Dosier
Recepción: 30 Octubre 2023
Aprobación: 03 Diciembre 2023
Publicación: 01 Enero 2024

Resumen: El artículo que se presenta intenta responder a una de las consignas de este dosier, que trata sobre la circulación material o simbólica de bienes a través del Atlántico desde el siglo XVII hasta mediados del siglo XIX. Se focaliza la atención en el período inmediatamente posterior a la Revolución de mayo de 1810 hasta la caída del gobernador Juan Manuel de Rosas en 1852. Durante el mismo, se llevó a cabo una intensa circulación comercial que implicó la salida de libros desde diferentes puertos del mundo atlántico y la comercialización del objeto libro en Buenos Aires mediante diversos mecanismos. Se describen los mismos considerando que contribuyeron a la formación y consolidación de un mercado del libro muchas veces determinado por cuestiones completamente ajenas a la misma dinámica comercial. Nuestra fuente principal, además de la numerosa bibliografía existente, son los avisos comerciales publicados en La Gaceta Mercantil, estudiados de manera sistemática.
Palabras clave: Circulación atlántica, Libros, Mercado, Buenos Aires, 1820-1852.
Abstract: The article presented attempts to respond to one of the slogans of this dossier, which deals with the material or symbolic circulation of goods across the Atlantic from the 17th century to the mid-19th century. Attention is focused on the period immediately after the May Revolution of 1810 until the fall of Governor Juan Manuel de Rosas in 1852. During this period, an intense commercial circulation was carried out that involved the departure of books from different ports of the Atlantic world and the commercialization of the book object in Buenos Aires through various mechanisms. They are described considering that they contributed to the formation and consolidation of a book market that was often determined by issues completely unrelated to the same commercial dynamics. Our main source, in addition to the numerous existing bibliography, are the commercial notices published in La Gaceta Mercantil, studied systematically.
Keywords: Atlantic circulation, Books, Market, Buenos Aires, 1820-1852.
I- Introducción
El trabajo que nos ocupa trata sobre la comercialización de libros en la ciudad de Buenos Aires, sobre todo de los impresos que llegaban a través del océano Atlántico. La investigación se inscribe en un proyecto de más largo aliento en la cual se aborda la circulación de bienes —materiales y/o simbólicos— en el mundo atlántico. En particular se focaliza la mirada en la comercialización de libros en castellano, francés, inglés, italiano y portugués, para establecer en primer término el lugar de procedencia portuaria; es decir, desde qué puertos se despacharon los libros. Interesa explicar cómo eran los circuitos de comercialización una vez que los libros se encontraban en la ciudad puerto de Buenos Aires.1
Genéricamente hablando, el enfoque de la investigación se inscribe dentro de la historia cultural y la posibilidad que ella abrió para ampliar las problemáticas de la historia a partir de los escritos de Peter Burke (2004), o de Roger Chartier (1999), solo para mencionar a autores muy destacados de esa corriente.2 Pero con el objetivo de acercarnos al tema que nos ocupa, concentramos la atención en los autores que, retomando aquel enfoque, produjeron sendos trabajos referidos no solo a la historia del libro, sino a la historia de la lectura, a la historia de las bibliotecas y a la historia de los lectores.
Cabe destacar que uno de los tópicos que está incluido en la historia del libro es el de sus relaciones comerciales dentro del mundo atlántico. Un trabajo que aborda la cuestión del libro viajero es el de Cristina Gómez Álvarez, cuya propuesta es la de ofrecer una visión cultural de la independencia de México a través de la comercialización de libros entre España peninsular y Nueva España. La autora sostiene que hacia la segunda mitad del siglo XVIII el libro se transformó en un medio de difusión y promoción de las ideas que termina por cambiar la tendencia predominante del libro religioso por las obras literarias y científicas procedentes de la Ilustración (Gómez Álvarez, 2011. Cfr. Ramírez, 2012). Dicha tendencia fue acompañada por la implantación del comercio libre que brindó las condiciones para que el libro extranjero entrara con más fluidez y diversidad de contenidos en el espacio hispano. Una vez producidas las revoluciones, en torno a la década de 1820 y en adelante, el conjunto de medidas reformistas implementadas en el continente —fundamentalmente en materia de educación— ampliaron las condiciones para la difusión del libro (Ávila, 2011).
En este sentido, Alejandro Parada3 ha señalado la predominancia del libro religioso hasta entrado el siglo XIX, pero que, acompañando la gran apertura comercial de Buenos Aires, se produjo un recambio en las preferencias por las obras procedentes de las “ciencias sociales, y las ciencias puras y aplicadas”. Afirma el autor que “La presencia de grandes cantidades de títulos trajo como colación otro elemento vital para el desarrollo de la lectura: la variedad temática de las obras ofrecidas y su actualidad con respecto a su aparición en Europa” (Parada, 2007a, p. 100. Cfr. Vázquez, 2015; Costa, 2009; Parada, 1998).
