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Bozidar Darko Sustersic (2018). José Brasanelli. Pintor, Escultor y Arquitecto de las Misiones Guaraní-Jesuíticas, Centro de Artes Visuales/Museo del Barro, con el apoyo del FONDEC, Asunción, Paraguay, 2017; 272 pp., ISBN 978-99967-813-2-2.
IHS. Antiguos Jesuitas en Iberoamérica, vol.. 6, núm. 2, 2018
Universidad Nacional de Córdoba

Reseñas Bibliográficas

https://revistas.unc.edu.ar/index.php/ihs/about/submissions#copyrightNotice
Darko Sustersic Bozidar. José Brasanelli. Pintor, Escultor y Arquitecto de las Misiones Guaraní-Jesuíticas. 2018. Paraguay. Centro de Artes Visuales/Museo del Barro. ISBN 978-99967-813-2-2.

DOI: https://doi.org/10.31057/2314.3908.v6.n2.22962

Este nuevo libro de Sustersic, íntegramente dedicado al Hermano José Brasanelli, tiene todas las cualidades para convertirse en obra de referencia de primerísimo nivel para el estudio del arte de las misiones jesuítico-guaraníes en general y de la obra de Brasanelli en particular.

El texto cuidadosamente presentado posee una clara estructuración: Brasanelli en Europa, las diez residencias de Brasanelli en las Misiones de Guaraníes y su herencia después de su muerte en 1728 ocurrida en Santa Ana de Paraná.

En la primera parte, Sustersic presenta la formación del artista y misionero italiano Brasanelli, pero antes que nada plantea una pregunta decisiva: ¿Por qué un libro sobre José Brasanelli, un artista pintor, escultor y arquitecto casi desconocido del universo jesuítico- guaraní? Sustersic bosqueja una respuesta rápida y lógica, pero recién a medida que el público lector va leyendo el libro, se desarrolla ante él la explicación exhaustiva. Realizar un exhaustivo estudio histórico, biográfico y artístico de la persona y obra de Brasanelli no solo lo ameritan los grandiosos templos (hoy en ruinas en lamentable proceso de deterioro) diseñados por este genio de la arquitectura y sus pocas y sublimes esculturas sobrevivientes, sino fundamentalmente el hecho de haberse compenetrado Brasanelli profundamente con la cultura guaraní, asumiendo sus aspiraciones, valores, patrones y su mística, lo cual lo llevó a crear obras que establecieron puentes entre los continentes europeo y americano, superando abismos culturales y sociales, convirtiendo su arte en un instrumento o faro que guía hacia un ideal de fraternidad universal.




En la segunda parte, Sustersic no solo descubre sino que reconstruye, uno por uno, los diez destinos del artista en la Provincia Paracuaria. En ese proceso, rastrea toda su producción localizable y la analiza detenidamente en cada caso, destacando clara- mente los eslabones de la cadena que unen la evolución del estilo y del pensamiento de su autor. Esos eslabones son Córdoba, Nuestra Sra. de Fe y San Ignacio, San Borja, Concepción (donde las imágenes guaraníes desplazan a las suyas barrocas), Loreto (cuna del “barroco misionero”), Itapúa, Santa Rosa (donde se afirma definitivamente el estilo que Sustersic se atreve a calificar de “barroco mágico” o “chamánico”), Santa María de Fe, San Ignacio Miní y Santa Ana, donde al artista le toca dar el paso a la doble inmortalidad – a la esperada por su fe y a la que se mereció como artista. Cierra esta parte un recorrido por siete testimonios de coetáneos sobre Brasanelli y sus trabajos. En esta segunda parte medular de su obra, es casi increíble cómo Sustersic no solo hace su rastreo puntilloso, sino cómo logra interpretar también mediante perspicaces análisis estilísticos de las obras los cambios en la evolución del gran maestro, que más que tal fue un líder cuya sola presencia estimulaba a los escultores guaraníes que competían por lograr su aprobación. El texto se lee casi como una memoria de un diálogo del autor identificado con su héroe – a esta altura Brasanelli innegablemente lo es.

