

Dossier
Prensa y academia. Los seminarios de El Colegio de México y su presencia periodística en la discusión de la Segunda Guerra Mundial (1943-1944)
Press and academia. The seminars at El Colegio de México and its journalistic presence in the discussion of World War II (1943-1944)
Historia & Guerra
Universidad de Buenos Aires, Argentina
ISSN-e: 2796-8650
Periodicidad: Semestral
núm. 9, 2026
Recepción: 01 julio 2025
Aprobación: 05 octubre 2025

Resumen: El presente trabajo busca comprender la cobertura periodística de las instituciones académicas y sus espacios en la discusión pública de la Segunda Guerra Mundial en el contexto mexicano de la primera mitad de la década de 1940. Para ello, se retoma el caso de El Colegio de México y sus Seminarios Colectivos de la Guerra y de América Latina, iniciativas de discusión especializada realizadas entre 1943 y 1944. Insertos en un contexto de tensión política por la entrada de México al conflicto mundial, el debate acerca de la guerra y la institucionalización de las ciencias sociales, el artículo indaga en la forma en que estos proyectos y su cobertura periodística sirvieron para que distintos intelectuales y funcionarios públicos cercanos a El Colegio de México buscaran afianzar su posición en la esfera pública y política del país. A partir del análisis de la cobertura mediática que se realizó sobre los seminarios, se ahonda en cómo se buscó legitimar la posición de los actores partícipes de estos espacios, además de presentar una serie de críticas a otros grupos en el poder.
Abstract: This paper seeks to understand the journalistic coverage of academic institutions and their spaces in the public discussion of World War II in the Mexican context of the first half of the 1940s. To this end, we examine the case of El Colegio de México and its Collective Seminars on the War and Latin America, specialized discussion initiatives held between 1943 and 1944. Set in a context of political tension due to Mexico’s entry into the global conflict, the debate about the war, and the institutionalization of the social sciences, this article explores how these projects and their journalistic coverage helped various intellectuals and public officials close to El Colegio de México seek to strengthen their position in the country’s public and political sphere. Based on the analysis of the journalistic coverage that was carried out on the seminars, we seek to understand how the position of the actors participating in these spaces was sought to be legitimized, in addition to presenting a series of criticisms to other groups in power.
Introducción
La entrada de México a la Segunda Guerra Mundial en mayo de 1942 estuvo marcada por la movilización y la polarización social en el espacio nacional. La preocupación por la entrada del país en el conflicto y los efectos que esto podría ocasionar en el corto, mediano y largo plazo fueron objeto de reflexión por parte de diversos sectores de la sociedad, movilizando la opinión pública en torno a la discusión de la guerra y sus derivaciones. Eventualidades como mítines, congresos, encuentros, mesas de debate o ciclos de conferencias, y medios de comunicación como la prensa, las publicaciones periódicas, la radio, el cine, los cómics, entre otros, sirvieron como vehículos para el diálogo y el debate creado durante estos años.
Los Seminarios Colectivos sobre la Guerra y América Latina formaron parte de ese diálogo. Su realización tuvo lugar entre 1943 y 1944 al interior de El Colegio de México por iniciativa de José Medina Echavarría, Alfonso Reyes y Daniel Cosío Villegas, con el propósito de que distintos especialistas en ciencias sociales –provenientes de países como México, España, Colombia, Cuba, etc.– participaran en el debate sobre el problema de la guerra y su significado para la región desde sus propias disciplinas. Además de servir como espacios de discusión, estos también fungieron como nodos de encuentro entre distintos sectores cercanos a la estructura institucional del gobierno mexicano de la época. Funcionarios públicos de alto nivel, diplomáticos, militares, periodistas, entre otros perfiles, desfilaron a lo largo de las sesiones de las eventualidades académicas.
Por ello, el presente artículo busca ahondar, a partir del caso de los seminarios, en la forma en que estos proyectos sirvieron para que distintos intelectuales y funcionarios públicos cercanos a El Colegio de México buscaran afianzar su posición en la esfera pública y política del país. A partir del análisis de la cobertura periodística que se realizó sobre los seminarios, se ahonda en cómo se miró a través de diversos medios impresos la posición de los actores partícipes de estos espacios. Se considera que la forma en que estos seminarios y sus actores fueron presentados en la prensa ayudó a que su posición como especialistas en el conocimiento social fuera legitimada para intervenir en la discusión sobre los problemas de la época, a partir de elementos como los esfuerzos intelectuales que realizaban y el modo en que estos se volcaban al servicio del país frente a un contexto crítico. Esto les ayudó a ganar presencia pública, prestigio y capacidad de crítica en el entorno político de la época.
La forma en que se desarrolló la discusión del tópico de la guerra en México durante la Segunda Guerra Mundial ha cobrado vigencia historiográfica en los últimos años. Desde los trabajos iniciales de Pastora Rodríguez Aviñoá (1979), pasando por aportes como los de José Luis Ortiz Garza (2007), Mauricio Cruz García (2011) o Francisco Acosta Martínez (2022), centrados en un análisis general de la opinión pública de la época, o textos centrados en algún medio en específico, como El Popular (Sola Ayape, 2019; Mendoza Pérez, 2020), la revista América (Nállim, 2020), Timón (Pilatowsky, 2014), Combate (Franco de los Reyes y Méndez Rojas, 2025) o Jornadas (Moya López, 2015) han permitido comprender parte del panorama y la configuración del debate mediático durante estos años. Pero estos trabajos han dejado de lado la presencia de las instituciones académicas y sus actores en los medios impresos, así como la búsqueda de legitimación de sus posiciones públicas y políticas.
Para ahondar en ello, el artículo está divido en tres partes. La primera de ellas revisa cómo el ingreso de México a la Segunda Guerra Mundial en 1942 impulsó la discusión sobre lo que significaba el conflicto para el país y para distintos sectores. La segunda parte aborda el origen y desarrollo tanto de El Colegio de México como de los seminarios estudiados, así como la variedad de actores que convergieron en estos. La última particulariza en la cobertura mediática que se le dio a los seminarios y en la función que esta tuvo en la búsqueda de legitimar a los actores partícipes.
