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VIDAS DESPERDICIADAS, DESECHABLES Y LIMPIEZA SOCIAL. FIGURAS DE LA VIOLENCIA Y EXCLUSIÓN EN EL DISCURSO Y LA FICCIÓN EN COLOMBIA
Wasted Lives, Disposable Lives, and Social Cleansing: Figures of Violence and Exclusion in Discourse and Fiction in Colombia
Cuadernos de Literatura
Universidad Nacional del Nordeste, Argentina
ISSN: 0326-5102
ISSN-e: 2684-0499
Periodicidad: Semestral
núm. 30, e3004, 2026
Recepción: 10/03/2026
Aprobación: 27/08/2026
Resumen: El artículo propone una reflexión genealógica en torno a la figura del desechable en Colombia, haciendo hincapié en narrativas periodísticas y de ficción. Por genealogía se entiende el rastreo y la crítica de configuraciones discursivas que producen condiciones de posibilidad para el decir y el hacer. Las vidas desperdiciadas y los desechables, como figuras del discurso, son analizadas aquí como producciones performáticas, basadas en relaciones metafóricas y de continuidad entre lo humano y la basura, que posibilitan acciones específicas: la estigmatización, la eliminación y la negación de ciertas personas como personas. La “limpieza social”, también como narrativa social en estos horizontes, es revisada como parte de la construcción de dicha formación discursiva. El texto termina por explorar una relación deconstructiva entre los desechables y su valor en el mundo, pensando la acumulación de cuerpos basura como la condensación de sedimentos que conforman una memoria, una pedagogía y, en ese sentido, una narrativa social que permite determinadas relaciones, lo que los hace no del todo descartables.
Palabras clave: desechables, basurización, violencia, figuras del discurso, limpieza social.
Abstract: This article develops a genealogical inquiry into the figure of the desechable (disposable person) in Colombia, with particular attention to journalistic and fictional narratives. Genealogy is understood here as the tracing and critical examination of the discursive formations that establish the conditions of possibility for particular modes of speech and action. Waste lives and disposable, conceived as figures of discourse, are analyzed as performative productions grounded in metaphorical and metonymic continuities between the human and waste. These discursive operations authorize specific forms of social practice, including the stigmatization, elimination, and symbolic denial of certain individuals as fully human subjects. Within this framework, “social cleansing” is examined as a social narrative that contributes to the constitution and reproduction of this discursive formation. The article concludes by exploring a deconstructive relationship between disposable subjects and their value in the world. It argues that the accumulation of waste bodies may be understood as the sedimentation of memory, pedagogy, and social narration. As such, these bodies constitute traces that make particular social relations intelligible and possible, rendering them not entirely disposable after all.
Keywords: disposable lives, trashification, violence, figures of discourse, social cleansing.
1. Introducción y metodología. Figuras del desperdicio
En Las uvas de la ira, John Steinbeck (2019) relata la miseria que vive una familia norteamericana de campesinos cuando el banco les quita todas sus propiedades y, en la vulnerabilidad absoluta, salen a buscar trabajo a California, cruzando la mitad de su país en un viejo auto. Como si de dejar desperdicios se tratase, el texto nos cuenta cómo la familia va perdiendo a cada uno de sus miembros en distintas situaciones, que van desde el desarraigo a la reducción de su condición humana, con todo y sus resistencias. Al principio de la historia, cuando la familia Joad tiene que emprender el viaje y estos venden sus cosas a un precio risible, el narrador genera una reflexión que parece, por lo menos, sintomática para una época contemporánea: “Bueno, cójanlo todo, toda la chatarra, y deme cinco dólares. No compra solo desperdicios, está comprando vidas desperdiciadas.1 Aún más, ya lo verá, está comprando amargura” (Steinbeck, 2019, p. 135). La novela, como guiño más que como propósito central, señala un problema común que es ampliamente trabajado en una modernidad que hace el mismo procedimiento que el narrador de Steinbeck: compara dos figuras cercanas que terminan por confundirse en tanto su valor social, la de las personas excluidas y la de la basura.
Pese a que Steinbeck se centra en las crisis económicas en los Estados Unidos y los efectos que estas tienen en la población más vulnerable, la construcción del desechable en su texto no se queda como mero ejercicio alegórico de un proceso de deshumanización y violencia sistemática, sino como uno de los primeros ejercicios de visibilización de una construcción latente en la producción de estas figuraciones, en lo que Rodrigo Mier González Cadaval (2014) llama la emergencia de un término “cada vez más extendido para referirse a una serie de individuos concretos o grupos de personas […] como efecto de un reciente reordenamiento de nuestros discursos” (p. 120). Las vidas desperdiciadas o los desechables de la tierra (Bauman, 2015; Mier González Cadaval, 2014) son reconfiguraciones sociales que como expresión de una economía social dejan ver los problemas contemporáneos y su representación; esto es, se produce lo que Michel Foucault (2010) llamaba una “formación discursiva”, una manera de regulación que produce un suelo común para el decir y hacer.
