Reseña de libro

La mística liminar de Ciudad Juárez

The liminal mystique of Ciudad Juárez

Alexis Ríos-Nevárez
Universidad Autónoma de Ciudad Juárez, México

Chihuahua Hoy

Universidad Autónoma de Ciudad Juárez, México

ISSN: 2448-8259

ISSN-e: 2448-7759

Periodicidad: Frecuencia continua

vol. 23, núm. 23, e7211, 2025

chihuahua.hoy@uacj.mx

Martínez Vela Marlon. Púrpura liminaria. 2021. El Paso. Brown Buffalo Press. 978-1-951993-02-3

Recepción: 01 octubre 2025

Aprobación: 07 noviembre 2025



DOI: https://doi.org/10.20983/chihuahuahoy.2025.23.11

UACJ

Resumen: En esta reseña se analiza el poemario Púrpura liminaria (2021) de Marlon Martínez Vela, ubicándolo en el contexto de la literatura juarense y mexicana contemporánea. La obra se caracteriza por su hermetismo y su exploración del espacio de transición simbolizado por el color púrpura, que representa la mezcla de dicotomías como vida/muerte, paz/violencia y realidad/ficción. En la reseña se destaca cómo el autor bebe de tradiciones literarias nacionales e internacionales, y se enmarca en la “literatura del norte”, aunque con un estilo distintivo que combina rigor académico y creatividad. Púrpura liminaria no solo retrata una ciudad sitiada por la violencia, sino que la transforma en un espacio simbólico de tránsito y resistencia, donde lo liminal se convierte en una clave de lectura para comprender tanto la obra como la realidad juarense.

Palabras clave: Ciudad Juárez, literatura juarense, literatura del norte, poesía juarense.

Abstract: This review analyzes Marlon Martínez Vela’s poetry collection Púrpura liminaria (2021), placing it within the context of contemporary Juárez and Mexican literature. The work is characterized by its hermeticism and its exploration of the space of transition symbolized by the color purple, which represents the blending of dichotomies such as life/death, peace/violence, and reality/fiction. The review highlights how the author draws from both national and international literary traditions and fits within “literatura del norte” (Northern literature), albeit with a distinctive style that combines academic rigor and creativity. Púrpura liminaria not only portrays a city besieged by violence, but also transforms it into a symbolic space of transit and resistance, where the liminal becomes a key to understanding both the work and the reality of Juárez.

Keywords: Ciudad Juárez, Juárez’s literature, Juárez’s poetry, Northern literature.

Introducción

Ciudad Juárez ha sido, por mucho tiempo, cuna de poetas, más que de narradores o dramaturgos o ensayistas; a pesar de que el panorama mundial de la literatura parezca alejarse cada vez más del género lírico, en esta ciudad fronteriza su escritura sigue arraigada como las finas raíces de las plantas desérticas. Este símil no es gratuito, ya que la hostil situación de las letras en México, ya no digamos en el norte del país, se asemeja a las condiciones desérticas en las que han florecido los poetas juarenses. Uno de ellos es Marlon Martínez Vela, docente-investigador de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez, quien en 2021 publica su más reciente trabajo de poesía, Púrpura liminaria, el texto que nos atañe analizar en esta ocasión. La presente reseña[1] contará con tres partes: la primera, en la que se hará introducción tanto al autor como a la obra; segunda, en la que se contextualiza el poemario en relación con la literatura nacional, regional y local; y tercera, en la que analizaremos el contenido de la obra para proponer una lectura.

Marlon Martínez Vela nació en Veracruz, Veracruz, en 1979; sin embargo, ha radicado en Ciudad Juárez desde muy temprana edad. Aquí realizó sus estudios básicos, pregrado y el primero de sus posgrados. Es licenciado en Historia, maestro en Estudios Literarios y doctor en Literatura Hispánica; desde sus años de universitario ha colaborado con un amplio abanico de revistas pequeñas y grandes, tanto en el rubro de la creación artística como en la investigación académica. Púrpura liminaria es su primer trabajo como poeta; antes se había desarrollado con mayor amplitud en el género narrativo. Su carrera ha estado marcada por un agudo sentido de la técnica poética y el ojo crítico del académico, que lo han llevado a desarrollar ambas disciplinas paralelamente.

