Reseñas

Memoria histórica del movimiento campesino de Chalatenango, de Carlos Benjamín Lara Martínez

Historical memory of the peasant movement of Chalatenango, by Carlos Benjamín Lara Martínez

Sajid Alfredo Herrera Mena
Universidad Centroamericana José Simeón Cañas, El Salvador

Realidad, Revista de Ciencias Sociales y Humanidades

Universidad Centroamericana José Simeón Cañas, El Salvador

ISSN: 1991-3516

ISSN-e: 2520-0526

Periodicidad: Semestral

núm. 153, 2019

realidad.director@uca.edu.sv



DOI: https://doi.org/10.5377/realidad.v0i153.9477

Este libro se inscribe en un interés no muy extendido dentro de las ciencias sociales en El Salvador por los denominados “grupos subalternos”. En efecto, el antropólogo Carlos Lara Martínez nos habla del protagonismo de los semicampesinos de dos comunidades del oriente de Chalatenango; de cómo en la década de 1970, el catolicismo progresista de las comunidades eclesiales de base y el movimiento político procesaron un giro (o generaron un “desbloqueo ideológico”) en su conciencia colectiva, en su manera de entender y transformar su comunidad y el país.

Dos aspectos quiero subrayar en torno al libro de Carlos Lara Martínez, permitiéndome extrapolar algunas ideas que me ha provocado su lectura. El primero de ellos es el interés por la cultura y, el segundo, el interés por los sectores subalternos.

La propuesta de análisis sobre la cultura que nos hace Carlos Lara Martínez viene a distanciarse del sustancialismo aristotélico que pervive en algunos análisis de los científicos sociales salvadoreños, quienes están aferrados a una dura interpretación por la vía materialista-dialéctica. En efecto, estos parten de un esquema de base material/superestructura para explicar lo social; esquema que está sustentado en la dupla aristotélica de sustancia/accidentes, en donde lo que determina en última instancia es la base económica en contraposición a la cultura (superestructura y accidentes). Para Lara Martínez, en cambio, la cultura se convierte en una dimensión explicativa de la realidad, tan válida como la dimensión económica. Ello lo podemos comprobar cuando analiza la construcción de la memoria histórica por parte de los campesinos de Guarjila y San Antonio de los Ranchos, y su escenificación en rituales. Su memoria no sólo se convirtió en una cultura contrahegemónica frente a “los otros” (regímenes militares, terratenientes, entre otros), sino que también fue un conjunto de prácticas que dieron sentido y ordenamiento colectivo a sus comunidades.

Anteriormente, Lara Martínez nos ha evidenciado el papel de la cultura en los pueblos rurales salvadoreños a través de sus trabajos sobre Santo Domingo de Guzmán y Joya de Cerén; sin embargo, en esta investigación sobre Chalatenango es donde podemos ver la madurez de su trayectoria como antropólogo socio-cultural. Lara Martínez se decanta por estudiar la memoria histórica porque, a su juicio, se trata de una memoria social que ha incorporado aspectos de la historia científica debido a la experiencia que tuvieron estas comunidades campesinas con el movimiento político organizado. Así, a diferencia de otros sectores populares centroamericanos, los habitantes de Guarjila y Los Ranchos han venido conociendo y entendiendo la historia reciente del país a través de lecciones escolares, homilías, canciones populares, escenificaciones teatrales, entre otros.

Pasemos al segundo aspecto, el de los subalternos o “los de abajo”, que está muy unido al anterior. El abordaje de estos sujetos no ha sido tan frecuente en las ciencias sociales de El Salvador como lo señalaba al inicio. Probablemente, fue Alejandro Dagoberto Marroquín quien haya inaugurado esta vertiente en la década de 1950 con su estudio sociológico sobre Panchimalco. Luego, otro investigador que puso en escena a estos sectores fue el geógrafo británico David Browning con su trabajo sobre el problema de la tierra en El Salvador; trabajo que se volvió un clásico de estudio obligado por varias generaciones.

Desde la década del 90, los estudios de Patricia Alvarenga, Aldo Lauria, Erik Ching, entre otros, y en esta última década, estudios como el de Paul Almeida o Irina Carlota Silber, han puesto de relieve a los subalternos como electores, campesinos que participaron en actos delictivos, indígenas capaces de doblegar a los gobiernos centrales, movimientos sociales que se enfrentan a medidas privatizadoras o antiguos revolucionarios rurales experimentando el régimen neoliberal o la migración. Carlos Lara Martínez, por su parte, nos conduce al mundo de los semicampesinos chalatecos a través de un camino etnográfico y de entrevistas semiestructuradas. Considero que con su estudio se convierte en heredero de los clásicos trabajos de Segundo Montes e Ignacio Martín Baró, pero sumado el enriquecimiento teórico-metodológico que nuestro antropólogo de la Universidad de El Salvador ha sabido ofrecer en sus investigaciones.