La tercera parte está dedicada a la herencia que dejó el gran escultor, líder y sublime maestro que con la fórmula jesuítica de “ingenio y afecto”, dejó talleres firmemente constituidos a su paso por todos los pueblos. O, si se quiere, este Miguel Ángel en el Río de la Plata, el de los campos y la selva subtropicales, de la mística guaraní y la síntesis superior. A quien le parezca exagerada esta comparación, lo invito a sumergirse en la producción de Brasanelli, exhaustivamente presentada por Sustersic: templos esplendorosos, retablos convincentes, imágenes incontrastables (Brasanelli hacía “hablar a la madera”, al decir de Antonio Sepp), para apreciar en todas sus dimensiones a un hombre de talento artístico universal; con versatilidad igual para la escultura, la pintura y la arquitectura; creador de la cultura de la nación misionera con una influencia enorme, aún bastante desconocida, pero puesta a rodar por Sustersic en su esfuerzo casi sobrehumano por rescatar tantos elementos dispersos, juntarlos, sistematizarlos e interpretarlos.

El principal mérito de esta magna obra de Sustersic, en la que invirtió varias décadas de investigación, análisis y pensamiento, consiste en rescatar la inmensa obra de Brasanelli e interpretarla de una manera integral. Como acertadamente afirma el autor, “ni la tradición jesuítica ni la historia de la cultura paraguaya reconocen, ni siquiera conocen, el rol fundamental que desempeñó este brillante pero olvidado artista”. Mucho se podrá especular sobre las causas y los motivos de este desconocimiento que linda con ignorancia y negligencia, pero de poco sirve el lamento si no se construyen alternativas. Sustersic las construye. Realiza su cíclope tarea mediante una exhaustiva búsqueda de fuentes; una presentación descriptiva e interpretativa sumamente esmerada de cada una de las obras de Brasanelli (las conocidas, las menos conocidas, las desconocidas y las que se le podrían atribuir); el establecimiento de vínculos, correspondencias, influencias, relaciones cruzadas entre historia, artes (en plural), universo guaraní, teología y filosofía; la periodización de la producción de Brasanelli, “creando” de hecho una sugestiva disciplina: una historia geográfico-filosófica del arte. Forma parte esencial de la alternativa instaurada de Sustersic el aventurarse a presentar hipótesis nuevas, algunas de ellas incluso muy arriesgadas, pero reconociendo a la vez con total sinceridad cuando de una sospecha y no de una afirmación fundada y fundamentada se trata. Valga como ejemplo de lo último la conjetura sobre la participación de Brasanelli en el diseño de las imágenes con víboras gigantes en las ilustraciones del libro de Nieremberg De la diferencia entre lo temporal y eterno, obra traducida al guaraní e impresa en las misiones en 1705. Sustersic plantea esta posibilidad por el estudio comparativo de las imágenes y los elementos del universo mítico guaraní, plasmado físicamente en la configuración que le ha dado el artista al diablo vencido por San Miguel, imagen que se halla hoy en el Museo de Santa María (Paraguay), reconociendo que no hay documentación escrita que avale dicha posibilidad. Al respecto, su análisis de esta talla del maligno hunde sus son- das en las profundidades del pensamiento mítico indígena alimentado por el terror a las horribles serpientes gigantes, hallando así una explicación satisfactoria del porqué de esta representación del diablo que se aparta de todas las modalidades tradicionales europeas.

Sustersic rescata líneas profundas del mensaje artístico que muchas veces pasan desapercibidas. Valga como ejemplo su análisis de la imagen de Nuestra Señora de Lo- reto (1722?) en el Oratorio de Loreto, Santa Rosa, Paraguay. Analizando el control de las miradas y su dirección por medio de los párpados, como también la apertura del manto de la Virgen de Loreto y una mayor visibilidad del Niño Jesús, destaca la libertad que se tomaba Brasanelli con respecto a la iconografía de su tiempo que representaba a esa figura con manto ceñido que solo dejaba ver la cabeza de la Madre y su Hijo.

