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La civilización fracasada. Crítica política desde Ignacio Ellacuría al capitalismo, de Carlos Mauricio Hernández
La civilización fracasada. Crítica política desde Ignacio Ellacuría al capitalismo, by Carlos Mauricio Hernández
Realidad, Revista de Ciencias Sociales y Humanidades, núm. 162, pp. 81-84, 2023
Universidad Centroamericana José Simeón Cañas

Reseñas

Realidad, Revista de Ciencias Sociales y Humanidades
Universidad Centroamericana José Simeón Cañas, El Salvador
ISSN: 1991-3516
ISSN-e: 2520-0526
Periodicidad: Semestral
núm. 162, 2023


Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial 4.0 Internacional.

El texto que hoy reseñamos, La civilización fracasada. Crítica política desde Ignacio Ellacuría al capitalismo, se publica en un momento en el que la violencia de los países de El Salvador, Guatemala y Honduras porta viejos-nuevos rostros. Las tragedias que viven hombres, mujeres y familias enteras expulsadas de sus países de origen por la ausencia de los mínimos materiales para la existencia y reproducción social, entraña, al igual que ayer, el dominio omnímodo del capitalismo y el rostro visible de la política y geopolítica estadounidense.

Reconstruir la historia política de El Salvador con el legado del pensamiento de Ignacio Ellacuría, un pensamiento crítico que porta las dimensiones de la prospectiva y la retrospectiva, y una filosofía política construida epistemológicamente desde sociedades en las que poder del capital doblega toda dimensión de disenso, le permiten al autor, dibujar lo que para Ellacuría era el nodo de la violencia social y política en Centroamérica, esto es, la contradicción entre capitalismo y democracia, que en sus distintas escalas desvela escenarios de futuro de “civilización fracasada”.

El libro se estructura en cuatro capítulos. En el primero, “El Salvador en guerra: la explosión de la violencia política”, Hernández reescribe la historia de la formación social salvadoreña desde sus materiales estructurales: el café y la sujeción al mercado internacional, y un régimen en el que política y militarismo definen una relación indisoluble. Este régimen, acuerpado en la categoría de pretorianismo, que se expande al conjunto de los países de Centroamérica, permiten sostener las tesis de Ellacuría referidas al largo caminar de una democracia liberal tensionada por los poderes entre una elite político-militar y la clase cafetalera, cuyas salidas, sin ruptura en sus fundamentos, serán coyunturalmente mediada por el poder geopolítico estadounidense. No obstante, con golpes de Estado en mano, y el dominio y la explotación de la población trabajadora al límite, después del golpe de Estado de octubre de 1979, la guerra civil se hace realidad y, como confrontación de un proceso armado, la violencia terrorista de Estado se orienta a la insurgencia y a la sociedad civil.

En el segundo capítulo, “La democracia y el Estado en Centroamérica”, de la mano de Ellacuría y de los estudiosos de la historia y la realidad política centroamericana (Torres Rivas, 2004; Dym y Herrera, 2014), Hernández registra las múltiples confusiones del concepto de democracia, confusión deliberada que legalizó a la élite militar en el poder político y en la administración del poder de la oligarquía. El registro de los Estados “liberales” y “democráticos” en Centroamérica no va más allá de 1870; en El Salvador la figura de gobierno o Estado republicano, democrático liberal, representativo, se adopta en 1883 visible, como conjuro y como práctica, en su despliegue de luchas electorales sin visos de respeto de los principios normativo-procedimentales; es el rasgo definitorio de las democracias de los países del norte centroamericano cuya institucionalidad, hasta 1979, es recurrentemente socavada por un régimen autoritario para proseguir, hasta 1992, en un campo relacional entre conflicto armado y elecciones (Torres Rivas, 2004). En este último año, previo al Acuerdo de Esquipulas II (1987), los acuerdos de Paz en El Salvador (1992), a los que le siguieron los de Guatemala (1996) y la pacificación de Nicaragua (1990-94), se formaliza el tránsito de un orden político-democrático.