Estas representaciones, en parte ejercicios políticos, en parte estéticos, no solo representan una nueva subjetividad en el mundo contemporáneo. Son más que conceptos sociológicos, propondríamos aquí, sino más bien metáforas que construyen una forma de sensibilidad frente a la exclusión y la pobreza, que en tanto refieren el mundo lo están produciendo de una manera. Por mucho tiempo, periodistas, antropólogos y artistas han estudiado las exclusiones que se dan en contextos literalmente próximos a la basura, como una manera de pensar una serie de formas de vida que, por su contacto con lo abyecto, pasan a ser invisibilizados en nuestra sociedad.2 En los últimos años, más que situarlos en el límite excluido de lo social, en el margen del espacio urbano, hoy se señala una confusión discursiva que ubica una simultaneidad entre corporalidades y sus situaciones, lo que resultado en un acercamiento más fuerte en términos analíticos, pero a la vez también se han producido una serie de formas de nombrar aquellos “parias” que hacen desaparecer las líneas que dividen lo humano y el desecho.
Zygmunt Bauman (2015, 2007) habría trabajado esta serie de situaciones al nombrarlas, como en Steinbeck (2019), las “vidas desperdiciadas” de la modernidad. Sin dejar de hacer énfasis en las lógicas del capital, Bauman estudió formas específicas de producción y desecho de material humano sobrante, en distintas coordenadas y formas que tienen en común la maquinaria de producción capitalista. Una vida de consumo (Bauman, 2007), una vida de producción, se correlaciona forzosamente con una vida desperdiciada, en un doble matiz semántico, que no se usa, y que a la vez es desperdiciable, prescindible, desechable. Como parte de los daños colaterales del consumismo –cada vez más cambiante, cada vez más radical–, el “desecho humano” (Bauman, 2007, p. 189) va construyéndose como una mega categoría que absorbe una multitud de diferencias producto de las formas de exclusión y violencia contemporánea –pobres, desplazados, migrantes, criminales–, ante la imposibilidad de crear una categoría ontológica que defina el qué es la basura. En otras referencias, esas vidas desperdiciadas serán, como apuntaba Rodrigo Mier González Cadaval (2014):
una serie de individuos concretos o grupos de personas [que] podría tomarse como el efecto de un reciente reordenamiento de nuestro discurso. Esta nueva disposición discursiva, me parece, se encontraría íntimamente ligada a todo un sistema de clasificación que en las últimas décadas se ha desarrollado en torno a la basura. (p. 120)
La aparición de esta “confusión discursiva” no tendría más de cuarenta años en el horizonte cultural, pero sería reafirmada en tanto el abandono de un discurso político y el ahondamiento en una lógica de producción.
El texto que continúa pretende –sin dejar de considerar contextos como los referidos por Steinbeck o Bauman, más ubicados en el norte global– construir un análisis a esos procesos por los cuales se “basuriza” a las personas (de Mora Martínez y Monroy, 2015), identificando vocabularios y relaciones desarrolladas en Colombia, país donde el sintagma “desechable” es de uso común. La propuesta genealógica consiste en entender la aparición de estas figuras en determinado horizonte discursivo, que emergen bajo cierta lógica de producción y que refieren un orden de pensamiento, tal como lo entendía Foucault (2006); esto es, una manera de decir y hacer en el mundo que no es natural ni atemporal, sino que corresponde a un tiempo y una geografía específicos. Lo que se propone, entonces, aquí es analizar distintos registros discursivos para dar cuenta de la aparición de estas formas de hablar, aquellas que correlacionan el desperdicio y lo humano, centrándome en un texto periodístico (Sandra Mateus Guerrero, 1995) y dos universos de ficción –Fernando Vallejo (2010) y Santiago Gamboa (2014; 2019; 2021)– que evidencian un aparecer paulatino de esas formas de exclusión y violencia en el lenguaje público. Las obras mencionadas, así, se toman como causa y efecto, como núcleo y síntoma de una manera de pensar y hablar en el mundo que tiene que ver, como lo analizamos aquí, con la importancia de la basura para determinadas relaciones sociales mediadas por la violencia.
