Reseñas
Recepción: 11 diciembre 2024
Aprobación: 05 mayo 2025

El período de posguerra de mediados del siglo XX evidenció una transformación en la trayectoria intelectual del liberalismo. Esta evolución estuvo acompañada de esfuerzos por canonizar y reconceptualizar sus principios, destacar conceptos clave, reestructurar el orden global y producir obras significativas que aún influyen en el pensamiento contemporáneo. Este período se caracteriza frecuentemente por el predominio de nuevas formas de liberalismo, especialmente el llamado neoliberalismo, que tiende a ser descrito como la ideología dominante tras la caída del Muro de Berlín. En Liberalism Against Itself: Cold War Intellectuals and the Making of Our Times (2023), Samuel Moyn analiza esta historiografía del liberalismo del siglo XX, abogando por recuperar ciertos ideales liberales previos a la Segunda Guerra Mundial frente a los desafíos planteados por lo que él denomina el “liberalismo de la Guerra Fría”.
Para Moyn, el liberalismo de la Guerra Fría fue un compromiso defensivo adoptado por intelectuales que buscaban proteger a Occidente del totalitarismo. Esta etapa del pensamiento liberal prioriza la libertad individual sobre el progreso moral y la emancipación, distanciándose del liberalismo del siglo XIX, que se basaba en aspiraciones políticas y morales más amplias de libertad, solidaridad e igualdad. Moyn critica el tono triunfalista hacia los liberales de la Guerra Fría tras la caída del Muro de Berlín en 1989, argumentando que su legado ha tenido consecuencias devastadoras (Moyn, 2023, p. 10). Este liberalismo ha sustentado la política exterior occidental, justificado guerras y limitado el poder estatal, todo ello a costa de ignorar la desesperación económica y social y sofocar las posibilidades de emancipación necesarias para un futuro más justo.
Para Moyn, esta incapacidad de imaginar un futuro mejor ha fomentado la rebelión y debilitado la credibilidad del liberalismo en la sociedad contemporánea (Moyn, 2023, p. 11). Sin embargo, sostiene que el liberalismo de la Guerra Fría no representa un punto final inevitable. Por el contrario, enfatiza la necesidad de explorar alternativas pluralistas, retomando ideas liberales anteriores a ese período para construir un marco renovado y orientado hacia el futuro, distinto a este liberalismo de la guerra fría que aún perdura en los argumentos que justifican el ascenso de Donald Trump y el Brexit. Su propuesta exige una reevaluación de los fundamentos históricos del liberalismo y una reconfiguración de su legado para enfrentar de manera más efectiva los desafíos políticos y sociales actuales.
Moyn examina a liberales de la Guerra Fría como Karl Popper y Isaiah Berlín, y también menciona figuras que influyeron en esta perspectiva, aunque no se las considere propiamente de esta misma línea de pensamiento, como Hannah Arendt. Analiza cómo estos liberales transformaron el liberalismo a través de procesos de canonización y anti-canonización, alineándose con los intereses geopolíticos de Estados Unidos (Moyn, 2023, p. 64). Este enfoque relegó a figuras como Rousseau, Kant, Hegel y Marx, privilegiando a pensadores con una visión más restringida de la libertad individual. En particular, el rechazo a Hegel debilitó el potencial transformador del liberalismo (Moyn, 2023, p. 74). Moyn describe a Berlín y Popper como los principales responsables de haberse distanciado de estas ideas, coincidiendo eventualmente con el ascenso del neoliberalismo promovido por figuras como Friederich Hayek y Milton Friedman.
El autor destaca como guía las reflexiones de Judith Shklar en su obra After Utopia (1957), donde critica el abandono de los valores ilustrados del progresismo y el perfeccionismo por parte de estos liberales. Shklar rechazó el cambio en el liberalismo, que pasó de enfatizar la autorrealización moral e intelectual a centrarse en la libertad negativa. Sin embargo, Moyn señala que Shklar incurrió en las mismas limitaciones que criticaba, al no ofrecer un camino claro hacia el futuro. Al adoptar el llamado “liberalismo del miedo,” Shklar eventualmente propuso que el liberalismo debía centrarse en prevenir la crueldad y la opresión como forma de supervivencia.
