

Artículos
Hombre y máquina. El Stuart M3-A1 en el Ejército colombiano, 1943-1972
Man and Machine. The Stuart M3-A1 in the Colombian Army, 1943-1972
Historia & Guerra
Universidad de Buenos Aires, Argentina
ISSN-e: 2796-8650
Periodicidad: Semestral
núm. 9, 2026
Recepción: 03 junio 2025
Aprobación: 23 julio 2025

Resumen: Este documento tiene el objetivo de analizar cómo un blindado como el M3-A1 “Stuart” hizo parte de algunos acontecimientos de la vida nacional colombiana mientras estuvo en servicio. Parte de la hipótesis de que por medio de este vehículo se pueden revisar algunos acontecimientos de la historia militar del país. El trabajo se estructuró alrededor de tres partes, la primera estudió cómo llegó a Colombia; luego, cómo se empleó doctrinalmente y, por último, se expone cómo el Stuart entró en desuso. El trabajo se elaboró a partir de un ejercicio inductivo y cualitativo sustentado en una revisión de fuentes primarias y secundarias, como libros, entrevistas, prensa, decretos, memorias particulares y oficiales, fuentes de archivo, material foto y videográfico, manuales, reglamentos militares y publicaciones institucionales.
Palabras clave: Caballería, Blindados, Doctrina, Fuerzas Armadas, Educación Militar.
Abstract: This document aims to analyze how an armored vehicle like the M3-A1 “Stuart” played a role in several events in Colombian national life during its service. It is based on the hypothesis that this vehicle can be used to revisit several events in the country’s military history. The work is structured around three parts: the first examines how it arrived in Colombia; then, how it was used doctrinally; and finally, how the Stuart fell into disuse. It was developed through an inductive and qualitative exercise based on a review of primary and secondary sources, such as books, interviews, newspapers, decrees, private and official memoirs, archival sources, photographic and video material, manuals, military regulations, and institutional publications.
Keywords: Calvary, Armored Vehicles, Doctrine, Armed Forces, Military Education.
Introducción
Desde inicios del siglo XX los carros de combate o tanques han tenido protagonismo en los ejércitos y las doctrinas militares del mundo. Fueron los responsables de dar protección, movilidad y apoyo de fuego a la infantería en su avance durante la guerra, además de constituir el puño que permitía la ruptura del frente enemigo. Lo anterior se debe a que se concibió desde su inicio como un medio a prueba de balas, que podía pasar por encima de las alambradas gracias a su peso y apoyar el avance con fuego de ametralladora (Soldados, 2019).
Por definición, este vehículo debe estar protegido por un blindaje capaz de resguardar a su propia tripulación y hacer frente a la mayoría de las armas de las que dispone la infantería enemiga, además de llevar un cañón que pueda penetrar otros tanques, montado en una torre giratoria, y un motor que le dé empuje para ser tractado por orugas (Porter, 2012).
Los primeros tanques hicieron su aparición en 1916 en la batalla del Somme en el marco de la Gran Guerra o Primera Guerra Mundial. Lo hicieron del lado de los británicos y en poco tiempo los demás contendores adoptaron sus propios modelos. En el periodo de entreguerras, estos blindados se vieron inmersos mayoritariamente en guerras coloniales. Luego, en la Segunda Guerra Mundial fueron determinantes para el éxito o fracaso en el plano militar de cada uno de los ejércitos. Posteriormente, de una u otra manera, entraron en acción en los cinco continentes, ya fuera en escaramuzas, combates, batallas o guerras.
El Ejército colombiano no fue ajeno a la utilización de tanques. En la segunda mitad del siglo XX contó en su haber con distintos blindados de ruedas de diferentes procedencias, pero solo tuvo un modelo de carro de combate, denominado M3-A1 “Stuart”, que estuvo en servicio alrededor de tres décadas.
Es poco lo que se sabe sobre el Stuart mientras estuvo en uso en el Ejército colombiano; los trabajos sobre estas unidades son variados, pero poco concretos. Al respecto, se pueden encontrar publicaciones institucionales realizadas preponderantemente por oficiales de caballería (Escuela Militar de Cadetes, 2008; Puyana, 2009) o particulares (Umaña, 2006) que tenían por objetivo hacer remembranzas del arma, mientras tocaban algunas anécdotas sobre vehículos que hicieron parte de la institución. Además, En segundo lugar, se pueden encontrar trabajos más recientes producidos también por oficiales del Ejército y civiles que tienen por objetivo abordar, ya no las remembranzas y anécdotas del arma, sino analizar el papel de la caballería en el esfuerzo para la construcción de la seguridad y el poder nacional en las últimas décadas (Martínez, 2019; Sierra, 2023).