Púrpura liminaria (2021) es un libro de portada morada, de aspecto suntuoso, condensado en ochenta y seis páginas color crema. En su portada aparece una imagen nocturna de Ciudad Juárez, en la que destacan los puntos iluminados por el alumbrado público, basta decir que no son muchos; esta representación de la ciudad hace pensar en una extensa red que conecta estos espacios luminosos con los que quedan en la oscuridad.

La obra nos recibe, primero, con una dedicatoria: “Para Sonia, por los días y los sueños” (p. 9); este pequeño fragmento ya nos va augurando lo que encontraremos sobre el papel: calidez, misterio, dicotomía de la luz y la oscuridad, de la realidad y la ficción, del espacio y el no-espacio. Luego, un par de epígrafes que también son pistas para descifrar la escritura, el primero autoría de David Huerta: “la persona es un intermedio púrpura” (p. 11); la primera mención de este color peculiar, asociado en principio con la realeza medieval y, más recientemente, con la liturgia cristiana, es, según Chevalier, “color de la templanza, […], de equilibrio entre la tierra y el cielo” (Chevalier y Gheerbrant, 1986, p. 1074), lo que nos sugiere que la persona es un intermedio entre la tierra y el cielo, como si la humanidad habitara un espacio indeterminado, de paso, entre un estadio de existencia y otro, idea que retomaremos más adelante; el segundo epígrafe es la parte final de “En las ruinas de Mitla”, de Juan de Dios Peza, el cual resignifica este vestigio arqueológico con la vista derruida de una ciudad arruinada por políticas públicas insuficientes, tal como reza el poema: “aquí una raza vivió/extinta o degenerada,/sin nombre y sin poder” (p. 11). Ahondaremos en estos dos epígrafes más adelante.

Posteriormente a los epígrafes se abre el contenido de la obra, que está dividida en cinco partes. La primera, “Límites violetas”, cuenta con veinticinco poemas, la mayoría no más extensos que una página, y son de los más herméticos del poemario, por lo tanto, los que requieren de un análisis más profundo; la segunda, “Antiguas tradiciones”, consta tan solo de tres poemas, los cuales comparten la apelación a un “amigo”; la tercera, “Romances”, se compone de cinco romances, en los que se prefigura el uso político y lúdico de la poesía de Martínez Vela, esta última característica adquirirá mayor relieve en la siguiente parte; “Acaso un giro” ocupa el cuarto estadio con cuatro poemas de temáticas variadas, pero que comparten el juego de la lengua como hilo conductor; para finalizar, “Portafolios” cuenta con nueve poemas íntimos, en los que la voz poética conduce al lector por un paseo alrededor de su vida cotidiana.

Púrpura liminaria y la literatura

En la literatura nacional…

Para comenzar la segunda parte de nuestra reseña, debemos hablar del contexto en el que se ha producido y publicado esta obra de la literatura local. Púrpura liminaria es, primero, un poemario juarense, sin embargo, se inscribe dentro de la literatura nacional, a pesar de las distancias que separen tanto al autor como a la obra del centralismo cultural. Francisco Haghenbeck contextualiza un panorama nacional de nuevos escritores mexicanos, más cercanos a referentes de la literatura de masas, superventas internacionales y, en general, más afines a la producción literaria extranjera que a la nacional (2014, p. 275); esto por la parte de las influencias, pero por la parte de los temas, la literatura mexicana se ha movido hacia la exploración y representación de la violencia, lo detectivesco y el narcotráfico, derivados de las fallidas políticas públicas de seguridad implementadas durante el sexenio de Felipe Calderón (2014, p. 279). La literatura mexicana ha tomado la tarea de ficcionalizar las complejas realidades de nuestro país, a raíz de la “guerra contra el narco”, la corrupción política y la desmoralización de una sociedad que vive en constante estado de alerta.

Los trabajos literarios de Martínez Vela que hemos tenido la oportunidad de leer siguen tres líneas bien identificadas: la representación de las dificultades de seguridad social en Chihuahua; los juegos del lenguaje y el humor; y la traducción de poetas franceses al español. En este sentido, encontramos similitudes con la tesis de Haghenbeck, ya que este poeta local sin duda es influenciado por la poesía francesa del siglo xix, pero no deja de lado la fuente de la poesía mexicana y la tradición española; en cuanto a los recursos poéticos, es claro el afán de re-imaginar la ciudad en que vive, Ciudad Juárez, por medio de las letras y los juegos de palabras que dan giro a la cotidianidad.

