Artículos

El Salvador entre 1969 y 1999: dialéctica de tres décadas históricas

El Salvador from 1969 to 1999: The Dialectic of Three Historical Decades

Ricardo Ribera 1
Universidad Centroamericana José Simeón Cañas, El Salvador

Realidad, Revista de Ciencias Sociales y Humanidades

Universidad Centroamericana José Simeón Cañas, El Salvador

ISSN: 1991-3516

ISSN-e: 2520-0526

Periodicidad: Semestral

núm. 139, 2014

realidad.director@uca.edu.sv



DOI: https://doi.org/0.5377/realidad.v0i139.3399

Resumen: En este trabajo presento y analizo la evolución histórica del proceso salvadoreño a lo largo de tres décadas, desde 1969 hasta 1999. Utilizo la metodología dialéctica, en la forma como la había presentado en un artículo que publiqué anteriormente en esta misma revista.1 En el mismo definía signo de los tiempos como “el movimiento dialéctico que se establece por la interacción y relación dialéctica entre las diversas dinámicas históricas”. Mientras que dinámica histórica “es el movimiento del conjunto de iniciativas, actuaciones y hechos generados por los actores políticos y por los sujetos históricos en un ámbito concreto de la actividad”. En concreto, le doy seguimiento a la interacción de cinco dinámicas. Estas son: económica, social, política, ideológica y militar.

La metodología que empleo permite caracterizar las grandes etapas del proceso que, es el caso, coinciden con décadas históricas. También la lógica con la que el proceso avanza de una etapa a la siguiente. Presento a continuación el desglose del período del conflicto armado en cinco fases: desde la de guerra irregular hasta la de posguerra, pasando por la guerra total, la guerra integral y la guerra con negociación. En esencia, el proceso ha logrado superar la guerra y concretar su negación dialéctica, la paz. La misma lógica impera más allá de la posguerra, permitiendo proyectar el análisis más allá incluso de las elecciones de 1994 y de las de 1999. Ello me induce a incluir una cuarta década, hasta el 2009, fecha en que considero queda concluida la transición.

El análisis dialéctico de la década de los años sesenta en El Salvador2 mostraba el papel del signo de los tiempos, por un lado marcando el significado del período, por el otro indicando su evolución y cambio hacia la etapa siguiente. La dinámica política jugando el papel de factor determinante había condicionado que la dinámica económica se situara en el rol de factor dominante. La etapa aparecía así caracterizada por dicha dominación de lo económico, un tiempo cargado de esperanzas en que el esfuerzo industrializador pudiera rescatar al país de la crisis del modelo agroexportador centrado en el café y sustentar con solidez la apertura política en dirección a la democratización del régimen. Pero la relación dialéctica entre las dos dinámicas históricas señaladas desarrollaba la contradicción entre ellas, lo que producía la aparición de una tercera dinámica en el rol de “resultante” o, si se quiere, de “negación de la negación”. Esta era la dinámica social que, con el contenido de la alta conflictividad social, venía a refutar la inicial relación armónica de las dos primeras y a negar asimismo la viabilidad de la segunda en tanto negación de la primera.

Década de los 60´
Figura 1
Década de los 60´

Dicha dinámica social, configurada en la tríada dialéctica como el momento síntesis o resultado del período, era, en cuanto negación de la negación, el germen de una nueva afirmación que deberá ser negada más adelante en el movimiento dialéctico de avance y de cambio del signo de los tiempos. La figura que le corresponde es el triángulo invertido: la base arriba y el vértice, dinámica resultante, colocado en la parte inferior de la figura.

Pues bien, la década siguiente tiene que arrancar desde la dinámica social que juega ahora el papel de afirmación o, en nuestro marco teórico, como factor determinante que determina cuál será la dinámica dominante. En la etapa que corresponde a los años setenta, esta será la dinámica política. La resultante será la dinámica ideológica.

Década de los 70'
Figura 2
Década de los 70'

La lectura sintética que hacemos de los setenta es que fue la década dominada por la “sobre-politización” de la población, la cual derivó —a medida avanzaba la etapa— en la “sobreideologización” del pueblo salvadoreño. Esta se refleja en el dogmatismo y en un mayor fanatismo, a la vez que se recurre cada vez con más frecuencia a la violencia. Es la espiral que condujo fatalmente hacia la guerra civil. Si primero la dinámica política dominante determinó la polarización, más adelante favoreció la atomización política.