México y la Segunda Guerra Mundial: el desarrollo de una discusión pública
El inicio de la Segunda Guerra Mundial en septiembre de 1939 vino a representar un suceso mediático de gran trascendencia para el espacio mexicano. Las condiciones políticas y sociales del país mostraban un escenario de polarización, debido a que la sucesión presidencial se encontraba en pleno proceso, cuestión que llevó a la confrontación de diversas posturas. La designación de Manuel Ávila Camacho como candidato del PRM y su enfrentamiento en las urnas con José Andrew Almazán derivaron en una disputa que tensó a la opinión pública del país. El triunfo de Ávila Camacho no garantizó la estabilidad inmediata, ya que los conflictos se prolongaron por algunos meses más (Aboites y Loyo, 2010: 827-829). Las tensiones se extendieron también al interior del naciente gobierno de Ávila Camacho, pues la asignación de carteras entre antiguos callistas, abelardistas, cardenistas y gente de confianza del nuevo presidente dio lugar a una serie de confrontaciones políticas e ideológicas al interior de la estructura gubernamental (Medina, 1978: 133-172).
Como una forma de amainar estas tensiones, el ascenso a la presidencia de Ávila Camacho en diciembre de 1940 estuvo marcado por la promoción del discurso de la “Unidad Nacional”. La necesidad de afianzar el aparato propagandístico en favor de la postura gubernamental encontró en este un recurso retórico de importancia a partir del cual estimular el apoyo y el respaldo popular al régimen avilacamachista (Cruz García, 2011: 472-473). El elemento que originalmente había significado la búsqueda de legitimación y conciliación por parte de Ávila Camacho con sectores conservadores –por los efectos de las reformas cardenistas y su tránsito a una postura política más moderada (Lámbarri Hernández, 2011: 69-72; Medina, 1974)– se convirtió en un recurso de alineamiento y disciplinamiento político con el Estado mexicano y sus intereses en un momento de tensión y conflicto social (Lámbarri Hernández, 2011: 138-146; Cruz García, 2011: 474-476).
Frente a este escenario, las tensiones políticas vividas en la sucesión presidencial se conjuntaron con las tensiones del conflicto internacional. El seguimiento periodístico que realizaron diversos medios impresos y radiofónicos –en su mayoría en favor de la neutralidad de México en la guerra y con una tendencia favorable a los países del Eje– posibilitó que tanto los lectores como los radioescuchas estuvieran pendientes, casi en tiempo real, de los sucesos y problemáticas que se vivieron en los campos de batalla cruzando ambos océanos (Ortiz Garza, 2007: 7-15; Rodríguez Aviñoá, 1979: 252-267). Si bien desde la década anterior ya eran evidentes en la esfera mexicana las tensiones ideológicas que movilizaron a los actores inmiscuidos en la guerra (Jorge, 2023: 106-141), el estallido de la Guerra Civil Española y del conflicto mundial hizo más patente aún la polarización. Es posible señalar que la participación de múltiples actores en la discusión del conflicto mundial a través de la prensa y de las publicaciones periódicas –además de la defensa de intereses y programas políticos o de la simpatía por alguno de los bandos en la confrontación armada– también se asentó en la búsqueda de posiciones de influencia dentro de la opinión pública de la época.
Publicaciones como la revista Timón, con José Vasconcelos a la cabeza, se convirtieron en pie de playa para la divulgación de propaganda en favor de los países del Eje, particularmente de la Alemania Nazi (Pilatowsky, 2014). Por su parte, también surgieron impresos que se posicionaron en favor del bando aliado o de alguno de los países que lo conformaban –como el caso de los comunistas y su filiación por la Unión Soviética (Rivera Mir, 2020: 180-191)–, sobre todo desde un perfil antifascista (Jorge, 2023: 106-141). Existieron proyectos derivados de grupos de la izquierda mexicana, como El Popular –encabezado por Vicente Lombardo Toledano y bajo la esfera de influencia de la Confederación de Trabajadores de México (CTM)– (Sola Ayape, 2019), la editorial América y su relación con el Partido Comunista Mexicano (Rivera Mir, 2018: 71-97), o el semanario Combate, vinculado a la Liga de Acción Política encabezada por Narciso Bassols (Franco de los Reyes y Méndez Rojas, 2025). A la par de esto, también cobró vigencia una constante atención por el desarrollo de la discusión pública sobre el fenómeno de la guerra y su significado para México, América y el mundo. Los intercambios y debates que suscitó el conflicto traspasaron a la trinchera de la tinta y el impreso, en donde las columnas y las encuestas de opinión se convirtieron en instrumentos de combate útiles para tratar de influenciar a los lectores de la época (Ortiz Garza, 2007: 41-49, 111-117; Cruz García, 2011: 464-468).
Uno de los sectores que participó en la discusión sobre la guerra a través de los medios públicos y de espacios propios fue el académico universitario. La utilización tanto de la prensa y de las publicaciones periódicas, culturales, políticas y especializadas como de eventualidades propias del entorno académico para la reflexión y el debate acerca de las circunstancias que trajo consigo la guerra fue un fenómeno vigente durante estos años (Morales Martín, 2017b; Guzmán Anguiano, 2024a), en los que surgieron distintas iniciativas que promovieron la profesionalización de diferentes disciplinas del conocimiento social. Bajo el cobijo de instituciones gubernamentales, espacios universitarios y profesores provenientes del contexto mexicano y del exilio español, se crearon instancias como el Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM, el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) o El Colegio de México (Palacios, 2010a y 2010b).
Si bien desde 1941 se registró un paulatino cambio en la cobertura periodística del conflicto (Rodríguez Aviñoá, 1979: 281-296), la declaración de guerra por parte de México en contra de los países del Eje, el 22 de mayo de 1942 –motivada por el hundimiento de los buques petroleros Faja de Oro y Potrero del Llano–, fue el suceso que marcó un parteaguas en el seguimiento periodístico del conflicto. Esto se debió al hecho de que muchos diarios que con anterioridad defendían la neutralidad mexicana se abocaron a apoyar y legitimar la entrada del país a la conflagración mundial dentro del bando de los Aliados (Ortiz Garza, 2007: 181-213). Las manifestaciones de este viraje también encontraron su espacio dentro de la discusión sobre el fenómeno de la guerra. Columnas, editoriales, encuestas, artículos de análisis y reflexión fueron espacios en donde se expresó el respaldo, la condena, la duda o incertidumbre respecto al impacto que traería para México la participación directa en el conflicto.