Para Moyn, los liberales de la Guerra Fría desestimaron el romanticismo por considerarlo excesivamente utópico. No obstante, considera esencial reintroducir ciertos elementos románticos que podrían enriquecer el liberalismo contemporáneo al abordar problemas como la alienación y la desesperación. Al incorporar estos ideales, Moyn sugiere que el liberalismo podría recuperar una mayor profundidad emocional y filosófica, permitiéndole inspirar un cambio transformador, en lugar de limitarse a una defensa pragmática del individuo y del statu quo, que frena el progreso. Según Moyn, el pensamiento liberal de la Guerra Fría contribuyó al abandono del ideal ilustrado de una agencia emancipadora y de la visión romántica de una agencia creativa y perfeccionista. En su lugar, adoptó una concepción pesimista, desprovista de perspectivas de futuro y marcada por la autosumisión.
Moyn crítica las contribuciones de destacados intelectuales judíos como Arendt y Lionel Trilling, analizando su papel en la configuración del liberalismo de la Guerra Fría. Para Moyn, el sionismo de Arendt contrasta con su rechazo realista de los movimientos emancipatorios marxistas, lo que revela contradicciones entre sus valores en pro de la libertad y su postura defensiva. De manera similar, la relación de Trilling con el psicoanálisis freudiano pone de relieve las tensiones entre la libertad individual y el autocontrol, destacando la importancia de una disciplina cultural y psicológica.
Según Moyn, Trilling buscó despojar al liberalismo de un falso optimismo al reformular el trabajo de Freud, desarrollando un liberalismo antiutópico. En su visión, el psicoanálisis podía integrarse al liberalismo para hacerlo más realista y consciente de los límites de la política, alejándose de sus aspiraciones radicales originales. Moyn también establece una conexión entre el liberalismo de la Guerra Fría y el neoconservadurismo, señalando que ambos compartieron la idea de movilizar la religión como respuesta útil a ciertos peligros políticos. En este contexto, Gertrude Himmelfarb y otros “revivalistas de Acton” utilizaron los escritos de Lord Acton sobre el cristianismo para proponer estándares morales eternos y establecer restricciones teológicas sobre la política.
Aunque Moyn reconoce la valoración de Berlín sobre las contribuciones del romanticismo al liberalismo, señala que este se distanció de sus tendencias perfeccionistas al priorizar la “libertad negativa” (ausencia de interferencia) sin abordar cómo el liberalismo podría institucionalizar la justicia social. Moyn también subraya la crítica de Popper al historicismo como responsable de la degradación de un concepto clave heredado de Hegel, fuente de inspiración para los idealistas británicos, separando así el canon del liberalismo del pensamiento continental. Según Moyn, el rechazo de Popper a los ideales utópicos se derivó de su concepción crítica frente a la necesidad histórica y de su pesimismo inherente. Para Moyn, este liberalismo de la Guerra Fría institucionalizó una postura defensiva hacia valores como la libertad individual, percibidos como constantemente amenazados, incluso por nociones de democracia y justicia social. Por el contrario, Moyn sugiere que el liberalismo debería ser un proyecto futurista y perfeccionista que permita la adquisición y el florecimiento de la agencia creativa de individuos y grupos.
En términos generales, Moyn aporta una voz adicional a lo que Andrew Sartori ha descrito como “un momento revisionista en el estudio de la historia del liberalismo” (Sartori, 2014, p. 3). No obstante, este aporte no debería considerarse exento de crítica. Por un lado, si Moyn insiste tanto en separar a los liberales de la era anterior a la Segunda Guerra Mundial del liberalismo de la Guerra Fría, ¿por qué sigue llamándolo liberalismo? El límite para determinar qué constituye una posición liberal parece estar en los valores promovidos por los liberales antes de la guerra, lo que plantea la pregunta sobre por qué decide asociarlos con este término. Tal vez sea una cuestión de autoproclamación, como señala Duncan Bell, respecto a la dificultad de definir qué constituye el liberalismo. Aun así , estos pensadores nunca se identificaron con el término.
