

Sección especial
La cultura y los retos para su investigación
Culture and the challenges for its research
Realidad, Revista de Ciencias Sociales y Humanidades
Universidad Centroamericana José Simeón Cañas, El Salvador
ISSN: 1991-3516
ISSN-e: 2520-0526
Periodicidad: Semestral
núm. 145-146, 2015

Palabras clave: Cultura, Investigación
Keywords: Culture, Research
Hablar de cultura ha adquirido una renovada actualidad. Temas que acaparan la atención pública, como la globalización o la violencia, tienen una evidente dimensión cultural. Pero también es visible la creciente importancia de la cultura como terreno estratégico de acción estatal y, por tanto, de diseño de políticas públicas.
Para entender mejor las implicaciones de este ámbito para la vida universitaria y su posibilidad de tener un impacto relevante en la realidad, conviene recordar que históricamente la cultura se definió como una parcela especial en el reparto del conocimiento moderno. Fue aquella encargada de devolver un sentido de integridad a un mundo cada vez más fragmentado por la creciente diferenciación social y la consecuente proliferación de saberes especializados. Esta tarea fue la que definió las humanidades. Estas se convirtieron así en una especie de fortaleza desde la cual se defendería un ideal universal de “hombre” que se remontaba al pensamiento clásico y se materializaba en una serie de “monumentos” que debían preservarse y estudiarse como prístina decantación este proyecto.
Desde hace algunas décadas, ese ideal de cultura ha sido cuestionado por su complicidad con una modernidad que desplegó su lado oscuro de dominación con el rostro de una universalidad que en realidad era una particularidad eurocentrada, burguesa y masculina. Por otra parte, la concepción museística de las humanidades la condenaban a permanecer de espaldas a las dinámicas sociales concretas donde se generan los nuevos sentidos y proyectos emancipatorios. Desarrollos contemporáneos como las llamadas tecnologías de la información y la comunicación, al modificar radicalmente nuestros sentidos de espacio, tiempo, persona y colectividad realzan todavía más que lo humano, lejos de ser una esencia que se mantiene constante, está en permanente cambio y renovación. Finalmente, abonan a la crisis de las humanidades el estudio de la cultura que ha dejado de ser parcela exclusiva de las humanidades, otras disciplinas, principalmente provenientes de las ciencias sociales (la antropología, los estudios de la comunicación, la sociología, entre otros…) han entrado a redefinir el objeto.
Conviene entonces repensar la cultura y la manera de estudiarla para dar cuenta de estos procesos y, en pensar una perspectiva integradora de los saberes pero sensible a los retos de la realidad, pienso que las humanidades todavía tienen un papel que jugar en la vida universitaria. Para ello, pienso que la categoría de lo estético tal como se ha venido reformulando en los últimos tiempos ofrece una fructífera perspectiva de integración. Esto podrá parecer contradictorio, porque usualmente identificamos la estética con la parcela más conservadora y tradicionalista del estudio de la cultura. Pero si nos detenemos a considerar la etimología del término, nos daremos cuenta que el vocablo estética viene del griego aisthesis, que en uno de sus acepciones significa sentir. Nos movemos de esta forma hacia los sentidos, a las facultades sensoriales. Es importante recordar que estética, desde sus primeros usos a mediados del siglo XVIII, no se refería primordialmente al estudio de las bellas artes como monumentos que encarnaban valores universales y ahistóricos, sino a la posibilidad de reclutar, a través de estas, el territorio de los sentidos y los afectos para la racionalidad, es decir, en lograr producir subjetividades en armonía con el proceso de ilustración.
