

Reflexiones
El Cielo de lo Ideal: literatura y modernización en El Salvador (1860-1920) de Ricardo Roque Baldovinos1
The Sky of the Ideal: literature and modernization in El Salvador (1860-1920) by Ricardo Roque Baldovinos
Realidad, Revista de Ciencias Sociales y Humanidades
Universidad Centroamericana José Simeón Cañas, El Salvador
ISSN: 1991-3516
ISSN-e: 2520-0526
Periodicidad: Semestral
núm. 148, 2016

El presente libro cierra una trilogía ensayística que comienza con una primera colección de ensayos titulada Arte y Parte (2001) que introduce al lector a algunas de las preocupaciones teóricas que se hallan en la totalidad de su obra, como son la relación entre vanguardias estéticas y política, la invención literaria de la nación o las soluciones formales específicas que encuentran los escritores en busca de una expresión propia y nacional. Ya en esta primera obra contamos con un ensayo sobre Arturo Ambrogi, figura central del libro que discutimos a continuación, donde se desarrolla una aproximación a la modernidad literaria salvadoreña a partir de una relectura del rol de la crónica finisecular. Como articulación estético-discursiva de la experiencia moderna, la crónica nos sitúa ante nuevas sensibilidades, espacios y personajes de la realidad salvadoreña, que son a la vez simultáneos y no simultáneos con las configuraciones y experiencias de las grandes urbes de su tiempo.
El segundo libro de ensayos del autor, Niños de un Planeta Extraño (2012), nos ofrece rigurosas lecturas que abarcan desde la novela épica hasta el cine de Sergei Eisenstein, pasando por una valoración de las nuevas expresiones literarias del período de la guerra y la posguerra en El Salvador, así como unos primeros e importantes ensayos sobre el ideologema del mestizaje y el rol central que juega en la expresión y articulación de la nación en el siglo XX. El problema del constructo étnico-identitario del mestizaje adquiere gran relieve en la tercera parte de este nuevo libro que presentamos hoy, al abordarlo no solamente como elemento central del discurso de la modernización latinoamericana, sino también como una doble operación: por un lado, de despojo y destrucción del sujeto indígena y, por otro, de su idealización nostálgica y necesaria para la construcción de un pasado nacional. Y, si bien es cierto que en este tercer libro de ensayos se mantiene en la línea teórica e investigativa sobre la modernidad cultural a la que el autor ha dedicado la obra de una vida, nos encontramos ante un nuevo nivel de minuciosa investigación histórica que abre el archivo de las revistas literarias y de los periódicos salvadoreños de la segunda parte del siglo XIX, acercándonos con lujo detallado a la materialidad lingüística, a las dimensiones económicas y políticas de su organización pública, y a las transformaciones sociales de esa precaria formación cultural que llamamos literatura. Y digo formación cultural y no institución porque es justamente esa transición de formación a institución la que investiga este libro a través de la figura del hombre de letras que hacia el fin de siglo se vuelve el escritor cronista, el cual adquiere una nueva forma de enunciación y autoridad cultural propia de la experiencia moderna. Con este libro, Roque Baldovinos completa a través de una exhaustiva investigación histórica, la reconstrucción de la esfera pública en El Salvador de la época y con ello redimensiona nuestra comprensión del funcionamiento de las élites, de la cultura urbana, de las sociedades literarias, de la fortuna y del infortunio de ciertas instituciones culturales emergentes, y de la reconfiguración del imaginario nacional que dominará en el siglo XX.
Teniendo en mente a los estudiantes de literatura, conviene que nos detengamos un momento y nos preguntemos: ¿Qué es lo que anima una investigación de esta envergadura? ¿Qué preguntas claves sostienen una obra como ésta? ¿Con quiénes dialoga y a quiénes responde? Toda la obra de Ricardo Roque Baldovinos gira en torno a un problema y a una paradoja de corte esencialmente moderno: si el problema es cómo se hilvana la relación entre literatura y sociedad en condiciones periféricas que no corresponden al desarrollo capitalista y de sus instituciones culturales, tal y como se dio en los grandes centros urbanos occidentales, la paradoja es que la experiencia global del capitalismo, que si bien es desigual y combinada, es también siempre simultánea en el tiempo-ahora.
En ese sentido, la modernidad es una forma específica de temporalidad con horizonte de futuro y el reto es entenderla desde su lugar específico, pero en su simultaneidad global. Este libro nos presenta una manera de hacer historia cultural para poder comprender cómo una pequeña ciudad centroamericana, cuya población no llegaba a los 50 mil habitantes cuando las grandes ciudades europeas se acercaban al millón, maneja esa relación social y ese lugar de enunciación que reconocemos como práctica literaria. Si la novela es el género por excelencia de la época capitalista moderna, ya sea entendida de maneras tan diversas; desde ser un dispositivo disciplinario de los espacios y roles sociales en la sociedad industrial hasta entenderse como una irrupción radical de la letra muda después de la Revolución francesa (según sigamos a diferentes teóricos de la novela desde Nancy Armstrong a Jacques Rancière), ¿cómo entender entonces un lugar sin producción novelística, sin desarrollo industrial, pero absolutamente coexistente en el tiempo-espacio de la modernidad capitalista? Abordar la cuestión requiere de mucho más que el manejo magistral del archivo: es imposible aproximarse al problema sin dominar los retos teóricos de su interpretación. Los lectores que sean pacientes, curiosos y entusiastas descubrirán en este libro una propuesta innovadora que responde con rigor histórico y sofisticación teórica a la condiciones de la modernidad periférica salvadoreña.
