Artículos temáticos

EL ODIO COMO POLÍTICA PÚBLICA: ANÁLISIS DE LOS DISCURSOS DE MILEI Y TRUMP

Hate as Public Policy: An Analysis of the Discourses of Milei and Trump

Facundo Tavolaro *
Universidad Nacional de Quilmes, Argentina

Cuadernos de Literatura

Universidad Nacional del Nordeste, Argentina

ISSN: 0326-5102

ISSN-e: 2684-0499

Periodicidad: Semestral

núm. 30, e3005, 2026

revistas@unne.edu.ar

Recepción: 15/03/2026

Aprobación: 11/07/2026



DOI: https://doi.org/10.30972/clt.309670

Resumen: El presente artículo examina la relación entre los discursos de Milei y Trump, quienes, en países diametralmente opuestos, comparten la estrategia de construir poder mediante discursos de odio. Se sostiene que el discurso presidencial constituye una forma de política pública en tanto orienta la agenda estatal construyendo al antagonista social: el modo en que el presidente nombra los problemas define qué temas se vuelven prioritarios para el Estado y la sociedad. Así, la lógica de “nosotros o ellos” deja de ser mera retórica y se convierte en un pliegue institucional hacia tendencias discriminatorias.

El trabajo articula las categorías de nihilismo, nostalgia política y construcción del enemigo para argumentar que la alt-right transnacional transforma el resentimiento difuso en odio organizado. Finalmente, se comparan las coincidencias retóricas de Trump y Milei y su función común en la legitimación pública del odio como política de Estado

Palabras clave: alt-right, discurso de odio, nihilismo, Milei, construcción del enemigo.

Abstract: This article examines the relationship between the discourses of Milei and Trump, who, in historically opposed countries, share the strategy of building power through hate speech. It is argued that presidential discourse constitutes a form of public policy insofar as it shapes the state agenda by constructing a social antagonist: the way in which the president names problems defines which issues become priorities for the State and society. Thus, the logic of “us versus them” ceases to be mere rhetoric and becomes an institutional inclination toward discriminatory tendencies.

This article articulates the categories of nihilism, political nostalgia, and enemy construction to argue that the transnational alt-right transforms diffuse resentment into organized hatred. Finally, the rhetorical similarities between Trump and Milei are compared, along with their shared function in the public legitimization of hatred as state policy.

Keywords: alt-right, hate speech, nihilism, Milei, antagonist construction.

1. Introducción

La hipótesis central que orienta este trabajo supone que el nihilismo contemporáneo –entendido no como posición filosófica voluntaria sino como condición que atraviesa nuestros días, resultado de la erosión de los grandes relatos modernos– constituye una de las causas estructurales del éxito de los discursos de la alt-right. En un contexto de disolución de horizontes normativos compartidos, la demanda de certeza, pertenencia y sentido histórico se vuelve políticamente explotable. Los movimientos de la nueva derecha que analizaremos –Trump, por ser el presidente del país con mayor importancia geopolítica en Occidente, y Milei, por ser el actual presidente de Argentina– ofrecen respuestas a ese vacío mediante la restauración mítica de un pasado glorioso: no se presentan como utopías que apuntan hacia un futuro inédito, sino como proyectos de reconquista de lo que se ha perdido. Esta orientación regresiva constituye uno de sus rasgos políticos más característico y el que lo distingue, en términos de estructura narrativa, del fascismo clásico (comprendido como un fenómeno genérico, que incluiría tanto al fascismo italiano como al nazismo germano).

El artículo se organiza en siete secciones. La primera desarrolla la metodología empleada, delimitando el corpus de discursos de Trump y Milei y el procedimiento interpretativo mediante el cual serán abordados. La segunda parte analiza la posmodernidad –tomando una serie de diversos autores que trabajan la cuestión– caracterizada por la crisis de los grandes relatos y el consecuente vacío axiológico, en tanto contexto relevante para explicar la eficacia de los discursos de odio. La tercera parte da una definición sobre qué entendemos por las así llamadas nuevas derechas o alt-right, para delimitar características propias que sean aquellas susceptibles a la gramática política que insuflan Trump y Milei. La cuarta sección aborda el discurso de odio como forma de producción simbólica del pasado y del futuro, mediante el análisis de la nostalgia restaurativa de Boym (2007). La quinta parte incluye el concepto de justificación del odio, relacionando los conceptos de odio-amor para poder entender cómo los discursos de odio son capaces de generar una efectividad tan grande que no son permeables a priori a una racionalización. En la sexta parte ofrecemos un análisis comparado de los discursos seleccionados en el corpus, identificando las coincidencias que presentan a la luz de las cuatro dimensiones analíticas previamente explicitadas, con el objetivo de demostrar que, más allá de sus contextos nacionales heterogéneos, ambos discursos comparten una gramática política común. Finalmente, la séptima sección ofrece una conclusión que no solo busca dar un cierre sino plantear las preguntas que han quedado abiertas a partir de este artículo.

2. Metodología

El presente artículo comprende la noción de discurso presidencial no como un mero discurso, sino como forma de legitimar una manera de entender la política, no en términos de consensos, sino como antagonismo social. Es por esto que tomaremos para comparar los discursos que dieron Javier Milei y Donald Trump en su calidad de presidentes. Definimos discursos de odio de acuerdo a la obra de Waldron (2012) como uno donde se vulnera la dignidad de la persona. Entendiendo a la misma aquello que debe ser una suposición presente en todos los miembros de la sociedad en lugar de algo que se tenga que demostrar:

La dignidad de una persona no es solo como un aura kantiana que lo cubre. Es su posición social, el fundamento de su reputación social que le permite ser tratado como un igual en el curso ordinario de la sociedad. Su dignidad es algo en lo que puede confiar –en el mejor de los casos de forma implícita y sin necesidad de reclamarlo– mientras viva su vida. (p. 19)

Utilizaremos los discursos de primera y segunda presidencias de Trump y los dichos en la actual presidencia de su par argentino. Cabe aclarar que el presente trabajo no persigue una generalización de tipo empírico sobre la totalidad del discurso presidencial de Milei y Trump, sino una lectura interpretativa que reconstruye la gramática política común a partir de casos paradigmáticos. La pregunta que orienta el análisis no es la frecuencia estadística con que determinados enunciados aparecen en el corpus delimitado, sino el modo en que dichos enunciados, cuando aparecen, articulan las categorías teóricas que se presentan a continuación y qué condiciones de posibilidad discursivas ponen en juego. Los fragmentos seleccionados no constituyen, por lo tanto, una muestra representativa en sentido estadístico, sino los momentos de mayor densidad argumentativa donde esa gramática política se explicita con mayor claridad, lo cual habilita una hermenéutica del discurso antes que un análisis de contenido cuantitativo.