Entra en escena, también, la categoría conocida como “literatura del norte”, término polémico que debemos criticar para contextualizar Púrpura liminaria. Señalan Julián Beltrán y Leonora Arteaga que la literatura del norte de México es una entidad autónoma de la literatura nacional, en la que los espacios desérticos, hostiles, desolados, y las voces de la violencia, el narcotráfico, el homicidio y el feminicidio son resignificadas a partir de las experiencias que los autores del norte del país han obtenido a causa de los conflictos bélicos de las políticas de seguridad (2018, pp. 411-414); las distancias que separan a los estados norteños de México han propiciado la creación de discursos identitarios que se diferencian profundamente de los discursos promovidos por la hegemonía centralista del interior del país. En este contexto, la literatura del norte va en pos de una búsqueda estética que refleje sus condiciones sociales, problematice sus realidades y mantenga la discusión pública sobre el estado de violencia general que se ha vivido en México, pero con mayor fuerza trágica en el norte. Empero, existen también detractores de esta tendencia en las letras, que tampoco podemos dejar de lado, ya que autores como Roxana Rodríguez o Víctor Barrera sostienen que la literatura del norte no se trata de una visión estética o artística de las letras, sino de una estrategia de ventas ideada desde las editoriales internacionales que buscan convertir los conceptos asociados al narcotráfico en temas fácilmente redituables, sin importarle las realidades a partir de las cuales fueron construidos esos textos (2008, p. 124; 2012, p. 76).

En la literatura juarense…

La obra de Marlon Martínez Vela bebe de la literatura mexicana, en el sentido de que está en diálogo con los textos previos a su génesis. Los epígrafes de David Huerta y Juan de Dios Peza son un ancla para situarlo en la literatura nacional, pero, además, la sustancia de Púrpura liminaria y la forma con la que ha imbricado dicha sustancia están relacionadas íntimamente con las consecuencias de la ola de violencia general que azotó los estados del norte de México, y en especial a la zona nominada como Ciudad de Amatista: Ciudad Juárez. Y bebe también de la tradición de los poetas y narradores juarenses que han ficcionalizado la cruda realidad de esta ciudad sitiada por todos los frentes adversos.

Margarita Salazar Mendoza, entre otros académicos, ya ha estudiado el fenómeno de la literatura juarense desde varios puntos de partida, pero el que nos atañe en esta ocasión es el referente a las fuentes realistas, biográficas e históricas con las que se han nutrido algunas escritoras y escritores juarenses para la creación de sus textos (2014, p. 362). El estudio de Salazar Mendoza no se enfoca directamente en la obra que nosotros estamos tratando, pero vierte luz sobre una constante que ha permeado la creación literaria local: el uso de recursos realistas, apuntes autobiográficos, sucesos históricos sincrónicos que son vividos y configurados por los artistas en su creación.

Martínez Vela encaja con estos señalamientos de Salazar Mendoza, pues la juventud y adultez del escritor estuvieron marcadas por la guerra contra el narcotráfico, las desapariciones forzadas, los feminicidios y la impunidad de la corrupción en todos los niveles políticos y sociales; acontecimientos que sirvieron de fuente, proveyeron el material con el que el autor ha tejido una ciudad paralela a Ciudad Juárez bautizada como Púrpura liminaria, la Ciudad de Amatista, en la que confluyen los azotes trágicos de la realidad con los pocos momentos íntimos de risa, amor y diversión.

Ricardo Vigueras Fernández también ha analizado la literatura juarense, esta vez desde la perspectiva del humor; este académico plantea que el humor en la literatura juarense es un mecanismo de creación con el que se ha dignificado el horror, la pérdida, la tragedia y la muerte; es la forma con la que se ha hecho frente al narcotráfico y sus consecuencias nefandas (2025, pp. 6-7). Es pertinente señalar el aporte de este académico, ya que parte de este poemario, en específico “Romances” y “Acaso un giro”, beben de una tradición lúdico-humorística de la literatura mexicana que ha sido contextualizada por Vigueras Fernández para la aplicación de sus conceptos en la producción juarense. El primero de los apartados antes mencionados rompe con la continuidad de los poemas herméticos, dejando atrás las visiones misteriosas, desoladas y purpúreas de “Límites violetas” para entrar en el juego del romance, muy popular en la España medieval, y del corrido, en este caso un corrido político, que juega con sus estructuras, rimas y temas para retratar el hecho histórico del sexenio de Calderón: la guerra contra el narco. El segundo de los apartados, “Acaso un giro”, hace honor a su nombre para desviar la atención y la tensión de una serie de imágenes que sugieren la tragedia juarense, para enfocarse en juegos de palabras, apelaciones absurdas como la que se hace hacia las bolsas de basura, prosas y las despedidas nostálgicas.

