Dossier Temático

La posibilidad de un espacio personal

The possibility of a personal space

Lauri García Dueñas
Universidad Loyola del Pacífico, México

Realidad, Revista de Ciencias Sociales y Humanidades

Universidad Centroamericana José Simeón Cañas, El Salvador

ISSN: 1991-3516

ISSN-e: 2520-0526

Periodicidad: Semestral

núm. 151, 2018

realidad.director@uca.edu.sv



DOI: https://doi.org/10.5377/realidad.v0i151.6806

Cuando hablamos de teoría feminista nos referimos, casi siempre, a un cuerpo de textos realizados por filósofas, sociólogas, antropólogas o teóricas. A veces, olvidamos que la teoría feminista, tal vez no de manera explícita, tiene como reducto de sus ideas el trabajo de algunas escritoras que desde su hacer y experiencia de vida llegaron a conclusiones que el feminismo abraza.

Ese es el caso de Virginia Woolf, quien al pedirle que escribiera y hablara sobre la relación de las mujeres y la novela a principios del siglo XX, decidió partir su análisis desde las inercias históricas que han impedido que las mujeres nos desarrollemos plenamente en esta área de la creación artística, y lo hizo no sólo de manera emotiva sino estéticamente impecable.

Desde la falta de bebida y comida adecuadas para inspirarnos y escribir, la ausencia de un cuarto propio que nos proporcione privacidad y aislamiento, la negación de la posibilidad de entrar solas a una biblioteca, la responsabilidad impuesta socialmente de dedicarnos a las tareas domésticas y a la crianza, la prohibición de procurarnos y guardar nuestro propio dinero hasta la imposibilidad de participar del afuera social, como en el caso de las hermanas Brontë; Virginia Woolf profundiza en las condiciones materiales por las cuales las mujeres hemos tenido una participación marginal en la historia de la literatura:

Pero ahí estaba yo en la puerta misma de la biblioteca. Debo haberla abierto, porque inmediatamente surgió, como un ángel guardián, vedando el camino, con una agitación de ropaje negro en lugar de alas blancas, un caballero suplicante, plateado y bondadoso, que deploró en voz baja, al despedirme, que la entrada a la biblioteca sólo fuera permitida a señoras acompañadas por un profesor del Colegio o provistas de una carta de presentación. (Woolf, 1929, p. 31).

Uno no puede pensar bien, amar bien, dormir bien, si uno ha comido mal. La lámpara en la médula no se enciende con carne hervida y ciruelas (Woolf, 1929, p. 24).

Woolf (1929) aclara: “Hacer una fortuna y tener trece hijos: no hay ser humano que dé para tanto. Hay que encarar los hechos, dijimos” (p. 27).

Primero nueve meses para que nazca la criatura. Una vez despechada la criatura se necesitan a lo menos cinco años para jugar con la criatura. No se puede, parece, dejarlos corretear por las calles. Gente que las ha visto sueltas en Rusia dice que es espectáculo no es agradable. (Woolf, 1929, p. 28)

La hipótesis de Woolf es que nuestras limitaciones en la creación literaria están condicionadas por las restricciones que tenemos las mujeres en nuestras vidas personales y con respecto a los hombres:

¿Por qué los hombres bebían vino y las mujeres agua? ¿Por qué un sexo era tan adinerado, y tan pobre el otro? ¿Qué influencia ejerce la pobreza sobre la literatura? ¿Qué condiciones requiere la creación de obras de arte? – mil preguntas me acosaban a un tiempo-. (Woolf, 1929, p. 31).

Por otra parte, la opinión histórica de algunos hombres de que la mujer es inferior no escapa de la sorna de la escritora, Woolf ironiza:

Era la cara y la figura del profesor von X, durante la compilación de su obra monumental: “La Inferioridad Mental, Moral y Física del Sexo Femenino”. No era en mi croquis un hombre que interesaba a las mujeres. Era pesadote; tenía la mandíbula enorme; para compensar ese exceso tenía ojos muy chicos; muy colorado. Tenía el aire de estar padeciendo alguna emoción que le hacía clavar la pluma en el papel como si al escribir estuviera matando algún insecto dañino; pero como si no le satisficiera matarlo y estuviera obligado a seguir matándolo y aun así le sobraran motivos de irritación y cólera. ¿Sería su mujer? me pregunté mirando mi croquis. ¿Estaba enamorada su mujer de un oficial de caballería? ¿Era esbelto y apuesto y vestido de astrakán el oficial de caballería? ¿O para adoptar la tesis de Freud, una muchacha linda se había reído de él en la cuna? (Woolf, 1929, p. 38).

