicho sustantivo, tal fue el caso de la Literary and Philosophical Society of Newcastle-upon-Tyne (1793-1896), así como de otras muchas asociaciones británicas que se fundaron en diversas ciudades del Reino Unido. Aquí hay que aclarar que, en esos años, el concepto de "literario" era muy amplio y se refería a un contexto intelectual común, en el que las ciencias, el discurso jurídico, la crítica de arte, la poesía y otros temas estaban integrados en un mismo estatuto epistémico.
Hasta donde tengo conocimiento, todas las asociaciones se formaron a partir de la iniciativa de pequeños grupos de amigos interesados en la promoción del conocimiento, quienes se comprometieron a difundirlo a través de diversas estrategias dirigidas a la sociedad en su conjunto. Prácticamente todas estas formas asociativas comprendieron un abanico disciplinar de amplio espectro, aunque también es cierto que algunas de ellas tuvieron objetivos más específicos, como la Royal Society, que se originó en 1645, a partir de las reuniones semanales de filósofos naturales, interesados en generalizar la "filosofía experimental". Igual que las asociaciones que le sucedieron, la Royal Society inició sus actividades en el entorno amistoso del espacio doméstico, aunque no por ello estuvo exenta de reglas para el ingreso de los miembros y el desarrollo de las sesiones de trabajo.
Durante la primera mitad del siglo XIX mexicano, las asociaciones que se fundaron compartieron el propósito de contribuir a la “formación de una literatura nacional”, en el sentido amplio que referí. Francisco Zarco, fundador de El Liceo Hidalgo (1850), definía esta noción al precisar que “la literatura abrazaba todos los conocimientos útiles y servía de poderoso ausiliar á quien se entregaba a investigaciones científicas (sic)”.2 Los integrantes de aquellas sociedades consideraban indispensable plantar las raíces de un conocimiento propio en todas las disciplinas, con el objetivo de “deshacerse de la funesta influencia de Europa”. Este espíritu es muy cercano al que nutre a nuestra asociación pues, además de enfatizar la investigación histórica y filosófica de nuestro país, nuestra mirada está más cerca de esa visión comprehensiva del pensamiento que de la mirada disciplinar que ha primado en los últimos cien años.
Para mencionar algunos ejemplos de las asociaciones de entonces, nada mejor que evocar la célebre Academia de Letrán (1836-1856), que se formó a partir de la iniciativa de un grupo de amigos con intereses intelectuales compartidos −igual que HCH− y cuyas reuniones se llevaban a cabo “en las cuatro paredes del cuartito de Lacunza”. Durante los mismos años funcionaba ya el Instituto Nacional de Geografía y Estadística, antecedente directo de la Sociedad del mismo nombre, al que es difícil situar directamente en la esfera pública, por haberse creado como un órgano del Ministerio de Relaciones Exteriores e Interiores. Sin embargo, a lo largo del siglo XIX, esta organización realizó diversas actividades y publicó escritos, cuyo carácter es congruente con los atributos de la sociedad civil. Otra asociación de gran entidad en la que prevaleció el objetivo de divulgar el conocimiento, esta vez para estimular la instrucción del pueblo, fue el Ateneo Mexicano (1840-1853).
Las tres agrupaciones produjeron revistas, en un entorno editorial y asociativo que se caracterizó por su inestabilidad. No obstante, la materialidad de sus publicaciones hoy nos permite advertir la solidez de esa cultura en la que el cultivo de las ciencias y las humanidades se consideraba fundamental para el progreso moral y material del país. Y, de la misma manera, nos proporciona luces sobre los intereses intelectuales de aquellos años.
En ese sentido, el propósito de contar con nuestro propio medio de difusión, que se expresó en la Asamblea Fundacional de HCH, recobra el espíritu de las sociedades letradas del siglo diecinueve. Es espléndido que la celebración de nuestro décimo aniversario se signifique por la aparición de Saberes. Revista de historia de las ciencias y las humanidades, porque ésta materializa el sueño que expresamos unánimemente en aquella reunión de amigos y colegas, que colmamos el Auditorio “Francisco Díaz Covarrubias” con nuestra presencia multitudinaria y los proyectos y esperanzas que depositamos en nuestra asociación.
