

Reseñas
Razones que matan... y la respuesta del sujeto. Una introducción al pensamiento crítico emancipatorio, de Franz Hinkelammert
Razones que matan… y la respuesta del sujeto. Una introducción al pensamiento crítico emancipatorio by Franz Hinkelammert
Realidad, Revista de Ciencias Sociales y Humanidades
Universidad Centroamericana José Simeón Cañas, El Salvador
ISSN: 1991-3516
ISSN-e: 2520-0526
Periodicidad: Semestral
núm. 167, 2026
Recepción: 08 mayo 2025
Aprobación: 16 septiembre 2025
Razones que matan… y la respuesta del sujeto. Una introducción al pensamiento crítico emancipatorio (2022) es el último libro de Franz Hinkelammert, publicado en Cuba poco antes de su fallecimiento en 2023. La obra, realizada en colaboración con Henry Mora Jiménez, recorre a lo largo de sus cuarenta capítulos, organizados en cuatro partes, diversos núcleos del pensamiento hinkelammertiano. En ellos, se articulan categorías filosóficas, teológicas y económicas en torno a una preocupación central: la defensa de la vida frente a las racionalidades que la niegan.
La lógica del libro puede resumirse del siguiente modo: (i) parte de un diagnóstico sobre las amenazas globales que ponen en riesgo tanto la vida humana como la no humana, derivadas de la absolutización de una racionalidad instrumental que legitima toda acción en función de la eficiencia y la competitividad; (ii) dicha racionalidad se sacraliza en el mercado capitalista y se impone sobre el conjunto del orden social como una ley absoluta; (iii) su marco histórico es la modernidad, entendida como un período en el que la sociedad se organiza y se comprende principalmente a partir de la racionalidad formal, pero que al mismo tiempo se halla impregnado por nuevos mitos que configuran una espiritualidad del poder; y (iv) frente a ello, Hinkelammert propone una teoría crítica concebida como una ciencia de las condiciones de posibilidad de la vida, orientada a legitimar la respuesta del sujeto frente a tales amenazas.
En esta reseña, propongo reconstruir los núcleos centrales de esa argumentación, destacando su valor como introducción al pensamiento crítico emancipatorio que Hinkelammert desarrolló a lo largo de más de medio siglo.
Un punto de partida ineludible en la teoría crítica hinkelammertiana es la concepción del ser humano como un “ser infinito atravesado por la finitud”; por ello mismo, un sujeto corporal, necesitado y viviente que debe afirmar la vida en su confrontación con la muerte. Para hacerlo, establece relaciones intersubjetivas en el seno de una comunidad, lo que justifica la conformación de “sistemas institucionalizados de mediación social” orientados al sostenimiento de la vida. Sin embargo, cuando tales sistemas se autonomizan y se absolutizan por encima del ser humano, dejan de responder a la exigencia fundamental de posibilitar una vida plena. La tensión entre una vida humana que requiere de las instituciones y unas instituciones totalizadas que la niegan constituye el eje central del análisis crítico de Hinkelammert.
“Racionalidades que matan”, título de la primera parte, sostiene que el cálculo de la utilidad propia, promovido por la racionalidad instrumental medio-fin —que exige eficiencia y competitividad de todo actor social concebido como individuo (homo economicus)—, se ha convertido en un valor social dominante. En este marco, se considera racional toda acción que maximiza beneficios y minimiza costos. Las instituciones sociales, como el mercado o el Estado, entre otras son comprendidas como mecanismos cuyo funcionamiento se busca perfeccionar según ese mismo cálculo. Esta exigencia, subordinada a la racionalidad instrumental, opera como una “lógica de dominación”: en lugar de posibilitar la vida humana y la de la naturaleza, atenta contra ellas al interpretar las exigencias propias de la convivencia como distorsiones que obstaculizan la perfección de dichos mecanismos. El utopismo de un mundo idealmente perfecto aunque realmente imposible, originado en la ciencia empírica moderna, encuentra su fundamento en esta exigencia de perfección, cuya mordaz consecuencia es la expulsión de lo real del plano de la objetividad. La exigencia pasa a ser, entonces, la de ajustar la realidad al modelo idealizado por el sujeto cognoscente. Así, el ideal abstracto de perfección técnica se convierte en una forma de dominación que elimina lo concreto, lo humano y lo natural en nombre de la racionalidad.