Respecto a la metodología y marco teórico empleados, trabajamos desde el análisis del discurso pues ello nos conviene en tanto tratamos con un problema construido en las significaciones pero que también implica una forma de proceder específica, que a su vez se produce en distintos campos del lenguaje, como el periodístico o el literario. ¿Cómo tratar estas palabras de desperdicios o desechos si, como afirmamos antes, no pueden ser usados como conceptos en sí mismo o identidades ontológicas en sí?3 En este sentido es que aquí señalamos que los desechables o las vidas desperdiciadas son, en primer lugar, lo que denominaremos “figuras de exclusión” en el discurso y no de un género específico. Es decir, invenciones que, mediante su repetición catacrética,4 pueden construirse como sintagmas nominales para producir su referencialidad. Como lo explica Erika Lindig Cisneros (2017),
Hemos llamado figuras de la exclusión a aquellos términos o expresiones que inventan y reproducen una interpretación específica del otro –individuo o colectividad, humano o no humano– y con ello lo colocan en posiciones de sometimiento o subordinación en las relaciones sociales. Estas figuras han sido las de la mujer, el animal, el indio –y también el indígena– el bárbaro, el salvaje, el primitivo, el negro, y otras muchas; y han sido formuladas en distintos ámbitos discursivos: en el social, en el jurídico, en el literario, en el de las humanidades y las ciencias sociales, etcétera. (p. 15)
El uso de la población desechable o población basura, lejos de ser una expresión que refiere una realidad, es la historia de un modo de entender el mundo –una interpretación diríamos con Nietzsche (2000)–, que condensa los sentidos que suman exclusión y violencia. Es decir, su mera formulación ya puede entenderse como parte de los ejercicios que determinan ciertas vidas como basura pues, como también explica Lindig Cisneros (2017), este proceder discursivo tiene sus efectos performáticos en tanto produce una referencia más o menos colectivizada por el uso de la palabra. La reiteración, como diría Derrida (2013), hace a las cosas según las palabras, construyendo para la comunidad de hablantes una forma común de referencialidad. Esta reiteración, como veremos, puede estar en géneros periodísticos o literarios, cuya distinción no nos interesa tanto, como sí la de situar repeticiones discursivas, reiteraciones que dan cuenta de la formación discursiva que nos atañe estudiar y comprender genealógicamente. Por ello, en primer lugar, comprendemos al desechable y sus variantes –las vidas desperdiciadas, basuras, residuo– como figuras específicas que corresponden a una lógica discursiva operativa y performática; por otro lado, entendemos la basurización como un procedimiento discursivo o sostenido por prácticas no discursivas, con el que se reitera la formación de esa misma operación del lenguaje y el sentido. Lo que queremos concluir al final de este texto es que por más excluidas que estén estas figuras del discurso, sus usos operativos en construcciones discursivas parecieran “reciclarlos”, más allá de su sentido puramente narrativo; esto es, pareciera que los textos representan una necesidad latente de devolver el valor, en un proceso de sublimación, a lo que antes fue excluido.
La continuidad con la basura, en cualquiera de los sentidos, implica una relación que va borrando las diferencias constitutivas entre una forma y otra, dando como resultado la acumulación de sentidos y nociones que hacen posible el término desechable como una manera de referencialidad para ciertos sectores humanos. En otros términos, podríamos seguir con Esposito (2006) que este proceso va más encaminado a inmunizar lo social, entendiéndolo como una manifestación de violencia hacia la misma sociedad en términos de su autorregulación y protección. Es evidente, pero hacemos notar que los discursos producidos que racionalizan la violencia se sostienen en una narrativa paródicamente científica pero que terminan por generar una confusión entre la corporalidad, la basura, y la sanidad: “tenemos que desechar la basura porque nos enferma” es una idea moderna que tiene sus serias implicaciones en el discurso, especialmente cuando la basura, contagiada ella misma del propio contagio, se vuelve humana. Ejemplo de esto son los textos que a continuación analizaremos, los cuales establecen una distancia con esos desechables, situándolos en lo abandonado, en lo excluido, pero también en lo que es necesario eliminar.
2. El desechable colombiano y la limpieza social
En Colombia, el sustantivo parece emplearse para designar a grupos identificados, tanto como la figura lo permite, como personas en situación de calle o que recogen basura. Los desechables, según Valencia López (2020), se establecen como figuras palabras que condensan una “acumulación” de sentidos de exclusión y de prácticas de violencia: niños viviendo en las calles, locos, pobres, extranjeros y migrantes a los que reiteradamente se les puede pensar en relación con la miseria, el consumo de drogas y las prácticas sexuales degeneradas desde un punto de vista moral. En el análisis discursivo que posibilita situar su aparición y reiteración, la autora señala cómo los periódicos y medios de comunicación fueron históricamente una fuente de producción catacrética de cierto sentido, a finales del siglo XX, para decir sobre ellos, para construirlos bajo una serie de metáforas, metonimias y figuras de continuidad:
Siendo así, es posible evidenciar un marcado camino hacia la producción discursiva de los desechables como aquellos sujetos adscritos a las calles y principales clientes de “sopladeros”, “ollas” o “jibariaderos” (lugares de expendio y consumo de estupefacientes)… lo implícito de la afirmación de que “desechables” es una denominación “reflejo de su realidad”, se entiende, en parte, algunas líneas más adelante, cuando se afirma que los desechables son “irredimibles” adictos al bazuco, punto que resulta determinante, pues al considerar la imposibilidad de la rehabilitación de los sujetos o de su capacidad de agencia para dedicarse a algo más que a consumir, se les condena indirectamente al botadero de basura, a la muerte. (Valencia López, 2020, p. 127-128)