El poeta es un intermedio púrpura

Pasemos a la tercera parte de nuestra reseña. Es importante que comprendamos cuál es la clave que nos permita entender el texto, llave que se encuentra, según nuestra opinión, en el título del trabajo. Púrpura liminaria sugiere un espacio en el que predomina el color, no sólo el morado como veremos más adelante, que contiene en sí la característica liminar. Este concepto fue acuñado por Arnold van Gennep para designar el espacio-tiempo intermedio del rito por medio del cual las personas pasan de infantes a adultos en ciertas tribus humanas (1960, como se citó en García-Manso, 2018, pp. 395-396); es decir, el espacio de indefinición por el cual se pasa de un estado a otro dentro de una comunidad.

Esto respecto a las relaciones entre humanos, pero ¿qué pasa con la relación personal con el entorno? Pensemos que Ciudad Juárez se origina como un espacio de transición, su primer nombre lo denota: Paso del Norte, una parada de descanso enmarcado en el llamado Camino Real de Tierra Adentro, que conectaba las partes más septentrionales del virreinato español con la capital administrativa de la colonia; fue obra de la casualidad que, ya durante el México independiente, la frontera cayera justo en su mitad, creando las ciudades gemelas hoy conocidas como Juárez-El Paso. Posteriormente, la ciudad fue vista como una puerta de acceso al sueño americano, el lugar donde confluyeron masas ingentes para alcanzar mejores condiciones de vida, situaciones migratorias que aún pueden constatarse en la actualidad, a pesar de las adversidades burocráticas.

En Púrpura liminaria, la Ciudad de Amatista está construida en torno a estos límites difusos, inciertos, entre el color y su ausencia, entre la bonanza y la carencia, la vida y la muerte; este aspecto liminal puede verse con mayor claridad en los poemas de la sección “Límites violetas”, en la que los poemas herméticos oscilan entre las imágenes coloridas, las referencias a la cultura clásica y las concepciones judeocristianas. Por esto citábamos con anterioridad a Chevalier (1986) y su acepción del color morado como transición entre lo humano y lo divino, asociado por el cristianismo con la figura de Jesús, el hombre-dios, quien mediante su martirologio ascendió a virtudes más altas y marca el camino de la salvación. La Ciudad de Amatista de Martínez Vela, se encuentra en ese espacio liminar, a través del sufrimiento, muerte, resurrección y vida, pues marca un renacimiento por medio de los esquemas de colores. Esta intención mística, la mezcla del horror y la alegría, el pecado y la pureza, pasa por un estado liminal que ha sido plasmado por el autor en Púrpura liminaria.

Como ya señaló Vigueras Fernández en Aquí es frontera de lobos (2020), Ciudad Juárez ha sido una ciudad representada varias veces en la literatura en español y señala como ejemplos La frontera de cristal de Carlos Fuentes, 2666 de Roberto Bolaño, Trabajos del reino de Yuri Herrera, por nombrar algunas obras; sin embargo, el investigador establece una distinción entre la literatura escrita “desde” Ciudad Juárez y otra escrita “sobre” la ciudad. La distinción viene dada por una serie de discursos que, desde las postrimerías del siglo xx, se han venido desarrollando en torno a la desaparición forzada y los feminicidios en la localidad desde los puntos de vista ajenos a la realidad cotidiana de los habitantes de Juárez, miradas que, la mayoría de las veces, han resultado parciales, amarillistas y sesgadas; por lo que la literatura escrita “sobre” Juárez es denominada por Vigueras Fernández como juárica y no juarense, siendo esta última categoría la literatura construida desde un entendimiento más profundo de las condiciones sociales, económicas, culturales y políticas de esta ciudad fronteriza (2020, p. 42).

A pesar de haber nacido en otra localidad, Marlon Martínez Vela conoce de primera mano la sustancia que da forma y contenido a Ciudad Juárez, un cúmulo más amplio que sólo arena, sol, crimen y desconcierto, ya que apela a una mirada que va más allá de las evidencias de la cotidianidad, en la que se mezclan nuevamente el concepto místico, el color morado, lo liminal, los azotes de la violencia, la ventisca arenosa, la risa, el comentario político, la vida familiar, el centro comercial, el río y la alegría; cada uno de estos estadios conforma elementos de tránsito entre la paz vivida antes de que estos problemas comenzaran a hacerse cada vez más grandes, el miedo que producen, y la esperanza que se forma en el horizonte.