Esta racionalidad instrumental se convierte, entonces, en el fundamento hegemónico de la acción racional. En consecuencia, la exigencia de eficiencia y competitividad impone un cálculo de maximización de la ganancia como criterio general que rige todos los mecanismos de funcionamiento. Si los sistemas institucionalizados de relaciones sociales —como el mercado o el Estado, entre otros— son concebidos bajo esta lógica como meros mecanismos funcionales, se espera de ellos un perfeccionamiento constante en función de dicho cálculo. El cálculo mercantil se transforma así en “ley absoluta” de las relaciones sociales. Esta ley, además, impone su propia eticidad: una que evalúa los mecanismos según su grado de perfección, sin interrogar sus consecuencias para la vida. Dado que toda acción regida por el cálculo de utilidad es fragmentaria, resulta incapaz de prever sus efectos no intencionales, los cuales distorsionan la realidad y se manifiestan como amenazas globales: exclusión social, desestructuración del tejido social y devastación ecológica.
La segunda parte, titulada “El mercado totalizado y su sacralización”, examina la absolutización del sistema capitalista como una “lógica de dominación” que impone una “ley total”, cuyo cumplimiento termina por aniquilar tanto al ser humano como a la naturaleza. Esta lógica se sustenta en la razón instrumental, que, al proyectarse sobre el conjunto de la vida social, se impone como la única forma de racionalidad legítima. En esta clave, la actual estrategia de globalización, basada en la mercantilización de todas las relaciones sociales, halla su justificación precisamente en la teoría de la acción racional. La expansión del mercado a todos los ámbitos de la existencia configura así lo que Hinkelammert denomina el “totalitarismo del mercado”: un orden en el que los seres humanos son reducidos a individuos propietarios y calculadores, cuyas relaciones se restringen al contrato entre sujetos libres e iguales. Como consecuencia, esferas como la educación, la salud, la seguridad o la disposición de recursos naturales, v. gr., quedan subordinadas a la lógica de la inversión de capital. En este contexto, el ser humano se convierte en una corporeidad abstracta, despojada de toda referencia a sus necesidades concretas y, por tanto, de su posibilidad misma de vivir.
El mercado totalizado es concebido como un mecanismo de funcionamiento perfecto, mientras que el capitalismo, en tanto religión, constituye la creencia que lo sostiene. Por ello, toda crisis no es interpretada como consecuencia de este automatismo, sino como resultado de su aplicación insuficiente. En lugar de proponer una intervención que corrija sus efectos, se postula la necesidad de adaptar la realidad a sus exigencias y extender aún más su funcionamiento, reforzando su automatismo. Se configura así una “tautologización del mercado”: para superar las crisis que él mismo genera, se afirma que la solución es más mercado, lo que no hace sino profundizar dichas crisis.
La tercera parte, titulada “La modernidad y sus mitos: la espiritualidad del poder”, expone la base espiritual que posibilita el funcionamiento del mercado totalizado. La modernidad se presenta como el periodo histórico en el que toda la sociedad ha quedado atrapada en la lógica de la racionalidad formal. Como un agujero negro, nada escapa a su gravedad: en su interior no solo predomina una forma determinada de racionalidad, sino también una subjetividad abstracta, que va del individuo poseedor al homo economicus, y una espiritualidad que le es inherente. Esta espiritualidad opera a través de una fe irredenta en ciertos mitos seculares de la modernidad: el mito del poder, el de la mano invisible del mercado, el del progreso infinito o el de la transformación del Estado de derecho, entre otros. La secularización moderna, supuestamente desencantada, reposa así sobre una mitología que carece de justificación racional. Desde esta perspectiva, el capitalismo actúa como una religión que se sostiene sobre dicha mitología. En el seno mismo de esta ideología del mercado totalizado habita una teología política que postula al mercado como el ser supremo para el ser humano. Junto con esta dimensión espiritual, el mercado sustenta también su propia ética. Si toda acción humana individual se somete a sus leyes, entonces se considera que actúa en procura del interés general. Esta premisa configura el núcleo moral de la ética del mercado: quien no se somete a sus exigencias es percibido como alguien que rechaza ese interés y, por ende, cuya falta de amor al prójimo lo convierte en malvado. El supuesto que subyace tanto a su espiritualidad como a su ética es que el mercado constituye el medio más eficiente para coordinar medios en función de fines; por ello, cualquier intervención que altere su funcionamiento es considerada perversa.