La entrada de México a la guerra también significó una oportunidad para que el gobierno afianzara mediáticamente la retórica de la “Unidad Nacional”. Tal como señala Mauricio Cruz García, la entrada del país al conflicto mundial en mayo de 1942 no significó en automático el apoyo de la opinión pública, ya que existieron muchas expresiones de oposición ante dicha decisión. Esto ayudó a que el discurso de la “Unidad Nacional”, promovido desde el inicio del gobierno de Ávila Camacho, cobrara mayor vigencia, pues fue más allá de buscar el equilibro político después de las reformas cardenistas para pretender la subordinación de múltiples sectores de la sociedad mexicana a la esfera de autoridad del Estado (2011: 461-476). A su vez, se buscó el disciplinamiento de diversos grupos que con anterioridad habían sido reticentes o divergentes en la disputa por el poder al interior de la estructura gubernamental mexicana (Medina, 1978: 173-226). La entrada del país al conflicto significó la búsqueda de apoyo al esfuerzo de guerra aliado a través de medidas de carácter diplomático, económico, comercial y laboral (Torres, 1979: 9-62).
En esta lógica, los medios de comunicación fungieron como una herramienta de gran importancia en la consolidación pública de la retórica de la “Unidad Nacional”. Particularmente la prensa y las publicaciones periódicas sirvieron como “vitrinas” a través de las cuales se construyó una imagen de colaboración y coordinación entre el gobierno de Ávila Camacho, grupos empresariales, la Iglesia Católica, partidos políticos, sindicatos y otros sectores. No obstante, esto no significó necesariamente una subordinación real por parte de estos grupos frente al Estado mexicano, ya que la adopción de esta postura mediática les representó la oportunidad de aprovechar la situación para acrecentar su influencia social, legitimarse públicamente y sacar beneficio político de la situación, a pesar de los desencuentros y tensiones existentes en múltiples esferas y temáticas (Cruz García, 2011: 476-495).
Al momento de la entrada de México al conflicto mundial, fueron diversos los tópicos que predominaron en la discusión sobre la guerra. Algunos tuvieron que ver con las medidas que el país adoptó para enfrentar el conflicto en el orden interno, como el servicio militar obligatorio o la legislación acerca del delito de disolución social (Cruz García, 2011: 476-495). Por otro lado, uno de los tópicos más prominentes fue la discusión en torno a los posibles efectos que tendría dicha decisión en la relación que el país mantendría con su vecino del norte. La relación con los Estados Unidos venía de una coyuntura problemática, pues las reformas cardenistas –sobre todo la expropiación petrolera de 1938– afectaron la relación. La llegada de Ávila Camacho a la presidencia abrió la puerta para una renovación de la relación, aprovechando la coyuntura de la guerra para limar asperezas y firmar una serie de acuerdos de carácter militar, económico, fronterizo y laboral que estrecharon los vínculos entre las dos naciones (Meyer, 1976: 263-266). El acercamiento del avilacamachismo no solo dio origen a disputas ideológicas y políticas que se hicieron patente en la esfera pública, sino que también fue objeto de pugna y tensión al interior de la estructura gubernamental mexicana. El acercamiento diplomático que impulsó el gobierno de Ávila Camacho hacia los Estados Unidos (Loaeza, 2022: 81-98) dio origen a una serie de choques y disputas al interior de distintos espacios de la burocracia mexicana, entre los que se encontraban la Secretaría de Relaciones Exteriores (Carrillo Reveles, 2023: 401-416) o la estructura de las fuerzas armadas (Plasencia de la Parra, 2017: 33-58).
Conforme avanzó el conflicto mundial, en los años de 1943 y 1944 comenzaron a surgir otras preocupaciones que también tuvieron su impacto en la discusión pública sobre la guerra. Una de ellas se concentró en los primeros acercamientos al genocidio de la comunidad judía en el espacio europeo. A partir de publicaciones como Alemania Libre (Acle-Kreysing, 2018) o la prensa judía (Acosta Martínez, 2022: 81-113), en el país se recibieron las primeras noticias sobre los campos de concentración nazis y el desarrollo de la Shoah. A su vez, también comenzó a preocupar qué sería del mundo una vez que terminara el conflicto mundial, razón por la que en distintos espacios se abordó lo que se podría imaginar tanto para el país como para el continente (Guzmán Anguiano, 2024b: 302-324). Tal como veremos a continuación, los Seminarios Colectivos de El Colegio de México se insertan dentro de esta última preocupación.
El Colegio de México y los Seminarios Colectivos sobre la Guerra y América Latina: espacios de discusión de la Segunda Guerra Mundial
El Colegio de México fue fundado el 8 de octubre de 1940 como heredero de La Casa de España en México. Por iniciativa de Alfonso Reyes y Daniel Cosío Villegas, bajo el amparo del todavía presidente Lázaro Cárdenas, fue creado como una forma de proteger y postergar las labores que venía realizando La Casa de España. Asimismo, se buscó que la nueva institución ampliara y acotara el foco de atención al estudio y la difusión de las ciencias sociales y las humanidades en México, dejando de lado los enfoques anteriores en campos como la medicina o la química (Lida y Matesanz, 1990: 27-108). Su creación también se relacionó con otros esfuerzos similares que buscaban la institucionalización y profesionalización de diversas disciplinas del conocimiento social, los cuales fueron promovidos durante estos años a partir de iniciativas surgidas desde los espacios institucionales del gobierno mexicano y en las universidades del país (Palacios, 2010a).
Sus primeros años de existencia estuvieron marcados por la experimentación y adaptación a las oportunidades del contexto mexicano de la época. Su enfoque en la educación y la investigación en ciencias sociales y humanidades estuvo determinado en gran medida, durante estos años, por el perfil de la gente y los recursos con los que contaba, además de la perspectiva que le imprimió su estructura directiva, con Alfonso Reyes como director, Daniel Cosío Villegas como subdirector y Francis Giner de los Ríos como secretario general. En 1941 se formó el Centro de Estudios Históricos –bajo el mando de Silvio Zavala– y en 1942, el Centro de Estudios Filológicos (Lida y Matesanz, 1990: 27-108). Es necesario señalar que la estructura legal que regía al Colegio, a partir de la creación de una Junta de Gobierno que tomara decisiones sobre el rumbo de la institución, estuvo conformada inicialmente por Gustavo Baz Prada –rector de la Universidad Nacional–, Cosío Villegas –en su papel de director del Fondo de Cultura Económica–, Eduardo Villaseñor –como director del Banco de México–, Eduardo Suárez –en su papel de Secretario de Economía– y el mismo Reyes (Lida y Matesanz, 1990: 27-108).