Como una evolución de las figuras que designaban a los excluidos urbanos a partir de finales del siglo XIX, el desechable se sitúa en el centro de una serie de mitologías modernas relacionadas al espacio urbano, entre formas de vida que conviven con la basura, con propensión a prácticas sexuales perversas y al consumo de drogas asociadas a lo marginal; su origen refiere a las infancias “abandonadas” en las calles de Colombia y con el recrudecimiento del conflicto armado y su episodio final relacionado con el tráfico de drogas. En este panorama,
se caracteriza a un grupo de sujetos como desechables… sujetos directamente producidos, con cierto grado de legitimidad social, como exterminables, no sólo por estar relacionados con la vida en las calles, sino también con los principales problemas inherentes a las grandes urbes del país, delincuencia y adicciones. (Valencia López, 2020, p. 56-66)
Podría decirse, según un análisis del discurso,5 que la figura del desechable emerge en una época contractual en que los medios de comunicación colombianos, donde la violencia hace énfasis en la vida común, y más que denunciarla o atenuarla, reafirmaron, desplazando las lógicas de un campo de relaciones (el conflicto armado, el narcotráfico) a una narrativa de seguridad social y salud pública. Esto es, en el desarrollo de una sociedad cada vez más moderna, encontramos la emergencia de estas vidas precarizadas que no encuentran su lugar social, y en este sentido están sujetas a procesos de exterminio, como nos han explicado varias teorías sociales contemporáneas, pero que, en el caso colombiano, se hicieron visibles a partir de la palabra desechable, uniendo azarosamente su sentido a campos de la producción y la higiene, como se intentará mostrar.
Tal vez una de las obras que más expuso el sustantivo y su particular referencia en relación con el último punto fue “Limpieza social”. La guerra contra la indigencia (1995), una investigación periodística de Sandra Mateus Guerrero que comienza explorando un caso particular de asesinato y tráfico de cadáveres de personas consideradas desechables, cometido por personal de la Universidad Libre de Barranquilla, Colombia, en 1992. El caso documenta minuciosamente el engaño, el asesinato y luego venta de partes y cuerpos enteros para fines de uso pedagógico a integrantes de la Facultad de Medicina de dicha universidad, por parte de personal de vigilancia y con complicidad de autoridades universitarias y estatales, siendo las víctimas principalmente “basuriegos”, personas sin hogar o en situaciones límites dedicadas a recoger basuras reutilizables para su venta. Si bien lo que en principio puede pensarse como una excepcional práctica siniestra, en la investigación ampliada de Mateus Guerrero se señala la violencia estructural en la que viven dichos personajes, pero también los excesos cometidos en lo que hoy en día se conoce bien como “limpieza social”, una práctica de violencia contra estas partes de la población cometida ya sea por acción u omisión del Estado, por organizaciones paraestatales (paramilitares, narcotráfico) o por particulares convencidos de que “árbol que no da fruto, hay que cortarlo”.6
La llamada limpieza social, para autores como Mateus Guerrero (1995), es más bien la formación discursiva que implica estratos de violencia relacionados con diferentes instancias que producen sus llamadas figuras sacrificiales en relación con la purga para la obtención de sociedades más sanas. Así, la violencia puede entenderse como un ejercicio de limpieza. La eliminación del desecho, de ese excedente de la producción, se puede remontar a ejercicios bastante antiguos.7 Tal vez lo que define esta “defensa de la sociedad” (Foucault, 2006), de cierta sociedad, es un carácter bélico al interior de esta, que define quiénes son las amenazas, a quienes hay que hacer la guerra por medios no bélicos, sino políticos. La relación de la exclusión y el contagio se sitúa precisamente en los albores de una modernidad determinada por la confusión entre enfermos y locos, y el encierro y la producción de saber médico como forma de limitar los “contagios”, dando como resultado un discurso biopolítico que confunde lo fisiológico, la racialización, la condición de clase, entre otras variantes. La concreción y estabilización de esa emergencia discursiva, más que evidenciada en prácticas de violencia y documentada a nivel periodístico, se puede verificar en el lugar que ocupa hoy día en la literatura, pensando esta tanto como representación de la realidad como productora de cierto orden sensible, como se verá a continuación.
3. El sicario contra la basura
Como se expuso antes, la construcción discursiva del desechable no solo se remonta a los medios de comunicación más conservadores, como refleja la investigación de Valencia López (2020), o a ejercicios documentales de Mateus Guerrero (1995), sino que implica otros espacios del discurso público, lo que habla del efecto que ha tenido su construcción en la sociedad colombiana, donde su uso se ha visto representado, también, en la novela latinoamericana, especialmente en lo que la crítica denomina como el género de la “sicaresca”, un ejercicio paródico que va de la estetización a la anti-estetización de la “sicariedad biopolítica, como relación entre la vida de uno y la muerte de otro, como tecnología de la administración de lo viviente” (Leonel Cherri, 2013, p. 130). Dicho género refiere a una tradición literaria contemporánea, ubicada en principio en Colombia, que toma bajo pretexto el conflicto de los años 90 en relación con el tráfico de cocaína.