La categoría de “liberalismo de la Guerra Fría” resulta excesivamente ambigua, particularmente porque clasifica a los liberales simplemente como antitotalitarios, un término que también utiliza Edmund Fawcett en su obra Liberalism: The Life of an Idea (2018). Dicho esto, Fawcett opta por señalar a figuras como Orwell, Camus y Sartre como “liberales en la Guerra Fría” (Fawcett, 2018, p. 328), lo cual es una inclusión problemática. Si bien estas figuras compartían gran parte del espíritu antitotalitario, no eran liberales propiamente dichos y, a menudo, eran críticos del liberalismo y de sus representantes. La evaluación de Fawcett parece demasiado ambiciosa, pero destaca las debilidades conceptuales y la falta de claridad al utilizar estos términos.
Además, al igual que la obra de Helena Rosenblatt, The Lost History of Liberalism (2018), este intento de revisión o reevaluación de la historia del liberalismo no necesariamente implica la búsqueda de una forma auténtica del liberalismo. En primer lugar, el liberalismo siempre ha sido un concepto disputado debido a los cambios en los contextos sociales y políticos, como también por las variaciones en el orden que se le otorga a sus conceptos internos, dependiendo del uso que brindan sus distintos representantes y pensadores. Estos pensadores a menudo se ven confrontados por contemporáneos que emplean significados radicalmente diferentes, como ocurre en la dicotomía que Rosenblatt establece entre los liberales “ortodoxos” y “nuevos” en el proceso formativo del liberalismo durante el siglo XIX.
En segundo lugar, esta búsqueda de significado, planteada como una respuesta a un proceso de degeneración a mediados del siglo XX, constituye un juicio moral y político. ¿Qué es lo que hace que priorizar los derechos individuales sobre la concepción del bien común o la emancipación convierta a una creencia o principio en menos liberal o menos preferible al liberalismo que otro? Sin duda, pueden encontrarse consecuencias negativas en ambos extremos, ya sea a través de intentos de difundir el bien común por medios imperiales o satanizando cualquier cosa que se asemeje al comunismo. Rosenblatt emplea tácticas similares al socavar los conceptos y valores dentro del período formativo del liberalismo en el siglo XIX, como la autonomía, los mercados libres y la propiedad, que podrían alinearse con un liberalismo “mítico” clásico que ella intenta rechazar históricamente.
En este sentido, el argumento de Moyn busca posicionar una forma particular de liberalismo del siglo XIX como moralmente superior al liberalismo del siglo XX, ya sea por razones históricas o debido a una suposición injustificada de que ciertos valores o conceptos son políticamente o moralmente superiores en relación con su forma “auténtica”. Este enfoque pasa por alto la contradicción inherente de reconocer la fluidez del liberalismo desde su inicio. Además, esto plantea una pregunta importante: ¿será que Moyn es excesivamente crítico con los liberales que rechazaron las visiones utópicas de sus predecesores debido a los horrores históricos asociados con los regímenes totalitarios? El rechazo de tales ideales por parte de los liberales que Moyn describe puede concebirse no simplemente como una reacción defensiva, sino también como una respuesta necesaria a las realidades políticas de la época.
Un énfasis en la libertad podría entenderse no sólo como un síntoma de miedo, sino como un requisito previo para el desarrollo y el progreso. En la Europa de la posguerra, los esfuerzos de reconstrucción requerían soluciones prácticas. Aunque existía un consenso entre socialdemócratas, conservadores e incluso liberales sobre la necesidad de la intervención estatal, pocos estaban dispuestos a abrazar visiones utópicas, como señaló Daniel Bell en The End of Ideology (1960). Así, el realismo y el pesimismo que caracterizan al liberalismo de la Guerra Fría no fueron exclusivos de los liberales; en este contexto, la responsabilidad que tienen puede ser cuestionable, dadas las condiciones de la época.