En su trabajo, El compadrazgo. Una estructura de poder en El Salvador (1979), Segundo Montes buscaba desmontar esta institución de origen hispánico que generaba redes clientelistas entre patronos y clientes. A lo largo de cuatro siglos, el compadrazgo terminó instaurando una cultura de dependencia por parte de los indígenas con respecto a los poderes locales, hasta el punto de condicionar la adhesión o no de aquellos a los movimientos que se levantaron en 1932, en el occidente del país. En pocas palabras, Montes nos señaló cómo se instauró esa cultura en los indígenas, en los hombres y mujeres del área rural.

La pasividad que podía generar una cultura de la dependencia como el compadrazgo fue fundamental en las décadas de los 70 y 80 para explicar la resistencia de algunos sectores rurales para sumarse a los movimientos revolucionarios durante esas décadas previas a la guerra civil. Incluso, lo sigue siendo todavía para entender algunas de las raíces sociológicas del conservadurismo rural. Sin embargo, ¿cómo entender el cambio o el giro que algunos de los campesinos dieron en su forma de interpretar el mundo? Y es allí en donde está, a mi modo de ver, uno de los aportes del libro de Lara Martínez.

Carlos Lara Martínez nos dice que las condiciones de explotación y represión vividas por los pequeños agricultores del oriente de Chalatenango no fueron suficientes para la construcción de una conciencia revolucionaria; por el contrario, esas condiciones habían sido permanentes sin haber logrado una expresión colectiva de organización. La ruptura con el conservadurismo rural, con el catolicismo tradicional y jerárquico, se hizo entonces a través de una nueva lectura de la Biblia, de los cursillos, de las prédicas y celebraciones de la palabra que sacerdotes, líderes religiosos y catequistas realizaron en la década de 1970.

Esta conciencia social crítica adquirida por los pobladores de Guarjila y Los Ranchos tuvo sus costos como experimentar el exilio y el refugio en Honduras durante el conflicto, así como su complicada repatriación y su participación armada en la guerra civil, sobre todo en la primera ofensiva contra el régimen militar salvadoreño. Con todo, generó un nuevo sentimiento de pertenencia, una valiosa identidad de carácter comunitario. Ahora bien, con este último aspecto quiero conectar la continuidad renovadora del trabajo de Lara Martínez con los estudios de otro científico social: Ignacio Martín Baró.

En 1973, Martín Baró publicó un importante ensayo titulado: “Psicología del campesino salvadoreño”, en donde señalaba que las actitudes básicas de los trabajadores del campo eran su autodevaluación, su fatalismo e individualismo, justamente por su mundo inhóspito, cerrado y opresor. Por ello, entre otras cosas, planteaba que el aporte de la psicología para cambiar la estructura de significación que ligaba al campesino con su mundo estaba en la creación de nuevos modelos de identificación popular.

Carlos Lara Martínez nos revela ese proceso de construcción identitario en los casos particulares de Guarjila y Los Ranchos. Las figuras de monseñor Romero, Jon Cortina y los mártires revolucionarios han jugado ese papel de identificación colectiva, reforzándose a través de los rituales que comunitariamente se siguen realizando. Sin embargo, la identidad comunitaria de estos semicampesinos dista mucho de ser homogénea. El caso que Lara Martínez explica en el libro, el de un párroco que quiso cambiar los nombres de los barrios y sustituir el día de la fiesta patronal ante la oposición de muchos pobladores y su concejo municipal, así como la celebración de festividades tradicionales dentro del calendario litúrgico, como Semana Santa, no deja dudas del sincretismo cultural, religioso e identitario con la que se mueven estos lugareños.

En las últimas décadas, según analiza Lara Martínez, los pobladores de ambos lugares se enfrentan al desafío de la continuidad de su memoria construida anteriormente y la realidad de una sociedad nacional y neoliberal. Si bien, han ganado en aspectos como autonomía política y social, han tenido que negar o ceder en otros aspectos como la educación de sus hijos bajo los textos del Ministerio de Educación, en donde se expresan valores de la sociedad dominante.

Para finalizar, no cabe ninguna duda de que el libro de Carlos Lara Martínez es una evidencia de cómo dos comunidades campesinas de Chalatenango se convierten en un excelente laboratorio sociológico y antropológico para analizar las construcciones culturales, así como sus metamorfosis durante los últimos años. Estamos, entonces, ante un nuevo y valioso aporte para el enriquecimiento de las ciencias sociales en el país.

Referencias

Lara Martínez, C. (2018) Memoria histórica del movimiento campesino de Chalatenango, San Salvador, UCA Editores.

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