Qué otro lugar más apropiado para los cuerpos desechados que el conflicto, ficcional o no, que administra directamente la vida y la muerte, y que de alguna manera se volvió icónico para el espectro de los estudios de la violencia. En estas narrativas, podemos identificar dos niveles en que se visibilizan los procedimientos de violencia, sus sujetos y sus lógicas, en tanto que aquí entendemos que la violencia es una gestión producida no un efecto sensible solamente (Inclán, 2025). Por un lado, la reproducción de la lógica misma del derecho soberano de parte de los llamados sicarios contra la que se construye como población desechable; por otro lado, la reproducción, en las mismas obras literarias, bajo criterios específicos discursivos, de la misma sensibilidad del sicario, catalogando y justificando lo humano en razón de su sentido productivo en lo social.
En La virgen de los sicarios de Fernando Vallejo (2010) encontramos ejemplo de los dos puntos anteriores. Dicho texto, ambientado en 1994, apenas dos años después del texto de Mateus Guerrero, y bajo el contexto de la muerte de Pablo Escobar, reproduce un discurso especialmente misantrópico que en cierto sentido parece crítico, pero que invita a la racionalidad de cierta violencia bajo condiciones específicas de producción. Partimos, como señala Inclán (2025), que más que como una figura jurídica o sociológica, el sicario debe entenderse
como una metáfora que ayuda a comprender la reorganización de la vida cotidiana en el capitalismo contemporáneo. El sicario cumple la función de ejecutar acciones letales; al mismo tiempo, opera como un medio, como una manifestación de una fuerza impersonal que está por encima de todas las existencias, incluida la suya propia. En términos productivos, el sicario es un tipo peculiar de servicio contratado como freelance o a través de la tercerización: un ejecutor de violencia especializado. (p. 29-30)
Esto es, su figura responde más a una neoliberalización de la violencia que a su exceso descontrolado –como habitualmente la trata de pensar la sicaresca–, en relación a la producción de ganancias económicas o de poder, que muchas veces se olvida en las manifestaciones narrativas de este tipo. Esta neoliberalización de las violencias se construye evidentemente desde un razonamiento que ubica al desecho como figura central, paradójicamente, de los procedimientos que la refieren, no solo señalando prácticas sino también narrativas que dotan de sentido la crueldad (Inclán, 2025; Calveiro, 2025).
En la novela de Fernando Vallejo, encontramos a un personaje con el mismo nombre que el autor y con constantes referencias que nos hacen pensar que es una autofiguración, situando con ello ciertos parámetros que hacen visible la posición del texto. La homosexualidad del personaje, por ejemplo, se asume como una manera de sexualidad dada solo al deseo y no a la reproducción porque, en términos de la propia narrativa, es la humanidad descontrolada la que ha llenado de pecados a Medellín, ciudad de origen del autor-personaje y que es retratada desde un pasado melancólico ya perdido. En esa lógica que condena lo humano, la multiplicación de personas, la multitud inundan hoy la ciudad y la envilecen con sus formas de habitar el espacio, haciendo responsable a la migración que los pobres llevaron a cabo para vivir las zonas altas del valle:
¡Pero miren qué hacinamientos! Millón y medio en las comunas de Medellín, encamados en las laderas de las montañas como las cabras, reproduciéndose como las ratas. Después se vuelvan sobre el centro de la ciudad y Sabaneta y lo que queda de mi niñez, y por donde pasan arrasan. (Vallejo, 2010, p. 53)
La multitud contemporánea, la masa fuertemente criticada por la perspectiva moderna, se convierte en el núcleo central desde donde se reproducen los pobres, los consumidores, los violentos y la gente en general. En un juego irónico, donde los pobres viven arriba, en las comunas, la novela sitúa un mundo lleno de perversiones, donde los sicarios no necesariamente son el mal desatado, sino, mejor dicho, un castigo divino.
La referencia a la relación entre violencia y divinidad se encuentra en todo el texto, donde el mismo nombre de la novela hace referencia a ello, haciendo claro el juego retórico que desarrolla la historia:
Dicen los sociólogos que los sicarios le piden a María Auxiliadora que les vaya a fallar, que les afine la puntería cuando disparen y que les salga bien el negocio ¿Y cómo lo supieron? ¿Acaso son Dostoievski o Dios padre para meterse en la mente de otros? (Vallejo, 2010, p. 14)
Desde esta mezcla de discursos, el de lo sagrado y el de la violencia, la historia sitúa a los sicarios como una especie de emisarios destinados a castigar ese pulular de vicioso, dando como resultado una inversión clara en el título del texto: no es tanto la virgen de los sicarios la protagonista de esta historia, sino más bien lo son los sicarios de la virgen que se han liberado para castigar un espacio contaminado. Tal vez con ello se esté haciendo una referencia al mismo Dostoievski y su texto Los demonios, donde la narrativa, como la estudiaron Hardt y Negri (2004), termina por pensar el castigo divino a una Rusia zarista llena de pecados a partir de la llegada metafórica de los demonios castigadores.
