Reseñas

Síndrome 33, de Siegmund Ginzberg

Síndrome 33, by Siegmund Ginzberg

Ricardo Roque Baldovinos
Universidad Centroamericana José Simeón Cañas, El Salvador

Realidad, Revista de Ciencias Sociales y Humanidades

Universidad Centroamericana José Simeón Cañas, El Salvador

ISSN: 1991-3516

ISSN-e: 2520-0526

Periodicidad: Semestral

núm. 168, 2026

realidad.director@uca.edu.sv

Recepción: 03 febrero 2026

Aprobación: 25 mayo 2026

Publicación: 20 julio 2026



DOI: https://doi.org/10.51378/realidad.vi168.12446

En este libro fascinante por lo bien documentado y escrito, el escritor y periodista italiano Sigmund Ginzberg nos muestra que al revisar la historia del siglo recién pasado saltan a la vista afinidades sorprendentes entre 1933, el año de ascenso al poder de Adolf Hitler y el Partido Nazi, y los nuevos autoritarismos de corte populista que se expanden hoy por el orbe. Afinidades sin duda alarmantes, pues el año en mención fue el preludio inmediato de la catástrofe más cruel y destructiva que conoce la humanidad, la segunda guerra mundial.

¿Significa esto que la historia se repite y que los esfuerzos por comprenderla no sirven para nada? Nada de eso. El autor no piensa que la historia siga un movimiento ciego e ineluctable. El nazismo fue una respuesta a condiciones muy concretas que no son las nuestras, pero no por ello deja de ser útil explorar las analogías entre procesos históricos, para darse cuenta de que lo que nos parece como nuevo, no lo es, y, por tanto, hay maneras de enfrentarlo y de evitar sus peligros.

La primera analogía que el autor explora es la crisis de la representatividad liberal y el consecuente desencanto popular con la democracia y con la política. La república de Weimar que siguió a la derrota de Alemania en la Gran Guerra y al final del reinado de la dinastía prusiana fue una de las democracias más dinámicas y plurales, en que encontró espacio todo el espectro ideológico, desde conservadores a comunistas, y en que se dio una admirable riqueza de ideas y apasionados debates. Lo que la República de Weimar no pudo lograr fue resolver las demandas de un pueblo alemán todavía fuertemente golpeado por los efectos de la guerra y de las cuantiosas reparaciones de guerra impuestas por el tratado de Versalles. Si bien la hiperinflación que tuvo su pico en el año de 1923 había sido resuelta a finales de la década de 1920, las carencias que sufría el común de los alemanes todavía pesaban, y la nueva competitividad política mostraba ser menos una vía para encontrar soluciones que la prolongación y profundización de la crisis. Sólo en 1932 los alemanes acudieron 5 veces a las urnas sin que se pudiera formar gobierno. Para el año siguiente, estaban simplemente hartos de un carrusel de elecciones que no parecían llevar a nada, y terminaron aceptando a un líder que la primera medida que puso en práctica fue acabar con la política de una vez por todas. Los nazis fueron hábiles para recoger el hartazgo popular a través de un líder carismático, que al concentrar todo el poder se presentaba como quien encarnaba la voluntad popular de tal manera que las elecciones ya no serían necesarias.

Otra analogía llamativa es la rentabilidad política del rechazo a los migrantes. No siempre se resalta que el letal antisemitismo de los nazis se nutrió de un sentimiento de rechazo a los migrantes. Aunque en Alemania el antisemitismo no era nuevo, no era de una ferocidad comparable de los pogromos de la Rusia zarista, o incluso a los discursos enardecidos de la derecha en la Francia democrática. A comienzos del siglo XX existía en Alemania una minoría judía relativamente pequeña en tamaño y bastante “germanizada”, es decir integrada a la sociedad. Recordemos los nombres de Félix Mendelsohn, Walter Benjamin o Hannah Arendt, quienes no sólo provenían de entornos privilegiados, sino que tuvieron la oportunidad de desarrollar su potencial artístico o intelectual, como no lo habrían podido hacer en otros países del centro o del este de Europa. Sin embargo, en la década de 1920 fluye una numerosa migración de personas que huyen de la guerra civil en Rusia o simplemente de la pobreza y que encuentran en Alemania refugio o al menos un lugar de paso mientras transitan hacia sus destinos finales, como Inglaterra o los Estados Unidos. Algunos de esos migrantes eran judíos. La prensa amarilla y la derecha nacionalista pronto los estigmatizaron, los presentaron como criminales y como un peligro social que estaba erosionando la sociedad alemana. El antisemitismo alemán que llevaría al Holocausto se nutrió de esta xenofobia, de la facilidad de culpar a un otro demonizado de los males propios y de ver en su destrucción el camino para resolverlos.

Otra de las analogías que resalta Ginzberg es la de la publicidad política. Se puede decir, sin temor a equivocarse, que el flamante ministro de propaganda de Hitler, el doctor Joseph Goebbels fue su inventor. A través de hábiles estrategias que utilizaban los nuevos modos de difusión como la radio y el aparato de comunicación de la diplomacia, supo difundir a nivel nacional e internacional la narrativa de un milagro económico alemán. Si bien es cierto que el régimen nazi hizo una inversión importante en infraestructura y en reforzar el aparato de seguridad social que ya tenía, lo cierto es que sus logros fueron mucho más limitados de lo que se publicitó. Todavía antes del estallido de la guerra la sociedad alemana seguía sufriendo importantes privaciones, y para agravar más la situación las finanzas públicas estaban comprometidas por una serie de gastos que se manejaban de forma totalmente irresponsable sólo para mantener la ilusión de prosperidad. Historiadores económicos han mostrado que la política fiscal de los nazis era a mediano plazo insostenible, a menos que… Y aquí el libro nos muestra el dato más preocupante de la temeridad desmesurada de los nazis. Hitler no ponía límites a sus derroches, porque preparaba una manera definitiva de resolver las carencias de Alemania: la guerra. Todo parece indicar que ya había decidido asegurar la riqueza nacional del futuro a través del pillaje a otros países. Esta política criminal no sólo significaba el saqueo de recursos sino la esclavización de otros pueblos. Y podríamos agregar usando un lenguaje más contemporáneo: generar valor con asocios público-privados como la industria de armamentos o los campos de exterminio.

Las reflexiones a que nos invita el apasionante relato histórico de Ginzberg son de gran utilidad para nuestros tiempos. En primer lugar, nos muestra que el mal de los nuevos populismos se alimenta de un problema sin resolver de los sistemas políticos democráticos: asumir con compromiso las demandas populares. Y esto pasa por una inclusión que provenga de asumir como meta y valor la justicia social. La indiferencia o desprecio del elitismo competitivo liberal hacia las necesidades de la gente común sigue siendo el peligro permanente de la democracia. Por otro lado, la experiencia histórica que nos narra Ginzberg nos muestra que redistribuciones sin justicia social o son promesas vacías o, peor aún, cuando se concretan llevan inevitablemente a la destrucción, que no sólo afecta a los chivos expiatorios y enemigos, sino a la propia sociedad, como fue la dura lección que aprendió una nación próspera y con enorme potencial científico y cultural como Alemania, por dejarse arrastrar por las vanas promesas de una pandilla de criminales. Algunos podrán pensar que nuestro país, hoy vanguardia del populismo autoritario, al no ser potencia económica o militar, no corre semejante peligro. Pero ya tenemos muestras de cómo el despilfarro irresponsable se salda no con el saqueo de otros, sino de nosotros mismos.

Referencias

Ginzberg, S. (2024). Síndrome 1933. Gatopardo Ediciones.

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