Como en varios artículos y libros ya publicados, Sustersic hace un esfuerzo des- comunal por introducirse en el universo guaraní. Y lo logra, mostrando cómo también lo había hecho Brasanelli. Gracias a su empatía con este orbe, fruto de sus pacientes estudios como de su disposición a desprenderse de patrones artísticos europeos y también criollos latinoamericanos, rescata la importancia de la visión frontal para la estética guaraní; y de esta manera puede explicar el porqué de los cambios producidos por artistas guaraníes sobre el modelo barroco introducido por Brasanelli de la mirada de éxtasis que la Virgen eleva al cielo, cuando los guaraníes prefirieron hacerla mirar a sus devotos; De la misma manera logra entender cómo hay que situarse para apreciar el mensaje del Ángel en el conjunto de la Anunciación en la Capilla de Loreto en Santa Rosa (Para- guay), a saber, mirándolo precisamente de frente. De perfil es apenas una silueta inexpresiva. Una vez que el público lector lo pruebe por cuenta propia (aunque sea en las fotos), casi instantáneamente percibirá la mística guaraní plasmada en esta singular imagen.

Sustersic evidencia que felizmente no es correcta aquella definición algo jocosa de un especialista como “una persona que sabe cada vez más de cada vez menos, hasta que sabe todo de nada”. Sustersic constantemente combina el análisis especializado de los más ínfimos detalles con las grandes líneas; transmite a su público lector el aprecio y hasta un amor a los pormenores (que jamás son superfluos) de cada imagen, cada decoración; y a la vez le permite establecer múltiples relaciones con el panorama mayor. Y cuando describe horizontes históricos amplios, jamás pierde de vista que las perspectivas artísticas, religiosas y teológicas se expresan en elementos concretos, de a ratos muy pequeños y casi desapercibidos, pero siempre presentes. Es esta combinación de los grandes panoramas con los detalles lo que vuelve fascinante el recorrido ofrecido por Sustersic.

Espero que esa línea tan peculiar de investigación trabajada con vehemencia por Sustersic de buscar, descubrir, destacar e interpretar lo guaraní en el arte de las Misiones haga escuela. No es para nada una cuestión secundaria. Sustersic remarca hasta el sano cansancio (sano porque quizá nunca sea suficiente) que la indianizacion del estilo artístico de ninguna manera se debe a una falta de estímulo del medio artístico europeo ni a la falta de competencia; tampoco equivale a una pérdida de calidad del trabajo artístico; sino que esa indianización es altamente positiva. Agrega así a la concepción de “una nación, dos culturas” (título de un libro del P. Bartomeu Melià) una cultura más: la misional, “negada, combatida, tergiversada”, como dice Sustersic, pero en el fondo “la más sólida”, en el marco del “sacro experimento”. Es la cultura creada por los cultos, inteligentes y tenaces jesuitas y los místicos y laboriosos guaraníes. El universo herede- ro de aquel orbe guaraní-jesuítico contiene así según Sustersic –y considero que está en lo correcto– al menos tres culturas, que supera la dialéctica europea del “o – o” mediante el ñembiso jovái guaraní, el “moler juntos, de lados opuestos, en el mismo mortero”. Aquí Sustersic se evidencia como filósofo que sabe interpretar el alma de una cosmovisión que unos siglos atrás supo abrirse cauce en la producción artística, trágicamente truncada y hoy tapada en buena parte por yuyos, tierra colorada, fragmentos de ruinas, negligencia y olvido, pero viva en el alma guaraní que hábilmente sabe arribar a síntesis y que trasciende de por sí lo étnico y toda reducción folklorista a la que tantos parecen preferir comprimirla. Esa síntesis que Sustersic descubre en Brasanelli, los santo apohára y toda una corriente de vida en las misiones es la que el genio guaraní supo forjar entre dos actitudes o pensamientos diferentes y que hoy puede constituirse en un aporte fundamental a la pacificación del convulsionado mundo actual. El ñembiso jovái involucró a Brasanelli y a sus discípulos guaraníes; y como metáfora cultural es la explicación de las “series” iniciadas por modelos de Brasanelli y luego transformadas incluso sustancialmente por los artistas guaraníes. La máxima expresión plástica y estilística de esta síntesis la constituye el friso de los ángeles músicos en el templo de Trinidad, don- de la confrontación dialéctica europea (“aquí Europa – allá lo guaraní”) tuvo que ceder ante una síntesis común y superior, para la cual los guaraníes eran excepcionalmente dotados. Esta síntesis, destaca con razón Sustersic, no solo se plasmó en las obras de arte, sino en las relaciones comunitarias en las misiones. Por eso fueron lo que fueron y lo que a la distancia siguen siendo: una de las culturas más admiradas de la historia. O, al decir de Voltaire: el triunfo de la Humanidad.



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