A partir de esa primera intuición, podemos dar hoy un paso más y afirmar que el reto de una nueva estética como fundamento del estudio de la cultura es el estudio de la sensibilidad, de las condiciones de experiencia, como realidad constituida social e históricamente y donde se juega la producción de sujetos sociales, es decir, de individuos y colectivos en consonancia o resistencia con las configuraciones de poder. Jacques Rancière denomina a esta dimensión de lo estético “el reparto de lo sensible”, la producción de espacios, tiempos e identidades, que configuran un terreno común que marcan y orientan el accionar humano (Rancière, 2009). Podemos entonces, abordar el estudio de la cultura en este proceso de configuración y refiguración polémica de repartos de lo sensible, es decir, la producción de sentidos (en la doble acepción de sensaciones y significados). Desde otro vocabulario, es lo que Walter Benjamin denomina el “sensorio”, a cuyo estudio y comprensión dedica su obra de madurez, que como sabemos quedó inconclusa.
Este nuevo enfoque nos permite ver la cultura como un proceso permanente e inagotablede creación de sentidos donde se reproducen las relaciones de poder, pero donde también se abren las posibilidades de cambio social. Lo estético puede estudiarse así en una dialéctica entre lo consensual y lo disensual. Entre la producción de los sentidos que funda los órdenes sociales, pero también los que los retan y renuevan. O dicho en otras palabras, desde esta nueva concepción de la estética se puede explorar cómo se reproduce un orden social en función de los intereses de un grupo que controla el poder, pero también cómo se vislumbran esperanzas y articulan alternativas.
Creo que aquí, en comprender la cultura como estética, es decir como “sensorio” o “repartos de lo sensible”, en esta dialéctica entre lo consensual y lo disensual, radica uno de los grandes retos para los estudios de la cultura. Y creo que esta labor más que fundar una nueva disciplina conlleva constituir un espacio de diálogo y colaboración interdisciplinaria que atraviese los distintos territorios de producción cultural, bien sean los considerados “altos” o “bajos”, y sin que ninguna de las múltiples disciplinas que se dedican a su estudio (la antropología, los estudios de comunicación, la historia del arte o los estudios de la literatura y el lenguaje, por mencionar algunos) reclamen un acceso privilegiado. Creo que entre los grandes retos en el estudio de la cultura está superar un abordaje elitista y monumentalizador que solamente reconoce ciertas expresiones “elevadas”, pero es igualmente importante superar el dualismo de lo culto versus lo popular, y aquí no es suficiente invertir la jerarquía sin cuestionar la divisoria, como ha ocurrido en buena parte en el paradigma de los Cultural Studies de la escuela de Birmingham.
Un espíritu de colaboración interdisciplinar y de interés transversal en diversas manifestaciones para la construcción de nuevos objetos y agendas han animado los Congresos Centroamericanos de Estudios Culturales, que nuestra Universidad ha hospedado en dos de sus ediciones; la primera en 2007 y la quinta, en el presente año.
Este espíritu fue también el que animó el proyecto “Estética y política: modernización cultural en El Salvador (1940-1980)” que tuve el privilegio de dirigir con apoyo del Fondo de Investigación de la UCA, en su edición de 2012-2013. En dicho proyecto, investigadores que proveníamos de la arquitectura, la historia del arte, los estudios de comunicación y los estudios literarios, rastreamos en la producción cultural de un período crucial de la historia del país, y logramos explicar cómo la formación de una sensibilidad disensual abrió los procesos emancipatorios de finales del siglo pasado.
Quisiera proponer, en lo que resta de mi alocución, algunas de las posibles líneas de exploración de la cultura desde la reformulación “estética” que he esbozado. Dichas líneas, las he pensado, no desde los intereses de la unidad académica a la que pertenezco, el Departamento de Comunicación y Cultura, sino apuntando hacia la colaboración con otras áreas de conocimiento presentes en nuestra Universidad. No son ideas que me estoy inventando, sino que retoman en buena parte lo que ya hacemos. Pido disculpas anticipadas por el recurso retórico de la enumeración, ella delata que apenas puedo presentar una formulación tentativa y provisoria.