Otros historiadores se orientaron al estudio de las bibliotecas, como Pablo Buchbinder, quien se ocupó de la biblioteca pública de Buenos Aires creada el 7 de septiembre de 1810. Esta biblioteca se construyó a partir de las donaciones efectuadas por figuras reconocidas de la sociedad, como por ejemplo la del obispo Manuel Azamor y Ramírez, José Luis Chorroarín, Manuel Belgrano, Julián Segundo de Agüero, Miguel O’ Gorman, y la esposa de Manuel de Lavardén.4 En sus comienzos tenía unos cuatro mil volúmenes, mientras que a finales de 1820 llegaba a veinte mil. Hacia fines del gobierno de Rosas contaba con unos quince mil, con un descenso a su vez de lectores pese al aumento poblacional. Para Buchbinder, estos débiles datos de la biblioteca pública contrastaban con la existencia de patrimonios bibliográficos privados muy importantes para la época (Buchbinder, 2018). En este sentido, además de brindar información sobre la Biblioteca Pública, A. E. Parada establece una nómina de librerías privadas, algunas de las cuales formaron el fondo bibliográfico de la Biblioteca Pública (Parada, 2007a, pp. 32-33).
Contrariamente a lo ocurrido con el caso de la biblioteca pública, la Librería Argentina, muy conocida por la venta de toda clase de libros, se transformó en 1835 en un gabinete de lectura y préstamo de libros a domicilio, al estilo de una biblioteca moderna (Buchbinder, 2018). En ese espacio, Marcos Sastre creó en 1836 el Salón Literario, que era un lugar de reunión en donde se leía y debatía públicamente la bibliografía más reciente de la época (Weinberg, 1958). Esta librería fue de las pioneras establecidas en Buenos Aires, en este caso por Teófilo Duportail, un comerciante francés llegado al Río de La Plata a mediados de la década de 1820. Al mismo tiempo, el antecedente de esta librería fue la tienda de Pedro Osandavaras de 1821. Estos últimos datos dan cuenta de los cambios de propietarios en el comercio librero, y su catálogo fue estudiado en profundidad por A. E. Parada (2002).
Por su parte, María Eugenia Costa estudió la edición de libros y publicaciones periódicas en Buenos Aires entre 1810 y 1900, estableciendo una periodización dividida en cinco etapas, a saber: I) 1810-1820: cuando predomina el libro importado, aunque también se imprimieron diversos materiales que eran de interés para los gobiernos patrios. II) 1820-1829: una etapa que se identifica con el orden cívico e ilustrado, cuando se produce un crecimiento en la comercialización del libro y la apertura de librerías cuyos dueños eran extranjeros. III) 1828-1852: este es un período caracterizado por la disminución de las publicaciones locales, exceptuando a las procedentes del régimen y la emergencia de los escritos románticos. IV) 1852-1880: aquí se da un crecimiento en el número de periódicos y libros publicados y la ampliación del público lector. V) Entre 1880 y 1900, cuando se establece la etapa de surgimiento del mercado de editorial moderno (Costa, 2009).
La venta al público de libros se llevó a cabo a través de tiendas más o menos especializadas, que irán definiendo su perfil comercial conforme se solidifique el mercado de consumo de libros y el público lector. Pero fundamentalmente se hablará de mercado del libro para distinguirlo de lo que puede ser el mercado de lectores.5 Solo nos referiremos al mercado en el sentido de un producto que se lleva a determinado lugar para ser vendido. No había por entonces impedimentos para que hubiera diferentes lugares donde comprar libros, y al mismo tiempo, existía la libertad del público de concurrir a cualquiera de los comercios para comprarlos.6 Este se distingue del mercado editorial, que implica considerar aspectos que aquí no se tratan, tales como el papel de los editores e imprenteros, las cuestiones financieras y los proyectos editoriales.7
Para estudiar las cuestiones señaladas se han sistematizado todos los avisos publicitarios de tiendas y librerías publicados en el periódico La Gaceta Mercantil entre los años 1823 y 1852. Cabe explicitar que este diario fue materia de estudio fundamentalmente por los citados A. E. Parada y M. E. Costa.8 En el caso del primero, se concentró en el período que va de 1823 a 1830, mientras que los datos de Costa indican que consultó ejemplares de La Gaceta de todos los años en que fue editada. En cualquiera de los casos desconocemos cómo fueron trabajados los avisos publicitarios de las librerías y tiendas que vendían libros. En nuestro trabajo, hemos estudiado todos los ejemplares desde la fecha de aparición de La Gaceta Mercantil en 1823, hasta su desaparición en febrero de 1852 después de la batalla de Caseros en Buenos Aires.9
Dicha fuente fue consultada en su versión digital, que fue realizada por el Archivo Histórico de la provincia de Buenos Aires. Se distribuyeron los años entre cada uno de los miembros del equipo de investigación bajo la misma consigna de búsqueda, a saber: I) la detección diaria de los avisos de las librerías y tiendas que vendían libros; II) la transcripción de lo que denominamos discurso publicitario; III) la transcripción de las obras que se publicitaban, reconstruyendo el catálogo de cada una de las librerías (según lo publicado). Además, se registraron todos los avisos publicados por particulares sobre venta o compra de obras, y también el registro de entrada de libros a granel a través del puerto y remates de estos en el mercado local de Buenos Aires. Con la información recogida queda por delante una vasta tarea por realizar, parte de la cual se presenta en este artículo.