En esa ocasión manifestamos el propósito de integrar en un mismo organismo el estudio histórico de las ciencias y las humanidades, no sólo por los vínculos que mantuvieron en el pasado, sino por el valor epistemológico que poseen para el desarrollo de la investigación. Al respecto, habría que recordar que la historia de la medicina mantuvo durante muchos años el estudio de los textos clásicos como una estrategia pedagógica para la enseñanza de la disciplina. Otros campos, como la literatura, la arquitectura y las artes visuales, han reconocido el valor epistémico del estudio del pasado y han plasmado sus mejores enseñanzas en las innovaciones teóricas y materiales que han producido; y desde luego, la historia de la filosofía −de ilustre y antigua prosapia− ha fincado sus adelantos en el análisis crítico de las propuestas de sus antecesores, incluyendo en ellas las reflexiones filosóficas sobre la naturaleza y el cosmos que dieron origen al pensamiento científico.
Este último caso es especialmente significativo para HCH pues, como es bien sabido, el primer tercio del siglo XX comportó la emergencia de la historia de las ciencias como una disciplina independiente, con sus propios objetivos y fundamentos teórico-metodológicos, que la diferenciaron de la filosofía, campo en el que surgieron las primeras especulaciones históricas sobre el tema. Sin embargo, mientras en los Estados Unidos y en Europa se daban los primeros pasos para alcanzar su institucionalización y profesionalización, en México tuvimos que esperar hasta los años sesenta para iniciar ese camino.
En efecto, por iniciativa del Dr. Enrique Beltrán, en septiembre de 1963 se llevó a cabo el Primer Coloquio Mexicano de Historia de la Ciencia, que reunió a un grupo heterogéneo de intelectuales entre los que se contaban historiadores, científicos de diversas especialidades, filósofos y unos cuantos estudiosos que ya se concentraban en el estudio histórico de las ciencias, como el propio Enrique Beltrán quien, desde la refundación de la Sociedad Mexicana de Historia Natural (1937), reveló sus inclinaciones de historiador, así como Eli de Gortari, cuya obra: La ciencia en la historia de México se publicó ese mismo año.
Tal vez el resultado más trascendental del Coloquio fue la creación de la Sociedad Mexicana de Historia de la Ciencia y la Tecnología (SMHCT), en 1965, como una estrategia compartida a lo largo de la historia por los practicantes de disciplinas emergentes. Éstos hicieron de sus agrupaciones el medio para promover sus campos de estudio en la esfera pública, y alcanzar así su legitimidad epistémica y social. De este modo, a lo largo de los años, la SMHCT fue congregando en sus congresos y otras actividades a los estudiosos del nuevo campo disciplinar, entre los que nos contamos muchos de nosotros.
Al tiempo que se integraba la comunidad de historiadores profesionales de las ciencias, se suscitaron transformaciones sociales y culturales que modificaron ese espacio intelectual compartimentalizado disciplinarmente, en el que se proponían lograr la consolidación de una disciplina: “la historia de la ciencia y la tecnología”. De hecho, hacia los años setenta y ochenta, comenzó a cobrar fuerza el impulso al diálogo entre saberes para interpretar las complejidades de los fenómenos sociales y naturales. Se había hecho evidente la riqueza de esos enfoques cruzados que afilan la mirada y revelan aspectos inadvertidos a la percepción del especialista, de manera que las investigaciones más importantes comenzaron a realizarse a través de las perspectivas inter y transdisciplinarias. En nuestro campo tenemos un ejemplo brillante de tales cualidades en los trabajos de Alberto Saladino, quien encarna la conciliación epistemológica entre la filosofía, la historia y las ciencias sociales.
Por otra parte, las novedades producidas en ese campo híbrido de los estudios sociales de las ciencias, así como los préstamos e intercambios entre la sociología, la antropología, la historia y la filosofía, estaban transformado nuestra comprensión del fenómeno científico. De esta manera, cuando nos propusimos formar una nueva asociación, quisimos que en ella se propiciaran los nuevos enfoques y que en la reflexión sobre la historicidad de la ciencia no estuvieran ausentes el arte, la arquitectura o la literatura, como tampoco debieran estarlo en la historia de la filosofía.
Desde mi perspectiva, la ciencia es una cultura como cualquier otra y, por lo tanto, se nutre de todas las manifestaciones intelectuales y artísticas de su entorno, igual que de los problemas políticos y sociales del mundo en el que se desarrolla. De ahí que nuestras consideraciones históricas y filosóficas estén permeadas por los terribles problemas que aquejan a México desde tiempos inmemoriales, y que hoy parecen agudizarse. Por lo tanto, nuestra asociación tiene el deber de contribuir con sus estudios sobre el pasado a reflexionar sobre el presente.
Muchas gracias.
Notas