Tomaremos para esto transcripciones de sus discursos, tanto en la página oficial de ambos gobiernos como así también las publicaciones hechas en la página Truth Social, y entrevistas publicadas en canales oficiales, de streaming o medios periodísticos de alcance nacional, siempre en calidad de gobernantes y limitándonos, al igual que con los discursos, a aquellas intervenciones donde aborden su ideal de país, los problemas que identifican como causantes de la decadencia nacional o la caracterización de sus antagonistas. Cada unidad del corpus será leída e interpretada según las dimensiones analíticas presentadas a lo largo del trabajo –la posmodernidad como condición de posibilidad, la construcción del antagonista, la creación de identidad frente a un enemigo, el discurso público como política pública, la idea de amor-odio en el terreno político y la nostalgia como temporalidad. De estas dimensiones, el discurso público como política pública constituye el eje que articula a las demás: la posmodernidad da cuenta del terreno de eficacia sobre el que ese poder simbólico opera, mientras que la construcción del antagonista, la creación de identidad, la nostalgia y el amor-odio son los mecanismos específicos mediante los cuales dicho poder simbólico se realiza discursivamente en cada caso.

Podemos delimitar el corpus a las declaraciones de Trump que van desde el 20 de enero de 2017 al 20 de enero de 2021 y desde el 20 de enero de 2025 hasta el 4 de julio de 2026; las de Milei irán desde el 10 de diciembre de 2023 al 9 de julio de 2026. Hemos hecho un corte en el mes de julio ya que entonces se festeja la independencia de ambos países (4 y 9 de julio, en el orden dado) y son discursos conceptualmente ricos para el objeto de este artículo. Si bien hay una gran cantidad de actores políticos dentro del así llamado espectro de la alt-right, debemos ceñirnos a la tarea de que el artículo no puede extenderse por fuera de lo permitido y debe buscar profundidad en el análisis antes que alcance. Es así que tomamos a Milei por ser el presidente argentino (cuya relevancia para nuestro análisis es obvia) y a Donald Trump por ser el presidente de uno de los países de mayor importancia geopolítica a nivel mundial. Debido a esto recortamos figuras destacadas como Jair Bolsonaro y Viktor Orbán, no porque sean intrascendentes, sino porque nos excederíamos en la extensión propuesta para este artículo, aunque nos parece un análisis sumamente rico para realizar a futuro.

3. La posmodernidad como contexto de eficacia

El diagnóstico de Jean-François Lyotard (1985) sobre la condición posmoderna como incredulidad hacia los metarrelatos sigue siendo uno de los marcos analíticos más relevantes para comprender el malestar político contemporáneo: “El gran relato ha perdido su credibilidad, sea cual sea el modo de unificación que se le haya asignado: relato especulativo, relato de emancipación” (p. 73).

La modernidad organizó su horizonte de sentido en torno a grandes narrativas: el progreso de la razón, la liberación del proletariado, la confianza en los beneficios de la tecnología y la universalización de los derechos humanos. Cada una de estas narrativas prometía una teleología, es decir, un sentido histórico que orienta las prácticas individuales y colectivas hacia una dirección reconocible. La posmodernidad, según esta lectura, se caracteriza por el agotamiento de esa función orientadora: los grandes relatos han perdido su capacidad de producir legitimidad y de conferir sentido a la experiencia.

Este proceso no fue meramente intelectual ni académico. La caída del Muro de Berlín en 1989 y el colapso del socialismo realmente existente privaron a amplias capas de la población de un horizonte de transformación social, mientras que el neoliberalismo triunfante proclamaba el fin de la historia como clausura de toda alternativa al capitalismo de mercado. Lo que siguió no fue, sin embargo, la paz ideológica que Francis Fukuyama (1989) anticipaba:

El fin de la historia será un momento muy triste. La lucha por el reconocimiento, la voluntad de arriesgar la propia vida por una meta puramente abstracta, la lucha ideológica a escala mundial que exigía audacia, coraje, imaginación e idealismo, será reemplazada por el cálculo económico, la interminable resolución de problemas técnicos, la preocupación por el medio ambiente, y la satisfacción de las sofisticadas demandas de los consumidores. (p. 18)

En cambio, se produjo una profunda desorientación cultural que afectó de maneras distintas a diferentes estratos sociales. Puede sostenerse que para quienes apostaron por los proyectos emancipatorios de la modernidad, el resultado fue un duelo político de difícil elaboración. Para amplios sectores de clases media y trabajadora que nunca se habían identificado con la izquierda, el resultado fue una creciente sensación de desamparo ante la aceleración de los cambios: globalización económica, multiculturalismo, transformaciones en los roles de género y erosión de las instituciones tradicionales.

Cabría argumentar que esto ocurrió por el descreimiento en los dos grandes relatos que regulaban la cosmovisión occidental: el relato socialista de comunidad, que culmina con la caída del Muro de Berlín, y el relato del sueño americano y las promesas del capitalismo, que se agotan en la década de los 80 tras la experiencia de Vietnam y las crisis económicas que generan una creciente desigualdad en la sociedad.