Sin embargo, ninguno de estos trabajos ha abordado al M3-A1 como objeto de estudio y mucho menos se lo ha relacionado con la historia militar del país, que, a su vez, es la historia de la misma sociedad (Borreguero Beltrán, 1994; Keegan, 1990; Sarmiento, 2022b, 2024b). Además, tampoco se ha realizado ningún escrito al respecto siguiendo el método científico. Por tanto, este documento tiene como objetivo llenar un vacío historiográfico al analizar cómo este blindado hizo parte de algunos acontecimientos nacionales mientras estuvo en servicio. Parte de la hipótesis de que por medio de este vehículo se pueden revisar algunos acontecimientos de la historia militar del país. Para ello, el documento se estructuró alrededor de tres partes, la primera estudió cómo llegó a Colombia; luego, cómo se empleó doctrinalmente y, por último, se expone cómo el Stuart entró en desuso. Para ello, se recurre al concepto de “Historia Militar”, entendida como una subdisciplina de la Historia “que estudia a los hombres que representan o ejercen poder por medio de las armas” (Sarmiento, 2022b: 614, 2024b: 18), donde, además, se hacen visibles las diferentes conexiones entre pasado y presente (Braudel, 1991). Busca constituirse en una propuesta historiográfica en Colombia, en la que una máquina con fines militares es un objeto de estudio por medio del cual se puede analizar un contexto social y que complementa la forma de abordar a la Nueva Historia Militar1 planteada hace décadas desde el mundo anglosajón (Borreguero Beltrán, 1994).
El documento se elaboró a partir de un ejercicio inductivo y cualitativo. La temporalidad escogida es puramente subjetiva. Se sustenta en una revisión historiográfica precedente que provee de un contexto social al documento, que luego es contrastado y complementado con una serie de fuentes primarias que sitúan al Stuart en situaciones concretas, como entrevistas a personal relacionado con el tema, prensa, los Anales del Congreso, decretos encontrados en el Diario Oficial, memorias presentadas por los ministros de Guerra al Congreso, memorias de militares de la época, así como fuentes de archivo encontradas en el Archivo Histórico de la Escuela Militar en Bogotá (AHEM), el Archivo General de la Nación de Colombia (AGN) y archivos personales (AP). También se recurrió a evidencia foto y videográfica de dominio público de la época, manuales, reglamentos militares y publicaciones institucionales, como el Memorial de Estado Mayor, la Revista Militar del Ejército y la Revista de las Fuerzas Armadas.
El blindado y su llegada a Colombia
El Stuart M3 surgió a finales de la década de 1930 como un diseño de tanque ligero para dotar al Ejército de Estados Unidos, fácil de producir, con una buena movilidad y confiabilidad. Para su producción se tomó como diseño base el tanque M2, al que se le mejoró la suspensión y la motorización, además de sufrir mejoras en el proceso de su construcción que dieron pie a varias versiones y denominaciones.
Tenían un blindaje de 51 mm en el frontal y 10 mm en las partes menos protegidas, lo que sumado a los demás componentes del vehículo le daban un peso de un poco más de 14 toneladas. Era propulsado por un motor radial Continental W670-9A que le otorgaba una velocidad máxima de 57 kilómetros por hora en una vía pavimentada y tenía una autonomía de 120 kilómetros que podía ser extendida con la adición de unos contenedores extras en la parte superior del tanque.
Estaba armado con un cañón principal M6 de 37 mm, que había sido colocado en una torreta D58101. Además, portaba tres ametralladoras Browning .30 (léase: punto treinta), dos de ellas podían ser operadas desde el interior del vehículo, una en el puesto del operador de radio, otra coaxial y la tercera en configuración antiaérea, operada desde el exterior por un quinto hombre, posicionada en la parte posterior superior de la torreta.
La primera vez que este tanque vio acción lo hizo en el marco de la Segunda Guerra Mundial, en el norte de África, en manos del Ejército británico y el estadounidense para combatir a los Panzer I, II y II del Afrika Korps, comandado por el general Erwin Römmel. Sin embargo, debido al escaso blindaje y al bajo calibre de su cañón no fue útil para confrontar a otros tanques en las ocasiones en las que los tenía enfrente. Aunque sí sobresalió en la tarea de exploración gracias a su movilidad (Zaloga y Laurier, 1999).
Su bajo desempeño en el norte de África frente al Ejército alemán se debió en parte a la doctrina de tanques de Estados Unidos de finales de la década de 1930 y principios de 1940, ya que el Stuart fue concebido como un blindado ligero que tenía la misión de acompañar a la infantería y, en simultáneo, debía operar en conjunto con otro carro de combate, mucho más pesado y armado, que encabezara el ataque y rompiera las líneas del enemigo. Por tanto, el Stuart no hacía parte de una unidad de caballería independiente de la infantería, sino que estaba subordinado a esta.
El problema fue que en la guerra esa repartición de tareas entre tanques ligeros y pesados no tuvo aplicación práctica; lograr la coordinación de unos con otros resultaba tedioso debido al caos producido por el enfrentamiento mismo entre los soldados de dos ejércitos en medio de una batalla (Perrett y Smith, 2001).