Llegados a la etapa siguiente, la década de los ochenta, la del conflicto armado y la guerra civil, aparecerá lógicamente la dinámica militar como dominante del período. Ha sido llevada ahí por la sobre-ideologización que generó la militarización de la política. Sin embargo, la guerra demostrará en su desarrollo que no es un fenómeno estrictamente militar: su esencia es política. Entrará a una fase de politización de la guerra, donde lo político pasa a ser lo decisivo, lo cual favorecerá después la salida política negociada. La figura que muestra el signo de los tiempos en esta etapa es la siguiente:

Década de los 80'
Figura 3
Década de los 80'

De la larga fase de guerra integral buscando el desenlace, se llegará al momento de mayor tensionamiento militar, con la ofensiva “hasta el tope” de noviembre de 1989 y, sin más, al salto dialéctico de la apertura de la negociación mientras la guerra prosigue: es la fase de “guerra con negociación”. Se concretará, durante los dos años que dura la misma, la inversión dialéctica en la voluntad de las partes beligerantes, de modo que la guerra se negará a sí misma. De la guerra brotará la paz como el grano germinado que ahonda su raíz en tierra, mientras impulsa el brote a la luz y al aire. Semejante a la planta, también el movimiento propio de la guerra hace aparecer finalmente este otro avance en sentido contrario.

La posguerra con que inicia la transición democrática y que es, simultáneamente, la última de las fases de la guerra, muestra como dinámica dominante lo ideológico, pues es la transformación de las conciencias, en especial de los bandos contendientes, central en el período y determinante para hacer posible la ”paz firme y duradera" a que ambos se comprometen, ante el otro, ante sí mismos y ante el mundo.

Década de los 90'
Figura 4
Década de los 90'

La transformación ideológica que permite hacer la lectura de que la mal calificada ”guerra inútil" no solo es la que ha generado la paz y posibilitado la democracia, también es la clave para entender la transformación genuina y profunda de los actores principales. Hemos dicho: “Tratando de transformar el país, en realidad se transformaron a sí mismos". Lo cual no es poca cosa, cabe añadir enseguida. Tanto el FMLN como ARENA salen de la guerra profundamente cambiados. Asimismo los demás actores, no solo partidos políticos, sino otras instituciones de fuerte protagonismo histórico como la Iglesia, la Fuerza Armada y la ANEP, entre otros de relevancia (sindicatos y asociaciones de empleados, colegios de profesionales y universidades, etc.). La nación aparece transformada en la medida que lo han sido ideológicamente esa serie de actores y, en menor medida, el sujeto histórico.

Secuencia de las tres décadas
Figura 5
Secuencia de las tres décadas

Aquí podemos observar cómo el signo de los tiempos, identificado con cada una de las dinámicas dominantes, caracteriza a cada una de las décadas que constituyen etapas del proceso histórico salvadoreño, mientras el factor determinante es relevante solo en la medida que determina al dominante. Así, al final de la secuencia, la económica es la dinámica resultante y determinará cuál domina la posguerra y el inicio de la transición.

Cada una de las décadas constituye una etapa del proceso histórico, lo que es una amabilidad inesperada de la historia hacia los historiadores, pues simplifica la exposición y presentación de nuestros análisis. Los años terminados en nueve funcionan en este caso cual mojones que marcan la imaginaria frontera entre cada período y el siguiente. La guerra con Honduras de 1969 se constituye así en arranque de nuestra periodización e inicio de la década de los años setenta. Igual papel jugará al final de este período el Golpe de Estado de octubre de 1979, que nos instala en la década de los ochenta, la década de la guerra. La ofensiva de noviembre de 1989 será la que lance al proceso al salto cualitativo de la negociación y de los Acuerdos de Paz que marcarán la década de los noventa, en la que tiene lugar la posguerra e inicia la transición democrática. Incluso podría ser prolongada la secuencia tomando en cuenta 1999 como divisor entre primera y segunda parte de la transición, mientras 2009 significaría su culminación y final, con la alternancia y la entrada en una etapa histórica de “normalización democrática”, si se nos permite valorar hacia delante las actuales tendencias históricas.

En la medida que el proceso salvadoreño muestra su naturaleza dialéctica, también podremos señalar que cada una de las tres décadas —que significan etapas del mismo— se constituye en negación de la anterior. El proceso avanza dialécticamente, y por lo tanto lo hace en un movimiento regido por la negatividad. Es la negación la que distingue una etapa de la siguiente. Así, podemos interpretar que la década de los setenta se configura, con su dominancia regida por lo político, como la réplica y negación de lo que ha sido la década de los sesenta. La misma estuvo dominada por lo económico, por los optimistas pronósticos que la integración del mercado común centroamericano, la industrialización y la estrategia de sustitución de importaciones permitían albergar, en el marco de la teoría de la dependencia y del desarrollismo imperante en la época. Se auguraba un desarrollo que permitiera despegar a la nación como un todo, y hacerlo en condiciones de apertura política y tolerancia hacia la oposición. A partir de la guerra entre El Salvador y Honduras, más adelante confirmada con el fraude electoral de 1972, la tendencia dominante será la frustración de aquellas expectativas favorables y, al contrario, el endurecimiento represivo de la dictadura en involución hacia el terrorismo de Estado, mientras el modelo económico —que fue imposible reemplazar— se sumía en una grave crisis de sostenibilidad. Dominante será, a lo largo de la década, la dinámica política, por la que se da una politización exagerada de la población con rasgos, primero, de polarización en dos bloques y, en una segunda fase, de fragmentación en múltiples siglas, marcadas por su ideologización.