Friedrich Nietzsche había anticipado esta problemática cuando describió el nihilismo no simplemente como la negación de los valores, sino como la experiencia de su pérdida: el momento en que estos se desvalorizan y no emergen nuevos capaces de reemplazarlos. El nihilismo no es, en este sentido, una posición que alguien adopta voluntariamente, sino una condición que se padece. La muerte de Dios, en la lectura nietzscheana, no libera sino que expone a la intemperie: sin el anclaje de lo trascendente, los seres humanos deben enfrentarse a la pregunta por el sentido sin los recursos simbólicos que la tradición proveía: “¡Dios ha muerto! ¡Dios permanece muerto! ¡y nosotros lo hemos matado! ¿Cómo nos consolamos los asesinos de todos los asesinos?” (1992, p. 115).

Esta experiencia de desamparo metafísico es el terreno propicio sobre el cual prosperan los discursos que ofrecen certezas absolutas, enemigos identificables y comunidades de pertenencia inequívoca.

La sociología contemporánea ha profundizado esta línea de análisis. Zygmunt Bauman (2005) describió la modernidad tardía1 como una condición de liquidez: las instituciones, las identidades y los vínculos que caracterizaban la modernidad sólida –trabajo estable, familia nuclear, comunidad local, nación homogénea– se han vuelto fluidos, inestables, reversibles. Esta liquidez es vivida de acuerdo al autor por amplios sectores de la población no como liberación sino como amenaza existencial. La flexibilidad que el capitalismo posfordista celebra como virtud es experimentada por muchos como precariedad y como pérdida de los referentes que organizaban la vida cotidiana. En este contexto, la demanda de solidez, de permanencia, de identidad fija y reconocible adquiere una carga política explosiva que los movimientos de la nueva derecha han sabido capitalizar con notable eficacia.

Esta situación de orfandad de todo horizonte metafísico que organice nuestra existencia, este cinismo a flor de piel propio de la época posmoderna, será el caldo de cultivo para los discursos de odio propios de la nueva derecha: estos reclaman un mundo perdido donde las cosas son blancas o negras, donde hay buenos y malos y donde la verdad es objetiva, absoluta y estática. Como señala Nietzsche en Así habló Zaratustra (2009), la caída de los valores establecidos genera un terror tal que, ante la dificultad de sostener ese vacío, resulta preferible aferrarse a valores vetustos y pretéritos antes que tener ninguno: “¡Es preferible adorar a Dios bajo esta forma que bajo ninguna!” (p. 416).

Ahora bien, habiendo dado un panorama bastante general sobre la posmodernidad (definirla es algo bastante complejo que, dependiendo a quién preguntemos, se trata de un periodo que aún continúa o ha culminado, se la define como modernidad líquida, postindustrialismo, posmodernidad y de varias maneras más, pero cuyas características principales son las que hemos presentado previamente), nos centraremos en el análisis de Lipovetsky en su libro La era del vacío (2000) porque consideramos que da una caracterización que nos es útil para entender la efectividad de los discursos de odio.

El autor menciona que una característica de la posmodernidad es el nihilismo pero este no viene acompañado de angustia como pretendía Nietzsche sino más bien la apatía. Esta idea de que nada importa, todo da lo mismo, como menciona el tango: “Todo es igual, nada es mejor” (Discépolo, 1934).

La apatía se genera, según el autor, por una constante sobreexcitación del deseo. El quererlo todo, el que puedan concretarse todas las posibilidades de la existencia genera agotamiento y, de esta forma, imposibilita la jerarquización del deseo. Esto se da en una lógica de mercado donde el sujeto, pensado como un consumidor, se realiza al poder consumir. Aquello que se consume ya no son simples objetos materiales sino cultura, estatus, ideales. Esto marca que la gente pase por ser espiritual un verano, fitness en invierno y ambientalista en primavera. No hay nada trascendente, no hay ideales sino solo consumos.

Fundado en la combinación incesante de posibilidades inéditas, el capitalismo encuentra en la indiferencia una condición ideal para su experimentación, que puede cumplirse así con un mínimo de resistencia. Todos los dispositivos se hacen posibles en un tiempo mínimo, la inconstancia y la innovación capitalistas ya no encuentran los apoyos y fidelidades tradicionales, las combinaciones se hacen y deshacen cada vez más deprisa, el sistema del “por qué no” se vuelve puro como la indiferencia, ya sistemática y operacional. (Lipovetsky, 2000, p. 43)

Esta característica de la apatía como propia de la posmodernidad es relevante para nuestro análisis porque lo que ofrece la nueva derecha es aquello que ningún otro partido político les estaba dando a una parte relevante de la población: un ideal trascendente, la posibilidad de integrar algo que sea más grande que uno, que le dé sentido a la realidad y un norte para el futuro.

La desconfianza y frustración que según Lipovetsky (2000) un segmento relevante de las sociedades occidentales sufren ante los partidos políticos tradicionales puede verse en particular en la baja de la participación de votantes en las elecciones presidenciales (el autor menciona la de EE.UU. pero este fenómeno se da también la Argentina y en varios países de Latinoamérica).2 Este sentimiento surge de la imposibilidad de acceder a un trabajo asalariado, a comprar una casa, de tener una independencia financiera de su grupo familiar y de elegir en muchos casos entre calidad de vida o formar una familia. Teniendo así un descreimiento en la capacidad de la política en generar un proyecto de vida a futuro que mejore su vida.

Esta circunstancia generó una situación de apatía donde no había un convencimiento realmente relevante donde mayormente se pasaba de un partido político clásico a su antagonista y viceversa. Frente a este sentimiento las narrativas de la nueva derecha llegan a romper lo establecido, dando ahora un ideal trascendental que le otorga un sentido a la vida no solo individual sino comunitario. Establece mediante cierta gramática política, que definiremos en el apartado 4, un universo de antagonismo claro, de buenos vs. malos fácil de digerir y de integrarse en una narrativa que incluye a sectores frustrados dentro de la sociedad. Así dan lo que parte de la sociedad pedía, un ideal, un proyecto político que sea trascendente más que un simple paliativo a una situación económica determinada.