Regresando al texto colombiano, Alexis, la pareja de Fernando, un joven sicario, es descrito como un ángel exterminador listo, y su labor, asesinando a muchos de los que apenas se cruzan con él, casi por nada, es entendida como un ejercicio de purificación:
sacó el Ángel Exterminador su espada de fuego, su “tote”, su “fierro”, su juguete. Y de un relámpago para cada uno en la frente los fulminó... Alexis era el Ángel Exterminador que había descendido sobre Medellín a acabar con su raza perversa. (Vallejo, 2010, p. 57)
Para Walter Benjamin (2012), el último grado en que se puede pensar la violencia es el que él llama divina. Comparándola con la violencia mítica, asociada al mito griego y que tiene por objetivo la afirmación constante de la soberanía, la violencia divina, con énfasis en la tradición mística judía, se sitúa como aquella que no necesita afirmarse, sino solo manifestarse, que es purificante, que es fulminante, que no derrama sangre –no es una violencia cruel– ni funda derecho, sino que lo destruye; descrita como una “violencia pura, sobre toda la vida, en nombre de todo lo viviente” (Benjamin, 2012, p. 197).
Como lo señala Derrida (2013) en su comentario al texto de Benjamin, dicha violencia, más allá de lo que quiera pensar el propio autor, puede describirse como ejercicios de aniquilamiento a los elementos contaminantes de la sociedad. Por ejemplo, como se piensa cierta narrativa alrededor de los campos de concentración de la Segunda Guerra Mundial, donde el plan eugenésico eliminó poblaciones racializadas o estigmatizadas: no solo población judía, sino homosexuales, comunistas, anarquistas, enfermos, es decir, la humanidad “irrelevante y, en consecuencia, prescindible” (Calveiro, 2025, p. 26). En La virgen de los sicarios lo asesinable/desechable por dichos ángeles exterminadores es precisamente esa multitud de población contaminante:
Mis conciudadanos padecen de una vileza congénita, crónica. Esta es una raza ventajosa, envidiosa, rencorosa, embustera, traicionera, ladrona: la peste humana es su más extrema ruindad. ¿La solución para acabar con la juventud delincuente? Exterminen la niñez… Los matamos por chichipato, por bazofia, por basura, por existir. Porque contaminaba el aire y el agua del río. (Vallejo, 2010, p. 27-28)
Es decir, sin una referencia directa, se reproduce el mismo discurso que antes habíamos visto con los desechables en Colombia y expuesto por Mateus Guerrero, un discurso que perturbadoramente producen esas figuras de exclusión como seres descartables, o mejor aún eliminables, debido a lo peligroso que su condición contagiosa o perjudicial pueda ser.
Como lo explica Leonel Cherri (2013), tal vez la narrativa de Vallejo es una parodia de la lógica desarrollada en las novelas sicarescas y no es tanto la versión del autor.8 La diferencia es lo de menos. Lo importante es señalar cómo esta representación es sintomática de las formaciones discursivas que combinan el campo de la violencia, la higiene y la economía, haciendo aparecer como limpieza social el asesinato de personas, especialmente las y los pobres. La razón de la violencia, convertida en figuras del discurso y por lo tanto en temas de la ficción colombiana, es lo realmente importante en este análisis, haciendo énfasis en la producción de una sensibilidad, una estética reconocible y trascendente en la historia del género. Pese a que la figura del desechable no aparece directamente, lo que constatamos es una construcción que cimienta o manifiesta las bases de una serie de condiciones de posibilidad para pensar y actuar respecto a estas figuras en específico.
4. El desechable y la literatura forense
En Vigilar y castigar (2009), Foucault establece el cambio de una época a otra bajo las formas de relación con el cuerpo, donde se hace notar el tratamiento que le dan a Damiens, aquel criminal al que hay que castigar para dar un ejemplo a la sociedad. El cuerpo del condenado, indica Foucault, se convierte en un desechable en tanto se hace todo para que él desaparezca por completo de la sociedad: torturado, asesinado de la peor manera y luego quemado su cuerpo para deshacerse de sus cenizas. En un cambio de época, sin embargo, como afirmamos al inicio de este artículo, tal vez lo que hoy se nos presenta es que el desechable no se construye como el excedente constitutivo listo para abandonar al viento, sino como una figura de valor de cambio en las economías de la significación social que fundamenta las narraciones y las acciones de los personajes, y por ello está dotada de sentido. Esto es, no puede existir una vida valiosa sin vida desechable, porque los cuidados de una solo pueden pensarse a partir del desamparo de la otra, del abandono. Más que una figura excluida, su elaboración implica su inserción en los sistemas de producción actual de nueva cuenta; tal vez como con la basura, también al desechable se le recicla. En lo que sigue, veremos cómo un escritor contemporáneo, Santigo Gamboa, instrumentaliza al desechable a lo largo de su obra para producirlo no como un sujeto negativo dentro de la sociedad, sino más bien como una posición importante en los ejercicios del poder/saber.