1. La “medialidad” y lo “posthumano”
Por “medialidad” no me refiero a los medios de comunicación, sino a las implicaciones de los nuevos “medios” con la ayuda de los cuales percibimos el mundo, es decir, a la creciente determinación de lo sensible por un entorno tecnológico cada vez más intrincado (Mitchell y Mark, 201). La revolución tecnológica, la llamada segunda revolución industrial, que se manifiesta de manera visible en las TICS, pero no se limita a ellos, como lo he insinuado antes tiene consecuencias tales que nos obligan a repensar seriamente lo que entendemos por humano, sus peligros y sus potencialidades. De allí el término “posthumano” que se comienza a usar cada vez más en algunos espacios académicos (Braidotti, 2013). Esta nueva realidad no debe abordarse desde una perspectiva apocalíptica donde se premoniza el fin de la civilización, ni asumirse ingenuamente como un instrumento a disposición de sujetos preconstituidos. Es cierto que estas nuevas dimensiones de vivir el tiempo, el espacio, la persona y la comunidad, ocurren dentro de un proceso global de colonización de los últimos reductos de lo humano por la lógica mercantil, y ello no debe subestimarse. Pero tampoco hay que descartar el potencial de las nuevas configuraciones del entorno de lo humano en la democratización de la cultura y en la proliferación de nuevas dinámicas políticas de mayor horizontalidad y transparencia. Como nos recuerda Bernard Stiegler (2014), aquí opera la lógica del phármakon, a la vez veneno y medicina para los males de nuestros tiempos.
2. La política como estética
Otro de los grandes retos es el abordaje de la política como estética. Los conflictos políticos y, por tanto, la posibilidad de cambiar la sociedad en un sentido más justo y democrático, ocurren primordialmente en el terreno de lo simbólico: discursos, rituales, entre otros., pero sobre todo tienen como resultado la producción de nuevos escenarios simbólicos que permiten nuevas formas de subjetivación y de acción. Puede resultar productivo entonces entender la política como un proceso de fijación y dislocación de significados en la pugna por definir el espacio común de la sociedad, tal como nos lo proponen autores como Laclau y Mouffe (1987) o Rancière (1996), por mencionar algunos. Habría que prestar aquí especial atención a nuevos sujetos que surgen por fuera del coto tradicional de la política institucionalizada, que permiten ampliar el espectro de actores y democratizar la sociedad.
3. La producción cultural del espacio
Este es un ámbito que, el Departamento de Organización del Espacio viene trabajando de forma ejemplar en nuestra Universidad, pero que invita a una colaboración desde las distintas disciplinas que abordan la cultura. El espacio habitable se crea desde ciertas ideas utópicas de lo común que conviene desentrañar, pues acaban determinando los individuos y colectivos que lo habitan. Esta dimensión es fundamental en la historia de la cultura material que ha marcado distintas formas de ser social; desde las que conciben que una colectividad se realizaba en lo público, presente en ciertas formas del estilo moderno internacional, hasta la utopía neoliberal de la plena privatización y mercantilización de espacio que se encarna en los malls y las gated communities. El cambio social al que aspira nuestra Universidad requiere de ideas y crear los espacios propicios para una vida horizontal y participativa.
4. Nuevas identidades y sujetos sociales
Es urgente comprender los impactos que tienen los grandes cambios sociales (urbanización, globalización, capitalismo salvaje) en las formas de subjetividad y en las múltiples identidades que conforman la sociedad salvadoreña. De aquí se derivan muchos estudios que pueden darnos claves para comprender nuestro presente y para vislumbrar posibilidades de cambio. En primer lugar, las formas en que la migración y la estandarización global de ciertas sensibilidades impactan las formas de concebir la Nación, y cómo desde allí se abren posibilidades de idear imaginarios nacionales más amplios e incluyentes. Pero también habría que ver este proceso de producción de nuevas identidades y sujetos sociales desde los estudios de género, de las nuevas maneras de construir las identidades genéricas, para citar un ejemplo; si hay una relación entre crisis de masculinidad y violencia social, etc… También en este rubro habría que estudiar a fondo las nuevas formas de lo religioso (los cambios en vivencias de la fe, la proliferación de nuevas iglesias, el ascenso del agnosticismo y el ateísmo) y, algo importante para la historia de nuestra Universidad, cómo dichas formas nuevas afectan el legado de los movimientos religiosos progresistas de la segunda mitad del siglo XX.