4. La necesidad de un relato identitario. El hallazgo de la alt-right

La disolución de los grandes relatos no genera, como podría esperarse desde una lectura optimista, una multiplicación de subjetividades reflexivas capaces de construir sus propios marcos normativos. Para una parte significativa de la población genera en cambio una insoportable sensación de arbitrariedad: si no hay valores objetivos, si todo es relativo, si ninguna forma de vida es superior a otra, entonces la propia identidad pierde sustancia. La tolerancia posmoderna, celebrada por la filosofía de la alteridad como apertura y reconocimiento de la diferencia, es vivida por estos sectores como una forma de humillación, de naufragio o de negación de lo propio.

Este vacío identitario no es solo cultural, sino que tiene una base material que Bourdieu (1998) había anticipado al describir el neoliberalismo, corriente económico-política que se da en la posmodernidad, como la desaparición progresiva de los universos autónomos de producción cultural –cine, televisión, etc.–, por la imposición intrusiva de los valores comerciales, y sobre todo la destrucción de todas las instancias colectivas capaces de contrapesar los efectos de la máquina infernal.

Al disolver los lazos de solidaridad orgánica –sindicatos, comunidades locales, culturas del trabajo, sistemas de protección social–, el neoliberalismo produce individuos atomizados que deben enfrentarse en soledad a la competencia generalizada. Esta atomización no elimina la necesidad de pertenencia y comunidad; la desplaza hacia otras formas de identificación colectiva, frecuentemente de carácter étnico, nacional o religioso.

Es sobre este terreno –el del vacío axiológico posmoderno sumado a la atomización material del neoliberalismo– donde las nuevas derechas, también llamadas alt-right o derechas radicales, encuentran su oportunidad. Se trata de un grupo de partidos políticos bastante heterogéneo respecto considerando las medidas económicas que toman, pero que sí podemos conectar por haber desarrollado una gramática política común que trasciende los contextos nacionales específicos: la narrativa del pueblo trabajador traicionado por las élites, la construcción del periodismo crítico como fake news o prensa enemiga, la apelación a una masculinidad en crisis, la instrumentalización de la religión como marcador identitario más que como práctica espiritual, y la centralidad de las redes sociales como espacio de organización y movilización. Esta gramática común permite que el discurso de odio viaje entre contextos muy diferentes manteniendo su eficacia: lo que funciona en los Estados Unidos podría adaptarse con pocas modificaciones a la Argentina, Brasil, Chile o Hungría.

Esta gramática política común no es un mero estilo retórico: en la medida en que orienta qué problemas se vuelven visibles para el Estado y la sociedad, y quiénes son señalados como responsables de resolverlos, el discurso presidencial, donde la misma se plasma, funciona como una forma de poder simbólico. Como sostiene Bourdieu (1985), quien pronuncia estas palabras no lo hace a título personal, sino como portavoz autorizado que concentra el capital simbólico del grupo que le otorgó ese mandato. Esta dimensión –el discurso como política pública– será retomada con mayor detalle en el apartado 7, pero conviene introducirla aquí porque es la que permite entender por qué la gramática común de la nueva derecha no se limita a un fenómeno cultural o electoral, sino que tiene consecuencias directas sobre la agenda estatal.

Así definido, este movimiento ha construido una de las redes transnacionales más efectivas de la política contemporánea. La coincidencia entre Steve Bannon y referentes de la nueva derecha como Agustín Laje, Santiago Abascal o Eduardo Bolsonaro parecería que no es accidental sino que probablemente responda a una arquitectura deliberada de coordinación ideológica y estratégica que utiliza las herramientas tecnológicas para crear comunidades digitales férreas: redes sociales, plataformas de streaming, foros digitales y think tanks transnacionales.

La identidad que proponen estos movimientos es, paradójicamente, reactiva: se define menos por sus contenidos positivos que por su oposición a lo que amenaza. Según Parodi, Cuesta y Wegelin (2022), ante lo desconocido “se construye un sujeto otro cargado de prejuicios preexistentes que saturan el sentido” (p. 20). La heterosexualidad, el occidentalismo, el cristianismo cultural y la masculinidad tradicional no son reivindicados en estos discursos como particularidades que merecen respeto dentro de un pluralismo general, sino como verdades universales que han sido marginadas por una élite cosmopolita, culturalmente marxista o globalmente conspirativa. Esta lógica queda ilustrada en el siguiente pasaje de Agustín Laje y Nicolás Márquez (2016):

Estos grupos de izquierda que en el afán de reclutarlo lo ensalzan, lo contienen, le presentan a otros reclutas en su misma situación, y los titiriteros que lo captan le dicen al joven homosexual que sus insatisfacciones no son consecuencia de su contrariada tendencia sino que él es “víctima” de un patrimonio cultural opresor. ¿Y cuáles son esas instituciones opresivas? La Iglesia, la familia y la tradición: o sea, “casualmente”, los pilares de la civilización occidental que la izquierda siempre ha pretendido destruir. (p. 17)

Lo que la alt-right ofrece, en definitiva, es precisamente lo que el nihilismo posmoderno quita: certeza, comunidad, sentido, jerarquía. Cómo esa oferta se articula concretamente en una narrativa de pasado perdido y futuro a recuperar, y de qué modo el odio hacia el antagonista se legitima moralmente como respuesta defensiva, es lo que desarrollaremos en los apartados 5 y 6.

5. La importancia de la narración histórica en la nueva derecha

La diferencia discursiva más significativa entre la nueva derecha y los movimientos totalitarios del siglo XX no reside en la intensidad de su odio, sino en la orientación temporal de su narrativa política. El fascismo histórico, pese a sus numerosas apelaciones a la Roma imperial o a la Germania tribal, era fundamentalmente futurista: Mussolini reivindicaba la modernidad, la velocidad, la guerra como forma de regeneración y la construcción de un hombre nuevo radicalmente diferente al hombre burgués. El nazismo también proyectaba hacia el futuro su promesa de un Tercer Reich milenario, una raza purificada y un espacio vital conquistado. Estos proyectos eran utopías perversas, pero utopías al fin: prometían un nuevo comienzo, un Aufbruch, un futuro inédito construido mediante la violencia redentora.3