La década de los ochenta aparece, por un lado, como consecuencia lógica de la acumulación histórica anterior, desde la conflictividad social que arrancó en torno a 1967 y 1968, a la creciente politización con la conformación de la Unión Nacional Opositora (UNO) y su victoria electoral arrebatada en dos comicios presidenciales consecutivos, en 1972 y nuevamente en 1977. Asimismo, desde la ideologización que la acompañó, pulverizando la unidad de los dos bloques (oficialista y opositor) en favor de distintas opciones político-ideológicas que se excluían unas a otras, cada vez más violenta e irracionalmente. Mas el conflicto armado no es solo consecuencia y continuación de tales tendencias, representa asimismo un momento de ruptura con el pasado inmediato, de salto cualitativo a otra fase del proceso, de negación de dicho legado que ya dio de sí todo lo que podía dar. Como expresión máxima de la “militarización de la política" representa el fracaso de la misma, no hay posibilidad de construir consensos, ni de manifestar la voluntad de las mayorías: se buscará ahora imponer por la fuerza la correlación alcanzada. La idea central pasa a ser “vencer”, sustituyendo la búsqueda del “convencer” propio de la esencia de la política. La dictadura, llevada al límite, se transforma en terrorismo abierto; la incapacidad estatal de contener la protesta se transforma en actividad escuadronera. La oposición pierde su unidad anterior, cohesionada por un eje programático como ”unidad de propósito” y pasa a ser “unidad de acción”: en concreto, se pierde la alianza de la UNO, sustituida por la del FMLN desde el terreno común de la lucha armada. Es el medio más que el fin lo que constituye la médula de la nueva oposición bajo la forma de insurgencia efemelenista. La “politización de la guerra” viene a negar su etapa anterior y apunta a su culminación.

Todo lo que la década guerrerista tiene de negación respecto la anterior década de paz, de la falsa paz de la dictadura, tendrá que ser negado —a su vez— por medio de la negación de la negación que significa la superación de la guerra. Se recupera la paz que había sido ya negada y que surgirá, en 1992, como negación del conflicto armado. Pero también ha de recuperarse el sentido de la política, del saber buscar coincidencias, del sumar voluntades, que se ha perdido en la verticalidad y autoritarismo voluntarista de lo bélico y que vuelve a ser básico, no solo como norma de convivencia nacional, sino como mecanismo mínimo para el buen funcionamiento y la aceptación de las bases políticas. La dominancia de lo ideológico para la década de los noventa no solo ha sido ineludible para el logro de la solución negociada, también lo resulta para el desempeño político de todas las fuerzas que emergen de la guerra depuradas del espíritu militarista.

Primera fase: la guerra irregular
Figura 6
Primera fase: la guerra irregular

La negatividad, como impulso que determina el paso de una etapa a la siguiente, se va a observar con mayor claridad al examinar las etapas que constituyen la historia de la guerra. Tenemos un primer triángulo, con el vértice arriba, significando la dinámica política, que representa la segunda parte del período de los años setenta, aproximadamente es el segundo lustro. En el segundo ángulo está lo ideológico, dominante en este tiempo como refuerzo de la división de la nación en dos que señalaba la dinámica política y a la vez negación de la unidad opositora que se va fraccionando en varias expresiones orgánicas por su definición ideológica (pro-soviética, marxista-leninista, maoísta, trotskista, foquista). Desde 1975, cobran fuerza las organizaciones político-militares (FPL, ERP, RN, PRTC) que fundan y desarrollan sus frentes de masa (FAPU, BPR, LL, LP-28). La creciente confrontación y el terrorismo de Estado de la dictadura (GN, PH, PN y escuadrones de la muerte: Unión Guerrera Blanca, Ejército Secreto Anticomunista, Brigada Maximiliano Hernández Martínez) abocan a que la dinámica resultante sea la militar. Esta etapa es la “guerra irregular”. Ya es guerra y no simple violencia, pues lo cuantitativo se hizo salto cualitativo, pero los bandos aún no están definidos como ejércitos, falta centralidad del mando y no está presente la ciencia militar que define determinadas “leyes de la guerra” y concepciones adecuadas respecto su naturaleza, fines y medios. Todo es todavía muy espontáneo, más regido por el odio y el afán de revancha, como corresponde al carácter dominante de lo ideológico. Es el tiempo del asesinato de monseñor Romero y de no menos de veinte mil víctimas, que arroja al país a la siguiente fase del conflicto armado.