Bajo estas condiciones surgieron los Seminarios Colectivos sobre la Guerra y América Latina, celebrados en El Colegio de México entre 1943 y 1944. Sus orígenes se relacionan profundamente con la fundación del Centro de Estudios Sociales (CES) de esta institución. Este centro, creado en 1943 bajo la dirección de José Medina Echavarría y con el impulso Daniel Cosío Villegas y Alfonso Reyes, se formó con el propósito de promover una visión integral dentro de las ciencias sociales y con ello lograr una renovación del conocimiento social frente a los retos interpretativos que surgían durante la época y que incluían fenómenos como la guerra, el liberalismo o la constitución del Estado moderno, así como procesos inéditos, como el surgimiento de regímenes fascistas o comunistas (Moya López, 2013: 134).
Para lograr esta proyección renovadora, dentro del CES se creó un Diplomado en Ciencias Sociales, a través del cual se buscaba formar a especialistas e investigadores que generaran interpretaciones confiables y con base científica sobre estos fenómenos novedosos y, a la vez, se buscaba que este conocimiento permitiera plantear posibles soluciones o formas de acción frente a las problemáticas sociales que se derivarían de estos procesos inéditos. Dicho diplomado quedó estructurado de forma tal que se abordaran los aspectos fundamentales de cada disciplina, impartiendo cursos teóricos que se complementaron con cursos de especialización temática y seminarios de avance de investigación, así como Seminarios Colectivos que fungieron como espacios donde “todos los profesores y estudiantes se reunirían a estudiar cada tema o problema en sus diversos aspectos: económico, sociológico, político, antropológico, filosófico, etcétera”, subrayando el sentido “coordinador y de conjunto que desea imprimirse a la enseñanza” (Lida y Matesanz, 1990: 220). Es aquí donde entran los Seminarios sobre la Guerra y América Latina.
El Seminario Colectivo sobre la Guerra se concibió con el propósito de ofrecer un espacio para la discusión de interpretaciones sobre los fenómenos surgidos a raíz de la emergencia del fascismo y el estallido de la Segunda Guerra Mundial, así como para brindar soluciones a los problemas derivados de estos acontecimientos y pensar la posguerra. El Seminario Colectivo entró en sintonía con la promoción de la discusión pública que cobró relevancia a partir de la entrada de México al conflicto mundial, lo que incrementó la necesidad de ofrecer respuestas y justificaciones ante las dudas e incertidumbres de la población mexicana frente a este nebuloso escenario global (Rodríguez Aviñoá, 1979; Ortiz Garza, 2007). Medina Echavarría atribuía esta determinación fundamental del tema central de la reflexión del Seminario sobre la Guerra a la necesidad de entender un suceso trascendental para la época, que debía atenderse por la gravedad de sus efectos para la humanidad.
(…) Es difícil encontrar en estos momentos otro tema de estudio que interese por igual a todos los hombres reflexivos preocupados por el futuro. La experiencia contemporánea está mostrando, aun a los menos atentos, el carácter necesariamente universal, terriblemente destructivo y dolorosamente anacrónico del conflicto guerrero en el estado técnico y económico de nuestra civilización. Se sospecha que otro conflicto como el presente podría acabar por completo con lo que todavía consideramos como los supuestos de una vida decente y civilizada, o retardar por muy largo tiempo la restauración de nuestras normas sociales.1
Con el propósito de abordar esas múltiples causas y caras de la guerra, el desarrollo del seminario se realizó en dos partes. La primera de ellas, entre agosto y noviembre de 1943, constó de ocho sesiones para discutir la amplia literatura existente sobre los temas seleccionados, tanto teórica como empíricamente. Para ello, se designaba a un ponente, quien estructuraba un trabajo para ser puesto a discusión ante el público. Estas sesiones se llevaron a cabo con una periodicidad quincenal, teniendo como espacio de reunión la biblioteca de El Colegio de México. La segunda parte del seminario tuvo tres sesiones celebradas en diciembre en días consecutivos. El propósito de estas fue brindar posibles respuestas sobre lo que sería el mundo al término del conflicto mundial; un ejercicio de carácter especulativo sostenido en la proyección de lo que Reinhardt Koselleck llamaría “prognosis”, a partir del asentamiento de un espacio de experiencias para proyectar un horizonte de expectativas hacia un futuro próximo (Koselleck, 2003: 73-96).

Tal como es posible observar en el cuadro, el desarrollo temático del seminario articuló diversos enfoques interpretativos de la guerra con el propósito de ofrecer una visión amplia y multicausal del fenómeno y sus posibles efectos. Pero esta visión se centró en las ciencias sociales, dejando poco espacio para la reflexión humanística, lo que explica que jugaran un espacio destacado la economía, la sociología, la filosofía, la historia, la demografía, entre otras.
Por su parte, el Seminario Colectivo sobre América Latina se concibió como un espacio desde el cual fuera posible generar interpretaciones de la realidad americana en el contexto de las perspectivas de posguerra, con el propósito de ofrecer certezas ante la reconfiguración del panorama mundial y evaluar el posible papel que jugaría la región en dicho entorno. Medina Echavarría consideraba que, además de adelantar el trabajo necesario para la reflexión a partir de términos americanos, el seminario tenía como propósito prioritario sentar la base para que el conocimiento académico “orientase” el diseño de acciones y políticas públicas que implicaran una reafirmación de la realidad americana con el objetivo de atender las problemáticas de la región a través de una mirada que tuviese en cuenta las condiciones propias, sobre todo ante la reconfiguración geopolítica que viviría el mundo de la posguerra, buscando con ello que América Latina jugara un papel activo en el rediseño global.2
Este seminario se realizó a partir de una perspectiva disciplinar más amplia que la del Seminario sobre la Guerra, dejando mayor espacio para la reflexión y discusión desde las humanidades. Tal como veremos en el siguiente apartado, esto también se representó en las características de los asistentes a las sesiones y en las prácticas bajo las cuales se guiaría el espacio. De momento basta con señalar que en la conformación temática del espacio es posible observar una apertura temática hacia la literatura, la filosofía y la cultura. Por ello, las sesiones se organizaron a partir de cuatro ejes temáticos: 1. El espíritu y la cultura; 2. La estructura social; 3. La estructura económica; y 4. La estructura política.3

Tal como es posible observar en la tabla anterior, las sesiones del seminario se realizaron entre los meses de marzo y junio de 1944, con una periodicidad irregular, variando entre la semana y los quince días entre cada sesión. Cada una de estas se realizó de forma similar, presentando un ponente, quien exponía su trabajo ante el público para después proceder con la discusión. La única excepción a esta dinámica fue la última sesión, durante la cual se citó a una mesa redonda entre varios ponentes, a quienes con anterioridad se les había enviado algunas preguntas que serían abordadas durante la eventualidad, promoviendo un diálogo mucho más ágil que en sesiones anteriores.