La nueva derecha, en cambio, no es utópica sino nostálgica. Sus narrativas no apuntan hacia un futuro nunca visto sino hacia un pasado idealizado que habría sido destruido por las fuerzas del progresismo, el feminismo, el multiculturalismo y el marxismo cultural. Make America Great Again (MAGA, “Hacer a EE.UU. Grande Nuevamente” en español), el eslogan que sintetizó con extraordinaria economía el proyecto de Trump, es en este sentido perfectamente representativo: no promete un futuro mejor sino la restauración de una grandeza pasada. La pregunta que inevitablemente emerge –¿Cuándo fue grande Estados Unidos, exactamente?– tiene respuestas distintas según el interlocutor, pero todas apuntan hacia una época anterior a los grandes movimientos de derechos civiles, la diversidad sexual, la inmigración masiva y el feminismo. El gran pasado es, en la mayoría de los casos, el mundo de la supremacía blanca, la familia patriarcal y la homogeneidad cultural, aunque rara vez se enuncie con esa claridad.

La nostalgia política ha sido analizada por Svetlana Boym (2007) como una forma específica de temporalidad característica de las sociedades que han experimentado transformaciones disruptivas. Boym distingue entre una nostalgia reflexiva, capaz de reconocer la dimensión imaginaria del pasado añorado, y una nostalgia restaurativa, que pretende recuperar el pasado tal como fue, rechazando cualquier mediación crítica.

La nostalgia restaurativa conoce dos tramas principales: la restauración de los orígenes y la teoría conspirativa. La cosmovisión conspirativa refleja una nostalgia por una cosmología trascendental y una concepción premoderna simple del bien y el mal. Esta cosmovisión se basa en una única trama transhistórica, una batalla maniquea entre el bien y el mal, y la inevitable elección de un chivo expiatorio en la figura del enemigo mítico. La ambivalencia, la complejidad de la historia, la variedad de evidencia contradictoria y la especificidad de las circunstancias modernas quedan así borradas, y la historia moderna es vista como el cumplimiento de una profecía antigua. Los adherentes a las teorías conspirativas extremistas imaginan que el “hogar” está permanentemente sitiado, requiriendo defensa contra el enemigo que conspira. (Boym, 2007, p. 13, traducción propia)

La nostalgia de la alt-right es claramente restaurativa: no se trata de elaborar melancólicamente una pérdida sino de revertir activamente un proceso histórico percibido como destrucción. Esta orientación restaurativa convierte la nostalgia en combustible para la acción política y, en sus versiones más radicales, para la violencia.

El mito del pasado glorioso cumple varias funciones políticas simultáneas. En primer lugar, organiza la identidad colectiva en torno a una herencia compartida que da sentido y dignidad a los miembros del grupo. En segundo lugar, explica el presente como resultado de una conspiración o traición: si el mundo era mejor antes, alguien debe ser responsable del deterioro. En tercer lugar, proporciona una orientación normativa: lo correcto es lo que se hacía entonces, lo desviado es lo que se ha introducido posteriormente. Esta estructura narrativa tripartita –paraíso perdido, caída provocada, restauración necesaria– tiene una eficacia movilizadora enorme porque articula coherentemente el resentimiento individual con un proyecto político colectivo. Esta lógica queda ilustrada en el discurso de asunción de Milei:

Para principios de siglo XX éramos el faro de luz de Occidente. Nuestras costas recibían con brazos abiertos a millones de inmigrantes que se escapaban de una Europa devastada en búsqueda de un horizonte de progreso. Lamentablemente, nuestra dirigencia decidió abandonar el modelo que nos había hecho ricos y abrazó las ideas empobrecedoras del colectivismo. Durante más de 100 años, los políticos han insistido en defender un modelo que lo único que genera es pobreza, estancamiento y miseria, un modelo que considera que los ciudadanos estamos para servir a la política y no que la política existe para servir a los ciudadanos. (Milei, 2023a, párr. 9)

Vale la pena señalar aquí que la eficacia de la nostalgia política no depende de la exactitud histórica de la imagen del pasado que construye. El pasado al que apelan los discursos de la alt-right es invariablemente una construcción mítica que selecciona, idealiza y amplifica ciertos elementos mientras silencia otros. La América grande de Trump borra la segregación racial, la pobreza masiva y la exclusión de las mujeres del espacio público. La Argentina del orden y la disciplina que invoca Milei olvida las dictaduras, la desigualdad y la violencia política. Estos olvidos no son accidentales sino constitutivos: el mito del pasado glorioso requiere la amnesia selectiva como condición de posibilidad.

6. El enemigo está en casa: la construcción del antagonista político

Una de las contribuciones más perniciosas de la nueva derecha es la legitimación pública del odio a través de la construcción del enemigo interno. En la tradición democrática liberal, la noción de ciudadanía implica la igualdad formal de todos los miembros de la comunidad política, independientemente de su posición en el conflicto político. El adversario es un ciudadano con quien se discrepa, no un enemigo que amenaza la existencia del cuerpo social. Lo particular de los movimientos de alt-right como vimos es que el enemigo ya no es necesariamente un otro que nos amenaza de manera bélica, sino quienes difieren en su elección de valores. Se postula la construcción de la identidad ahora frente a la amenaza de un otro distinto. Esta es la dimensión que los discursos de derecha radical explotan bien, ya que en la crisis de identidad, de valores que le den sentido a la vida, poder darle identidad a la subjetividad propia mediante un nosotros y ellos es sumamente efectivo para la filiación política.

Esta distinción moral entre los buenos y quienes son acusados de ser los culpables de la degradación de la sociedad se ha instalado en el corazón del discurso democrático, con consecuencias profundamente desestabilizadoras. Milei la expresa sin eufemismos: “Esto demuestra no solo la superioridad de nuestras políticas, sino que además el principio de revelación nos muestra quiénes son los enemigos de los argentinos” (Milei, 2026a, párr. 107). En el discurso de Trump, el enemigo interno ha adoptado sucesivas formas: los inmigrantes ilegales presentados como criminales e invasores, los demócratas tratados como agentes de un complot globalista, los periodistas se muestran como enemigos del pueblo, las minorías que reclaman derechos como atacantes de los verdaderos americanos. Cada una de estas construcciones del enemigo cumple la misma función: deslegitimar la oposición, homogeneizar al grupo propio bajo la amenaza de un otro amenazante y elevar el umbral de lo que es aceptable decir y hacer en el espacio público.