El capítulo tres, “El actor político”, trae a la luz la obra político-filosófica y teológica de Ignacio Ellacuria, siempre decantada, desde su experiencia de vida en la sociedad centroamericana y salvadoreña en particular. La lectura sobre la guerra civil, sus actores y los intereses en juego, le permiten, desde el hacer instituyente -lo político-, desvelar las paradojas irresolubles de un modelo de orden democrático-liberal y su opuesto, en el que la violencia, en tanto construcción social, deviene de uno u otro fundamento que sustenta su propia humanidad. Por ello, como indica Hernández, si queremos entender la opción política defendida por Ignacio Ellacuría en una coyuntura de guerra civil como la que le tocó vivir, debemos recuperar no sólo su ejercicio pastoral y la filosofía política que lo sostiene, sino también la teología sostenida por la Compañía de Jesús, en un contexto de cambios en la Iglesia Católica -Concilio Vaticano II-, que propicia la definición de un pensamiento nucleado por la defensa de la vida en el mundo del Sur, y la “opción por los pobres”.

Indica el autor que para Ellacuría la articulación entre política, ética y universidad es la dimensión nodal en la que la universidad “tiene una tarea ética desde sí misma frente a la realidad para la liberación, la transformación o el cambio social. Pero esa tarea, de incidencia política o práctica, no debe dejar de ser ‘universitaria’” (Hernández, 2022: 102). Este principio ético-político que en los años setenta y ochenta se interiorizó en la enseñanza y en práctica de la Universidad Centroamericana “José Simeón Cañas” (la UCA de El Salvador), y en los recintos universitario de América Latina en los años setenta y ochenta, se tradujo en el cierre de las universidades y en la puesta en práctica de un terrorismo de Estado; se tradujo también en un contexto de convulsión político-ideológica y en tensiones internas dirimidas en el seno del Vaticano, que colocaron a los jesuitas en el “ojo del huracán”; no obstante, en el escenario de la guerra y su abierto sentido de muerte, ya operaba la decisión militar de asesinar a los sacerdotes líderes “comunistas”.

Hernández recupera este trance relacional de violencia, abierto en la confrontación militarizada, y velada en el interior de la institución de la Iglesia católica. La “dimensión política de la fe desde la opción preferencial por los pobres”, y la opción de los religiosos por el acompañamiento directo con la población de las comunidades desde la prédica y promoción de la justicia social, convierte a la Iglesia Católica, especialmente a los jesuitas, en actores protagónicos e insustituible para toda salida de la guerra. El acercamiento casi cotidiano con las guerrillas y el contacto permanente con los poderes instituidos, presidentes y ministros, propició que la fuerza militar rechazara la injerencia de los teólogos en la construcción de una salida nacional a la guerra, ideológicamente considerados portadores del comunismo, maligno para la sociedad.

Ante las amenazas de la guerra civil, la salida forzada de sacerdotes marcaba la tónica de la guerra civil, Ignacio Ellacuría lo hizo a finales de 1980, pero regresa en abril de 1982, su rectorado en la UCA y su compromiso con el pueblo salvadoreño, fueron razones suficientes regresar y encarar con el conocimiento y la razón de la justicia, el papel que le correspondería jugar.

Lo hizo, el costo fue la muerte perpetrada por un batallón especializado de la Fuerza Armada de El Salvador y, por ende, un crimen de Estado. Ocurre en las instalaciones de la UCA en la madrugada del 16 de noviembre de 1989, junto con dos personas de servicio doméstico y cinco jesuitas españoles que habían decidido, al igual que Ellacuria, quedarse con el pueblo salvadoreño y cumplir con su misión liberadora.

Hernández da cuenta del impacto de esta atrocidad en la sociedad nacional e internacional, en particular en el Vaticano y la Compañía de Jesús que pese a reconocer la malignidad del acontecimiento reiteran continuar con sus compromisos cristianos. Los acontecimientos posteriores a los Acuerdos de Paz (1992) y la centralidad de la transición democrática posbélica, van a definir el limitado espacio que sostendrá el concepto de paz. En un balance de los últimos 25 años (1992-2016) sobre el caminar de los Acuerdos de Paz, se reconoce no sólo su reducción a la instauración de un orden formalmente democrático, sino su desarticulación de las tensiones entre economía y sociedad, tensiones que llevaron a la guerra civil (López, 2016).