Estos dos seminarios contaron con una gran cantidad de asistentes y participantes con diferentes perfiles y procedencias, en aras de promover el diálogo público y la formación educativa de los estudiantes del diplomado. José Medina Echavarría, Daniel Cosío Villegas y Alfonso Reyes se preocuparon por invitar a actores de gran proyección pública y cierta capacidad de influencia en la toma de decisiones políticas. Por ello, la selección de asistentes a cada sesión fue un proceso muy depurado y cuidadoso, inmiscuyendo a personas procedentes de instancias académicas –como la Universidad Nacional de México o el naciente INAH–, gubernamentales –tales como la Secretaría de Relaciones Exteriores, la Secretaría de Hacienda, la Secretaría de Educación Pública, la Secretaría de Defensa Nacional, la Embajada de Colombia en México, entre otras– o periodísticas –como Excélsior, El Nacional, El Universal, etc.–.
Entre los concurrentes, ya fuera como ponentes, moderadores o asistentes al debate, hubo funcionarios públicos de alto rango del aparato gubernamental mexicano, entre los que se encontraban Francisco L. Urquizo, Gilberto Limón, Leobardo Ruíz y Alberto Violante Pérez, Luis Rivas López, Tomás Sánchez Hernández –miembros del Estado Mayor Presidencial–, Eduardo Villaseñor, Eduardo Suárez, Raúl Ortiz Mena, Emigdio Martínez Adame, Gonzalo Robles, Antonio Carrillo Flores –relacionados con la estructura institucional de la Secretaría de Hacienda–, Lázaro Cárdenas –ex presidente y secretario de Defensa en esos años–, Gustavo Baz Prada –secretario de Asistencia Pública–, Jaime Torres Bodet –secretario de Educación Pública–, Jesús Silva Herzog, Manuel Tello, Palma Guillén, entre otros. También asistieron profesores universitarios nacionales e internacionales –sobre todo del exilio español–, como Samuel Ramos, Rex D. Hopper, Mario de la Cueva, Raúl Prebisch, Silvio Zavala, Oscar Schanke, José Gaos, Juan Roura-Parella, Jorge Zalamea, Eugenio Ímaz y Víctor L. Urquidi, además de periodistas, como Alardo Prats o Pedro Gringoire, por solo señalar a algunos. Cabe recalcar que muchos de estos actores formaban parte o estaban profundamente vinculados a la élite de funcionarios públicos del ramo económico que dirigió el rumbo del país entre las décadas de 1920 y 1940. Tal como señala Liliana Bernal, fue durante el gobierno de Lázaro Cárdenas que personas como Eduardo Suárez, Daniel Cosío Villegas, Jesús Silva Herzog, Eduardo Villaseñor, Ramón Beteta, Antonio Castro Leal, Enrique González Aparicio, entre otros, lograron encumbrarse en puestos de gran trascendencia y capacidad de acción, como la Secretaría de Hacienda, la dirección de diversas instituciones bancarias y de crédito público, además de organismos educativos y editoriales vinculados al ramo económico (2017: 16-41).
El hecho de que en estas dos instancias convergieran diplomáticos, funcionarios públicos, estudiantes, periodistas, académicos e intelectuales ayuda a comprender parte del seguimiento periodístico que se asignó a estas eventualidades, además de la construcción discursiva que se les dio, aspectos que serán abordados a continuación.
Prensa y academia: seguimiento periodístico y exposición pública de los seminarios
Los Seminarios Colectivos sobre la Guerra y América Latina no solo sirvieron como espacios de discusión y convergencia de múltiples actores del entorno intelectual y gubernamental mexicano (Morales Martín, 2017b), sino que también fueron planteados por sus organizadores como instancias para atraer la atención de la sociedad mexicana en miras de posicionar tanto a los concurrentes como a las ideas tratadas en las distintas sesiones. La búsqueda de proyección pública y política fue una de las principales preocupaciones de Medina Echavarría, Cosío Villegas, Reyes o Francisco Giner de los Ríos. Para ello, buscaron que la presencia de la prensa y la cobertura mediática de las distintas sesiones se volvieran un elemento más a cumplir en la organización de las eventualidades. Por este motivo, se preocuparon por extender invitaciones a personas como Pedro Gringoire, Marcelo Jover o Alardo Prats, de medios como Excélsior, Hoy o El Nacional, con el propósito de que asistieran y realizaran alguna nota sobre los seminarios. En estas invitaciones, Giner de los Ríos explicitaba la solicitud de expresar de forma positiva el trabajo que se realizaba dentro de El Colegio de México, buscando con ello posicionar a la institución como un referente entre la sociedad mexicana.4
A través de dichas invitaciones y de las notas periodísticas publicadas, no solo se facilitaba la difusión de las discusiones realizadas en los seminarios entre los lectores de la prensa o la “apertura” simbólica de un espacio excluyente por el tipo de actores que participaban en él, sino que también se buscaba cumplir con el objetivo de dotar de “presencia” en el espacio público a este tipo de eventualidades y a sus participantes que, según señalaba Moisés González Navarro, pasaban totalmente desapercibidos ante el ojo cotidiano, siendo incluso rara la aparición de notas en la prensa o en la radio (2010: 39). Con ello, El Colegio de México y sus actores también buscaban asentar una reputación en el entorno institucional mexicano. El hecho de contar con cobertura mediática no solo contribuyó al propósito de hacer llegar sus propuestas a un público más amplio,5 sino que también se aprovechó la prensa para realizar una construcción discursiva que legitimara la posición tanto de académicos como de funcionarios públicos, a partir de la labor que realizaban para tratar de solucionar los problemas y retos que enfrentaba el país de cara al desarrollo y desenlace del conflicto mundial.