Este ataque a nuestra libertad, a nuestra magnífica libertad, debe detenerse, y se detendrá muy pronto. Desenmascaramos este peligroso movimiento, protegeremos a los niños de nuestra nación de este ataque radical y preservaremos nuestro amado estilo de vida estadounidense. En nuestras escuelas, en nuestros medios de comunicación, incluso en las salas de juntas de nuestras empresas, existe un nuevo fascismo de extrema izquierda que exige lealtad absoluta. Si no hablas su idioma, no realizas sus rituales, no recitas sus mantras ni sigues sus mandamientos, serás censurado, desterrado, incluido en listas negras, perseguido y castigado. Eso no nos sucederá a nosotros. (Trump, 2020, párr. 8, traducción propia)

Lo que estos dos casos ilustran con particular claridad es el efecto de contagio que la legitimación pública del odio produce sobre el espacio discursivo en su conjunto. Cuando el presidente de una nación designa a sus adversarios como enemigos, los llama delincuentes o celebra actos de violencia contra ellos, está modificando las normas implícitas que regulan el discurso público: lo que era inaceptable se vuelve aceptable, lo que era marginal se vuelve central, lo que era vergonzoso se vuelve motivo de orgullo. Este proceso de normalización del odio es quizás el daño más duradero que estos liderazgos infligen a las democracias: no tanto las políticas específicas que implementan como el cambio en la cultura política que producen, el cual persiste mucho más allá de su eventual salida del poder.

En este trabajo, como mencionamos previamente, entendemos los discursos presidenciales como una forma de política pública. El modo en que el presidente nombra los problemas sociales no es un acto meramente descriptivo: es un acto de poder simbólico que orienta la creación de antagonismo dentro la sociedad.

Cuando el discurso presidencial insiste en términos como “seguridad”, “corrupción” o “ciudadanos de bien”, esos temas tienden a ocupar el centro de la agenda política y mediática, definiendo implícitamente quiénes merecen protección legal y quiénes son señalados como responsables de la situación de degradación actual.

Todo eso cambió cuando llegó el kirchnerismo y la supuesta justicia social. Unas décadas después, la realidad es diametralmente opuesta: cae la tarde y las calles quedan desiertas, son tierra de nadie con los delincuentes circulando en busca de víctimas y la gente de bien encerrada. Y los pocos que regresan a sus casas a esas horas ruegan no volverse una gota más del baño de sangre en el que ha convertido la provincia todos estos años de peronismo, y muy especialmente el enano soviético de Kicillof. (Milei, 2025, párr. 10)

El discurso no solo busca describir la realidad: la interpreta y la organiza simbólicamente. Al definir quiénes son los “enemigos”, los “aliados”, las “víctimas” o los “responsables”, el presidente contribuye a moldear la percepción pública de los problemas sociales y a legitimar –o deslegitimar– a determinados actores políticos y sociales.

Trataremos de ver ahora por qué generan tanta adhesión en la actualidad. Ya vimos en este trabajo que la nostalgia restaurativa maneja una dicotomía de bien y mal que permite distinguir quién soy y quiénes mis enemigos, quienes amenazan “el hogar”. Ahora agregaremos otro elemento para poder entender que no es solo una emoción negativa la que interviene en la justificación del odio.

La investigadora Sara Ahmed (2015) ha señalado que en los discursos de este tipo la justificación del odio no es simplemente una emoción que los individuos experimentan en soledad, sino que siempre viene en relación a un amor que se justifica como lo principal. El otro es visto como aquel que amenaza el objeto de ese amor –la nación, los valores tradicionales, las instituciones como la familia o la Iglesia– y frente a esa afrenta es donde surge el odio, a partir de la lesión que se ha generado. Es por eso que es común en los discursos de odio y las nuevas derechas mencionar la idea de una mayoría silenciosa que debe empezar a hablar respecto de las injusticias que ocurren diariamente. Esto le da validez a los discursos que nos permiten leer al otro como amenaza, porque permite explicar y redirigir el enojo hacia aquellos acusados de ser culpables de nuestra situación; siempre en relación a un amor. Esta emoción circula y habilita una vigilancia sobre quienes se marca como los culpables de la decadencia, como la amenaza para nuestros trabajos, como quienes nos quitan el acceso a la salud y pisotean los valores tradicionales. Como afirma Ahmed:

Lo ordinario se vuelve aquello que ya está amenazado por los otros imaginados, cuya proximidad se vuelve un crimen en contra de la persona y del lugar. Como argumenté en el capítulo anterior, el sujeto ordinario o normativo se reproduce como la parte lesionada; la parte lastimada o incluso dañada por la invasión de los otros. (2015, p. 79)

El odio que los discursos de Trump y Milei ponen en circulación no desaparece cuando termina el discurso o el tweet: se deposita en los cuerpos de quienes lo reciben como hostilidad, en las prácticas cotidianas de quienes lo emiten como permiso para la agresión y en las instituciones como corrosión de los mecanismos de protección de las minorías. Esto es así porque se juega la dimensión de lo “bueno” y lo “malo” visto en la nostalgia restaurativa con la idea de que lo malo atenta contra algo que nos es querido, nuestras costumbres, nuestros valores, nuestro trabajo y por ende la posibilidad de darle futuro a nuestras familias. No es solo un ataque al otro sino una defensa a lo más deseado. Esto hace que se genere una identidad y comunidad férrea basada no en razones o argumentos sino en los sentimientos más potentes que conocemos como el amor y el odio.

Algo relevante que menciona la autora en el funcionamiento de los discursos de odio es que utilizan lo que ella llama palabras pegajosas. Estos son términos que mediante la circulación de los discursos se van adhiriendo a las comunidades sobre las cuales se utilizan para poder darles una identidad en relación a algún calificativo.