La última parte, titulada “Otros mundos posibles y sus condiciones de posibilidad”, no se limita a constatar la fatalidad de una sociedad absorbida por el mercado totalizado, sino que se orienta hacia la posibilidad concreta de construir alternativas emancipatorias. Esta posibilidad debe partir del reconocimiento del ser humano como “sujeto de discernimiento”, i. e., como aquel que, gracias a su facultad de reflexión trascendental, es capaz de proyectar lo aún no realizado. Esta capacidad abre el horizonte de una “humanización como emancipación”, que requiere una intervención sistemática contra la lógica de la totalización del mercado. Dicha intervención apunta a restituir las condiciones de posibilidad de la vida humana y de la naturaleza, hoy amenazadas por el propio curso del sistema. La urgencia de esta tarea no admite dilaciones: literalmente, en ello nos va la vida.
Se trata, entonces, de la respuesta posible del ser humano en tanto sujeto: una respuesta que se manifiesta como interpelación, contestación y rebeldía frente a la sacralidad de la ley absoluta. Esta actitud adopta la forma de una “rebelión del sujeto”, que, al discernir el sentido y el alcance de la ley absolutizada, debe desfetichizarla y someterla al servicio del bien común. El ser humano se instituye como sujeto precisamente al romper con su condición de homo economicus, con su figura de individuo poseedor y calculador, y al abrirse al “reconocimiento mutuo” con el otro como condición de posibilidad de su propia vida. Si el sentido de la vida consiste, justamente, en vivirla, sin apelar a un fundamento externo a la vida misma, entonces toda racionalidad que la sacrifique aparece como absurda. Por ello, la acción racional desde la lógica medio-fin se revela como radicalmente irracional si destruye al propio sujeto que la realiza. En tanto sujeto de discernimiento, el ser humano está en condiciones de advertir el sinsentido de una racionalidad absolutizada y, como ser libre, de resistirla activamente o, en su defecto, de asumir conscientemente un suicidio intencional.
Así, la contradicción que rompe todo esquema dialéctico y exige una transformación desde la respuesta del sujeto se expresa como una disyuntiva radical: derechos humanos o estrategia de globalización, vida o capital, supervivencia de la humanidad o suicidio colectivo; en definitiva, “yo soy si tú eres”, o “yo soy si tú mueres”. A partir de este planteo, la “humanización como emancipación” señala la posibilidad de ese otro mundo, en el cual —al decir de Marx— se cumpla el imperativo categórico de “echar por tierra todas las relaciones en las cuales el hombre es un ser humillado, sojuzgado, abandonado y despreciable” (Marx, 2008, p. 103); relaciones como las impuestas por el totalitarismo del mercado.
Se trata, por tanto, de un horizonte que se abre a partir de una relación de “reconocimiento mutuo entre los seres humanos”, donde la opción por la vida del otro constituye, al mismo tiempo, la afirmación de la propia. Esto exige el ejercicio de una ética de la solidaridad, entendida como mediación necesaria para disolver la ley que mata. Ese otro mundo posible —figurado como una “tierra prometida”— es aquel en el que la realización de los derechos humanos adquiera un sentido efectivo e integral. Tales derechos deben ser concebidos como derechos a la vida de los seres humanos; pero, dado que la vida humana es imposible sin la naturaleza, estos suponen también el reconocimiento de derechos propios de la naturaleza externa al ser humano.