El Cielo de lo Ideal consta de tres partes: la primera dedicada a la relación entre literatura y proyecto liberal, la segunda dedicada a la configuración modernista finisecular en su expresión salvadoreña y la tercera a escrituras del mestizaje. Los ensayos de la primera parte exploran el sistema de las bellas letras o del escritor letrado que impera en el período pos-independista. En los inicios de la construcción liberal de la república, lo literario –definido en un amplio sentido– opera como una tecnología retórica para producir ciudadanos civilizados. Sus protagonistas son letrados cuya presencia como oradores actualiza la cultura erudita en actos públicos. Impartir valores morales a través de estos actos civilizatorios del buen decir era central al proyecto liberal modernizador. El Estado liberal es el mecenas de esta república de las letras que encarna los anhelos de progreso heredados de la Ilustración europea. A través de una revisión exhaustiva de los periódicos y gacetas de la época, descubrimos el entramado cultural urbano en que se desarrolla la actividad belletrística. Aprendemos lo que se leía en esta época y qué expresiones culturales importadas de Europa, como la música y los bailes, son también parte del espacio social del proyecto liberal civilizatorio.
Eventualmente, alrededor de 1880 emerge un público que asiste a conciertos y obras teatrales anunciando los albores de una nueva, si bien precaria, esfera cultural no enteramente dependiente del mecenazgo estatal y que reconoce la autoridad cultural de los creadores literarios. Los comienzos de la Biblioteca Nacional datan de esta época, y la investigación que nos presenta Roque Baldovinos corrobora su precario y fortuito comienzo con la compra de seis mil volúmenes de la colección del cardenal Lambruschini que constan de poco apoyo físico y logístico (desde la falta de estanterías hasta de personal de biblioteca) y de pocos lectores. Es como si la biblioteca estuviese allí para representar más un símbolo y la idea de progreso que una realidad material y cultural con necesidades institucionales. El estudio de este caso nos demuestra el desajuste entre el imaginario cultural liberal y la realidad de su implementación en El Salvador de la época.
La modernidad como forma de temporalidad alberga una proyección de futuro que se registra en el léxico del progreso, del avance científico y de la transformación física de los entornos urbanos por pequeños que sean. Las innovaciones tecnológicas de la época, desde el buque de vapor hasta la telegrafía, conectan al mundo reduciendo las distancias y ampliando los horizontes de expectativas culturales. Se instaura un nuevo tiempo, y San Salvador, sin haber pasado por un desarrollo industrial, una expansión de las clases medias, o por la consolidación de un público lector o de un mercado literario, se encuentra en la encrucijada de la modernización y de su articulación. Parte de la mitología literaria salvadoreña es puesta cabeza abajo en esta parte del libro al rastrear el paso de Rubén Darío por El Salvador, donde entre 1889 y 1890 dirigió el periódico La Unión por encargo del entonces presidente de la República, el general Francisco Menéndez.
Por años, la historiografía literaria salvadoreña ha querido dar certificado de nacimiento al Modernismo latinoamericano en El Salvador al afirmar que fue Francisco Gavidia quien instruyó al joven Darío en la métrica del verso alejandrino francés y que, por lo tanto, la renovación de la lengua castellana iniciada por el gran poeta nicaragüense comenzó en El Salvador. Aparte del delicioso delirio de provincia de querer datar la compleja articulación de la expresión literaria finisecular latinoamericana a una discusión de la métrica de la poesía entre dos poetas en algún lugar de El Salvador, se incurre además en errores conceptuales que han atrasado el estudio del Modernismo como fenómeno cultural. La insistencia en que el Modernismo es un movimiento literario, fundamentalmente poético, ignora que lo que se juega en el Modernismo es la codificación de la experiencia moderna periférica.