5. La creación artística
Aunque a veces tenga a menudo un impacto de público limitado, el arte sigue siendo importante por ser el ámbito de la disenualidad por antonomasia, pues es allí donde se proponen nuevas formas de percibir y relacionarse con lo real, pero también donde se experimenta con nuevas formas de vivir en común. Resulta paradójico que en el presente, aunque ciertas versiones de los Cultural Studies relegaron el arte a la producción de distinción por parte de las élites “ilustradas”, el progreso democrático no se entiende separado de una mayor participación popular en el mundo del arte. Para comprender el papel disensual del arte hay que mover el énfasis de las manifestaciones más consagradas hacia expresiones innovadoras, a menudo desatendidas, pero que retan las demarcaciones disciplinarias o de valor cultural, o que incorporan nuevos soportes y nuevos espacios de visibilidad. Entre dichas expresiones destaco de manera especial el mundo teatral que está experimentando un renacer, luego de muchos años de postración, con propuestas originales y nuevas ideas sobre la corporalidad y la interacción humana. También cabe mencionar, el desarrollo de las artes audiovisuales que está siendo posible por las oportunidades de la revolución digital; o formas de escritura que linda entre lo literario y lo periodístico (la crónica). De manera muy especial quisiera llamar la atención a las formas del arte visual contemporáneo que practican de manera bastante reflexiva la disensualidad, como las instalaciones multisensoriales, las intervenciones en el espacio público o los performances (Hernández Hernández, 2012).
6. Infraestructura y políticas culturales
La comprensión de los procesos culturales reclama finalmente una descripción y comprensión de los soportes institucionales que hacen posibles los distintos espacios de producción cultural: el mundo mediático y del entretenimiento, el mundo del arte, el mundo artesanal, entre otros. Esta es una labor, en parte histórica y en parte sociológica, que está pendiente de realizarse. En esta línea de reflexión se hace importante estudiar las políticas públicas relacionadas al ámbito de la cultura y buscar incidir en ellas.
Por supuesto, se me quedan en el tintero temas importantes como la memoria o la cultura y la subjetividad popular, que incluyo en la lista pero me abstengo de abordar porque considero que los compañeros de mesa los expondrán con mayor precisión y detalle. Como decía antes, la presente es una enumeración tentativa que recoge en parte la labor investigativa que ya se realiza en distintos lugares de nuestra Universidad. Sin embargo, también de manera muy tentativa he propuesto un marco teórico que intenta facilitar el diálogo y la colaboración interdisciplinaria. Espero con esto haber cumplido, aunque sea parcialmente, la tarea que se me encomendó para este seminario.
Referencias
Braidotti, R. (2014). The Posthuman. Cambridge, Reino Unido: The Polity Press.
Hernández Hernández, P. (2012). Imagen-palabra: lugar, sujeción y mirada. Frankfurt: Iberoamericana/Vervuert.
Laclau, E., y Mouffe C. (1987). Hegemonía y estrategia socialista. Madrid, España: Siglo XXI.
Mitchell, W. T. J., y Hansen, M. B. N. (2010). Critical Terms for Media Studies. Chicago: The University of Chicago Press.
Rancière, J. (2009). El reparto de lo sensible: estética y política. Santiago de Chile: Ediciones LOM.
Rancière, J. (1996). El desacuerdo: política y filosofía, Buenos Aires: Paidós.
Stiegler, B. (2014). TheRe-EnchantmentoftheWorld.Londres y Nueva York: Bloomsbury.
Enlace alternativo
https://revistas.uca.edu.sv/index.php/realidad/article/view/4554/4544 (pdf)