En el marco de la Segunda Guerra Mundial, Colombia se alineó políticamente con los Estados Unidos tras las Conferencias Panamericanas de 1938 y 1940 (Torres, 2015), para hacerle frente a las fuerzas del Eje (Alemania, Italia y Japón). Ello se dio en un momento en el que el presidente colombiano Eduardo Santos (1938-1942) se acercó al gobierno de Franklin D. Roosevelt y suscribió distintos acuerdos militares encuadrados en la asistencia técnica y en la ejecución de préstamos otorgados por el gobierno estadounidense para el suministro de material militar (Bushnell, 1984; Galvis y Donadio, 1986 y 1988), lo que, en últimas, buscaba el estrechamiento entre los dos gobiernos para evitar la influencia de las potencias europeas (Quiroga y Maldonado, 1988), como Francia, pero particularmente de Alemania, que contaba con un elevado prestigio industrial y militar en el país (Bosemberg, 2015a; Sarmiento, 2021)
Lo anterior se tradujo en un acercamiento militar entre los dos países que no se había visto en lo corrido del siglo XX. Así, a Colombia llegaron una serie de misiones militares de Estados Unidos, entre ellas una naval y una aérea (Santos, 1939) para la formación del personal de la Armada y la aviación militar (Castro, 1939),2 así como para asesorar al entonces Ministerio de Guerra (Las Misiones Naval y Aérea, 1939), y otra para la reorganización del Estado Mayor (Ocampo, 1948). Además, varios oficiales colombianos fueron enviados a Fort Clayton en Panamá y otros a bases dentro de Estados Unidos para recibir instrucción militar, entre otros (Espinel, 1945; Plazas, 1978).
Luego, el sucesor de Santos, el presidente Alfonso López Pumarejo (1942-1945) en 1943 hizo efectivo el Lend and lease, un préstamo otorgado por el gobierno estadounidense a países cuya defensa se considerara vital para los intereses estadounidenses (Atehortúa, 2011), por un monto de 16 millones de dólares de la época para ser usados en la compra de armas de la industria de ese país destinada a renovar las armas del Ejército (Sarmiento, 2024a).
A cambio, el gobierno de Colombia concedió temporalmente a los norteamericanos el uso de algunas de sus bases militares, puertos marítimos y pistas de aviación para que militares estadounidenses hicieran uso de ellos en aras de la seguridad del Canal de Panamá. Esto sumado a que las empresas norteamericanas tenían un acceso preferente a materias primas y al flujo constante de ellas a puertos de Estados Unidos (Galvis y Donadio, 1986 y 1988).
En consecuencia, el gobierno colombiano de Alfonso López Pumarejo (1942-1945), por medio de su ministro de Guerra, encargó una lista con un pedido de material de guerra a Estados Unidos para las fuerzas militares colombianas.3 Además, envió una comisión de oficiales, donde se encontraba el entonces coronel Gustavo Rojas Pinilla, un oficial que desde la década anterior había recomendado la necesaria motorización del Ejército (Bosemberg, 2015b), para recibir las armas de la industria de ese país (Galvis y Donadio, 1988).
El problema fue que el gobierno dio preferencia a la Armada y a la aviación militar, no así a las fuerzas de tierra.4 Sin embargo, dentro del poco material escogido para estas últimas se encontraban algunos vehículos blindados a ruedas M3-A1 “Scout”, M8 “Greyhound”, M20 de exploración, semiorugas de transporte de personal M3-A1, “Jeep’s”, motocicletas de enlace, camionetas WC 51, cañones antitanque M3 de 37 mm y M1 de 57 mm, así como tanques M3-A1 Stuart5 y camiones con equipos de radiocomunicación, entre otros.
Los anteriores elementos comenzaron a llegar a los puertos colombianos en 1944. Ese año es importante para la historia militar, primero, porque en ese momento el Ejecutivo tenía el “propósito de crear una mentalidad moto-mecanizada en la oficialidad del Ejército” (Santodomingo, 1943) y, segundo, porque el mundo todavía estaba en plena Segunda Guerra Mundial, lo que hacía que todos los productos industriales escasearan por el excesivo consumo de los ejércitos contendientes, lo que produjo en Colombia un escenario de alta inflación (Tirado, 1977). Esta situación se vio en el Ejército con mayor evidencia, ya que el Ejecutivo no le dio al Ministerio de Guerra un aumento real a su presupuesto y la carencia se hizo evidente en todos los niveles de la institución.
Pero, con la llegada del material estadounidense, especialmente con los tanques, la situación en parte fue distinta. Por ejemplo, apareció un nuevo fenómeno de especialización dentro del Ejército colombiano y el Ministerio aprobó a la misión estadounidense la creación de nuevas escuelas para la instrucción de los militares colombianos. De ellas resaltó la escuela de mecánicos y de conductores de tanques (Espinel, 1945), la cual fue integrada con suboficiales que habían sido enviados a Panamá a especializarse en mecánica y en conducción de tanques (Tamayo, 1946).
Además, desde Colombia fueron enviados a Estados Unidos varios oficiales, entre los que se encontraban los subtenientes de infantería Álvaro Valencia Tovar y Alberto Duarte Aguilera, así como un teniente y dos capitanes de otras armas, quienes recibieron la orden de ir a Fort Knox a instruirse directamente en la Escuela de Blindados del Ejército estadounidense. Los dos primeros hicieron un curso de catorce semanas de “Táctica para Oficiales de Compañía del Arma Blindada” y otro de “Artillería de Tanques” (Valencia, 2013: 89), mientras que los otros tres en el mismo lapso de tiempo realizaron un “Curso técnico de mantenimiento” de tanques (Valencia, 1992: 53). Luego, este personal recibió la orden desde Washington para ir a poner en práctica lo aprendido en los cursos con el batallón de tanques 777 estadounidense, justo en el momento en que esta unidad se preparaba para viajar a Europa y participar en la operación Overlord, en el desembarco en Normandía (Valencia, 1992 y 2013).