Por otro lado, pensadores como Hayek y Mises también abogaron por la revitalización de principios que habían sido largamente descuidados en este proceso y que, según ellos, corresponden a un liberalismo previo, particularmente durante el auge de programas intervencionistas como el New Deal. Esta línea de pensamiento también se aplica a Ayn Rand, cuya filosofía objetivista proponía que los principios del libre mercado estaban desapareciendo y no permitían que se materializaran las condiciones necesarias para el capitalismo, a pesar de los beneficios aparentes observados durante la Revolución Industrial (Rand, 1966, p. 135). En el contexto del movimiento por los derechos civiles y la descolonización, que enfatizaban el reconocimiento de los grupos minoritarios, Rand afirmaba que la minoría más importante de todas era el individuo, cuyo poder residía en su capacidad racional (Rand, 1964, p. 91). En este sentido relativamente optimista, el énfasis en los derechos que surgió en el siglo XX, particularmente después de los horrores de la guerra, puede verse no sólo como un reflejo del miedo, sino como un paso necesario hacia el progreso moral, legal y político al establecer fundamentos normativos sobre cómo los Estados y los individuos deben interactuar, dados los errores cometidos recientemente.
La crítica de Moyn a figuras como Hayek y Popper, especialmente en términos de su rechazo frente a ideales utópicos, también enfrenta algunos desafíos. El supuesto antiutopismo de Hayek (a quien Moyn clasifica como neoliberal) a menudo se presenta como un rechazo a los grandes esquemas de planificación central; sin embargo, sus puntos de vista sobre los principios rectores revelan una postura más matizada. Si bien se oponía firmemente a la idea de utopías diseñadas de arriba hacia abajo, reconocía su posible valor como modelos aspiracionales—como el sistema de libre comercio de Gran Bretaña—que podían servir de inspiración para la mejora (Hayek, 1982, p. 62). Hayek enfatiza la importancia de preservar el orden espontáneo de la sociedad, las libertades individuales y el estado de derecho, más que priorizar incondicionalmente el mercado. Su filosofía no rechazaba por completo el pensamiento utópico, sino que se centraba en la posibilidad de mejoras incrementales, basadas en la evolución práctica de las estructuras sociales.
De manera similar, la caracterización de Popper como un pesimista simplifica en exceso su perspectiva. Popper defendía la razón crítica y el cambio gradual y reformista, en lugar de los cambios revolucionarios. Creía que una sociedad democrática, a través del discurso razonado y la protección de los derechos individuales podría protegerse contra el autoritarismo y el caos manifestados en los movimientos más radicales, al permitir transiciones de poder ordenadas (Popper, 2022, p. 31). Popper estaba comprometido con la visión de una sociedad justa donde la libertad fuera integral, pero su fe estaba puesta en la mejora continua y razonada por encima de la búsqueda de fines inmediatos inalcanzables o idealizados (Popper, 2002, p. 230). Su énfasis en la democracia y la razón como herramientas para el progreso sugiere que su enfoque era de un optimismo cauteloso—viendo el potencial de mejora, pero reconociendo la complejidad y las limitaciones del proceso. Siendo así, aunque tanto Hayek como Popper rechazaban ciertos ideales utópicos, su defensa de la razón, la libertad y el cambio gradual contradice la perspectiva de que eran puramente pesimistas o opositores a cualquier forma de pensamiento aspiracional.
La perspectiva de Popper respecto al historicismo no surge únicamente del temor a la tiranía, sino también del reconocimiento de su lógica incoherente, particularmente de su no falsabilidad (Popper, 2002, p. 232). Su interacción con Hegel revela una visión optimista de la humanidad, sugiriendo que el determinismo histórico socava la capacidad de los individuos para tomar decisiones autónomas. Tanto Popper como Hayek argumentan que el progreso no consiste en la ausencia de errores, sino en la posibilidad que tienen los individuos de utilizar plenamente su conocimiento. Este enfoque fomenta un sentido de autoridad sobre las elecciones personales, beneficiando tanto a los individuos como a la sociedad, que prospera gracias al conocimiento descentralizado que no puede concentrarse en una sola entidad. Cada persona debe perseguir sus propios objetivos, contribuyendo a la complejidad y dinamismo de las interacciones sociales. Un regreso a una sociedad tribal cerrada no puede considerarse progreso.