Segunda fase: la guerra total
Figura 7
Segunda fase: la guerra total

En ella hay una regularización de las fuerzas militares en conflicto y, sobre todo, la búsqueda de un desenlace rápido por la vía del aniquilamiento del contrario, que la define como la etapa de la ”guerra total”. Inicia con la llamada “ofensiva final" del recientemente constituido FMLN, en enero de 1981, y culmina tres años más tarde, en enero de 1984, en la preparación de las elecciones presidenciales que ganará Duarte y la implementación de la nueva estrategia ”de baja intensidad" que impone Estados Unidos. Ello obliga al FMLN a adecuar asimismo su estrategia, que hasta entonces también buscaba con operaciones espectaculares y grandes concentraciones de fuerza el desenlace a corto plazo. Mientras ha durado la etapa de “guerra total” ha permitido desarrollar al FMLN como una auténtica fuerza militar cada vez más convencional, con su estado mayor, secciones de logística, de intendencia y cocina, de comunicaciones, etc. Vive cada vez más separada de la masa e imagina el triunfo como resultado de su propio protagonismo y accionar militar.

El sujeto histórico ha tendido a ser sustituido en su protagonismo por los actores políticos, en el caso del FMLN, que se auto concibe como “vanguardia” según el concepto leninista; en cambio, el papel de las masas debería ser el apoyo a la acción insurgente, pues de ella depende el logro de la liberación. Se ha perdido la idea de ser instrumento del pueblo, y la relación aparece invertida. Esto deberá ser corregido al agotarse la fase de “guerra total” y entrarse a la de “guerra integral”. En ella se reconoce la necesidad de recuperar el papel de los sujetos sociales, del sujeto histórico en definitiva, y se recobra el convencimiento de que el futuro de la revolución, la posibilidad del triunfo, dependen esencialmente de la conciencia, voluntad y actividad del pueblo salvadoreño. Su enemigo lo ha definido como el esfuerzo por “ganar la mente y los corazones” de la gente. La insurgencia, con distinto lenguaje, coincide en lo esencial con la idea.

En esta etapa, la más prolongada del conflicto (pues se alargó desde 1984 hasta fines de 1989, prácticamente seis años), lo militar ha cedido su rol dominante a la dinámica política. Expresa que el esfuerzo central ha pasado a ser ganarse el apoyo del pueblo, que es concebido como esencial para el triunfo. A la vez, la victoria sobre el enemigo se mira como el quiebre de su voluntad de lucha, equivale a romper su moral de combate, y ya no se trata de imaginar que se ganará la guerra cuando se haya matado al último enemigo. La idea de que la guerra es la continuación de la política ha calado finalmente en ambos contendientes y condiciona su forma de concebir y dirigir las operaciones.

Tercera fase: guerra integral
Figura 8
Tercera fase: guerra integral

Estados Unidos demostraba haber aprendido de su derrota en Vietnam, y en El Salvador trataba de aplicar las lecciones aprendidas. En primer lugar, una estrategia de contrainsurgencia que ya no se obsesiona en arrebatar a la guerrilla el control del territorio, pues considera que, para ganar, lo esencial es aislarla de las masas. Por lo tanto, las zonas de persistencia insurgente serán castigadas a distancia, con artillería y aviación, sin insistir ya en invadirlas para intentar aniquilar o, al menos, desalojar al FMLN. El esfuerzo principal se hará en las zonas consideradas en disputa, las zonas que son de expansión para la guerrilla. En ellas se impondrá el patrullaje constante, mediante nuevas unidades, los llamados batallones de cazadores, más livianos que los BIRI (batallones de infantería de reacción inmediata) y cuya misión ya no es chocar con el enemigo, sino dificultar sus movimientos, ubicarlo, hostigarlo, hacer que retorne a sus zonas seguras. Las unidades del ejército deberán hacer labor política con la población de tales áreas en disputa, hablar con la gente, ganarse su confianza, tener presencia continuada, hasta lograr que colabore o, por lo menos, que cese su colaboración con los guerrilleros. Las zonas controladas por el Gobierno serían, asimismo, estimuladas en la lealtad política mediante múltiples acciones de atención a las necesidades de la población, desarrollo de infraestructura local, etc. En los planes norteamericanos debía lograrse que la franja central del país, donde están las ciudades principales, vive la mayoría de la población y se ubica el grueso de producción económica, quedara libre de presencia insurgente. Debía calar la idea de que la guerra era lejos, en las montañas, que se podía ”convivir con la guerra", que era solo cuestión de tiempo su final, que la guerrilla estaba aislada y la reactivación económica era posible.