Así como la novela realista europea dejó entrar otras realidades, otros sentidos y otro demos a su interior, en Latinoamérica es en la crónica donde encontramos la llave de esa experiencia. La reinterpretación de la función de la crónica ha sido parte de la revisión crítica llevada a cabo en las últimas décadas por importantes críticos latinoamericanos como Julio Ramos, Susana Rotker y Graciela Montaldo. Sin embargo, la importante y original contribución de Roque Baldovinos consiste no solamente en leer la crónica salvadoreña bajo esa nueva clave interpretativa, sino en ofrecernos una explicación del funcionamiento de la crónica en relación a la previa configuración letrada-belletrística y su irrupción como artefacto estético-político en lo que va a ser el régimen estético de las artes en esta parte del mundo. En este sentido, el gran capítulo del libro es el capítulo sobre Ambrogi y la filosofía del hecho menudo, en donde la madurez y solvencia intelectual del autor brillan en el agrupamiento de la reconstrucción histórica de los regímenes desiguales del arte coexistentes en la periferia, su imbricación con diferentes momentos del liberalismo decimonónico, la transformación urbana de San Salvador y la emergencia de esa nueva prosa que nos brinda el régimen visible del campo y la ciudad, por evocar aquí una formulación de Raymond Williams. El campo y la ciudad se presuponen, pero el campo no emerge sino hasta que existe un observador que se puede distanciar en ocio del campo y convertirlo en paisaje como lo vemos en las crónicas de Ambrogi. La ciudad no es sólo una forma de visión moderna, es la encarnación material de una decisiva conciencia moderna que registra nuevas sensaciones, la intersección de las culturas altas y populares, donde coexisten tranvías y lodazales, dandys y jayanes en un mismo tiempo-espacio y en una liminalidad social tan exhilarante como amenazadora. El capítulo no tiene pérdida y es una de las grandes contribuciones al estudio de la crónica y de su historia cultural en la periferia de la periferia que en su expresión fue tan contemporánea como las crónicas de Martí o de Gutiérrez Nájera escritas desde las grandes urbes del continente.
Pero todo documento cultural es un documento de barbarie, como nos ha enseñado Benjamin, y la modernidad viene con despojos y destrucciones, con élites que ya no sueñan con el cielo de lo ideal sino con el dominio de la nación moderna sobre sus sujetos. El libro cierra con dos perturbadores capítulos que exploran la urdimbre de la ideología étnico-racial que arrasará con las formas de vida indígena y desterrará a este grupo a la mitología originaria cuscatleca, patriarcal y racista que desembocará décadas más tarde, en el año de 1932, en una de las masacres indígenas-campesinas más brutales del siglo XX latinoamericano. Bastan estos capítulos, en línea con otras investigaciones sobre la ideología del mestizaje que sirven tanto a la destrucción de los ejidos indígenas en el México pre-revolucionario y cuyo conflicto inevitablemente desemboca en la primera revolución del siglo XX. La revolución institucionalizada glorificará la grandeza del pasado indígena precolombino por décadas, mientras en Chiapas volverán los indígenas de carne y hueso a exigir sus tierras. Un proceso similar ocurre en Argentina con la destrucción del entorno del gaucho y su esclavización por parte de un Estado expansionista que también convertirá en mito nacional no al gaucho cantor de Martín Fierro, sino al gaucho violento e indomable de las pampas, emblema de la virilidad nacional argentina. La lectura de estos dos últimos capítulos del libro dedicados a la mitología fundacional de Cuscatlán bastan para hacernos reflexionar muy seriamente sobre la construcción de los mitos de la nación que –después de eliminar las formas de vida de los pueblos originarios– erige monumentos e inculca leyendas románticas sobre figuras indígenas extirpadas de la realidad social del aquí y ahora. Es sí, dialéctica de la ilustración, pero también parte del entramado de la colonialidad del poder que caracterizó a las sociedades latinoamericanas desde su inicio. No tengo tiempo para más, así que tendrán ser las lectoras y lectores quienes experimenten el desengaño de leer a Miguel Ángel Espino en clave política y agudamente crítica que nos brinda este gran libro. No me queda más que felicitar calurosamente al autor por este enorme aporte a la historia cultural de El Salvador y a la crítica literaria latinoamericana en su conjunto.
Referencias
Armstrong, N. (1990). Desire and domestic fiction: a political history of the novel. Oxford y Nueva York: Oxford University Press.
Montaldo, G (1995). La sensibilidad amenazada. Tendencias del modernismo latinoamericano. Caracas: Editorial Planeta Venezolana, Fundación CELARG.
Ramos, J. (2003). Desencuentros de la modernidad en América Latina: literatura y política en el siglo XIX. Santiago de Chile y San Juan de Puerto Rico: Editorial Cuarto Propio/Ediciones Callejón.
Rancière, J. (2006). La palabra muda: ensayo sobre las contradicciones de la literatura. Buenos Aires: Eterna Cadencia.
Roque Baldovinos, R. (2016). El cielo de lo ideal, literatura y modernización en El Salvador (1860-1920). San Salvador: UCA Editores.
Roque Baldovinos, R. (2012). Niños de un planeta extraño. San Salvador: Editorial Universidad Don Bosco.
Roque Baldovinos, R. (2001). Arte y parte. Ensayos de literatura. San Salvador: Istmo Editores.
Rotker, S. (2006). La invención de la crónica. México: Fondo de Cultura Económica.
Williams, R. (2001). El campo y la ciudad. Barcelona: Paidós.
Notas
Enlace alternativo
https://revistas.uca.edu.sv/index.php/realidad/article/view/4535/4526 (pdf)