A su retorno a Colombia, estos oficiales fueron los responsables de introducir la doctrina de blindados en el Ejército (Correa et al., 2009). Su aleccionamiento y comprensión no debió ser complicada entre los militares colombianos, ya que desde la década de 1930 se instruían a la luz de la doctrina alemana de armas combinadas, sustentados en el Reglamento Para la Conducción y Para el Combate de las Armas Combinadas (Ministerio de Guerra, 1932 y 1934), en el cual se plasmaba la teoría que sustentaba el uso de los tanques como arma de choque contra un enemigo en el Ejército.
En ese contexto, la teoría ya estaba operando entre estos militares junto con unidades con experiencia en doctrina motorizada (Sarmiento, 2024b), que venían realizado diferentes ejercicios de maniobras con camiones de manera temprana con la asesoría de antiguos militares alemanes (Pumarejo, 1934; Sarmiento, 2024c), posteriormente complementados con otros vehículos de distintas características. Con la llegada de los tanques en 1944, junto con los oficiales de los cursos en Fort Knox, se pudo poner verdaderamente en práctica el empleo de tanques.
La doctrina blindada traída de Estados Unidos fue aleccionada principalmente desde la entonces llamada Escuela de Intendencia y Motorización.6 En consecuencia, entre los oficiales y suboficiales del Ejército comenzaron a circular reglamentos y manuales7 militares como el FM 17-12 Armored Force Field Manual Tank Gunnery, en el que se establecía un “paso a paso” (War Department, 1943: 1) para el entrenamiento del artillero del tanque para el apuntado del cañón, además de la coordinación que este debía tener con el comandante del blindado. También aparecieron el TM 9-726. Technical manual. Light tank M3 (War Department, 1942c), el FM 17-33 Armored Force Field Manual. The Armored Battalion light and Medium (War Department, 1942b), así como el FM 17-30 Armored Force Field Manual. Tank Platoon (War Department, 1942a) y el TM 9-250 37-mm gun M6, mounted in combat vehicle (War Department, 1944).
Los anteriores manuales no fueron traducidos al español ni publicados en Colombia, sino que fueron arreglados y complementados por el subteniente Valencia, debido a que él mismo consideró que si se hubieran traducido literalmente “con ello no se atiende una finalidad verdaderamente práctica. [Dado] nuestro medio, topografía, posibilidades de todo orden y muchos otros factores” (Valencia, 1946a: 5). De esta manera fueron condensados en tres títulos: Guía para el empleo táctico de tanques livianos (Parte I) (Valencia, 1946a), Guía para el empleo táctico de tanques livianos (Parte II) (Valencia, 1946b) y Manual de tiro y conocimiento del cañón de 37 Mms. M-6, montado en el tanque liviano M3 A-1 (Valencia, 1945), que luego, con el permiso del Estado Mayor General, fueron impresos y distribuidos como suplementos del entonces Memorial de Estado Mayor, revista militar de lectura obligatoria entre los oficiales del Ejército (Ministerio de Guerra, 1926).8
Uso
Doctrinariamente el Stuart era un tanque ligero que debía ser usado en conjunto con otros más pesados. No obstante, la doctrina de tanques que el Ejército colombiano usó era completamente distinta a la que determinaba la estadounidense. Los manuales publicados y usados por los militares en Colombia no mencionaban nada acerca de su despliegue acompañado de otros pesados ni algo similar, sino que establecían que debían ser usados como blindados de ruptura del frente enemigo sin hacer distinción de su peso. Además, los manuales hablaban esencialmente de la necesaria cooperación entre estos tanques y las otras armas (infantería, artillería, ingenieros) para conseguir los objetivos de la guerra. También se establecía que estos blindados debían ser usados para un fin estrictamente ofensivo y solo en última instancia debían tener algún papel en el plano defensivo, sumado a que siempre debían estar buscando el envolvimiento del enemigo (Valencia, 1946a).
Lo anterior puede explicarse en la medida en que hacia finales de la guerra mundial (1944-1945) la doctrina de tanques del Ejército estadounidense estaba cambiando. Era inútil tener dos modelos de tanques cuando podía haber solo uno, lo que facilitaba el desarrollo del combate, el entrenamiento de las tropas y adelgazaba las líneas logísticas. Por tanto, se decantaron por un único modelo principal. Esa idea debió inspirar al subteniente Valencia para plasmarla en los manuales publicados en esa época, además, en las publicaciones de difusión del Ejército no fue contrariado o criticado por sus compañeros de Fort Knox ni por otros oficiales entonces en servicio, lo que haría suponer la existencia de un consenso en cuanto a sus posiciones.
Sin embargo, hubo un quiebre dentro de la historia militar; lo aprendido en los planos teórico y práctico por parte de los militares colombianos respecto al empleo del tanque en la guerra chocó con la realidad. Mientras en las escuelas y en los ejercicios aprendían a emplear el Stuart para una guerra convencional, en el momento en que debieron emplearlos lo hicieron esencialmente en tres circunstancias: en ceremonias, para tareas de control de masas, así como en misiones de orden público en una guerra irregular.