Respecto a los epígrafes de Púrpura liminaria señalábamos antes que el primero, “la persona es un intermedio púrpura”, aúna los dos conceptos que hemos venido desarrollando: el espacio de transición de un estado a otro y la simbología del color morado, que, a su vez, refiere Chevalier (1986), es una mezcla entre dos sustancias puras que crean una tercera. Este verso ya nos adelanta la importancia que tiene el color para la comprensión de los poemas y ese estado de indefinición, el cual ha de ser atravesado por el lector para desentrañar el contenido del poemario, así como hace referencia a la calidad de intermediaria de Ciudad Juárez y su versión lírica.

En el segundo epígrafe, los últimos versos de “En las ruinas de Mitla”, encontramos tanto a una raza extinta como a su legado, una advertencia para el lector que ha de adentrarse entre los poemas de Púrpura liminaria buscando los vestigios de una ciudad y su gente, que sin embargo se mantendrán elididos por destinos más altos y secretos; la invocación de los últimos versos, “aquí sólo Dios responde / ¡y Dios no ha de responder!”, marcará el tono místico de la sección siguiente, “Límites violetas” y el último poema, “Culto”.

En “Límites violetas”, los veinticinco poemas comparten un tono serio, hermético, un código que se va develando mientras continúa la lectura hacia el último poema. Por ejemplo:


En donde se nombra por primera vez, a modo de introducción, el espacio al que la voz poética, muchas veces impersonal, nos está conduciendo. Nos adelanta que no encontraremos más adelante imágenes móviles y flexibles, sino una mezcla de formas, sustancias y experiencias fragmentarias que habremos de reordenar para comprender ese espacio indefinido de la Púrpura liminaria. En otro poema:


En el que se entremezclan imágenes marcadas por la presencia o ausencia de colores, en este caso la predilección del morado sobre la palidez, lo blancuzco, además de la mención al movimiento browniano, el cual es descrito como los patrones accidentales en los que se mueven las partículas dentro de un líquido. Las metáforas de este poema hacen referencia a los desplazamientos, ya sean los migratorios que caracterizan a Ciudad Juárez, como los producidos por el tráfico vehicular, dadas las malas condiciones de calles y avenidas; esta lectura está sustentada en la mención a la palidez, es decir, lo blancuzco o ausente de color.

Ricardo León García puede verter luz sobre este tópico de los colores y Ciudad Juárez, en su libro Imaginar la ciudad: sensaciones y deseos de un sector de la sociedad juarense (2024). Una serie de encuestas dieron como resultado que las personas entrevistadas calificaban a ambas ciudades fronterizas con el color gris, la opacidad, nuevamente lo blanquecino; León García analiza esta respuesta, a partir de las observaciones de Goethe, para concluir que éste se trata de un color intermedio, de paso (1970, como se citó en León García, 2024, p. 103). De acuerdo con este tratamiento del color gris, la carga semántica de la liminalidad sigue presente en este intermedio, digamos, entre lo blanco y lo negro.

En otro poema:


Se construye la imagen del feminicidio que ha plagado la ciudad, la imagen de la flor como representación de la feminidad, el gineceo vigilante como el estado de alarma en el que viven muchas mujeres en la vía pública, cuidándose las espaldas, mientras que en el androceo los hombres viven cegados a este horror, pues los espejos rebotan la luz, no penetran el interior y, por lo tanto, son cómplices de la tiniebla; los pistilos molidos, nuevamente imagen botánica femenina, al ser pulverizada, extinguida y desperdigada por la ciudad, corresponden con los descubrimientos de cuerpos víctimas de feminicidio en Ciudad Juárez. En esta misma línea podemos analizar el siguiente poema:


En el que asimilamos los primeros cuatro versos con la labor de búsqueda realizada por los grupos de familiares de víctimas de desaparición forzada, los cuales toman las herramientas para trabajar la tierra y se encomiendan a la esperanza de encontrar los restos humanos de las personas desaparecidas; y los últimos dos, con la violencia y el peligro que conllevan los rastros. En pocos versos, este poema nos presenta la búsqueda de justicia para las víctimas de la violencia, como lo inferimos de la acción de abrir la tierra y el concreto, a pesar de la amenaza y el dolor que generan estos crímenes, aun con el fantasma de las armas de fuego tras de sí.