La palabra sigue evocando la sensación de que otros nos sobrepasan u ocupan nuestro lugar. La palabra construye a la nación como si fuera un sujeto que no “pudiera sobrellevar” la presencia de los otros. Tales palabras generan efectos: crean impresiones de los otros como aquellos que han invadido el espacio de la nación, amenazando su existencia. (Ahmed, 2015, p. 83)

Comprendemos ahora que la eficacia del odio como política de Estado no reside únicamente en su capacidad de señalar enemigos, sino en la de defender algo amado. Esta doble operación, nombrar la amenaza e invocar el amor que la justifica, es la que atraviesa tanto el discurso de Trump como el de Milei, y sobre la que se apoyará el análisis comparado que desarrollamos en el apartado siguiente, con el cual integraremos todos los conceptos mostrados hasta el momento.

7. Trump y Milei: una gramática política común

Habiendo establecido el yermo fértil que es la posmodernidad para este tipo de discursos y los conceptos que están presentes en la gramática política de la nueva derecha, procederemos a analizar los discursos de Trump y de Milei para poder no solo verla presente de manera transnacional sino para poder comprender como erige un antagonista social y orientan el odio de parte de la sociedad a estos como si fueran un chivo expiatorio para una situación sociopolítica de crisis o decadencia.

Estableceremos el uso de diversas palabras como lenguaje pegajosoal mostrar que relacionarlas con alguien que propone la discusión de una medida económica, política o cultural funciona para tratarlo como interlocutor inválido, y por ende culminando con la posibilidad de un diálogo, como así también para verlo como alguien indigno, vil y que merece ser un receptáculo de emociones negativas por parte de los ciudadanos de bien.

Comenzaremos mostrando los diversos usos que tienen en los discursos de Trump y Milei las palabras y frases “zurdos”, “comunista”, “de izquierda radical”. Estas están presentes en el discurso de ambos presidentes. El argentino la utilizó en La Bolsa de Comercio para explicar quienes fueron los que robaron históricamente a los argentinos.

Nosotros –los liberales– eso lo entendemos, pero los zurdos deben tener algún problema de traducción y creen que es con el sudor de la frente ajena. No, es con la propia, es sin violentar a otros, respetando a otros, es la base del principio de no agresión y vivir de lo que produce uno, no estar parasitando ni robando a otros. (Milei, 2026c, párr. 15)

Trump se despacha también en esta cuestión con el mismo tono: “Feliz Día de los Caídos a todos, incluyendo a la escoria que pasó los últimos cuatro años intentando destruir nuestro país con sus mentes izquierdistas radicales y retorcidas” (Trump, 2025b, párr 4, traducción propia).

En primer lugar son un mote que tiene la función de ser como un paraguas semántico ya que engloba una gran cantidad de sentidos en los cuales puede ser utilizado (se considera comunista a alguien que aboga por que los ricos paguen mayores impuestos como a quien discute el actuar de ciertos prócer dentro de la historia).

En ambos mandatarios el concepto de “zurdo” o de “comunista radical” no parece referirse a alguien que propone una lectura marxista de la realidad sino a alguien que se plantea que cierta medida o visión respecto de la realidad no es correcta o puede abordarse de otra manera. Esto es lo que Ahmed denomina palabras pegajosas como vimos previamente, adhiriéndose efectivamente a cierto grupo o persona y mediante la circulación de la misma cada vez más se piensa el concepto en relación con este antagonista. Este concepto genera la delimitación de un antagonista dentro de la sociedad y un peligro a ser tratado.

Las ideas no son abstractas, las ideas tienen consecuencias reales en la vida de las personas. Cuando una sociedad elige la libertad, las cosas mejoran; lo estamos viendo en Argentina. Cuando una sociedad elige el socialismo, las cosas empeoran: lo vimos en la Unión Soviética, lo vemos en Cuba, lo vemos en Venezuela, lo vimos nosotros durante 100 años de decadencia progresiva en la Argentina. (Milei, 2026c, párr. 30)

La erradicación de los “zurdos” es una de las principales tareas de ambos gobiernos, esto es así porque son los “zurdos empobrecedores” quienes nos han llevado a la situación de calamidad económica y para Trump los “zurdos radicales” quienes buscan trastocar a los niños de la nación norteamericana de sus valores tradicionales para hacerles odiar los pilares de esa nación (la familia y el amor por la patria, por ejemplo).

Y tenemos un sistema educativo que enseña a nuestros hijos a avergonzarse de sí mismos; en muchos casos, a odiar a nuestro país a pesar del amor que intentamos brindarles con tanta desesperación. Todo esto cambiará a partir de hoy, y cambiará muy rápidamente. (Trump, 2025c, párr. 14, traducción propia)

Aquí vemos como se nota la justificación del odio para proteger algo querido por la sociedad (los niños, la estabilidad económica tan compleja de tener en Argentina) Generando así una fuerte identidad a la vez que se crea un antagonista. Se le da un sentido a nuestra participación política, es el voto, la militancia, el apoyo de estas nuevas derechas lo que va a evitar que el enemigo interno, el zurdo que está presente en la facultad, en el trabajo en su rol como sindicalista, el investigador de ciencias sociales, no corrompa a la juventud y nos arrebate mediante medidas económicas el bienestar futuro.

El segundo concepto presente en esta gramática política es el de la nostalgia restaurativa. Habiendo visto su definición la podemos notar en primer lugar de manera muy marcada en el lema de Trump: MAGA. La idea de que hubo un estadío de bonanza y grandeza al cual se debe volver. Esta narrativa establece tres momentos bien marcados: un inicio de desarrollo, cuando los valores estaban bien marcados, un segundo de declive que sacó a la sociedad de esa senda y un tercero en el cual se vuelve a la senda del bien mediante acciones concretas que alejen, castiguen a quienes nos apartaron y poder volver a continuar el camino correcto.