De manera cronológica, se pueden traer a colación dos ceremonias. Su primera aparición pública fue el 8 de mayo de 1945 en Bogotá, en el desfile realizado en ocasión de la rendición de Alemania ante los Aliados. Asimismo, en 1951 desfilaron en la ceremonia de entrega de la bandera nacional al primer contingente del Batallón Colombia N° 1 que iba a la guerra de Corea (Batallón Colombia. Bodas de plata, 1950-1975, 1977). Además, no sobra mencionar que también hizo una aparición en la pantalla grande en la película The Adventurers (1970), grabada en el centro de Bogotá y Villa de Leyva como parte de la escenografía (Imagen 1).

En cuanto a la tarea de control de masas, pueden identificarse tres momentos clave; el primero tuvo que ver con un motín de militares que se encontraban recluidos en el Panóptico en Bogotá a comienzos de 1945, los cuales tomaron las armas y el control de la cárcel, por lo que el penal debió ser acordonado por una sección de tanques por todas las posibles vías de escape. Pero, con la presencia de estos blindados el motín llegó a su fin (Valencia, 1992).
El segundo momento fue el “bautismo de fuego” del Stuart en manos del Ejército colombiano, que se dio en horas de la tarde del 9 de abril de 1948, luego de que diferentes grupos de personas de la capital, así como de diferentes ciudades, municipios y veredas se levantaron contra el gobierno conservador del presidente Mariano Ospina (1946-1950) por el asesinato del caudillo liberal Jorge Eliecer Gaitán en la ciudad de Bogotá (Braun, 1986; Torres, 2015). Ese día tres tanques salieron de la Escuela Blindada y de Motorización con dirección al Ministerio de Guerra y al Palacio Presidencial para hacerle frente a las personas que se habían levantado. No sobra decir que los civiles estaban armados y disparaban contra transeúntes de la capital y soldados del batallón Guardia Presidencial, lo que dio como resultado varios muertos y heridos. En esa situación los Stuart encabezados por el capitán Mario Serpa hicieron aparición frente al Palacio, luego el oficial fue muerto por los disparos hechos por los civiles armados mientras sacaba el torso pidiendo disolver la turba. Ante tal situación, los comandantes de los tanques que le seguían en jerarquía ordenaron disparar con las ametralladoras de los blindados contra la gente, lo que disolvió el levantamiento en ese punto de la ciudad (Braun, 2016; Correa et al., 2009).
Al respecto, el ministro de Guerra, Germán Ocampo, consignó en la memoria de su cartera presentada al Congreso lo siguiente:
[…] no se pretende desconocer errores y exacerbaciones muy humanas, incontables dentro de una situación caótica. Pero o la luz de la razón forzosamente se debe reconocer que las Fuerzas Militares fueron factor preponderante para restablecer el orden sensiblemente afectado en el territorio de la República (Ocampo, 1948: V-VI).
Otras dos ocasiones en la que se hizo patente el uso de los tanques en situaciones de control de masas se dieron el 10 de mayo de 1957 y el 2 de mayo de 1958. Las dos fechas tienen relación en la medida en que en la primera el presidente-dictador, general Gustavo Rojas Pinilla (1953-1957), debió renunciar a su cargo por presiones de diversa índole y designó una Junta Militar (1957-1958) para hacer la transición a un gobierno civil.
Para prevenir casos de sublevación dentro de las filas de las Fuerzas Armadas o de grupos civiles que buscaran restablecer a Rojas en el cargo, la comandancia del Ejército ordenó que los Stuart fueran desplegados en posiciones defensivas en los alrededores de los centros de poder de aquel momento, como el Palacio de la Carrera y el Palacio de San Carlos (Plazas, 1993).
Luego, en mayo de 1958 nuevamente los blindados fueron parte fundamental para mantener el orden en el proceso de traspaso de poder del gobierno de la Junta Militar al civil. A comienzos de ese mes los Stuart fueron desplegados en los mismos puntos del año anterior para disuadir con su presencia a cualquiera que quisiera evitar el desarrollo de unas elecciones programadas para el 4 de mayo que buscaban elegir al presidente civil que sucedería a la Junta.9
Sin embargo, casualmente en los sitios de la capital donde no estuvieron desplegados estos blindados, el batallón de Policía Militar N°1 realizó una operación que intentó deponer a los integrantes de la Junta Militar y restituir en el poder al general Rojas Pinilla. Pero, por diferentes razones los militares golpistas que actuaron allí fracasaron en el intento (Sarmiento, 2022a).
El general Gabriel París, miembro de la Junta Militar, celebró el compromiso de las Fuerzas Armadas frente a los intentos golpistas de la siguiente manera:
Hoy las Fuerzas Armadas han librado la batalla más brillante de su historia […] al restablecer al gobierno legítimamente constituido, […]. Los hechos ocurridos en la madrugada de hoy por un grupo de militares que atentaron contra el gobierno y sus instituciones, podemos considerarlos como una mancha en la vida del país, que a Dios gracias, fue fácilmente borrada por las fuerzas armadas (Alocuciones de los Miembros de la Junta Militar de Gobierno. (3 de mayo de 1958). El Tiempo).