Un aspecto que salta a la vista en los poemas de “Límites violetas” es que veintidós de los veinticinco textos que lo conforman presentan una voz lírica impersonal, a diferencia del par de extractos de los que hablaremos ahora, los cuales corresponden con los poemas 15 y 18; el tercero lo analizaremos más adelante. En el primero leemos:


La imagen del viajero que cruza el desierto y admira a su alrededor los paisajes naturales está marcada, en este caso, por un solo saltamontes de augurios totalizadores. Para Chevalier, el saltamontes tiene una connotación de plaga, destrucción, enfermedad y padecimiento, ya que así es como se configura desde la tradición judeocristiana y occidental (1986, pp. 972-973); este símbolo puede ajustarse al panorama de la realidad juarense, la inminencia de una plaga violenta que azota como en los relatos bíblicos; sin embargo, este saltamontes contiene en sus ojos nuevamente la dicotomía entre la vida y la muerte, el principio y el fin, el hambre y la saciedad. La mención al violeta en este poema cobra un nuevo sentido: la muerte, interpretada, siguiendo el concepto liminal, como el tránsito entre esta existencia y lo que se encuentre del otro lado; más adelante ejemplificaremos este símbolo en otros poemas.

En el 18 encontramos:


Además de contar con referencias judeocristianas, en este poema encontramos una referencia a la figura mitológica del Atlas griego, aquel titán condenado por Zeus a cargar con el peso del mundo sobre sus hombros. Aquí la máscara toma el papel de personaje, como en la tradición del teatro griego, según la cual la personae determina las características con las que ha de presentarse el actor ante el público, el performance al que cada uno de nosotros es condenado para existir en armonía en la vida pública; al igual que el viejo titán del mito, el yo lírico carga con el peso de un mundo a su espalda; a pesar de la fortaleza pétrea de sus pies, el peso oprime y condena a continuar la personificación.

Sobre el color morado o violeta como símbolo de la muerte señalamos los siguientes versos: “Morado derrama en lontananza, / capullo cuajado en cielo violeta.” (p. 20); “Mirada violeta / que electriza” (p. 22); “Salpicaduras de violeta / resquebrajada” (p. 25); “Niebla púrpura / coagulada en las entrañas” (p. 28); “Mortero de violeta derramado” (p. 37); “Violetear la ciudad / moradamente / […] / Morado abismo sin fondo” (p. 39); “Flores de la angustia / regadas / por lluvia morada” (p. 40); en los que estas variaciones de color son usadas para personificar a una muerte acechante, que lo abarca todo, como el cielo, proviene de él como la lluvia y se desperdiga entre las cosas y las personas. Al respecto, en este poema se exhibe la muerte sin intermediarios:


Este es el tercer poema en el que la voz lírica no es impersonal, puesto que encarna la muerte y nos deja saber su imposición, su permanencia, la complicidad de la que se sirve para apoderarse de la Ciudad de Amatista, piedra también de color morado, señal de que ha hecho suyo este espacio definido para transformarlo en el sitio de paso entre lo vivo y lo siguiente.

La sección “Antiguas tradiciones” contiene tan sólo tres textos, sin embargo, resultan llamativos, dada la representación del desierto y el cuerpo masculino. Al respecto de la imagen poética del desierto en la literatura juarense, Susana Báez Ayala ha señalado la relación determinante de este espacio con la poesía local (2005, pp. 114-115), en la que se presenta como el escenario en el que son encontradas las víctimas de feminicidio, acompañadas de las figuras del sol, la arena y el calor. En el caso de “Antiguas tradiciones”, el cuerpo que se relaciona con el desierto es el del hombre:


Si en “Límites violetas” asegurábamos que varios textos están relacionados con el feminicidio, en esta sección la voz poética personal, fraterna, dignifica también a las víctimas masculinas de una ola de violencia generalizada. En este primer poema, el escenario es el desierto, la falta de huellas que seguir y la añoranza; en los siguientes leemos la sordidez de ciertos espacios juarenses, el llanto y el olvido:


“Romances” es la sección en la que empezamos a ver el aspecto lúdico. Martínez Vela juega con el tópico del romance, al cual algunos académicos le atribuyen la paternidad del corrido mexicano, para resumir en cinco poemas la historia reciente de nuestra ciudad: desde la declaración de guerra por parte del presidente Felipe Calderón contra el narcotráfico, la visión de los cárteles sobre la afrenta, el estrepitoso fracaso de esta política pública, el escarnio social del Ejecutivo y cierra con la ciudad convertida en zona de guerra. En el primer poema leemos:


Nótese que el personaje de Felipe Calderón está representado aquí como un rey, a la usanza de los romances españoles con los que se recordaban las hazañas de caballeros, guerreros y monarcas valientes que enfrentaron enemigos y ganaron batallas para gloria propia y de sus naciones; sin embargo, en este romance resulta cómico imaginarse a un presidente investido de rey, aun sabiendo del fracaso que representó para el país su heroica guerra. En el siguiente encontramos las consecuencias de su declaratoria:


Cargando con el peso de sus errores en materia de seguridad, el comienzo de la militarización de nuestro país y los saldos rojos en aumento, Felipe Calderón terminó su sexenio en silencio y se retiró; Martínez Vela lo retrata, con su lengua afilada de trovador, confirmando la tesis de Vigueras Fernández (2020; 2025) sobre el humor dignificante de las víctimas, así:


Sin embargo, este no es el final de los romances, sino que aquí se inscribe el último, no dedicado a la comicidad, la burla y la ironía, sino a la protesta ante los crímenes que no terminaron con el sexenio de Calderón ni con las presidencias subsiguientes, como se ve en el titulado “Romance liminar”:


El tono burlesco ha desaparecido para dar paso a la lamentación, el canto de protesta por la crueldad y el desgarro que ha dejado en la tierra esta guerra y su impunidad; la historia que nos han contado estos romances la conocemos de primera mano, pero es el ingenio de su construcción, la voz pregonera de Martínez Vela, lo que los mantiene vigentes.

En la sección “Acaso un giro” se reúne un cuarteto de poemas variados en su contenido. El primero, contagiado de la voz lúdica, es una deprecación contra las bolsas de basura, respuesta natural a la acumulación exagerada de plásticos en nuestras casas y el problema que pueden generarnos:


El siguiente poema es un palimpsesto del soneto de sor Juana Inés de la Cruz, “Este que ves, engaño colorido”: por medio de un cambio en el estilo de la fuente, conocemos la escritura original y la que ha sido insertada. Martínez Vela aúna la crítica a las preocupaciones estéticas barrocas con las contemporáneas; mientras que en el barroco encontramos cuadros pintados, hoy tenemos las selfies y las redes sociales con sus espejismos:


Tanto Vigueras Fernández como Báez Ayala han señalado ya la preeminencia de ciertos símbolos y arquetipos dentro de la literatura juarense. Para el siguiente caso atendemos al puente y al río. Para Vigueras Fernández, el puente en Juárez está representado como un punto de transición, la conexión entre lo humano y lo divino, así como una interpretación más mundana: la de conectar a El Paso con Juárez (2020, pp. 180-181); mientras que en Báez Ayala el río es la fuente de la vida, la fertilidad y el erotismo, pero corrompido por la violencia se convierte en el espacio en el que son encontradas las víctimas de la violencia (2005).

En el siguiente poema de esta sección, una prosa, se desglosa la imagen del río desde la mirada de Martínez Vela, una postal íntima, desnuda, en la que se reflexiona sobre la existencia de ese cuerpo de agua seco:

Hay un cuenco seco, una herida deshidratada que se prolonga entre dos ciudades, dos países. […] Arriba del puente quisiera llorar para derramar un poco de líquido en la rivera chupada, pero ya lo han hecho miles antes que yo y no ha servido de nada. (2021, p. 68)

La imagen es paradójica, ya que se pretende fertilizar nuevamente el río con agua salada, no apta para consumo, proveniente del dolor humano. Como señalaba Báez Ayala (2005), se ha transformado la imagen de la abundancia en la del sufrimiento; en otros renglones leemos: “Esta ciudad se construyó para cruzar el río, entonces, su sentido se ha perdido” (2021, pp. 68-69), en los que se da un giro a las ideas de Vigueras Fernández, ya que, a pesar de la existencia del puente, de Ciudad Juárez como puente, para cruzar el río, sin la existencia de éste, el espacio liminal de transición al que sirve esta ciudad, se ha convertido en un intermedio entre dos nadas abismales, igual de vacías que la cuenca del río.