Las obras de Santiago Gamboa han sido bien acogidas por la crítica y los lectores en América Latina. Ha ayudado mucho a su difusión la película Perder es cuestión de método, basada en su novela homónima (2014) que inaugura una serie policial –con Será larga la noche(2019) y Colombian Psycho(2021). La obra hace visible los procesos históricos que vive una Colombia donde la desmovilización de las guerrillas y una nueva etapa del tráfico de drogas generan un mapa social difícil de comprender y soportar. Sin embargo, volviendo con nuestro tema, lo interesante es caer en cuenta en la serie de desechables que deambulan en los escenarios antes referidos, personajes dibujados como abyectos, tal vez apelando a los tonos en que el género policial transforma lo social en una parodia tétrica y muchas de las veces cercana a lo postapocalíptico; lo que es cierto es que Gamboa utiliza estas figuras para hiperbolizar sus escenarios: el cadáver desnudo empalado al lado de un río (2014, p. 16), prostitutas menores de edad (2014, p. 202), leprosos como vigilantes nocturnos en cementerios (2014, p. 281), mendigos (2019, p. 110), lumpenizados (2019, p. 205), desaparecidos pobres (2021, p. 41), sicarios mutilados y encerrados en prisiones con sirvientes de género no claro (2021, p. 68). Esta serie de “vidas precarias”, como las pensara Judith Butler (2009) en su particular análisis, se convierten en vidas desechables en tanto se encuentran en una narrativa no solo de exclusión, sino de exterminio y de basurización. Una narrativa policial, centrada en el contacto con estos círculos, no nos dice más sino de cómo ese tipo de población vive en un límite entre lo bio y necropolítico:
En las lumpenizadas calles del centro de Cali, al igual que en las de Bogotá y Medellín –en realidad, en todas las del país– también era común encontrar miembros de ese triste y tenebroso conglomerado humano, típico de los países en desarrollo, compuesto por fumadores de bazuco en estado terminal, que duermen la mona con la cabeza metida entre plástico, sopladores de pegantes desdentados y sucios, mujeres al borde del colapso que alargan brazos raquíticos implorando monedas y un ejército de tullidos y mutilados. (Gamboa, 2021, p. 205)
Es su segunda novela, hay un episodio específico donde se aluden a los desechables que deambulan en los espacios marginales de Colombia:
Cruzaron el barrio Egipto, poblado de mendigos, sopladores de basuco y transeúntes apurados. Bajaron por la calle Séptima hasta el parque del Tercer Milenio; un extraño nombre, a la vez futurista y esperanzador en una ciudad amenazada con autodestruirse. Antes de llegar, viendo a los “desechables” que preparaban sus dosis para dormir tranquilos Piedrahíta filosofó:
–Yo imagino el cadáver de todos estos aun estando vivos; todavía se mueven y hablan y tienen memoria, pero ya están muertos. (Gamboa, 2019, p. 110)
De esta reflexión, que Gamboa pone precisamente en boca del agente forense, inmediatamente la narración pasa a la sala forense. Allí, funcionarios policiales realizan las pruebas correspondientes a un cadáver (producto de la trama) convirtiendo su materialidad en evidencia jurídica. Lo desechable, como vocabulario específico, se va construyendo aquí como objeto del ojo médico, primero excluido socialmente pero luego incluido en su saber tanto policial como médico.
Así, lo interesante es que, como si fuera una continuación de la escena anterior y el deambular de los desechables, o más bien de los cuerpos descritos así, el cuerpo de los excluidos reaparece en el centro de la narrativa para convertirse en un objeto de saber. En una reflexión habitual en sus textos, entres fiscales, forenses y periodistas, los desechables, los muertos producidos por el persistente conflicto, por la limpieza social, dejan “siempre huellas, aunque sea una hebra o un pelo. Y después la policía los encuentra” (Gamboa, 2021, p. 29). Sus restos –¿se le podrá llamar así a lo que resta de alguien ya de por sí restable en la sociedad?– se convierten entonces en elementos propios de una trama construida por una periodista que hace las veces de pepenadora.