Pronto, la Comandancia del FMLN comprendió los alcances de la estrategia de contrainsurgencia impulsada por el imperialismo (desde inicios de 1984) y su peligrosidad. Si no daba un giro a su propia estrategia, podía caer en un progresivo aislamiento que determinaría fatalmente su derrota final. Su enemigo, con toda la disponibilidad de medios de guerra y poder de fuego, más su experiencia, capacidad e inteligencia, apostaba a una guerra de desgaste. Renunciaba a buscar el triunfo inmediato a favor de la victoria segura, aunque a mediano plazo. Era un indirecto reconocimiento a la capacidad y fortaleza que las fuerzas rebeldes habían demostrado. Estas enfrentaban ahora un formidable reto. No quedaba otro remedio que aceptar el desafío del alargamiento que significaba el esquema de guerra de desgaste que proponía su oponente. Lo decisivo sería impedir los objetivos de los estrategas del Pentágono e invertirlos al momento de diseñar los propios.

Si el imperialismo se empeñaba en aislarlos en los frentes de guerra, el objetivo del FMLN debía ser todo lo contrario: en vez de dejarse encerrar, “extender la guerra a todo el país". Si el Estado Mayor castrense soñaba con una gran batalla que comprometiera al grueso de las fuerzas insurgentes, impedirlo pasaba por desconcentrar y dislocarlas en pequeñas unidades, volviendo imposible sufrir un revés decisivo. Si el Gobierno pretendía normalizar la vida cotidiana en las ciudades y en el occidente del país, con la propaganda de que “podemos convivir con la guerra”, la guerrilla extendería su accionar a las ciudades y zonas de retaguardia gubernamental, reactivando comandos urbanos y multiplicando las pequeñas acciones de hostigamiento. La insurgencia se haría presente en todas partes, visibilizando la situación de guerra civil, desmintiendo con hechos el optimismo oficial. Si el Gobierno democristiano se empeñaba en la reactivación económica, estratégico sería impedirla con una línea continuada de sabotaje al transporte, a la energía eléctrica y a la producción. Si el presidente Duarte impulsaba una economía de guerra, la respuesta sería ”guerra a la economía". La consigna efemelenista fue desarrollar una “guerra de las pulgas”: estas no matan al elefante, pero pueden volverlo loco (imagen oriental, probablemente vietnamita).

En este marco ha de quedar claro que el paso de la guerra total a la guerra integral no significó menos guerra, sino todo lo contrario: esta se hizo más extensa e intensa, desplegada en los más diversos campos y esferas de la vida social. Iniciaron las rondas de diálogo y se reactivó el movimiento sindical y las luchas de masas, también se agudizó el pulso diplomático. Cada bando intentó quitarle aliados y amigos políticos al otro.

El esquema de guerra de desgaste, asumido por ambas partes beligerantes, tuvo un costo que se haría evidente con el tiempo: en lugar de acercar a la población al apoyo y simpatía con las propias posiciones, la prolongación del conflicto empezó a generar un efecto de “cansancio de la guerra” en la mayoría. Se agudizaba este sentimiento debido a las prácticas cada vez más extendidas, por ambos bandos, de abuso de la población civil, a la que se exigía información “del enemigo”, alimentos, impuesto de guerra, etc. También se volvió frecuente el reclutamiento forzoso de jóvenes adolescentes. Las tácticas bélicas, efectivas en lo militar, tenían graves costos humanos y, por ende, políticos, como el efecto del minado masivo e indiscriminado en zonas rurales frecuentadas por civiles. Ataques en las urbes tampoco solían tomar demasiadas precauciones en no dañar a pobladores y no combatientes, que a menudo se encontraban bajo fuego cruzado. Armamento casero con poca precisión podía servir para aterrorizar al personal de guarniciones militares, pero lo propio hacía con los vecinos de las casas aledañas. Los cateos y registros por efectivos del Gobierno incomodaban a todo el mundo y eran fuente de frecuentes abusos. A la larga, la guerra de desgaste provocó “el desgaste de la guerra”, determinante en transformar las conciencias en favor de una salida política negociada. Emergió la idea de “ganar la paz” como alternativa realista al empeño infructuoso de ganar la guerra.