Finalizaremos esta parte de la reseña con la sección “Portafolios”. Aventuramos decir que su nombre alude a las cosas que llevamos bajo el brazo, nuestras obras, lo que resguardamos, ya que los textos que siguen corresponden con la cotidianidad de la vida familiar, la convivencia y el fomento del amor: aquello de lo que nos sentimos responsables y orgullosos. En el poema “Jardín”, la voz lírica reflexiona sobre el paso del tiempo; como evidencia toma los cambios de las hojas de los árboles, la muda de colores, la estación de vientos y la sujeción al envejecimiento que condena a todos los seres vivos por igual: “Si la luna es el espejo del tiempo, / […] / los árboles con sus hojas violetas son la multiplicidad de los mundos” (p. 78) y “Acompasados rayos solares revientan mi piel / en novecientas partículas” (p. 78).

En “Sonia” (2021, p. 79), la misma de la dedicatoria, encontramos una voz lírica que hace el recuento de un amor místico, en el sentido de que ha mezclado sus vidas, por lo que habla desde la primera persona del plural: “Hace años que estamos juntos, conocemos nuestros laberintos”, “Nos buscamos con la nariz y los labios”. Aquí el amor es el puente, el espacio liminal que ha unido a dos entes, tanto al hombre como a la mujer, el azul con el rojo, la vida y la muerte; circunda nuevamente sobre el morado místico.

Por último, el poema “Culto” (2021, p. 84) describe los servicios religiosos a los que asiste la voz lírica, es el puente final, la conexión última entre lo mundano y lo divino, el comienzo de la travesía para alcanzar lo que se encuentra del otro lado. La misa, el culto, el servicio, el templo, es el espacio donde el individuo se convierte en grupo y se emprende la búsqueda transitoria de Dios: “Introspección solitaria. / Búsqueda comunitaria de la divinidad”. Es también el espacio en el que la palabra se convierte en voluntad, poder, acercamiento espiritual, ya que Dios creó, según la tradición judeocristiana, sólo con su habla: “Poder de la palabra. Momento del encuentro. / Manos al cielo. Manos entrelazadas”. Y cierra el poema volviendo al espacio que conocimos al principio; luego de la experiencia religiosa, de la comunión espiritual, viene el tránsito terrenal: “Una larga calle verde se pierde en el cielo amarillo / de la Ciudad de Amatista: Púrpura liminaria”.

Consideraciones finales

Para concluir con nuestro texto, recordemos los elementos que hemos analizado en Púrpura liminaria. Se trata de un poemario que aúna la experiencia mística configurada a través de una serie de dicotomías: la vida y la muerte, el azul y el rojo, la violencia y la paz, la seriedad y la risa, el espacio y el no-espacio; todo esto a través de la liminalidad, la transición entre un estadio y otro, ejemplificado por el tránsito hacia lo que existe después de la muerte, en lo espiritual, y de Ciudad Juárez hacia El Paso, en lo geográfico. Púrpura liminaria es un texto que puede leerse en una sentada; sin embargo, todos sus secretos no se abrirán ante el lector sino con varias lecturas atentas y bien diseccionadas; se trata de un poemario que se inscribe dentro de la literatura nacional por la insistencia de nombrar las realidades que han surgido a partir del conflicto con el narcotráfico, la ola de feminicidios y, en general, la violencia que ha sacudido y sacude aún a Ciudad Juárez. El texto de Marlon Martínez Vela es, también, una obra de la literatura juarense que se distancia de otras propuestas locales por su hermetismo, la complejidad de sus imágenes, artificios y conceptos, pero que no por ello tiende a la petulancia, sino a la curiosidad de encontrar todas aquellas referencias y palimpsestos augurados desde los epígrafes. Púrpura liminaria es más que la lectura de una ciudad; su personificación plasmada entre letras, colores e imágenes es también un mapa de lecturas, de autores y poemas, que van desde la antigüedad clásica, pasando por el medievo europeo, hasta llegar a la poesía mexicana de nuestro tiempo; en este sentido, el poemario es en sí mismo un espacio liminal entre la escritura de todos estos palimpsestos y su autor: el poeta es un intermedio púrpura.

Referencias

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Vigueras Fernández, R. (2025). Humor y violencia en la literatura juarense. Humor de huesos y arena. Chihuahua Hoy, 23, e6771.

Notas

[1] Este texto fue redactado para acreditar la materia de Poesía Mexicana Moderna, impartida por el Mtro. José Ávila Cuc en el programa de la Licenciatura en Literatura Hispanomexicana de la UACJ.
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