En la lógica del discurso de la “Unidad Nacional”, los promotores de los seminarios –Reyes, Medina Echavarría, Cosío Villegas y Giner de los Ríos– aprovecharon la cobertura mediática para adherirse a la retórica de la “Unidad Nacional” frente al esfuerzo bélico y así construir una imagen favorable que legitimara su posición y permitiera incrementar su influencia en la discusión pública. La aparición de artículos o notas periodísticas cuya narrativa se centró en la crónica de las sesiones y en la difusión de los contenidos expuestos y discutidos en ellas pretendía proyectar a los académicos como una fuerza social más, a la par de las fuerzas armadas o de las instancias gubernamentales, que se sumaban desde su trinchera al esfuerzo de guerra y funcionaban como herramienta de legitimación social de la labor intelectual. La justificación de la existencia de instancias académicas quedó asentada en la condición contextual que se atravesaba a nivel mundial, pues los fenómenos de la guerra y la paz se convertían en problemáticas que impactaban a todas las naciones del globo por igual, aspecto que justificaría la necesidad de crear espacios de pensamiento que permitieran la reflexión sistematizada y la búsqueda de soluciones eficaces para los gobiernos y la sociedad en general a partir de la aplicación de las disciplinas del saber social (estudios políticos, sociología y economía). La adhesión a la retórica de la “Unidad Nacional” se reflejó sobre todo en la proyección de una situación crítica como la guerra y la responsabilidad social que distintos grupos de la sociedad mexicana tenían en la procuración de acciones en favor de la victoria y en la búsqueda de soluciones a los posibles efectos que el conflicto podía traer consigo. Esto se hizo patente en el seguimiento periodístico de los seminarios, que giró en torno a la suma de esfuerzos en común, donde la colaboración y la coordinación entre distintos sectores posibilitaba un beneficio para la nación.
Lo anterior es perceptible en las notas que salieron a partir de la segunda sesión del Seminario sobre la Guerra, celebrada el 17 de agosto de 1943, en la cual el General Tomás Sánchez Hernández –quien en ese momento era director de la Escuela Superior de Guerra– fungió como expositor del tema “Los principios de la guerra desde los puntos de vista táctico y estratégico en relación con los progresos de la ciencia”. Esta sesión, enfocada en abordar el tema de la guerra desde una mirada militar, buscó convocar tanto a especialistas de las ciencias sociales como a miembros del ejército mexicano con el propósito de establecer un diálogo más amplio al respecto. Para ello, los directivos del seminario invitaron a diversos militares que, por su preparación, pudieran aportar en la discusión del tema,6 entre los cuales se encontraban Francisco L. Urquizo, Gilberto Limón, Leobardo Ruíz, Alberto Violante Pérez y Luis Rivas López, miembros del Estado Mayor Presidencial, afines al presidente Ávila Camacho (Plasencia de la Parra, 2017: 100-129).
La convergencia de militares con académicos y funcionarios públicos para discutir la ponencia del General Sánchez Hernández llamó la atención de la prensa mexicana. Entre los artículos publicados resalta el de Alardo Prats, aparecido en la revista Hoy, pues desde el título –“Sabios y soldados discuten la posguerra. En El Colegio de México se plantea científicamente el porvenir de la nación”– hay una manifiesta intención de resaltar la relación de ambos sectores en beneficio del país. Este propósito se fortalece conforme se desdobla la redacción del artículo, ya que la descripción de un abrazo entre Alfonso Reyes –presidente de El Colegio de México– y el General Tomás Sánchez es presentada por Prats como la unión de “dos prominentes representantes, del brazo armado de la patria uno y del fuero invencible del espíritu el otro”, subrayando “de esta sencilla manera la feliz conjunción de un esfuerzo común”.7
Por otro lado, esta lógica de adhesión a la “Unidad Nacional” y al esfuerzo bélico también buscó resaltar la forma en que estos actores ponían “su conocimiento al servicio de la sociedad y de la nación”, destacando la utilidad técnica y aplicativa del saber social y el papel que este desempeñaba en la búsqueda de una mejor condición social, obligación que recaía sobre la lógica de la responsabilidad profesional del intelectual, figurado en este caso bajo la silueta del profesor universitario o del científico social.8La construcción mediática de la figura del académico dentro de esta narrativa implicó también un beneficio para estos actores, pues apuntaló su presencia y su legitimidad pública. En sintonía con la emergencia de la figura del intelectual académico o científico universitario que detalla Guillermo Zermeño (2017: 340-341), la figura del académico era aludida constantemente en las páginas de los diarios por poseer una posición de legitimidad científica y técnica que les dotaba de autoridad suficiente para hablar e intervenir en los asuntos públicos, aplicando el conocimiento poseído para el establecimiento de interpretaciones y soluciones a las problemáticas sociales, a la vez que también les confería una responsabilidad social en el sentido de utilizar su inteligencia en pro del beneficio público y de la nación, atribuyendo una carga moral a dicha actividad profesional.
Tanto el tipo de estudios y grados obtenidos a lo largo de su carrera como los años de experiencia técnica en puestos de carácter público o universitario eran factores para tomar en consideración al momento de establecer la legitimidad y validez de quien enunciaba alguna ponencia dentro de las sesiones del seminario.9 Este es el caso de la figura de Raúl Prebisch durante la sesión inaugural del Seminario sobre América Latina. En una nota publicada por El Nacional sobre la eventualidad,10 el diario hacía hincapié en la experiencia del economista argentino para certificar el papel de autoridad que tenía en la materia, pues además de resaltar su puesto como profesor universitario en la Facultad de Economía y Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires, al finalizar la nota, después de realizar una síntesis de los contenidos de la conferencia de Prebisch, el periodista que redactó la noticia concluyó con la siguiente frase: “tales fueron las ideas expresadas por el profesor Prebisch, derivada de una experiencia monetaria en los últimos quince años”.
A su vez, la forma en que se justificó a los ojos de la prensa la relevancia de la actividad académica como medio para la solución de problemas sociales, particularmente el de la guerra, evidenciaba la necesidad de contar con espacios de reflexión que dieran certezas y conocimientos acerca de las significaciones y posibles efectos que este fenómeno tendría sobre la realidad mexicana y continental. En ello, la participación de intelectuales especialistas traería mayor certeza sobre la fiabilidad del conocimiento que se produciría a partir de la interacción y el diálogo que tendrían estos personajes dentro del seminario. Es posible observar esto en la nota que publicó Excélsior sobre los contenidos que se desarrollarían en las sesiones.11 En esta nota, además de ponerse de relieve la dinámica de los trabajos a realizarse en el seminario, el periodista resaltó la necesidad del espacio, al considerar que los académicos se dedicarían “a estudiar y a debatir los problemas de la guerra y de la postguerra”, debido a la relevancia del tema por “su inmediata actualidad como por su enorme trascendencia social para el futuro”. Esta concepción de lo inminente del fenómeno y el peso que tendría en las decisiones que enfrentaría la nación justificaba a los ojos de la prensa la necesidad de reflexión y estudio sobre el tema de la guerra, cuestión por la que este tipo de instancias académicas resultaban pertinentes en el panorama contextual.