II- Las librerías y la procedencia de los libros en la ciudad de Buenos Aires
En los primeros años de edición de La Gaceta Mercantil (1823-1826) encontramos unos pocos avisos de venta de libros a través de unos comercios que no necesariamente eran librerías especializadas en este tipo de productos. Por esta razón, hemos conservado la designación de la época que hablaba de tiendas, almacenes y librerías. En los tres casos, constatamos que estos comercios diversificaban su oferta con artículos de diversa índole, como los de mercería, regalería, papelería y dibujo, de tocador, prendas de vestir, comestibles, y también libros. Es decir, que no se encuentran comercios especializados en su venta.
“Aviso. El ciudadano Antonio Gomez de Castro hace saber al comercio y respetable público; que compró las dos librerías de D Jayme Marcet, en sociedad legal con el dependiente del mismo Marcet, D Joaquín Viñales; en la calle de Potosí N° 28 y N° 61, del Colegio para San Francisco.
Yo me lisonjeo, del aprecio con que ha sido honrada mi firma por este respetable comercio; yo prometo darle una prueba nada equívoca de mi gratitud; y al mismo tiempo espero que en el presente, tenga la de mi compañero la misma aceptación, las cuales serán por nosotros abonadas en el momento que se presenten como moneda corriente.
Respetable público, estas dos tiendas tienen un capital respetable, una gran colección de libros, un surtimiento grande de mercería con extensión de otros muchos ramos, que en otra ocasión los daré al público por extenso; ella tiene merecido el concepto público por la bondad de sus efectos y equidad en los precios; ella sigue en la misma marcha, sirviendo a las personas que nos honren con sus compras, contando con el celo y equidad, pues nuestro mayor conato se reduce a complacer a tan respetable público” (L.G., 12 de mayo, 1827, N.° 1049).
Para la década de 1830, aparecen con frecuencia las librerías que actualmente se denominan comerciales junto con la venta de libros, tendencia que se acentúa en la década de 1840 hasta 1852. Cabe destacar también que se detectaron librerías dedicadas específicamente a la comercialización del libro. Estas son las que consigna Parada a partir de la información de los almanaques de Blondel para los años 1826 y 1829 (Parada, 2007a, pp. 90-94).
En los cuadros que siguen a continuación se reúnen los lugares de venta de libros según la información reunida hasta el momento, y la procedente de los autores que ya trabajaron este asunto. Se consignan las librerías, tiendas, casas, ventas de libros, mercerías y/o almacenes de Buenos Aires tal como se las menciona en la fuente.

Cabe señalar que solo hemos anotado los nombres de los propietarios actuales y anteriores, así como el nombre de las librerías o tiendas, etc., y las calles donde se encontraban situadas, siempre que se ha podido confirmar con la información cruzada de las Guías, los estudios de Parada y los datos procedentes de La Gaceta. Puede llamar la atención el hecho de que Antonio Gomez de Castro aparezca como propietario de cuatro librerías/tiendas. En efecto, dicho personaje oriundo del “Reyno de Portugal” fue propietario de cuatro comercios minoristas y se conoce a través de su propia palabra cuando, además de reiterar el contenido de los avisos anteriores, aprovechaba para explicar que ponía al servicio del público cuatro tiendas (señalaba la ubicación precisa) de su propiedad (L.G, 19 de mayo de 1827, N.° 1055. También Parada, 2002).
Para la década siguiente, como se ve en el Cuadro N.° 2, disminuyeron drásticamente los avisos de comercios que vendían libros, aunque se observa una mayor especialización en el rubro.

De la información anterior se infiere que se han producido algunos cambios en el comercio librero, como el traspaso del fondo de comercio, así como también la mudanza del lugar de venta. Finalmente, para la última década —que coincide con el final del largo segundo gobierno de Juan Manuel de Rosas— se detecta alguna recuperación de la dinámica de los comercios de venta de libros. En parte, el Cuadro N.° 3 lo refleja.