Inversión del contenido de la dinámica ideológica
Figura 9
Inversión del contenido de la dinámica ideológica

La dinámica ideológica vuelve a tomar un papel relevante, impulsada por la que en la fase de guerra integral está ocupando la posición dominante: la dinámica política. En la fase siguiente, la de guerra con negociación, jugará el rol de dinámica dominante. Cuando se observa la evolución que se ha dado desde el comienzo de la guerra, podemos apreciar cómo se configura la figura de un rombo, al juntar la segunda y la tercera etapa, en cuyos vértices extremos aparece la misma dinámica, en este caso la ideológica. Algo similar ya se había dado en la década de los sesenta, pero en aquel caso se trataba de la dinámica política, trazándose una diagonal de izquierda a derecha en el rombo. Lo interpretábamos como la inversión del contenido de la política al comparar el inicio con el final de la década, por la cual el signo de los tiempos se negaba a sí mismo. En lugar de objetivos comunes y unidad patria se había desarrollado la contradicción de los intereses clasistas y la división de la nación. En vez de una paulatina democratización, un mayor consenso y estabilidad, se consumaba la creciente ingobernabilidad, la rebelión popular y el endurecimiento de la dictadura. Lo que había resultado era lo contrario de lo que se esperaba.

Pues bien, algo parecido nos aparece a la mitad de la secuencia dialéctica de la guerra: nuevamente un rombo con una diagonal que cruza las dos fases intermedias, que indica la transformación fundamental que el proceso ha producido. Se trata de la inversión en los contenidos de la dinámica ideológica. Al arranque de la guerra, en la primera etapa de guerra irregular, jugó temporalmente el papel dominante. Sus contenidos eran el odio de clase, la convicción ideológica de que era imperativo prevalecer y por tanto destruir al otro —concebido como el enemigo—, la exasperación por la falta de justicia convertida en sed de venganza. Motivó al recurso extremo de la violencia y arrastró a la militarización de la política, es decir al conflicto armado. Pero casi diez años más tarde, el propio proceso va a ir imponiendo su lógica, determinando la necesidad de una politización de la guerra, cual se realiza en la fase de guerra integral, para finalmente desembocar en su superación que implicará dejar de considerar la guerra como el fin y volver a tenerla como un medio. Si no es posible ganarla, deberá examinarse la posible alternativa de una salida política que, sin ser sinónimo de la victoria militar, permita alcanzar lo esencial de los fines mediante este otro medio. En vez de ganar la guerra, habrá que esforzarse en “ganar la paz”. Implica una transformación profunda del pensamiento y también de la emotividad. Ambos bandos han de aceptarse uno al otro. El enemigo tiene que ser visto como simple adversario. El futuro democrático requiere de ambos, por tanto, en vez de ser aniquilado debe ser preservado. Es la “solución entre salvadoreños” que se propugna en la negociación.

Se instala la mesa de negociación con los buenos oficios de Naciones Unidas en 1990, y pronto quedará claro, para sus propios protagonistas, de que se trata de un nivel cualitativamente distinto a lo que había sido el diálogo en la etapa anterior del proceso. Se ha entrado a una nueva fase en la que sigue la guerra, pero ya el campo de batalla está condicionado por la mesa de negociación, determinado por sus avances, sus dificultades y sus eventuales retrocesos. Nadie puede darse el lujo de provocar el fracaso del proceso negociador, pues el costo político a pagar podría ser fatal. Determinado por la maduración del proceso histórico y acuerpado por el acompañamiento y presión internacionales, no es posible el fracaso de la negociación, ambos bandos están condenados al éxito. Implica un aprendizaje en la práctica de la correspondencia que una negociación exige: para lograr que la otra parte ceda en algo sustancial, será preciso ceder en algo asimismo sustantivo. La solución política negociada, que se basa en el consenso a que van llegando las partes, excluye la trampa o la búsqueda de ganancia unilateral. No es posible. Solo se avanza si ambas partes ganan. De modo tal que, cuando se llegue al desenlace final será percibido, legítimamente, como ganancia mutua. “Todos ganamos, el país ha ganado". No es una simple frase, expresa un convencimiento al que se ha llegado tras doce años de historia.

Cuarta fase: guerra con negociación
Figura 10
Cuarta fase: guerra con negociación

La gran transformación, que es resultado del conjunto de la guerra, se produce de hecho en una etapa concreta, la cuarta, que dura apenas dos años y a la que llamamos la “fase de guerra con negociación”. Se establece y desarrolla la negociación sin una tregua militar, sino que paralelamente sigue habiendo operaciones bélicas, sin embargo domina la dinámica ideológica determinando las transformaciones del pensamiento de las partes en conflicto. Se han readecuado tácticas y estrategias con anterioridad, ahora cambiarán asimismo la teoría, la doctrina y la ideología. No solo se han modificado los objetivos y las metas, los métodos y las vías, también resultarán alterados los valores y las actitudes, las motivaciones y las aspiraciones. Del conjunto de cambios, que se dan en ambos bandos, emergerá un discurso unificado que refleja el acercamiento en el pensamiento: el común afán patriótico y nacionalista por rescatar a El Salvador de la crisis estructural profunda en que se ha hundido, la aspiración histórica y humana por devolver al pueblo salvadoreño la esperanza en un mejor futuro, el deseo mutuo por construir una democracia real que sea base de la convivencia y del diario vivir satisfactorio de la ciudadanía.