La hipótesis aparece claramente:

Es muy posible que si el profesor recalcaba con algún énfasis la inferioridad de la mujer, le interesaba menos esa inferioridad que su propia superioridad. Eso es lo que él estaba protegiendo de un modo atolondrado y a gritos, porque para él era una joya de gran valor. Para ambos sexos – y los miré, abriéndose camino en la acera – la vida es ardua, difícil, una lucha perpetua. Exige coraje y fuerza gigantesca. Más que nada, criaturas de ilusión como somos, exige confianza en sí mismo. Sin esa confianza somos como niños en la cuna. ¿Y cómo elaborar con más rapidez esa imponderable calidad, que sin embargo es tan preciosa? ¿Pensando que los demás valen menos que uno? ¿Pensando que uno tiene alguna innata superioridad sobre los demás? (Woolf, 1929, p. 41).

La escritora inglesa abunda en todo el libro en la imposibilidad de que una mujer pudiese alcanzar el nivel estético de Shakespeare, pero no por falta de talento sino, precisamente, por la realidad económica, social, política y cultural que nos ha impedido dedicarnos exclusiva u holgadamente a la creación, ya que “debemos” atender las necesidades domésticas:

Ahora bien, en los pasajes que cité de Jane Eyre, es indudable que la vida estaba falseando la integridad de Charlotte Brontë la novelista. Ella descuidaba su cuento, al que debía toda su atención, para atender algún agravio personal. Se acordaba que había sido privada de su debida porción de experiencia, que la habían estancado zurciendo medias en una casa parroquial cuando necesitaba errar libre por el mundo. (Woolf, 1929, p. 82).

Y ya que una novela guarda esa correspondencia con la vida real, sus valores son de algún modo los de la vida real. Pero es evidente que los valores de las mujeres difieren a menudo de los valores establecidos por el otro sexo; es natural que esto sea así. Con todo, son los valores masculinos los que prevalecen. En términos generales, el football y el deporte son “importantes”; el culto de la moda, la compra de trajes, “triviales”. (Woolf, 1929, p. 82).

Seguramente, desde que la libertad y plenitud de expresión son esencia del arte, una carencia tal de tradición, una tal escasez de útiles adecuados, deben haber influido enormemente en lo que escribían las mujeres. (Woolf, 1929, p. 86).

Su entrañable propuesta es que las escritoras y estudiantes de literatura debemos trabajar juntas para que un talento femenino como el de Shakespeare pueda surgir y desarrollarse y tanto vale la pena este fin que también lo valen la oscuridad y la pobreza:

Pienso que en breve, ustedes le podrán ofrecer esa oportunidad. Porque mi credo es que si perduramos un siglo o dos – hablo de la vida común que es la verdadera y no de las pequeñas vidas aisladas que vivimos como individuos – y tenemos quinientas libras al año y un cuarto propio; si nos adiestramos en la libertad y en el coraje de escribir exactamente lo que pensamos; si nos escapamos un poco de la sala común y vemos a los seres humanos no ya en su relación recíproca, si no en su relación a la realidad; si miramos los árboles y el cielo tales como son; si miramos más allá del cuco de Milton, porque no hay ser humano que deba taparnos la vista; si encaramos el hecho (porque es un hecho) de que no hay brazo en que apoyarnos y de que andamos solas y de que estamos en el mundo de la realidad y no sólo en el mundo de los hombres y las mujeres, entonces la oportunidad surgirá y el poeta muerto que fue la hermana de Shakespeare se pondrá el cuerpo que tantas veces ha depuesto. Derivando su vida de las vidas desconocidas que la precedieron, como su hermano lo hizo antes que ella, habrá de nacer. Esperar que venga sin esa preparación, sin ese esfuerzo nuestro, sin esa resolución de que cuando renazca le será posible vivir y escribir su poesía, es del todo imposible. Pero sostengo que vendrá si trabajamos por ella y que vale la pena trabajar hasta en la oscuridad y en la pobreza. (Woolf, 1929, p. 125)

Leer a Virginia Woolf en pleno 2017 es un llamado a “hacer montón” como gremio de mujeres escritoras e intelectuales y trabajar por reescribir las inercias históricas que nos orillaron a un papel marginal en la historia de la literatura. Por eso, es urgente leer este libro.

Cierren sus bibliotecas si quieren; pero no hay puertas, ni cerraduras, ni cerrojo que cierre la libertad de mi espíritu. (Woolf, 1929, p. 184).

Referencias bibliográficas

Rendueles, C. (2017). “Malas noticias: materialismo”. Círculo de Bellas Artes. Recuperado de http://www.circulobellasartes.com/revistaminerva/articulo.php?id=704

Woolf, V. (1929). Un cuarto propio. Madrid: Alianza Editorial.

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