En la mesa de disección, la diferencia de su tratamiento, del tratamiento que se le dan a Demiens, según el texto de Foucault (2009), es notable: no se elimina el cuerpo de los desechables, sino más bien se lo convierte en vertiente de la propia novela y su lógica. En la narrativa policial –una parodia de las relaciones forenses–, lo que era basura se convierte en un indicio desde una lógica criminalística. Siendo estrictos con el término, lo forense tiene su origen en un saber que se constituye como criminalizante para las nacientes clases obreras en la sociedad industrial del siglo XVIII y XIX (Ginzburg, 2003; Foucault, 2009). Las huellas dactilares, los archivos, los retratos y las fotografías se utilizan como saberes para subjetivar al delincuente, por ejemplo, como figura del devenir político. En las narrativas recientemente construidas, lo forense puede tener un sentido crítico frente al poder, especialmente luego del giro con perspectiva de derechos humanos hecho por los antropólogos en Argentina.9 Sin embargo, llegamos al mismo punto, pensar que los muertos causados por esos ejercicios de violencia, desechados en procesos de inmunización, diríamos con Esposito (2006), están sujetos, al mismo tiempo, al ejercicio forense de significación de la materia que estaba desprovista de ella, una re-instrumentalización de un cuerpo basurizado, o como expondría Gatti (2009), el ejercicio de poder/saber que implica “dotar de sentido a lo que no lo tenía, hacer de lo espurio algo significativo” (p. 161). Como lo estudiaría ampliamente Foucault (2009), lo que se produce aquí es la construcción de un campo de saber a partir de un cuerpo muerto, y ese saber, como todo saber, implicará siempre una relación de poder.
¿Cómo entender lo forense si no es como una especie de reciclaje de los muertos desechables, una suerte de memoria latente de ellos, pero a la vez de lo que no son ellos? La narrativa de Gamboa no se centra en la vida o muerte de estos personajes, sino en tramas que llegan también a la gran política –complots nacionales, tráfico internacional, tramas en resort y grandes despachos–. La novela trata los desechables sin hacerlos participantes propiamente de la narración. La figura del forense, en estas particulares narrativas –como en mucha de la narrativa policial actual–, se convierte en una forma de aprehensibilidad, de memoria, para una población que en principio es invisible, no necesariamente para dotarlos de sentido o afectos, sino más bien para usarlos en las lógicas policiales que se ficcionalizan en Gamboa (2021): “Por muy muertos que estén, todavía hablan” (p. 94), dice uno de los peritos al recoger uno de los cuerpos anónimos en la novela pero que pronto tendrá nombre y apellido, y se convertirá en una prueba judicial gracias al trabajo forense.
Como señalamos antes, pensando a Vallejo como precursor de este tipo de géneros, más que enfocarnos en la crítica de un uso específico en la literatura, lo que debe ser sintomático es la producción de este suelo común donde ciertas vidas pueden ser asesinadas y olvidadas, pero también pueden usarse como otra cosa, no como ellas mismas, sublimándose su condición y en el mismo proceso volviéndoseles a desechar.
5. Conclusiones. Persistencia del desecho
Lo que se ha denominado basurización de los cuerpos (de Mora Martínez y Monroy Álvarez, 2015; Aguirre Moreno, 2024) es un proceso cada vez más presente en las relaciones de poder establecidas en contextos específicos, por ejemplo, en México, y las formas de violencia que allí se han acrecentado, sin embargo, no es privativo, por supuesto, de este ámbito.10 Lo que hemos esbozado en este artículo ha sido tratar de situar, reflexionar y complejizar la figura de los desechables en la sociedad relacionada directamente a la práctica llamada “limpieza social”, es decir, el sistema de exclusión y estigmatización que ciertas subjetividades (pobres, migrantes, farmacodependientes) padecen y que termina con el intento de su eliminación. Si bien partimos de ejemplos puntuales en la reciente historia colombiana, lo cierto es que tratamos de relacionar esta formación discursiva a las narrativas en la literatura que parecen instrumentalizar y naturalizar ese mismo discurso. Fuera de lo que aparenta la propia figura del desechable, de la vida desperdiciada, este no es eliminado simplemente de las relaciones sociales, sino más bien que perdura, permanece como un parásito de las relaciones de valor y se sedimenta creando una especie de suelo donde elaborar las historias.
En Fernando Vallejo, esta última idea se ve reflejada cuando Fernando personaje va en busca del cuerpo muerto de su último amante. En una morgue subterránea se encuentra con un ejercicio de escritura memorística que guarda santo y seña de cada uno de lo cuerpos que van llegando a sus instalaciones forenses, como si aquel espacio fuera una especie de soporte textual del mundo narrado arriba; como señala el personaje principal, “Era Colombia la oficiosa en su frenesí burocrático, su papeleo, su expediente, levantando actas de necropsia, de entradas y salidas, solícita, aplicada, diligente, con su alma irredenta de cagatintas” (Vallejo, 2010, p. 123). Como recuerda González Echevarría (2011), la novela latinoamericana tiene su origen en la forma notarial del archivo. Recordando al personaje Melquíades de Cien años de soledad, aquí los cadáveres van siendo esos manuscritos que guardan la memoria de la violencia en la ciudad colombiana. El desechable, en la novela de Vallejo y en la obra de Gamboa, así, se vuelve una especie de parásito, de suplemento de la misma violencia. La basura, así, se vuelve fundamental para las relaciones de violencia pues allí es donde se construye la memoria que la permite ser funcional.
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