En cuanto a las misiones de orden público, se debe mencionar que en las décadas de 1950 y 1960 se conformaron y/o fortalecieron toda una serie de grupos armados dedicados a ejecutar una guerra irregular contra el gobierno o el Estado colombiano. Ese tipo de guerra se basaba en la guerra de guerrillas, golpes de mano, emboscadas y asaltos armados contra el Ejército con el fin de alcanzar objetivos tácticos y estratégicos. Estos grupos no tenían líneas logísticas claras, sobrevivían gracias al apoyo voluntario o forzado de la población local, aprovechaban el terreno montañoso y cubierto por árboles, no tenían frentes de avance definidos, no hacían un uso sistemático de los caminos ni tampoco plantaban lucha en grandes números (Ejército Nacional, 1964; Fuerzas Militares de Colombia, 1964).
En ese escenario, los soldados debieron ser empleados como infantería, independientemente de si provenían de unidades de caballería, artillería o ingenieros (Reveiz, 1962), para ir hasta las localidades en las cuales hacían presencia estos grupos armados junto con sus retaguardias y allí enfrentarlos. El problema es que los medios terrestres convencionales usados en ese momento por cualquier Ejército, incluido el colombiano, no eran idóneos para hacerles frente. Debido a que requerían de un cuidado especial, su empleo se veía limitado en un área cubierta de vegetación y/o terreno montañoso, sumado a que en la época eran escasos los caminos por los cuales el material militar convencional podía llegar a transitar.
A pesar de la situación anterior, marginalmente los Stuart pudieron tomar algún papel en el marco de esa guerra irregular. Ello se dio luego de que en 1952 alrededor de noventa y seis soldados del batallón de infantería N° 21 “Vargas” que se encontraban realizando un desplazamiento en caballos y camiones en la zona conocida como “El Turpial”, cerca de Puerto López, fueron emboscados y muertos por un grupos armado que operaba en la región (Rojas, 2023).
Luego de eso, los M3-A1 junto con los demás vehículos blindados a ruedas y/o cadenas disponibles en ese momento fueron incluidos para realizar desplazamientos de soldados. Por supuesto, no fueron empleados como medios de choque contra el frente enemigo, sino como vehículos de escolta de las tropas que se movilizaban por las escasas vías carreteables existentes. De tal manera, los soldados podían así reducir el nivel de vulnerabilidad a las emboscadas y podían tener alguna protección blindada, además de tener una base desde donde poder dar alguna respuesta frente a estos ataques (Correa et al., 2009).
El desempeño de los Stuart en este tipo de misiones no fue el mejor, dado que el movimiento por cadenas elevaba el coste de mantenimiento, por lo que fueron apartados de la tarea de escolta en detrimento de los blindados movidos por ruedas como el M8 “Greyhound” y el M20, además del semioruga M3-A1 de transporte de personal, al cual se le retiraron las cadenas y se le pusieron dos pares de ruedas a cada lado para reducir los costes de operación y aumentar su confiabilidad ante las reiteradas ocasiones en las que sufrió desperfectos mecánicos.
El ocaso del tanque
Con la llegada a Colombia de los Stuart a mediados de la década de 1940 aumentaron cualitativamente las capacidades operacionales del Ejército. Los militares pudieron ponerse a tono con una de las últimas y más importantes armas que habían hecho aparición en el campo de combate en la primera mitad del siglo XX, con la cual pudieron absorber y poner en práctica la teoría sobre el empleo de blindados. Además, tuvieron la capacidad de adaptar manuales extranjeros al medio nacional y resolver el inconveniente del empleo del tanque en escenarios y situaciones para los cuales no había sido diseñado.
Sin embargo, se debe mencionar que estos blindados ya eran un material caduco para el mismo momento en el que llegaron al país; estaban desfasados en su tecnología, armamento y capacidades. Ya en 1944 los tanques en Europa y Estados Unidos superaban por mucho al Stuart, podían tener armamento mayor a los 88 mm, instrumentos con la capacidad de detectar y destruir objetivos blindados a más de un kilómetro y superaban las sesenta toneladas.
El tema de la caducidad de los tanques no era un secreto entre los militares colombianos. Todo lo contrario. Por ejemplo, el subteniente Valencia sabía de las pocas prestaciones del Stuart y las expuso ante el presidente López Pumarejo en una visita que este hizo a la Escuela de Motorización:
Le expliqué lo del modelo M3A1 […], que habían desembarcado en el norte de África […], y fueron batidos por los panzer de Rommel, superiores en blindaje y poder de fuego, lo que ocasionó la derrota [de los estadounidenses en el] Paso de Kasserina, donde los […] combatientes americanos tuvieron su desastroso bautizo de fuego […], lo que abrió camino para la fabricación en masa del […] Sherman […], [y los] superpesados Pershing para enfrentar los todopoderosos Tigres y Panteras alemanes […] (Valencia, 2013: 99).
Asimismo, en la década de 1960 el estado de obsolescencia de los Stuart llegaba a tal punto que un oficial norteamericano enviado a Colombia en esa década elogiaba el trabajo de los mecánicos del Ejército “por el magnífico estado de conservación del museo de los blindados” (Velásquez, 2011: 114), al ver que esos carros de combate seguían activos en Colombia.
Por otra parte, la cantidad de Stuart que llegó al país era casi anecdótica. De la versión M3-A1 se produjeron 4.621 unidades entre abril de 1942 y febrero de 1943 (Perrett y Smith, 2001), de las cuales solo llegaron a Colombia una docena. Sin embargo, el número ha estado sujeto a polémica debido a que unas fuentes señalan doce unidades (Valencia, 1992), mientras que otras llegan a contabilizar hasta diez y ocho (Correa et al., 2009).