Quinta fase: posguerra
Figura 11
Quinta fase: posguerra

La sinceridad del cambio de pensamiento y no solo de discurso tendrá lógicamente que pasar la prueba de los hechos, pero aparece coyunturalmente con el aspecto de una suerte de “conversión”. Ello no deja de tener significación en un país con fuertes valores cristianos, donde las mismas vivencias extremas de la guerra han venido a acrecentar las conversiones personales, a buscar en la religión una renovada vida en la fe, que sin duda ayuda a soportar y superar los traumas sufridos durante la contienda. No deja de tener un cierto tinte conservador este vuelco hacia las iglesias, muy distinto al sesgo liberador de inicios del conflicto, pues a sus finales no es tanto salvación como aceptación, es menos liberación cuanto reconciliación, lo que prima en la conciencia colectiva.

En la posguerra destaca la dinámica económica, colocada en lugar dominante. Es consecuencia lógica del gran esfuerzo de reconstrucción y de cumplimiento de acuerdos que requería un fuerte financiamiento internacional, lo que dinamizó la economía. Pero es también por el cambio en el signo de los tiempos, inclinado ahora a lo privado y egoísta, en contraste con la generosidad y abnegación que presidieron la década del conflicto. Los ideales de liberación y de salvación de la patria, los sacrificios hechos en función de lograr metas colectivas, la solidaridad y fraternidad imperantes entre los combatientes, así como entre la población sufriente, todo eso queda atrás, como propio de un pasado superado y al que no se quiere volver. La posguerra implica la decepción y el desengaño respecto a ese tiempo que no supo retribuir las esperanzas y anhelos. Sobreviene entonces el vuelco al individualismo, al interés particular, a mirar lo propio. Triunfa el cinismo y la búsqueda del éxito sin importar los medios. Representa la victoria ideológica de la clase dominante, identificada con el neoliberalismo, que mira complacida cómo finalmente sus valores son compartidos por el grueso de la sociedad, incluidos muchos que participaron en la lucha por el cambio de sistema. A la oleada de privatizaciones en la esfera de lo económico, se suma la “privatización de las conciencias”. Es una marea insospechada que marcará a la transición democrática desde su mismo arranque.

No es extraño que aparezca, tras el triunfo ideológico de la burguesía salvadoreña y del modelo neoliberal al que se abraza, la dinámica social como la resultante de la fase que cierra la historia de la guerra. La reactivación económica dura poco, y a partir de 1995 asoman síntomas de desaceleración y crisis que acompañarán ya el resto de la transición y que determinan la mayoría de fenómenos que aparecen en la esfera de lo social. Uno de los más relevantes, la emigración que, lejos de reducirse o desaparecer al concluir el conflicto armado, se mantiene y se intensifica para sorpresa de la mayoría de analistas. Ya no es la guerra la que expulsa compatriotas allende las fronteras, ahora es claramente la difícil situación económica y la falta de oportunidades la causa del fenómeno.

Parte de los movimientos migratorios se producen internamente, de unos a otros departamentos y, sobre todo, del campo a la ciudad. Transformarán el país, que ha sido tradicionalmente rural y que en la transición se vuelve predominantemente urbano. Sin embargo, el impacto principal de la migración proviene de la salida de compatriotas hacia el exterior, especialmente a los Estados Unidos. Inicialmente visto desde el poder como un problema, como un mal síntoma, a la larga empezará a mostrar efectos beneficiosos para la economía: el monto de remesas (ayudas económicas enviadas a familiares en el país) es de tal magnitud que se convierte en el factor principal de ingreso de divisas y en la clave para sostener la economía salvadoreña. El país se ha convertido en exportador de mano de obra, los salvadoreños son ahora el primer producto de exportación.

Triada de la transición
Figura 12
Triada de la transición

A partir de 1994, la transición avanza más allá de la posguerra y va configurando una nueva tríada dialéctica, claramente desde 1999, a la que corresponde la dominancia de la dinámica social. Esta despliega nuevos aspectos. Consecuencia de la migración, aunque no solo, aparece el fenómeno de las familias desestructuradas, de la mujer como jefa de hogar, de niños que crecen sin que esté presente la figura del padre. Incluso muy a menudo tampoco está presente la madre, que también migró, y entonces la niñez queda al cuido de los abuelos que no controlan, o simplemente en estado de abandono.