En este tercer cuadro se observa un incremento de los avisos de venta de libros, cambios de propietarios y direcciones nuevas, en parte producto de las nuevas denominaciones de las calles decretadas por el gobernador Juan M. de Rosas. En noviembre de 1848 un “AVISO OFICIAL DE LA POLICÍA” ratificaba que por orden del gobernador se cambiaba la denominación de las calles de Buenos Aires (L.G., 30 de noviembre de 1848, N° 7508. Cfr. Piñeiro, 2003).
Consideradas las tres décadas, coincidimos con Parada en que las librerías tienden a especializarse exclusivamente en la venta de libros para el período que estudia (Parada, 2007a, p. 92 y Costa, 2009). No obstante, dicha especialización pudo haberse acentuado en las décadas siguientes. Ahora bien, no quedan muchas dudas de que durante los años 20 en Buenos Aires la venta de libros se muestra muy dinámica, bajo el influjo del proyecto ilustrado y liberal que es impulsado desde el gobierno provincial. Poco se sabe si dicho impulso pudo o no estar incentivado por el hecho de ser un producto cultural/material comerciable y redituable para quien lo vendía. Incluso, la aceleración de los intercambios comerciales favoreció la llegada de libros a través del Atlántico. Pero en la dinámica del comercio de libros por medio del periódico intervinieron otros aspectos de la vida en sociedad, entre los que se cuentan —como veremos más adelante— los varios conflictos suscitados durante los gobiernos de Rosas, fundamentalmente en su segundo mandato, y que afectaron incluso la normal edición de La Gaceta Mercantil.
Respecto de la circulación de los libros, podemos acompañar la afirmación de otros autores de que durante la primera década revolucionaria y la siguiente, predominó el libro extranjero. Aquí es donde se ve con claridad que las conexiones atlánticas eran plenamente constantes por efecto de la implantación del libre comercio en los años previos y posteriores a la revolución.10 La llegada del libro editado sobre todo en Europa continuó durante todo el período considerado, pero, al mismo tiempo, el comercio de ultramar estuvo fuertemente condicionado, por ejemplo, por los bloqueos al puerto de Buenos Aires (1838-1840 y 1845-1850). Esta es una de las razones por las cuales los cajones o baúles de libros llegados a Buenos Aires disminuyen o desaparecen de los avisos sobre los despachos de Aduana. Esta situación se vincula con la fuerte caída de los avisos publicitarios de las librerías y el notable cambio en la cantidad y en las temáticas de las obras que se deseaba vender.11
¿De dónde procedían los libros? Los primeros datos de La Gaceta dan cuenta de que los libros fueron transportados en barcos procedentes de puertos tales como Gibraltar; Ámsterdam; El Havre; Filadelfia; Bordeaux; Amberes; Portsmouth; Liverpool. Ello no obsta que ocasionalmente encontremos otros puertos citados de donde venían los barcos que transportaban libros, tales como Barcelona o Montevideo.12 Resulta evidente que el libro importado provenía de todo el ámbito cultural occidental tanto europeo como estadounidense. Una vista rápida de los catálogos publicitados que se han revisado muestra a autores italianos, británicos, franceses, portugueses, alemanes, estadounidenses, españoles y holandeses.
También se puede conocer el primer destino de estos embarques, que eran las grandes casas comerciales consignatarias en la Aduana de Buenos Aires. Las que se encuentran despachando libros a comerciantes minoristas y mayoristas locales fueron, por ejemplo, Tomas Gowland y Cía; Sebastián Lezica y Hermanos; Juan Zimmermann, Frazier y Cía; Steward, M’Call y Cía; J. Arriola y Cía; entre otros. Estos grandes comerciantes (importación/exportación) recibían los libros a granel, razón por la cual no se encuentran los títulos ni los autores de los textos, salvo alguna excepción. Esta información no permite confeccionar los catálogos de los libros que ingresaron a granel, solo se pueden “reconstruir” a través de la información brindada por las tiendas, librerías, almacenes y sus avisos publicitarios en La Gaceta.13 Los libros fueron transportados dentro de los barcos en baúles, baulitos, fardos, farditos, cajones, cajas y cajoncitos, respetando la denominación de la fuente. Parada menciona a los cajones que transportaron libros al puerto de Buenos Aires y aunque señala que es muy relativo, calcula para el período que estudia, la entrada de 70 000 libros en 123 barcos, lo que da un promedio de 569 libros por cada uno (Parada, 2007a, p. 90). Realmente es muy difícil de calcular, tomando en cuenta los diferentes medios o recipientes que contenían los volúmenes durante el viaje.
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Notas