Sobre ese debate se puede decir que para julio de 1944 ya habían arribado al país al menos cinco tanques, los cuales fueron adscritos a la Escuela de Blindados y de Motorización (Valencia, 2013); luego, por diferentes fotos (Imagen 2), así como por el cotejo de los seriales que aparecían en los mismos blindados se puede comprobar que solo llegó a haber doce unidades en servicio. A eso se suma que el propio listado del material de guerra elaborado por el Departamento de Guerra de Estados Unidos confirma esa cifra.10

Además, se deben considerar varias fuentes de primera mano. En enero de 1944 el gobierno colombiano continuó haciendo solicitudes de armamento al gobierno de Estados Unidos. Dentro de los pedidos se encontraba toda clase de material de guerra, pero el material blindado, particularmente los tanques, brillaba por su ausencia, dado que el gobierno nacional dio prevalencia a la aviación militar y a la Armada,11 no así a las fuerzas de tierra.
Por otro lado, es preciso rescatar nuevamente el testimonio del entonces teniente Valencia en 1950, ya que reafirmó la existencia de solo una docena de Stuart en servicio en el Ejército colombiano, dado que ese año ganó una comisión de estudios para ir a Estados Unidos y recibir unos motores radiales para los doce Stuart que ya había en Colombia. Además, debía aceptar de parte de un negociante judío una veintena de tanques excedentes de la Guerra Mundial, pero los rechazó debido a problemas de óxido y porque estaban incompletos en su estructura más básica. Luego, el dinero destinado para esos tanques fue utilizado para la compra de otro tipo de blindados, además de diferentes componentes para el mantenimiento:
[El ministro de Guerra] [l]eyó […] la factura de compra de los treinta y seis Half Tracks o carros blindados […]. […] [Q]uiso conocer algunos pormenores de las adquisiciones hechas, entre las cuales se hallaban bloques para reponer las orugas de caucho de los tanques M3A1 (dos dotaciones) y un banco de pruebas para los motores radiales de los mismos tanques, con lo cual, la vida útil de los vehículos se prolongaba a más del doble. Una ojeada rápida le permitió apreciar la amplia gama de repuestos adquirida para los equipos de radiocomunicación de tanques y carros blindados […] (Valencia, 2013: 157).
Es posible que tanto unos como otros tengan razón a su manera. No se puede descartar que hayan llegado a Colombia diez y ocho unidades del Stuart, doce en un principio que estuvieron activos, mientras que los otros seis llegaron, pero fueron destinados a la canibalización para extraer de ellos algunas piezas que fueron usadas como repuestos.
Al final, el Stuart como pieza fue importante en el momento en el que llegó, pero cuantitativa como cualitativamente este tanque dejaba mucho que desear. Vale la pena traer a colación un informe presentado por la Junta Militar a finales de 1957, en el que el general Gabriel París afirmó “que cualquier país, incluso ‘el más infeliz’, tenía un nivel superior en equipos militares y que si el país enfrentase un conflicto de larga envergadura estaría totalmente indefenso” (Nieto, 2010: 65).
Justamente, en 1952 quedó patente la nula disuasión de los Stuart y su inutilidad como instrumento para la consecución de los objetivos estratégicos del Estado. Ese año el gobierno del presidente Laureano Gómez (1950-1953), de manera no oficial, cedió a Venezuela la soberanía del archipiélago de Los Monjes (Holguín, 1975), dadas las pretensiones territoriales del gobierno de ese país y la incapacidad de reacción diplomática y militar de Colombia (Torres, 2000).
En los años siguientes a la llegada de los Stuart, los gobiernos colombianos y estadounidenses continuaron firmando diferentes pactos y acuerdos de asistencia militar para dotar al Ejército con armas e instrucción, entre ellos se encontraba el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR) o el Military Assistance Program (MAP) (Torres, 2000).
El problema es que todos estos pactos y acuerdos no estaban enfocados en la consecución de material blindado y mucho menos para tanques. Tuvieron un énfasis en suplir las necesidades primarias del Ejército en términos de fusilería o munición de la infantería, así como de entrenamiento, dado que en las décadas de 1950 y 1960 el Estado colombiano profundizó su lucha contra actores armados irregulares al margen de la ley, principalmente contra grupos bandoleros de origen liberal y conservador, así como contra las guerrillas direccionadas por el Partido Comunista Colombiano (PCC) como las Farc o las procubanas como el ELN (Comisión Histórica del Conflicto y sus Víctimas, 2015)
Además, el tanque era completamente inviable para el presupuesto del Ejército, así como para la concepción de guerra irregular que tenían los diferentes grupos armados. Pero, en cambio, vehículos blindados de ruedas, con una huella logística menor, menos onerosos, con una mayor movilidad y armados fundamentalmente con ametralladoras, tenían una mayor efectividad para la protección de las tropas en los desplazamientos y algunos combates que llegaban a sostener. Consecuentemente, dentro del Ejército se dio prelación a los blindados como el M8 Greyhound o M20 o semiorugas M3-A1 de transporte de personal reconvertidos a ruedas. Aun así, fue constante la carencia de estos, y para las comisiones de orden público los militares muchas veces debían pedir prestados vehículos civiles para cumplir con las misiones (Anales del Congreso, 1961).