Para justificar el funcionamiento de estos espacios, la prensa también realzó otra de sus características: su carácter cerrado o exclusivo, accesible solo a los académicos especialistas o a quienes por su condición profesional o institucional tenían algo que aportar a las discusiones o aprender de estas. En las notas esto quedó plasmado a través de la necesidad de establecer una separación entre el público que asistía a las eventualidades y aquellos que quedaban marginados de estas. Lo anterior puede verse en la nota que publicó Excélsior sobre la sesión inaugural desarrollada por José Medina Echavarría. El redactor hacía hincapié en los sectores que tenían acceso exclusivo y en las razones de esta exclusividad, al señalar que “en la discusión sobre los problemas de la guerra y de la paz, participan únicamente los alumnos y profesores de este Centro [de Estudios Sociales] y las personas invitadas para que aporten sus trabajos o para que participen en las deliberaciones”.12 A su vez, en un artículo publicado por Excélsior a partir de información proporcionada por una entrevista con Alfonso Reyes, se establecía una separación entre los “especialistas” que accedían a las sesiones del seminario y el público en general, para quienes se publicarían posteriormente los contenidos de las ponencias.13
También fueron constantes las alusiones a la necesidad de discutir el fenómeno de la guerra para ofrecer soluciones a las problemáticas surgidas de esta, así como a aquellas que se tendrían a futuro con el establecimiento de la paz. Esta noción puede sintetizarse con la frase inicial de la nota que publicó Excélsior sobre la sesión inaugural del seminario:
Una considerables [sic] aportación del pensamiento mexicano a la solución de los más graves problemas que tiene planteados la Humanidad –los problemas de la guerra y de la paz– ha sido iniciado por el Centro de Estudios Sociales del Colegio de México, a través de los trabajos emprendidos por el Seminario colectivo sobre la guerra, que acababa de inaugurar.14
La concepción de que este tipo de espacios académicos contribuiría a encontrar las respuestas a los grandes interrogantes y desafíos que enfrentaba la humanidad en un periodo de incertidumbre y crisis, a causa de la conflagración mundial que se vivía durante esos años, situaba a los seminarios impulsados por El Colegio de México como parte de un esfuerzo global. Tal como señala Jesús Morales Martín, “desde la periferia hispanoamericana hubo importantes y serias reflexiones sobre aquella contienda bélica mundial, sobre el totalitarismo y sobre la incapacidad de las democracias occidentales de frenar toda la sandez y el exceso autoritario” (2017: 104).
La construcción de esta legitimidad, además de servir para consolidar la reputación y el prestigio de los actores partícipes en los seminarios, también permitió lanzar críticas por parte de estas personas a distintas medidas realizadas por algunas de las instancias gubernamentales mexicanas. A pesar de sumar al discurso de la “Unidad Nacional”, su posición como especialistas en diversas disciplinas del conocimiento y los saberes que detentaban los capacitaba para incidir y criticar aquellas medidas políticas que consideraban como inadecuadas y falibles, y concibieron que también los validaba para realizar críticas a través de los actos de los Seminarios Colectivos y otros proyectos de El Colegio de México. Esto es plausible encontrarlo en un proyecto alterno como la revista Jornadas, que surgió como una extensión impresa de los seminarios. Creada en 1943 con el propósito de servir como medio de difusión que permitiera la circulación del conocimiento en una escala mayor, la revista resultaba un paso lógico en los esfuerzos de José Medina Echavarría, Daniel Cosío Villegas y Alfonso Reyes por propiciar espacios para discutir las condiciones derivadas de la guerra y su impacto en América Latina (González Navarro, 2010: 52-53; Moya López, 2015: 191-192).
La concepción de Jornadas tuvo diversos propósitos, tales como estructurar un corpus teórico latinoamericano con el cual superar el desfase entre racionalidad científica y el rezago de las ciencias sociales y humanas para explicar fenómenos inéditos como el fascismo o la Segunda Guerra Mundial (Moya López, 2015: 175-192); impulsar la búsqueda de nuevos públicos y lectores para las ciencias sociales (Morales Martín, 2017a: 152-155), además de fomentar un pensamiento hispanoamericano desde una tradición democrática y liberal, posibilitando la conjunción del exilio español con intelectuales mexicanos y latinoamericanos para dimensionar el papel de la región ante la guerra, el totalitarismo y la incapacidad de las democracias para frenarlos (Morales Martín, 2017b: 105), estructurando así un corredor de ideas a través de la región (Morales Martín, 2014: 42-43). A ello se sumaba la búsqueda de extender el conocimiento académico más allá del entorno especializado, a fin de impactar en la discusión de los problemas públicos y sus posibles soluciones desde una base “científica y racional”.
Aunque en menor medida, Jornadas también sirvió como un espacio de expresión crítica en contra de algunas de las decisiones que el gobierno de Ávila Camacho tomó en relación al contexto de la guerra. Esto es visible en el número 10 de Jornadas, publicado en 1944, donde se recogían las ponencias expuestas durante las últimas tres sesiones del Seminario sobre la Guerra. En este número también apareció el guion de un programa radiofónico titulado “La nueva constelación internacional”, cuya transmisión estaba pautada para el 19 de diciembre de 1943, como parte de las emisiones de la Radio Cadena Continental. En su proyección participaron Alfonso Reyes, Emigdio Martínez Adame, Víctor L. Urquidi, José Medina Echavarría y Cosío Villegas, quienes discutieron las expectativas sobre lo que sería el mundo al término de la Segunda Guerra Mundial, priorizando el análisis de las relaciones internacionales.
En este diálogo, los Estados Unidos fueron el punto de referencia constante, pues esta nación era concebida como la gran potencia emergente, aunque sin tener aún la madurez política y social para administrar el gran poder que tendría una vez terminado el conflicto mundial. Este planteamiento preocupaba a los intelectuales, ya que consideraban que los países latinoamericanos verían limitada aún más su capacidad de decisión y definición de una agenda diplomática propia como consecuencia de la influencia hemisférica de la superpotencia (Reyes et al., 1944). Ejemplo de ello fue lo expresado por Cosío Villegas:
Lo de “totalmente nuevos” [en referencia al papel de las superpotencias] es muy discutible; pero veamos la situación de Estados Unidos. Será, sin duda, la estrella más radiante de la nueva constelación internacional y aún puede calificársele de meteoro, porque ha llegado a serlo con una prisa y un fulgor singulares: en ciento cincuenta años ha pasado de la nada a primerísima potencia mundial. Sólo que llega a esta situación privilegiada demasiado pronto, y demasiado tarde. Ciento cincuenta años, si se han gastado, como es indudable que ha ocurrido en el caso de Estados Unidos, en el crecimiento y en la consolidación internos, son pocos para alcanzar la madurez política internacional plena, pues, de hecho, ese proceso no concluyó hasta que se liquidó la gran crisis [en referencia a la crisis económica de 1929]. La idea de la inmadurez política de Estados Unidos no es, por supuesto, una invención más: la afirman muchos norteamericanos y la temen todavía muchos más (Reyes et al., 1944: 113).