Sintéticamente, para Martí i Puig (2016), el cometido de la transición a la democracia posbélica en Centroamérica está contenida por vectores de poder instituidos e instituyentes que están por encima de la transición y la democratización. Indica que la sociedad centroamericana exigía la instauración misma de dicho régimen, instauración imposible que se tradujo “en pactos rápidos entre los líderes autoritarios en el poder y la oposición salida de la clandestinidad o el exilio en un entorno de paz” (Ibid: 16). En igual tesitura, los procesos de transición “se realizaron en un contexto bélico extremadamente violento, donde la lógica de amigo-enemigo duró más allá de los periodos constituyentes y de las primeras elecciones competitivas”. A ello le suma los actores protagónicos del proceso electoral, reducido a las organizaciones guerrilleras, las élites económicas y los ejércitos. El autor no obvia el protagonismo político de la comunidad internacional y un contexto definido por “la postrimería de la Guerra Fría y el inicio de un mundo unipolar bajo la hegemonía estadounidense” (Ibid: 17).

Este balance, en concordancia con la lectura de Hernández sobre el caso de El Salvador, lleva al último capítulo denominado: “Teórico político”. Con abierto sentido reflexivo, el autor recupera la gran tensión que Ellacuría registra en el pensamiento de la modernidad, desde las teorías estructuralistas y funcionalistas, traducidas desde la política en el socialismo y en la democracia. Se trata no sólo del sentido de oposición que se define en el campo de la práctica política, sino la incompletitud teórico-conceptual intrínseca, de uno u otro paradigma, visible cuando la experiencia política se define socio-espacialmente situada. Esta visión explica, acaso, su distancia de una lucha dicotómica en la que está de por medio la sociedad bajo una bandera o sin ésta. El capital académico e intelectual de Ellacuría en el campo de la filosofía política, la teoría política, y la historia en sus expresiones instituidas e instituyentes, y su formación teológico-práctica le permiten no sólo la explicación y la comprensión de una realidad social en guerra, sino también situarse social y políticamente en el campo de la prognosis, tarea que exige la crítica del pensamiento hegemónico, para un pensar en horizontes de futuro negados.

El capítulo en cuestión es un esfuerzo por sedimentar el pensamiento de Ellacuría desde una teoría, la de la “civilización de la pobreza” en oposición a la civilización de la riqueza propia de la modernidad y sus elementos constitutivos. Implica, por supuesto, trascender el saber instituido, sean estos políticos, filosóficos y teológicos, y este trascender, como indica Jon Sobrino, y como también Hernández, Ellacuría lo hace suyo. Implica también, en tanto propuesta teórica, rebasar la particular para asumir el sentido de universalidad, situándose en la escala sistema del capitalismo. El esfuerzo decantado en la teoría de la liberalización sostenida por el bastión teológico critico de América Latina y en él Centroamérica, es un punto de partida, aunque trascenderla es tarea sustantiva en esta nueva teoría.

Los argumentos vertidos por Ellacuría, recuperados por Hernández, se vierten en la construcción de un pensamiento epistemológico definido con los materiales estructurales y simbólicos propios del mundo del Sur, el mundo de los pobres, el rostro oscuro de la “civilización de la riqueza" que trae consigo la deshumanización, la infelicidad y un "máximo grado de insolidaridad", en suma, en palabras de Ellacuria:

[…] En nuestro mundo, el ideal práctico de la civilización occidental no es universalizable ni siquiera materialmente por cuanto no hay recursos materiales en la tierra para que todos los países alcancen el mismo nivel de producción y de consumo, usufructuado hoy por los países llamados ricos, cuya población no alcance el veinticinco por ciento de la humanidad (Ellacuría, 1989, p. 249).