El fenómeno de las maras o pandillas juveniles tiene mucho que ver con estas graves carencias para una parte de la infancia. Será la mara la que haga las veces de familia, supliendo las necesidades de afecto y sentido de pertenencia, mientras la calle se ha convertido en la escuela y la mendicidad o, muy pronto, la extorsión, la venta de droga al menudeo u otras actividades delictivas, sustituyen a los progenitores en el papel de proveedor. Se expande la conducta antisocial de cierta juventud, que corresponde a una sociedad que no tiene nada que ofrecer a los jóvenes de clase baja, más que el estigma y la marginación. De tal manera que el problema pandilleril viene a superponerse a una delincuencia común desbordada durante la posguerra. Grupos de excombatientes de uno y otro bando han realizado su particular reconciliación, formando bandas de asaltantes, de ladrones y de sicarios. Gente que no tiene otro oficio más que las armas siguen en guerra, la han privatizado. Hacen ahora la guerra por su cuenta, y la víctima es el conjunto de la ciudadanía honrada. Alimentará otro fenómeno paralelo de la transición: la proliferación de las agencias de seguridad privada, cuyos integrantes sobrepasan en número al total de efectivos de la policía y no han pasado por la academia policial a educarse.

Se va dando asimismo un renacer de los llamados movimientos sociales. Algunos proceden de organizaciones de larga data, con tradición y experiencia de lucha. Los más son de nacimiento reciente, fruto espontáneo de los problemas y contradicciones que se dan en la sociedad. Movimientos contra los rellenos sanitarios (como el caso de Cutumay Camones), en lucha contra la contaminación (caso Baterías Récord, de Sitio del Niño), de afectados por la construcción de represas (caso del Cimarrón), en defensa del agua y del medio ambiente contra la minería metálica (caso Pacific Rim), etc. También contra la privatización de la atención sanitaria, por la salud reproductiva y el derecho de las mujeres a disponer de su propio cuerpo, por la despenalización del aborto, a favor de legalizar los matrimonios entre personas del mismo sexo, etc. En general contra el neoliberalismo, el Tratado de Libre Comercio, la dolarización, contra la acción de las transnacionales, etc.

Se trata de un movimiento social plural, diverso y multifacético, tal vez por eso mismo, bastante desestructurado y fácilmente manipulable (como fueron los vendedores ambulantes o los motoristas del transporte público). Derecha e izquierda tratan de “pescar en río revuelto", aumentando a veces la general confusión. En todo caso, mostrando que la dinámica política va a jugar un rol relevante empujada por la dinámica social dominante. Esa politización desde la movilización social estuvo a la base de la elección del 2009.

Probablemente la historia no nos desmentirá si afirmamos que en 2009, a partir de la victoria electoral del FMLN y el arribo del gobierno del cambio con Mauricio Funes, hay un salto cualitativo que nos coloca en una nueva etapa histórica. A mi modo de ver, incluso puede afirmarse que en esa fecha puede considerarse concluida la transición, pues pone a prueba a todos los actores principales: a la derecha, forzada a aceptar el resultado y ser oposición, a la izquierda que debe encarar el desafío de cargar con las responsabilidades de ser gobierno y de llevar a la práctica aquello por lo que venía clamando. La democracia como régimen político, también en proceso de maduración, es asimismo puesta a prueba. Por ello, no cabe duda, ha de considerarse la dinámica política como la dominante.

Triada inconclusa en el siglo XXI
Figura 13
Triada inconclusa en el siglo XXI

No está claro todavía, y difícilmente pueda estarlo en un futuro próximo, a qué otra dinámica apunta el signo de los tiempos en cuanto resultante. He colocado en la figura la dinámica ideológica, aunque entre interrogantes. Probablemente haya que esperar a las próximas elecciones presidenciales de 2014, como mínimo, para poder asegurarlo. Pero algunos signos podrían apuntar a un nuevo momento de transformación ideológica, bien sea producto de una nueva victoria electoral del FMLN, con lo que ya no cabrían excusas para que la izquierda cumpla con el conjunto de sus promesas, bien sea por el retorno de la derecha al gobierno, probablemente obligada a muchas concesiones populistas y a una revisión o reversión del modelo neoliberal que se impulsó en el país por veinte años. Tal vez en ambos escenarios sobrevendría una recomposición en el mundo de las ideas, que es siempre un anticipo de los cambios profundos a que apunta el mundo de la realidad.

Notas

1 Ribera, Ricardo, “El signo de los tiempos como categoría teórica”, Realidad (130), octubre-diciembre de 2011.
2 Ribera, Ricardo, “La década de los sesenta en El Salvador: un modelo de negación dialéctica”, Realidad (136), abril-junio de 2013.

Notas de autor

1 Departamento de Filosofía

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