Ahora bien, para que ese otro mundo posible se concrete, la racionalidad formal debe quedar subordinada a una racionalidad de otro orden, cuyo criterio no sea el cálculo de la utilidad individual, sino la preservación y afirmación de la vida humana concreta y de la naturaleza en su totalidad. Esta otra racionalidad es la “racionalidad reproductiva”, propia del sujeto que responde críticamente a la “irracionalidad de lo racionalizado” y cuyo “criterio de discernimiento” radica en reconocer al ser humano como “ser supremo” para el ser humano. Esto implica, de modo categórico, que ningún “sistema institucionalizado de relaciones sociales” puede situarse por encima de su dignidad.
Dicho criterio conlleva, además, una dimensión espiritual: la “espiritualidad del sujeto”, entendida como reconocimiento de la sacralidad de la vida humana. Desde esta espiritualidad se puede fundamentar una “ética del bien común” y una “economía para la vida”, como respuestas del sujeto de discernimiento que vivencia las distorsiones que el mercado totalizado impone sobre la existencia humana y la naturaleza. La “irracionalidad de lo racionalizado” debe ser, por tanto, subordinada a la “racionalidad del sujeto”: una racionalidad que, al contraponerse al cálculo de la utilidad propia, afirma la convivencialidad humana y su vínculo insoslayable con la naturaleza, incluso cuando ello resulte irrelevante para dicho cálculo.
En la matriz del pensamiento de Hinkelammert, que he esbozado hasta aquí, advierto dos planos ontológicos: el de “lo que es”, como ficción de la realidad, y el de “lo que no es”, i. e., la realidad concreta. A partir de estos planos, como en un juego de espejos, se configuran pares categoriales antagónicos que operan en uno u otro de estos órdenes: “lógica de dominación” y “humanización como emancipación”; “sacralización de la ley” y “sacralización del ser humano”; “espiritualidad del poder” y “espiritualidad de liberación”; “homo economicus” y “sujeto concreto, histórico y corporal”; “naturaleza como objeto explotable” y “naturaleza como cuerpo ampliado del ser humano”; “praxis de dominación” y “humanismo de la praxis”; “racionalidad formal” y “racionalidad convivencial”, entre otros. Estas oposiciones permiten evidenciar las distintas dimensiones de su pensamiento crítico: antropológica, ecológica, teológica, epistemológica, ética, económica, política y lógica.
Si la ficción de la realidad consiste en su inversión, i. e., en verla como a través de un espejo, entonces la tarea del pensamiento crítico es reconstruir la realidad concreta a partir de esa imagen invertida. Y si el ser humano es el ser supremo para el ser humano, la crítica debe comenzar por interpelar a todas las instancias sacralizadas que, como dioses del cielo y de la tierra, no lo reconocen como tal. En este horizonte, el pensamiento crítico se ejerce como afirmación radical de la vida y como apertura hacia la humanización de las relaciones sociales y del vínculo con la naturaleza. Razones que matan… y la respuesta del sujeto constituye, por ello, una introducción rigurosa al núcleo filosófico del pensamiento de Franz Hinkelammert. No se trata de un sistema doctrinario ni de una teoría cerrada, sino de una matriz categorial propia desde la cual articular razón, ética, teología y economía en función de la vida concreta. En tiempos en que la lógica del capital se presenta como ineludible, su pensamiento sigue recordando que aún es posible responder desde el sujeto: discernir, resistir y crear. Esa originalidad fue inseparable de su vocación crítica, que no se agotó en la denuncia del presente, sino que abrió la posibilidad de otro mundo: un mundo en el que la racionalidad no mate, sino que, precisamente, haga posible la vida.
Referencias
Hinkelammert, F. (2022). Razones que matan… y la respuesta del sujeto. Una introducción al pensamiento crítico emancipatorio. Editorial Caminos; Editorial filosofí@.cu; Cátedra pensamiento social crítico Franz Hinkelammert.
Marx, K. (2008). Escritosdejuventudsobreelderecho:Textos1837-1847. Anthropos.
Enlace alternativo
https://revistas.uca.edu.sv/index.php/realidad/article/view/10654/11234 (pdf)