Si en el tiempo en que Ellacuría sostiene este argumento, hubo voces discordantes por el sentido de las promesas que definen a la modernidad Occidental, hoy, las promesas mismas son prácticamente inexistentes. La crisis de la modernidad, que es la crisis del capitalismo moderno y posmoderno a la que desde hace tres o cuatro décadas, se suma la dramática crisis ecológica que pone en riesgo a la vida individual y social, la definen como una civilización que se autodestruye así misma. Sin duda la concepción de historia de Ellacuría, para valorar el presente que le tocó vivir y el presente de hoy configurado por un poder político dominado en extremos por el mercado, sostendría, como lo hizo, un presente que se construye desde la persistencia de un latente pasado, mismo que se bifurca entre dos senderos dotados de tensiones internas y externas. La violencia de ayer, aun siendo diferente a la de hoy, es violencia que pese a su brevedad no altera la intensidad de su cometido, la desigualdad con o sin la necesidad de las armas; por ello, su opuesto es la dimensión de la cuestión social, el bastión político, un hacer político urgido de un cambio en la correlación de fuerza desde una revolución de la conciencia, cuyo alcance está dado por el carácter terminal del mismo sistema sostenido por el progreso y la riqueza. Su potencia, como ayer deriva de esta concepción que Ellacuría construyó sobre el papel ético-social de la Universidad y los universitarios y la “esperanza” que como don posee el mundo de los pobres para quienes la opresión es la regla.

Más allá de la producción de unas nuevas ciencias sociales, que apuntalan desde un pensamiento crítico las posibilidades de la sostenibilidad social y ecológica, recuperemos el camino ya recorrido por un pensamiento que tejió y destejió la violencia inaudita e intensa en acto y pensamiento, y también, como indica Gilly 2006), que tanto puede iluminar el “estado de emergencia” que hoy define nuestro presente, incomprensible sin la ausencia de sus protagonistas.

Las razones para leer el libro son múltiples, pero su valor más importante radica en acercarnos a un hombre filósofo y teólogo que entendió que sin sentido ético no existe justicia, y sin ella, sociedad.

San Cristóbal de las Casas, Chiapas, junio de 2023

Referencias bibliográficas

Gilly, Adolfo (2006). Historia a contrapelo. Una constelación. Ediciones Era.

Hernández, C. M: (2002). La civilización fracasada. Crítica política desde Ignacio Ellacuría al capitalismo. CIMSUR-UNAM.

Martí i Puig, S. (2016). Centroamérica: un balance de 25 años. Desigualdad, violencia y Estados débiles, en López Castellanos, N. (Coord.). Democracia y Política en la Centroamérica del siglo XXI. UNAM/ediciones la Biblioteca, pp. 15-29.

López Castellanos, N. (Coord.) (2016). Democracia y Política en la Centroamérica del siglo XXI. UNAM/ediciones la Biblioteca.

Notas

1. Socióloga por la UNAM, maestra en Desarrollo Rural y doctora en Ciencias Sociales por la UAM-Xochimilco, México. Es becaria del Sistema Nacional de Investigadores II, y entre sus publicaciones destacan los libros, Migración, derechos humanos y desarrollo Aproximaciones desde el sur de México y Centroamérica, (Juan Pablos, 2014) y Violencia y globalización. Reflexiones marginales desde el sur de México y Centroamérica (Juan Pablos, 2019), así como capítulos de libros y artículos sobre los temas de migración, movilidad humana, democracia y movimientos sociales.

Notas de autor

1. Socióloga por la UNAM, maestra en Desarrollo Rural y doctora en Ciencias Sociales por la UAM-Xochimilco, México. Es becaria del Sistema Nacional de Investigadores II, y entre sus publicaciones destacan los libros, Migración, derechos humanos y desarrollo Aproximaciones desde el sur de México y Centroamérica, (Juan Pablos, 2014) y Violencia y globalización. Reflexiones marginales desde el sur de México y Centroamérica (Juan Pablos, 2019), así como capítulos de libros y artículos sobre los temas de migración, movilidad humana, democracia y movimientos sociales.

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