Algunas de estas ideas no fueron aceptadas del todo para su transmisión a través del espectro radiofónico, razón por la cual el programa no salió al aire. Según señala Cosío Villegas, esto se debió a la censura de la Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas, ya que la postura crítica que planteaban estos intelectuales frente a Estados Unidos contravenía la posición diplomática mexicana y su alianza política y económica con la nación norteamericana (Reyes et al., 1944: 109). Es necesario señalar que años antes de la entrada de México a la guerra se dio un acercamiento bilateral entre el gobierno de Ávila Camacho y los Estados Unidos (Loaeza, 2022: 89-116), lo que no fue del total agrado de diversos intelectuales que participaron tanto en el guion como en los seminarios, tales como Cosío Villegas, Jesús Silva Herzog, Emigdio Martínez Adame, Eduardo Suárez, Gonzálo Robles, entre otros, quienes consideraron que este acercamiento podría significar un peligro para la capacidad de autodeterminación y el ejercicio de la soberanía nacional, sobre todo por la aparente apertura que significaba la Buena Vecindad (Guzmán Anguiano, 2024b: 289-302). El hecho de incluir el guion radiofónico dentro del número 10 de Jornadas, que reunió las ponencias finales que se realizaron en el Seminario Colectivo sobre la Guerra, es una muestra de que no solo la prensa fue utilizada como un medio para tratar de ganar presencia en la esfera pública, sino que también, a partir de la búsqueda de legitimidad, utilizaron sus propios canales de diálogo para posicionarse y buscar impactar en la discusión sobre la guerra y sus efectos.
Conclusiones
La Segunda Guerra Mundial fue un suceso que marcó profundamente a las sociedades de la época, ya que ningún país del orbe ni ningún grupo social permaneció ajeno –aun cuando no se involucraran directamente en la confrontación armada–. En el caso de México, aun cuando la guerra se veía un tanto lejana por no vivir de manera directa los enfrentamientos armados, la conflagración global representó un punto de polarización y tensión social que trascendió esferas y encauzó tanto la discusión pública como la movilización política de sectores de lo más diverso. El debate acerca del significado y la trascendencia del conflicto para América en general y para México en particular, así como la discusión sobre los efectos que provocaría en el corto, mediano o largo plazo, fueron solo algunos de los tópicos en los que se detuvieron las reflexiones realizadas por actores asociados a movimientos sindicales y campesinos, partidos políticos, sectores empresariales, grupos religiosos, asociaciones políticas o, como vimos en el caso de este trabajo, periodistas, funcionarios públicos y académicos.
El caso de los Seminarios Colectivos de El Colegio de México ha permitido explorar la forma en que el seguimiento periodístico de estos espacios, en relación a la reflexión acerca del significado del conflicto mundial para el país, sirvió como plataforma de exposición y legitimación pública. La búsqueda por parte de figuras como Daniel Cosío Villegas, Francisco Giner de los Ríos o Alfonso Reyes de presencia periodística en las sesiones de los seminarios y de cobertura mediática tanto de lo allí tratado como de los posibles significados que esto tuviera para el país muestra la preocupación de estos actores porque sus actos fueran de relevancia para la sociedad mexicana y tuvieran trascendencia más allá de sus propias comunidades profesionales y políticas. A su vez, la forma en que los periodistas presentaron estas eventualidades en el discurso mediático contribuyó a la legitimación.
A partir de los aspectos analizados, es posible señalar que la convergencia de actores cercanos a la estructura gubernamental de la época convirtió a estos seminarios en focos de atención de la discusión pública. La importancia de quienes participaron en las sesiones provocó que estos espacios sirvieran como una vitrina a partir de la cual la figura del académico trascendió a la esfera pública, pues la emergencia de las primeras instituciones dedicadas a la docencia y la investigación profesional en disciplinas del conocimiento social se combinó con una situación que demandaba certezas y saberes fiables que ayudaran a conocer la dimensión del fenómeno de época que se vivía y los posibles efectos que provocaría tanto en el país como en la región y el mundo entero. Esto sirvió para que la figura del académico encontrara un lugar en la discusión pública, al fungir la exposición periodística como espacio de construcción de una posición de “autoridad” a partir de la actividad profesional, lo que también se relacionó con la búsqueda de legitimidad política para afianzar la postura gubernamental frente a la opinión pública nacional, al reafirmar la retórica de la “Unidad Nacional” a pesar de las divergencias y tensiones, así como su posición como una élite social.
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Sobre el autor
Francisco Joel Guzmán Anguiano es Doctor en Historia por El Colegio de México e investigador posdoctoral en la Universidad de Guadalajara-SECIHTI. Se especializa en historia del libro y la edición de México y América Latina del siglo XX, historia intelectual de México y América Latina del siglo XX, historia del antifascismo en México y el análisis de circuitos de producción cultural. Entre sus publicaciones recientes se encuentra “La revista especializada en ciencias sociales como espacio antifascista: una interpretación desde el caso de El Trimestre Económico (1934-1944)”, en Saberes. Revista de historia de las ciencias y las humanidades, 7(15), 2024.
https://orcid.org/0000-0001-7173-2792
Francisco Joel Guzmán Anguiano holds a PhD in History from El Colegio de México and is a postdoctoral researcher at the University of Guadalajara-SECIHTI. He specializes in the history of books and publishing in Mexico and Latin America in the 20th century, the intellectual history of Mexico and Latin America in the 20th century, the history of anti-fascism in Mexico, and the analysis of cultural production circuits. His recent publications include “La revista especializada en ciencias sociales como espacio antifascista: una interpretación desde el caso de El Trimestre Económico (1934-1944)”, in Saberes. Revista de historia de las ciencias y las humanidades, 7(15), 2024.
Notas