A eso se suma que en algunos momentos en el nivel estratégico-militar12 tampoco hubo intención de hacerse con tanques para el Ejército. El empleo de blindados suscitó ciertos debates entre los estrategas militares en cuanto a cómo enfrentar a los grupos irregulares del periodo. Por ejemplo, había quienes buscaban que el arma de caballería tuviera un mayor protagonismo en la guerra de guerrillas a partir, no del aumento de blindados, sino empleando a militares montados a caballo con el fin de obtener ventajas en la movilidad para entrar en persecución de los bandoleros y guerrilleros (Reveiz, 1962). También había quienes, incluso, querían eliminar por completo el arma de caballería y con ello a los caballos y a toda clase de blindados. Se puede traer el caso del oficial Alberto Ruiz Novoa, quien hizo parte del batallón “Colombia” N° 1 en la guerra de Corea con el grado de teniente coronel entre 1952 y 1953. A su regreso, y según sus experiencias de combate, recomendaba eliminar la artillería y la caballería para dar prelación a la infantería y la aviación (Ruiz, 1956).
Luego, ya como comandante del Ejército, fue invitado por el gobierno de los Estados Unidos para que se familiarizara con medios militares de fabricación de ese país; estuvo en varias unidades militares del Ejército estadounidense, principalmente en la escuela de blindados de Fort Knox (Informaciones del Ejército, 1961), con el fin de interesarlo por los tanques de ese momento, pero desistió por completo de la idea. Al tiempo, volcó definitivamente toda la doctrina del Ejército colombiano a que la instrucción individual básica de todas las armas debía estar orientada a la guerra de guerrillas (Ruiz, 1961).
Así, finalmente los Stuart fueron desactivados paulatinamente sin ningún remplazo entre finales de la década de 1960 y 1972 (Rodríguez, 2025). Puede llegar a encontrarse evidencia gráfica de su actividad hasta esos años (Escuela Militar de Cadetes, 2008). Posteriormente, en la década de 1980 eran expuestos como piezas estáticas en los desfiles militares del 20 de julio. Luego, fueron guardados en reserva hasta la década de 1990 (El Tiempo, 1998) para pasar finalmente a ser elementos decorativos en ubicaciones privadas o piezas insignia o de museo de algunas instalaciones militares (Tabla 1).

Conclusión
Es posible concluir que el objetivo del documento se cumplió y la hipótesis fue comprobada. Se pudo analizar cómo el Stuart hizo parte de algunos acontecimientos nacionales mientras estuvo en servicio, al tiempo que por medio de este blindado se revisaron algunos acontecimientos de la historia militar del país.
El contexto en el que el Stuart llegó al país fue un momento de acercamiento político entre Colombia y Estados Unidos, dos estados que estimularon su acercamiento gracias a una disparidad económica e industrial, que con el tiempo llevó al entrelazamiento en cuanto a relaciones militares se refiere.
Por otra parte, se puede decir que doctrinariamente el Ejército alemán fue quien dio sustento teórico al uso del tanque dentro del Ejército colombiano y los estadounidenses aleccionaron a los militares para usarlo de cara a una guerra convencional, mientras que los oficiales colombianos dieron una orientación propia en su momento al empleo del Stuart, forjando de esta manera una doctrina militar ecléctica influenciada por unos y otros.
Además, el documento dejó ver que, si bien el Stuart significó un avance en el Ejército colombiano por lo que representaba en su momento y su funcionalidad al interior de la institución, fue notorio que por su escaso número y obsolescencia no supuso un elemento de disuasión ni de importancia para la dirección política del país. A esto se suma el hecho de que entró en desuso pese haber cumplido labores de orden interno y que, a su vez, llevó al fin de la doctrina de tanques en Colombia.
Por último, también se pudo evidenciar que los militares no fueron únicamente actores pasivos receptores de los preceptos doctrinales estadounidenses, sino que fueron activos en el diseño y la concepción de la doctrina. De igual manera, se dejó ver que el Ejército no es una institución que dentro de sí tiene posiciones unívocas y estáticas, sino que existen debates internos y posiciones encontradas que constantemente están en disputa, sin que esto quiera decir que los militares entren en deliberaciones, sino que constituye una dinámica propia del “pensamiento militar” (Sarmiento (2024b).
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Sobre el autor
David Sarmiento Rojas es investigador independiente. Dentro de su área de interés se encuentran las misiones militares en Sudamérica en el siglo XX y la doctrina militar. Es autor del libro Entre lo político y lo militar. correlación entre el poder político y el poder militar en Colombia, 1958-2016 (2022) y el artículo “Militares alemanes en Colombia en el periodo de entreguerras. Hans Schueler y Hans Berwig, 1929-1939” (2024), así como de varios capítulos en obras colectivas.
David Sarmiento Rojas is an independent researcher. His areas of interest include military missions in South America in the 20th century and military doctrine. He is the author of the book Entre lo político y lo militar. correlación entre el poder político y el poder militar en Colombia, 1958-2016 (2022) and the article “Militares alemanes en Colombia en el periodo de entreguerras. Hans Schueler and Hans Berwig, 1929-1939” (2024), as well as several chapters in collective books.
Notas