Por otro lado, Moyn parece minimizar en su análisis del liberalismo la poderosa presencia de los liberales igualitaristas que prevalecieron durante gran parte del siglo XX, particularmente después de la influencia de A Theory of Justice (1971) de John Rawls. Moyn menciona a Rawls como una figura excesivamente ambiciosa que introdujo un marco para la redistribución liberal, aunque lo ve como un pensador insuficiente. Sostiene que la priorización de Rawls de la coexistencia sobre la agencia creativa emancipatoria refleja los compromisos de una tradición que lucha por adaptarse a las condiciones políticas de su tiempo. Esto sigue siendo problemático si consideramos que muchos representantes del liberalismo no abandonaron por completo los ideales de la justicia social y, de hecho, utilizaron la teoría de Rawls para impulsar gran parte de su trabajo, como puede observarse en las obras de Charles Beitz, Thomas Pogge, Thomas Nagel e incluso Ronald Dworkin. Estas ideas prevalecen no solo dentro de los confines de la academia, sino que también se han manifestado en posturas de políticas públicas y en oposición a un liberalismo defensivo como el que critica Moyn.
Finalmente, el trabajo de Moyn desafía a los lectores a reconsiderar la trayectoria histórica del liberalismo. Sostiene que el liberalismo de la Guerra Fría, con su enfoque limitado de la libertad individual y su promoción de los intereses geopolíticos estadounidenses, ha restringido el verdadero potencial transformador del liberalismo. Al abogar por un retorno a las ideas anteriores a la Guerra Fría, Moyn imagina la creación de un liberalismo emancipatorio y futurista capaz de abordar los desafíos contemporáneos a través de una comprensión ilustrada de la agencia creativa y emancipadora a nivel social.
El texto de Moyn plantea interrogantes respecto a sus propias presuposiciones políticas y morales injustificadas. El rechazo de los ideales utópicos por parte del liberalismo de la posguerra fue, en muchos sentidos, una respuesta pragmática y necesaria a los horrores del totalitarismo. El llamado de Moyn a recuperar las tradiciones perdidas invita a reflexionar sobre las complejas variantes del liberalismo, que pueden evolucionar adaptándose a una multiplicidad de contextos culturales y marcos conceptuales. Liberalism Against Itself es una contribución provocadora a la historiografía del pensamiento liberal, pero quizás sea una muestra adicional de la tensión entre las posturas propias de la libertad individual y la responsabilidad colectiva, subrayando la necesidad de una visión más inclusiva y transformadora del liberalismo en el siglo XXI, una perspectiva que no debe estar exenta de críticas y reflexiones sobre posibles falsas dicotomías y agendas ocultas.
Referencias
Hayek, F. A. (1982). Law, legislation and liberty: A new statement of the liberal principles of justice and political economy (Vol. 1: Rules and order, vol. 2: The mirage of social justice, vol. 3: The political order of a free people). Routledge & Kegan Paul Ltd.
Moyn, S. (2023). Liberalism against itself: Cold War intellectuals and the making of our times. Yale University Press.
Popper, K. (2002). The open society and its enemies (vol. 2: Hegel and Marx). Routledge.
Rand, A. (1964). The virtue of selfishness. New American Library.
Rand, A. (1966). Capitalism: The unknown ideal. New American Library.
Rosenblatt, H. (2018). The lost history of liberalism: From ancient Rome to the twenty-first century. Princeton University Press.
Sartori, A. (2014). Liberalism in empire: An alternative history. University of California Press.
Notas de autor
Enlace alternativo
https://revistas.uca.edu.sv/index.php/realidad/article/view/9783/10363 (pdf)