A partir de hoy, nuestro país florecerá y volverá a ser respetado en todo el mundo. Seremos la envidia de todas las naciones y no permitiremos que se aprovechen de nosotros... Durante muchos años, una élite radical y corrupta ha extraído poder y riqueza de nuestros ciudadanos mientras los pilares de nuestra sociedad yacían rotos y aparentemente en completo deterioro… Mi reciente elección es un mandato para revertir por completo una horrible traición y todas las demás que han ocurrido, y para devolverle al pueblo su fe, su riqueza, su democracia y, de hecho, su libertad. (Trump, 2025a, párr. 2, traducción propia)

En Trump quienes nos apartaron de la prosperidad fueron los zurdos radicales de las universidades que cooptaron a la juventud y los políticos que dejaron que EE.UU. se volviera el hazmereir de las naciones, permitiendo que los trabajadores norteamericanos perdieran sus puestos frente a los inmigrantes ilegales y por ende las calles se volvieron un baño de sangre.

Su anterior gobernador fue un desastre. También es una persona de izquierda radical, por cierto. Es de izquierda radical. No lo quieren. No los representa. Solo, y miren la delincuencia. Miren lo que está pasando con toda la delincuencia aquí. Los degollamientos y esas cosas. (Trump, 2025c, párr. 7, traducción propia)

En Milei la lógica es similar, se parte de la hipótesis de que la Argentina del siglo XIX era un país con la misma capacidad de Australia y cercana a las potencias europeas pero luego, por la llegada del peronismo, asociado con la corrupción y la “basura zurda de la justicia social”, la Argentina entró en una senda de decaimiento de la cual nunca se pudo liberar y permitió que llegue a un estadío de delincuencia, inmigracion limítrofe irrestricta y decadencia.

Espero que puedan pasarlo en compañía de su familia y sus seres queridos. Este puede ser el año en que demos vuelta un siglo de fracasos; este puede ser el año en el que dejemos atrás el modelo colectivista, que nos hizo pobres y abracemos –nuevamente– el modelo de la libertad, que nos hizo el país más rico del mundo. (Milei, 2023b, párr. 10)

Vemos entonces que no solo restaura un pasado dorado, sino que activa la otra cara de la nostalgia restaurativa que señalaba Boym: la idea del “hogar bajo asedio”, donde la izquierda radical, el extranjero, el político de signo contrario a los líderes y los zurdos empobrecedores encarnan al otro que amenaza el espacio nacional desde adentro.

En ambos podemos notar un elemento en relación con la idea de ética maniquea de bien y mal que le da una efectividad a los discursos que es la idea del líder ajeno al periodo de decadencia, el outsider. Por eso se valora que ambos líderes vengan por fuera del sistema político tradicional, ya que no pertenecen a quienes se marca como los culpables de la desgracia.

Esta gramática presente en los discursos se plasma en políticas públicas que afectan directamente a sectores de la población. En el caso de Trump, la identificación de la izquierda radical como amenaza permitió justificar la designación de ICE como grupo de control (con varios casos de violencia extrema e incluso muerte) para los extranjeros ilegales y el lanzamiento de una campaña internacional contra el extremismo de izquierda, con sanciones financieras y restricciones de ingreso. En el caso de Milei, la construcción del “zurdo” y la “casta” como enemigos del pueblo legitimó despidos masivos en el sector público sin importar calificación o desempeño, la negativa a aplicar el financiamiento universitario sancionado por el Congreso, y el desfinanciamiento del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) en un 45%, justificado en que en las universidades y organismos de investigación habían terroristas disfrazados de estudiantes, profesores e investigadores.

8. Conclusión

Hemos, a lo largo de este trabajo, analizado los elementos que interactúan dentro y fuera de la gramática política de la nueva derecha para poder pensar algunas razones de su eficacia. Le dimos importancia a los discursos de los presidentes porque entendemos la importancia que lleva su palabra: no es una simple cuestión de forma cómo habla un mandatario, sino que constituye la producción de un antagonista. Una de las cuestiones que queda como pregunta es qué hacer respecto a esta nueva manera de hacer política. Apelar a utilizar al otro como un chivo expiatorio dentro de una lógica maniquea es algo que probó ser efectivo no solo por las victorias de Trump y Milei, sino por cómo permitió que estas figuras ganen protagonismo en sus respectivos países. ¿Esta lógica nociva pero efectiva puede ser reemplazada por una más sana para la convivencia democrática? ¿En la época de la inmediatez y el formato breve, los recintos democráticos sucumben también a esta lógica, o se pueden mantener ajenos para lograr un intercambio democrático fructífero? Es una preocupación ver cómo la idea del diálogo se corre para dejar paso a la dinámica de las redes sociales, donde lo importante no es tener razón ni llegar a un acuerdo, sino bastardear y convertir al otro en un meme. Esta es una de las preocupaciones que nos quedan, y esperamos que se desarrollen mecánicas propias para evitar caer en una guerra de nosotros vs. ellos en el interior de las sociedades democráticas del siglo XXI.

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Notas

1 Entendemos en el presente trabajo las definiciones de posmodernidad y de modernidad líquida como lecturas convergentes de un mismo fenómeno.
2 Podemos ver que en Argentina desde 1983 al 2025 hay una tendencia lenta pero constante que genera que el promedio de población que participa en la votación general vaya pasando del 85% al 67% (Observatorio Político Electoral, 2026).

Notas de autor

* Facundo Tavolaro es Profesor de Filosofía y Maestrando en Filosofía Política por la Universidad Nacional de Quilmes (UNQ). Se desempeña como docente de nivel terciario en el sistema de formación docente, donde enseña filosofía y sus dimensiones ético-políticas aplicadas a la práctica de enseñanza. Su investigación de tesis se orienta a la circulación del odio dentro de la discusión pública, en particular su función como tecnología política en la conformación de comunidades y adversidades discursivas. Sus líneas de trabajo se extienden a la alt-right como fenómeno ideológico contemporáneo, la construcción de subjetividades digitales y narrativas, los consumos culturales y el nihilismo, en diálogo con perspectivas provenientes de la filosofía política, la teoría social y los estudios culturales. Participa regularmente en congresos de filosofía y literatura, donde socializa avances de investigación y establece vínculos con comunidades académicas afines.
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